Ese mayordomo, impertinente
Sebastian miraba atentamente al médico cuidando que sus movimientos fueran adecuados, listo para intervenir en caso de que apareciera alguna negligencia accidental o causada. Respecto a la seguridad del Conde se había vuelto poco más quisquilloso a última fechas cuando llovían las amenazas desde todos lados. Pero aquél hombre regordete, calvo y pulcramente arreglado, había resultado bastante competente en su labor poniendo en alto la razón por la que atendía casas nobles a manera particular y no hospitales de mala muerte en medio de un pueblo alejado de la civilización. Algunos minutos después, finalmente pudo asegurar que el paciente se encontraba librado de complicaciones aunque no considerado apto para permanecer en la velada el resto de la noche.
—No debe exponerse a alguien con problemas respiratorios a emociones fuertes. Eso ya debe ser una regla inquebrantable, Lord Fellon — sentencio con severidad acomodando los implementos en su maletín. Sebastian comprendió al momento que el médico estaba al tanto de las actividades de entretenimiento del noble.
—Sí, lo entiendo. Seré más cuidadoso — respondió el caballero sinceramente apenado porque no esperaba aquella complicación médica de quien se hubiera convertido en solos unas noches, en su favorito.
Ciel dormitaba, acaso era consciente por poco, pero no se sentía con la fuerza para abrir los ojos siquiera, aunque lo intentaba haciendo también ligeros movimientos con la cabeza.
— ¿Le importa si lo llevo a su dormitorio? El joven amo tiene problemas para conciliar el sueño fuera de la mansión.
Lord Fellon, que había permanecido con una sincera angustia al pendiente del muchacho, sacudió la cabeza para salir del embelesamiento indicando a su propio mayordomo que preparara el carruaje de invierno, que era más cálido que el de otoño que aún usaban muchos cocheros dada la estación, y con ello esperaba hacer el transporte más cómodo.
Sebastian acomodó a su señor de manera que no le diera ni una sola corriente de aire aceptando la manta de lana que el anfitrión había prestado para tal propósito.
—Por favor, mayordomo, envíeme noticias por la mañana — indicó el noble despidiéndole en la puerta.
—Así será, señor.
Con Ciel bien abrigado en la parte posterior, y el cochero de lord Fellon al frente, regresaron a la mansión con relativa calma. Sir Terry, que había entrado último, se había sentado en el suelo cerca del joven amo levantando la nariz de vez en cuando como si quisiera monitorear que todo iba en calma.
—Se… Sebastian…— pero la inconsciencia venció el deseo de hablar del muchacho.
Sebastian sostenía la cabeza del joven sobre su regazo y le había mirado detenidamente desde que le vio desfallecer apenas iba él entrando al coche por la puerta contraria. Su última recaída respecto al asma tenía ya bastante tiempo y había sido por bajas temperaturas, un cambio brusco que no pudo controlar, pero en esta ocasión había sido sin duda, tal como el médico indicó, una fuerte emoción.
¿Habría estado al tanto de lo que había sucedido con la hija de la Marquesa?
Tal vez. Aunque no fuera siquiera consciente de ello, los humanos tenían algo que pocas criaturas sobre la tierra lograban desarrollar: empatía, y con alguien tan cercano como Elizabeth, era de suponer que algo presintiera sin saber siquiera qué o sobre quién.
Soltó un resoplido pensando en lo complicadas que se habían vuelto las cosas. Podía quedarse toda la noche con su amo, pero sin falta tenía que estar en Gales a las nueve de la mañana para arreglar algunos asuntos pendientes con el profesor de música que no se encontraba disponible cuando arregló el piano, de ahí tomar el tren de regreso a Cornualles donde lo esperaría el cochero de los Middleford, vería a la Marquesa y solo le quedaba esperar qué se le ofrecía.
Miró distraídamente por la ventana recargando el codo sobre el descanso para dejar caer su mentón sobre la mano.
—Elizabeth Middleford, que inoportuna señorita — dijo en un murmullo.
.
— ¿Pero estás segura? — preguntó Bard sacando un cigarro arrugado para ponérselo en la boca al tiempo en que cargaba la escopeta sigilosamente.
—Sí… sí, perdóneme por molestarlo a estas horas.
— ¡Qué va! ¡Ni que estuviera dormido! Apenas dan las diez.
Y con las palabras del cocinero se escuchaban las campanas del reloj del vestíbulo.
