Capítulo 9:

Había una palabra para definirla. Estilo. No cabía duda de que la mujer que estaba sentada en la cama rezumaba elegancia. Nadie tenía derecho a presentar aquel aspecto a primera hora de la mañana. Estaba recién maquillada, y ni una mecha de su brillante cabello caoba estaba fuera de sitio. Incluso su salto de cama parecía recién sacado del paquete.

Candy sintió que se sonrojaba bajo el duro escrutinio de sus ojos marrones claros, y sintió deseos de llevar algo que no fuera un chándal que ocultaba todas sus formas.

—¿Quién eres? —preguntó Elisa.

—Te he traído el café —se limitó a responder.

Elisa suspiró exasperada.

—Ya lo veo. Eso no es lo que te he preguntado. ¿Dónde está la señora Leagan ? El café debería haber llegado diez minutos antes. Entiendo que no tenéis sentido del tiempo, pero la vaguería no tiene excusa.

Candy se esforzó por mantener la calma y dijo con tranquilidad:

—La señora Leagan está ocupada con los preparativos de la fiesta.

Elisa le obsequió una mirada de desdén, y Candy decidió no hacerle caso. Dejó la bandeja en la mesilla de noche y se volvió para marcharse cuando la voz de Elisa la interrumpió.

—Lléname el baño antes de irte.

Candy se volvió, con un peligroso brillo en la mirada.

—Me temo que tendrás que hacerlo tú misma. Yo no trabajo aquí.

Una delicada ceja se elevó en su rostro.

—Ya veo. Como me trajiste el café, di por supuesto… Se encogió de hombros con indiferencia.

—Soy una invitada, igual que tú —dijo Candy, controlando la cólera de su voz.

Elisa la observó con renovada curiosidad.

—Entonces será mejor que nos presentemos. Soy Elisa Russell, la prometida de Albert.

Al fin salía a la luz. No era una conocida suya, ni siquiera una amiga. Era su prometida. Por supuesto, siempre lo había sospechado, pero el hecho de oír las palabras fue para ella como si le clavaran un puñal.

—Me llamo Candy White.

Elisa repitió varias veces su apellido, y después sacudió la cabeza.

—Lo siento, no me suena. ¿Nos conocemos? ¿Tienes alguna conexión con el clan?

La discreción advertía a Candy que era hora de marcharse. No obstante, aquella mujer la tenía hipnotizada.

—En absoluto —respondió con sequedad.

—Entonces, ¿quién te ha invitado?

—Albert. En realidad, ha sido más una orden que una invitación.

—¿De verdad? —la examinó cuidadosamente—. ¿Cuánto hace que os conocéis?

Candy mantuvo conscientemente un tono informal.

—Un mes, más o menos. Desde que llegué. No quería quedarme, pero él insistió. Decía que quería conocerme mejor —caminó hasta la puerta, se detuvo y volvió la cabeza—. Será mejor que te tomes el café antes de que se enfríe.

Bajó la escalera con una extraña sensación de satisfacción. Albert le había dicho que se comportara con dignidad y que no dijera nada que pudiera acarrear problemas. En efecto, su comportamiento había sido digno, y todo lo que había dicho era cierto. Lady Elisa podía interpretarlo como quisiera. A ella no le importaba en absoluto.

Pasó el resto de la mañana a solas, vagando por la playa.

No entendía qué podía ver Albert en una mujer como aquélla. Sin duda, Elisa era atractiva, incluso bella. Pero su personalidad resultaba insoportable. Si Albert iba a pasar el resto de su vida junto a ella, lo compadecía. El pobre no sabía dónde se estaba metiendo.

Por supuesto, era posible que sólo hubiera conocido uno de sus aspectos. Estaba segura de que podía ser todo dulzura cuando estaba en su compañía, y sólo revelaba su aspecto agrio cuando estaba con personas a las que consideraba inferiores. Aun así, Albert no era estúpido. Estaba convencida de que, si la conocía desde hacía tiempo, debería haber sido capaz de descubrir su verdadero carácter.

Cuando volvió a la casa, comió algo ligero en la cocina con la señora Leagan; que parecía visiblemente incómoda.

—Son esas dos chicas del pueblo —explicó a Candy—. Amenazan con largarse si Elisa no les deja seguir con su trabajo. Estaba molestándolas.

