CAPÍTULO 9

POV Sally

Aquella noche la Luna llena brillaba en el cielo oscuro y hacía un viento tan frío que calaba hasta los huesos. Gracias al cielo que soy una muñeca de trapo y no puedo coger resfriados, que si no estaría en la cama con 40 de fiebre y estornudando sin tino. El caso es que iba con prisas porque tenía un compromiso con el doctor Finkelstein (maldito viejo cascarrabias, no me deja respirar), cuando unos soldados me rodearon, y no parecían tener cara de querer entablar amistad conmigo.

-Hola, muñeca- me dijo uno de ellos mientras lucía una sonrisa llena de dientes amarillos y podridos.- ¿Qué haces tan sola a estas horas?

-¿Acaso te importa? – pregunté, mientras me apartaba un mechón de pelo de la cara a la vez que cogía disimuladamente la aguja que siempre tenía tras la oreja. Sinceramente, no me fiaba de aquellos individuos.

-Solo queremos hacerte compañía- respondió otro que estaba a mis espaldas.

-¿Sabes cuánto tiempo hace que no vemos a una dama? –preguntó un tercero mientras me echaba su fétido aliento en la cara.

-¿Y tú sabes qué son los caramelos de menta?- respondí, asqueada.

-Vaya, hay que reconocer que la muñequita de trapo tiene carácter. Creo que nos va a dar mucho juego.

El militar me agarró fuertemente del brazo. Naturalmente me preocupé, pero pensé rápido y dije:

-Pues tendrás que aprender a jugar con esta muñeca.

Tiré de uno de los hilos de mi brazo, separándome de él y de mi captor y eché a correr como alma que llevaba el diablo. No alcancé a ver la cara de aquel soldado, pero pude oír cómo gritaba:

-¡Coged a esa maldita zorra! ¡Que no escape!

Tenía muchas ganas de devolverle el insulto a aquel imbécil, pero aquella era una situación muy crítica para ello.

Llegué a un callejón donde logré esconderme para coger aliento. Aunque no debí cantar victoria tan pronto porque el mismo soldado que segundos después me había insultado me sacó bruscamente del callejón y me puso con la espalda contra la pared. La cara del no-muerto estaba tan cerca de la mía que podía escuchar su pesada respiración, parecida a la de un animal enfurecido:

-Ya te tengo. ¿Ahora cómo te libras de esta, preciosa?

Entonces pude ver por encima del hombro del soldado a mi brazo, que me saludaba mientras me enseñaba la aguja que sujetaba entre los dedos.

-La verdad,- respondí- no sé cómo librarme de esta situación. Pero te voy a dar un consejo. -incliné la cabeza antes de añadir- No mires atrás.

-¿Que no qué? –preguntó el militar, extrañado, antes de volver la vista atrás, momento que aprovechó mi brazo para clavar la aguja en el ojo del soldado.

El pobre hombre gritó de dolor mientras de su ojo herido chorreaba sangre negruzca mientras mi brazo volvía como podía conmigo. Por un momento creí estar salvada, pero no debí ser tan ingenua, porque el no-muerto, sin dejar de agarrarme, se sacó la aguja del ojo con toda la rabia del mundo antes de desenvainar un puñal y apoyarlo en mi cuello mientras me decía, clavando el ojo inyectado en sangre que le quedaba:

-¿Sabes qué hago con las zorras que me cabrean? Las despellejo y uso su piel como abrigo.

No pude hacer nada más que cerrar los ojos mientras temblaba, esperando lo peor. Entonces oí un gemido y abrí los ojos, encontrándome, asombrada, con el soldado petrificado y con una creciente mancha oscura en el pecho. Dio dos pasos atrás antes de caer desplomado de lado. Entonces pude ver a un individuo alto, delgado y vestido de negro. No pude ver su rostro porque este estaba oculto bajo una capucha.

-¿Estás bien?- me preguntó el desconocido.

Asentí, aún temblando a causa de lo que sucedió unos segundos antes.

-Tranquila, te aseguro que este no te va a molestar más- añadió el individuo mientras daba unos golpecitos con la punta de su bota al cuerpo inerte del soldado. Pude apreciar una sonrisa en su rostro mientras hablaba.

Poco tiempo después venía el resto de soldados y la sonrisa se borró de la cara del encapuchado.

