¡Hola hola! ¿Qué tal se encuentran? Lo sé, lamento la demora… he tenido unas semanas difíciles. Pero a ustedes no creo que les interese escuchar mis problemas. En fin… sé que dije que actualizaría una vez por semana, pero tengan en cuenta que eso es cuando las circunstancias me lo permitan. No abandonaré, eso sí.

Gracias por sus palabras. No me canso de leerlas y leerlas… ¡Sigan dejando sus comentarios! Por más cortos que sean, me interesa saber sus opiniones de lo que escribo, y también me animan a seguir escribiendo. ¿Qué les parece Edward? ¿Bella? ¿Y Rosalie? ¿Qué opinan de ella, es demasiado perra o no? ¿Y los Cullen? Déjenme saber lo que piensan.

Sin más, les dejo el capítulo…


Capítulo 9

The Night Gwen Stacy Died

Viernes. El viernes había llegado, y con ello, las ganas de vestirse bien. Casi nunca se preocupaba por verse más que presentable, pero hoy quería verse… bonita.

Los pasados dos días habían sido emocionantes. Emocionantes en el sentido de que Bella se encontraba entusiasmada por la vida de una manera en la que hacía mucho tiempo no lo había estado. Ayer Edward había venido por ella de nuevo, e igualmente habían pasado por Starbucks por algo de desayunar, salvo que esa vez, se aseguró de que Bella ordenara algo caliente para tomar. Una parte de Bella se entristeció, ya que por dentro, muy muy dentro, deseaba que le diera alguna prenda suya para calentarla.

No sabía cuándo estaría lista su camioneta, y a decir verdad, esperaba que tardara mucho tiempo. Atesoraba cada momento con Edward como si fuera una gema preciosa. Cada vez que lo veía, su interior se llenaba de un aleteo que no la dejaba respirar, y cuando él le sonreía, se sentía desvanecer. Así que no la podían culpar por querer verse bien en ese día.

Tomó una linda camisa azul marino con encaje en las mangas, alrededor de las muñecas, y unos pantalones de mezclilla oscuros, y no pudo evitar ponerse sus Converse negras. Se peinó el cabello, aunque no podía hacer mucho por él con la lluvia, y en cuanto estuvo lista, como si estuvieran sincronizados de algún modo, él llamó a la puerta.

Bajó las escaleras más rápido de lo que debería, ya que casi tropieza en el último escalón, y después de tomar su mochila, abrió la puerta.

Debió de haberse dado cuenta por la manera en que su corazón no latía desenfrenadamente como lo hacía cuando él estaba cerca, pero no lo hizo, y la decepción llenó sus facciones cuando la persona que estaba de pie al otro lado de la puerta no era quien ella esperaba que fuera.

–¿Qué haces aquí Alice?

–Vaya, buenos días a ti también, Bella –dijo pasando por su lado para adentrarse en la sala.

–Lo siento, es solo que… –suspiró –creí que eras Edward.

–Oh sí, él… no pudo venir.

–¿Le sucedió algo? –preguntó con un tono preocupado.

–Nada que una buena salida a correr no pueda aliviar.

–¿Qué?

–Linda blusa.

–Oh, gracias –de repente sintió inútil ese tiempo que había pasado arreglándose y asegurándose que se viera un poco más arreglada de lo normal.

–No se por qué, pero me da la impresión de que no soy a quien querías ver.

–Ya te lo dije, creí que serías Edward.

–Si no te conociera Bella, diría que tienes algo por mi hermano.

–¿Qué? ¡No! –le restó importancia con la mano –es solo que… iba a darle la bufanda que me prestó el otro día.

–Ajá. ¿Y dónde está?

–¿Dónde está qué?

–La bufanda.

–En mi habitación –no entendía la sonrisa de Alice, hasta que levantó una ceja y soltó una risita –tal vez debería ir por ella.

–No te preocupes, no la necesita. Vámonos o llegaremos tarde –la urgió con sus manos.

Salieron de su casa y Bella se detuvo en la acera al ver el Volvo en lugar del Porsche de Alice. No pudo evitarlo, pero miró al asiento del conductor buscando a esa persona a la que se moría por ver.

–Él no vino, Bella.

–Ya lo sé, Alice. Pero, ¿por qué traes el Volvo?

–Él insistió. Dijo que tal vez tuviera más cuidado al manejar un vehículo que no es mío. A lo cual no le veo razón. Nunca he tenido ni un accidente, ¡ni un pequeño rayón a la pintura! Y a parte, dijo que te gustaba el Volvo.

Y así era. Bella había mencionado que era porque olía a nuevo, pero lo que se había reservado para ella fue que en realidad olía a nuevo y a él. Ese aroma limpio y agradable, como cuando sales al exterior después de que llovió y el sol se filtra entre las ramas de los árboles, dándole un toque de calidez a todo.

Subieron al Volvo y Alice volteó al asiento trasero para agarrar algo y luego extendérselo a Bella.

–Toma. Te lo manda Edward.

Era una chaqueta. Una chaqueta igual a la que le había prestado la vez que fueron todos al cine, solo que ésta era la versión femenina. El cuello era diferente, y claro, mucho más pequeña que la de él, pero el color y el diseño eran el mismo.

–Dijo que siempre olvidas ponerte algo que te cubra como debería. También dijo que pasara por el Starbucks para comprar algo para comer, y que me asegurara de que tu bebida fuera caliente.

Bella sonrió y ese revoloteo en su estómago regresó a la vida. Se puso la chamarra, dándose cuenta de que le quedaba a la perfección, y se preguntó cómo adivinó su talla en tan poco tiempo de haberla conocido. Solo había algo que pudo haber mejorado el regalo. Su olor. Aún recordaba el aroma que desprendía su chaqueta, olía justo como él, y ella deseaba que la de ella oliera igual. Pero no era así, así que se conformó con el olor de él a su alrededor y abrochó su cinturón de seguridad.

–A–

Debía admitirlo, el día apestaba sin Edward en él. Se había acostumbrado muy rápido a su presencia, y eso no era algo bueno. A donde sea que mirara, esperaba verlo esperando por ella. A la hora del almuerzo, cada vez que la puerta se abría, esperaba verlo entrar, con aquella sonrisa que solo le dirigía a ella, haciendo a su corazón latir como loco. Pero nunca llegó. Cuando se armó de valor para preguntarle a Alice por qué no había ido a la escuela, había dicho que tenía algo que atender con Carlisle, así que Bella no volvió a preguntar nada sobre él en todo el día.

Todo fue tan aburrido y solitario, no importaba que Ángela caminara con ella por los pasillos, o que Alice tratara de distraerla, Bella quería ir a casa, olvidarse de la comida en la casa de los Cullen y dormir todo el fin de semana. Pero no podría librarse de aquello ni aunque quisiera. Esme había sido lo suficientemente amable como para invitarla, y no podía quedar mal con ella, así que trató de poner buena cara todo el camino a la casa de los Cullen.

Si Bella pensaba que ella vivía lejos de la escuela, no era comparado con lo lejos que vivían los Cullen. El último lugar que Bella recordaba haber pasado que ella conociera, fue la carretera. Después de eso, Alice tomó un camino casi oculto entre los árboles y helechos, y anduvo por ahí unos quince minutos más, hasta que la tierra dejó paso al concreto. Para cuando Bella estuvo casi segura de que la llevaba a ser asesinada para después tirarla por un barranco, apareció un claro en medio de los árboles a su izquierda, y junto con él, una enorme casa al borde de una colina.

