Hermione se levantó, en un siseo del vestido de seda.
Quedó un momento de pie, y echó a andar hacia el Vestíbulo.
Snape cambió instantáneamente: se incorporó de un salto y fue a su lado, a cierta distancia.
Su talante era sereno, volviendo a la distancia del principio. Evidentemente consideraba que su historia personal estaba al margen de lo más importante para él: protegerla.
Hermione tampoco parecía en un conflicto. Tenía un aire absorto, pero andaba con soltura. Sus tacones cliqueaban en el largo corredor.
El murmullo del agua continuaba, fuerte, tras los vitrales, rodeando a los amantes separados que caminaban por la galería.
Él había llegado a esto al cabo de renunciar y ella, al cabo de extrañarlo. Cada uno se había equivocado y ahora se trataban en esa frontera del seguirse amando, pero no acabar de hallarse.
El largo pasaje mostró sus arcos terminados en líneas de roca, en abanico por el techo. Extrañamente para la castaña y Severus, pese a lo sucedido, en ese silencio se sintieron cercanos. Una callada tensión sugería que en cualquier momento iban a tocarse de nuevo, aunque volvieran a soltarse.
Caminaron como en las horas pasadas: unidos en el corazón, disimulados en los hechos, sin poder ocultar por completo.
Así llegaron al Vestíbulo, donde Hermione se sentó en las primeras gradas de la gigantesca escalera de mármol, ella cerca de una baranda. En la misma grada y en la otra barandilla, Snape también se sentó.
Acomodada con cierto desaliño, la larga falda cubrió las piernas separadas de Hermione, que en una rodilla puso un codo; en esa mano apoyó una sien. El murmullo del agua golpeaba tras el pesado umbral cerrado.
La castaña habló con una dosis de humor… De no tenerlo en este asunto, no habría bromeado con él, persiguiéndolo por las escaleras y el puente. Pese a su dolor le brotaba un ánimo un poco desenfadado.
—¿Qué piensas que suceda con la guerra? –indagó con talante contradictorio; poco más y se diría que estaba de malas con Snape- Y olvídalo, estando solos en Hogwarts no te hablaré como a un profesor. Ya bastante mal la he pasado como para que encima me obligues a hablarte de "usted".
Snape desaprobó, haciendo negativa con la cabeza, pero soltó una sonrisa un poco torcida. Hermione le hablaba con tono de ser la parte agraviada de su separación. Ella le provocaba emociones extremas pues, cuando le dijo en la enfermería que lo amaba, lo había sacudido. Después lo hizo sentir en las nubes en el Gran Salón. Y ahora parecía buenamente fastidiada de la necedad de él.
Hermione era la única persona que le causaba tantas emociones de manera. Snape se dijo que, bien visto, lo que más le provocó Lilly era desasosiego y culpabilidad. La parte del amor sólo él la sintió. Con Hermione era otro mundo. Ella sólo tenía que mirarlo para formar un tornado dentro de él.
Severus recargó en la baranda, con un pie en un escalón, y el otro en el escalón de abajo. Miró a la subida de la enorme escalera, ahora inmóvilm hacia seis pisos arriba,. Para defenderse no halló más que el desdén.
—Hábleme como quiera, Granger –afirmó, calmosamente-. Si quiere, cuando me hable equivoque mi apellido y dígame "Weasley".
—De manera que estás celoso –afirmó ella, con la sien todavía en la mano-. Increible que sepas que lo dejé y me salgas con eso.
—Los felicito.
—No me has respondido -desvió la conversación.
—¿Sobre qué pasará con la guerra? –se acomodó una mancuernilla- No lo sé, miss Granger. No soy adivino.
—Algo debes suponer.
—No. Con dificultad aprobé la materia de Adivinación –y quiso molestarla-. Yo no era un come libros insuf….
Ya que lo dijo, quedó pensándolo.
Hermione soltó una risa que aligeró el ambiente del Vestíbulo.
—¡Seguro que no lo eras! -rio.
A Snape lo ponían un poco de malas esas puyas de Hermione, pero no lograba estallar. Algo en la ironía de ella le sonaba divertido; un tono de voz, o lo que parecía contarse antes de decirla.
—¿Seguro no era qué, disculpe? –indagó él.
—Seguro no eras un Insufrible –ella soltó otra risa, armoniosa en el lugar solitario.
Snape la estudió. Oscilaba entre querer regresar con ella, temer sufrir de nuevo y detestarla. Un factor de esa división era el orgullo. No deseaba explotar de nuevo, así que comentó:
—No sé qué hacer con usted, Granger.
Hermione bajó un poco la cara, y viéndolo de reojo, le dedicó una sonrisa de labios cerrados.