—¿Qué ha hecho? —preguntó Candy, frunciendo el ceño.

—Sobre todo, preguntar cosas sobre ti. Con mucha insistencia. En todo caso, le he pedido que las deje en paz y se ha ido al pueblo. Estoy segura de que ahora mismo está haciendo más preguntas.

Candy se encogió de hombros.

—Le bastaría con preguntarme a mí, en vez de investigar a mis espaldas. No tengo nada que ocultar, ni he hecho nada de lo que deba avergonzarme.

Aquello era cierto, pero en su interior, deseaba sentirse tan segura como parecía. Había hecho algo inadecuado: despertar la curiosidad de Elisa. Más tarde o más temprano, alguien le hablaría de la Caileagh Bhan que había llegado del mar, atraída por los espíritus, para que se casara con su jefe. No quería ni pensar en lo que ocurriría entonces.

Después de la comida ayudó a las chicas a llevar al salón las bandejas cargadas de entremeses. La visión de la sala le cortó la respiración. El suelo resplandecía. Las mesas estaban cubiertas con manteles blancos, inmaculados. Todo estaba lleno de cristal y plata brillante.

Felicitó a las muchachas por su trabajo.

—Está precioso. ¿Vais a asistir a la fiesta?

—Por supuesto —le aseguró una de ellas—. Todo el mundo está invitado al Grand Ceilidh. Además, en esta ocasión es especial, ¿verdad?

Candy se apresuró a cambiar de tema. Charló con ellas durante unos minutos y después subió a su habitación. Se quito el chandal, tomo una ducha rápida, y se puso una falda lisa combinada con un jersey de lana.

Después de secarse el pelo, se lo cepilló vigorosamente, prometiéndose que se lo iba a dejar corto en cuanto saliera de allí. Cuanto más corto mejor. Incluso era posible que se lo tiñera de negro, para ahuyentar los recuerdos de Albert of Suilvach que la asaltaban cada vez que se miraba en un espejo.

Decidió rápidamente que sería una tontería. No le serviría de nada. El tiempo curaría la herida, pero nada borraría el recuerdo de la primera noche que habían hecho el amor, junto al fuego, ni del día que, en el barco, él había abrazado su cuerpo tembloroso para transmitirle su calor. Tampoco olvidaría nunca aquellos ojos azules hipnóticos, la forma en que ardían cuando estaba furioso, ni la forma en que una repentina sonrisa de aprobación aceleraba su pulso.

Habían compartido momentos de ternura, en los que estaba segura de que verdaderamente la amaba, pero ahora, mientras contemplaba su reflejo, ya no estaba segura de nada.

Estaba agotada a causa de la falta de sueño de la noche anterior. Se tumbó en la cama con la intención de descansar durante media hora, pero cinco horas después alguien agitó su hombro, despertándola.

La señora Leagan la miraba sonriente.

—Te he traído una taza de té.

Candy se incorporó, desorientada, y miró el reloj.

—¡Dios mío! ¿Ya es tan tarde?

—No pasa nada —le aseguró el ama de llaves—. La fiesta empieza dentro de media hora. Subí antes, pero vi que estabas dormida y decidí dejar que descansaras. Necesitas estar fresca como una rosa, porque ya sabes lo cansados que son estos bailes. Y no te preocupes por no estar abajo para recibir a los invitados. Elisa ya se ha encargado de ello.

Candy bebió un trago de té mientras ponía sus ideas en orden.

—¿Te comentó algo al volver del pueblo?

—No —respondió pensativa—. Pero parecía furiosa. Y después discutió con Albert. Será mejor que vuelva a bajar —se apresuró a añadir al ver que se estaba yendo de la lengua.

Candy se levantó y miró el camino por la ventana. Los coches lujosos se mezclaban con los vehículos más humildes. Había incluso un viejo tractor, y se preguntó si sería el que conducía el anciano Stevens cuando la divisó entre las rocas. La idea de bajar y enfrentarse a las miradas curiosas le daba miedo, pero fue al cuarto de baño y se lavó la cara con agua fría.

Quince minutos después, cuando se estaba poniendo el broche de plata y perlas, alguien llamó a la puerta.

—Adelante.

