Hola ke tal tod? jejeje les sta gustando hasta ahora? espero ke siii me alegra ke ya se haya aclarado tdo lo de Rose jeje

recuerdn de ke nada me pertenece

Capítulo 10

Los planes de Rosalie para evitar hacer aquella excursión con Emmett al puerto de Le Havre fueron limpiamente demolidos. Ella había justificado su decisión ante sí misma pensando que yendo con él podría recaudar más información que si se quedaba encerrada en palacio. Para desdecirse, utilizó la plausible pero poco original excusa de que le dolía la cabeza.

Esperó deliberadamente a que Jasper acabara de desayunar con su familia para poder hablar a solas con Alice. Y esta tardó menos de diez minutos en convencerla de que debía acompañar a Emmett.

—No me extraña que te encuentres mal —Alice bebía su té en el soleado cuarto de los niños mientras revisaba su agenda—. Te he tenido encerrada desde que llegaste.

—Qué tontería. El palacio es del tamaño de una pequeña ciudad. Difícilmente podría sentirme encerrada.

—Aunque sea grande, sigue teniendo muro. Un agradable paseo en coche por la costa es justo lo que necesitas. Bernadette —miró a la joven niñera que estaba preparando a Marissa para llevársela a dar su paseo matutino—. Póngale un sombrerito a la princesa Marissa, por favor. Afuera hace un poco de viento.

—Sí, señora.

Alice extendió los brazos hacia su hija.

—Que te lo pases bien, cariño.

—Flores —dijo Marissa, y se echó a reír al oír su propia voz.

—Sí, recoge algunas flores. Las pondremos aquí, en tu cuarto —besó a Marissa en ambas mejillas y luego la dejó marchar—. Odio no poder sacarla de paseo esta mañana, pero tengo una reunión en el Círculo dentro de una hora.

—Eres una madre maravillosa, Alice —murmuró Rosalie percibiendo la expresión preocupada de Alice.

—La quiero tanto —dando un largo suspiro, tomó de nuevo su taza de té—. Sé que es una idiotez, pero cuando no estoy con ella se me pasan por la cabeza mil cosas que podrían ocurrir. Que tal vez ocurran.

—Yo diría que es normal.

—Pude que sí. El hecho de ser quienes somos, lo que representamos, lo magnifica todo —sin darse cuenta, apoyó la mano sobre su vientre, donde dormía su segundo hijo—. Deseo tanto darle una sensación de normalidad, y sin embargo... —Alice sacudió la cabeza—. Todo tiene un precio.

Rosalie recordó que Jasper había dicho casi lo mismo refiriéndose a su esposa.

—Alice, Marissa es una niña sana, feliz y encantadora. No creo que, por ahora, su vida pueda ser más normal.

Alice la miró un momento y luego apoyó la barbilla en la mano abierta.

—Oh, Rose, no sé cómo he aguantado estos dos últimos años sin ti. Lo cual me recuerda el principio de esta conversación —Alice volvió a llenar la taza de Rosalie—. Has venido a Cordina como invitada y hasta el momento no te he dado un momento de respiro. Lo cual hace que me sienta muy egoísta.

—Estoy aquí para hacerte compañía —le recordó Rosalie, que sentía que perdía terreno rápidamente.

—No, estás aquí porque somos amigas. Por favor, tómate el día libre, relájate, disfruta de la brisa del mar. Te prometo que Emmett puede ser un acompañante maravilloso. Te aseguro que, a los cinco minutos de montarte en el coche, tu dolor de cabeza habrá desaparecido.

—¿A quién le duele la cabeza? —preguntó Emmett entrando en la habitación. Llevaba el uniforme blanco de gala que lo acreditaba como oficial de la Marina cordinesa. En el bolsillo izquierdo del pecho de la guerrera lucía la insignia real que proclamaba su condición de príncipe.

Hasta ese momento, Rosalie siempre había creído que la idea de que las mujeres se enamoraban de los hombres con uniforme era completamente absurda. Emmett estaba tan... tan apuesto, pensó, aunque su lado pragmático buscaba una palabra menos novelesca. La chaqueta, blanca como la nieve, acentuaba el bronceado de su piel y la negrura de su pelo. Emmett le sonrió, y Rosalie notó que sabía lo que estaba pensando. Y automáticamente se levantó y le hizo una reverencia.

