· EL ALTOZANO DE ASLAN ·
Ambos jóvenes seguían inmersos en aquel aciago duelo. Los dos blandían sus armas con una fiereza indomable y esquivaban la mayor parte de los ataques sin perder siquiera el equilibrio, manteniendo en todo momento ese porte regio que tanto les caracterizaba. En sus radiantes ojos se podían apreciar el furor de la batalla y la vitalidad propia del joven que lo da todo por la espada, por su honor.
Era cierto que a Peter le había pillado por sorpresa la repentina intromisión de aquel muchacho, pero lo que no iba a permitir era que lo vencieran tan fácilmente. Ni hablar, eso nunca.
Así que, en un ágil movimiento y tras evadir una peligrosa estocada, golpeó con la empuñadura de su espada el rostro del desconocido, obligándole a retroceder unos pasos bastante aturdido. Y el rubio, aprovechando aquella inminente oportunidad, realizó un golpe de barrido que su contrincante logró sortear a duras penas, mientras el filo de Rhindon terminaba clavado en el tronco de un portentoso árbol.
El moreno le propinó una fuerte patada en el estómago que derribó al Sumo Monarca lejos de allí, dejándole completamente indefenso. No obstante, Peter, con un destello de ira reflejado en sus dilatadas pupilas, cogió una piedra de considerable tamaño y volvió a acercarse a su adversario con la intención de acabar con él de una vez por todas.
—¡No, para! —la voz de su hermana pequeña hizo que se detuviera justo antes de que fuera demasiado tarde.
De pronto y casi sin darles tiempo a reaccionar, un gran número de narnianos apareció de la nada y los rodeó por completo. Ambos se mantuvieron inmóviles, con la adrenalina todavía corriendo con fuerza por sus venas y soportando el peso de todas aquellas miradas tan dispares.
—¿Príncipe Caspian? —se aventuró a preguntar Peter, luego de haberle examinado de arriba abajo.
El susodicho había conseguido liberar a Rhindon y ahora apuntaba con ésta al rey narniano.
—Sí —contestó escuetamente y con desconfianza—. ¿Y tú quién eres?
—¡Peter! —la voz de Susan inundó el lugar con un eco penetrante, justo antes de aparecer junto a Edmund, Trumpkin y Elizabeth.
Los dos hermanos se quedaron completamente atónitos debido a la presencia de todos aquellos narnianos. Y la princesa suspiró aliviada al ver que Lucy se encontraba a salvo. Por otro lado, Caspian bajó la mirada hasta la espada de Peter y entonces lo comprendió.
—Eres el Sumo Monarca —musitó asombrado.
—Creo que me has llamado —respondió el mayor de los Pevensie en un tono prepotente.
—Sí, pero… te creía mayor —añadió el telmarino bastante perplejo. Y era cierto, nunca hubiese esperado que los Grandes Reyes fuesen tan jóvenes.
—Si lo prefieres volvemos en unos años —Peter hizo ademán de irse.
—¡No! Es solo que… no sois como esperaba —Caspian miró a Edmund y a Lucy, para luego detenerse en una joven de cabello negro y ojos grises. Enseguida supuso que se trataba de la reina Susan; aquella mujer de la que tanto había oído hablar por su magnificencia y astucia. Realmente era una chica muy hermosa y elegante, tal y como la describían en todas esas canciones y leyendas que le contaba su profesor.
—Tampoco tú —replicó Edmund, que tenía la vista clavada en Asterius, el gran minotauro al que Peter había estado a punto de atacar.
—Un enemigo común une incluso a los adversarios. Y nuestra querida Elizabeth ha hecho una labor excelente reuniéndonos a todos —Buscatrufas señaló a la joven bruja, haciendo que ésta sonriera agradecida.
—Esperábamos con ansia vuestro regreso, altezas —dijo un pequeño ratón—. Me llamo Reepicheep, mi gente y yo estamos a vuestro servicio.
Peter inclinó levemente la cabeza.
»Y hemos hecho gala de ello recopilando armas para vuestro ejército, señor —prosiguió con voz solemne.
—¿Ha habido algún problema con los telmarinos? —quiso saber la princesa.
—Ninguno, mi señora —aseguró Reep—. Se las arrebatamos cerca del río, donde construyen el puente. No se lo esperaban.
—Bien, porque nos van a hacer mucha falta —alegó Peter, observando de nuevo al príncipe.
—Entonces, probablemente quieras recuperarla —Caspian le entregó a Rhindon, pero no sin antes mirarle con cierta rivalidad.
Elizabeth enarcó una ceja al verlo. Era evidente que esos dos no habían empezado con muy buen pie.
A su alrededor, los narnianos empezaron a moverse en dirección al Prado Danzarín. Por lo que, sin esperar a más, la muchacha se acercó a los dos chicos con disimulo y pasando por su lado les dijo pícaramente:
—Será mejor que reservéis vuestras energías para el campo de batalla, majestades.
—¿Cuánto material se han llevado? —preguntó Miraz sin apartar la vista de todos los carromatos que habían sido saqueados por los narnianos.
