Tenía los nervios alojados en el estómago como una bola desde que la tarde anterior se había despedido de Edward en el cruce de la entrada del pueblo para que él tomara el camino a su casa y ella regresara a la suya, porque como si fuera posible se había vuelto a esconder tras ese gesto taciturno. Se despidió incluso frío y sin emoción por mucho que hubieran caminado de la mano o lo último de lo que hubieran hablado hubiera sido de su futura cita del sábado.
-He pensado...- dijo ella-... que el sábado sí que podíamos ir al cine e ir después a la pizzería.
Pero apenas asintió o hizo comentario alguno más que no fuera referente a lo tarde que se estaba haciendo, así que le dejó ir. Se subió a su coche con su ritual, le saludó con la cabeza y desapareció, dejándola con aquella sensación de vacío y su bola del estómago que apenas se mitigó cuando se llevó las manos a la nariz para respirar esa maravillosa esencia suya que había dejando en ella.
Caminando de la mano. La idea le hacía sonreír. Aunque con tristeza. Porque ahora quería hacerlo a todas horas, aferrar sus manos con las suyas, decirle que todo iría bien y que le pasara lo que le pasara, a ella no le importaba.
Por eso, quizás, no le sorprendió que hoy no hubiera acudido al instituto.
A estas alturas tenía un sexto sentido sobre Edward. Tanta observación se lo había desarrollado. Su coche no estaba en el aparcamiento, sus hermanos había venido en los suyos propios y no se lo había topado por el pasillo. Podía pasarse el día sin encontrarse con él hasta la clase de Biología, pero había cruzado por la zona de su taquilla y no estaba.
Como tampoco estaba en la mesa con sus hermanos. Estaba la rubia, Rosalie, el grandote, Emmett e incluso el otro chico, Jasper, pero sólo había una silla más para Alice, a la que había visto en clase de Literatura.
Tomó su bandeja con su nudo en el estómago, apenas cogió un sándwich y un yogur, saludó a Jessica y a Mike y se disculpó para sentarse sola diciendo que tenía que terminar unas tareas porque no tenía ganas de hablar con nadie, así que se sumergió en sí misma sin levantar la cabeza hasta que una vocecilla de campanilla le habló:
-Hola, Bella.
Alice Cullen estaba allí, delante de ella, sonriendo, jovial, con su esencia familiar, un bolso precioso colgado al hombro, su bandeja y una caja con un lazo color rosa. Pestañeó cual bobalicona y después miró tras ella, donde el resto de los Cullen – menos Edward – estaban en su mesa.
-¿Puedo sentarme?
Asintió e incluso retiró su bolsa andrajosa para que no tocara la fina y delicada piel del bolso de Alice, que le sonrió más y se sentó en un saltito encantador para sonreírle tanto que casi le hizo deslumbrar, como sus hermanos a su espalda. Cada uno de los Cullen presentes parecían pendientes de ellas: Jasper estaba enfrente mirándoles aunque sin la acritud que mostraba siempre Rosalie. Emmett por el contrario le saludó levemente con la mano.
-Para ti- añadió Alice tendiéndole la caja con el lazo- Edward me contó lo de tu móvil.
-Oh, no, no- lo rechazó- Ya le dije a él que no era necesario.
-Se lo dijiste a él pero no a mí- insistió- Un pequeño presente conmemorando el comienzo de nuestra amistad.
-Alice, no... De verdad, no puedo aceptarlo. Y no tienes que hacerme ningún regalo: ya le dije a Edward que me encantaría ser tu amiga y que hagamos cosas juntas.
-Entonces, no hay más que hablar- puso la caja sobre la bolsa- Mis amigas aceptan mis regalos. Y lo necesitarás para que hablemos: ya está en la memoria mi teléfono y el de Edward, por ejemplo- añadió en un guiño de ojo.
Sonriendo tímidamente asintió y metió la caja dentro de su mochila, librándola de las miradas ajenas. No solo las de los Cullen, las que hasta comprendía, siempre en su círculo que la verían como una intrusa molesta, si no la de Jessica y Mike a los que les faltaban las palomitas.
-No...- titubeó- vendrá hoy, ¿verdad?
-No, no se encontraba muy bien.
-¿Qué le ocurre? ¿Está enfermo?
-No, no te preocupes. Edward tiene muchos problemas de insomnio y nuestros padres prefieren que se quede en casa descansando.