Era una casa como ninguna que hubiera visto. Era como las casas que solamente ves en las revistas, enorme y hermosa. Moderna, de dos pisos, con pilares de madera que la sostenían de caerse al barranco, con ventanales por todos lados del piso al techo que reflejaban la tenue luz del día, era elegante y ostentosa, y a su vez, simple y sencilla.

Alice apretó un botón invisible en algún lado del coche, y una puerta escondida en la colina que no había visto, se abrió, dejando ver una pequeña rampa que bajaba. Alice dirigió el auto por ahí, y la oscuridad se iba convirtiendo en luz cuando unas lámparas activadas con sensores de movimiento se iban encendiendo. Bajaron unos dos pisos, y el túnel dio paso a una enorme cochera que contenía por lo menos seis autos, y le sobraba espacio para más.

Alice aparcó al lado de lo que Bella reconoció como la camioneta de Esme, y ambas se bajaron del auto.

–Guau –dijo Bella maravillada ante los ostentosos autos deportivos.

–Puede ser demasiado para tomar, pero te acostumbras a ello –dijo Alice.

La dirigió a unas escaleras a la derecha, que las condujeron a lo que Bella supuso era la planta baja de la casa. Abrieron una puerta y entraron a la sala de estar.

Era una sala de estar enorme, con unos sillones tan grandes y confortables a la vista que daban ganas de tirarte en ellos y sumergirte en los cojines. Una pantalla ocupaba un gran espacio en la pared lejana a los ventanales, y subiendo un pequeño escalón, había un piano de cola tan brillante que invitaba a pasar los dedos por las teclas.

–Ven, Esme nos debe de estar esperando –dijo Alice, tomando la mano de Bella y arrastrándola por un pasillo largo y ancho que tenía cuadros en blanco y negro colgando de las paredes. Bella alcanzó a divisar el Cristo del Corcovado, la Catedral de San Basilio y el Empire State, cuando doblando una curva, una amplia y moderna cocina apareció a la vista, donde Esme revoloteaba de un lado a otro.

–¡Ya llegamos! –saludó Alice.

–¡Alice, Bella, que bueno que están aquí! –las abrazó a cada una, y después tomó a Bella por las mejillas y le dijo: –Espero que te guste la comida italiana, Bella, eso comeremos.

–Me encanta. Gracias de nuevo por invitarme, Esme.

–No hay de qué agradecer Bella. Espero tenerte por aquí seguido. Ven cuando quieras, no es necesario que avises, tenemos espacio de sobra. Estás en tu casa, Bella, no seas tímida, puedes andar alrededor con toda la confianza.

–Muchas gracias.

–Ahora, vayan a hacer algo, les avisaré cuando la comida esté lista.

–¿Necesitas ayuda? –preguntó Bella mirando a su alrededor.

No es que la cocina de Bella no fuera moderna. De hecho era la parte más moderna y nueva de su casa, pero esto era algo sacado de un programa de chefs de la televisión. ¿Para qué ocuparía alguien dos hornos? Y luego está esa cosa… que Bella no tenía ni idea de para qué servía. Incluso el microondas se veía muy complicado para usar.

–No te preocupes, Bella, tengo todo bajo control. Ve con Alice, seguro encontrará algo para mantenerse ocupadas.

–De acuerdo.

–Vamos Bella –la guió de nuevo por el pasillo por el que vinieron, y tomaron unas escaleras en forma de caracol para subir al siguiente piso, y fue entonces cuando Bella se dio cuenta de que no era una casa de dos pisos, sino de tres. Cuatro si cuentas la cochera. La sala de estar y la cocina se encontraban bajo la colina, por eso es que Bella en un principio había pensado que eran dos pisos, pero cuando subió el último escalón, se dio cuenta de que no era así.

–En la planta de abajo también está el comedor, el cual conocerás después. Y en esta planta se encuentra mi habitación, la de Rosalie, la sala de juegos, la sala de cómputo y la alberca –le iba señalando cada cosa mientras la decía. La alberca en especial se veía genial, y se podía ver vapor salir del agua, por lo que supuso Bella que el agua estaba caliente, y le daban ganas de sumergir los pies en ella a pesar del frío que hacía afuera –en la planta de arriba está la habitación de Emmett, Jasper y Edward junto con la de Carlisle y Esme.

–Tu casa es genial, Alice.

–Gracias. Mamá ha puesto mucho esfuerzo en ella. Prácticamente la construyó de cero. El diseño arquitectónico fue de ella, y los interiores también. Dice que de sus casas, es la segunda que más le gusta.

–¿Sus casas?

–Hmm… sí. Tenemos varias casas. Algunas solo para vacacionar. Pero la mayoría del tiempo solo usamos una.

Eso lo hacía sonar como si tuvieran mucho tiempo como para vivir en cada casa que tuvieran. Como si se mudaran de casa muy seguido.

–Ven, vamos a mi habitación –la jaló a una habitación que habían pasado, y cuando abrió la puerta, Bella se quedó asombrada.

Era como un pequeño departamento, o por lo menos lo era en tamaño. Por un lado había una cama enorme, con un ventanal por un lado y unas puertas del otro, y doblando la esquina, un escritorio de cristal con una computadora encima. Había estantes de lado a lado por dos paredes, con libros y discos apilados en ellos, y frente a ellos, una sala de tres piezas.

–Puedes sentarte en donde quieras –le dijo Alice mientras caminaba hacia las puertas al lado de la cama. Las abrió y Bella pudo ver otra habitación a través de ellas.

Solo Alice podía tener un clóset de ese tamaño. Era un walk–in clóset enorme, con ropa y zapatos y bolsos y accesorios por cualquier lado a donde miraras.

–Guau Alice, eso es… algo exagerado –dijo Bella señalando el clóset en donde Alice había desaparecido.

–¿Qué? Claro que no Bella, es justo lo necesario –contestó asomando su cabeza entre algún lugar del clóset.

En ese momento, un trueno sonó no muy lejos de allí, resonando por toda la casa. Bella se levantó de donde estaba sentada en la cama y caminó hacia el enorme ventanal. La pequeña llovizna se estaba convirtiendo en una gran tormenta, oscureciendo el cielo. Las gruesas gotas caían fuerte entre los árboles y resonaban cuando caían en el cristal, en la tierra, creaban grandes charcos de lodo marrón oscuro. Una brizna sopló por la casa, haciendo que Bella tiritara de frío y enrollara sus brazos a su alrededor.

En la distancia pudo ver algo entre los árboles, pero no pudo distinguir qué era, la lluvia lo hacía borroso.

–¿Qué quieres hacer ahorita, Bella?

–Lo que quieras –contestó Bella, quitando su mirada del paisaje.

–Podemos ver una película… pero mejor eso lo dejamos para más tarde. ¡Puedo hacerte la manicura! Aún tenemos que estrenar todas esas cosas que compré en el centro comercial. Mis hermanos aún no llegan, así que tenemos toda la casa para nosotras. Te diría que fuéramos a la alberca, pero está lloviendo. ¡Pero podemos ir al jacuzzi! Ese está cubierto, pero aún así podemos mirar el paisaje.

–No tengo traje de baño, Alice.

–¡Yo tengo muchos! Alguno seguramente te gustará.

–Mejor otro día. No se me antoja mucho con este clima.

–Entonces déjame hacerte la manicura. Tengo un color que es perfecto para ti. Por favor –le suplicó Alice, que aún se encontraba en algún lugar dentro de su clóset.

