LOS NOVENTA DÍAS DE ISABELLA
Isabella Swan estaba dispuesta a hacer todo lo que Edward Mansen le pidiera para obtener la firma de su empresa, aunque eso incluya la venta de su propio cuerpo.
Discraimer: Ni los personajes de crepúsculo, ni la historia me perteneces. Es una ADAPTACIÓN, que quede muy claro. Esto se lo debo a Lucinda Carrington.
— ¿Puedo invitarte a tomar algo?
Le encantaría beber algo con él, pero tenía el presentimiento de que Edward invitaría a Victoria Chalfont a que se uniera a ellos.
— ¿Es una orden? —preguntó en voz baja.
— No. Solo una petición civilizada. Te daré órdenes la semana que viene.
— Tengo que irme a casa. Necesito terminar un trabajo.
— ¿Quehaceres domésticos? ¿No pueden esperar?
— Negocios — mintió.
La expresión de Edward cambió.
— Es lo único que te importa, ¿verdad?
— Es la base de nuestra relación — repuso ella.
Él esbozó una sonrisa de medio lado.
—Si usted lo dice, señorita Swan... Nos veremos el sábado que viene.
Capítulo X
A pesar de su apariencia tranquila, Isabella se pasó el resto del sábado preguntándose si Edward habría invitado a Victoria Chalfont a tomar algo y luego la habría llevado a casa, o si la habría invitado a cenar en un restaurante y la habría llevado de paquete en su moto. Lo cierto era que no lograba imaginarse a la superfría sensei montada en una moto y vestida con una minifalda y sin bragas tan solo para complacer a un hombre.
Pero entonces tuvo que admitir que jamás hubiera pensado que ella misma hubiera estado de acuerdo en adoptar ese papel. En realidad no lo hacía por complacer a Edward, se dijo a sí misma; erapor el trato. Y si tenía la suerte de disfrutar, pues mejor para ella. Y allí estaba, tratando de pensar cómocomplacerlo una vez más. ¿Qué podía ponerse para asistir a una feria de antigüedades cuyo maestro deceremonias era un millonario árabe? Eso suponiendo que realmente fueran a asistir a tal evento.
Decidió que, dado que se suponía que a los árabes les gustaban las mujeres tímidas y femeninas — por lo menos en público—, se vestiría de la manera más convencional posible. Se recogió el pelo en unmoño no demasiado severo, pero sí formal. Eligió un traje de chaqueta gris pálido, muy femenino, que noresaltaba demasiado su figura, con la falda justo por encima de la rodilla. Combinado con una sencillablusa de seda, daba una atractiva impresión de casta feminidad. Dado que el árabe no vería su ropa interior —y Edward por el contrario sí— se puso un corsé con liguero de encaje blanco y sujetador desmontable, culotte a juego y unas medias transparentes que daban a sus piernas un discreto matiz sedoso. Había elegido ya un par de zapatos de salón absolutamente convencionales, pero vaciló cuando empezó a ponérselos. Sentía que necesitaba un toque más atrevido.
Tras meditarlo un momento los descartó y eligió otros con el tacón mucho más alto, que resultaban muy sexys con aquellos estiletes de aguja. Eran el resultado de una compra impulsiva y solo los había usado en contadas ocasiones; no porque no le gustasen, sino porque rara vez le parecían adecuados para los pocos acontecimientos sociales a los que asistía. Ahora, al combinarlos con aquel traje tan respetable y aquella provocativa ropa interior de encaje, se sentía perfectamente vestida para asistir a un evento organizado por un tradicional millonario árabe, educado en Eton, que poseía un gusto exquisito, y también para cualquier actividad posterior —esperaba que mucho menos tradicional— con, el vete a saber dónde había sido educado, Edward Masen.
Él llegó temprano, tocó el claxon y esperó junto a la acera. Vestía un traje oscuro hecho a medida y una corbata de seda. Notó que le lanzaba una rápida inspección visual y le brindó una gélida sonrisa mientras le abría la puerta del copiloto.
—¿Me das un aprobado o prefieres que suba a cambiarme?
—Estás impecable —aseguró él—. Como siempre —añadió, sorprendiéndola.
—¿No crees que mis zapatos sorprenderán a tu amigo árabe?
Él se rió.
—A Zaid ya no le sorprende nada. Le encantarán.
Se acomodó en el asiento del copiloto y se puso el cinturón de seguridad. Edward se sentó al lado y arrancó el coche con suavidad.
—¿Pongo música? —Ella asintió con la cabeza. Él apretó un botón y apareció un pequeño cajón lleno de CD—. Elige uno.
Eligió un recopilatorio de bandas sonoras de películas y los acordes de la Hugo Montenegro Orchestra inundaron el vehículo. Edward le permitió disfrutar de la música, haciendo ocasionales comentarios sobre algunas de las canciones y las películas en las que sonaban. Pronto dejaron atrás el extrarradio y se dirigieron a la M25 donde el Mercedes enfiló la vía rápida, que recorrieron hasta que Edward realizó un cambio de sentido para tomar la salida 8, rumbo al sur. Después ella perdió la orientación. Edward conducía con confianza. Las carreteras principales se convirtieron en secundarias y estas en caminos vecinales. Atravesaron pequeños pueblos hasta que el Mercedes viró bruscamente y frenó ante un portalón enorme.
El edificio resultó toda una sorpresa. Parecía como si varios arquitectos victorianos hubieran creado un comité para discutir el diseño y jamás hubieran llegado a un acuerdo unánime. Las paredes y los balcones estaban cubiertos de hiedra; las macizas puertas de entrada parecían más adecuadas para un castillo y se accedía a ellas por una impresionante escalinata de piedra; en una esquina había una esbelta torre que desequilibraba la imagen de la mansión.
—¿Aquí vive un millonario? —se sorprendió—. Si yo tuviera todo el dinero del mundo no lo gastaría precisamente en esto.
—Zaid no es el dueño, solo lo ha alquilado —explicó Edward—. Creo que demuestra su sentido del humor, es más que adecuado para una feria de antigüedades. Espera a ver el interior.
Había más vehículos aparcados cerca de la escalinata de entrada, todos de superlujo. Contó tres Rolls Royce, uno de ellos un destellante modelo Silver Cloud con un chófer uniformado sentado en el asiento del conductor leyendo una revista.
Un caballero enorme, que no parecía muy cómodo de uniforme, los detuvo en la puerta. Edwrad le mostró una pequeña tarjeta. El guarda de seguridad los miró brevemente antes de presionar un botón y aguardar. Tras un momento, las puertas se abrieron y entraron; primero el cobrizo y detrás ella.
