Capítulo X

Mi punto débil

Y se fue…

Estuvimos un mes más juntos. Nos vimos a diario, como un matrimonio y, luego, pidió vacaciones. Su estadía se extendió otros treinta días, pero fueron insuficientes para calmar nuestra ansiedad por separarnos. Realmente sentía un agujero tremendo sin él a mi lado, pasaba días enteros pensando en él. El colegio se me hizo un calvario terrible, sobre todo el primer mes. No quería salir a ningún lado, vivía en mi casa enclaustrada, mejor dicho en la habitación, con los fantasmas de las peleas de Phil con mi madre. Mi corazón pendía de un hilo cada vez que la situación se tornaba tensa. Temía horrorosamente que él le fuera a poner una mano encima, nuevamente.

Noches completas no pude dormir, poniendo atención a cada ruido, cada puerta, cada murmullo. Era una espectadora impotente de la desagradable situación en mi casa. Phil había encontrado un trabajo esporádico, bastante menos remunerado que el anterior, pero que finalmente servía para el pago de los gastos básicos. En mi colegio adeudaban varias cuotas, pero así y todo podía asistir a clases, por la sola buena voluntad del rector.

Una noche, me desperté en medio de la oscuridad con los gritos de mi madre en el baño, sollozaba angustiada. El bruto de Phil le golpeaba la puerta, mientras le hablaba en voz baja, pero torturándola. Ella lloraba destrozaba y a mí, se me partía el corazón. Titubeé si salir o no de la habitación para enfrentarlo, pero desistí… después de todo mi madre lo perdonaría aunque le quitara la vida ¡Qué absurdo! Aunque este tema lo había hablado una y mil veces con mi madre, cuando ella estaba bien con Phil, olvidaba todo lo que la había hecho padecer y contaba su historia de amor como si fuese una doncella rescatada por el príncipe azul. Creo que poco a poco Reneé perdía la cordura.

Miré la luz a través de las cortinas y pedí al cielo, desde lo más profundo de mi alma que pusiera fin a esa pelea. Mis lágrimas humedecieron las sábanas. Poco a poco el llanto de mi madre se acalló y las sombras de la noche se fueron desvaneciendo hasta hacerme caer en un sueño frágil.

Al día siguiente me levanté temprano para ir al colegio. En cuanto entré al baño, me observé y con rabia noté que estaba más gorda. Me sentía fea, con el rostro opaco, sin gracia. Sentí repulsión de mi misma. Opté por no seguir mirándome, porque cada vez que lo hacía se acrecentaba más mi odio.

La jornada de clases me alivió el día. Nos encontramos con Alice en el patio y me contó que Jasper la había llamado, arrepentido, sin embargo, no pretendía recibirlo, ya había herido lo suficiente su ego como para dejarlo entrar y destruir todo otra vez. Encontré que su reacción era de lo más sensata y le di mi apoyo. Era decidida y orgullosa, pero eso me parecía bien, era una mujer digna.

Cuando salí de clases el sol se había asomado en medio de las nubes, tras un fuerte chapuzón. Alice me dejó en el frontis de la casa. Llegué, no había nadie. Caminé hacia la cocina y de la puerta del refrigerador había colgando una nota de Reneé.

Bells,

Phil y yo no hemos ido por el fin de semana al campo. Hay de todo para que te prepares comida…

Besos,

Mamá

¡Arg! Ya se había reconciliado con el desgraciado! ¿Cómo podía ser tan…? ¡Qué rabia! Cogí la nota y la tiré al tacho de la basura, asqueada de tanta porquería. Subí con un bol de cereal a mi cuarto y encendí el televisor. Dejé mi comida sobre el escritorio del notebook, mientras iba al baño. Todavía sentía ira. A lo lejos, oí que sonó mi móvil. Corrí hacia mi cuarto, probablemente era Edward. Mi instinto no me engañó.

—¡Hola, mi vida! —respondí en seguida.

—¡Señorita Swan! —formalizó su voz, jugando. Mi corazón se contrajo, lo extrañaba demasiado…

—¿Cómo estás? —continué emocionada.

—¡Muy bien! Pero estaré mejor si me abre la puerta —sentí que el alma se me salía del cuerpo.

—¿De verdad? ¿Estás aquí? —mis pulsaciones estaban aceleradas, no podía creerlo.