–Mejor veamos televisión. Dejemos la manicura para otro día.

Alice chilló y salió brincando del clóset, vestida totalmente diferente a como había llegado.

–De acuerdo, vamos…

Caminaron por esa misma planta, y Alice abrió una puerta que había señalado cuando le estaba mostrando la casa, y Bella se dio cuenta que era lo que había denominado "sala de juegos". Era una sala enorme, con una pantalla que ocupaba la mayor parte de la pared, con sillones de todos tipos y cojines enormes desperdigados por el piso. Caminaron hasta llegar a unos sillones tipo puff, y se sentaron en ellos. Alice tomó un iPad y tocando varias cosas en él, la pantalla gigante cobró vida.

–¿Qué quieres ver, Bella?

–Una serie, lo que sea.

Pulsando más cosas, Netflix apareció y Alice se deslizó a través de él, buscando algo que ver, hasta que Chuck Bass apareció en todo color y ocupando casi toda la pantalla.

–Oh, Gossip Girl.

–¿Te gusta? –le preguntó Alice.

–Nunca lo he visto.

–¡¿Qué?! No no no, Bella, tenemos que arreglar esto ya. No te puedo spoilear. Veamos la primera temporada –y Alice se regresó para buscar la primera temporada.

Iban a la mitad del tercer capítulo, y a decir verdad, a Bella no le estaba desagradando. Era entretenido ver a esos chicos ricos hacer tonterías por todo Nueva York. El corazón de Bella comenzó a latir desenfrenadamente, y se colocó una mano en el pecho para calmarlo, y justo después, en una escena donde salía Blair fue cuando Alice habló.

–Edward está aquí.

–¿Qué?

Alice no tuvo oportunidad de contestar, porque justo después se escucharon pasos afuera de la habitación, y tres segundos después, ahí estaba él.

Agua chorreaba por su cara, pálida por el frío. Su ropa estaba completamente empapada y se pegaba a su cuerpo. Su cabello le caía por la frente, y cuando levantó su mano para quitárselo de la cara, Bella vio esos hermosos ojos sonreírle.

–Bella.

Aunque ella no pudo responderle, su sonrisa fue suficiente para que ambos sintieran que todo estaba bien. El terrible día de Bella se había convertido en algo bueno, como si la hubieran hecho esperar para el mejor final. Y qué mejor final. Aquella vista le quitó el aliento. Ahora entendía el latir de su corazón. Se estaba dando cuenta de que solo ocurría cuando él estaba cerca, como si quisiera salir de su pecho para juntarse con el de él.

No se había dado cuenta de que se había levantado y caminado hacia él hasta que sintió su mano ahuecar su mejilla, y el frío la recorrió. Su mano estaba helada y mojada, pero a ella no le importó. Pero a él sí, al parecer, ya que retiró su mano rápido y la colocó a su espalda.

–Lo siento.

–No… –Bella sintió su pérdida, y quería alcanzar su mano para volverla a colocar sobre su mejilla –Estás empapado…

–Eh, sí… Yo… Salí a correr.

–Pero está lloviendo.

–Lo necesitaba.

–No fuiste a la escuela –le reprochó Bella.

–No pude. Tenía que arreglar un asunto.

–Me pudiste haber avisado. Esperaba que llegaras, y luego me encuentro a esa bola de energía a las siete de la mañana en mi puerta –Bella se sonrojó y bajó la mirada a sus pies, donde el agua que caía de la ropa de Edward estaba mojando la alfombra color crema.

–Lo siento –con un dedo y toda la delicadeza del mundo, tomó la barbilla de Bella y la levantó para mirar esos ojos que no lo dejaban pensar con claridad. Le sonrió –. Fue repentino. Carlisle… tenía que hacer algo con él, y él dijo que era mejor si no iba a la escuela por hoy.

–Hum.

–¡Edward! ¿Qué estás haciendo?

Ambos miraron a Alice, que los veía tratando de contener una sonrisa.

–Estás mojando la alfombra. Esme te va a matar.

Como si no se hubiera dado cuenta de su estado, Edward se miró a sí mismo y luego regresó la mirada a Bella, como si se preocupara sobre estar haciendo el ridículo frente a ella, y un pequeño rubor apareció en sus pálidas mejillas. Movió los pies inquietos y comenzó a caminar hacia la puerta.

–Yo… voy a… –se aclaró la garganta –voy a tomar un baño. Enseguida regreso –y desapareció por el pasillo, dejando a Bella parada.

Le tomó un momento recuperar la función de sus extremidades, y aún así, cuando la recuperó, se movió tambaleante hasta sentarse al lado de Alice nuevamente.

Miró la televisión sin verla realmente, y en lugar de tener su mente en el chico que aparecía en la pantalla, pensaba en cómo las mejillas de Edward se sonrojaron cuando la miró. Sin darse cuenta, una sonrisa se extendió por su rostro.

–¿Por qué la sonrisa, Bella? –preguntó Alice a su lado.

–¿Qué? No, por nada.

–Claro –parecía que iba a decir otra cosa, pero luego se quedó mirando fijamente a Bella, y era como si su mirada se hubiera perdido. Justo cuando iba a preguntarle qué sucedía, Alice sonrió y su mirada volvió a ser la alegre y pícara de siempre –Jasper llegó.

–¿Cómo lo sabes?

–Escuché el auto.

Aunque le pareció extraño, no mencionó nada. La lluvia caía tan fuerte que era imposible escuchar un auto, sobe todo porque la entrada a la cochera se encontraba al otro lado de la casa.

Unos minutos después, la puerta volvió a abrirse y los hermanos Cullen faltantes entraron.

–¡Hey Bella! –gritó Emmett con los brazos extendidos.

–Hola Emmett. Hace cuánto que no te veía.

–Lo sé, lo sé, me extrañaste ¿no es así? –caminó y se dejó caer en un sillón a su lado, para luego cambiarse a otro rápidamente –Oh, lo olvidaba, ¡lo siento! –gritó hacia la puerta –. Casi lo escuché rugir hasta acá…

–¿A quién?

–A Edward, a quién más.

–Hola Bella –saludó Jasper, después de darle un beso a Alice, como si no se hubieran visto en todo el día.

Iba a contestarle, cuando vio a la reina del hielo pasar caminando frente a ella. Ignorándola completamente. Caminó y se sentó en un sofá con muchos cojines mullidos en él y sin decir una palabra, miró la televisión.

Escuchó a Emmett resoplar a su lado, y cuando lo miró, solo vio cómo sus labios se fruncían y bajaba la cabeza, como si le avergonzara el comportamiento de su novia.

Bella se sintió mal por él. Él era tan buena persona, tan alegre y amistoso, sin olvidar lo gracioso, y ella parecía ser todo lo contrario. Se preguntó qué era lo que la había hecho ser así, qué era lo suficientemente fuerte como para hacer a una persona con un corazón tan duro como para lastimar a los demás, aún cuando veía cómo todos quienes la querían sufrían por ello.

–¿Qué tal el futbol, Emmett? –preguntó, queriendo quitar esa cara de tristeza de Emmett.

–Genial. Si seguimos así, avanzaremos a la final. ¿Otra vez Gossip Girl? ¡Alice! Creo que hablo por todos cuando digo que ya no queremos ver eso de nuevo. ¡Te sabes hasta los diálogos de esa serie!

–Nunca hay Gossip Girl de más. Jasper no se queja, míralo.

