El tiempo se había agotado, el plazo se había cumplido y los dos meses habían pasado entre gritos, corajes, regaños, algunos golpes y una que otra mala palabra.
Elizabeta corría por uno de los largos pasillos de la casa del Sacro Imperio, dos sirvientas la perseguían, una de ellas traía un hermoso vestido verde en los brazos.
-Señorita, debe ponérselo, hoy es el baile y debe usarlo- le gritaban sin dejar de correr.
La húngara se había negado rotundamente a usar vestidos, los odiaba. El austriaco había hecho hasta lo imposible por hacerla usarlos, pero ella no cedía.
-¡Bien!-dijo un día, harto de otra larga y exhaustiva discusión acerca de la famosa prenda- ¡Vístete como quieras!
La castaña, que lo estaba fulminando con la mirada, se sorprendió ante semejantes palabras.
-¿Es… es en serio?-preguntó asombrada mirando al niño de apariencia de 11 años revolver su cabello, molesto
-Ja, estoy harto de tener que pelear contigo así que yo me rindo-dijo levantando las manos en señal de paz-si no quieres usar vestidos, no le uses.
Una felicidad inexplicable embargó a la ojiverde que se apresuró a abrazar al castaño.
-Gracias, gracias, gracias-dijo mientras lo estrechaba entre sus brazos.
El aristócrata se sonrojó ante semejante acto, ella no tendía a portarse bien con él así que ese sencillo gesto lo desconcertó.
Y desde entonces, en agradecimiento por poder vestir pantalones, ella se había esforzado en sus clases, las discusiones habían disminuido y ya se llevaban mejor. Sin embargo, ese día ella estaba muy molesta.
-¡Roderich Edelstein, abre la puerta!-exclamó al golpear la puerta del castaño.
El austriaco abrió la puerta, molesto
-¡¿Qué sucede?!-exclamó cruzándose de brazos.
-¿Puedes decirles a tus sirvientas que le pondrán ese horroroso vestido a mi cadáver?-le comentó cruzándose de brazos también- porque solo muerta pienso usar eso.
El ojivioleta miró a las dos mujeres exhaustas antes de mirar el dichoso vestido.
-Pero debes usarlo, no puedes ir de pantalón al gran baile-dijo él y ella lo escuchó como si fuera una sentencia.
-¡No!-exclamó con pánico- no quiero, tiene encajes y holanes y… es horrible…
-Pero es un vestido muy bonito-comentó Roderich mirándola hacer berrinche. Cuando ella lo miró con un puchero, él cedió con un suspiró-si te doy un vestido más sencillo, sin encajes y holanes ¿te lo pondrás?
La niña lo miró, al parecer él no iba a ceder completamente así que se limitó a asentir, derrotada.
Esa noche, la casa del Sacro Imperio se vestía de gala, mucha gente importante estaba en el gran salón. Las naciones se encontraban fuera del gran salón esperando el momento oportuno para entrar.
Manfred sujetaba a su hermanita con una mano mientras sujetaba a un asta con su bandera con su mano libre.
Vash, que también sujetaba su bandera, veía a su mejor amigo caminando de un lado al otro muy nervioso. La bandera del castaño ondeaba con cada paso que daba.
-Oh mein gott-repetía una y otra vez- espero que todo salga bien o sino el rey Felipe nos azotará a ambos…
-No entiendo porque te ofreciste para esto en primer lugar-comentó el suizo molesto-Debiste dejar que lo azotaran.
-No podía dejar que hicieran eso, es una niña-contestó soltando un suspiro
-¿Olvidas que esa "niña" te golpeaba diario hace muchos años?-le reclamó y quiso pegarle con el asta que traía en sus manos.
-No lo olvido pero ya no es lo mismo- contestó el austriaco- ella es mi responsabilidad ahora…
Entonces se escucharon unos pasos a lo lejos y todos miraron el pasillo. Una niña angelical caminaba hacia ellos ataviada en un sencillo pero bonito vestido blanco que consistía en un pequeño corsé y una vaporosa falda que le llegaba hasta los tobillos.
Su cabello castaño se encontraba sujeto por una diadema de plata.
Los tres chicos la observaban atónitos mientras se acercaba.
-¿Y ella quién es?-preguntó el suizo boquiabierto.
El aristócrata desvió la mirada del vestido al rostro de la niña el cual denotaba incomodidad y vergüenza.
-¡Es Elizabeta!-exclamó sorprendido cuando ella llegó a donde ellos estaban.
La húngara los fulminó con la mirada a cada uno. El holandés desvió la mirada al igual que el suizo. El único que la seguía mirando era el austriaco
-Si te burlas, te arranco la cabeza-lo amenazó muy sonrojada y avergonzada por sentirse tan femenina. Los colores subieron al rostro del aristócrata que rápidamente desvió la mirada.
-Te ves muy bonita-comentó Emma con una sonrisa.
-Gracias pequeña-la castaña le dedicó una tierna sonrisa.
De pronto se escucharon unos pasos apresurados a lo lejos-
-¡Antonio!-exclamó la pequeña rubia soltando la mano de su hermano para correr hacía en español que con una mano cargaba su bandera y con la otra cargaba a una pequeña niña de un año ataviada con un pequeño vestido rojo.
-¿Ya es muy tarde?-preguntó cuando se detuvo junto a ellos recibiendo el abrazo de la pequeña-Hola a todos, ha pasado mucho tiempo- entonces vio a Hungría y se les acercó con una sonrisa pícara-Hola ¿y tu quien eres, linda? Fusososososo~
-Es Elizabeta, Antonio-le dijo el ojivioleta poniendo los ojos en blanco.
-¡No es cierto!-exclamó- te ves asombrosa, yo juraba que eras alguien más jeje
Entonces sonaron unas trompetas y todas las naciones ocuparon su lugar.
Austria le ofreció su brazo a Hungría, la cual lo aceptó con una sonrisa nerviosa
-Lo harás bien-le murmuró cuando de pronto se escucharon otros pasos
-¡Esperen, falta el asombroso yo!-exclamó una voz a lo lejos
-Lo que me faltaba…-maldijo el austriaco en voz baja
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