-¿Insomnio?- repitió.
-Sí, puede pasarse días sin dormir.
¿Días sin dormir? Ahora sí que quiso tomarle de la mano, incluso abrazarle y mecerle. La explicación a sus ojeras – que la gente achacaba a unas supuestas drogas – los días que no se afeitaba o estaba ligeramente descuidado se abrió ante sus ojos. Incluso a los cambios de humor, a sus silencios y sus manías: las personas se ponían insoportables cuando tenían hambre y cuando tenían sueño.
Pero Alice no le dio más importancia a la revelación y abrió su yogur para lamer la tapa y disponerse a comer.
-¿Le ocurre muy a menudo?
-Bastantes veces.
-¿Y... vuestro padre no puede hacer... nada? Es médico, quizás...
Alice se encogió de hombros y le volvió a sonreír en su próxima cucharada para añadir:
-¿A qué hora sales de la tienda de los Newton?
-Eh...- dubitó- Suelo salir a las 6.
-¿Crees que podremos quedar después? Para tomar un café y charlar un rato. En un sitio más tranquilo.
Bella miró por encima del hombro de Alice. Sí, tenía toda la razón. Los Cullen les seguían mirando, pero para la actitud del resto de los presentes no había calificativo: Mike se había quedado incluso con la pajita de su refresco a unos centímetros de su boca en forma de "o" como si no pudiera respirar, tragar ni pestañear sin saber lo que ocurría en su mesa.
-Me apetece mucho, pero hoy tengo muchas tareas atrasadas- y como le sonó a excusa, aunque no lo era, añadió rápidamente- ¿El domingo? ¿Qué te parece? Aunque si Edward se encuentra mal quizás vaya a cancelar lo del sábado...
Se entristeció más que en todo el día, si era posible, y la bola de su estómago se hizo hasta más grande. No ver a Edward ese sábado. La idea era cuanto menos insoportable. Quería verle y hablar con él. Respirar la esencia que compartía con su hermana. Con eso, ya se conformaba.
-El domingo me viene muy bien- sonrió- Eres mi primer amiga, ¿sabes?
-¿No has tenido otras amigas?- preguntó extrañada.
-No- meneó la cabeza- En el Orfanato la gente no era muy amable y cuando me adoptaron empezamos a mudarnos mucho, así que nunca he estado en ningún sitio demasiado tiempo para tener amigas. Perdóname si no lo hago bien- sonrió de nuevo.
-No te preocupes, yo tampoco he sido de muchas amigas. Siempre he estado con mi madre, así que quizás tú también seas mi primera amiga.
-¿Y la chica del periódico de las gafas?- frunció el ceño.
-¿Ángela? También puede ser amiga de las dos.
-Sí, quizás- sonrió de nuevo- Aunque te querré más a ti- se rió- ¿Cuál es tu color favorito?
-El... verde. ¿Por qué?
-¡Por nada!- exclamó levantándose para reírse- Hablaremos para el próximo domingo. Volveré con mis hermanos antes de que se acabe la comida. Me ha encantado que charlemos, Bella.
Y sin más, como había aparecido, Alice, desapareció para tomar asiento en su mesa de siempre – saludándola con la mano – y regresar con los Cullen.
Verse allí, sola, le hizo sentirse más ridícula que en toda la mañana, por lo que agachó de nuevo la cabeza y volvió a meterse en sí misma, analizando toda la información con la que contaba: Alice era una chica jovial e hiperactiva que derrochaba felicidad por allí por donde pasaba. Y parecía no tener tantos tabús como Edward porque le había hablado de su Orfanato e incluso de él. Sí, su personalidad podía ser arrolladora, pero su presencia le gustaba y no sólo por su olor. Además, le había ayudado a poner una pieza más en el puzzle de Edward que le daba llave a numerosas cuestiones sin resolver. Y con ello un regalo, algo que no le ocurría muy a menudo.
Mirando la caja en su bolsa, el timbre sonó y los alumnos empezaron a levantarse.
-¿No vienes, Bella?
Mike estaba delante de su mesa con su pinta de bobalicón, pero ella había tenido otra idea mejor, por lo que cogió su bolsa y se puso en pie.
-No, tengo una hora de estudio. Nos vemos en la tienda.
-No tengo ganas de hablar. Déjame en paz- rumió, inmóvil, de lado en la cama sin separar apenas los labios.