–Eso es porque sabe lo que le conviene –dijo enfurruñado como niño de cinco años.

–Y tú también deberías.

Entonces Edward apareció por la puerta, haciendo que Bella se enderezara repentinamente. Parecía sin aliento, como si se hubiera apresurado para llegar ahí, su cabello cobrizo aún húmedo de la ducha, sus mejillas se notaban sonrojadas, y su ropa, aunque bien combinada y como si recién hubiera salido de la tienda, parecía como si se la hubiera puesto a prisa.

–Miren quién llegó. ¿Qué tal tu crisis de ansiedad, Edward? ¿Cuántos kilómetros recorriste esta vez? ¿Llegaste a la frontera con Alaska?

El sonrojo de Edward se intensificó, y dejó de mirar a Bella para fulminar con la mirada a Emmett, quien se reía con su broma que a nadie le parecía graciosa. Bajó la cabeza y caminó hasta sentarse en un sillón detrás de donde estaban todos sentados, al parecer sin percatarse de que había uno libre al lado de Bella.

–Auch. Rose, ¿y eso por qué? –se quejó Emmett cuando una almohada le cayó en la cabeza con nada de sutileza.

–No seas así Emmett –lo regañó.

Pero Bella se encontraba demasiado ocupada pensado por qué Edward no se había sentado al lado de ella como para darse cuenta de que Rosalie había defendido, de alguna manera, a su más reciente hermano. Edward se encontraba concentrado en la televisión, aunque Bella sabía que no estaba viéndola realmente. Suspirando, se armó de valor y se levantó, yendo a sentarse al lado de él, quien levantó la mirada sorprendido y la miró mientras tomaba asiento. Ella solo le sonrió, y sus mejillas, siguiendo a las de él, se llenaron de color.

–¿Por qué te vas Bella? –preguntó Emmett sonriendo.

–Porque no quiero estar al lado de alguien que se ríe de los demás, Emmett.

Comenzó a decirle otras cosas, pero Bella no prestó atención. Estaba mirando a Edward, quien le sonreía de una manera que le hacía querer envolver sus brazos a su alrededor y nunca soltarlo.

–La chamarra te quedó bien.

–¿Eh? Oh sí. Gracias. Es muy linda. Probablemente debería devolverte la tuya.

–No te preocupes, tengo muchas más. Alice llena el clóset cada que tiene oportunidad.

–¿A qué se refería Emmett con "crisis de ansiedad"? ¿Estás bien?

–Era solo un comentario. No le hagas caso… –miró sobre el hombro de ella, y Bella se dio cuenta de que todos, hasta Rosalie, los miraban. Regresaron la mirada a la pantalla en cuanto se vieron atrapados, pero aún así ellos sabían que estaban pendientes de cada palabra.

–¿Alice te enseñó la casa? –le preguntó mientras tomó su mano y jugaba con sus dedos. Bella sintió algo cálido recorrerla por dentro.

–Solo me dijo dónde estaba cada cosa. No llegamos a la última planta.

–¿Te enseñó la biblioteca?

–¿Qué cosa? ¿Hablas en serio? –preguntó con sus ojos marrones enormes.

–Sí. Hay una biblioteca en la tercera planta. ¿Quieres ir a verla?

–¡Claro!

Sin soltar su mano, Edward se levantó y la ayudó a pararse, para luego dirigirla por la puerta.

–¡No hagan nada que yo no haría! –gritó Emmett –¡Auch! ¿Y eso por qué fue? –gritó cuando no una, sino tres almohadas le cayeron encima.

–¿De verdad tienen una biblioteca? –preguntó asombrada.

–Sí. Aunque casi nadie la usa. Carlisle tiene su despacho, y Esme el suyo, así que está vacío la mayoría del tiempo.

Cuando llegaron a la última planta, Bella pudo ver a través del ventanal cómo el bosque se extendía y se perdía en el horizonte. La lluvia hacía ver todo borroso y de un color verde que se difuminaba hasta perderse con el gris oscuro del cielo.

–Por aquí –la jaló Edward.

Abriendo una puerta igual que las demás, entraron juntos a una biblioteca impresionante, con estantes de libros que iban de piso a techo, con esas escaleras deslizantes para alcanzar los libros que estaban tan altos que no los podían alcanzar. Había sillones y sofás con mesas cafeteras a su lado y lámparas que te invitaban a sentarte para no levantarte hasta que terminaras el libro.

–Es…

–¿Excesivo?

–No –lo miró Bella –. Hermoso.

–Ven, mira –la animó a seguirlo, y ella, nada negada, lo hizo –está arreglado por temas. Los libros de medicina de Carlisle ocupan todos esos estantes, y los de Esme todos esos. Después están todos los demás, por temas también, claro. Tenemos clásicos, poemas, historia, cultura, viajes, ficción, romance… Nómbralo y está aquí. Y luego…

–El Fantasma de Canterville.

–¿Perdón? –preguntó Edward, mirándola con duda en sus ojos.

–Dijiste "nómbralo y está aquí". Así que… El Fantasma de Canterville.

Sonriendo, Edward la llevó entre estantes, hasta que se detuvieron frente a uno lleno de libros con aspecto viejo y delicado. Con cuidado, sacó un libro de portada Azul y con aspecto de que se caería a pedazos en cualquier momento. Lo tomó en sus manos y se lo ofreció a Bella, quien con manos temblorosas lo tomó y lo abrió.

–Oh Dios mío –lo miró sorprendida –no puede ser –hojeó sus hojas, tomándolas con demasiada delicadeza.

–¿Qué sucede? ¿No era ese el que querías? Tenemos otras versiones, solo déjame… –hizo ademán de ir a buscar algo.

–No, no es eso. Edward, este es una primera edición –lo miró a los ojos, pero al parecer él no comprendía la enormidad del asunto –esto es… esto debe de costar una fortuna…

–Tenemos más.

–¿Cómo?

–Digo, no más de esos, pero otros libros sí.

–¿Tienen más libros en primera edición? ¿Cuáles? –Bella aferró con cuidado el libro a su pecho.

–Todo este estante son primeras ediciones –señaló al estante de donde había sacado el libro.

No se había dado cuenta, pero todo aquel enorme espacio estaba lleno de libros con la misma apariencia que el que aferraba en su pecho. Observando todo lo que sus ojos podían, se dio cuenta de que ante ella estaban miles de dólares. Libros que nunca pensó que tendría frente a ella le susurraban, le pedían que los tomara y los leyera. Extendió la mano y con mucho cuidado, pasó levemente su dedo índice por el lomo de aquellos libros que la tenían tan asombrada.

A un paso de ella, Edward la miraba con una sonrisa. Cuando conoció por primera vez aquella casa, y entró a aquella habitación, lo primero que pensó fue que a ella le iba a encantar, que iba a ser el lugar donde pasaría todo su tiempo cuando lo fuera a visitar. Por el tiempo en que Carlisle no lo dejó salir de la casa, ahí era donde pasaba la mayoría del tiempo, ya que le recordaba a ella. Cada vez que pensaba en cómo estaría ella acurrucada en su cama con un libro bajo su almohada, o en cómo de linda se veían con la luz reflejada en ella cuando se sentaba en la biblioteca, su corazón se achicharraba en su pecho. Deseaba tanto estar al lado de ella, viéndola respirar, sintiendo su corazón latir, viendo sus mejillas sonrojándose cuando leía algo que le gustaba y releyendo su parte favorita. Era casi irreal tenerla tan cerca de él que su cabeza no podía con ello.

