No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Jessica Sims (Saga Midnight Liaisons). Yo solo me divierto un poco.
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Un par de horas después, me veía absolutamente deliciosa y me sentía completamente miserable. Stephanie había escogido algunos atuendos para mí, ninguno de ellos era práctico en lo más mínimo. Actualmente me encontraba atada en un vestido de coctel de encaje negro con unos terriblemente lindos pero imposibles tacones altos. Mis pies dolían después de solo cinco minutos, pero tenía que admitir que el efecto era impresionante.
También lo era la factura por todo esto.
Stephanie me había enviado a un salón de belleza después de que había escogido mi ropa. Mi largo pelo lacio había sido ahuecado en rulos y manoseado y secado hasta casi acabar con él, y el lío rubio-claro resultante en la cima de mi cabeza era magnífico, artísticamente despeinado, y crujiente por la laca de cabello. Lucía genial, siempre y cuando no lo tocaras. La maquillista había delineado mis ojos con una delicada línea gris que los hacía lucir más grandes, y había sonrosado mi cutis con algún rubor artístico. El efecto resultante era inocente, y yo lucía como una "nubile ingénue".
Jacob también parecía pensar eso, y las miradas que me estaba dando iban a causarme un rubor permanente. Era tan deslumbrante como recordaba. Tenía una complexión corpulenta, todo músculo y carne bronceada, mientras que Edward iba más a lo delgado (pero con unos hombros muy anchos). Llevaba una chaqueta de lana con una camisa de seda azul pálido de cuello abierto. Se veía como un playboy rico, excepto por una cosa. A pesar de sus hermosas miradas y su dinero, Jacob estaba muy profundamente metido en las colonias baratas. Muy. Profundamente. Ya sea BRUT u Old Spice.
Aun así, el carácter de un hombre no estaba determinado por la calidad o la cantidad de su colonia, y decidí dejarlo pasar. Le di a Jacob una leve sonrisa sobre mi vaso de agua.
—¿Es eso todo lo que vas a comer? —dijo, señalando mi pequeña ensalada—. Por favor ordena lo que quieras.
Di un pequeño encogimiento de hombros.
—Realmente no tengo mucha hambre. —En realidad estaba muerta de hambre, pero Alice tenía dos comidas más programadas para mí, así que me estaba conteniendo. Además, todo lo que ponía en mi boca parecía saber a Old Spice. Así que bebí mi agua y pretendí lucir interesada mientras Jacob hablaba.
Y traté de no pensar en Edward. Olía muy bien. Anoche cuando me había acurrucado contra él, un ligero y picante aroma se había aferrado a su piel y no había sido capaz de descubrir lo que era. Desodorante o jabón de baño, tal vez. Muy sutil y limpio. Mi nariz picaba. Decidí que me gustaba sutil y limpio.
—¿... amiga de Edward Cullen?
Mi atención volvió a mi cita, quien tenía una radiante y blanca sonrisa de megavatios hacia mí.
—¿Disculpa?
—Estaba hablando de Edward. ¿Es tu amigo?
Muda, me le quedé mirando. ¿Había escuchado mi conversación telefónica y quería llamarnos "amigos"?
—Supongo que podrías decirlo así. —¿Era así como Alice lo estaba llamando? Lo mejor era seguir la corriente.
—Escuché que es un hombre importante en su clan.
Hablar sobre él me hacía infeliz, así que dije:
—No lo sabría.
Para mi alivio él entendió el mensaje y cambió el tema a otras cosas.
Jacob era una maravillosa cita: ingenioso, encantador, se reía ante mis intentos de chistes, y me hizo sentir linda. Las mujeres reducían el paso mientras pasaban por nuestra mesa, echándole un vistazo. Tocó mi mano repetidas veces, me devoró con los ojos, e hizo obvio el hecho de que quería comerme como a un caramelo.
Entonces, ¿por qué mi cerebro estaba completamente concentrado en el hombre con él que había salido anoche? Ambos hombres eran were-pumas. Ambos hombres eran atractivos. Jacob era el epítome de la amabilidad, mientras que la juguetona sonrisa de Edward me volvía loca de deseo.
Dividida entre dos pumas. Por extraño que parezca, no es un problema que alguna vez pensó que tendría.
Mi siguiente cita no fue mucho mejor.
Era otro restaurante (la opción obvia, claro) y comenzó bien. Al menos por los primeros cinco minutos. Después de eso nos dirigimos directamente a un territorio incómodo.
—Así que —dijo Mike el naga—, ¿qué haces? —Sus ojos me miraban con demasiado interés, su mirada centrada en mi escote. Al menos Jacob había tenido la decencia de mirarme a los ojos.