—¡Por supuesto! —agregó alegre.

Bajé las escaleras apresuradamente, tanto, que casi caigo del penúltimo escalón. Intenté abrir la perilla, pero recordé que la había cerrado con llave. Me volví apresuradamente hacia la cocina, descolgué las llaves y por fin pude abrir el cerrojo.

Estrepitosamente hice la puerta hacia atrás y quedé sin aliento cuando lo vi parado frente a mis ojos ¡Qué bello era! Sonreía dulcemente y en sus manos traía un ramo de flores rojas, que hacían juego con sus labios cereza. Di un paso hacia delante y me abalancé a su cuello para besarlo. Él sonrió, dejó a un lado su maleta y las flores y me cogió por la cintura, elevándome hasta dejarme frente a su rostro. Sus bellos ojos de miel estaban emocionados, brillaban húmedos, desbordantes de felicidad.

Lo besé hasta quedar sin aire en los pulmones, primero fueron besos intensos, incluso un poco bruscos, pero no me importaba, yo lo amaba y esto era el mejor momento de mi vida. Sus brazos se cerraron en mi espalda y ahora la sintonía de nuestros labios se suavizó hasta alcanzar un dulce y constante beso.

Unas gotitas tímidas nos alertaron de que estábamos a punto de ser empapados por una lluvia que auguraba ser tan potente como nuestro amor. Con una gran sonrisa y sin soltarlo de la mano ni un minuto, lo invité a entrar.

Cerramos la puerta. La casa estaba entre penumbras agradables. Me dio las flores formalmente, mientras nuestros labios se volvían a besar, porque se atraían como imanes. Con mucho trabajo dejé las rosas dentro de un florero con agua, contando los segundos para volver a abrazarlo. Edward no me quitaba los ojos de encima, sonreía constantemente. Dejé las flores en mi habitación y él me acompañó a dejarlas.

—¡Vaya sorpresa que me has dado! —mi sangre subía y bajaba por el cuerpo de un modo irregular.

—No me quería perder tu carita cuando vieras que estaba aquí… sabes es impagable ¡Mucho mejor de lo que pensé! —acarició mi cabello cariñosamente, pasando sus dedos por el borde de mis mejillas— ¡Es que te extrañaba demasiado mi vida! No verte me estaba matando… —su expresión se tornó dolorosa ¡Él me amaba tanto como yo!

Cogió mi rostro con una de sus manos, afirmándose entre mi cuello y la quijada, acercó sus deliciosos labios de ángel y me besó hasta hacerme perder la conciencia. Caímos en mi cama con demasiada rapidez y urgencia.

La luz de la luna se coló por la ventana, iluminando su hermoso cabello broncíneo. Acarició mi cara una y otra vez, dibujo trazos con sus dedos lánguidos y esbeltos. Su mirada risueña me regocijaba el corazón. Acercó sus labios tibios hacia mi cuello y sentí como mi cuerpo volvió a la vida nuevamente. Miles de sensaciones me invadieron de inmediato, sus besos me quemaban la piel, resquebrajándola en grietas imposibles de sellar.

Acerqué mis labios a propósito para que él los besara, necesitaba sobre manera sentirlo. Pasé mi lengua por medio de su labios hasta encontrarme con la suya, tan dulce y perfecta. Nos fundimos en una sincronización divina de nuestros sentidos. Subí mis dedos hasta su cabello desordenado, enterrándolos en su cabeza. Abrí los ojos y me encontré con los suyos, que parecían un lago tranquilo de paz y calma. Su fuerza me estremeció hasta los huesos. Cerró sus párpados, pero lo seguí observando, para guardar la imagen de sus pestañas doradas, decorando las líneas que formaban sus ojos cerrados. Su expresión era afable y plácida.

—¡Te amo! ¡Te amo! —me susurró al oído y mi piel se erizó de pies a cabeza.

Sus manos delicadas descendieron hasta mi blusa lentamente, desabotonándola. Mi respiración se agitó cada vez más. Sus labios aterrizaron en mis hombros, infringiéndome un leve cosquilleo en el estómago. Descendió con su mentón pegado sobre mi piel hasta descubrir mis pechos. Quitó mi corpiño con habilidad, dejándose caer sobre mis bultitos rosados claros. Lo dejé deleitarse conmigo, como yo lo disfrutaba a él.