Elisa entró en la habitación, alta y elegante. Su esbelta figura estaba remarcada por un vestido rojo ajustado, de lentejuelas, y su magnífica cabellera caía sobre sus hombros desnudos.

Candy, que estaba preparada para oír una sarta de acusaciones, se quedó sin palabras al ver la sonrisa tímida de Elisa y el tono casi humilde de su voz.

—Espero no molestarte. Creo que deberíamos aclarar las cosas antes de que esto llegue más lejos.

Candy entrecerró los ojos.

—¿Qué cosas?

—Esta mañana no empezamos con muy buen pie. Fue culpa mía. Lo único que puedo hacer es pedirte perdón y decirte cuánto lo siento —se mordió el labio—. Esto es muy embarazoso para mí…

Dejó de hablar y bajó los ojos.

Candy empezaba a sentirse incómoda. Le extrañaba que una disculpa saliera de labios de Elisa. Pero aquél era el problema. Tampoco podía estar segura de haberla juzgado bien a primera vista. A fin de cuentas, su encuentro había sido muy breve, y la otra mujer parecía sincera.

—En este momento no creo que te sientas más cohibida que yo —respondió, preguntándose para qué habría ido a verla.

Elisa asintió.

—Lo entiendo. Habéis hecho el amor, ¿verdad?

Candy se puso en tensión.

—¿Te lo ha dicho Albert?

—No es necesario —suspiró—. Llevas un mes aquí, y lo conozco. Cuando ve una chica atractiva, sobre todo si es tan inocente y adorable como tú… Me pone enferma el pensar que se haya aprovechado de ti. Y no solo de ti, de todas las demás. He discutido con él una y otra vez, pero es imposible convencerlo. Después, esta tarde, cuando me enteré de lo tuyo, tuvimos otra discusión. Me ha prometido que será fiel cuando nos casemos, pero hasta entonces…

Candy se dio cuenta de que debía estar refiriéndose a la discusión que la señora Leagan había mencionado. Se le hizo un nudo en el estómago. Empezó a considerar seriamente la posibilidad de que Elisa fuera sincera.

—Si es así, ¿por qué lo aguantas? Yo no lo soportaría.

—Tienes razón —dijo Elisa, en tono de derrota—. Ninguna mujer que tuviera algo de sentido común soportaría esta situación. Pero el mundo está lleno de estúpidas como yo. El amor debió inventarlo un hombre. Les deja hacer todo lo que quieren, porque saben que al final les perdonamos todo.

—Entonces eres estúpida —respondió Candy—. O al menos lo es una de nosotras.

—Sí. Las dos lo somos. Yo por creer sus promesas, y tú por creer esas tonterías de los duendes y los fuegos fatuos —la miró con compasión—. Afortunadamente, en Suilvach queda gente decente, que me ha dicho lo que sucede. En cuanto a Ponny, sus intenciones son buenas, pero no es una persona muy equilibrada. Hay gente como ella por todas las Highlands. Se autodenominan videntes, y juegan con las supersticiones de esta zona.

—¿Qué hay del fuego? —preguntó Candy—. Lo vi con mis propios ojos.

—Claro que lo viste. Pero no hay nada de mágico en ello. Es bastante normal por aquí. Creo que tiene algo que ver con el metano de la tierra. Sólo hace falta una llama para encenderlo. Probablemente alguien tiró una colilla al suelo.

—¿Quieres decir que todo el mundo lo sabía? ¿Albert? ¿Y Ponny? ¿Y Annie y todos los demás?

Elisa se encogió de hombros.

—El páramo es muy peligroso, por el gas. Por eso nunca permiten a los niños del pueblo que jueguen ahí.

Todo empezó a cobrar sentido. Todas las dudas que había albergado en un principio sobre Albert y Ponny demostraban ser ciertas. Desde el principio había tenido la verdad delante de los ojos, pero el deseo la había cegado hasta el punto de impedir que se diera cuenta.

—Hay otra cosa que deberías saber —añadió Elisa con incomodidad.

—No —dijo Candy —. Ya he oído bastante.

Elisa siguió, de todos modos.

—¿Te ha contado que se tiene que casar como muy tarde en dos semanas?

Candy la miró con incredulidad.