—Armas y armaduras para dos regimientos —contestó el general Glozelle—. Pero, señor, hay más —dijo mientras señalaba la frase que había escrita en uno de los carros vacíos.
—Hacíais bien en temer al bosque—leyó el tirano con sumo desprecio.
—¿X? ¿Qué significa? —consultó Sopespian.
—Me temo que es la firma de Caspian, el décimo —masculló Miraz entre dientes.
—¿No lo habían secuestrado? —inquirió el lord bastante confundido.
Miraz resopló con desprecio.
—Lo lamento mucho, lord Sopespian, al parecer mi querido sobrino no es una víctima de este levantamiento, sino el instigador —apostilló antes de subir a su caballo—. Por lo que veo Narnia necesita un nuevo rey. Pero esto no quedará así, creedme, les daremos a esas bestias en donde más les duele.
Sopespian le miró confuso, sin saber a lo que se refería.
Miraz esbozó una sonrisa malévola.
—He oído que la muchacha que acompaña a Caspian es la princesa narniana. De ser así, seguro que su gente dejará de darnos problemas en cuanto su bonita cabeza descanse en una pica.
El lord tragó saliva ante ese último comentario, para luego ver cómo Miraz se alejaba al galope de aquel lugar.
Llevaban varias horas caminando por el bosque sin descanso, en dirección al Altozano de Aslan, el lugar donde los narnianos tenían asentado su campamento.
Caspian y Elizabeth encabezaban la marcha, seguidos por los Pevensie y el resto de narnianos.
—¿Te dejo solo tres días y acabas metido en una pelea? —se mofó la rubia.
—Ja, ja. Te crees muy graciosa, ¿verdad? —ironizó el joven telmarino con una amplia sonrisa en los labios.
Elizabeth rió divertida, luego retornó a una expresión más seria y acabó contemplando al muchacho con curiosidad.
—He oído que has estado preocupado por mí, ¿es eso cierto? —inquirió la chica.
Caspian tragó saliva. No sabía cómo lo hacía, pero esa princesa siempre conseguía ponerlo nervioso.
—Todos lo estábamos —contestó sin poder mirarla directamente a los ojos.
Elizabeth pudo apreciar el ligero rubor que se había adueñado de las mejillas del príncipe, y sonrió con timidez. Ese humano había conseguido enternecerla.
Cuando volvieron la vista al frente se encontraron con las lindes del Bosque Tembloroso, más allá con una hermosa pradera bañada por la dorada luz del sol y, por último, alzándose sobre ese pequeño océano de hierba verde y brillante se encontraba el famoso Altozano de Aslan; una magnífica estructura hecha de piedra. Sin duda alguna, el paisaje que tenían ante sus ojos era digno de admirar.
A su llegada, dos filas de centauros dispuestas una frente a la otra les recibieron con aplausos y vítores. Primero entraron los hermanos Pevensie, por quienes alzaron sus espadas en señal de respeto, y luego Caspian, Elizabeth y el resto de la comitiva.
El interior del montículo era bastante amplio, compuesto por numerosas galerías y varias cámaras de roca maciza. Allí los narnianos tenían asentado un enorme campamento subterráneo en el que podían pasar perfectamente desapercibidos.
—Estaréis acostumbrados a otra cosa, pero es defendible —aseguró Caspian.
Los Grandes Reyes contemplaron con gran asombro las dimensiones de aquel lugar.
—Siento comunicar que los palacios con altas torres de marfil se nos han acabado —bromeó Elizabeth antes de desaparecer entre la multitud de narnianos.
—Peter —le llamó Susan—, deberías ver esto —señaló, para después adentrarse en una de las galerías, seguida por Caspian y sus hermanos.
Avanzaron por dicho túnel hasta llegar a una gran cueva, en cuyo centro se hallaba una mesa de piedra rodeada de pilares, columnas y numerosos grabados que decoraban las paredes de la cámara.
A Lucy casi le dio un vuelco al corazón cuando reparó en la verdadera naturaleza de aquel sitio.
—No puede ser… —murmuró.
—Así es —la voz de la princesa, que había aparecido tras ellos, los sobresaltó—. Es la mesa de piedra. El lugar sagrado donde la Bruja Blanca sacrificó el alma del Gran Aslan en lugar de la de un traidor —prosiguió lanzando una mirada de soslayo a Edmund, que no pudo evitar darse por aludido.
La joven bruja se detuvo frente a la mesa y pasó con suavidad una mano por su áspera superficie.
»Pero la Magia Insondable nunca toma la vida de un inocente, esa es la regla.
La pequeña Lucy miró a Peter, que tenía los ojos clavados en el suelo, mostrando una especie de impotencia contenida.
—Sabrá por qué lo hace —aseguró en defensa del león.
—Estos son nuestros orígenes, nuestro hogar —señaló Elizabeth paseando la mirada por cada uno de los presentes—. Recuperemos aquello que nos pertenece, juntos.
Los cinco adolescentes se miraron entre sí, para luego asentir todos al unísono, motivados por sus palabras y con la convicción grabada a fuego en los ojos.
Lucharían por esas tierras aunque ello les costase la vida.
