Disclaimer: Inuyasha y compañía no me pertenecen, desde luego pertenecen a la gran y famosa autora Rumiko Takahashi, yo solo los tomo momentáneamente prestados para realizar esta historia sin el más mínimo ánimo de lucro.


El desamparo presente en su mirada


Corría a todo lo que daban mis pies. Es increíble, dos minutos me separé de ella, ¡dos minutos!, y cuando me di la vuelta me llevo el peor susto de mi vida al ver que ya no se encontraba donde la había dejado. Sentía que el corazón se me iba a salir por la boca en cualquier momento. Me detuve a preguntarle a una mujer más si la había visto; y cuando me contestó afirmativamente sin duda sentí un gran alivio.

Sin embargo no duró mucho.

—La acabo de ver cerca de la pagoda de las afueras del pueblo, estaba hablando con un hombre—señaló la mujer—que por lo visto no era de por aquí—y después de señalarme el lugar, continuó con su camino.

Definitivamente ahora si estaba que me moría de angustia. Reinicié la carrera, sin poder evitar gritar a todo pulmón.

—¡Señora Sango, señor Miroku!—aullé los más alto que pude, de inmediato la gente a mi alrededor se alarmó, y comenzó a ayudar en la tarea de encontrar a los protectores de la aldea. No me puse a esperarlos, ya que tenía que llegar cuanto antes.

Logré visualizar su cabello azabache a la lejanía. Que se alejaba cada vez más entre brinquitos. Quise llorar de la desesperación al ver como la muñeca de ella era sujeta por la de ese desconocido que estaba decidido a irse llevándola con él.

—¡Deténgase!—chillé al borde del pánico, reparando en como el hombre se espantó por mi llegada, y comenzó a correr estirando la mano a la señora Kagome. Un hueco se abrió en mi estómago de inmediato, pero me negué por completo a ceder, ¡algo debía de poder hacer!

—¡Oiga déjela en paz!—exigí aproximándome cada vez más a aquel desgraciado. El extraño giró su cabeza aun corriendo para verme y después redobló sus intenciones de correr.

Por Dios santísimo. La señora Kagome había comenzado a chillar, y a dar traspiés. ¡Ella no podía estar haciendo ese tipo de cosas!

—¿Inuyasha que sucede?—sollozó la chica asustada comenzando a soltar unas lágrimas.

—¡Silencio mujer!, tu vendrás conmigo…—ordenó sin compasión el hombre estirándola del brazo sin delicadeza alguna. Ella no parecía escuchar mis berridos, pero parecía que no podía seguir corriendo a ese ritmo tan acelerado y sin ningún cuidado con su condición de embarazada.

—Noooooooooooooooooooo—aullé hasta sentir que la garganta se me desgarraba, lágrimas se agolparon en mis ojos, y apenas notaba que mis pies ardían como el infierno. Era imposible que consiguiera alcanzarlos, los perderé, perderé a la señora Kagome….

Estiré la mano hacia delante como si de verdad aquello pudiera acortar la distancia, estaba perdida… aunque en realidad no tanto como la señora Kagome si ese mal hombre se la llevaba.

Y de pronto en un instante, el desgraciado se desplomó frente a mis ojos, soltando en el acto a la azabache que se mostró desorientada—como ya era habitual—y al cabo de unos segundos pareció reparar en que ahora el tipo se encontraba en el suelo, y comenzó a llorar como condenada a muerte al tiempo que se lanzaba de rodillas al suelo.

—¡Inuyashaaaa!—chilló la ex sacerdotisa empujando con sus manos el cuerpo del hombre en un muy mal intento de reanimarlo. En un instante me encontraba a su lado, y me llevé la espantosa sorpresa de ver a aquel desdichado con la cabeza separada de su cuerpo. Las blancas manos de la señora Kagome, no tardaron en empaparse en aquel repugnante líquido rojo que yo tanto odiaba.

Al ver como ella dejó caer su cabeza sobre la espalda del difunto, y comenzaba a sollozar con mayor desesperación, intenté separarla del cadáver. Pero mis fuerzas no eran las suficientes como para lograr levantarla de aquella asquerosa escena. La desesperanza acudía a mí como el más rápido de los guerreros, y me dejaba esa sensación tan desagradable que ahora sentía a menudo.

Desesperación.

De pronto, una revelación me golpeó con una fuerza tremenda.