Cuando estaba afuera corriendo, su cabeza solo giraba en torno a ella. Había querido tanto verla ese día en la mañana, que casi desobedecía a Carlisle y huía a verla. Pero al final la sensatez ganó, se quedó en casa, quemando toda esa energía acumulada. Había esperado llegar antes que ella, para recibirla, pero en cuanto se acercó escuchó a Alice, y se dio cuenta de que ya estaba ahí. Entró por la puerta trasera, sin escuchar a Esme que lo llamaba, y corrió hasta no verla frente a él. Al principio le pareció un poco triste, con la cara un poco caída, pero en cuanto levantó la mirada y lo vio, sus ojos se iluminaron de tal manera que tenían a Edward danzando por dentro. Podía quedarse viendo esa sonrisa todo el día. Pondría el mundo a sus pies para que no volviera a estar triste jamás. Aún era algo nuevo en eso de ser humano, así que algunas cosas se le iban, como el que la lluvia en realidad lo mojara, o el sentirse avergonzado, o en ese momento, cuando esa sensación hogareña lo llenaba por dentro. Se veía tan hermosa, con la chamarra que le había comprado y mandado con Alice, con esa expresión de regocijo al estar rodeada de tantos libros, con el libro acurrucado contra su pecho. Era tan hermosa que tenía que decirlo en voz alta. Y así lo hizo.

–Eres hermosa.

Ella, al contrario de cómo reaccionaría normalmente, solo sonrió, se sonrojó y volviendo su mirada tímida hacia él contestó:

–Tu también.

La puerta se abrió, sobresaltando a ambos y haciéndolos ver hacia la entrada, por donde Carlisle iba pasando.

–Bella. Que gusto verte –se acercó y la saludó –. Esme me dijo que vendrías a comer con nosotros, está muy emocionada. Le haces muy bien a esta familia. Lo siento por no haber estado aquí para recibirte, tuve una emergencia.

Al igual que cuando lo conoció, Carlisle estaba tan guapo y deslumbrante que era casi imposible mirarlo. Bella tenía una idea de cómo eran los doctores antes de conocer a Carlisle. Canosos, ojerosos, con lentes y bata blanca a donde sea que iban. Pero Carlisle Cullen le daba una definición completamente diferente a la palabra doctor. Joven, guapo, sin ninguna cana a la vista, sin ojeras, y al parecer no usaba la bata en todos lugares, parecía recién graduado de la facultad de medicina y te sentías bien con tan solo estar cerca de él. Parecía que había nacido para esa profesión.

–Gracias por invitarme –le sonrió –Edward me estaba enseñando la casa. No puedo creer que tenga una biblioteca como ésta en su casa.

–Eres bienvenida cuando quieras, veo que eres fanática de la lectura –miró el libro que sostenía.

–Lo soy –se sonrojó –lo siento. Es solo que… me emocioné un poco –le entregó el libro a Edward, quien la miraba divertido.

–No te preocupes. Puedes tomar prestados cuantos libros quieras cuantas veces quieras.

–¿Lo dice en serio? –Bella lo miró atónita.

–Claro. Los libros lo apreciarían, estoy seguro. Me atrevería a decir que las únicas personas que la usamos somos Edward y yo. Y mi esposa, de vez en cuando. Pero Edward pasa casi todo su tiempo aquí, o afuera en el bosque –lo miró –. Pero bueno. Iré a ayudar a Esme. Nos vemos al rato.

Estuvieron callados por unos minutos, con la lluvia de fondo. No se necesitaba palabra alguna, Bella miraba los libros en los estantes y caminaba por los pasillos, con Edward siguiéndola de cerca y sin apartar sus ojos de ella. Se dio cuenta de que se detuvo por más tiempo en donde se encontraban los clásicos, y su mirada brilló de una manera que iluminaba sus facciones.

–¿Crisis de ansiedad? –preguntó Bella, haciendo referencia al comentario de Emmett.

–Eh, sí. Las suelo tener de vez en cuando –susurró.

–¿Cómo es?

–Es difícil de explicar.

–¿Qué las ocasiona? ¿O salen de la nada?

–Las mías suelen ser ocasionadas. Son diversos factores. Tengo esta necesidad de hacer algo. Es como si sintiera que debería de estar en algún lugar, y el no estar ahí es… abrumador. Es como toda esta energía contenida dentro de mí que necesito liberar. Me cuesta respirar, comienzo a temblar, y tengo que hacer algo. Creí que había aprendido a controlarlas, pero hoy me di cuenta de que son más cosas lo que las provocan de las que creía.

–¿Cómo qué?

La miró intensamente, queriendo decirle todo pero sin poder hacerlo.

–Solo… pensamientos. Se podría decir que yo solo me los provoco. Sin querer, claro. Es solo que mi mente suele divagar, y comienzo a plantearme escenarios en mi cabeza, y me pone ansioso el no poder hacer nada.

–¿Por eso no fuiste a la escuela hoy?

–Sí.

–¿Y qué era lo que pensabas que te ocasionó la crisis?

–Fue diferente a las demás. Las otras eran pensamientos de no poder hacer nada, me sentía indefenso, como si no pudiera hacer nada por evitar las cosas. Y la de hoy… fue todo lo contrario. Estaba ansioso porque algo pasara. Emocionado.

–¿Y qué era eso?

La miró y le sonrió, como queriendo quitarle peso al asunto. Le dio un toquecito en la nariz.

–Haces muchas preguntas.

–Lo siento.

–No lo sientas. No me importa que preguntes.

–Pero aún así no me contestas. Evitas contestar algo preciso.

–Todo a su tiempo –le guiñó –. Es hora de comer.

–A–

La cena fue maravillosa. Bella nunca había visto tanta comida en un solo lugar, cuando entró al comedor, se quedó parada observando toda la comida en la mesa, junto con las diferentes bebidas que allí había. Esme había preparado un menú italiano que iba desde pizza, ensaladas, pastas hasta llegar a los postres. Todo se veía tan delicioso, y Bella había probado de cuanto había podido meter a su boca. Tal como se había dado cuenta con anterioridad, los Cullen comían todo lo que estuviera a su paso. Al principio cuando vio toda la comida, pensó que nadie podía ser capaz de acabarse toda esa comida, ni siquiera una familia con siete integrantes como ellos, pero una vez comenzaron a comer, se dio cuenta de que estaba equivocada. Los Cullen arrasaron con todo, y aún así, se las arreglaron para hacerlo de manera elegante y limpia que pareciera que estuvieran en una comida con la Reina de Inglaterra.

Para cuando hubieron terminado y Bella dio la última cucharada de su gelatto, Alice había propuesto ir a ver una película, así que ahí se encontraba, sentada al lado de Edward, con todos los chicos Cullen a su alrededor, mirando una película de Superhéroes.

Emmett, como era costumbre, se quejaba de la elección de Alice.

–¿Por qué siempre eliges tú?

–Porque sí.

–No es justo, yo no quiero ver eso.

–Emmett, la película es tuya.

–Pero siempre logras convertirla en cosa de chicas. Nosotros los hombres las vemos por la acción, no por ver al actor en un traje ajustado y salvando el mundo.

–Ni modo.

