Una mano enguantada de negro apuntó hacia el pecho del ladrón con un brillante objeto de metal que podía distinguirse como una nueve milímetros. Sin embargo, los ojos de Kid se desviaron hacia el lado contrario, donde el brazo de aquel hombre sostenía sin esfuerzo ese cuerpo femenino que forcejeaba en vano. Reprimió una mueca de horror: ¡¿qué demonios hacía ahí Aoko?! La respiración se le cortó durante a penas unos segundos; luego, fingió una sonrisa y guardó el Hwak Eye antes de atreverse a hablar:
—No sabía que involucraseis civiles, eso puede dejar rastro de vuestra organización —dijo con aparente tranquilidad.
—Oh, no, no es algo que solamos hacer, pero no entraba en nuestros planes que un pájaro azul se metiese en medio de la trampa para halcones —la observó y ella le devolvió una mirada desafiante—. Encantadora —río a penas un momento y volvió a concentrarse en el mago sosteniendo el gatillo—. Dame el Hwak Eye, ahora.
—¿Por qué tan interesado? Es obvio que esta clase de piedra no puede ser Pandora, si lo fuera sería muy difícil distinguirla por los colores —se encogió de hombros como restándole importancia.
—Buen farol, lástima que si pensaras eso tú mismo no estarías aquí.
El ladrón inspiró y retrocedió con cautela un par de pasos tratando de hacer trabajar a su mente con rapidez para trazar un plan de huida, no es como si fuese la primera vez que alguien quería meterle una bala en la cabeza, estaba preparado, sin embargo, el detalle de que la adolescente estuviera allí complicaba las cosas. Y la quería. En definitiva, no podía simplemente darse a la fuga y dejarla ahí, debía hacer algo para sacarla del peligro, pero, ¿qué? Se estaba quedando sin recursos.
"¿Y si...?"
Con decisión, Kid flexionó las piernas para saltar y abalanzarse contra el hombre de la gabardina negra con la mayor rapidez posible. Este alzó una ceja ante la medida desesperada, ¿acaso el ladrón se había quedado sin ideas? ¿O lo había tomado por idiota? No merecía la fama que tenía, así que él mismo iba a encargarse de arrebatársela junto con su vida para siempre. Sin siquiera pestañear, un sonido sordo de un disparo con silenciador llenó el lugar de un silencio sepulcral y el rostro de la joven se descompuso cuando pudo observar, frente a ellos, como Kaito Kid se llevaba las manos al corazón y eran teñidas de un líquido espeso segundos antes de que se desplomase en el piso.
Su captor soltó una sádica carcajada y se agachó, sin soltarla, junto al cuerpo del mago para buscar la joya en su bolsillo sin miramientos ni preocupación por mancharse de sangre. En cambio, Aoko tuvo que cerrar los ojos ante la grotesca escena.
El Hwak Eye se deslizó entre los dedos del asesino, quien se dirigió con tranquilidad hacia una de las zonas despejadas de la azotea, donde los helicópteros ya no alumbraban debido a que uno de sus compañeros había hecho de señuelo para la policía haciéndose pasar por el ladrón. Las interrupciones se habían acabado.
Buscando la mejor posición de la luna, alzó la gema y la mirada para tratar de contemplar si la ansiada Pandora que con tanto ahínco habían buscado se hallaba en su interior. De repente, un objeto esférico apareció de la nada e impactó contra la espalda del criminal haciendo que se desequilibrara y la joya fuera a parar en algún rincón alejada de él. Aprovechando esta distracción, la hija del inspector mordió con fuerza la muñeca de quien la apresaba y logró que su captor la arrojase debido al dolor; previendo el impacto, se cubrió como pudo con los brazos para amortiguar la caída que la mandó rodando por el suelo de la azotea rasgando su piel.