¿Qué fue lo que decapitó a ese hombre en primer lugar?

Giré mi cabeza en todas las direcciones posibles, temiendo por primera vez por mi vida y por la de mi acompañante que no dejaba de llorar mientras abrazaba el cuerpo sin vida de aquel miserable. La sangre corría vertiginosa por mis venas, y de pronto supe que no era seguro estar ahí. Con fuerzas que no parecían mías logré separar a la encinta del cadáver y a punta de tirones comencé a caminar lo más rápido que podía.

Unos pasos a mi espalda, lograron congelarme por completo la sangre, así como la respiración. Una gota de sudor recorrió mi frente hasta que llegó a mi nariz donde se detuvo. Con todo el miedo del mundo me decidí a girarme, deseando que se trataran de la señora Sango y el señor Miroku y no del asesino.

—Rin—esa voz….era la única voz que sería capaz de reconocer entre miles. Mi corazón comenzó a palpitar con mayor fuerza y sin dudarlo rompí la distancia que nos separaba. Me detuve tan solo a unos pasos de distancia de él y yo misma sentía que lo observaba como si se tratara de la creación más perfecta jamás vista.

Sus ojos dorados, tan fríos como el mismo hielo, pero que a la vez tenían un brillo especial, ese que solo yo soy capaz de ver. Hace demasiado tiempo que no lo veía… mi labio inferior comenzó a temblar, y de pronto sentí que no podía controlarme.

Avancé los últimos pasos que nos separaban y lo abracé por la cintura con todo el sentimiento que era capaz de expresar. Me sentí mal por empapar su hermosa vestidura con mis indignas lágrimas, pero es que lo había extrañado tanto. Todos estos meses sin verlo, y sufriendo con la situación de la señora Kagome, están acabando por completo con mis nervios.

—¡Que niña tan insolente!, ¡Rin suelta en este preciso instante al amo Sesshomaru!, no eres más que una humana…—aquellos sin duda se trataban de los inolvidables reclamos de parte del señor Jaken, pero en un segundo, éstos se había acallado, y supuse que era debido al señor Sesshomaru.

Su cálida mano se posó sobre mi hombro, y yo sentí que correspondía de alguna manera el abrazo que le estaba dando. Aquello fue suficiente para que me decidiera a soltarlo, sin poder evitar mirarlo a los ojos, notando como éste me miraba de la misma manera. Abrí la boca con la intención de decir algo, pero las palabras no pudieron salir, cuando un cuerpo se interpuso entre nosotros y se aferró a la cintura de mi señor restregando su cabeza como un gatito.

—¡Inuyasha!—chilló la mujer demostrando genuina felicidad. Temí que continuara con su acostumbrado discurso, pero no alcancé a detenerla. —¡Tengo una muy buena noticia para ti!—hizo una pausa tomando la poderosa mano de mi señor Sesshomaru y colocándola en su muy considerable vientre—¡vamos a ser papás!, sé que aún no se me nota mucho, pero en poco tiempo más sí que se notará…—un vacío se instaló en mi estómago, cada vez que veía esa desalentadora escena sentía que una parte de mi alma moría junto con sus palabras.

—¡Pero háyase visto esto antes!, ¡sucia humana aléjate del amo bonito!, ¡cómo te atreves a nombrarlo por el indigno nombre de ese medio demonio! —bramó cabreadísimo el sapo, sintiendo que en cualquier momento le daría el soponcio. Parecía que se disponía a acercarse a la ex sacerdotisa, y en ese instante, no pude hacer más que dirigirle una mirada desesperada a mi señor. Por cualquier razón que haya sido, él decidió hablar.

—Largo de aquí Jaken…—ordenó sin contemplaciones mi amo. El sirviente se quedó estático, como si no diera crédito a las palabras dichas; el señor Sesshomaru pareció notar eso, por lo que se permitió girar ligeramente su rostro para regalarle una siniestra mirada a Jaken, que seguro prometía un fuerte y doloroso castigo si se atrevía a repelar.

No hace falta decir, que al pequeño Jaken le faltaron pies para salir huyendo del lugar.

El rostro del albino se mantuvo impertérrito, observando de manera ausente a la mujer de las manos ensangrentadas que se deshacía en muestras de afecto, hacia él, y que al mismo tiempo no eran para él.