Emmett era lindo cuando se enfurruñaba, aunque Bella sospechaba que lo hacía solo para molestar a su hermana, ya que podía ver la sonrisa escondida de Emmett mientras la hacía sacar humo por las orejas. Era divertido ver cómo esos dos peleaban. En general, era entretenido ver cómo la familia interactuaba entre ellos. Parecía como si todos supieran su lugar en la casa, como si llevaran una eternidad viviendo juntos y ya se conocieran en todos los aspectos. Bella extrañaba tener una familia, tener alguien que le cocinara lo que le gustaba porque la conocía, tener a alguien que le sonriera cuando entrara a la habitación, en resumen, Bella extrañaba tener familia, y el ver a los Cullen juntos la hacía quererlo aún más.

–¡Claro que no! Cómo se nota que eres mujer, Alice, no tienes ni idea de lo que estás hablando.

–¡Claro que sí!

–¿Cómo puedes decir que el mejor superhéroe es el Capitán América?

–¡Porque lo es! Tiene un corazón tan puro y honorable…

–Bah… puro y honorable. El mejor es Superman.

–¡Capitán América –gritó Alice.

–Solo te gusta porque es un tímido y callado traumado de la guerra que se parece a Jasper.

–No es… ¡Jasper! –volvió a mirarlo – ¡Eres como el Capitán América! ¡Eso solo me hace quererte aún más! –lo abrazó.

–¿Puedes creerlo? ¿El Capitán América? –Emmett miró a Bella, señalando a Alice con el pulgar

–Me gusta Spider–Man –dijo Bella.

–¿Spider–Man? ¡Bella, por favor! –dijo Emmett exasperado.

–¿Qué tiene?

–¡Eso me pregunto yo!

–¡Pues eso! ¡Que es Spider–Man! A él le creería, está basado en hechos científicos. La araña que le dio sus poderes fue modificada genéticamente, todo lo que hace él lo hace por sí solo, Batman es solo algún millonario con entrenamiento, en cambio Spider–Man es un súper hombre, así que es un superhéroe que le gana a los demás. Y a parte, es tan guapo… ¿has visto sus brazos?

–¿Qué? ¡No te metas con Batman! Él podría patearle el trasero a tu arañita.

–¡Claro que no! Lo cubriría con telarañas antes de que Batman lograra lanzarle uno de sus cuchillos con forma de murciélago. Y a propósito, no es mi arañita. Ya quisiera que fuera mío –terminó Bella con una sonrisa.

–Yo solo tengo una pregunta –dijo Alice –¿Andrew Garfield Spider–Man o Tobey Maguire Spider–Man?

–Andrew Garfield, por supuesto –contestó Bella con una tono de "¿En serio me preguntas eso?" –Debes admitir que él es mejor Spider–Man que Tobey.

–¡Pero Tobey es tan lindo! –gritó Alice.

–Si de lindo estamos hablando, Tom Holland es el epítome de lindo. Tengo mis esperanzas puestas en él desde que dijeron que él sería el próximo Spider–Man.

–No no no… Lindo el Capitán América –rebatió Alice –¿No lo has visto? A parte de lindo, caballeroso; y si te gustan los brazos, deberías ver los de él… Oh, y los de Thor. Oh la là.

–Thor también me encanta –dijo Bella con una sonrisa apreciativa –pero su arrogancia y egocentrismo le rebaja puntos.

–Pero sus brazos…

–Lo sé, ni me lo digas. Tengo algo por los brazos.

–Los de él son tan… –pensó una palabra – apetecibles.

–Oh, lo sé, los he visto –dijo Bella –¿Qué hay de Superman?

–Oooh sí… Espera, ¿de cuál Superman estás hablando?

–¡Henry Cavill, por supuesto!

–Totalmente de acuerdo contigo. Henry Cavill es el mejor Superman de todos los tiempos –dijo Alice con la mirada perdida y una sonrisa en sus labios.

–Henry Cavill es… Dios, no hay palabras para describirlo. Me hace querer saltar de un edificio para que vaya a mi rescate –dijo Bella con la misma mirada que Alice.

–¿Por qué querrías saltar de un edificio? –preguntó Edward.

–¿Hablas en serio Edward? –dijo Alice mientras Bella lo miraba y se sentía sonrojar.

–¿Qué? No entiendo por qué tanto alboroto.

–¿No lo has visto? Henry Cavill con sus gafas es tan tierno y sexy que me dan ganas de sentarme en su regazo y quitarle las gafas len–ta–men–te… –dijo Alice mientras movía sus manos como si quitara las gafas de alguien –y luego, con su traje de Superman, todo ajustado, esos brazos musculosos y esos abdominales de acero… Uff –se abanicó con su mano – a todo eso súmale lo tierno que es con las palabras y cuánto quiere a Lois, y dime que tú no te tirarías de un edificio solo para sentir esos músculos presionados contra ti.

–Eh… No.

–¿¡Qué!? –gritó Alice mientras dramáticamente ponía los ojos en blanco, suspiraba y se dejaba caer hacia atrás, cayendo en el regazo de Jasper.

–Es solo que no entiendo su fascinación con personas que no existen.

–¡Pues es precisamente por eso! –se incorporó Alice –¡Porque no existen! ¡Y quisiéramos que sí existieran! No hay ningún hombre, y escúchame bien, nadie nacido humano en todo este extenso mundo que siquiera se acerque a lo que ellos son. ¿Por qué crees si no que las mujeres buscamos en libros, películas, televisión? ¡Porque no existen! Por eso los creamos, porque no existe el hombre perfecto, y si no existe, ¿qué más nos queda por hacer? ¡Inventarlo! Por eso hay tantos libros escritos por mujeres, tantas películas, porque queremos estar lo más cerca posible de alguien así.

–Pero…

–¡¿Pero qué?!

–No lo entiendo.

–¡Ugh! ¡Ayuda! –gritó Alice dejándose caer nuevamente en el regazo de Jasper, quien solo reía.

–No, no es eso. Lo que no entiendo es ¿por qué tiene que ser un superhéroe? Me refiero a que… tal vez es solo encontrar a la persona correcta. Es ver a esa persona y, todo cae en su lugar. La vez en todos lados, en tu mente, en tus sueños, incluso cuando estás despierto, y no tiene por qué ser alguien con súper poderes, o bueno, tal vez sí. Tal vez para esa persona los tienes, es decir, harías lo que fuera para esa persona, serías lo que fuera por esa persona. Si lo que quiere es que la sostengas en tus brazos, entonces sostenla por toda la eternidad, si lo que quiere es que la salves, entonces nunca la dejes ir y aleja los demonios que la atormentan, si lo que quiere es ser feliz, entonces dale una razón para sonreír todo el día. Si lo quiere, dáselo, lo que ella quiera. Porque sabes que su felicidad es la tuya. Porque sabes que su vida es la tuya.

Todos estaban callados, nadie movía un músculo, Edward parecía no darse cuenta de lo que había provocado, y Bella luchaba por dar el siguiente respiro. Es solo… Dios, sus palabras la habían dejado sin aliento. Cada palabra que había salido por sus labios le había llegado tan profundamente que temía que nunca iba a poder desarraigarlas de ella.

Hasta que soltó el aire que contenía y esos hermosos ojos la miraron. Se sostuvieron la mirada por tanto tiempo que ambos sintieron que miraban hasta su alma. Nadie en la habitación se atrevía a romper aquel hechizo en el que parecían estar, así que la naturaleza decidió hacerlo por ellos.

Un estruendo enorme sonó afuera, seguido por una luz que iluminó cada rincón de la casa, e inmediatamente, las luces titilaron y se apagaron. El ruido fue tan fuerte que causó que todos saltaran asustados, Bella, actuando por instinto, se acercó a Edward y enterró la cara en su pecho, agarrando fuertemente los costados de su camisa.

