ADAPTACIÓN. Ni los personajes ni la historia me pertenecen, está adaptado por Martasnix.
Capítulo 10
Alice llegó antes que nadie de su equipo al hangar donde los C-17, los aviones de carga, eran cargados y preparados para arrancar. Los agentes de transporte eran los responsables de asegurar que la limusina presidencial estuviese adentro, en el vientre del enorme avión de carga, junto con una segunda limusina, una réplica exacta de la primera que utilizarían en caso de cualquier problema con el vehículo principal, la furgoneta de materiales peligrosos y las camionetas del equipo de seguridad del servicio secreto, el personal presidencial, la prensa, K9, el equipo anti-explosivos, el equipo contra-asalto y los equipos de comunicación. Le gustaba inspeccionar las casetas de los perros donde Atlas y los otros perros estarían, antes que fuesen cargados, sólo para asegurarse que todo estaba seguro.
—¿Está bien se compruebo el funcionamiento? —preguntó ella cuando Larry Murtaugh, el supervisor de transporte, apareció en la puerta de la bodega de carga.
Murtaugh, era un corpulento hombre de cincuenta años, con ojos azules de pedernal y cabello rojo muy corto salpicado con canas, un purista de los detalles y siempre insistía en hacer las comprobaciones finales una vez que los vehículos presidenciales fuesen cargados para los viajes de larga distancia. Él le saludó con la mano y gruñó mientras ella subía a bordo con Atlas —¿Todavía no confías en nosotros?
Ella sonrió y se encogió de hombros —Atlas se pone nervioso con los vuelos.
—Idioteces.
Él estaba en lo correcto. A Atlas no le importaba volar. Era casi como si supiera que un gran trabajo vendría al aterrizar. Él había pasado por esto cientos de veces y no le molestaban los sonidos de las enormes turbinas, las presiones de aire contra los pernos en el metal, el constante rugido de fondo de los motores. El olor a gasolina y aceite tampoco le perturbaba. Ella no estaba nerviosa, pero tampoco le gustaría asegurarlo en una caja que pudiese liberarlo expulsándolo a toda velocidad por el espacio cavernoso en pleno vuelo, él confiaba que ella lo mantendría a salvo, así como ella confiaba que él le alertaría ante cualquier peligro antes que ellos o cualquier otra persona estallara por una bomba. Siguió a Murtaugh mientras él caminaba de arriba abajo, a ambos lados por las largas hileras dobles de vehículos, marcando los artículos en su portapapeles. Las casetas de los perros estaban aseguradas al piso con abrazaderas y separadas por barreras sólidas, así que los perros sólo podían ver hacia la parte delantera. Atlas se sentó a su lado mientras ella revisaba los amarres de la caseta con su nombre.
—Aún no, compañero— murmuró ella ante su expresión expectante.
Cuando estuvo satisfecha de que todas las casetas estaban firmemente fijas y que no habría problemas en el aire, arrojó su bolso de lona en la parte posterior de uno de los vehículos K9 y lo llevó de regreso al hangar. Otros agentes estaban empezando a llegar, con sus maletas y bolsos de viaje en la mano. Nadie parecía particularmente feliz. Montar un C-17 era una forma miserable de viajar. La enorme bodega de carga era fría y ruidosa. Los bancos de metal a cada lado eran incómodos, pero mejores que los asientos plegables de proa y popa que se sacudían con cada tirón y balanceo del enorme avión. El rugido y el traqueteo de los motores hacía imposible la conversación, no que ella realmente estableciera pequeñas charlas la mayor parte del tiempo, pero un largo viaje podría ser mortalmente aburrido sin un poco de charla informal. Siempre se sentaba de tal manera que Atlas pudiera verla. Y donde ella podía verlo a él. Viajaban mejor así. Ella asintió con la cabeza a un par de chicos de su equipo a medida que pasaban con sus perros. Esperaría hasta el último minuto para abordar. No era como si tuviese que preocuparse por conseguir un asiento. Ella se sentaba en un cajón de circulación del tráfico con Atlas a sus pies. Ya estaba usando su uniforme, el de la unidad canina anti-explosivos, con las botas de cordones negros y una gorra color negro con el logo del servicio secreto. El dorso de la chaqueta de nylon decía División K9. Atlas usaría