El vestíbulo estaba revestido con paneles de roble y en las paredes colgaban un buen surtido de trofeos de caza. Ciervos muertos y zorros amenazadores clavaron en ella los ojos. Había una chimenea de piedra y una escalera central que conducía a una galería y se desdoblaba a derecha e izquierda tras el primer tramo de escalones. Varias personas hablaban en corrillos. Un camarero se movía de un lado a otro con una bandeja llena de copas.
—Edward, estoy encantado de que hayas podido venir. Pensaba que al final te echarías atrás aduciendo mucho trabajo.
El hombre que se adelantó era algo más alto que Masen y unos años mayor, pero igual de atractivo y elegante. Llevaba el pelo, negro como el azabache, cortado a la moda y una barba pulcramente recortada que, combinada con la piel bronceada, conseguía que su mirada resultara un poco satánica. Vestía con desenfado una chaqueta con un inmaculado corte a medida, lo mismo que los pantalones, y una corbata de seda con el nudo flojo sobre el cuello abierto de la camisa.
Clavó los ojos en ella. Eran oscuros, mucho más oscuros que los de Edward, y en su mirada había cierta diversión y un evidente aprecio. Él le tendió la mano.
—Soy Anwar Zaid ben Mahmoud ben Hazrain, pero por favor, llámame simplemente Zaid. Tú debes ser la señorita Isabella Swan. —Ella le estrechó la mano; era cálida y firme. Él sonrió y, de nuevo, le recordó al cobrizo—. Edward me ha hablado mucho de ti —añadió Zaid.
Ella lo miró de reojo. Él alzó una ceja y se encogió de hombros, pero tenía el sesgo de una sonrisa en los labios que le hizo sospechar al instante. ¿Por qué había tenido que contarle a aquel hombre, innegablemente atractivo, cualquier cosa sobre ella? Se suponía que sería solo una acompañante que admiraría sus antigüedades.
—Edward te enseñará todo el lugar —dijo Zaid—. Espero que nos veamos después. —Se volvió hacia él—. Y me refiero a que puedes enseñarle todo, Edward, ¿has entendido?
—Estás diciendo que sí... —Edward sonrió—. Lo suponía.
Zaid se rió.
—Me conoces demasiado bien. Mejor que mi propio hermano y, sin duda, mejor que mi mujer. —Le brindó a ella otra encantadora sonrisa y se concentró en otro invitado.
Edward la tomó del brazo.
—¿Qué te gustaría ver primero? ¿La sala china? ¿Cristalerías? ¿Cuadros? ¿Juguetes?
—Es evidente que voy a verlo todo —repuso ella con mordacidad—, signifique lo que signifique ese todo.
—Ya sabrás lo que significa —replicó—. Después.
—¿Dónde está la mujer de Zaid?
—Donde deberían estar todas las buenas esposas... —Sonrió ampliamente—. En casa.
—Así que tu amigo tiene educación occidental e ideas medievales.
—Es probable que Zaid opine que nuestra idea de casarse por amor es medieval. Él ve el matrimonio como un compromiso para el futuro. Sus hijos se encargarán de la fortuna familiar y su esposa se asegura de que se educan de la manera correcta para ocupar su lugar en el mundo. A cambio, ella disfruta de un lujoso estilo de vida. Es respetada, tiene hijos y sabe que su marido jamás haría nada que deshonrara el apellido familiar; significa demasiado para él. Un arreglo que satisface a ambos.
Ella recordó el obvio aprecio que había leído en los ojos de Zaid cuando la vio por primera vez.
—Sí, y estoy segura de que le es completamente fiel —dijo con mordacidad.
—Zaid no es célibe cuando está en el extranjero —explicó Edward—. Su esposa no lo espera; le permite que eche una cana al aire, después de todo es un hombre. —La miró fijamente—. Y uno muy atractivo, ¿no opinas igual?
—Sí —convino ella con voz neutra—. Es agradable.
Se parecía mucho a él. Pero no se lo diría. «Antes muerta que decírtelo», pensó.
Recordó el breve apretón de la mano del árabe. Sabía que él también la había encontrado atractiva. ¿Qué planearía Edward? ¿Pensaría... ofrecer sus servicios a su amigo? Y si lo hiciera, ¿estaría ella de acuerdo?
—No te compadezcas de la esposa de Zaid —dijo él—. La suya fue una boda concertada, pero los dos se mostraron de acuerdo y dudo mucho que los presionaran. Podrías considerarlo un trato de negocios. —Sonrió, recordándole de nuevo la sonrisa de Zaid—. Entenderás perfectamente la cuestión.
Estaba segura de que Zaid también lo entendía; esa situación le otorgaba una cierta respetabilidad y seriedad ante el mundo.
Siguió a Edward por las anchas escaleras. Una sonriente pareja pasó junto a ellos. La mujer iba cargada de joyas que supo que eran auténticas. También sabía que planeaba algo e intuía que su amigo árabe tenía algo que ver en todo aquello. Pero ¿qué sería? ¿Y qué había querido decir Zaid cuando insistió en que Edward le enseñara todo?
Pronto entendió por qué le había dicho el cobrizo que la casa era el escenario perfecto para hacer justicia a las antigüedades. Cada estancia estaba decorada en un estilo diferente y las obras que se exhibían habían sido elegidas para complementar a la decoración. En cada habitación había compradores elegantemente vestidos discutiendo términos comerciales o cumplimentando cheques.
La habitación infantil victoriana alojaba una extensa colección de juguetes. En la sala de ambientación china se podía ver un gran despliegue de sedas, abanicos y biombos. En el cuarto dedicado a la Regencia había muebles. Cuando entraron en la sala dedicada a los años veinte se encontró con una inusual colección de instrumentos y cajas de música. Al abrir la tapa de una hermosa caja de madera brillante resonó Danny Boy.
—Es preciosa —comentó. Buscó sin éxito la etiqueta con el precio; solo había un número junto a la caja—. Creo que la compraré. ¿Cuánto cuesta?
—Ve y pregunta —aconsejó Edward—. El caballero sentado en esa mesa te facilitará todos los detalles.
—¿Esta caja de música? —El discreto marchante miró el número—. Lo siento, señora, creo que ya ha sido vendida. —Lo verificó en un portátil—. Sí, en efecto. Mil disculpas. Debería haber retirado el número.
Ella se sintió realmente molesta. Estaba a punto de ponerse a discutir cuando la sorprendió escuchar una voz ronca que le resultó familiar.
—Edward, cielo, no sabía que estuvieras interesado en la música.