–Tranquila –escuchó que le susurró al oído, pero la verdad era que él también se había asustado un poco. Habían estado tan sumidos uno en el otro que aquel trueno los tomó desprevenidos.

Esme entró por la puerta con una linterna en la mano que iluminaba sus hermosas facciones.

–¿Están bien? Escuché gritos. La reserva de energía entrará pronto –y seguido de eso, las luces regresaron a la casa, y todos se dieron cuenta de Edward y Bella abrazados juntos.

Ambos se miraron a los ojos, y justo en el mismo momento, un rubor apareció en sus mejillas. Bella fue la primera en separarse lo más rápido que pudo, mientras que Edward no quería otra cosa más que sostenerla contra él por todo el tiempo que ella lo dejara.

Se enderezaron y miraron hacia otro lado.

–Bella, ven conmigo, te mostraré tu habitación –le dijo Esme sonriendo.

–¿Qué cosa?

–Tu habitación. Te quedarás a dormir ¿no es cierto?

–Oh no, tengo que regresar a casa. –Negó con la cabeza.

–Pero está lloviendo, Bella…

–Pero no puedo… no traje nada de ropa. No traje nada más que la mochila de la escuela.

–Estoy segura de que Alice te puede prestar algo, tiene más que suficiente.

–Gracias Esme, pero de verdad no puedo. Mi tía se preguntará dónde estoy.

–Vamos Bella –la animó Alice –, ¿qué necesitas? Tengo de todo, ropa, pijama, zapatos… Estoy segura de que algo de lo mío de debe de quedar.

Bella no dudaba de que Alice hubiera comprado ropa para Bella, pero la idea de quedarse a dormir en casa de los Cullen no era algo para lo que estuviera preparada. Más que nada, tenía que ver con estar tan cerca de alguien en especial.

–Gracias, de verdad. Mejor otro día, de verdad que tengo que ir a casa.

–Bueno, pero por lo menos espera a que la lluvia baje, no podría mandarte a tu casa con este clima. –Dijo Esme.

–Claro, pediré un taxi…

–No es necesario, yo te llevo –replicó Edward.

–No quiero molestar…

–No es ninguna molestia. No me sentiría bien si te dejara ir así –la mirada que le dirigía, se dio cuenta Bella, era como si le estuviera suplicando pasar más momentos con ella, como si no tuviera suficiente de ella y anhelara cada segundo que pudiera robarle. –. Por favor.

–De acuerdo. Gracias. –sonrió.

–Edward, tu papá te busca, quiere hablar contigo –dijo Esme antes de volver la mirada a Bella nuevamente –. Bueno Bella, gracias por haber venido. Espero que regreses pronto, no necesitas invitación, ven a visitarme… me hace falta compañía.

–Gracias Esme, volveré pronto, en cuanto pueda.

Antes de salir por la puerta, Esme miró a Edward y no apartó la mirada hasta que éste, con el semblante preocupado, se levantó y salió por la puerta para que después Esme la cerrara tras él.

Estuvieron por un tiempo mirando la tele, pero Bella no se sentía tan cómoda, y al parecer, así lo notó Emmett, porque se le acercó y le pasó su enorme brazo por los hombros.

–¿Qué sucede, Bells? –Bella se sorprendió por el nombre. Nunca nadie le había dicho de esa manera a parte de su padre, y escucharlo en ese momento la puso nostálgica. –¿Qué dije? Oh no, Edward me va a matar.

–Nada. Es solo que… mi padre me llamaba Bells –miró sus manos.

–Oh rayos. Edward de verdad me va a matar.

–¿Por qué lo dices?

–Es muy protector contigo, ¿no lo has notado?

–No…

–¡Quita esa cara de tristeza o me pondré a llorar! Venga, ven… –se levantó y le extendió la mano para ayudarla a levantarse. –Vamos a jugar.

–¿A jugar qué?

La llevó al fondo de la habitación, donde se encontraban varias mesas de juegos y videojuegos de aspecto lujoso, lo cual era raro, Bella nunca pensó que las mesas de juegos se vieran de esa manera.

Emmett se acercó a la pared del fondo, donde estaban colgadas varias pelotas de diferentes tamaños, tacos de billar y las bolas de colores con las cuales Bella se había golpeado de niña más veces de las que le gustaría recordar. El grandulón tomó unas pequeñas blancas y se acercó a una mesa en la esquina, la cual destapó y causó que Bella se riera.

–¿Quieres jugar futbolito conmigo? –le preguntó sonriendo.

–¿Miedo, Bells? –jugó con ella, al parecer olvidándose del nombre con el que la llamaba.

–Para nada. Adelante. –se situó en un lado de la mesa, escogiendo el equipo azul.

–¿Sabes cómo se juega?

–Claro que sé cómo se juega Emmett. No soy una desadaptada social. Tanto…

–No se vale llorar ¿eh, pequeña? Te advierto que el fútbol americano no es mi único deporte.

–Gracias, lo tendré en cuenta.

Lo que Emmett no sabía, era que Bella era excelente en ese juego. Desde que conoció a John, el prometido de la tía Sue, sus habilidades en ese juego fueron de cero a cien. Así era como John se había ganado a Bella. La primera vez que lo vio, fue en una comida a la que la había invitado tía Sue para que lo conociera. Llevaban tiempo saliendo, pero no fue hasta meses después, cuando Sue estuvo segura de que no era un asesino serial y que no tenía ningún problema con que tuviera hijos, que decidió presentarle a Seth, Leah y Bella a John. Cabe decir que Bella parecía más la madre de Leah y Seth que Sue, ya que llevaba al pequeño en brazos, y a la niña tomada de la mano.

Lo que comenzó como un poco incómodo, con Seth abrazado al cuello de Bella y Leah mirando furiosamente a John, se convirtió en una tarde, y luego noche, amena, el lugar a donde los había invitado tenía un futbolito al fondo, y cuando Leah le pidió a Bella una moneda para ir a jugar, John metió la mano a sus pantalones y sacó muchas monedas ofreciéndoselas a Leah.

–¿Crees que sean suficientes? –le había dicho a una niña que miraba de las monedas en su mano a la cara nerviosa de alguien que quería desesperadamente caerle bien a la pequeña.

A partir de ahí, el día había mejorado. Seth, notando el cambio en su hermana mayor, se despegaba del pecho de Bella para ver a su hermana y a aquel extraño jugar futbolito, y Leah, habiendo encontrado un compañero de juego, saltaba emocionada cada vez que metía un gol.

Al final del día, Bella cargaba a una dormida y exhausta Leah, con la tía Sue cargando a Seth mientras que John las acompañaba a su auto, y su opinión de él era una muy buena.

–Gracias por haber dejado ganar a Leah en el juego. Suele ser muy competitiva. –Dijo Sue.

–No hay de qué, pero no la dejé ganar. Es un poco vergonzoso. –se sonrojó.

–¿Qué dices? –preguntaron ambas.

–No la dejé ganar. Fue un juego limpio. Ella ganó.

–¿Estás diciendo que una niña de nueve años te destrozó en ese ridículo juego? –preguntó asombrada Sue.

–Oye, no es ridículo. Tiene su maña. Y sí… esa pequeña me ganó.