un chaleco ligero con siglas similares cuando desembarcaran. Tan pronto como tocaran tierra, ella y seis de los otros agentes K9 subirían a las camionetas y conducirían directamente al centro de convenciones donde el presidente daría su discurso-desayuno y harían el barrido final en el trayecto que él utilizaría para entrar y en las habitaciones que ocuparían. Una vez que él y su séquito estuviesen a salvo adentro, ella y Atlas patrullarían el perímetro interior y barrerían los vehículos antes que él saliera para su viaje en tren. Hasta su llegada a Chicago, no tenía nada más que hacer, lo que estaba bien. Estaba teniendo algo de dificultad para concentrarse. Está bien, mucha dificultad. Su mente estaba en otra parte, lo que probablemente explicaría por qué ella solo había dormido a ratos, después que finalmente había logrado conciliar el sueño. No podía dejar de repasar cada minuto de las últimas 20 horas recordando la conversación que había tenido con Claire, analizando las cosas que ella había dicho o había dejado de decir, la manera en la que Claire le había mirado, como había reído con ella, sus toques. No había esperado nada de eso. Todo había sido especial. Nunca había sido capaz de hablar con alguien tan fácilmente. Nunca había estado con alguien que le conmoviera con tanta naturalidad. Nunca había ido a casa deseando poder haber tenido un minuto más, una hora más con alguien. Estaba dándole demasiada importancia, lo sabía. Pero no podía evitarlo. Cada vez que pensaba en Claire, su estómago se contraía y una oleada de placer recorría su espina dorsal. La sensación era adictiva. Una que nunca había experimentado y que esperaba nunca terminara. Se agachó y rascó entre las orejas de Atlas, acariciando su espalda. A él a quien conocía, en quien confiaba, amaba y se apoyaba. Sentimientos no complicados que él retribuía por mil. Estaba totalmente fuera de su experiencia con Claire. La inexperiencia no comenzaba a cubrirlo. Uno de los dos teléfonos colgados en su cinturón vibró. Miró hacia abajo y vio el símbolo de un mensaje de texto en su teléfono personal. Los únicos textos que alguna vez había recibido en ese teléfono eran actualizaciones de aerolíneas o alertas meteorológicas. El cielo estaba despejado y no estaba en un vuelo comercial. Con el pulso acelerado, presionó el icono para abrir el mensaje. Era del número de Claire. Ya lo conocía de memoria. Casi le había llamado en medio de la noche sólo para escuchar su voz nuevamente. Afortunadamente, la cordura había prevalecido.
¿Ya saliste?
Alice miró fijamente. Claire realmente le estaba enviando mensajes de texto. No había esperado escuchar de ella hasta más tarde en el día. Tal vez ni siquiera entonces. Trató de escribir una respuesta y tuvo que eliminar las tonterías y pulsar las letras deliberadamente una a la vez.
No, aun cargando el avión.
¿Ocupada?
No.
Alice contuvo el aliento, esperando por más.
Desperté pensando en ti.
El corazón de Alice hizo algo gracioso en su pecho, como si se hubiese soltado y caído un par de pulgadas. Humedeció sus labios. Las manos le temblaban. Con cuidado, formó las palabras.
No dormí mucho. Ayer fue genial.
:-) Para mí también.
Alice se quedó mirando la pantalla durante un tiempo. No estaba segura que debía responder. No había una pregunta implícita en lo que Claire simplemente había escrito ¿Qué debía decir ahora? Tenía que decir algo. No quería perder la tenue conexión entre ellas.
Atlas dice hola.
Dos caras sonrientes fueron la respuesta.
Dile a Atlas hola por mí. No puedo esperar verlos a ambos más tarde.
Estoy libre a las 4.
¿Cena de nuevo?
¿En el tren?
Alice escuchó que alguien le llamaba. Lo ignoró.
En cualquier sitio.
En el vagón comedor ¿5?
Perfecto, respondió Claire. Te veo esta noche.
Sí.
Alice se tomó un minuto para organizar sus pensamientos dispersos. Claire le había enviado mensajes de texto. Había estado pensando en ella. Eso fue lo que dijo. Y Claire quería verla para cenar. No había imaginado nada de eso. Tal vez definitivamente era real.
—Hey ¡Abernathy! ¿Planeas volar o caminar?
—Ya voy— gritó Alice a su supervisor de turno. Se puso de pie y Atlas se levantó con ella —Vamos, muchacho. Tenemos que llegar a Chicago.
