Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda

Hola, gracias por entrar n.n

Aquí finaliza este enrevesado periplo, este quebradero de cabeza, este inerminable divague espacial que nos llevó por los sitios más recónditos del universo hasta hacernos gritar de la desesperación. El sentido de la orientación de Zoro es de terror D:

Sin embargo, hemos llegado sanos y salvos al último capítulo. Espero que así como he disfrutado escribiendo sobre uno de mis personajes favoritos, ustedes también hayan podido disfrutar de este maravilloso viaje.

Disculpen por los posibles fallos que puedan encontrar y muchas gracias a todos los que han leído hasta aquí :D


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Volvamos a empezar

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Un verdadero espadachín se ríe de las brújulas


En el trayecto a Dressrosa, afrontaron las vicisitudes con la alegría renovada, pues sólo por esas vicisitudes adquiría sentido el estar todos juntos. Si no fuera por los reveses e imponderables que hacían a todo viaje, que los instaban a ser más fuertes y a apoyarse entre sí, ¿qué significado tendría entonces el considerarse Mugiwara?

Esa era su forma de ser piratas. Nada de los estereotipados personajes de leyenda con pata de palo y perico en el hombro, sino la figura que procura ejercer con libertad el tiempo que le ha sido otorgado en esta vida. Libertad para vivir según sus reglas, libertad para viajar con los amigos, libertad para legar la idea a quienquiera que lo necesite… Lógicamente, para que la libertad funcione así debería conllevar una ética, pero en el caso de los Mugiwara esto estaba garantizado por los valores que los constituían.

Así que serían libres una vez más, libres para correr las aventuras que les permitirían cumplir sus sueños. Que una tormenta los sorprendiese en el medio de la noche, que un rey marino se interpusiera en su camino o que un grupo de novatos los desafiara ingenuamente, no hacían más que reafirmarlos en la elección. Podían soportar la tormenta, vencer al rey marino y aleccionar a los ingenuos precisamente porque conformaban una tripulación, una sólida tripulación de amigos.

A veces a Zoro todavía le costaba creerlo. Los observaba ir y venir por cubierta, abstraídos en sus actividades habituales, y aún le costaba entender que había sido posible. Era como si nada hubiera ocurrido. Y sin embargo, él mismo se lo había dicho una vez a Brook: los verdaderos amigos entran y salen de nuestras vidas con absoluta normalidad, y regresan como si nada. Y todo estaría bien, porque la vida tiene sus propios caminos y sólo es cuestión de esperar.

Wicka, a su lado, trató de entrever entre sus pensamientos, pero de seguro éstos tendrían tales vericuetos que quizá no valiera la pena el esfuerzo. Sería como tratar de orientarlo. Entonces la joven consideró que, en definitiva, tal vez no fuese necesario, que era preferible dejarlo solo para que se perdiera y se encontrase según su peculiar ritmo existencial. A fin de cuentas se trataba de Zoro, y con todo y defectos seguía siendo el mejor.

De pronto él se volvió hacia ella y advirtió su pícara sonrisa.

-¿Un buen recuerdo? –indagó con voz somnolienta.

-Uno muy bueno, sin duda –le siguió la corriente Wicka, aunque no mentía.

-Por fin se acaba este viaje –suspiró el espadachín, como si cargase con un gran agotamiento. En realidad lo dijo por decir, o porque algo lo aguijoneó al pensar en ello.

Ella lo miró con una ceja levantada, extrañada por esa insólita predisposición al diálogo.

-¿Te sientes bien?

-Mejor que nunca.

-¿Entonces te sientes nostálgico? ¿Hubieras preferido continuar errando de un lugar a otro?

-¿Errando?

-Sí, errando. En todos los sentidos de la palabra.

Zoro se irritó.

-No sé a qué te refieres, pero no me pasa ninguna de esas cosas.