Paula estrujaba con fuerza el delantal blanco, muestra de lo nerviosa que se encontraba. A su lado iba Maylene con la expresión igualmente precavida, no se había quitado las gafas y no lo haría hasta estar completamente seguros de las palabras de Paula. Finny y Snake iban detrás de ellas, las serpientes siseaban el aire pero no parecían reconocer algo extraño.
—Tal vez fue el aire — aseguró la sirvienta de Phantomhive.
Bard la hizo callar indicándoles a todos que prestaran atención al ruido que acababa de escuchar o al menos creía haberlo hecho.
Al principio pareció como el viento silbando entre algún ventanal abierto tal como había sido sugerido al inicio cuando Paula entró corriendo a la sala común, pálida como el papel diciendo que había alguien en la casa, pero poco a poco apreciaron el cambio en la nota que no correspondía a un soplido natural. Era como un gemido, de alguien que lloraba.
— ¿No es lady Elizabeth? — preguntó Finny cayendo en cuenta de que sí debería haber una persona en la planta alta.
Paula negó rotundamente.
—Ella está con Lady Jean Von Hilde — excusó. Aunque eso tampoco era verdad, justificaba lo que sí era, y era que su ama no estaba.
—Cierto.
Bard volvió a hacerlos callar.
La comitiva empezó a subir las escaleras a paso lento pero seguro. Discretamente Maylene empezaba a buscar el final del faldón para estar lista de ser necesaria su intervención. A medida que avanzaban fueron capaces de definir de mejor manera aquél lamento silbante reconociéndolo perfectamente como tal. Escucharon incluso la respiración cortada que interrumpía aquella pena.
—Pero viene del cuarto de Lady Elizabeth ¿Segura que no regresó antes porque se sentía mal? — insistió Bard reconsiderando la propuesta antes de que Maylene estallara en gritos de euforia con su fanatismo por lo esotérico jurando que era algún fantasma, aunque nunca había habido uno en la mansión Phantomhive desde que ellos servían ahí.
Paula volvió a negar, estaba completamente segura de que no había visto carruaje alguno llegar, si bien, solo esperaba a un único caballo.
El cocinero expulsó el humo del cigarro por las fosas nasales y caminó más aprisa cuidando de no hacer ruido, preparado para emboscar a quien fuera el atormentado que se encontraba en una habitación al final del pasillo.
—No viene de la habitación de lady Elizabeth, dice Oscar — dijo el mensajero con el entrecejo fruncido, apretando ligeramente a la serpiente que parecía querer escapársele de las manos —. Es más atrás, en el cuarto de blancos del ala, dice Emily.
Y no se equivocaba.
Maylene buscó las llaves, no las había perdido y nadie más que Sebastian tenía duplicado, así que quien estuviera ahí debió forzar la puerta, por consiguiente, abrirla de una patada no sería difícil. Bard pareció adivinar sus pensamientos y se adelantó para ejercer la fuerza sobre la puerta de madera.
.
Escuchó las campanas del reloj ¿Tan solo había pasado una hora desde que se quedó al borde de la cama?
Hundió más el rostro en la almohada queriendo ahogar sus sollozos. Pero llorar en silencio no era en absoluto una de sus virtudes por mucho que se esforzara. Sentía los ojos hinchados y cansados, sin embargo, cada que intentaba quedarse dormida venía a su mente la imagen de Sebastian en el momento anterior que debió imaginar al no poder ver nada, y con ese cuadro inventado a base de sensaciones no hacía más que sentir el remordimiento de no poder cambiar el rostro de Sebastian por el de Ciel aunque lo intentaba con fuerza.
El sentimiento de traición la embargaba, pero lo que de verdad le llegó a causar repulsión más allá de la recreación mental de lo que fuera su primer beso, era que sentía que había sido muy breve.
¡¿Qué clase de desagradable mujer era?!
.
El ruido de la patada de Bard fue aparatoso, pero no tanto como el de los dos proyectiles disparados por el cañón doble yuxtapuesto del arma que fue recargada a toda velocidad para sacar otras cuatro series dobles.
Paula gritó, cerró los ojos y se cubrió los oídos al tiempo en que Maylene se subía las gafas hasta usarlas de diadema para enseguida también subirse el faldón sacando las dos armas que siempre llevaba consigo.
— ¡Mierda! ¡No le di!
— ¿Cómo que no le diste? ¡Lo tenías justo enfrente!
— ¡Pasó a tu lado!