Enfadado, el hombre de negro clavó los ojos en el lugar por donde aquella pelota había sido disparada y la incredulidad se reflejó en estos al hallar simplemente la figura de un niño pequeño que le dedicaba una sonrisa victoriosa. Decidió que después tendría tiempo suficiente de buscar la gema desaparecida, por el momento, lo primordial era deshacerse de aquel valiente chico cuanto antes. Iba a desear no haber nacido.
Echó un último vistazo a la joven rehén, que se había desmayado y una mueca de malicia fue dibujada en su rostro ante la idea mientras comenzaba a caminar con lentitud hacia el más pequeño, metió la mano en su chaqueta negra y buscó tranquilamente aquel arma aún manchada de pólvora con intenciones de empezar el tiroteo.
Lo que pasó a continuación, fue algo que él jamás hubiese podido imaginar: La figura de Aoko Nakamori, quien había supuesto que no despertaría hasta dentro de bastante rato, se había acercado hasta su altura sin dejarle tiempo a reaccionar y había sujetado su brazo doblándolo de forma que el dolor le hiciera soltar la pistola y esta cayese al suelo. ¿Qué estaba pasando? Viró la cabeza para enfrentar su mirada y la reconoció, reconoció aquella expresión llena de arrogancia. ¡Era imposible! Aquello había perdido completamente la lógica.
—¡Kaitou Kid! —bramó colérico mientras el ladrón disfrazado de mujer pateaba el arma para lanzarla hacia su detective favorito, quien tomó el objeto con cuidado y le quitó las balas guardándolas en uno de sus bolsillos. Después, utilizó el cinturón del profesor Agasa para hacer aparecer otro balón.
—¿Últimas palabras? —preguntó Kid sonriente a la vez que lo inmovilizaba desde atrás como podía.
Cosa que no duró demasiado tiempo, ya que la fuerza del adulto era mayor a la suya y lo logró empujar antes de que el proyectil impactase contra una de sus piernas. ¡Maldición! El criminal seguía consciente aún tirado en el suelo, pero en lugar de atacarlos, su vista se fijó en algo brillante que estaba cerca de él. ¡El Hwak Eye! Al darse cuenta de ello, Conan echó a correr en un intento de alcanzarlo e impedir que tomara la joya. No obstante, se detuvo en seco cuando una bala rozó su mejilla causando que se abriese una herida sangrante en esta.
—¡Mierda, francotiradores! —exclamó el ladrón mientras impulsaba sus piernas para agarrar al niño y correr hacia dentro del edificio antes de tener el infortunio de un disparo en la cabeza.
Tras cerrar la puerta que los conectaba con la azotea, se quitó el disfraz de su amiga quedando nuevamente en su ropa blanca manchada de rojo.
—Me sorprende que ese hombre no se diese cuenta de que estabas vivo —comentó el pequeño detective viendo como Kaito tomaba en brazos a la verdadera Aoko Nakamori, a la cual había escondido y reemplazado en el momento en que Shinichi Kudo se había expuesto al asesino.
—Probablemente no había pensado en la posibilidad de que yo llevase un chaleco anti-balas, con unas bolsas de sangre falsa y actuación es un gran truco de magia, aunque no estoy muy seguro de si funcionaría una segunda vez —acarició la mejilla de su compañera con una mano y la acomodó para empezar a bajar las escaleras—. De todas formas, es sorprendente que pudieses seguir mis pasos sólo con esos transmisores tuyos, me quito el sombre ante ti, señor detective —rió un poco hasta sentir a la chica removiéndose mientras la cargaba.
—¿Qué a...? —la joven no terminó la frase, ya que una punzada en su pierna le hizo soltar un quejido. Probablemente había sido provocado por la caída.
Kaito se detuvo.
—Conan Edogawa, nuestra cooperación termina aquí; hay algo que debo hacer.
Y una cortina de humo lo hizo desaparecer frente a los ojos del detective.