-Por aquí vienen más.- murmuró antes de dirigirse a mí- ¿Son amigos tuyos?

Negué con la cabeza mientras me preguntaba a mí misma a qué venía aquella pregunta.

-Bien, mejor para mí. Pero, primero que nada, te voy a llevar a un lugar seguro.

Buscó algo con la mirada. A decir verdad, no tenía ni idea de lo que el desconocido pretendía hacer.

-¡Perfecto, justo lo que estaba buscando! ¡Ven conmigo!

Me agarró del brazo y tiró de mí. Entonces me di cuenta por sus manos que aquel individuo era un esqueleto. El encapuchado me llevó a un edificio que tenía en su base un mecanismo con una palanca unida a una cuerda que subía hasta una polea con una especie de contrapeso de hierro.

-¿Confías en mí?- me preguntó el encapuchado.

No me dio tiempo más que a balbucear porque el desconocido agarró la cuerda, le dio una patada a la palanca y ambos subimos a toda velocidad hacia la parte superior del techo. Yo cerré los ojos sin poder evitar un grito mientras subía.

Cuando paró aquella frenética subida, noté cómo mi cuerpo temblaba y escuché las carcajadas del encapuchado que me preguntó:

-¿Ya me has cogido cariño?

Abrí los ojos y me encontré abrazada al desconocido. Me separé rápidamente de él sin evitar ruborizarme.

-Lo…lo siento- titubeé mientras retorcía mis manos con nerviosismo- No quería…

-Tranquila, no tienes por qué disculparte. – respondió el desconocido antes de que los soldados llegasen al pie del edificio. El encapuchado añadió en voz muy baja mientras se agachaba- Ahora agáchate, no te muevas ni hagas ruido. Solamente observa.

El desconocido elevó un brazo hasta la altura de su cabeza antes de bajarlo rápidamente mientras cerraba el puño. Entonces una bandada de cuervos apareció detrás de nosotros y cayó directamente sobre los militares, quienes soltaron sus armas y se cubrieron la cabeza para protegerse del ataque de los cuervos. Algunos exclamaban:

-¡Es el Asesino! ¡Debemos huir antes de que sea tarde!

-¿De qué Asesino están hablando?-pregunté.

-De la misma persona que te salvó la vida. –respondió el encapuchado con una sonrisa.

Abrí la boca para responder, pero el desconocido había saltado del edificio abajo justo cuando otro de los soldados exclamó:

-¡No seáis cobardes y defendeos como hombres, gilipollas!

Pude ver al encapuchado ponerse detrás de dos de los guardias. De sus mangas aparecieron unas cuchillas con las que atravesó la cabeza de los soldados. Tuve que taparme la boca para reprimir un grito de horror.

Cuando los soldados cayeron desplomados, los otros dos dibujaron en sus rostros una expresión de máximo terror. Uno de ellos no tuvo tiempo de reaccionar porque el encapuchado le lanzó un cuchillo al pecho que le hizo caer al suelo. Solo quedaba el que había insultado a sus compañeros. Pero qué cosas de la vida, que el pobre se quedó temblando de miedo, hasta que el encapuchado ladeó la cabeza y, con una sonrisa, solo dijo una sola palabra:

-Bu.

Eso fue el pistoletazo de salida para que el pobre soldado saliese corriendo. El desconocido meneó negativamente la cabeza antes de desenfundar una pistola de llave de chispa (Finkelstein tenía una, así que sé qué tipo de arma es) y apuntar al soldado mientras murmuraba:

-Te crees un dragón cuando no eres más que una lagartija.

Entonces disparó, provocando un gran estruendo, y el soldado cayó desplomado. El encapuchado enfundó el arma y se dio la vuelta para dirigirse al edificio. Desde allí me dijo, con las manos en jarras:

-Ya pasó el peligro. Solo tienes que bajar y todos contentos.

Meneé negativamente la cabeza de forma enérgica mientras exclamaba:

-¡Después de lo que he visto ni de broma voy a bajar!

El desconocido se encogió de hombros y respondió:

-Vale, si te quieres quedar ahí para siempre…

Se dio la vuelta y se dispuso a marcharse cuando recordé que el doctor me haría picadillo si no volvía al laboratorio.

-¡Espera! He cambiado de opinión. Mira, bajaré de aquí, nos despedimos y cada uno sigue con su vida como si nada. ¿Trato hecho?