— ¡Allá!
El mensajero sujetó a Paula para que no se moviera del sitio donde estaba, de esa manera esperaba no entorpecer el trabajo de los otros dos que seguían disparando a… algo que saltaba de un lado a otro dando alaridos cada vez más fuertes.
.
Se levantó de un brinco al primer disparo, y el rumbo de sus pensamientos giró violentamente a Paula.
— ¡Paula!
Alcanzó la bata de seda rosa para encimarla sobre la ropa de montar que aún tenía, jaló la espada que su dama escondía cuidadosamente bajo la cama y sin perder más tiempo alcanzó el picaporte.
Realmente estaba asustada, era la primera vez que Paula estaba fuera de la habitación durante alguna intromisión. No era la primera que le tocaba escuchar una, desde que se quedaba en la casa Phantomhive, siempre había gente que quería entrar a cobrarle algo al perro de la reina, pero no había tenido necesidad de hacer nada porque los sirvientes se hacían cargo.
.
Una de las puertas contiguas se abrió con algo de violencia, pero antes de que se asomara alguien, del interior se escuchó el grito de la hija de la Marquesa, no había esperado que apareciera una criatura de forma indefinida pasando por entre sus piernas en la escapatoria.
— ¡Lady Elizabeth! — exclamaron todos.
Aquella cosa a la que pretendían disparar se había colado por la puerta abierta tomando por sorpresa a la joven, enseguida al grito, solo el ruido de los cristales al romperse y el silencio.
— ¡Lady Elizabeth!
Paula había corrido a su lado soltándose del mensajero, olvidándose que ella misma estaba al borde del desmayo.
— ¡¿Está usted bien?!
— ¿Qué era eso? — preguntó la rubia soltando la espada, aún consternada por lo que parecía una rata gigante de cola aún más gigantesca.
Bard había corrido junto con Maylene hasta el balcón asomándose con las armas en mano, pero fuera del reflejo de los cristales rotos, no había absolutamente nada.
—Ni siquiera lo herimos — observó la sirvienta al no encontrar rastro alguno de sangre. Bard masculló un improperio.
.
Sebastian miró a los cinco sirvientes con el semblante severo después de haber dejado a Ciel en su habitación y de que Paula acostara nuevamente a Elizabeth en otra pieza, debido al cristal roto, sorprendiéndole poco que la dama ni siquiera haya salido a comprobar que su primo estuviera ya en casa aún cuando escuchó que todos entre gritos corrieron a su encuentro.
— ¿En dónde está el señor Tanaka? — fue lo primero que preguntó apenas se percató de la ausencia del anciano, pues era usualmente él quien explicaba lo ocurrido con mucho detalle y objetividad. Cualidad que los otros cuatro más jóvenes debieran aprender, según su opinión.
Sorprendidos porque no habían pensado en ello, se miraron unos a otros negando con la cabeza al desconocer la respuesta.
—Mándalo llamar — ordenó enseguida el mayordomo al mensajero que sin replicar deslizó a una serpiente que rápidamente ondeó por el suelo hasta perderse entre los oscuros pasillos.
— ¿Qué fue lo que vieron?
—No lo sé… era… como del tamaño de un perro, con los ojos rojos — empezó Maylene.
—Tenía una cola — aseguró Bard calando con insistencia el cigarro que debía reemplazar pronto.
—Se mantuvo parado solo con las patas traseras en algún momento — señaló de nuevo la sirvienta.
—Juro que tenía una cola, la movió cuando patee la puerta — repitió Bard sin mirar a Sebastian, concentrado en sus recuerdos y castigando al cigarro por no poder definirlo de mejor manera, sabiendo de antemano que se escuchaba como duende sin gorro más que como un intruso real.
—Se escuchaba como una persona, al principio pensamos que era lady Elizabeth — agregó Finny — ¿Tal vez un mapache? — preguntó para sí mismo.
—Pero era más rápido, mucho más rápido — observó Maylene que se encontraba frustraba al haber errado todos los tiros.
—Y la cola era delgada, muy fuerte, como un látigo de cuero.
—Señor Sebastian — titubeó Paula sin soltar su delantal —. De verdad que había algo extraño ahí, no era un animal convencional, pero tampoco era una persona.
—Rata — sentencio de la nada el mensajero interrumpiendo —. Solo hay olor a rata — agregó después para aclarar.
—Había un nido ahí, dice Emily. Y el nido ya ha sido devorado, dice Oscar.