-Sólo vengo a comprobarte la tensión, no hace falta que digas nada si no lo deseas, hijo.
Escuchar la voz aterciopelada de su padre le asustó, por lo que se volvió de inmediato, aunque en un primer momento casi no pudo diferenciar su silueta en la oscuridad del cuarto en la que llevaba inmerso desde ayer noche. Su habitación estaba tan oscura como estaba ahora mismo él por dentro. Quizás esa era su manera de fustigamiento sin proponérselo. No le importaba saber qué había más allá de las cortinas de su habitación porque probablemente llovería y le deprimiría más.
-Creía que era Alice, me ha parecido oírla en el pasillo- explicó.
-No, aún no ha llegado, sería Rosalie. ¿Me permites? A penas serán unos segundos.
-Estoy bien, no me encuentro mareado ni nada.
-Lo sé, pero tu madre se ha empeñado- insistió para acercarse a la cama- ¿Puedo?
Edward suspiró y se dejó caer en la cama para tender el brazo, pero su padre en vez de sentarse a su lado y ponerle el manguito para proceder con la claridad que había en el cuarto una vez te acostumbrabas a las tinieblas, encendió la lamparilla lo que golpeó en la parte interna de los ojos. Se los cubrió quejoso y se quedó con la mano sobre ellos.
-Casi no has comido, hijo- hizo en referencia a la bandeja intacta que había sobre la mesilla.
-No tengo hambre.
-Deberías intentar aunque fuera tomar líquidos, o tu madre querrá que te ponga una vía para hidratarte esta noche.
-Mamá debería de buscarse una nueva afición porque esto te trastorna demasiado- replicó.
-Eso es cruel, Edward. Sabes que todos nos preocupamos mucho por ti porque te queremos- dijo en tono severo.
-Lo sé- suspiró- Perdona. No sé lo digo. Ojalá pudiera dejar de preocupar a mamá y ser un chico normal, de los que salen con chicas, suspenden y se meten en líos. Como Emmett.
-Ya tenemos un Emmett y nos conformamos contigo, con unas horas de sueño- sonrió- ¿Has conseguido dormir algo?
-Creo que 20 minutos.
-Deberías salir un rato e intentar distraerte, estar aquí tumbado no creo que te ayude demasiado.
-Sí, luego bajaré.
El hombre sonrió de nuevo y ahora sí tomó el manguito del esfigmomanómetro para ponérselo alrededor del brazo y proceder, centrándose en su trabajo por lo que Edward volvió a cerrar los ojos, suspirar y disfrutar del silencio de la habitación sólo rota por el soplar de la pera y de la tensión del velcro cuando llegó a apretarle al máximo.
-Estás bien, hijo. Sólo necesitas volver a regular tus ciclos de sueño.
-Y podré volver al instituto.
-Por ejemplo.
-Y ver a Bella- añadió.
Carlisle asintió mientras quitaba el manguito para enrollarlo y sólo cuando acabó dijo con voz suave:
-Sabes que nunca te diría qué hacer y qué no hacer y sólo quiero que seas feliz, pero a veces las cosas no son blancas o negras, Edward. Cuando conocí a tu madre sabía que no era el mejor momento y lo más fácil hubiera sido darme la vuelta y seguir con mi vida, pero nunca me he arrepentido ni un sólo segundo de mi decisión. Porque con esa decisión te tengo a ti y todos nos tenemos los unos a los otros.
La palabras sobrecogieron a Edward más desde que toda la situación ya lo llevaba haciendo: desde la tarde anterior con Bella hasta la extenuación de su madre cuando supo que el insomnio había vuelto y que no había pegado ojo en toda la noche porque la sabiduría de su padre era como la luz a ese día de sombras. No sólo podía haberles dado la espalda, no sólo se había sacrificado, no sólo había perdido a su propia familia para estar con ellos, sino que además era la voz en la locura y la calma en su tempestad.
-Así que quizás no deberías de precipitarte y ver qué pasa- añadió con una sonrisa- Los grises, tienen muchas escalas.
Le revolvió los cabellos, le besó la frente y sin más, con el silencio que le caracterizaba, se levantó de la cama y salió del cuarto dejándole allí, mirando el techo de estrellas luminosas que adornaban su cama.