—Quiero creer que se ha quedado ciega y que por eso me confunde con ese híbrido—señaló mi señor sin molestarse en alejar a la chica. Yo me sentí constipada y suprimí la intención de soltarme a llorar por completo, me acerqué a ella, e intenté de nuevo separarla de mi señor.

Claro está, siendo un completo fracaso.

—Es que…la señora Kagome está…—musité con la voz casi tan rota como una muñeca abandonada. La verdad es que a estas alturas hasta tragar saliva me costaba trabajo; sentía la necesidad de rehuir a la mirada del hombre que me salvó la vida, y no pude evitar canalizarla sobre la temblorosa figura de mi querida amiga, que tenía el fulgor que solo la locura podía dar.

—Rin se levanta todas las mañanas con la esperanza de que el señor Inuyasha vuelva con nosotros…con la señora Kagome—proseguí sin preocuparme en que me pusiera atención puesto que sabía que así era—y no puedo evitar preguntarme, ¿Por qué?, si la señora Kagome sacrificó todo por él—sentía que el aire no llegaba a mis pulmones—él se fue así, como si nada, dejándola lastimada bajo la feroz lluvia…—moqueé ignorando mis lágrimas dejándolas correr libres por mi rostro—tan así, como un perrito abandonado—sollocé siendo incapaz de seguir controlándome; cubrí mi rostro con mis manos y me dejé caer en el suelo de manera lenta.

Una calidez especial se posó en mi hombro izquierdo, y retiré mis manos para permitir ver a mi señor. Sus preciosos ojos me transmitían una sensación tan reconfortante, que sentía que ni siquiera las mejores palabras de consuelo me hubieran podido ayudar tanto. Aquellas gemas me miraban como si me hablaran, me daban a entender que sabía lo que yo sentía y que me otorgaba apoyo por ello.

No pude evitar tomar su rasposa mano entre las mías, y acomodar mi rostro sobre ella, abrazándome a aquel gesto que tanto significaba para mí. La señora Kagome aún continuaba presa de su delirio, abrazada al brazo izquierdo de mi señor, sin notar en absoluto la escena entre nosotros o mi sola presencia.

Después de aquel significativo intercambio de miradas, el Lord se levantó del suelo en donde antes había estado arrodillado—aunque fuera difícil de creer—y comenzó a caminar hacia donde lograba distinguir la silueta de Ah-Uh—donde seguro había huido Jaken.

Él parecía ignorar por completo los murmullos de amor de parte de la señora Kagome, así como el peso que debía de representar su cuerpo casi colgado de su brazo. Las manchas rojizas presentes en su antes impoluto haori eran prueba de lo enajenada que se encontraba la señora Kagome, puesto que en todo este tiempo, ni siquiera se había molestado en limpiarse; llegando incluso a mancharse su rostro con ella.

Claro está que con la magnificencia de mi amo, eso no debía de representar siquiera una molestia. No sentía la necesidad de preguntarle a donde la llevaba, pues nuestro encuentro de miradas, había prometido que me ayudaría, o más bien que ayudaría a Kagome por petición mía. A pesar de ello, el señor Sesshomaru detuvo su elegante andar, y se giró un poco para mirarme.

—Lo encontraré—sentenció con un tono de voz completamente convencido, como si estuviera avisándome de algo que ya sabía de antemano. Yo solo me sentí capaz de asentir ligeramente con mi cabeza, llevándome las manos a mi pecho, sintiendo el latir de mi corazón cada vez más tranquilo. Estaba plenamente convencida que el señor Sesshomaru podría reparar esto, después de todo era el señor Sesshomaru.

Después de aquel mínimo instante, volvió a girarse para proseguir su camino hacia Ah-Uh. A la lejanía fui capaz de distinguir los chillidos de sorpresa de Jaken al reparar en la presencia de la señora Kagome, aunque cuando éstos cesaron supuse que de nuevo mi amo había puesto fin a sus inadecuados reproches. Forcé mi vista hasta lograr ver como el señor Sesshomaru se zafaba del agarre de la señora Kagome con cuidado y la tomaba de la cintura para subirla al lomo del dragón de dos cabezas con la misma delicadeza.

Una sonrisa se instaló en mis labios. Convenciéndome de lo que ya sabía, el señor Sesshomaru podrá aparentar por fuera la imagen de un demonio frío y despiadado, pero en su interior se trataba del alma más noble que pudiera existir. Y aquello que hacía por la señora Kagome no hacía más que reafirmar mi adoración por él.