—Emmett, había olvidado lo guapo que estás vestido de blanco —Alice alzó la cara para que su cuñado le diera un beso—. Tal vez, después de todo, debería decirle a Rose que se tome una aspirina y se quede en palacio.

—Creo que lady Rosalie sabe cuidar de sí misma. ¿No es cierto, chérie?

En ese mismo instante, Rosalie decidió que, ya que debía batirse en duelo con él, manejaría con destreza el florete.

—Siempre ha sido así.

—Estás un poco pálida —él le acarició con un dedo la mejilla—. ¿De veras no te encuentra bien?

—No es nada —Rosalie se preguntó si Emmett podía sentir su sangre agitarse bajo el leve roce de su dedo—. Además, Alice dice que un paseo en coche por la costa es el mejor remedio para mis males.

—Bien. La traeré de vuelta con rosas en las mejillas.

—Si me disculpáis un momento, debo ir a recoger mi bolsa— dijo Rosalie.

—Emmett —Alice detuvo a su cuñado antes de que saliera tras Rosalie—. ¿Me equivoco o aquí pasa algo?

Él no se molestó en fingir que no la entendía.

—No estoy seguro.

—Rose ha llevado siempre una vida muy protegida. Supongo que no hace falta que te diga que tengas... en fin, cuidado.

Pese a que la luz del sol entraba a raudales a espaldas de Emmett, sus s ojos se enfriaron.

—No, no hace falta que nadie me recuerde con quién puede o no puede tener una aventura un hombre de mi posición.

—No pretendía molestarte —Alice se puso en pie y lo tomó de las manos—. Nosotros éramos amigos mucho antes de ser parientes, Emmett. Solo te lo he dicho porque siento un gran afecto por Rosalie y sé lo irresistible que puedes ser.

Él se apaciguó, como siempre le ocurría con Alice.

—Pues tú siempre te resististe.

—Y tú siempre me trataste como a una hermana —Alice vaciló de nuevo, dividida entre dos lealtades—. ¿Te molestaría que te dijera que ella no es tu tipo?

—En efecto, no lo es. Quizá sea eso lo que me desconcierta. Deja de preocuparte —se inclinó para besarla en la frente—. No le haré ningún daño a tu modosita amiga británica.

—La verdad es que tú me preocupas tanto como ella.

—Pues deja de preocuparte —acariciándole distraídamente la mejilla, se acercó a la puerta—. Dile a Marissa que le traeré unas caracolas.

Tranquila y resignada, Rosalie se encontró con él en lo alto de las escaleras.

—Confío en no haberte hecho esperar demasiado.

—Tenemos tiempo de sobra. Te prometo que el paseo valdrá la pena, a pesas de la pompa y los discursos que nos esperan al final.

—No me importan la pompa ni los discursos.

—Entonces, somos afortunados. Claude —Emmett le hizo una indicación con la cabeza a un hombre alto y fibroso que aguardaba junto a la puerta principal.

—Buenos días, alteza. Lady Rosalie. Su coche está listo, señor.

—Gracias, Claude —Emmett condujo a Rosalie a través de las puertas sabiendo que aquella simple frase del mayordomo significaba que la carretera entre Cordina y Le Havre estaba siendo vigilada.

Rosalie vio el coche en cuanto salieron al exterior. El pequeño y aerodinámico deportivo francés aguardaba al pie de la escalinata, flanqueado por dos sólidos sedanes.

—¿Ese es tu coche?

—¿A qué es precioso? —Emmett acarició delicadamente el reluciente capó rojo—. Conducirlo es un placer. En una recta, he llegado a ponerlo a ciento ochenta.

Ella imaginó cómo sería correr a toda velocidad junto al mar, con el viento en la cara. Ahuyentó aquellas fantasías y procuró poner una expresión recelosa.

—Espero que no intentes superar tu récord precisamente hoy.

Riéndose, él le abrió la puerta del coche.

—En honor a ti, conduciré como un abuelito.

Rosalie se deslizó en el asiento y estuvo a punto de suspirar de placer.

—Es un poco pequeño.

—Lo bastante grande para dos —Emmett rodeó el capó. Claude ya le había abierto la puerta.

—Pero seguramente no viajas nunca sin escolta, o sin un asistente.