Titus condujo hacia el restaurante pensando en el dinero. Llegaría temprano para la reunión, pero eso estaba bien. Él quería un poco de tiempo para considerar sus opciones. Si la chica salía de la ciudad y se dirigía a Colorado Springs, tendría que llevar el dinero con ella. No abriría ningún tipo de cuenta bancaria o aseguraría los fondos electrónicamente de ninguna manera. No, tendría el dinero con ella. Lo más probable era que no lo llevara en el vehículo cuando se encontrara con él. Pero estaría muy cerca. Probablemente la habitación del hotel. Tal vez una taquilla en la estación de autobuses. Volvió a pensar en la mirada en sus ojos cuando le dijo que no había nada que pudiera hacer para que le dijera dónde estaba. Él no tenía ninguna experiencia torturando personas y la idea de torturar a una mujer le revolvía el estómago. No creía que funcionaría con ella y estaba muy complacido. Tenía garantizado 10 de los grandes. Ella había salido con eso. Se parecía a Graves, probablemente más de lo que ella sabía. Y probablemente era la hija de su padre y honradamente honorable también. No, no lo engañaría. Así que podría tomar el dinero que le ofreció para proporcionarle un contacto y eso sería el final de todo. Nunca le volvería a ver. Tendría 10 de los grandes. Pike estaría infeliz por no recuperar los 250.000, pero desde el principio eso había sido un juego de azar y no su decisión. Pero 200 mil era difícil de desaparecer. Si no podía intimidarla para que le dijera dónde estaba, tendría que chantajearla. No sabía su nombre real y no podía implicarla en el atentado fallido contra el presidente, sin poner su cabeza en juego. Así que, ¿qué le importaba a ella? Definitivamente tenía planes, algo que no sabía, pero si ella iba tras explosivos, era porque quería hacer una gran declaración. Amenazarla con exponerla podría funcionar, especialmente si era tan fanática como Graves y el resto del pelotón. Entró en el restaurante de 24h con su lamentable fachada de metal abollado y su estacionamiento vacío y permaneció allí con el motor en marcha para mantener el calor. Dos camionetas eran los únicos otros vehículos. Ella no había llegado todavía, pero apostaba que también llegaría temprano. Sin duda era la hija de su padre, podría apostarlo. Él rio. Eso era precisamente lo que estaba haciendo.
La limusina de Clarke avanzó por la pista hacia el Air Force One, donde un anillo de agentes del Servicio Secreto formaba el perímetro interno, asegurando que ningún personal no autorizado se acercara al avión presidencial. El respaldo del Boeing 747 esperaba a unos cientos de yardas por la pista frente a un tercer jet que llevaría a la prensa y al personal que no podía establecerse a bordo del Air Force One.
Clarke miró a Lexa —¿Estás lista?
—¿Te refieres a interpretar a la primera nuera? — Lexa sonrió —No puedo esperar.
Clarke se rio y le besó —Sé que lo odias. Lo siento. Te mantendremos fuera de la atención tanto como nos sea posible.
—No te preocupes por mí— Lexa le besó mientras unos agentes salían del vehículo que les seguía y descendían sobre ellas —Siempre estaré feliz a tu lado.
—Te amo— murmuró Clarke justo cuando Reyes abrió la puerta.
Lexa siguió a Clarke mientras el resto de los detalles se cerraban y cruzaron hacia la escalera en la parte delantera del avión, donde se encontraba la suite presidencial. Las puertas traseras conducían hacia la sección de prensa. Clarke se instaló en el salón contiguo a las habitaciones privadas de su padre para esperarlo. Abigail llegaría con él, junto con el médico del presidente y el asistente militar que llevaría el maletín con los códigos nucleares.
—Imagino que estaremos revisando sus declaraciones— dijo Clarke.
Lexa le besó —Hablaré con Reyes un rato. Estoy segura que habrá cambios de horario una vez que Abigail esté a bordo.
—Sin lugar a dudas.
Lexa se dirigió hacia la parte trasera de la sección delantera, asintiendo con la cabeza a los agentes de turno y el equipo de Clarke. Se acomodó en un asiento al lado de Reyes —¿Algo nuevo en el informe matinal?
Reyes negó con la cabeza —No.
Lexa observó cómo Clarke se levantaba para darle un abrazo a su padre. El presidente parecía descansado y con ganas de iniciar su primera gran ofensiva de su campaña de reelección. Ocho días en carretera —A veces el silencio me molesta más que cualquier otra cosa.