Se volvió a tiempo de ver a Victoria Chalfont besando, extasiada, la mejilla de Edward, apartándole de paso un mechón de pelo cobrizo de su frente. Iba embutida en un ceñido vestido negro con su usual despliegue de joyas, por lo que parecía una vez más una supermodelo posando en una pasarela. Su boca, roja y sensual, esbozó una hipócrita sonrisa al verla.
—Querido, estás acompañado... No me había dado cuenta.
—La señorita Isabella Swan —presentó Edward.
La sonrisa de Victoria Chalfont se congeló.
—Oh, sí. Es usted la representante de Barringtons, ¿verdad?
—Gerente de cuentas —repuso ella en el mismo tono helado.
—¿En Barringtons todavía se llama así? Qué arcaico y curioso. —Victoria Chalfont mantuvo la sonrisa en aquellos labios rojos y brillantes—. También le gustan las antigüedades, ¿verdad? —Clavó los ojos en la caja de música que ella todavía sostenía entre las manos—. Ah, colecciona cajas de música. ¡Qué dulce!
El tono prepotente de Chalfont y la certeza de que Edward era consciente de todo, la hicieron caer en la trampa que ella le tendía.
—¿Qué colecciona usted, señorita Chalfont? —Se sintió tentada a añadir «además de hombres, claro».
—Espadas japonesas —repuso Victoria—. Vengo a ver algunas. —Miró a Edward—. ¿Vamos juntos?
—Buena idea —aceptó él. A ella le dieron ganas de abofetearlo, pero se limitó a lanzarle una mirada airada cuando pasó junto a ella camino de la puerta, desde donde la invitó con su sonrisa más encantadora—. Victoria es experta en armas orientales. Y también una sensei kendo de alto rango.
—Ya lo sé —replicó con ironía—. Estaba el otro día en el centro deportivo, ¿recuerdas?
—Oh, es cierto —dijo él sin dejar de sonreír—. Tú hiciste una exhibición de squash.
—¿Squash? —repitió Chalfont—. Intenté jugar cuando estaba en la universidad, pero no llegó a convencerme; no tiene profundidad. Las artes marciales requieren una gran disciplina mental y física. Las encuentro mucho más estimulantes.
Hirviendo por dentro, los siguió al cuarto donde se exhibían piezas japonesas. Contenía una amplia muestra de armas, armaduras, piezas de cerámica y pinturas. Genevieve se detuvo a admirar los netsuke, pequeñas miniaturas japonesas talladas en marfil, y tomó uno con forma de gato con los ojos cerrados.
—Preciosos, ¿a que sí? —La voz de la peliroja resonó ronca en su oído—. Tengo mi propia colección. Los japoneses convierten incluso las cosas más simples en obras de arte.
—¿Y las espadas? —intervino Edward—. Una vez dijiste que, para ti, las espadas eran el súmmum del arte japonés.
Victoria se rió con deleite.
—Cielo, recuerdas esa conferencia. Pensaba que te habías aburrido como un hongo.
—No olvido nada —repuso él con voz suave.
Isabella pensó que estaba muy claro el significado de ese «no olvido nada». Esos dos ya habían mantenido un tétè à tétè y ahora estaban coqueteando de la manera más desvergonzada. Victoria estaba encantada con Edward, se veía claramente que pensaba que era un hombre maravilloso... «Que es más de lo que yo pienso en este momento», se dijo.
—Ven y mira estas. —Victoria se acercó a unas espadas y comenzó a ilustrar al cobrizo sobre sus méritos. Él se inclinó sobre ella al tiempo que asentía con la cabeza; parecía fascinado por su monólogo.
Isabella se concentró en el netsuke antes de ponerlo en su lugar. Examinó las cajitas que los samuráis colgaban de sus anchos pantalones y cerraban con un cordel a cuyos extremos se hallaban las diminutas borlas que eran los netsuke.
—Puedo enseñarte algo mucho más interesante que eso. —Dio un brinco al escuchar la voz de Edward. Lo miró; estaba más cerca de lo que esperaba. Por encima del hombro vio a Chalfont discutiendo animadamente con el vendedor.
—¿A las dos? —preguntó con voz gélida.
—Solo a ti —repuso él.
—No puedes dejar tirada a tu amiga —le dijo con frialdad—. No es de buena educación.
—Edward seguirá aquí dentro de unas horas —aseguró él.
—Y regresará a casa con una espada nueva. ¡Qué dulce!
Él se rió entre dientes.
—No lo hará, a menos que Zaid se la compre. No puede permitirse ninguna de estas.
¿Estaba insinuando que Victoria y Zaid eran amantes?
—¿Quieres decir que Victoria es una de las canas al aire de Zaid...?
—Zaid es uno de los alumnos de Victoria —la corrigió él—. Está aprendiendo kendo. Según parece, se le da muy bien.
La tomó del brazo y la guió fuera de la estancia hacia unas estrechas escaleras que los llevaron al piso superior. En el pasillo había dos guardias de seguridad intentando, sin éxito, pasar inadvertidos. Se acercaron a ellos cuando los vieron. Edward les mostró una pequeña tarjeta que uno de los hombres escaneó con un dispositivo electrónico que llevaba en el cinturón.
—Adelante, señor —indicó el guardia con educación, al tiempo que le devolvía la tarjeta.
—¡Qué agradable es tener contactos cuando se necesitan! —murmuró ella mientras recorrían el pasillo y subían otro pequeño tramo de escaleras—. ¿Qué vamos a ver aquí que precisa de guardias adicionales?
—Esos guardias están para proteger nuestra privacidad no por las antigüedades —explicó—, aunque muchas de ellas son valiosas, al menos para los coleccionistas especializados.
Empujó una puerta y entraron en un dormitorio victoriano tenuemente iluminado. Las lámparas arrojaban sombras rojizas. En el lavabo, sobre la cómoda y sobre algunas mesitas había variados artículos desplegados. La cama estaba abierta y había un camisón bordado encima. Ella se acercó a inspeccionarlo mientras él la observaba.
—Cógelo —la animó—. Puedes tocar la mercancía.
Ella lo hizo y sostuvo la prenda contra su cuerpo.
—Dale la vuelta —le ordenó él.
Había un corte circular en la espalda de la prenda que, probablemente, dejaría el culo al aire.
—Está roto —señaló ella.
Para su sorpresa, Edward comenzó a reírse.
—Fíjate bien.
Lo hizo y se dio cuenta de que el agujero estaba ribeteado. El cobrizo se acercó a ella.
—Es un regalo de un marido victoriano para su nueva esposa —aleccionó con suavidad—, para asegurarse de que ella comprendía en qué posición la quería poseer.
Ella miró el camisón con mucho menos entusiasmo que antes y lo volvió a dejar sobre la cama.
—No estoy segura de que me guste la idea. ¿Acaso esa mujer no tenía ninguna elección?