-Trato hecho- respondió el encapuchado mientras se daba la vuelta antes de acercarse al edificio.- Ahora solo tienes que saltar. No te preocupes, yo te cojo. Confía en mí.

No me fiaba mucho del plan del desconocido, ¿pero qué otro remedio quedaba? Así que respiré profundamente cerré los ojos, conté mentalmente hasta tres y salté. La caída duró unos pocos segundos hasta que noté que algo amortiguaba mi caída. Cuando abrí los ojos comprobé que, efectivamente, el encapuchado me había cogido perfectamente entre sus brazos. En ese momento me pregunté de dónde sacaba tanta fuerza un esqueleto.

-¿Ves? No ha sido tan malo- me dijo, sonriendo, antes de dejarme de pie en el suelo.- Por cierto, creo que esto es tuyo.

Del bolsillo de su pantalón sacó mi aguja y me la dio.

-Gracias- dije mientras cogía la aguja. Empecé a buscar con la mirada mi brazo, sin éxito, mientras murmuraba- ¿dónde se habrá metido mi brazo?

Para mi sorpresa, lo encontré agarrado a la pierna del encapuchado. Al parecer no tenía intención alguna de soltarse.

-¡Mira por dónde!- exclamó el desconocido, entre risas- Parece que le caigo bien.

Suspiré mientras intentaba a duras penas soltar mi brazo de la pierna del desconocido.

-A veces me gustaría que no tuviese vida propia. –dije, tras conseguir agarrar mi brazo.

Mientras me cosía el miembro, el encapuchado me preguntó, apoyado en una pared y cruzado de brazos.

-¿Puedo saber cómo te llamas?

-¿A qué viene esa pregunta?

El encapuchado se encogió de hombros y respondió:

-Simplemente por saberlo. Quién sabe si el destino nos volverá a reunir. Además, soy ese tipo de personas a las que les gusta hacer amigos.

Dudé un poco antes de responder. Era cierto que ese desconocido era un asesino (lo había visto con mis propios ojos no sin horror) pero, por otra parte, me había salvado de la que hubiese sido la peor experiencia de mi vida. Además, tenía algo que me resultaba familiar.

-Bueno, - añadió el encapuchado- si no quieres responder a mi pregunta, no te obligo…

-Me llamo Sally- respondí, mientras cortaba el hilo que sobraba de la costura.

-¿Cómo?

-Mi nombre es Sally.

-Bonito nombre. ¿Quién te lo puso?

-El doctor Finkelstein, el científico de la ciudad. Él fue quien me creó.

-Interesante. –respondió el encapuchado con una expresión de aprobación en su rostro.

-¿Y cuál es tu nombre, ya que estamos con las presentaciones?

-¿Puedo saber el motivo?

-El mismo que el tuyo.- respondí con una tímida sonrisa mientras me guardaba la aguja tras la oreja- Nunca se sabe si nos volveremos a encontrar.

El encapuchado se puso enfrente de mí y dijo, mientras se inclinaba en una reverencia:

-Soy Jack Skellington, protector del inocente, amado por mis amigos y temido por mis enemigos. –entonces levantó la mirada y añadió, mientras me miraba- Y espero que seas amiga mía porque no quiero hacer daño a una dama tan bella.

No pude evitar ruborizarme y esbozar una sonrisa al oír aquel comentario. Entonces di un respingo y me acordé de mi compromiso con el doctor.

-Me gustaría quedarme más tiempo contigo, Jack, pero tengo que irme o el doctor me mata.

-¿Quieres que te acompañe?

-No te preocupes, me sé perfectamente el camino.

-¿Puedo darte un último consejo, Sally?

-Mientras sea rápido…

Jack se acercó a mí con el rostro muy serio. Había tan poca distancia entre nosotros que pude distinguir una fina grieta que atravesaba el lado derecho de la boca de Jack.

-Escúchame bien, Sally.- dijo- No le hables a nadie de mí ni de este encuentro. Ni siquiera a doctor. ¿Me lo prometes?

Asentí con seguridad antes de irme. Cuando estaba bastante lejos, volví la vista atrás, pero el encapuchado había desaparecido.


Muchas gracias a todos los que siguen este crossover. Es algo que disfruto junto con el hecho de escribirlo. No olviden comentar ;3. ¡Hasta el próximo capítulo!