Busqué sus labios con los míos, él me cogió por la cintura y yo me puse de rodillas sobre la cama, mientras Edward continuaba sentado en la orilla, sin dejar de besarme. Coloqué sus manos en el nacimiento de mi falda, respondió de inmediato y bajó el cierre hasta quitármela de encima. Lo seguí besando. Un impulso instintivo me llevó hacia su camisa azul, desabroché dos botones y lo ayudé a sacárselo por encima de los hombros. Su piel marmórea me estremeció, era perfecto, unos vellos dorados se asomaban tímidamente sobre su pecho tan blanco como la nieve. Llevé mis labios ansiosos hacia su vientre, logrando un pequeño estertor en su cuerpo. Sonrió.

Posé mis manos sobre mis medias, enrollándolas para deshacerme de ellas. Él terminó muy bien el trabajo. Edward respiraba agitado, su piel se estaba volviendo lentamente más rosada, hasta darle un hermoso color sobre sus mejillas. Se le encendió la mirada y lo ayudé a retirarse el dificultoso pantalón gris. Quedamos completamente desnudos de cuerpo y alma.

Nos observamos con lágrimas de emoción en los ojos. Lo besé bajó su mentón cuadrado, perfectamente delineado, saboreando el nacimiento de su insípida barba dorada. Se recostó sobre mis sábanas blancas, en las mismas, donde había llorado cada noche desde que él se fue. Me senté frente a él, acomodando mis piernas a cada lado de sus sensuales caderas varoniles.

Una seguidilla de escalofríos me invadió la piel cuando por fin se internó en mí. Todo perdió sentido en ese momento: yo lo amaba y esta manera de demostrarlo era la mejor expresión. Mi cuerpo sufrió millones de cambios y sensaciones, hasta las terminaciones nerviosas más desconocidas cobraron sentido, de un modo sublime y espectacular.

Nos besamos una y otra vez, mientras nos amábamos sin control, sin que nada ni nadie nos importara, éramos uno, dos piezas esculpidas para estar juntas por siempre.

Su voz era cada vez más errática y mis jadeos se pronunciaron hasta tornarse vergonzosos. Alcanzamos el cielo juntos y me abrazó como queriéndose fundir en mí. Lo arrullé entre mis brazos endebles, aprisionando su rostro sobre mi pecho.

—¡Te adoro mi vida! —me aseguró con vehemencia.

—¡Te amo, Edward! —respondí con un nudo en la garganta.

El domingo en la mañana se fue, un poco antes de que volviera Reneé. Quedé con sentimientos encontrados: feliz por haberlo visto, pero con una gran impotencia por no poder irme con él. Intenté calmar mis deseos frustrados y recordar esos dos días maravillosos junto a él.

Tras esa primera visita, vino un par de veces más, tan fugazmente como la primera. Lo extrañaba demasiado, haría cualquier cosa por quedarme con él para siempre, era mi razón de existir, la luz que iluminaba mis tediosos días. Lo extrañaba hasta las lágrimas, era un grito ahogado y pesado que no era capaz de compartir con nadie, porque jamás me entenderían, ni siquiera Alice. Ella era de la idea de que como él se había ido, yo debía seguir mi vida aquí en Forks, e intentar olvidarme de él… su solución era francamente ¡Imposible!

Cuando el duelo ya estaba minimizando, decidí salir. Alice insistía muchísimo, además tenía un nuevo interesado en vista, Félix. Un fortachón buen mozo que dejaba huellas por donde caminaba, no había ojos que no se detuvieran a admirar su esculpido cuerpo, que seguro requería horas de entrenamiento entre pesadas y fastidiosas máquinas de gimnasio.

Esa tarde, nuestro hermoso país que tarde, mal y nunca visita un mundial de fútbol, clasificó. Fue locura total, incluso en los pueblos pequeños como Forks, la gente salió a las calles, venciendo el frío y la neblina, todo se había vestido de rojo, azul y blanco. Las bocinas retumbaban en los oídos, alterando los corazones, extasiados de tanta felicidad. Aunque yo no era una fanática del fútbol y de ningún deporte en especial, salí a la calle junto a Alice y Victoria.