Siempre tan amable.

Al verlos alzar el vuelo, me sentí notablemente reanimada. No había nada de qué preocuparse, el señor Sesshomaru se encargaría de encontrar al señor Inuyasha, y todo pronto volvería a ser como antes. Me giré sobre mis talones, tomando camino a la aldea.

Sabía de primera mano, que después de semejante gritería que había desatado yo, los aldeanos se encontrarían al borde del colapso nervioso; al igual que la señora Sango y el monje Miroku, si es que habían logrado encontrarlos. Suspiré con alivio, de no haber sido del señor Sesshomaru, no quiero ni imaginarme lo que hubiera pasado.

Como siempre, él era mi salvador.

Cuando estaba por llegar al pueblo, los pasos extremadamente apresurados de un par de personas me dieron a entender que por fin los habían encontrado. En un instante se encontraban frente a mí, la señora Sango y el señor Miroku me analizaron de arriba abajo, y de pronto la exterminadora profirió un grito ahogado.

—¡Rin, dónde está Kagome!—chilló la joven madre, actuando de manera desesperada, girándose varias veces sobre su eje, buscando en la lejanía la silueta inconfundible de su querida amiga.

—Tranquilos…el señor Sesshomaru se la ha llevado—expliqué con serenidad, pensando que aquella revelación sería suficiente para calmar a los dos adultos que se encontraban frente a mí. Sin embargo, el único que pareció cambiar su expresión fue el señor Miroku, puesto que la señora Sango se alteró aún más.

—¡Cómo…!—antes de comenzar a gritar un millar de palabras repetitivas, donde las más destacables eran —Sesshomaru, Kagome, llevársela—estaba confundida, no sé cómo podía desconfiar de esa manera de mi señor, siendo que en múltiples ocasiones les había mostrado su naturaleza bondadosa.

—Cariño tranquila—indicó el monje tomando de los hombros a su descompuesta esposa, deteniendo su andar ansioso y sus palabras desesperadas.—Sé que te puede parecer difícil de creer, pero Sesshomaru cuidará de ella; después de todo él salvó a Kohaku cuando estuvo bajo el control de Naraku—agregó acariciando con cuidado el cabello de su temblorosa esposa—estará bien—completó abrazándola.

—El señor Sesshomaru me dijo que iría a buscar al señor Inuyasha—revelé esperando que esto pudiera de verdad darle tranquilidad a la señora Sango. Pero ambos me miraron incrédulos y se separaron sin darle crédito a mis palabras.

—¿Sesshomaru llevó a Kagome a buscar a Inuyasha?—preguntó atónita la señora Sango dejándose caer en el suelo y el monje Miroku la imitó. Yo asentí con rapidez, escondiendo el malestar que me causaba que todos dudaran de las buenas intenciones del señor Sesshomaru. La pareja se miró entre sí, y después la castaña depositó su cabeza en el pecho de su marido, como resignación.

—Supongo que el hecho de que Sesshomaru se haya tomado la molestia de lidiar…—carraspeó buscando la palabra indicada para definir la situación de Kagome—con el estado de la señora Kagome, ya es algo que hay que apreciar, además…si él dijo que encontraría a Inuyasha no nos queda más que creerle, él suele cumplir lo que promete—expresó con tranquilidad el monje, buscando de alguna manera reconfortar a su nerviosa esposa. Ésta suspiró y no pude evitar mirarla con curiosidad.

—También dijo que iba a matar a Inuyasha y no lo hizo nunca—respondió la castaña buscando levantarse. Su esposo sonrió de manera forzada y la ayudó a levantarse.

—Por eso dije que solía cumplirlas…—indicó con nerviosismo para después colocar su mano en su mentón en actitud pensativa. —Aunque espero que en estos momentos no quiera hacer valer su promesa—completó demostrando un escalofrío que lo recorrió de arriba abajo. La señora Sango bufó y adoptó una mueca enfadada.

—No es como si no se lo mereciera—señaló la exterminadora recargando el gigantesco boomerang en su hombro. —Les juro que de no haber tenido que permanecer aquí cuidando de Kagome lo habría ido a buscar para exterminarle yo misma—agregó bastante segura de sus palabras y con un tono realmente siniestro.