Edward se encogió de hombros.
—¿Quién sabe? Es posible que ella estuviera de acuerdo, pero por lo que he leído sobre los matrimonios victorianos, lo más seguro es que se viera obligada a hacer lo que le ordenaban. —Se acercó a un rincón donde había una serie de bastones en un cubo alto. Sacó uno y cortó el aire con él un par de veces—. Quizá el marido tuviera una idea diferente. En especial si pensaba que su esposa se había comportado mal durante el día. —Se golpeó la pierna con el palo—. También son auténticos. — Pasó un dedo por la caña—. A los coleccionistas les da mucho morbo especular sobre cómo los usaban sus dueños.
—¿Esto es lo que le gusta a Zaid? —preguntó ella—. Las antigüedades pornográficas.
—Es una colección especializada —la corrigió él—, para compradores expertos.
—No parece haber demasiados compradores —comentó ella.
—Esta es una visita privada —explicó él.
La guió a la siguiente habitación. Le sorprendió ver que estaba amueblada como un aula. Había pupitres, una pizarra en un atril y algo que parecía un pequeño potro con la parte superior acolchada.
Se fijó en uno de los pupitres. Su superficie estaba manchada de tinta y tenía nombres grabados; lo abrió y observó que dentro había libros. Tomó uno y miró el título La historia de Elizabeth, leyó. Echó una breve mirada al texto y a las imágenes; narraba una historia, la de Elizabeth, y se componía de un montón de situaciones en las que la protagonista acababa inclinada sobre cualquier mueble disponible y recibía un castigo por su desobediencia. Maestros y maestras, e incluso otros alumnos, administraban la zurra. Devolvió el libro a su lugar y cerró el pupitre. Se acercó al potro acolchado. Al acercarse notó que había anclajes para tobillos y muñecas a ambos lados.
—Es auténtico —aseguró él—. Muchos victorianos estaban convencidos de que el castigo era bueno para el alma y cuanto antes se empezara mejor.
—Muchas personas deben pensar todavía así, si compran esta clase de objetos.
—Estoy convencido de que las personas que los compran los usan solo con adultos que están de acuerdo en sufrir la experiencia. Hay gente a la que saber que es un artículo auténtico le proporciona emociones intensas.
Ella se acercó a una mesa donde se exhibía un álbum lleno de postales. Pasó las páginas. Eran bellezas victorianas, rechonchas para los estándares modernos, con sonrisas fingidas posando en una variada colección de acrobáticas poses sexuales. Los hombres, con bigotes rizados en las puntas y a menudo con zapatos y calcetines, parecían serios y poco excitados. Las fotos en sepia parecían haber sido diseñadas por alguien que quería asegurarse de que todo el mundo exhibiera sus órganos genitales y poseían una calidad estática, casi clínica. Las encontró aburridas en vez de estimulantes. Así lo comentó.
Edward miró por encima de su hombro.
—Estoy de acuerdo. Me recuerdan viejas estampas del Windmill Theatre, no son excitantes. Esas mujeres no están interesadas en esos hombres, solo cumplen con su obligación; se quitan la ropa, esbozan una sonrisa y cobran al final de la semana. —Ahora él estaba tan cerca de ella que notaba el calor de su cuerpo—. Si una mujer no disfruta —añadió él con suavidad—, yo tampoco.
—¿Cómo puedes estar seguro de que tu pareja disfruta? —preguntó—. Hay mujeres que saben fingir muy bien.
—¿Como tú? —preguntó él.
—En efecto.
—¿Me has engañado hasta ahora? —se burló con una sonrisa, dirigiéndose hacia la puerta—. Vamos; si estas no te gustan, quizá te guste la otra colección.
La siguiente estancia estaba llena de cuadros. Pinturas, dibujos, grabados con y sin marco. Los que colgaban de las paredes tenían pesadas molduras doradas y eran, en su mayor parte, escenas clásicas con cierta depravación: sátiros con pezuñas, dioses borrachos intentando dar caza a ninfas regordetas... Podrían haber sido atrevidas en la era victoriana, pero en la época actual nadie arquearía siquiera una ceja. Algunas eran algo más explícitas y mostraban penes erectos y parejas acoplándose, pero Isabella no encontró excitante ninguna de ellas.
Se preguntó por qué y tuvo que admitir que el comentario de Edward, sobre los participantes que no disfrutaban, también era válido para ella. Recordó los dibujos de James Witherdale. Había palpable placer sexual en los rostros que había plasmado. La mayoría de aquellas pinturas victorianas mostraban a personas con miradas inexpresivas. Los artistas se habían centrado en mostrar posiciones pícaras en vez de placer físico.
La imagen que más le gustó fue una que reflejaba a Leda y el cisne, en la que una desmayada Leda entrelazaba los brazos en torno al cuello del ave. La pintura era erótica por lo que insinuaba y no por lo que mostraba. La joven parecía feliz y exhausta después de una enérgica sesión sexual. El cisne tenía un aspecto enigmático. Sin embargo, pensó que la premisa era ridícula; no existía cisne capaz de complacer a una mujer, aunque la propia ambigüedad lo hacía resultar interesante.
—Muy clásico —comentó Edward
Ella estudió el precio, marcado en la parte de atrás.
—Y ridículamente caro. ¿La gente paga realmente estos precios tan absurdos por esta clase de cosas?
—Claro que lo hacen. Es original.
—¿Tú lo harías?
—No —repuso él—. Yo no colecciono arte victoriano. —Hizo una pausa—. Ni estampas eróticas.
Isabella se preguntó si sería una referencia a los dibujos de James Witherdale.
—Pero ¿las aceptarías como regalo?
Él se encogió de hombros y se volvió hacia la puerta. Ella lo siguió.
—Quizá. Depende de por qué me las regalen o de lo que esperen a cambio. —Deslizó la mirada por ella y sonrió—. ¿Piensas comprarme un regalo?
—No. No necesito ofrecerte cuadros, me entrego yo misma.
—Tienes razón. Gracias por recordármelo —añadió con frialdad.
Una vez que estuvieron de regreso en el pasillo, Edward señaló otra puerta.
—Ahí.
Era una suite enorme con un mueble en el centro. Primero pensó que se trataba de un sofá acolchado de cuero verde, pero luego se dio cuenta de que tenía palancas y anclajes almohadillados a ambos lados, aunque no logró imaginar su propósito. Unas gruesas cortinas cubrían las ventanas. También había un enorme sillón victoriano cerca del sofá.
—Dame tu chaqueta —ordenó Edward.
Ella se la quitó lentamente.
—Y la blusa.
