Lola
Negrita cursiva: recuerdo. EN ESPAÑOL
Cursiva: el diálogo es en el idioma en que está escrito. Si no tiene ningún formato, es en inglés.
Disclaimer: todo esto es de JK, igual que sus millones de euros, sus casas y sus coches y tantas cosas más. si Harry Potter, los millones de uros, las casas y los coches fueran míos, no sería fanficker.
LOS REVIEWS NO SE RESERVAN EL DERECHO DE ADMISION
AQUI TODOS SON VIPS
¿QUE ESPERAN?
Electricidad
Poco a poco voy despojándome de los harapos del sueño, hasta encontrarme desnuda en el enriedo de sábanas cálidas. Mis sentidos comienzan a funcionar lentamente, a medida que los estímulos del exterior los golpean.
Lo primero que siento, antes que los ruidos o los olores, es una presión en la parte baja de mi espalda, donde un brazo musculoso se ha declarado dueño y señor. Luego, el tacto delicado, delicioso de las sábanas de seda. Las cosquillas de una mata de cabello que me cae en la frente. Un torso lampiño que sube y baja bajo mi pecho. La caricia del aire caliente exhalado en mi cuello.
Luego, cuando inhalo suavemente, mil aromas se agolpan en mis fosas nasales. Desodorante de chico. Mañana húmeda colándose por la ventana. Tabaco. Varios perfumes. Sábanas limpias. Madera recientemente lustrada. Transpiración. Y, por encima de todo, impregnando mi cuerpo, ese olor de la madrugada compartida…
Entreabro los ojos. Una línea de luz grisácea se cuela entre las cortinas verde botella de la cama, y reluce en los ribetes plateados de las sábanas. En la penumbra entre doseles, se distinguen le perfil de una almohada, un brazo extendido sobre el acolchado, el desorden de cabello enredado y cuerpos exhaustos. Muevo el brazo lo suficiente para ver mi reloj. Las agujas fosforescentes indican las nueve y media. ¿Qué día es? ¡Viernes! ¡Dios! ¡Nueve y media!
Noto que el pobre Hugo me ha oficiado, qué amable, de almohada esta noche. Desenredo mis piernas de las suyas, y lo aparto con delicadeza. Cuando salga de la ducha lo despertaré. Silenciosamente, salgo de la cama y controlo que no quede nadie en el dormitorio. Mandy se dejó la mochila, pero no está aquí.
Una corriente de aire frío me hace estremecerme. No tardo en estar bajo el agua caliente, que relaja mis músculos y me termina de despertar. Me enjuago la cara, y manoteo el cepillo de dientes de encima del lavamanos para lavarme la boca. Me lavo el cabello, me froto vigorosamente el cuerpo con una esponja y, sintiéndome como nueva, cierro el agua y busco una toalla.
Voy al cuarto. Abro la cortina de la cama, y Hugo me sonríe. – Ya creía que me habías dejado solo. – Dice, con tono provocativo. Con movimientos felinos (qué raro en mí, moverme como un gato, pienso, y mi mente de pronto está en ese que guardo en la mochila) me estiro sobre le colchón y le doy un beso húmedo y con sabor a menta. Cómo piensas eso de mí, le digo, y dejo caer el toallón sobre la colcha. – Eres hermosa, ¿sabes? – me dice, mientras reviso el baúl en busca de algo para ponerme. Pienso, porque siempre pienso lo mismo, que está exagerando, pero me limito a sonreír.
- Es tarde. – Le digo, mientras me pongo una tanga. La minifalda escocesa no combina mucho con la corbata de Slytherin, pero poco me importa cuando me la acomodo sobre la camisa blanca. Yo no soy de combinar la ropa, ahora que lo pienso. Zoquetes con pequeñas snitches en el borde, patéticos, asoman de las impecables Converse negras que mi viejo me compró para que no use mis zapatillas crotas.
Agradezco el decoro de los elfos, que tuvieron al delicadeza de doblar su ropa y dejarla sobre una silla, fuera de la vista de mis compañeras de cuarto. Miro a Hugo mientras se pone los jeans, de espaldas a mí. Tiene un rasguño en la espalda, y no puedo evitar mirarme las uñas con una sonrisa. Siempre he tenido las uñas largas y afiladas, ahora pintadas de negro.