-Entonces… –Wicka se interrumpió, insegura de seguir adelante. En el fondo era un poco tímida y no quiso arriesgarse a decir algo que pudiera ocurrirle sólo a ella. Lo miró de soslayo, precavida-. Entonces… tal vez tú…

El espadachín se removió, incómodo.

-Sólo quería conversar, diablos.

Ella ahora lo miró con ilusión.

-¡También quiero conversar!

-Pues conversa y ya.

Wicka sonrió. Lo conocía lo suficiente para discernir a través de su fastidio, y entendió que había estado en lo cierto. Más allá del éxito de la aventura, se acercaba el final del viaje que habían compartido, y eso un poco los volvía nostálgicos. Así se sentía ella y al parecer a su compañero le sucedía otro tanto, sólo que jamás lo admitiría.

-Me gustaría seguir viajando con ustedes –murmuró Wicka.

Zoro guardó silencio. Se oía el rumor del mar, el graznido de un albatros sobrevolando alrededor, a Sanji maniobrando con los cacharros en la cocina. El Sunny era un barco, pero también era un hogar. Y un hogar, a la vez que cobija, asimismo sabe ofrecerse.

-Quién sabe… –suspiró por fin fingiendo indiferencia-. Algún día tal vez puedas unirte a nuestra tripulación. No me extrañaría.

-¿Tú crees? –replicó Wicka, emocionada con la sola idea.

-¿Por qué no? Luffy siempre está necesitando personas fuertes.

-¿Y yo soy fuerte?

Zoro la miró con ironía. La cabeza le dolía de sólo recordar.

-Por ahora mejor piensa en tus propios nakamas –dijo, volviendo al tema-. Regresarás a tu pueblo y eso también es importante. ¿Acaso no los has echado de menos?

Wicka comprendió el punto.

-Es verdad, los he echado de menos –admitió sonriente-. No veo la hora de llegar y contarles nuestras aventuras.

-Las mujeres y su necesidad de plática –farfulló Zoro con desdén.

-Pues al parecer no es un rasgo exclusivo de las mujeres –reclamó la pequeña, ceñuda-. Eres tú el que ha iniciado la conversación.

-Tonterías.

-Admítelo, admite que te sientes extraño y que estás despidiéndote de mí.

Zoro se irritó con su clarividencia.

-¡Estupideces! –bufó.

-Serán estupideces, pero estoy en lo cierto.

El otro masculló una serie de frases ininteligibles. Maldecía la testarudez de su amiga, aunque le molestaba más porque la razón estaba de su parte.

Afortunadamente –o lamentablemente quizá en una circunstancia como aquella- la cursilería no era lo suyo.

-Ojalá lleguemos pronto para poder deshacerme de ti –gruñó.

-Soy yo la que más desea deshacerse de ti –repuso Wicka con gesto desafiante-. Nunca nadie se ha perdido tantas veces en la vida como lo has hecho tú en este último tiempo y ya me estoy cansando de ser tu lazarillo.

-¡Lazarillo mis calzones!

-Y de ser la única persona sensata en esta relación.

-¡Ja!

-Y de tener la paciencia y la fuerza necesaria para encaminarte a los golpes –añadió gesticulando con el puño en alto-. ¡Aunque haya sido inútil!

-¿Y ahora de qué demonios estás hablando? –se impacientó él, molesto.

-Precisamente de eso, de que eres un inútil.

-Y tú una metiche.

-Y tú un idiota.

-¡Y tú una mandona!

-¡Y tú un desviado!

Ahora Zoro le apuntó con un dedo, amenazante.

-Será mejor que aclares esas palabras, jovencita.

La discusión se prolongó durante un buen rato más. Se recriminaron agresiones gratuitas y extravíos constantes, señalándose de paso la creciente necesidad de quitarse al otro de encima de una buena vez por todas. Sin embargo, nunca se movieron del rincón donde estaban sentados, ni lo harían cuando el absurdo desahogo llegase a su fin.