Se la desabrochó todavía con más lentitud hasta que por fin se la deslizó por los hombros. Él no apartó sus oscuras pupilas de ella en ningún momento.
—La falda... —continuó con voz monocorde.
Isabella se quitó la prenda y se quedó con la ropa interior blanca de encaje, el culotte, el liguero, las pálidas medias de seda y los tacones de aguja.
Edward la examinó muy despacio y ella volvió a sentir que una oleada de emociones encontradas atravesaba su cuerpo. Los pezones se tensaron bajo la fina seda, erizados. Ningún otro hombre había sido capaz de excitarla con solo una mirada. El hecho de que ese pudiera hacerlo le gustaba e irritaba a la vez; le daba un poder sobre ella que no quería que tuviera. Por fortuna, pensó, él no lo sabía. Pero el atisbo de diversión que brillaba en sus ojos mientras la observaba la llevó a preguntarse si no lo habría juzgado mal. Edward se acercó, deteniéndose frente a ella y clavando sus ojos, ilegibles y oscuros, en los de ella. Estiró el brazo para quitarle las horquillas del pelo y se lo esparció sobre los hombros antes de entrelazar los dedos entre los mechones y despeinarlos. El leve roce de las yemas en su cuero cabelludo hizo que Isabella se estremeciera de placer.
Él estaba tan cerca que pensó que la besaría en la boca, pero solo le rozó la oreja con los labios mientras deslizaba los dedos por el borde del sujetador hasta llevarlos al punto en que la pieza de lencería se unía al corsé; entonces tiró con fuerza. El sostén se abrió y él cerró las manos sobre sus pechos, comenzando a masajearlos suavemente sin apartar los labios de su oreja. Ella se balanceó y gimió. Arqueó las caderas hacia él cuando notó que su clítoris comenzaba a palpitar.
Tenía el presentimiento de que la alzaría en brazos y la llevaría al sofá de cuero, pero, de repente, Edward dio un paso atrás y dejó de acariciarla. El gemido se convirtió en un suspiro de frustración que logró disimular con una tosecilla; un subterfugio con el que no creía haberle engañado ni por un momento.
—Apriétatelo —ordenó él. Por un segundo, no comprendió a qué se refería—. El corsé —explicó—, apriétatelo. Puedes conseguir reducir la cintura en unos centímetros.
—No es un corsé de bondage.
—Pero puede apretarse más —adujo él—. Así que hazlo.
Ella luchó contra los cordones mientras él observaba. Al apretarlo conseguía que los duros alambres de la parte superior le empujaran los pechos, exhibiéndolos en una provocativa plenitud.
Él esbozó una lenta sonrisa.
—Mucho mejor. ¿No te sientes mejor?
—Estoy más incómoda —explicó ella.
Él se acercó otra vez y le acarició los pezones.
—Mientes —dijo con suavidad—. Te gusta, admítelo. Te sientes más sexy, mejor. —Movió la punta de los dedos de un lado a otro con suavidad—. Quiero oírtelo decir —murmuró—, venga... dilo... megus-ta. Ella cerró los ojos y se rindió a las sensaciones.
—Me gusta —repitió, obediente.
Él apartó las manos.
—Te gusta ser observada, ¿verdad?
El brusco cambio de tono la sorprendió.
—¿Observada?
—Disfrutaste con ello cuando fuiste una putilla en la moto. Disfrutaste con la idea de que los hombres se excitaran observándote.
—No tenía más opción... —comenzó a decir.
—Quiero que dejes de hacer eso —dijo él—. Deja de disculparte. ¿Te gustó o no?
—Bueno... sí —admitió.
—Pero no podían verte la cara —alegó él—. ¿Te resultó más fácil gracias a eso?
—Tal vez. —Pensó sobre ello—. Me sentiría avergonzada si pensara que me podían reconocer. No creo que pudiera soportarlo... —Se interrumpió—. Está bien, es más que eso. Me quedaría petrificada si pensara que alguien me reconocería. Me prometiste que no ocurriría —le recordó con rapidez—, tengo que pensar en mi carrera.
—¿Por qué siempre todo se reduce a tu puta carrera? —estalló él—. Si supieras que quien te viera sería discreto, ¿te importaría que te mirara?
Ella se apartó el pelo de la cara y clavó los ojos en Edward.
—¿Por qué me lo preguntas?
—Sabes por qué lo hago —contraatacó—. Y creo que sabes quién quiero que te mire.
Ella asintió con la cabeza.
Quería hacer el amor con ella delante de Zaid... ¿O quizá lo que quería era que Zaid se uniera a ellos?
—Me interesa saber por qué quieres conocer mi respuesta a esa pregunta —dijo ella—. Pensaba que tú dabas las órdenes y yo las obedecía.
—Zaid quiere que tú estés de acuerdo —explicó él—. No quiere una mujer reticente, tienes que estar conforme con lo que dispongamos. Y en lo referente a la discreción, quizá la reputación de Zaid saliera más perjudicada que la tuya si lo contaras.
—No voy a hacerlo, es evidente. Pero ¿por qué yo? Sin duda alguna Zaid tiene dinero para comprar a las mejores profesionales. Mujeres con mucha más experiencia.
Edward sonrió.
—Claro que puede, pero no es lo que quiere.
—Entonces, ¿qué quiere?
—¿Por qué no dejas que te lo diga él?
Asintió con la cabeza.
—De acuerdo. —Tenía que admitir que estaba intrigada y que la idea de que Zaid quisiera su aprobación le ofrecía la sensación de tener el mando. Era casi como si esos hombres le pidieran permiso para hacer el amor con ella—. Escucho.
Zaid entró en la estancia casi al instante. Llevaba una pequeña caja de cuero negro. Ella sospechó que había estado esperando junto a la puerta y que probablemente habría escuchado toda la conversación con Edward. Sus primeras palabras lo confirmaron.
—Es cierto que puedo comprar las putas más hermosas del mundo —dijo—. Puedo pagarle a una mujer para que haga lo que yo quiera. —Deslizó la mirada por su cuerpo y ella volvió a pensar en lo mucho que le recordaba a Edward—. Pero ¿te haces una idea de lo aburrido que es eso? —Se dio la vuelta, se acercó al sillón y se sentó, poniendo la caja en el suelo, a su lado—. Esas mujeres pueden estar actuando como si interpretaran un papel, pero mientras las observo sé que su placer es falso. Están pensando en el dinero que les pago, o en su siguiente cliente, o en sus parejas. Si hago el amor con ellas sé que sus gemidos y gritos son de mentira; incluso que fingirán los orgasmos. Y hacer el amor tampoco me atrae tanto; me gusta observar. Me gusta ver cómo las mujeres hermosas llegan lentamente a ese punto en el que pierden el control. Pero quiero que sea real; las profesionales me aburren. Y tú no eres una profesional. —Aquellos ojos negros recorrieron poco a poco su cuerpo semidesnudo—. Quiero observarte. Quiero ver cómo hace Edward el amor contigo.