Hugo es atractivo. Tiene hombros anchos, brazos fuertes, torso musculoso y un culito muy… tentador, por decirlo de cierta manera. Mide un respetable metro sesenta y cinco, y su cara un tanto aniñada es de lo más mona (abuela, no me pegues más palabras, por favor). No es mi tipo de chico, pero me gusta…
Lo abrazo por la espalda, y mientras comienza a sonar otra vez "Ella Dijo" (no, basta de música, por favor) en mi cabeza, le doy varios besos en el cuello. - Fue divertido. – Comento, con una sonrisita que él no puede ver. En ese momento, se abre la puerta. Antes de poder voltearme, oigo una carcajada.
- Ah, yo lo sabía. – Dice la voz de Mandy.
Hugo salió de la Sala Común con un hechizo desilusionador. Amanda camina a mi lado. Noto su mirada fija en mí, traspasándome. Me quedé pensando. Ella dijo "me callaré, porque me gustas y no quiero que Rosie te asesine." Ahora, díganme por qué el pelirrojo puso mala cara cuando Mandy dijo eso y, por favor, díganme que "me gustas" es lo mismo que "me caes bien" para estos malditos ingleses.
- ¿Sabes? Sólo llevas una semana aquí y ya te llevaste a la cama a uno de los chicos más deseados del colegio. – Dice de pronto, con una sonrisita enigmática. – Te felicito. – Agrega, mientras un par de chicos se apartan de la escalera para que ella pase.
- No sé si debo agradecer eso… ¿Me estás tratando de fácil? – Digo, en tono de broma. Se ríe, pero no responde. En lugar de eso, sus ojos como medianoches me recorren entera. Ten cuidado, dice. Porque las paredes aquí no sólo tienen ojos y oídos. También tienen bocas. Su tono no es una amenaza. Sólo un consejo. Pero me estremezco.
Sus rizos dorados, recogidos en un moño flojo y que la favorece mucho, van de aquí para allá a medida que camina. Menea las caderas como si bailara, atrayendo todas las miradas. - ¿Vas a postular para el equipo de Quidditch? – Pregunta, con repentino interés.
- Si llega mi escoba… - Mascullo, recordando de pronto la selección de mañana. – Me la dejé en casa. – Agrego, y se me escapa uno de esos bufiditos en que frunzo en labio inferior y me soplo los mechones de pelo que me caen sobre la frente.
- No te preocupes, te puedo prestar mi Cola de Dragón. – Ofrece, con una generosidad que no imaginaba propia de ella. – Yo soy la comentarista, así que no necesito escoba. – Dice, orgullosa de su altísimo rango en el mundo del Quidditch. Los partidos no serían lo mismo sin un comentarista, admítanlo.
- ¿Comentarista? ¡Fabuloso! – Exclamo, asombrada. En realidad, ella da el tipo para comentarista. Una lengua afilada, siempre algo para decir. No es la típica rubia hueca, a pesar de su aspecto de Barbie. – Mi hermanito solía comentar los partidos que jugábamos con los primos en el campo. – Comento, y una ola de tristeza borra mi sonrisa de pronto.
- ¿Tienes un hermano pequeño? ¿Viene aquí? – Pregunta, interesada. Niego pesadamente con la cabeza, lamentando haberlo dicho. Mi voz es un canto de canario afónico cuando respondo.
- Tenía. – No necesito decir más. Ni que fue asesinado, ni que lo vi desangrarse, ni que van quinientas cuarenta y siete noches de su muerte, ni que su ataúd era blanco como mi collar de caracol, ni que aún lo amo más que a nada. No necesito decir nada más. Siento su mano apretando mi mano.
- Lo siento. No lo sabía. – Guarda silencio hasta que llegamos a la puerta del aula, y solo allí me suelta la mano. Guarda silencio mientras Binns nos echa una reprimenda, y guarda silencio mientras vamos a sentarnos en los bancos del fondo. Sólo saluda a Rose con una mano, saca una pluma a vuela pluma y un pergamino y mientras ésta toma apuntes, se pone a leer Witch's Heart.
Cada tanto, me echa una mirada de reojo.