A pocos pasos de allí, Robin yacía cómodamente sobre la reposera con un libro olvidado en su regazo. Observaba en el cada vez más pálido cielo de la tarde a la luna insinuante, mientras escuchaba divertida aquella peculiar discusión entre amigos. Y sonreía.

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Taberna de mala muerte. Parroquianos taciturnos, solitarios, consumiendo parsimoniosamente el plato de comida que sus modestas escarcelas les permitían a esas alturas del mes. Eventuales gruñidos de satisfacción se entremezclaban con el monótono chillido del ventilador del techo, averiado. Penumbra en general.

En el rincón más oscuro, un misterioso y angurriento cliente despachaba un ternero completo, una docena de platos de pasta, una veintena de raciones de pescado e innumerables cuencos atiborrados de hortalizas y arroz. A un lado de la mesa, además, esperaba su turno un verdadero contingente de piezas de carne.

Algunos lo miraban de soslayo, envidiosos de su abundancia. Otros, asombrados, se preguntaban a dónde le irían a parar tantas calorías acopiadas. Quien más, quien menos, se inquietaron elucubrando qué clase de criatura sobrenatural sería capaz de engullir de aquella espeluznante manera. En el Nuevo Mundo nunca se agotaban las maravillas.

De pronto ingresó al local un pirata de baja ralea, desarreglado y bastante hambriento. Observó en derredor con enojo, impostando la amenaza debida, y se acercó al mostrador donde descargó uno de sus musculosos y pesados brazos tatuados hasta el hombro.

-Cantinero, ¡comida! –vociferó.

El interpelado acomodó el plato que estaba limpiando y lo miró con cierto desconcierto.

-Lo siento, nos hemos quedado sin víveres por hoy.

El otro pretendió no haberlo escuchado.

-¡Comida! –insistió.

-Me temo que acabamos de ofrecer todo lo que teníam…

-¡Dije comida, maldita sea!

El cantinero vaciló sobre sus pies y miró en todas direcciones como pidiendo ayuda. El hombre a las claras se estaba violentando. Sin embargo, más allá de una que otra mirada fugaz de algunos de los clientes, demasiado urgidos ahora para acabarse su almuerzo, nadie pareció muy dispuesto a intervenir en su favor.

-Ta-Tal vez en la taberna de la otra calle…

Esta vez el pirata descargó el brazo con tal fuerza sobre el mostrador que éste se resquebrajó estruendosamente hasta reducirse a una montaña de astillas. Luego, el hosco sujeto se acercó más hasta quedar nariz con nariz, y su ceñudo rostro colérico sumado al mal aliento que despedía su boca cariada sumieron al infortunado dependiente en el espanto más absoluto. Estaba perdido.

-¿Sigues ignorando mi pedido? –susurró el pirata con voz de ultratumba.

El otro inició una letanía mental de plegarias, demasiado amedrentado para expresarlas en voz alta, aunque un ininteligible borbotón de naderías le brotó a causa de los nervios. Se despidió de sus seres queridos, de sus amigos y divinidades, hasta que una mano vino a detener la amenaza inminente. Una mano, una pequeña mano sobre el hombro del iracundo marino.

Éste se mosqueó. Dejó de encararse con su víctima para volverse al idiota que se atrevía a ponerle freno a sus ansias asesinas.

-¿Estás de coña? –lo increpó.

-Suéltalo –le ordenó una voz firme, aunque con ligeros tintes infantiles.

-¿Acaso entiendes lo que estás haciendo, imbécil? Quita tu sucia zarpa de mi hombro.

El otro ni siquiera se movió.

-Suéltalo, me gustaría terminar de comer en paz.

Sólo ante esa inusitada impavidez el pirata liberó al cantinero, olvidándose de él. Para un sujeto de su calaña, resultaba mucho más interesante el jovencito temerario, debilucho y negligente que se calzaba el estúpido traje de héroe.