—¿Cómo sabes que yo no voy a fingir? —preguntó.
—Confío en Edward —aseguró Zaid con una rápida sonrisa.
Edward estaba ahora detrás de ella. Notó sus manos en la cintura.
—Bueno, por supuesto; Edward es un experto —comentó ella con sarcasmo.
Zaid se rió entre dientes.
—Eso creo. —Se recostó en el sillón, recordándole la manera en que Edward se había sentado y observado durante su primera sesión—. Está muy segura de sí misma, Edward. Haz que pierda el control, pero tómate tu tiempo.
El cobrizo la empujó hacia delante hasta que estuvo al lado del sillón de Zaid. La presión de sus manos la hizo darse la vuelta para quedar de espaldas al árabe.
—¿No te dije que te traería a una mujer con un culo de infarto? ¿Tenía razón o no?
—Todavía tiene demasiada ropa encima para saberlo, Edward.
El cobrizo se rió. Ella notó que deslizaba la mano bajo el culotte de encaje y que lo bajaba, siguiéndolo con la boca, hasta los tobillos, rozándole los muslos con los labios mientras lo hacia. Ella dio un paso para salir de la prenda y él se puso en pie lentamente al tiempo que le acariciaba las piernas hasta las nalgas.
—Date la vuelta —ordenó Zaid.
Edward la obligó a volverse poco a poco, separando a la vez los pliegues de su sexo. Ella observó que Zaid deslizaba los ojos por su cara y sus pechos hasta llegar al clítoris, ahora excitado.
—Qué hermosa —dijo—. ¿Por qué no se depilarán todas las mujeres? Eres muy hermosa.
Sintió que las manos de Edward se desplazaban a la parte superior del corsé para capturar los pechos entre sus dedos. Comenzó a frotarle los pezones suavemente con las yemas, rozándolos con los pulgares. Ella se apoyó contra él con las piernas separadas, disfrutando de las sensaciones que le proporcionaba.
—¿Quieres que la desnude? —preguntó Edward.
—Sí. —Se quedó pensativo un rato—. Déjale los zapatos y bájale las medias hasta las rodillas. —el cobrizo tiró de los cordones del corsé, pero Zaid añadió de repente—. No, espera. Deja que lo haga ella, Edward. Tú sigue estimulándola. Tiene unos pezones preciosos, quiero que continúen erguidos y duros.
Ella logró desatarse el corsé, pero le llevó algún tiempo; las caricias de Edward la distraían. Quitarse el liguero fue más fácil. Cuando se inclinó hacia delante para hacer rodar las medias, él acompañó el movimiento, con los dedos todavía ocupados.
—Ahora —ordenó Zaid con voz suave—, tiéndela en el sofá. Antes de que ella supiera lo que ocurría, su amante la había alzado en brazos y la había tumbado en el sofá. Notó el cuero frío contra su piel. —átale las muñecas —continuó instruyendo Zaid—. Y los tobillos. —Se inclinó hacia la caja—. He traído algunos pañuelos, seda nada menos. Solo lo mejor para una mujer hermosa.
Edward las recogió.
—¿Boca arriba o boca abajo?
—Sobre la espalda —pidió Zaid—. Por ahora.
Ella cerró los ojos, adormecida por el placer. Dejó que Edward le alzara los brazos por encima de la cabeza para atarle las muñecas a los anclajes acolchados del sofá. Le rodeó los tobillos con los pañuelos y ella se retorció envuelta en el placer. Notó que le separaba las piernas y abrió los ojos, sorprendida.
—¿Te gusta este sofá, Isabella? —preguntó Zaid con suavidad—. Es una antigüedad genuina. Procede de la casa de un renombrado lord que vivió en la época victoriana. Lo mandó construir con palancas que podemos mover para que quien esté atado a él adopte la posición que queramos. Edward, demuéstraselo, por favor.
El cobrizo accionó una de las palancas y ella sintió que sus piernas se levantaban hasta que formaron una V en el aire. Otro toque y se vio obligada a doblar las rodillas cuando sintió el tirón de los soportes de cuero. Luego el sofá se reclinó hacia atrás y su espalda con él. A continuación la obligó a sentarse, de manera que se balanceó sobre el trasero con las piernas en alto.
—Pareces un poco incómoda, Isabella —dijo Zaid—. Los victorianos tenían extrañas ideas. Es evidente que el dueño del sofá encontraba satisfacción en doblegar a mujeres indefensas en extrañas posiciones, pero creo que es mucho mejor que una dama esté cómoda cuando abre las piernas. Edward, acomoda lo mejor posible a Isabella. Pero en esta ocasión boca abajo.
Edward adaptó el sofá y le soltó las muñecas y los tobillos para darle la vuelta.
—Solo un leve ajuste, Edward —le indicó Zaid—, haz que alce un poco el culo.
Una vez que la puso en la posición correcta, Zaid acercó el sillón hasta colocarlo junto a su cabeza.
—Muy bien, Edward —animó con suavidad—. Obtén una reacción genuina. Quiero escuchar cómo gime de placer esta mujer. Déjame escuchar cómo suplica que la dejes alcanzar el orgasmo.
Edward la miró y sonrió.
—No tardará en hacerlo.
—Quizá tenga más autocontrol del que tú piensas.
—No posee ni un gramo de autocontrol —aseguró el cobrizo. Le deslizó los dedos por los hombros y bajó por la suave piel del interior de los brazos. Ella se estremeció—. No es algo que me preocupe.
Zaid la miró.
—¿Qué piensas de tal alarde, Isabella?
Ella pensó que era mucho más certero de lo que quería admitir.
—Edward tiene una gran opinión de sus habilidades —dijo, esperando que su voz sonara tranquila.
El árabe se rió.
—Vamos a concederle una ventaja. O quizá sea una desventaja. —Se inclinó hacia la caja, la abrió y le lanzó algo a su amante—. Usa eso, Edward. Puedes enchufarlo ahí al lado.
Ella vio que Edward examinaba lo que Zaid le había dado. Era un vibrador. Cuando lo conectó, un sordo zumbido resonó en la estancia. A diferencia de algunas versiones más vulgares de ese juguete sexual, aquel no estaba diseñado para parecerse a un pene. Era color marfil, con la punta roma.