—A mí también.
Claire nunca superó la emoción de volar en el Air Force One. Subir a bordo del avión con más élite en el mundo con el presidente de los Estados Unidos era una de las principales ventajas de ser parte del equipo de la Casa Blanca. Nunca lo dijo en voz alta, pero cada viaje le emocionaba. Por supuesto, ser testigo de la historia que se creaba era el honor más grande de todos y cada vez que abordaba el avión presidencial se sentía humilde. Hoy la emoción estaba allí, como siempre, pero mientras formaba fila con sus colegas para tomar café y pasteles en el pequeño minibar en la parte trasera de la sección de prensa, no podía mantener totalmente su mente en los negocios.
Estoy libre a las 4.
Casi no podía creer que había enviado textos a Alice en horas tan inconvenientes ¡Eso era tan diferente a ella! Nunca había sido de las que perseguía a una mujer, no que tuviese algo en contra de eso, era sólo que nunca había conocido a alguien a quien en realidad quisiera o necesitara seguir. La mayoría de las veces la invitación surgía de la nada para ir a cenar o para ir a un espectáculo o algún otro tipo de cita en la que realmente no había pensado, o en la mujer en cuestión. Por lo general se complacía con la invitación y la mayor parte del tiempo era feliz aceptando. No era pasiva cuando se trataba de mujeres, simplemente no estaba buscando. Ayer tampoco había estado buscando. Pero no pudo dejar de notar. Era difícil no notar a Alice. No sólo por su aspecto, el cual era caliente y sexy y más aún porque claramente ella no tenía ni idea de qué tan caliente y sexy era. Más que eso, ella era un misterio, no uno oscuro, amenazante y alienante, si no uno cautivante, como el destello de algo hermoso encerrado en ámbar. Claire quería romper la cáscara y liberar el secreto.
—Esto debería ser divertido ¿huh? — Brad Cooper, con cada pulgada del cliché alto, moreno y guapo, con ojos tan azules que debía ser proscrito, le sonrió con sorna. Su tono decía que pensaba que el viaje no sería otra cosa que un buen momento.
—Oh, hola, Brad— Claire dejó a regañadientes sus reflexiones sobre Alice para ser cortés. Brad era uno de los chicos que le trataba como a una colega y nada más, así que estaba agradecida. Él sabía que había un montón de otras mujeres, comprometidas o solteras, que estaban interesadas en llamar su atención. Quizá por eso a él le gustaba su compañía. Él había sido parte del equipo unos años más que ella y había sido uno de los periodistas más útiles cuando ella se unió a ellos. Aunque todos fingían cooperación en la superficie, todos competían por el mejor ángulo de la misma historia. Después de todo, todos estaban recibiendo los mismos fragmentos de audio de la oficina de prensa presidencial, todos eran testigos de los mismos hechos, todos estaban recibiendo la misma agenda. Lo que le había tomado algún tiempo aprender era que todos estaban trabajando en secreto con sus fuentes internas, con la esperanza de conseguir un avance sobre todos los demás. Todavía tenía que desarrollar mucha influencia en esa área, en parte debido a la naturaleza de la mayoría de sus características, pero sobre todo porque no era su estilo.
—Nunca he estado en un largo viaje en tren— dijo ella con una risa —Sospecho que va a ser... interesante.
—Sospecho que después de la primera noche tratando de dormir en una cama de dos pies de ancho cambiarás de opinión.
—Sin embargo, es un movimiento brillante ¿no crees? — ella esperó que él consiguiera su café y se sentaron juntos —Será de interés para el público, es popular para este tipo de campaña.
Él asintió con la cabeza —A él le ayudaría la imagen de hombre común y hogareño, si es capaz de llevarla a cabo.
Se sorprendió por la monotonía en su tono, pero luego se recordó a sí misma que aunque la prensa buscaba neutralidad, los periodistas seguían siendo individuos y no todo el mundo apoyaba a Griffin. Para ella Jake Griffin era un presidente enérgico, inteligente y justo, pero no era por eso qué ella estaba allí.
—Preferiría un viaje en tren aquí en los Estados que un viaje al extranjero en cualquier momento— dijo ella redirigiendo el tema inflamable.
—Estoy de acuerdo contigo— él se rio —Al menos la comida será reconocible.
Ella sonrió, tomó un sorbo de café y pensó que 8 días en un tren con Alice Abernathy sonaba como una muy buena idea.