Sebastian hizo un muy leve gesto de asentimiento con la cabeza. De alguna extraña manera, les creía por más ridículas que se escucharan sus descripciones de seres imaginarios.
—El señor Tanaka esta recostado, pero no está bien, dice Goethe — volvió a interrumpir el mensajero recibiendo a su serpiente, y diciendo eso, fue el primero en romper la fila para dirigirse a la habitación del anciano sirviente seguido por los demás, movidos por la curiosidad, en sí era raro que no se hubiera levantado al escuchar los disparos. O que, de hecho, estuviera acostado si Sebastian no se encontraba en casa.
La habitación del aludido se encontraba junto con la de los demás sirvientes, la puerta estaba cerrada por dentro y Bard recurrió a una poco galante patada para abrirla bajo la advertencia de que "su pulso era raro" según el sondeo de las serpientes con la lengua. Tal como fue anunciado por el mensajero, el señor Tanaka permanecía recostado en la cama apenas alterada, pero pálido y trasudando. Ni siquiera pareció reaccionar cuando el tumulto se hizo presente en su pulcra pieza como lo haría cualquier persona con el escándalo que montaban los demás.
Sebastian se acercó hasta la cama arrodillándose a un lado, pidió a Maylene el maletín que el hombre guardaba en una esquina de su armario y era un equipo básico de chequeo que el demonio bien sabía usar.
Tras una examinación general, se retiró el estetoscopio, pidió agua y del mismo maletín sacó una pastilla que hizo polvo para facilitarle al anciano el tragarla. Maylene, que no se había bajado las gafas del cabello, pudo tomar con precisión la jarra sin romper nada en el intento, sirvió el vaso y rápidamente lo extendió al mayordomo para que disolviera en él, el polvo que había formado con solo aplastar la pastilla con los dedos.
—Solo es la presión — aseguró levantando la cabeza del hombre para ayudarle a beber, cosa que no podía hacer por su cuenta debido a su casi inconsciencia —. Pero de cualquier forma el médico lo verá por la mañana después de que revisen al joven amo — agregó ligeramente fastidiado, regresando al paciente a su sitio y subiendo las sabanas hasta la altura de su cuello.
—Lo siento, pero esta noche nadie duerme. Finny, por favor, revisa nuevamente el jardín, Bard, baja a las bodegas y encárgate de la planta baja, Maylene y Paula se inspeccionarán las habitaciones superiores — ordenó poniéndose de pie.
—Tú — dijo señalando al mensajero —. Lleva esto a la casa Middleford — y le entregó un sobre que acababa de sellar.
Podía quedarse con ellos hasta las ocho treinta, y lo haría, no estaba en absoluto tranquilo con aquella intromisión y la teoría de la rata demoniaca empezaba a cobrar cierto sentido coherente aún en su concepción tan imposible.
Subió para ver a Ciel, asegurándose de que no quedaba nadie que interrumpiera la recuperación del señor Tanaka.
Llamó a la puerta quedamente para anunciarse pero de todos modos entró sin esperar respuesta, tenía que informarlo para hacer algunos arreglos de horario y actividades complicadas tanto por la propia salud del amo como por el sospechoso evento que acababa de suceder. Eso por un lado, y por el otro, ajustar sus propios intereses a los nuevos acontecimientos.
.
Frances miraba desde la cama a su esposo ajustar el reloj de bolsillo en relación al que descansaba sobre la chimenea de la habitación.
—Te he dicho que sería mejor cambiarlo, los relojes no están diseñados para resistir un disparo de plomo y seguir funcionando con la exactitud de su diseño original — dijo quitándose los lentes que había estado usando para leer un rato como era su costumbre antes de dormir. Su esposo giró el rostro dedicándole la más tierna de sus expresiones.
—Es una herencia, querida, yo sería incapaz de deshacerme de él.
Frances resopló dejando el libro y sus lentes sobre la mesa que tenía a un lado.
—Si no te estoy diciendo que lo botes a la basura, solo que no lo uses para guiarte todo día, ya para la hora de la cena vas, como mínimo, diez minutos tarde.
El Marqués no pudo replicar, al otro lado de la puerta llamaba el mayordomo.
—Pasa — indicó el caballero.
—Llegó esto de la casa Phantomhive — dijo tendiendo la bandeja sobre la que descansaba un sobre, el amo lo tomó y leyó no ocultando el leve desasosiego que le causaba la noticia.