Jugueteé con un poco de pollo a la parmesana. ¿Se suponía que debía admitir que trabajaba en la agencia, o debía mentir al respecto? Mientras dudaba, la lengua de Mike chasqueó sobre sus labios. Santo Dios, ¿esa cosa estaba bifurcada?
Distraída momentáneamente, tuve que reorganizarme.
—Soy una contadora profesional.
La lengua bífida realmente me estaba dando escalofríos.
—Es fascinante —dijo en un tono de voz que significaba que era menos interesante que la espuma de polietileno—. Entonces, ¿cómo entraste en la agencia de Alice? Es muy exclusiva. —Al igual que, ¿cómo un humilde humano podría manejar convertirse en algo digno de mención?
—Oh, de la manera usual. —No sabía cuál era la manera usual, pero estaba dispuesta a apostar a que él tampoco. Algo se deslizó contra mi zapato y retrocedió. ¿Qué demonios? ¿Era eso una cola?
Me dio una mirada que supuse debía ser seductora.
—Humanos autorizados son raros —dijo, sus ojos clavados en mi cuello como si yo estuviese usando alguna clase de luz intermitente alrededor. ¿También podía ver las marcas de Edward? —. Especialmente vírgenes.
—¿Alice te dijo que era virgen? —Traté de preguntar con una voz casual, como si no estuviese gritando por dentro. Como si estuviese preguntando si su cita era Republicana o Demócrata. O una naga. Mike pareció sorprendido ante mi pregunta y tomó otro trago de su vino, su lengua golpeó el borde de la copa. Sí, definitivamente bifurcada. Reprimí un escalofrío.
—En efecto. Una virgen es muy deseada —dijo—. Has sido declarada como algo digno de ser visto, estás libre de enfermedades, y eres considerada una compañera justa para cualquier miembro de la Alianza.
Me alegré de no estar comiendo, si lo hubiese estado, estaba muy segura de que habría vomitado.
—¿Una compañera? —dije—. Qué agradable. —Qué suertuda. Tomé mi copa de vino y la giré alrededor, esperando lucir como si supiera lo que estaba haciendo. No tenía idea de por qué las personas revolvían el vino de sus copas.
Mike se inclinó hacia adelante.
—¿Tu corazón está reclamado por otro? —Su lo-que-sea-que-fuera se deslizó contra mi zapato de nuevo.
Ugh. Si Alice pensaba que podía chantajearme a casarme con uno de sus clientes, después de haberles exprimido cada dólar que pudiera, claro, estaba profundamente equivocada. Yo no estaba a punto de unirme a este tipo. De hecho, estaba empezando a temer del resto de las citas que ella había arreglado para mí, excepto por Edward. Mike estaba mirando mi cuello de nuevo, como si quisiera cubrir la marca de Edward con una suya.
—Oh, Dios, mira la hora —dije, fingiendo sorpresa. Como si yo hubiese estado tan encantada con nuestra cita que había perdido completamente la noción del tiempo. Puse mi servilleta en la mesa—. Realmente debería irme pronto.
Tocó mi mano, una ardiente mirada en su rostro.
—Nunca he conocido a alguien como tú —declaró, sus húmedas palmas agarrando mi mano entre ellas—. Eres hermosa y sofisticada y.… virginal.
Obviamente Mike no salía mucho si pensaba que yo era sofisticada. Y era un poco espeluznante que él siguiera volviendo a la cosa de la "virginidad". Traté de sacar mis manos de las suyas.
—Qué dulce eres.
—Necesitamos salir de nuevo —dijo, negándose a dejarme retirarla—. Podría estar enamorándome. —Sus ojos se movieron de nuevo al maravilloso lugar en mi cuello que todos parecían ser capaces de ver menos yo.
¿Estaría él la mitad de enamorado si yo ya no hubiese sido marcada como propiedad privada? Lo dudaba.
—Discúlpame, necesito ir a empolvar mi nariz.
Levantó mi mano atrapada a su boca y besó el dorso de ella, su lengua golpeando contra mi piel. Apenas pude lograr esconder el estremecimiento que se sacudió a través de mí.
—Baño —grité y alejé mi mano con fuerza, luego tomé mi bolso y corrí al baño de mujeres. Allí había una asistente, y le ofrecí un billete de veinte—. ¿Puede decirme si hay una manera de salir de aquí?
Ella me dio una mirada de complicidad.
—¿Es tu cita ese que está allí con la corbata bolo y el chaleco amarillo?
—Ningún otro. Tienes que ayudarme —dije inclinándome—. Creo que está usando espuelas.
Ella se estremeció.
—Hay una puerta a través de la cocina. Te llevaré allí.
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Nubile ingénue: joven ingenua.
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¡Nos vemos!