A partir de ese entonces, todos los viernes, a excepción de los que John tenía que salir fuera por su trabajo, iban los cinco a ese mismo lugar a comer hamburguesas y pizza, y claro, a jugar futbolito, lo cual involucraba también a Bella jugando cuando Leah se cansaba de ganar y ganar a John en el juego. Está de más decir que aprendió a jugar futbolito como una profesional, aunque claro, con John y Leah de maestros, ¿quién no aprendería?

–Muy bien, Bells. Tú sacas. –Emmett le entregó la pelotita blanca a Bella.

Bella la tomó entre sus dedos, y con un movimiento practicado, la hizo rebotar contra la pared del tablero, haciendo que la pelota cayera en el pequeño campo pintado de verde, y sin que Emmett lo esperara, cayendo del lado de los muñecos de Bella, quien los movió rápidamente y anotó y gol tan rápido que Emmett ni siquiera tuvo tiempo de mover sus muñecos.

–¿Decías? –preguntó Bella.

Emmett miraba sin entender el tablero, parpadeó y luego bajó la mirada a ver el hoyo por donde salía la pequeña pelotita blanca, como para asegurarse que en realidad había sucedido aquello.

La pelotita blanca salió y quedó frente a Emmett, quien se levantó y miró a Bella.

–Suerte.

–Ajá, lo que digas. ¿Vamos a jugar o vas a quedarte ahí parado?

Con eso, se dio a lugar una de las partidas de futbolito más intensas de la historia. Todos los Cullen habían dejado de mirar la televisión y se habían acercado a mirar el juego, animando a ambos.

–¡Vamos Bella! ¡No te dejes! –gritaba entusiasmada Alice.

–¡Emmett, vamos! ¡Aposté una ida al centro comercial con Alice, no me hagas quedar mal! –gritaba Jasper.

E incluso Rosalie, quien no apoyaba a nadie en especial, al menos en voz alta, hacía exclamaciones de júbilo y de decepción cada vez que la situación lo requería.

Al principio, cuando Bella había ganado los primeros dos partidos, Emmett sugirió que el que ganara más partidos a lo largo de treinta minutos. Y Bella, con su vena competitiva al máximo, había aceptado. Ahora los brazos le ardían, los ojos le escocían y estaba segura de que había quemado las calorías de la cena en ese tiempo que estaba jugando.

Quedaba una pelotita, la cual llevaba diez minutos yendo de aquí para allá, golpeando sin cesar las paredes del tablero, y solo quedaba un minuto para que los treinta minutos acabaran.

–¡Emmett, tienes que ganar éste último, por amor a Dios! –dijo Jasper.

–¡Bella, tú lo tienes! ¡Dale! ¡No te dejes! ¡Vamooooooooooooos! –gritó Alice.

–¿Por qué tantos gritos? –se escuchó la voz de Carlisle que entraba a la habitación.

Pero Bella estaba demasiado enfocada en el juego como para hacer caso a quienes entraban por la puerta.

Hubo un segundo en el juego, cuando la pelota estaba frente a uno de los muñequitos más lejanos de Bella, que se dio cuenta de que Emmett se encontraba al otro extremo de sus muñecos, y no alcanzaría a correr a mover el de la portería, que Bella supo que ese era el momento, tenía que lanzar la pelota ya. Se arriesgaba, por supuesto, a que Emmett moviera cualquiera de sus muñecos e impidiera que la pelota se moviera por todo el campo, o que Emmett alcanzara el portero y bloqueara el tiro de Bella, pero aún así lo intentó. Hizo girar su fila de muñecos con la palma extendida, y la pelota salió volando por todo el campo.

Fue como cámara lenta, Emmett se dio cuenta de sus intenciones, corrió para dar ese paso que lo separaba de su portero, los Cullen se quedaron callados, Bella contuvo la respiración, y la pelota pasó entre todos y cada uno de los muñecos, para finalmente, meterse en la portería de Emmett, quien a penas había llegado y su muñeco pasó a milímetros de la pelota, la cual hizo un sonido fuerte cuando se metió e iba cayendo por el tubo para finalmente salir por el hoyo de abajo.

–¡Síiiiiiiiii! –gritaron las mujeres.

–¡Noooooooooo! –gritaron los hombres.

Emmett se dejó caer al piso teatralmente, Jasper se pasó las manos por la cara, Rosalie levantó las manos al aire, Esme aventó el cojín que había estado estrujando por los nervios, Carlisle se recargó en el tablero, y Alice se abalanzó a Bella, a quien casi tira al piso.

–¡Lo hiciste Bella!

–¿Hice qué?

–¡Le ganaste a Emmett!

–No fue tan difícil.

–Siete a tres. Le ganaste siete partidos de los diez que jugaron.

–No sé por qué se estresaba tanto, aunque ganara éste último yo iba a ganarle al final. Hubiera quedado seis a cuatro.

–Pero nunca ninguno de nosotros le habíamos podido ganar.

–¿Qué? –Bella parecía extrañada.

–No le había ganado nadie. Bueno, solo… –se quedó pensando – ¡Pero eso no importa! ¡Le ganaste!

Alice la estrujaba tan fuerte que le quitaba la respiración. Hasta que dos fuertes brazos la separó de ella y esa voz que ella anhelaba escuchar a todas horas habló por detrás de ella.

–Alice, tranquilízate, no la estás dejando respirar.

Se tambaleó y cayó contra un musculoso pecho y aquellos brazos la sostuvieron contra él por la cintura.

–¡Debiste de haberlo visto, Edward! ¡Fue genial! –gritaba.

–Lo vi. Bueno, algo así, con todos esos gritos fue como si lo hubiera visto. Aunque ese final lo alcancé a ver, y debo admitir que sí fue algo asombroso.

Bella, que ya había recuperado el equilibrio, se sentía tan a gusto y cálida con sus brazos sosteniéndola contra él, así que decidió quedarse ahí, lo cual no pasó desapercibido para nadie, y los miraban disimuladamente por el rabillo de sus ojos.

–¡Quiero la revancha! –se levantó Emmett.

–No, gracias Emmett.

–¡La revancha! Tres de cinco.

–No.

–¿Dos de tres?

–No.

–¿Uno?

–No. ¿Acaso no estás cansado de perder?

Los Cullen silbaron y se rieron de Emmett con las palabras de Bella, y ella sintió cómo Edward apoyaba su barbilla en la cima de su cabeza. Bella se hundió más contra él.

–Creo que es hora de llevar a Bella a su casa, si ella quiere –dijo Edward.

–Sí, creo que estaría bien –Bella aguzó el oído, y la lluvia ya no se escuchaba.

Con reticencia, Bella y Edward se separaron, y todos comenzaron a caminar hacia la salida. Todo el camino a la puerta Esme iba con una sonrisa en la cara, como si una felicidad enorme la llenara por dentro y se fuera a desbordar en cualquier momento.

–Tienes que regresar pronto Bella.

–Gracias Esme.

–Necesito esa revancha –murmuró Emmett.

–Ya te dijo que no, Emmett –esa fue Rosalie.

–Pero… –no terminó la frase, porque Edward, que iba un paso detrás de Bella, empujó con fuerza a Emmett y lo lanzó volando hacia atrás, cayendo contra una pared.

–¿Emmett? –preguntó Bella extrañada, mirando cómo se alejaba de la pared.

–No fue nada, solo me, eh, tropecé –le quitó importancia con una gesto de la mano –. Auch –se quejó en voz baja mirando a la rubia que caminaba a su lado, que solo le rodó los ojos.

Los Cullen la despidieron desde la puerta del garaje, y luego ella y Edward salieron en el Volvo a la pequeña llovizna.