—No —cerró los puños—. Nunca me habló de ti. Ni Ponny ni él. Cuando preguntaba a Albert, me decía que me metiera en mis propios asuntos, y Ponny cambiaba de tema.

—El caso es que pronto cumplirá veinticinco años, y si no está casado, perderá el título y las propiedades, que pasarán a su tío —le explicó Elisa—. No está dispuesto a permitir que eso ocurra. Su tío es una especie de especulador, que lo vendería todo rápidamente. Albert y yo acordamos hace mucho tiempo que nos casaríamos cuando llegara el momento. Y el momento ya ha llegado. No puede seguir esperando. Me temo que esta aventura que ha tenido contigo ha sido su última escapada de soltero. Siento mucho haberte dicho todo esto, pero tenía que advertirte. Lo entiendes, ¿verdad?

—¿Qué era lo que tenías que advertirme? ¿Qué más puede hacer?

Elisa se llevó la mano a la frente, angustiada.

—Creo que no voy a ir a la fiesta. Todo el mundo sabe que Albert ha estado utilizándote, pero es su jefe, y a sus ojos no puede hacer nada malo. Todos se reirán a tus espaldas, y no quiero tomar parte en eso.

Candy se quitó el broche y lo tiró sobre la cama con amargura.

—No te preocupes. No tendrá la oportunidad de seguir humillándome. Él y su maldito feudalismo se pueden ir al infierno. No quiero volver a verlo en la vida.

Un tenso silencio se apoderó de la habitación. Al final, Elisa lo rompió con un suspiro.

—No te culpo por ello. Yo en tu lugar sentiría lo mismo que tú, aunque creo que no tendría el valor para tomármelo tan bien. Si, quieres inventaré alguna excusa. Les diré que te duele la cabeza.

Candy se quedó mirándola en silencio, incapaz de hablar. Cuando Elisa salió de la habitación, caminó hasta la puerta y cerró con llave.

Observó su reflejo en el espejo del dormitorio. Estaba pálida, y tenía los ojos enrojecidos. Se bajó la cremallera del vestido, que cayó al suelo. Lo recogió, lo colocó en el respaldo de una silla, y se puso el chándal.

Se tumbó en la cama, intentando despejarse, acallar los dolorosos latidos de su corazón traicionado. Oyó que comenzaba a sonar la música en el salón, y se llevó las manos a los oídos. Cerro fuertemente los ojos, pero la imagen de su rostro seguía allí, con una mirada de burla en los ojos azules y los labios arqueados en una sonrisa cínica.

Un golpe en la puerta la sobresalto y se sentó en la cama Volvieron a llamar con mas insistencia. Debía ser él. Nadie más podía llamar con tanta fuerza.

Se levantó y gritó:

—¡Lárgate!

—¿Candy? Soy Albert ¿Qué te pasa? Déjame entrar.

—¡No! —gritó—. No estoy dispuesta a salir. Ya lo sé todo sobre ti. Lárgate y déjame en paz.

-Candy, que está pasando.. Pequeña abre , por favor..

Albert giro varias veces el picaporte Después se hizo el silencio. Candy esperaba que tirase la puerta abajo. Al ver que no ocurría nada, se acercó con precaución y oyó que sus pasos se perdían en la distancia. Cuando estuvo segura de que se había marchado, caminó desconsolada hasta la ventana y se quedó mirando el pueblo. Iba a echar de menos la paz de aquel lugar, el precioso paisaje y la gente amistosa. Le habría gustado pasar allí el resto de su vida, pero había llegado el momento de enterrar su sueño roto.

El único consuelo que podía encontrar era que al menos le estaba negando el placer de humillarla en público. No soportaba la idea de que la hubiera estado utilizando con tanta sangre fría. Y, según Elisa, sólo era la última en una larga lista de víctimas. No comprendía cómo una mujer podía estar dispuesta a casarse con un hombre como él. Sabía lo difícil que resultaba olvidar los antiguos hábitos, y dudaba que un hombre con tal instinto depredador fuera a cambiar después de contraer matrimonio.

—¿Candy?

Se volvió sorprendida, y vio a Ponny en mitad de la habitación, con una sonrisa triste en el rostro.

Boquiabierta, miró la puerta y volvió a mirar a la anciana.