De la mochila saco el libro, una Bic y el mp4. Dejo este último arriba del banco, agradezco al cielo haber visto las Conferencias Mágicas Euro-asiáticas del Medioevo en el otro colegio, y empiezo a leer.
"Los secretos de la animagia, por Manuel James.
Introducción: Un poco de historia.
Quizá los primeros animagos hayan aparecido en el Antiguo Egipto. Igual que en Grecia, los experimentos con la peligrosa y difícil animagia resultaron fallidos: faunos, centauros, minotauros y faraones con cabeza de águila aparecieron de ésta forma, y algunos de ellos se reprodujeron y evolucionaron hasta llegar a las especies actuales. Los inicios de la animagia, lo admitimos, nos son en gran parte desconocidos. Recién en el siglo IX se perfeccionó este arte en América y África, y hasta el XV no se extendió a Europa y Asia.
En el año 1834 se creó el Registro Mundial de Animagos en Activo, pero nadie ignora que siempre estuvo incompleto, pues muchos magos se arriesgan a ejercer la animagia en la ilegalidad."
Sonrío. Si es posible, yo ejerceré la animagia en la ilegalidad. Si es que este libro sirve de algo. Vamos, yo quiero saber cómo. Siguiente página. No, más detalles. Siguiente. Un gato, no es difícil, no tengo que consultar toda esa listota. Ni un ser mágico, ni un ave ni un pez. GATO.
Una gata plateada y de enormes ojos verde jade, como era Ágata antes de que mi viejo la atropellara con el coche (hijo de puta). Pobre Ágata.
Acá está. Poción. Lista de Ingredientes. Perfecto. Agarro la bic, y a medida que leo anoto el precio estimado al costado. Algunas cosas sé el precio exacto, porque las compré para el colegio.
"10 crisopos. 7 galeones y 6 sickles (los puedo robar del armario de pociones, da igual)
21 sanguijuelas frescas. 25 galeones, 4 sickles y 2 knuts (armario de pociones)
17 gramos de descurainia sophia. 5 galeones (armario de pociones)
Un puñado de centinodia. 10 galeones aproximadamente (armario de pociones)
345 miligramos de polvo de cuerno de bicornio. 100 galeones, mínimo (dios!)
Un metro de piel en tiras de serpiente arbórea africana. 150 galeones (Merlín!)
Un bezoar. 50 galeones (robar del armario de la profesora Williams)
13 escamas de dragón bola de fuego chino. 25 galeones (mi dios!)
7 pelos de la cola de un unicornio de 7 años. 50 galeones (de paso, tanto detalle, puta madre)
250ml de jugo de mandrágora. 75 galeones (me voy a quedar pobre)
Algo del animal en que desea convertirse. (Bigotes de gato, aún guardo los de Ágata)
12 cabellos de Veela. 25 galeones. (en serio, no tengo tanto dinero)
Diez gotas de sangre. (¡¿Mía?!)"
Genial. Unos 550 galeones. Eso es lo que cuesta un uniforme de Quidditch profesional… Mierda. Bueno, ya veré cómo conseguir el dinero. Entre tanto, mejor enfoco la cabeza en otra cosa, lo que sea. Me acomodo el cabello y me pongo los auriculares. Mandy susurra una pregunta.
- ¿Qué es eso? – Señala el cable, y sonrío. Le doy una explicación rápida y un poco tonta, en un murmullo disimulado. - ¿Me dejas oír? – Ruega, con una sonrisa de niña buena. Le doy un auricular, pero no sabe ponérselo. Suelta un bufido. – Ayúdame, ¿sí?
Aparto el cabello para colocarlo correctamente. Una electricidad extraña, como una patadita recorriéndome los dedos, estalla en mis manos cuando rozo su piel. Noto que ella está tensa, de pronto y sin razón aparente. – Ahí está. – Mascullo, y ella asiente. Tenemos que acercarnos un poco para que el cable no tironee. - ¿Lista?
- Siempre. – Dice, con un guiño travieso. Otra vez es la Barbie de las respuestas rápidas, otra vez Mandy. Busco un tema copado, y aprieto el botoncito del play. Comienza a sonar "Me gustas tú", de Manu Chao. Cuando me descubro mirando sus labios finos y rojos como la sangre, ruego que ella no sepa español.
you know, el boton de RRs no muerde