Era muy bonita, nunca le había agradecido a su madre lo suficiente por haber escogido una habitación tan acogedora como la suya: no sólo estaba en la parte más alejada de la casa lo que le evitaba discutir o escuchar innecesariamente a sus hermanos, si no que tenía baño propio y unas vistas al bosque impresionantes. Le había instalado de todo: su propia televisión con todos sus accesorios, su propio ordenador, su propia colección de libros y su propia colección de música. Tapaba la ausencia de fotografías que toda familia tenía con bonitos dibujos, grabados y arte, tenía un sofá muy cómodo en el que tumbarse y la cama era tan exquisita que sus hermanas bien se pelearon para tener ellas una igual: labrada y con techo para ponerle un dosel como si fuera una persona que disfrutara de muchas horas de sueño.
Cuando se instaló allí por primera vez pensó que sería una pena tantas molestias para lo que estarían en ese pueblo, pero ahora se daba cuenta que era la manera de su madre de darle su propio espacio en el mundo.
El timbre de su móvil sobre su mesilla le distrajo de sus pensamientos y a punto estuvo de silenciarlo para volver a cerrar los ojos – creyendo que sería Alice con sus trivialidades- cuando vio en la pantalla que la llamada entrante era de Bella. La sangre se le heló en las venas, miró instintivamente el reloj de la mesilla y mentalmente calculó que sus clases habían acabado y que estaría en la tienda de los Newton o camino de ella.
Dudó en cogerlo. Hasta lo dudó. Décimas de segundo. Después descolgó porque quería oír su voz para que le dijera lo que tuviera que decirle, fuera bueno o malo.
-Hola.
-Hola- dijo la dulce voz de Bella desde el otro lado.
-Ya tienes móvil- observó absurdamente- ¿Has conseguido arreglarlo?
-No, Alice me lo ha regalado. Me ha sabido mal decirle que no. Dice que es en conmemoración de nuestra amistad- rió- Espero que no te importe, tú te ofreciste primero.
-Oh, no, no. Le daré las gracias porque así... podemos volver a hablar.
¿Volver a hablar? No, no, era la primera vez que hablaban por teléfono. Su voz por el hilo telefónico era incluso más bonita. Por una vez no se molestaría de la hiperactividad de su hermana, de su ansia consumista y de no obedecer a sus deseos.
-Es un modelo muy moderno, tiene muchas cosas, como el tuyo. Me ha llevado un buen rato saber cómo se encendía, dónde iba la tarjeta y cómo se llamaba- volvió a reír.
-¿Qué modelo es?- preguntó tontamente.
-No lo sé. Tiene una teclas muy pequeñas- rió de nuevo- Es de color rosa. Y le ha puesto una foto de una flor en la pantalla. Creo que no pega mucho conmigo.
-¿Por qué dices tal cosa?
-Bueno, yo no soy tan femenina como tu hermana Alice, que lleva toda su ropa a juego y el pelo perfecto. O qué decir como tu hermana Rosalie. Cualquier teléfono viejo me hubiera valido.
-Bella, eres la chica más bonita del instituto. Y cualquier flor tendría envidia de poder compararse contigo.
-Vale. Ya me has hecho sonrojar de nuevo.
Suspiró divertido y cerró los ojos imaginando la preciosa cara de Bella con sus mejillas encendidas. ¿Qué llevaría puesto hoy? Con cualquier cosa estaría muy linda. Y la echaba de menos, tanto como a sus horas de sueño. Debió ser valiente, haberse tomado su medicación y hoy habría estado con ella, en vez de allí escondido como un cobarde. Si no quería saber de él y de sus manías, tenía que afrontarlo. Ni blanco ni negro. Como decía sabiamente su padre.
-No lo hago intencionadamente, perdona- añadió.
-¿Seguro?- rió Bella- ¿Te encuentras bien? Alice me ha dicho lo de tu insomnio y que tus padres no quieren que salgas de casa.
Se incorporó de golpe, alerta, deseando matar a Alice. No sólo la había agasajado con su regalo y quién sabe más cosa, si no que contaba sus trapos sucios. Su insomnio, lo que le faltaba. Como si no tuviera suficiente con saber de sus rituales que ahora se pasaba las noches en vela como si la conciencia no le dejara dormir.
-Alice debería cerrar su bocaza- espetó.