—¿Cómo has entrado? La puerta está cerrada con llave.

—No deberías confiar mucho en las cerraduras de esta casa. A veces funcionan, y a veces no.

—¿Te ha enviado Albert? —preguntó con desconfianza.

Ponny negó con la cabeza.

—Nadie me ha enviado. Pero Elisa está abajo, comportándose como el gato que ha cazado al ratón. Ha estado hablando contigo, ¿verdad?

—En efecto —respondió con amargura—. Me ha explicado cómo me habéis tomado el pelo entre todos.

La anciana la miró apenada.

—Nadie te ha tomado el pelo, cariño.

—¿No? ¿Qué hay de eso que llamabas fuegos fatuos? No es más que metano. ¿Lo vas a negar?

Ponny suspiró.

—Claro que es metano. Pero la magia es lo que hace que se encienda.

—Pues no fueron tus amigas las hadas. Fue alguien que tiró una colilla.

—Incluso si así fuera, ¿qué hizo que esa persona estuviera allí en ese momento?

Candy la miró frustrada.

—Mira, si has venido a convencerme para que baje, estás perdiendo el tiempo.

—Eso es algo que tendrás que decidir tú. De lo contrario no significaría nada. En lo que a Elisa respecta, es tan falsa como la cerradura de esa puerta. Yo no confiaría demasiado en lo que ha dicho.

Furiosa, Candy le volvió la espalda y se puso a mirar por la ventana en silencio. No quería hablar más sobre el tema. Sólo quería poner fin a aquella situación. Nadie, ni siquiera Ponny, iba a conseguir hacerla cambiar de idea. Aquél había sido siempre su problema. Que confiaba en la gente. En la gente como su antiguo novio, como el señor Smith, como Ponny, como Elisa…

De repente interrumpió sus pensamientos. Elisa.

Se volvió, pero Ponny se había marchado, de forma tan silenciosa como había entrado. Deseaba no haber sido tan grosera. Había intentado prevenirla contra Elisa, advertirle que no debía confiar en ella.

Pero Elisa había resultado muy convincente, ofreciéndole compasión y apoyo. Igual que el señor Smith. No debía olvidarlo.

Se sentó en el borde de la cama y empezó a morderse una uña, distraída. Se preguntó cuál sería la verdad en caso de que Elisa sólo le hubiera contado embustes.

El motivo que tendría para hacerlo no podía ser otro que el hecho de que quisiera que se mantuviera alejada de allí. Claro que si Albert le había prometido que se casaría con ella no tenía nada que temer. Aquello podía significar que Albert no había hecho tal promesa. Pero se le estaba acabando el tiempo, y aquella noche tenía que elegir a su esposa, mientras el clan estuviera reunido, tal y como exigía la tradición. Elisa sólo quería asegurarse de que tenía el campo libre.

Se puso en pie de un salto, pensando en la sufrida novia que estaba dispuesta a perdonar las infidelidades de su novio mientras se compadecía de sus víctimas. Había representado a la perfección su papel. Lástima que el personaje fuera completamente inverosímil. Todo había sido un intento frío y calculador de minar la confianza de su rival. Por supuesto, el hecho de que su confianza se encontrara en un nivel más bajo había facilitado enormemente su trabajo.

Siempre cabía la posibilidad de que Elisa le hubiera dicho la verdad y ella estuviera intentando aferrarse a un cabo ardiendo, pero sólo podía averiguarlo si bajaba y se enfrentaba a Albert. Podía acabar sufriendo la mayor humillación de su vida, pero era un riesgo que debía correr. No estaba dispuesta a correr a ocultarse, como de costumbre. En aquella ocasión iba a quedarse para luchar.

Se puso a toda prisa el vestido, se colocó el broche, se lavó la cara, se arregló su peinado y maquillaje. Se colocó el anillo con la gema verde y salió por la puerta.

Seguía cerrada con llave. Pero no tenía tiempo para preguntarse cómo había conseguido entrar Ponny. Ya se preocuparía por ello más adelante.

Abrió y salió al pasillo. En aquel momento los músicos estaban tomándose un descanso, pero podía oír el sonido de las conversaciones y las risas procedentes de la sala de baile. Cuando llegó al final de la escalera tenía la boca seca. Resistió el impulso de volver a subir, respiró profundamente, y con la cabeza muy erguida atravesó las puertas que conducían a la sala.