Trató de distinguir sus rasgos entre la penumbra, pero apenas pudo alcanzar a ver su delgada silueta y su ridículo sombrero de paja. Era el colmo. ¿Así que esta era la clase de peligros que tendría que afrontar en el Nuevo Mundo? Al final resultaban ser puras habladurías.

-Parece que alguien quiere morir pronto –masculló, sardónico.

El joven golpeó su puño cerrado contra la palma de la otra mano, preparándose para pelear.

-Nadie entraría en el Nuevo Mundo si tuviera el temor de hacerlo –repuso con pueril obviedad.

-Pues entonces ya te ha llegado el turno, idiota.

En lo que el pirata demoró en desenvainar su espada para cortarle la cabeza, que a eso se reducía su intención, el joven desarrolló un puño gigante y le estampó una trompada brutal. El golpe fue con tal ímpetu que el tipo atravesó una pared, y luego otra y otras tantas, hasta quedar incrustado e inconciente en el muro de la calle adyacente.

Ante semejante espectáculo, esta vez sí que la clientela en pleno se les quedó mirando con las cucharas a medio camino, estupefactos. A los pocos segundos, no obstante, se repusieron y retomaron la comida, pues aunque la fuerza descomunal de Monkey D. Luffy no dejaba de pasmarlos, esas escenas se habían hecho tan habituales como encontrárselo por allí.

Luffy había tratado de cumplir con la promesa, aquella de que permanecería en el anonimato mientras Zoro reunía la tripulación. Por eso se había mantenido circulando entre las tabernas portuarias menos concurridas, en parte para esperar, en parte para comer y en parte para acceder más fácilmente a la información. Aun así, no podía evitar que de vez en cuando algún novato se inmiscuyera en sus nobles planes.

Al igual que Zoro durante la separación, pasaba largas horas recluido en esos antros, aburriéndose como un hongo y esperando novedades mientras acababa con las provisiones del día. Y lo mismo que con el espadachín, los ciudadanos de Dressrosa lo cobijaban y contenían, comprendiendo su estadía así como acostumbrándose a su inextinguible voracidad.

De todas formas, los rumores no tardaron en propagarse. Habrá que hacerle justicia a Luffy señalando que no fue precisamente él quien los había iniciado, pero sí que lo hicieron sus constantes inclinaciones por la aventura. Cada vez que se aburría, cosa frecuente, buscaba algo para hacer y terminaba enredándose en alguna clase de conflicto.

Su generosidad y su inagotable capacidad para meterse en problemas atraían tanto a los amigos como a los enemigos, era irremediable. En ese país lo protegían, pero también surgían de vez en cuando algunas tentativas de someterlo. Así, entre incidente e incidente, poco tiempo tardó la Marina en percatarse de su presencia.

Aquella vez, después de derribar al oportunista de turno, se disculpó con el cantinero por la destrucción ocasionada, tomó dos gigantescas piezas de carne, una en cada mano, y salió del local lo más sonriente y campante. Le habían arruinado el almuerzo, así que decidió dar un paseo por los alrededores mientras trataba de apaciguar el apetito que aún experimentaba.

Algunos de sus amigos más cercanos habían tratado de mantenerlo en línea, como Rebecca y su padre, pero tratar de controlar el ansia de aventuras que lo invadía tanto de día como de noche era como intentar frenar el acua laguna únicamente con las dos manos. Ni siquiera un titán podría doblegarlo, pues mientras más fuerte e insuperable pareciese el rival, más tentador resultaba el desafío para él.

Así que ahí estaba, como bola sin manija, deambulando de un lado a otro desinteresadamente, engullendo las viandas sustraídas. A esa hora la rada aparecía atestada de embarcaciones de diversa índole, y en lugar de dar media vuelta por si lo reconocían, el muy insensato se encaminó hasta allí fascinado con el panorama.