En medio de la locura y el frenesí colectivo, se paró frente a nosotros un todo terreno gris, último modelo. Al manubrio, el sex symbol de Félix, quien aparcó su autazo con una gran sonrisa seductora, dirigida particularmente a Alice. Atrás, mi amigo esquizofrénico, Emmett.

—¡Uy, preciosuras! –exclamó desde la ventana trasera, luciendo su hermosa dentadura de mármol. Todas sonreímos— ¡Vamos a celebrar! —invitó entusiasmado. Tenía los ojos titilantes ¡Ya había bebido! De verdad, no tenía solución ¡Uf!

Nos miramos inseguras, y los ojos expectantes de Alice nos hizo tomar la decisión: ¡Sí!, de lo contrario, nuestra amiga nos mataría. Subimos al mini tanque y un nuevo rostro se volteó a saludarnos. Nos dirigió una sonrisa cordial, pero fue fácil distinguir una nota de picardía en su voz. Era bastante guapo, su nombre: Demetri, había llegado hace una semana a Forks, venía desde Vancouver. Se me contrajo el corazón, no pude evitar recordarlo.

Dimos un par de vueltas por el pueblito, para luego terminar en la Casa Vieja. Bebimos un par de cervezas y cuando anocheció, nos fueron a dejar de vuelta a nuestras casas, excepto Emmett… el pobre se había ahogado en una piscina de roncola y cerveza: murió por muerte natural ¡Vaya! No tenía solución.

Los nuevos forestínes eran bastante agradables y agraciados, le daban un nuevo aire a nuestro entorno. De vuelta, Alice, iba de copiloto. Victoria, Demetri y yo, atrás, justamente en ese orden. La torcida sonrisa de Victoria no se dejó esperar, definitivamente estaba coqueteando con el chico nuevo, pero él, le devolvía sólo sonrisas cordiales, nada muy comprometedor, quizás, le habían advertido que era la cuasi novia de James y no quería meterse en problemas, después de todo, vivían juntos.

—Y tú Bella, ¿Cuántos años tienes? —no sé en qué momento salió a la palestra mi edad. Me incomodaba el tema, pero ya no mentiría más con estas cosas…

—Dieciséis —respondí. Alice y Victoria se miraron extrañadas. No podían creer que había dicho la verdad sobre mi edad, por una vez en la vida.

Demetri se acomodó de medio lado, con una seductora sonrisa torcida y una cierta malicia en los ojos.

—¡Sí que te ves mucho mayor! —mordió su labio inferior como si estuviese viendo un exquisito trozo de carne.

—¿Desilusionado? —pregunté irónica por su expresión. Félix soltó una carcajada y Alice se volteó hacia atrás, frunciendo el entrecejo, incrédula.

—¡No, en absoluto! Claro que no, tan sólo estoy —inspiró como jadeando, seductoramente— …impresionado —decretó, curvando sus labios en una sonrisa y se acomodó de frente nuevamente.

Sus palabras me provocaron un cierto y agradable escalofrío, era extraño, hace mucho tiempo que no sentía algo por el estilo, desde que había empezado a salir con Edward. Sonreí, pero como estaba oscuro nadie lo notó.

Fui la primera a la que pasaron a dejar. Me despedí de todos, levantando la mano, pero antes de cerrar la puerta, noté que la mirada de Demetri me embargó.

—¡Espero que nos veamos pronto! —torció una bella y malévola sonrisa. No contesté, pero fue inevitable sonreír, debo aclarar sonreír no sonreírle.

Cuando llegué a la casa, subí las escaleras cuidadosamente para no meter ruido. Abrí la puerta de mi cuarto y me fui directo al notebook para revisar mis correos. Mi corazón comenzó a palpitar rápidamente, en tanto buscaba un mail de Edward, pero se detuvo en seco, casi dolorosamente, cuando no lo encontré.

Bajé las escaleras estrepitosamente, de repente, sentí gran ansiedad de comer. Fui a la despensa y saqué una inmensa bolsa familiar de papas fritas. Lo abrí de inmediato y me introduje un puño, tan rápido, que casi no le sentí sabor, tan sólo quería tragar. Cogí un Ketchup del refrigerador y me llevé las dos cosas a mi habitación. Encendí el televisor, comí y comí, sin descanso hasta devorarme la bolsa completa. Sentí como toda esa grasa viajaba por mi cuerpo y la imaginé convirtiéndose en exceso de piel sobre mis huesos, con todo lo que había comido engordaría un par de kilos por lo menos y lo último que necesitaba ahora, era sentirme como una ballena.