— ¡Y yo que quería que preparara el postre de mañana! — expresó indicándole al sirviente que dejara la habitación con la orden de que cuando mandara al cochero a la estación de tren, llevaran a Sebastian directamente a la casa Phantomhive.
.
Maylene se acomodó el delantal mirando de reojo a su compañera, con la que le correspondía hacer una inspección en la planta alta, preguntándose por qué no la mandaba mejor con lady Elizabeth, no había realmente mucho que Paula pudiera hacer si eran ellas quienes se encontraban de nuevo con aquella criatura desconocida. Se le ocurrió que tal vez no quería mostrarse preferente. De cualquier forma, era ya muy seguro que la joven se hubiera percatado de que los sirvientes Phantomhive no eran empleados ordinarios, aunque Snake la abrazó impidiéndole la vista clara, era algo iluso pensar que no hubiera entendido la verdad sobre ella.
Debería después consultar con el mayordomo si sería conveniente revelarle a la mujer el verdadero papel que fungía en la casa.
—Señorita Maylene — llamó tímidamente la dama de compañía —. Espero no ser molesta — susurró encendiendo la vela que llevarían en su recorrido.
Y la pelirroja soltó un suspiro. Sí, era demasiado iluso pensar que no se daría cuenta. Pero hasta la orden de Sebastian, fingiría demencia, para el caso, el papel se le daba muy bien si se ponía los lentes.
— ¡No diga tonterías! Vamos, que son muchas las habitaciones por revisar.
Y acomodándose los lentes tomó también una vela y caminó al frente para dirigir el rondín, tropezándose con el inicio de una alfombra que de verdad no había visto.
— ¡Señorita Maylene! ¡¿Se hizo daño?!
¡Cómo le cambiaba el mundo con las gafas!
.
—Sebastian — murmuró Ciel queriendo incorporarse para recibir el informe sobre aquél escándalo que lo aturdió en cuanto llegaron.
—No se esfuerce, joven amo.
El mayordomo llegó a su lado con la vela encendida, misma que dejó sobre la mesita de noche para enlazar las manos a la espalda y poder hablar según el protocolo.
— ¿Qué es todo ese escándalo?
Ciel no abría los ojos, se sentía cansado y hablaba quedamente, con cierta lentitud, pausado, como si le costara trabajo escoger y pronunciar lo que quería decir. Gran parte de ello se debía a la medicación contra la que luchaba para mantenerse al tanto de lo que había pasado en la casa, que aunque no lo pudiera demostrar, le causaba una gran molestia debido al ruido que hacía todo mundo, como si un desfile se organizara para salir de la recepción.
—Lo siento mucho, parece que ha habido una intromisión durante nuestra ausencia.
—Esos idiotas…
—La repelieron, claramente cumplieron con su deber, pero no consiguieron información respecto a su propósito.
— ¿Lizzy ya regresó?
—Sí señor, ahora mismo está dormida.
—Bien…
—Joven amo, el señor Tanaka no se encuentra bien de salud, es el problema de su presión.
—Que venga un médico — ordenó sin pensarlo aunque no era la primera vez que el anciano mayordomo presentaba complicaciones debido a su edad y las lesiones que sufrió durante la traición a los fallecidos Condes.
—Estará aquí por la mañana. Señor, tengo motivos para pensar que este intruso podría regresar.
Con sumo esfuerzo Ciel consiguió entreabrir los ojos aunque la fuerza que requirió para mantenerlos así un par de segundos fue más de la que realmente le quedaba, así que vencido, volvió a dejarlos cerrados.
—Y creo yo, que su motivo es Sir Terry.
— ¿El perro?
—No hay otro, señor.
—Idiota…
—Parece que tuvo un encuentro con Lady Elizabeth, ella está bien, pero Sir Terry está pegado a ella, sería difícil deslindarla de…
Como impulsado por un halo de orgullo, el joven Conde frunció el entrecejo, se humedeció los labios y reunió firmeza para hablar interrumpiendo a su mayordomo, aunque sin conocer en absoluto que era esa la idea desde el principio.
—Solo quedan cuatro días antes de que se marche, Sebastian, tienes que protegerla. Cuando ella se haya ido el perro me da igual, pero no la dejes sola por ahora.
El demonio se permitió sonreír con libertad ya que su amo no había abierto los ojos.
—Yes, my Lord…
Comentarios y aclaraciones:
¡Gracias por leer!