En pocos bocados acabó con las dos raciones de carne, por lo que sólo le quedaba determinado apetito que saciar. Confiado y sonriente, según su costumbre, y con el entusiasmo renovado, vagó de aquí para allá verificando insignias y curiosos y monumentales diseños de mascarones. Las naves de mayor y más intrincada arboladura lo embelesaban hasta el extremo.

En medio de su infantil exploración, algunos de los marines que circulaban de incógnito lo reconocieron de inmediato y al punto informaron a sus superiores. Solían frecuentar aquel país en forma encubierta, pues muchos piratas hacían escala allí para aprovisionarse antes de continuar su viaje por el Nuevo Mundo, sobre todo después de la legendaria derrota de Doflamingo. Identificar al mismísimo capitán de los Mugiwara no hizo más que confirmar sus sospechas. No le quitaron el ojo de encima hasta recibir las órdenes correspondientes.

Luffy, indiferente, prosiguió su recorrido como un niño en el paraíso de los juguetes, maravillado con las embarcaciones que veía. Ojalá estuvieran sus nakamas para admirarse junto a él de aquella promesa de batallas y aventuras. Al poco rato, no obstante, sus anhelos se vieron interrumpidos por un numeroso contingente de marines que lo rodearon apuntándole con sus carabinas.

El joven los miró con cierto asombro al principio, luego con algo de frustración. Se estaba divirtiendo conociendo al menos de vista a las nuevas tripulaciones de piratas, y aquella eventualidad le cortaba de cuajo la ilusión. Sin embargo, se repuso rápidamente y se dispuso a enfrentarlos. Una aviesa sonrisa asomó a su boca y los marines, al verla, vacilaron por un instante.

Mugiwara parecía apenas un mozalbete, pero, incluso sin usar haki, despedía un aura de poder y temeridad que desconcertaba fácilmente a cualquiera que no estuviera a la altura. Y los oficiales allí presentes, aunque sumasen cientos y cientos para cerrarle todos los flancos, no lo estaban como hubiesen debido. Por empezar, las armas que llevaban no les servirían de nada.

Luffy los encaró, visiblemente predispuesto.

-Lo siento, Zoro, parece que es demasiado tarde para mantener el bajo perfil –murmuró para sí mismo, y luego volvió a componer una sonrisa torcida.

-¡Hasta aquí has llegado, Mugiwara! –vociferó desde el otro extremo el vicealmirante recién llegado, que ya maniobraba para dirigir a sus hombres.

-¡Bien! –aceptó Luffy, asumiendo una posición de combate-. ¡Será divertido!

-¡Ataquen! –bramó aquél, y sus subordinados ya no dudaron.

Para Luffy fue sencillo quitárselos de encima a puro golpe de puño, aquello sólo representaba una simple entrada en calor para sus capacidades. Sin embargo, eran muchos y no cesaban de lanzarse sobre él, y todavía tendría que enfrentarse al vicealmirante de turno. Mientras se ilusionaba con ese encuentro, se preguntó si no lo demorarían más oficiales aún.

Y no se equivocaba. Pronto pudo divisar por el rabillo del ojo, en medio de la pelea, sendas embarcaciones de la Marina acercándose por el mar. Sonrió ampliamente. Ese era el destino que había elegido y jamás renegaría de él.

Así que continuó peleando, abriéndose paso a los golpes para poder encararse con el más fuerte, sin dejar de sonreír. Sólo faltaban sus nakamas, pero eso no empañaría la diversión que por fin había obtenido.

Los piratas, desde sus barcos, ni bien advirtieron la presencia de la Marina prefirieron soltar amarras y seguir viaje. Hubieran querido intervenir en la batahola, pero tenían asuntos que tratar en el Nuevo Mundo. Que Monkey D. Luffy estuviera entretenido les convenía más que ponerse a pelear también. Se abocaron a repeler las balas de cañón que ya les disparaban desde la escuadra que se aproximaba, mientras maniobraban para partir.