Tanto el señor Miroku como yo la observamos altamente preocupados, no era secreto para nadie de nosotros que la más afectada con la enfermedad de Kagome era la señora Sango, y en este tiempo había desarrollado un odio visceral hacia el que antes se tratara de su mejor amigo. La mujer nos ignoró y pasó por en medio de nosotros y tomó el camino de regreso a la aldea.

Desde que el señor Inuyasha se marchó, la señora Kagome no puede estar más desconsolada. El tiempo que la mantenemos encerrada—aunque nos duela tenemos que hacerlo, puesto que es incapaz de distinguir la realidad—se la pasa llorando espantosamente, haciéndose preguntas a sí misma y reclamos en contra del desaparecido. Ahora bien, eso es cuando está algo lúcida. Porque de un tiempo acá, no importaba si se encontraba sola o acompañada, ya no había forma alguna de sacarla de su extraña realidad. De vez en cuando se nos escapaba, y terminaba tomando la mano de algún aldeano y comunicándole su aún no notorio embarazo—siendo que durante este tiempo ya saltaba a la vista la redondez de su vientre. Si bien no habíamos tenido tantos sobresaltos, el altercado de hoy, no era el primero que sucedía.

Aunque anteriormente era la señora Sango quien se encargaba de esos despreciables que intentaban robarse a la señora Kagome. No importaba si estaba encinta, ella era aun así demasiado hermosa. No puedo decir si tenían buenas o malas intenciones, pero de cualquier modo estaba mal lo que hacían.

Mientras la observamos alejarse, no nos quedó otra que imitarla. Durante la caminata, no pude evitar el reflejo de voltear hacia atrás, buscando en vano la silueta de mi señor en el cielo. Aunque había que decir que era obvio que con mi pobre vista humana jamás lograría encontrarlo.

Sin embargo, mi corazón estaba tranquilo. Dediqué una mirada furtiva al hombre que caminaba a mi lado, que parecía muy hundido en sus propios pensamientos como para notarme. A diferencia de la inquietud que ellos sienten por el señor Sesshomaru, yo no dudo ni por un segundo que mi amo logre dar con el paradero del señor Inuyasha. Y también estoy segura, que jamás se atrevería a asesinarlo.

Después de todo, la única promesa que ha roto el señor Sesshomaru, ha sido la de poner fin a la vida de su hermano con sus propias manos. No era difícil para mí descifrar la razón, mi señor posee una bondad inconmensurable, y él lo ha podido aceptar como parte de su familia. Además, ahora menos que nunca le mataría.

Siendo que él puede ser la única cura para Kagome.

Permití que una pequeña sonrisa se instalara en mi rostro.

Sí, definitivamente el señor Sesshomaru era demasiado bueno…

Y me alegra saber que ahora todos podrán saberlo.


¡Hola!

Jojojojo ¿Qué les parece el capítulo?

Espero que no hayan quedado dudas al respecto de que el punto de vista es de Rin. Me fastidia tener que poner a cada rato señor, señora, etc. Pero después de todo así habla Rin y debo de respetarlo.

Ahora bien, dirán…¡Sesshomaru siempre viene a salvar el trasero de Inuyasha en tus historias!

Puede ser, pero después de pensarlo detenidamente, llegué a la conclusión que al tratarse de una situación como ésta, solo alguien muy poderoso lograría encontrarlo. Y sí, también considero que Kikyou bien pudo haberlo hecho, pero of curse, ella está muerta.

Además, después de todo él no puede ser indiferente al dolor de Rin. Si bien Kagome puede no importarle mucho—a pesar de que le salvó la vida en el cuerpo de Naraku—no puede negarle su ayuda a Rin.

Toquemos el tema de Sango. Desde luego que Sango odia a Inuyasha, después de todo es culpa suya que Kagome acabara más loca que una canción de cuna en un funeral. Además después de todo ella es una exterminadora, no pueden esperar que solo por ser Sesshomaru ella confíe en él. Aunque las palabras de Miroku bien ayudaron a ubicarla en ese sentido.

Dejémonos de tanta palabrería.

Espero que lo hayan disfrutado, y ruego a todo lo que sea poderoso, que no haya cometido Ooc, si no me tiro por un acantilado. —Aunque aquí en mi ciudad no hay ninguno—

Thank you.

Besos…