Su repentina aparición desató un murmullo entre los invitados. Observó de reojo que todos se volvían para mirarla. En el extremo, delante de la enorme chimenea, un grupo de hombres y mujeres de aspecto distinguido charlaban animadamente con Albert, pero también ellos se volvieron para mirarla al ver que se abría camino.

Tuvo la impresión de que tardó una eternidad en atravesar el salón. Cada paso requería todas sus reservas de valor y determinación. Su corazón latía cada vez con más fuerza. Albert estaba radiante con su falda escocesa. Examinó su enigmática mirada, preguntándose si denotaba placer, cólera o indiferencia. Pero era como un libro cerrado. No encontraba ninguna pista sobre sus emociones en su expresión.

Elisa estaba agarrada de su brazo, con ademán posesivo, y su expresión no admitía lugar a dudas. Estaba furiosa.

Le devolvió la mirada con tranquilidad y dijo:

—Hola, Elisa. Se me ha pasado el dolor de cabeza, así que al final he decidido bajar y unirme a la fiesta —sonrió y miró a Albert —. ¿No vas a presentarme a tus amigos?

Por debajo de su tranquila fachada, estaba temblando. Tenía la impresión de que se iba a derrumbar en cualquier momento.

Albert la observó complacido y al fin esbozó una sonrisa. Soltó el brazo de Elisa y dijo:

—Me alegro de que se te haya pasado, Caileagh Bhan. Ya pensábamos que habías decidido tomar otro baño.

Los asistentes rieron. Candy se volvió y vio que Ponny la miraba sonriente desde una esquina. Alguien le pasó un vaso de whisky. Bebió un sorbo, lo saboreó durante un momento, y asintió muy seria:

—Un whisky excelente. De malta. Creo que Glenmorangie.

Los acompañantes de Albert la miraron sorprendidos.

—Será inglesa, pero tiene sentido del gusto. Hasta sabe apreciar un buen whisky —comentó alguien.

Candy bebió otro sorbo y rió.

—Me gustaría conocerlos. La verdad es que esta tarde vi las etiquetas de las botellas.

Su confesión desató una carcajada.

—Por lo menos es sincera.

Albert le dedicó una sonrisa. No era la primera vez que lo hacía, pero nunca había sonreído así. Y sus ojos adquirieron la tonalidad cálida de un cielo de verano.

Después, pasó un brazo por su cintura y empezó a presentarla.

—Cameron, te presento a la señorita Candy White.

Candy miró al alto y distinguido caballero de pelo blanco. Le tendió la mano, diciendo:

¿Co as a tha sibh?

El hombre la miró sorprendido.

—¿Gaidhlig agaibh? —preguntó.

Candy se esforzó por encontrar las palabras adecuadas.

Beagan tha mi ag… —dijo con inseguridad.

—Así que estás aprendiendo —dijo sonriendo—. ¡Está aprendiendo gaélico! A este paso, pronto lo hablará como una nativa.

El resto de las presentaciones transcurrió con rapidez. Oyó demasiados nombres como para recordarlos. Cuando terminaron, Albert la condujo de la mano al centro de la pista de baile, y alzó los brazos para pedir silencio. En cuanto el sonido cesó, Albert se sacó un saco de cuero del bolsillo y susurró a su oído:

—Estoy orgulloso de ti amor mío. Pasaste la prueba del clan. Ahora mantén la cabeza bien alta. Eres la mujer más bella de esta sala, y quiero que todos vean lo que voy a hacer...

CONTINUARÁ...


Gracias por seguir a esta historia...

MiluxD.- jajaa nena como siempre, sincera. Un abrazo.

cerezza0977 .- Hola , un gusto, bueno aún no esta dicho nada para los rubios a pesar que todo indica que sí.

Sarah Lisa.- oh cariño... ya no te hago esperar má me imagino los tomatazos a ELisa :p

Corner.- Hola cielo, si , yo sé que Albert es distinto , pero todo este tiempo , lo unico que hace es probar el temple de Candy.

Paolau2 .- Rivales a la carga! uff por poco ELisa se sale con la suya no?

UN ABRAZO EN LA DISTANCIA
LIZVET