El enfrentamiento se dilató y Luffy pudo acercarse lo suficiente para propinarle al vicealmirante un golpe con su puño gigante. Éste, sorprendido, no pudo frenar el ataque y cayó despatarrado. En pocos segundos, no obstante, se puso de pie para combatir según sus habilidades.

El puerto de Dressrosa se convirtió en un caos de marines abatidos, piratas apresurados y balas de cañón reduciéndolo todo a despojos. Luffy, al notarlo, mejor no podía sentirse. Nuevamente le asaltó el deseo de compartir el momento con sus nakamas, pero estimó que en esa agitada zona del Grand Line no faltaría oportunidad.

Entonces una bala de cañón silbó en su dirección. En medio de la pelea, se dispuso a prepararse para contenerla, pero pronto comprendió que no sería necesario. La patada voladora vino desde la derecha y desvió la amenaza sin esfuerzo alguno.

-Ey, idiota, ¿pensabas quedarte con toda la diversión?

Al reconocerlo, Luffy dejó de lado a su contrariado rival y sonrió con los brazos en alto, contento a más no poder.

-¡Sanji! –vociferó a modo de saludo.

El cocinero, una vez en tierra, encendió un cigarrillo y murmuró una maldición.

-Joder contigo –masculló, ceñudo.

Pero Luffy siguió riendo con algarabía y le propinó al olvidado vicealmirante un golpe que lo noqueó. Una nueva bala de cañón zumbó sobre él y esta vez no hizo nada para esquivarla, pues sabía que rápidamente sería tajeada en el aire. Y así fue como ocurrió.

-¡Zoro! –volvió a celebrar.

El espadachín aterrizó a su espalda con las katanas desenvainadas en posición de ataque.

-¡Sabía que no podía confiar en ti! –ladró. Como toda respuesta, Luffy rió a carcajadas-. ¡Deja de reírte y ponte a pelear! –reclamó el tipo al ver que volvían a rodearlos.

Pronto intervinieron Nami y Robin con sus respectivas habilidades, y ya no fue necesario que los hombres actuaran. La navegante descargó rayos y centellas sobre los marines y su amiga los apisonó con sus piernas colosales.

Luffy festejó también su llegada y Sanji revoloteó en torno a ellas declarándoles su imperecedero amor. A continuación irrumpieron Usopp y Franky disparando a diestra y siniestra, y Chopper y Brook también colaboraron para despejar por fin aquel tumulto.

Luffy los recibió festejando a los gritos cada una de sus intervenciones. Al fin los Mugiwara volvían a juntarse. Nada de lo que sucediese de ahí en más representaría una amenaza o un riesgo, sino que todo se volvería un anhelado acontecimiento acorde a su magnífico viaje.

-Siempre en problemas, ¿eh, Luffy? –lo abordó Usopp cuando las cosas se calmaron un poco-. ¿Qué harías sin este bravo guerrero de los mares?

-Hemos llegado super a tiempo –comentó Franky.

-Si no fuera porque te has quedado dormido durante casi cuatro años, me alegraría en un ciento por ciento de volver a estar contigo –dijo Nami, aunque sin reproche alguno en la voz.

-Algo de música tal vez suavice los ánimos –consideró Brook, y rió sonoramente con su violín al hombro, dispuesto a tocar.

-Todavía no, Brook, parece que por allá vienen más –anunció Zoro.

Efectivamente, un nuevo y más numeroso grupo de marines se acercaba desde el otro lado del puerto. Al verlos, Chopper se espantó primero y se dispuso para la batalla después.

-Ahora que por fin nos reunimos, ¡no permitiré que arruinen el momento! –bramó con decisión.

Robin sonrió con su serenidad habitual.

-Creo que puedo resolver eso –dijo, y utilizó su habilidad para tomar por el cuello a aquella muchedumbre y dejarlos fuera de combate.