Ella solo había visto vibradores en la publicidad y jamás había usado uno. Recordó con vergüenza el día que salió el tema en los vestuarios del centro deportivo y ella aseguró que eso era algo que solo usaban las mujeres frustradas. Dos de las socias más jóvenes se habían vuelto hacia ella llenas de cólera y le habían dejado muy claro que utilizaban el vibrador para jugar con sus parejas mientras hacían el amor. Cuando terminaron de sermonearla se sentía como una abuelita victoriana que se hubiera dado de bruces contra la realidad.
Ahora sintió el hormigueo que provocaba la vibración en la piel de sus muslos. Era ligera y agradable sin ser demasiado excitante. Se contoneó para acomodarse y suspiró. Edward le acarició las corvas justo por encima del borde de las medias enrolladas, le pasó el vibrador por las pantorrillas hasta los pies. Le quitó los zapatos y la rozó levemente con el aparato hasta que comprobó que no tenía cosquillas y entonces incrementó la presión, dibujando los dedos uno a uno, sin apresurarse. El vibrador recorrió las medias de seda. Ella volvió a suspirar, se estiró y se relajó por completo.
Edward deslizó el instrumento de arriba abajo por sus piernas, tomándose su tiempo en las corvas, y luego se dirigió a las nalgas. Ahora la sensación era más erótica. Le rozó las curvas gemelas, metiendo la punta del aparato entre ellas cada vez más profundamente, antes de volver a dirigirla hacia la columna.
Ella giró la cabeza y vio que Zaid la observaba. Sonrió relajada cuando Edward llegó a su cuello, que acarició con ternura antes de peinarla con el juguete. Era una sensación extraña y excitante.
—Tiene el pelo caoba —murmuró Zaid—. Me encanta, pero no quiero que Isabella se duerma, Edward. Todavía no.
Edward Masen se rió.
—Se despertará de golpe.
El vibrador comenzó a zumbar más rápido. La punta recorrió su nuca y después de demorarse un momento allí, lo dirigió hacia la base de la columna. Notó un agradable calor y le dio la impresión de que el aparato era como un grueso dedo. Comenzó a responder. Con el trasero elevado, a Edward le resultó fácil insertar el vibrador entre sus muslos.
Ahora sus movimientos eran más insistentes y eróticos. La excitó de manera magistral y ella gimió sin poder evitarlo. Edward le separó las nalgas y ella sintió la punta del aparato entre ellas, cada vez más abajo, buscando el clítoris; tocándola levemente y luego retirándose. Tras recibir ese tratamiento durante unos minutos, ella comenzó a arquear las caderas en un vano intento de prolongar el contacto.
—Despacio, Edward —advirtió Zaid—. Se va a correr.
—No te preocupes —intervino el cobrizo—. Te he prometido una función, y eso tendrás. Isabella va a tener que esperar aún un rato. —Le puso la mano en la espalda. Ella percibió el calor de su palma y la presión constante—. Todavía no hemos probado esto —dijo con suavidad—. Veamos si también te gusta.
Empujó el vibrador entre sus nalgas, buscando el ano. Ella jamás había sido penetrada por allí; durante un momento sintió pánico e intentó apartarse. Notó que Edward vacilaba.
—No hagas nada que a ella no le guste, Edward —recordó Zaid—. Quiero ver placer, no miedo.
La punta del aparato se desplazó a su espalda donde dibujó distintos patrones antes de regresar a las nalgas. Ella se relajó. Cuando Edward comenzó a atormentarla de nuevo en el ano, se dejó llevar por el hormigueo. Él fue muy suave y ella separó las piernas para permitirle mejor acceso. Era una sensación extraña, menos placentera que la estimulación del clítoris que había disfrutado antes, pero cuando abrió los ojos y vio a Zaid contemplándola extasiado, sintió que valía la pena. Su reacción fue más excitante que la constante presión del vibrador, pero Edward no continuó. Debió de darse cuenta de que su respuesta no era demasiado entusiasta y se retiró lentamente.
—¿Te detienes, Edward? —Zaid parecía decepcionado.
—Isabella no ha disfrutado todavía de este tratamiento —se justificó—, y ahora no es el momento de enseñarle a apreciarlo. Ella notó que su cuerpo volvía a la posición horizontal original y que tenía los pies y las manos sueltos—. Sé muy bien lo que ella quiere, Zaid. Confía en mí.
—Quiero que esta hermosa mujer suplique por alcanzar un orgasmo —recordó Zaid en voz baja—. Es la imagen más excitante del mundo. Las mujeres inglesas suelen ser muy frías y contenidas, me gusta verlas perder el control. Enséñamelo, Edward. Enséñamelo ahora.
Ella sintió que unas firmes manos le daban la vuelta y volvían a atarle muñecas y tobillos. El sofá estaba ajustado de tal manera que tenía el cuerpo casi tumbado y las piernas dobladas y separadas, con los talones clavados en el cuero verde oscuro.
Con los ojos entreabiertos miró fijamente a Edward. Era imposible no sentirse excitada al ver su expresión: posesiva, algo burlona y muy segura de sí misma. Incluso antes de que la tocara, notó su contacto en todo el cuerpo. Cuando él llevó las manos a sus pechos y apretó los pezones erectos entre los dedos, la combinación dual de placer erótico e incomodidad le hizo soltar un jadeo.
Él la estimuló en silencio, utilizando los dedos, las palmas de las manos, los labios y la lengua. Se movió entre sus pechos, por su estómago, rodeando el ombligo y luego se dirigió a sus muslos. Una mano se apoderó de una palanca y la accionó para que el sofá la forzara a abrir las piernas todavía más, permitiéndole arrodillarse entre ellas. Le deslizó las manos debajo de las nalgas para alzarlas hacia él. Su lengua encontró el hinchado brote entre sus pliegues y comenzó a succionarlo con los labios. Mirar hacia abajo y ver su cabeza moviéndose entre sus muslos fue casi tan excitante como las sensaciones que le estaba proporcionando. Ella tensó los pañuelos de seda, no porque quisiera liberarse sino porque era imposible permanecer inmóvil mientras él la llevaba con tanta seguridad al borde del éxtasis. Arqueó las caderas hacia su cara, pero él se retiró al tiempo que le clavaba los dedos con más fuerza en las nalgas y jugaba con ella, moviendo la lengua con ligereza.
Ella gimió de frustración y ladeó la cabeza hacia Zaid. Se dio cuenta con sorpresa de que él no
miraba lo que hacía Edward. Estaba observando su expresión mientras ella intentaba recuperar un poco
de control, disfrutando de sus ahogados sonidos mientras Edward continuaba con aquel delicioso tormento.
Su amante imprimió más ritmo a su lengua. Ella arqueó el cuerpo intentando presionarle para que aplicara la fuerza necesaria para provocar la respuesta final. Cuando comenzó a mover la cabeza de un lado a otro, vio que Zaid sonreía.