Miles de emociones de incomodidad se me vinieron a la mente: yo tan gorda que ni siquiera era capaz de levantarme, mi cuerpo secretaba grasa hasta en mi aliento ¡Puaj! Pero la imagen que me llevó al borde del colapso fue la de Edward con su bella ex novia, atlética y escultural.

Corrí al baño con los ojos anegados en lágrimas, cerré la puerta, di el agua, para que cuando escurriera, el ruido cubriera mis impulsos, levanté la tapa de la taza de baño y me introduje los dedos a la boca. Costó un poco, pero poco a poco, se fue haciendo más fácil. Devolví todo, forcé mi estómago hasta botar toda esa mierda que se había metido dentro, hasta que sólo un gusto amargo me cubrió la boca ¡Ya no había nada más! ¡Qué alivio! Ya me sentía más tranquila. Caminé lentamente hacia el lavamanos, apoyándome con precaución, porque tanto rato doblada me hacía doler la espalda, y me observé en el espejo. Mi cara estaba tan colorada que estallaría en cualquier instante, los ojos estaban vidriosos y unas pintas rojas y pequeñas como la cabeza de los alfileres, se daban lugar alrededor de mis ojos, eran muchísimas. Me lavé la cara, los dientes y me fui a dormir.

Desperté el día siguiente y antes de meterme a la bañera, noté que tenía el arco de los ojos rodeados de miles de diminutas y pequeñas cabezas rojas. Iba a tener que inventar una buena excusa si alguien me preguntaba. Tomé un vaso de leche y me fui al colegio, ya era tarde.

Esa noche me llamó. A las nueve de la noche vibró mi móvil. Presioné la tecla para aceptar, pero sentí que mis dedos eran de gelatina ¡Cómo lo extrañaba! Y cada acercamiento a él era como si me inyectaran vida por un par de minutos.

—¿A… ló? —titubeé, muy nerviosa.

—¡Bella! —su voz se oía tan natural que causaba aún más estragos en mí.

—Edward… —exhalé aire sin quererlo.

—¡Obvio! ¿Quién más? —sonrió relajado y luego, soltó una risita maliciosa— ¿o acaso ya me reemplazaste? —noté un poco de irritación en su voz.

—¡Ja! Muy gracioso… —le rebatí, molesta. De seguro aunque me esforzara de aquí al fin de mis días, jamás podría olvidarlo. Se oyó un silencio incómodo por el otro lado del auricular.

—¡Te extraño! —susurró y sus palabras se internaron en mis oídos, hiriéndome el corazón.

—Yo más… esto es una tortura, Edward…

—Para mí también lo es, mi vida, te adoro, tanto, tanto, que siento que el corazón se me hará trizas si no te veo pronto —parecía sincero.

—¿Cuándo vendrás? —insistí, al precipicio de la desesperación.

—No lo sé, aún no puedo salir de aquí… pero… había pensado, que como ya eres mayor de edad, quizás tu podrías venir a visitarme —sonrió.

¡Oh, oh! Pequeño detalle… mi novio desconocía que aún me faltaban dos años para acercarme si quiera a la mayoría de edad ¿Qué le diría? ¿Qué excusa le inventaría? ¿Sería momento de decirle la verdad? ¡Uf! Sí, que estaba metida en un lío de proporciones.

—Edward ¿No puedes venir tú? Es que no tengo dinero… —fue lo primero que se me vino a la mente, aunque era cierto… jamás me pagarían un pasaje a Vancouver.

—¡Ya había pensado en eso! Yo correré con los gastos y alojarás aquí, hay bastante espacio y muchas habitaciones disponibles, no como en la Casa Vieja.

—Es que no sé… ¡Uf! Tendré problemas aquí… ¡Lo siento! Creo que no podré ir… —dije al borde de la desesperación, realmente quería verlo.

—¡Ey, Bella, Bella! Mi amor, escúchame… ya compré los pasajes —me aseguró con voz pausada. ¡Pa! Mi corazón se detuvo ¡Ahora si que no tenía escapatoria! O le contaba la verdad, y eso me podía costar muy caro, o lo convencía de que él ocupara esos ticket de avión.