Entretanto, los Mugiwara corrieron hasta el Sunny, anclado a cierta distancia de la rada. Antes de llegar a Dressrosa habían visto desde lejos a la escuadra de la Marina y estimaron que sería mejor aprovechar el factor sorpresa antes de lanzarse a pelear desenfrenadamente. Para eso ya tenían a Luffy.

Llegados al muelle, abordaron el Mini-Merry, la moto acuática y el submarino. Las balas de cañón silbaban en torno a ellos y los forzaban a maniobrar para evadirlas, pero hacía tanto tiempo que no experimentaban esa clase de zozobra que, más que preocuparse, se emocionaron en distinta medida. Cada uno de ellos tenía sus motivos para volver a sus andanzas y los evocaron mientras esquivaban a duras penas aquel ininterrumpido ataque.

Ya con el capitán a su lado, en cuanto estuvieron a bordo del Sunny siguieron defendiéndose desde allí, repeliendo, tajeando o pateando las municiones. Franky, Nami y Chopper se encargaron de los arreglos para zarpar sin pérdida de tiempo. No les interesaba salir victoriosos, sino salir de Dressrosa de una buena vez.

Cuando el barco empezó a moverse, el mascarón quedó enfrentado a dos naves de la Marina que pretendían cerrarles el paso.

-Que lo intenten si se atreven –sonrió Franky con bravuconería, y preparó el Coup de Burst. A Luffy, Chopper y Usopp se les iluminaron los ojos del entusiasmo-. Será mejor que se sujeten de algo pronto porque viene con más potencia que antes –avisó el ciborg, cosa que no hizo más que exacerbar la expectativa de sus compañeros.

-¡Vamos, Franky! ¡A seguir con nuestras aventuras! –vociferó Luffy con los brazos en alto.

-Sí, sí, a nuestras aventuras, sí, ¡pero ayuda con las malditas balas! –reclamó Zoro.

Todo retomaba así su curso normal. Zoro se sintió feliz. Por más vueltas que diera por el mundo, al parecer siempre acabaría en el mismo lugar. Y no estaba nada mal.

Al rato los Mugiwara divisaron un ejército de tontattas asaltando algunos barcos de la Marina. Desde uno de ellos, Wicka los saludó con la mano en alto, reunida ya con sus nakamas otra vez. Como toda respuesta, Zoro sonrió de lado.

Adondequiera que iban, de algún modo se las apañaban para granjearse esa clase de amistades. Con los tontatta haciendo de las suyas, cumpliendo su promesa de apoyar a los Mugiwara cada vez que lo necesitasen, pronto éstos se vieron liberados de gran parte de la faena defensiva. Wicka, en particular, puso todo su empeño en reducir a escombros partes fundamentales de las naves, que pronto empezaron a hundirse. Su tremenda fuerza bruta no dejaba de sorprender.

Zoro envainó al ver el trabajo terminado.

-Ahora sí, Franky. Nos vamos.

-¿Estás seguro de que te despediste adecuadamente?

El espadachín fingió indiferencia.

-Nunca hay un modo adecuado de despedirse.

-Pero la echarás de menos, ¿verdad?

Zoro chasqueó la lengua, fastidiado con la melosidad. Se elevó en el aire y tajeó dos balas de cañón perdidas como si se tratase de un simple trámite, y así se reservó para siempre cualquier respuesta posible.

Wicka, desde su puesto, después de destrozar otro barco le echó un último vistazo al causante de sus desvelos direccionales. Vaya brújula más averiada que se traía ese tipo en el cerebro. Aun así, sin importar las veces que se hubieran desviado, estaba claro adónde pertenecían y que siempre hallarían la forma de volver. Quiso creer en ello y quiso creer también que algún día se encontrarían otra vez.

Después el Coup de Burst los alejó definitivamente. Ya habían andado lo suyo.

FIN