-No digas eso, ha sido muy amable. Me ha gustado que se sentara conmigo a la hora de la comida. Ahora tú y ella sois lo que más me gusta de Forks.
Alice no saldría viva de allí. Empezaría cortándole el pelo, lo que la volvería loca. Después rompiéndole las uñas y por último tiñéndole las cejas. Una venganza lenta y dolorosa. Así aprendería a respetarle.
-¿Se ha sentado contigo? ¿En la cafetería?
-Sí, un rato. Y deberías de estar aliviado porque hoy la gente no ha hablado de tu ausencia, si no que el tema de conversación hemos sido Alice y yo.
-Bella, siento mucho que...- murmuró- Sé que te gusta pasar inadvertida, pero te prometo que Alice no te volverá a importunar.
-¡No, no!- exclamé- Alice no me inorportuna, y la gente chismosa del instituto hablarán, sea de lo que sea. Inventarán bulos sobre ti o sobre mí o sobre ellos mismo. Ya te lo dije ayer, no me importa. Confío en ti y me gusta estar contigo y con Alice. Quiero que vuelvas a clase, Edward. ¿Cuando crees que podrás volver?
¿Bella le estaba diciendo que quería verle de nuevo? La falta de sueño le hacía oír cosas irreales. No podía ser cierto. Le había gritado, sabía de sus carencias, soportaba a Alice y aún así seguía allí, al otro lado del hilo telefónico. Y así quiso haber sido fuerte y estar con ella, poder cogerla de la mano como el otro día y ver sus mejillas encendidas. Porque era maravillosa y su color gris.
-No lo sé, quizás el lunes si duermo bien.
-¿Y la cita del sábado? ¿La vas a cancelar?
-No, no quiero cancelarla, pero quizás mis padres no me dejen salir.
-¿Y si...? No sé, intentas relajarte y dormir. Cuando era pequeña y no podía dormir, mi madre me preparaba un baño caliente y después me daba un vaso de leche.
Sonrió más mientras se frotaba los ojos porque no podía creer que Bella le estuviera dando consejos para su insomnio porque se preocupaba por él. Bella se preocupaba por él, aún sabiendo de sus manías, los problemas legibles y haber portado como un energúmeno con ella.
-Si mis padres al final no me dejan salir, puedes quedar con Alice y hacer algo juntas.
-Preferiría hacer algo contigo, pero está bien- rió- Te he guardado tus tareas de Biología, te las mandaré por email en cuanto llegue a casa.
-Gracias, Bella. Por todo.
Sin borrar la sonrisa dejó el teléfono sobre la mesilla y se levantó para subir las persianas. La claridad del exterior le volvió a molestar y entornó los ojos, para sorprenderse que al contrario de lo que creía no llovía aunque tampoco hacía sol; el cielo estaba cubierto por nubles blancas esponjosas que ni siquiera amenazaban en descargar. Miró unos segundos fuera y después se giró para entrar en el cuarto de baño, darse una ducha, lavarse los dientes y salir al vestidor. Con un par de vaqueros y una camiseta cruzó al pasillo para empezar a bajar las escaleras.
Desde el primer descansillo pudo escuchar el sonido de la tele casi a todo volumen y la musiquilla infernal del juego de consola al que Emmett se estaba convirtiendo en adicto. Sonaban los ruidos de una espalda imaginaria blandiéndose en el aire y luego topando con metal de lo más real que se te metían por los tímpanos, así que supuso que desde que había llegado de clase era todo a lo que se había dedicado. Como Rosalie, que estaba sentada en el sillón individual, para variar, pintándose las uñas. Su madre, por el contrario, retocaba un jarrón de rosas frente al ventanal del jardín y su padre, como si la pelea que tenía Emmett contra el aire no le molestaba, leía el periódico en el otro sofá individual.
-¡Edward!- exclamó su madre, la primera que se percató de su presencia- ¿Te encuentras mejor, hijo? ¿Has dormido?
-No, la verdad que no, pero me he dado cuenta de que tampoco hago nada en la cama auto compadeciéndome de mí mismo.
-Enhorabuena- gruñó Rosalie sin dejar su actividad.
Su padre le sonrió para seguir al periódico y Emmett apenas separó la vista de la pantalla un segundo para dar otro golpe en el aire con el mando.
-¿Queda algo de comer? Estoy hambriento.
-Si no queda, te prepararé lo que quieras, hijo- respondió su madre amorosa.