—Suplícale. —La voz del árabe estaba ronca de excitación—. Ruégale. Déjame escucharte.
—Por favor —gimió ella, tanto para complacerle a él como a sí misma—. Deja... que me corra... por favor.
Ella sintió que su cuerpo se estremecía y perdía el control. Supo que iba a correrse, fuera eso lo que Edward pretendía o no. Arqueó la espalda y tiró de las correas que la retenían.
—¡Oh... sí! —gimió—. ¡Oh... sí! ¡Por favor, ahora...!
El orgasmo fue intenso y prolongado, y decreció muy poco a poco mientras seguía jadeando y estremeciéndose. Continuó envuelta en el placer durante mucho rato después de que Edward se hubiera alejado de ella. Con los ojos medio cerrados observó su alta figura cerniéndose sobre ella y luego giró la cabeza a un lado para mirar a Zaid.
Estaba relajado contra el respaldo de la silla y sonreía satisfecho. Isabella se dio cuenta de que no sabía si se había masturbado al observarla, pero tenía el presentimiento de que no lo había hecho. Su placer parecía provenir, como había asegurado, de contemplar su expresión; de ver cómo se transformaba una mujer tranquila y dueña de sí misma en una frenética criatura que se moría por alcanzar la liberación que supondría el orgasmo.
¡Qué extraño! Cualquiera pensaría que esa sería la fantasía erótica más fácil de conseguir, pero era, probablemente, la más difícil. El dinero podía comprar una función vacía por parte de una profesional pero, ¿cuántas mujeres podrían comportarse tan natural y desinhibidamente como ella acababa de hacer? Era evidente que Zaid debía tener cuidado al escoger sus relaciones; necesitaba discreción, quizá mucho más que ella. Y tenía que estar seguro de que confiaba tanto en el hombre como en la mujer que le ofrecieran la función.
Apenas fue consciente de que Edward le desataba las manos y los pies. Reposó somnolienta sobre el sofá, relajada, casi ignorante de su desnudez hasta que se dio cuenta de que Zaid la miraba fijamente.
—¿Eres consciente de lo hermosa que eres, Isabella? —le preguntó con dulzura.
Le brindó una sonrisa.
—Jamás lo había pensado.
—¿No te gusta ver cómo un hombre pierde el control? ¿No gozas con la certeza de que le has hecho alcanzar el placer?
Miró a Zaid, de pie junto a Edward.
—Algunas veces —repuso. Mantuvo los ojos fijos en Edward durante un instante—. Depende de por qué hago el amor con él.
—Una mujer como tú solo hace el amor porque quiere —aseguró Zaid—. Por eso me resulta tan placentero observarte, sé que es genuino. Créeme, soy un experto y sé que no fingías. —Sonrió y de nuevo le recordó a Edward—. No lo olvidaré. Si alguna vez necesitas algo de mí, solo tienes que pedirlo. Edward te explicará cómo ponerte en contacto conmigo. No voy a fingir ser más importante de lo que soy, pero poseo cierta influencia en determinadas esferas. ¿De acuerdo? Y esta promesa no tiene caducidad. —Se pasó la mano por el pelo, negro como el azabache, y se recolocó la inmaculada chaqueta—. Ahora debo volver con mis invitados. Puedes disponer del cuarto de baño y también de comida y vino si así lo deseas. —Volvió a mirarla a la cara un momento más—. No lo olvides, hermosa dama, cualquier cosa que esté a mi alcance. En cualquier momento.
Después de una ducha rápida, se vistió y siguió a Edward a la habitación contigua, donde habían provisto para ellos un bufet gastronómico. Mientras ella picoteaba las distintas delicias, Edward le sirvió una copa de vino.
—Has impresionado a Zaid —le aseguró—. Pero sabía que sería así, conozco sus gustos.
—¿Habías hecho esto antes? —indagó.
—No —dijo él—. Sin embargo, Zaid y yo habíamos hablado mucho sobre ello. —La miró de arriba abajo—. No es fácil dar con la mujer adecuada.
—Pensaba que bajo ciertas circunstancias sería más difícil dar con el hombre adecuado. Sé que tú permaneciste vestido pero ¿qué hubiera ocurrido si tu amigo te hubiera pedido que me excitaras de una manera más básica?
Edward se encogió de hombros.
—¿Te refieres a si me hubiera pedido que follara contigo en su presencia? Lo habría hecho. — Sonrió de medio lado—. Podría haberlo hecho y lo sabes.
—Pensaba que a los hombres no les gustaba actuar delante de otro hombre.
—¿Quién te ha dicho tal cosa?
—Lo leí en algún sitio. Tiene algo que ver con el orgullo viril. —Bebió un poco de vino—. Me refiero a que podrías avergonzarte de no tenerla tan grande como él. —Notó que Edward sonreía de oreja a oreja—. Cosas de ese tipo —añadió.
La amplia sonrisa de Edward se convirtió en genuina diversión.
—No muchos hombres la tienen tan grande como yo —se jactó con aire satisfecho—. Deberías saberlo.
—Resultas bastante engreído ¿sabes?
—Pero es cierto, ¿verdad?
—No sabría decirlo. No soy una experta.
—¿Una mujer moderna como tú? —se burló él con ternura.
—Yo solo soy una anticuada chica trabajadora —se defendió ella—. Y no lo hago por placer.
La sonrisa desapareció.
—Es cierto, se me había olvidado. Se tienen que apretar los botones correctos para obtener una reacción. O ¿debería decir que hay que ofrecerte a cambio un lucrativo negocio?
Ella contuvo su genio. No pensaba admitir que nadie le había proporcionado tanto placer como él. ¿Cómo reaccionaría Edward Masen ante semejante confesión? Estaba segura de que ni siquiera la creería.
—Fuiste tú quien sugirió el pacto —repuso con forzada serenidad.
—Y tú aceptaste. —Volvió a sonreír—. No me quejo, hasta ahora has cumplido todas mis expectativas. Esperemos que sigas haciéndolo en el futuro.
Unos días más tarde recibió dos paquetes con una carta. Abrió primero el de mayor tamaño. Contenía la caja de música que había admirado en la feria de antigüedades. Alzó la tapa y escuchó las delicadas notas musicales de la alegre Danny Boy.
La carta rezaba:
¡Lo confieso! Cuando supe que te gustaba la caja de música le hice señas al marchante para que te dijera que ya estaba vendida. Pero Zaid insistió en pagarla él. Mi regalo es mucho más pequeño, pero te proporcionará también mucho placer.
Abrió el segundo paquete. Contenía el vibrador de color marfil.