Snape la vio tan encantadora que se dijo:
Esto me recuerda lo que pensé por entonces: "Debo cuidarme o ella hará de mí lo que desee". ¿Habría cedido yo, de seguir juntos? Es posible que sí. Yo no tuve miedo, no me arrepentí a la seman…
Su enojo naciente se vio contradicho al notar que Hermione se frotó los brazos.
Apretando los labios, Snape se puso en pie, quitándose la capa.
—Tiene frio, Granger.
La cubrió con la prenda, pasándola por los hombros de la chica.
Al hacerlo, ella volteó hacia él.
La castaña le dedicó una mirada seria, matizada de un reproche tan dulce que Severus vagó por las facciones de Hermione, que le parecían perfectas. Tan perfectas como el sonido de la lluvia. Sin un pero. Sin nada más que admiración.
—Vamos a otro sitio –dijo él, para zafarse.
Aparecieron en el sexto piso, sobre un corredor que en el tramo donde estaban, era un balcón que escapaba al fulgor de las antorchas, en los niveles inferiores.
Hermione sujetaba los bordes de la capa, cubriéndose.
—Filch encendió… No, Hagrid –se corrigió ella misma-, Hagrid encendió la dotación completa de teas.
—Debe intentar mantener el castillo lo más cálido posible –aventuró Snape-, tomando en cuenta que está casi desocupado.
Snape anticipó lo que iba a suceder a la castaña: se le acercó dos segundos antes que ella tuviera un mareo; cerrando los ojos ella se tomó la frente, titubeando.
Él la sostuvo, con una mano en su espalda; la rodeó con el otro brazo.
—Tranquila –dijo–. Le iba a suceder de todas maneras. Mejor que haya sido despierta y en actividad. Es una pequeña recaída, no tendrá otra.
—¿Por eso venimos a un lugar más cálido? –preguntó, con las piernas flojas, repentinamente débil.
Snape la retuvo con mano firme, sentándose en el piso lentamente, apretándola contra él.
A través de los espacios de la balaustrada, se filtraba la luz dorada de las teas, abajo.
Recuperándose del mare, en el recargado silencio, Hermione distinguió, en una gran ventana del piso de arriba, visible en otro tramo de la Gran Escalera, el cielo neblinoso.
Unas gotas de sudor le humedecían la frente. Recordar que pudo haber muerto -y en su fuero interno considerando que la muerte no era mala opción si no recuperaba a Snape-, le pareció importante saber:
—¿Me odias por haber vuelto con Ron? ¿Me odias?
Sosteniéndola, Snape miró al piso superior. En esa perspectiva se vislumbraban destellos en el cielo brumoso, agua escurriendo entre los dibujos coloridos de un antiguo mago, desconocido.
—Claro que no la odio –respondió él, arrancando un breve eco al balcón-. Yo la amo, Granger. ¿Cómo podría odiarla?
Con gesto grave, admiró los rizos de la Gryfindor, esmeradamente peinados, luego los labios apenas pintados de rosa, y finalmente, los ojos sorprendidos de Hermione por lo que él acababa de derile.
¿Por qué me siento herido por ella, pero lo olvido cuando la veo?, se preguntó Snape. ¿Por qué he deseado no verla más, pero siento que mi vida no tiene razón, si no la veo a la luz de sus ojos marrones?
—¿Te arrepientes? –inquirió ella; sentía el vacío de personas en los pisos de abajo.
Snape se permitió recorrer la mejilla de la castaña, con un dedo.
—Es lo más bobo que le he escuchado decir, Granger, no me arrepiento. ¿Pensaba eso? Supongo que no le he dejado otra opción.
—Yo tampoco te dejé opción –se recargó en un brazo de él.
Snape apoyó la espalda en la baranda, estrechando a la castaña.
—Cuando le digo que entiendo sus razones, Granger… no es que le devuelva sus palabras, sino que es verdad… Lo pensé mucho, estos meses… La separación… me permitió verlo más claramente… No puedo ofrecerle nada, más que incertidumbres… Usted es de amaneceres y mañanas. Yo, de crepúsculos y noches… No es justo. No es justo para usted…
—¿Por qué no dejas que yo lo decida?
—¿Cómo?
Ella asintió, tomándolo del rostro con una mano. Su palma se vio delicada al tocar una mejilla de Snape.
—Hablas de ese modo porque te preocupas por mí –aseveró Hermione-, pero deja que yo lo decida, son mis sentimientos, es mi riesgo. Yo decido qué es justo o no para mí.
Snape lo pensó.
—¿Tú decides que no lo quieres? –interrogó ella- ¿Decides no amarme?
—Yo no he decidido eso -evadió.