—Tsk —Shinichi lo maldijo por lo bajo— A ver... ¿Haibara? —preguntó tras marcar el número en su teléfono móvil—. Tienes que hacer que entre la policía, ya, ¡rápido! —dirigió la mirada hacia las escaleras—. Antes de que el hombre de la azotea se escape con el Hwak Eye. No, Kid no está aquí —suspiró un poco llevándose la mano al rostro—. Cuando vuelva cuéntame cualquier cosa que encontraras en los archivos del ordenador.
Colgó y se llevó la mano a la mejilla limpiándose la sangre con el dorso de esta. Después, soltó un pequeño suspiro. Eso había estado muy cerca, un poco más y podía haber ido diciéndole adiós a Conan Edogawa, a Shinichi Kudo y a cualquier cosa que tuviese que ver con su vida. Y es que él no había pensando en la posibilidad de un encuentro tan desagradable:
Desde que había encontrado el escondite de Kaitou Kid, había decidido seguir sus pasos, los micrófonos acabaron siendo encontrados casi en su totalidad por su rival aquella misma tarde, pero había logrado saber cuál sería el plan del robo y había decidido esconderse para esperarlo y encontrarlo por sorpresa. Además, Haibara había conseguido la contraseña del ordenador, para su desgracia los archivos que les interesaban tenían una clave más compleja y estaban protegidos por una especie de programa. Seguramente, estos habían sido creados por el ladrón original, y eso significaba que podía tener que ver con La Organización.
O eso era lo que Shinichi pensaba y quería descubrir.
No obstante, el encontrar a Kaito tirado en el suelo junto a lo que parecía ser un mar de sangre parecía haber salido de algún tipo de película de terror. Casi se alivió al notar que el adolescente respiraba y simplemente fingía estar muerto. Todo para que el hombre de negro bajase la guardia y en determinado momento pudiese salvar a la hija del inspector Nakamori. Eso le disipaba unas cuantas dudas sobre el tipo de relación que unía a Kid con Aoko, ¿quién lo hubiese pensado? Al ver aquella mueca desesperada cuando el mago le pidió ayuda para sacarla de allí se había visto más que claro que su comportamiento había sido por algo más fuerte que un simple secuestro para burlarse de la policía.
Aún así, el problema en ese momento era aquella joya robada.
No tardó mucho tiempo en ver entrar a los oficiales corriendo en busca del Hwak Eye, la mayoría ni tan siquiera se fijaron en su presencia. Aunque creía que era mejor irse sin más, se vio apresado por unos brazos y reconoció al instante la voz de Ran quién lo regañaba por estar allí mientras lo estrechaba contra su cuerpo antes de cubrirle la herida de la mejilla con una tirita.
Pero, ¿cómo...?
—...Y cuando Shinichi me llamó y me dijo que estabas aquí y que te habían herido, ¡estaba tan preocupada! ¿por qué hiciste algo tan peligroso? —seguía preguntando ella atropelladamente mientras el detective trataba de asimilar la información.
Algo allí no cuadraba. ¿Cómo que la había llamado? Eso era del todo imposible, ¡él era Shinichi Kudo! Tras la sorpresa inicial, no tardó en darse cuenta de lo que estaba pasando en realidad. Realmente ese escurridizo ladrón robador de identidades había pensado hasta en el más mínimo detalle... casi estaba seguro de que él sabía que aparecería allí esa noche.
—Es falsa.
Instantáneamente volteó hacia donde el dueño del Hwak Eye inspeccionaba la joya que le habían quitado al hombre que se encontraba siendo custodiado por la policía.
Falsa.
Kaitou Kid se la había vuelto a jugar.
"Realmente brillante", tuvo que admitir mientras tomado de la mano de Ran salía del lugar y observó un momento hacia el cielo, como si pudiese ver la figura blanca del mago que se encontraba ya bastante alejado de allí.
Ese ladrón de guante blanco que sonreía mientras se ocupaba de la seguridad de la chica a la que había besado tres veces, y la gema que quemaba como fuego dentro de su bolsillo por la incertidumbre de no saber si era o no aquello que podía abrir una vez más la caja de Pandora junto a la inmortalidad.