—Siempre que me es posible, sí. Mi secretario va en el otro coche, detrás de nosotros. ¿Quieres que les echemos una carrera? —encendió el contacto. Por el rugido que se oía bajo el capó, Rosalie adivinó que allí se ocultaba un motor enorme. Antes de que pudiera tomar aliento, Emmett lanzó el coche a toda velocidad por la larga y sinuosa carretera que cruzaba los jardines. Conducía igual que cabalgaba: a toda velocidad.

—Supongo que a estas alturas ya estarán rezongando —les dirigió a los guardias de las puertas un alegre saludo—. Si fuera por Claude, nunca iría a más de treinta. Y, además, iría encerrado en una limusina blindada, con una armadura por traje.

—Su trabajo es protegerte.

—Sí, pero es una pena que tenga tan poco sentido del humor —Emmett cambió de marcha y dobló una curva derrapando.

—¿Tu abuelo vivió una vida larga y fructífera ?

—¿Qué?

—Tu abuelo —repitió Rosalie, juntando puntillosamente las manos sobre el regazo—. Me preguntaba si vivió una larga vida. No me parece muy probable, si conducía así.

El viento agitó el pelo de Emmett cuando giró la cabeza para mirarla, sonriendo.

—Confía en mí, ma belle. Conozco la carretera.

Rosalie no quería que fuera más despacio. Era la primera desde hacía meses que se sentía verdaderamente libre. Casi había olvidado lo dulce que era aquella sensación. El mar, azul y blanco refulgía, junto a la carretera mientras descendían desde las alturas de la capital. Los árboles se alzaban, retorcidos, hacia el cielo, inclinándose y meciéndose al empuje de la suave brisa. Espléndidas flores rojizas estallaban en los arbustos que crecían desordenadamente a lo largo de la carretera. El aire olía a mar y a perpetua primavera.

—¿Sabes esquiar? —preguntó Emmett al ver que Rosalie observaba atentamente a un hombre que se deslizaba sobre el agua tras una lancha a motor.

—Nunca lo he hecho. Tú seguramente serás un deportista. Yo me siento más a gusto en las bibliotecas.

—Pero no se puede pasar uno la vida leyendo.

Ella vio que el esquiador se trastabillaba y caía dando tumbos al agua.

—Creo que yo sí puedo.

Emmett sonrió y tomó a toda velocidad una curva en forma de «S».

—Sin un poco de riesgo, la vida no vale la pena. ¿Tú nunca has sentido la necesidad de emprender una aventura, Rosalie?

Ella pensó en los últimos diez años de su vida, en las misiones que la habían llevado de palacios a guetos, de oscuros callejones franceses a luminosas playas italianas, pasando por todos los lugares intermedios posibles. Recordó la pistola de pequeño calibre que llevaba en el bolso y el puñal fino como un pincel que guardaba como un amante apretado contra el muslo.

—Supongo que siempre ha preferido vivir mis aventuras de manera vicaria, a través de los libros.

—¿Y no tienes sueños secretos?

—Algunos de nosotros somos exactamente lo que parecemos —sintiéndose repentinamente incómoda, ella procuró cambiar de tema—. No sabía que eras oficial de la Marina —otra mentira, pensó. Pero su trabajo se componía de mentiras.

—Servía en la Marina un par de años. Ahora se trata más bien de un rango honorífico. Los «segundogénitos» se dedican tradicionalmente al ejército.

—Y tú elegiste la Marina.

—Cordina está rodeada por el mar. Nuestra flota es menor que la inglesa, desde luego, pero es fuerte.

—Y estos son tiempos de inquietud.

Algo cruzó fugazmente los ojos de Emmett.

—En Cordina, hemos aprendido que todos los tiempos son tiempos de inquietud. Somos un país pacífico y, como queremos seguir siéndolo, estamos preparados para la guerra.

Ella pensó en el hermoso palacio blanco, con sus exóticos jardines y sus torres de cuento de hadas. Inaccesible por el mar y encaramado sobre los acantilados, parecía vigilar el horizonte como un cíclope. Rosalie se recostó en el asiento y miró el mar que ondulaba allá abajo. Nada era tan simple como parecía.


creo ke este cap justifica los cortos jejejej ke les parecio? kieren saber ke pasara el La Havre?

espero sus reviews

jeje byee