Ella le acarició el negro cabello.
—Eres mi profesor, y se dice tanto sobre ti, tantas historias oscuras. ¡Pero yo sé que no eres así...! ¡Los demás no lo ven, pero es obvio, para mí es obvio! ¡Por eso me sentí atraída por ti! ¡…Nos amamos…! ¿Está mal? ¿Es incorrecto? ¿Tienes alguna duda en ese sentido?
—Es posible que sea incorrecto –lo consideró-. Dumbledore, Minerva, lo dirían.
—¿Y quiénes son los demás para decidir sobre nosotros? Cada cual decide para sí mismo. ¡A ti y a mí no nos importó si nos descubrían! ¿Recuerdas que hablamos de afrontar cualquier escándalo?
—Lo recuerdo, pero, ¡es posible que con amar no baste…!
Hermione le repasaba los mechones oscuros con los dedos.
—¡Pero si no basta, Severus, entonces nadie tiene salida! Estamos condenados, cada uno de nosotros, condenados a no tener alas. ¡Si el amor no basta, entonces, nada es suficiente…!
Un rayo de ahogo atravesó a Snape.
—Aun te amo –susurró ella.
Con su talante serio, él le pasó un dedo por una de las mejillas.
—"¿Sí, Granger?" –rio ella, ocultando la frente en el brazo de él- "Yo también la amo. ¿Qué opina de eso?"
Snape se permitió una leve sonrisa.
—¿Sí, Granger? –dijo él– Yo también la amo. ¿Qué… opina de eso?
—Opino que aunque no quieras perdonarme, y aunque me haya ido de tu lado, nos amamos.
—Eso opina.
—Y opino que lo único que tienes es orgullo y miedo. Únicamente eso te detiene, porque quieres volver conmigo.
Snape no respondió.
Hermione lo tomó por un brazo, recargando la cabeza en el tórax de él, con tono de protesta, cerrando los ojos:
—Dejo todo, vuelvo a ti, para encontrarme con que ahora tú me mandaste al cuerno. Te digo que me arrepiento y dejé mis temores, pero me topo con tu rencor y me haces padecer. No sé si eres lo mejor o lo peor que me ha sucedido.
Pasaron unos segundos, donde sólo se oyó el temporal.
—En cambio –afirmó Snape-, tú eres lo mejor que me ha sucedido.
Hermione se sorprendió.
La daga de dolor que atravesaba a Snape despareció por un instante. Su mirada era la misma de esas noches de septiembre, donde ella escapaba para ir a la habitación de él y pasaban horas sin dormir, flechados por la magia compartida, cuyos soplos los alcanzaban hoy.
—Es más que ser afortunado, Granger... Tú –recorrió las facciones de ella-… Tú eres lo más increíble que pudo haberme sucedido... Lo más…. portentoso…
—Severus...
—Eres la revelación de mi existencia. Llegaste y borraste mis recuerdos, aquello en lo que creía creer... Contigo conocí la diferencia entre amar y recordar. Moviste mi vida. La cambiaste.
Observó sus rizos, luego los labios y finalmente, los ojos asombrados de Hermione.
—¿El dolor? Bien -aceptó él-. Supongo que todo va de la mano. Supongo que el amor también duele. Aunque sea dolor de dicha.
—¿Por mí? -ella lo sabía, pero deseaba escucharlo de nuevo.
—Por ti. Por ti cualquier locura sería lucidez. Locura es lo que hemos hecho… Yo tampoco lo habría hecho si no te amara… Además… eres tan hermosa… Eres la belleza que mortifica el corazón… Eres un sueño… Toda, toda tú…
Snape descendió al rostro de Hermione, a quien se le escapó un gemido y se apagó cuando el fundió sus labios con los de ella.
No fue un beso de deseo, fue un beso de amor. Acariciando sus labios, Snape posó una mano en una mejilla de Hermione, atesorando sus facciones. Como la había tocado en noches secretas. Con pasión, con ternura.
El beso en la boca terminó con un beso en los labios, apretándolos, aspirando el suave perfume de Hermione.
Snape rozó su frente con la de ella.
Afuera, la lluvia cubría la extensión del colegio: las vacías bancas del estadio, repiqueteaba en las apacibles Casas Verdes, golpeaba los patios vacíos en cortinas de agua, alimentaba los árboles del bosque, la roca del castillo humedecía. Hermione y Snape se amaban en secreto.
Ellos seguían rozándose la frente, con los ojos cerrados.
—Mi amor, ¿ya no estaremos juntos de nuevo? –preguntó Hermione.
—Sólo si el amor no basta, amada mía –susurró Snape–. Sólo si el amor no basta.
