Disclaimer: Los personajes de H.P no son de mi autoría.
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.::Capítulo IX::.
El secreto de las serpientes
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Suspiró profundamente.
Alzó la cabeza y observó con atención la redacción de casi cuarenta centímetros que había escrito sobre su hoja de pergamino, asintiendo con autosuficiencia mientras se recogía el cabello para peinarlo en un moño, dejando sueltos un par de hebras sobre su rostro.
Dejó escapar un nuevo suspiro, recargando la rubia cabeza sobre la palma derecha y recorriendo el lugar con la mirada.
Todos los alumnos habían sido ubicados en el Gran Salón, en donde las cuatro mesas de las casa habían desaparecido, y en su lugar había más de un centenar de mesitas, orientadas hacia el mismo sitio, y en cada una de ellas, sentado con la cabeza gacha, había un estudiante que escribía en un rollo de pergamino. Sólo se oía el rasgueo de las plumas y, de vez en cuando, un susurro cuando alguien acomodaba el trozo de pergamino.
El sol entraba a raudales sobre las cabezas de los alumnos, arrancándoles destellos dorados, cobrizos y castaños. Narcissa alzó la vista un instante para observar a Severus Snape, sentado en la mesa frente a la suya, con la nariz pegada a su pergamino. Suspiró y echó otro vistazo a su trozo de pergamino, analizando minuciosamente su redacción, escrita con trazos elegantes y letra sumamente prolija, otra vez.
— ¡Cinco minutos más!
Se sobresaltó al oír aquella voz. Giró la cabeza y vio la parte superior de la cabeza del profesor Flitwick, que se movía entre las mesas, a escasa distancia, pasando junto a un joven de nariz ganchuda y cabello negro extremadamente alborotado. Narcissa detuvo sus ojos en él. James Potter dio un gran bostezo y se pasó una mano por el pelo, despeinándolo aun más. Entonces, tras echar un vistazo hacia donde estaba el profesor Flitwick también, giró la cabeza y sonrió a un muchacho que estaba sentado cuatro mesas atrás, siendo imitado por ella, que al instante reconoció a Sirius, haciéndole a Potter una señal de aprobación con el pulgar.
Sirius estaba cómodamente repantigado, y se mecía sobre las patas traseras de la silla. Narcissa enarcó las cejas y dejó escapar un pequeño bufido. Su primo era muy atractivo, eso debía aceptarlo; el oscuro cabello le tapaba los ojos con una elegante naturalidad que nadie más en el colegio (además de él y Evan) poseían, eso debía aceptarlo.
Vio como una chica que estaba sentada detrás de de él lo miraba expectante (aunque Sirius no parecía haber reparado en ese detalle), y rodó los ojos, pero sin apartarlos de él. Repentinamente, el chico de Gryffindor giró el rostro hacia ella, sonriendo con malicia al verse observado, obligándola a voltear el rostro con rapidez. Ahora era ella quien sentía la intensa mirada de Sirius acechándola.
Desde aquel día en que lo había besado no había vuelto a hablar con él (aunque tampoco era que lo hiciera antes) y pese a que Sirius la había acorralado en varias situaciones, ella nunca dio explicación alguna sobre sus precipitadas acciones, ni siquiera lo había comentado con sus mejores amigas. Sólo esperaba que él fuera igual de discreto.
Mentiría si afirmara que ese beso no le había agradado; es más, le había gustado más de lo que debería, pero, siendo una serpiente de sangre fría y mente calculadora, ella no sucumbía ante instintos ni emociones como los leones. Por eso, ni bajo tortura admitiría lo que tan recelosamente se guardaba para ella misma.
Respecto a su hermana Bella…había evitado regresar a casa en navidad para verla, aun no se sentía preparada para confirmar una verdad que tal vez no quería saber.
— ¡Dejen las plumas, por favor!— chilló el profesor Flitwick—. ¡Tú también, Stebbins! ¡Por favor, quédense sentados en sus lugares mientras yo recojo las hojas! ¡Accio!
Más de un centenar de de rollos de pergaminos salieron volando por los aires, se lanzaron hacia los extendidos brazos del profesor Flitwick y lo hicieron caer hacia atrás. Narcissa esbozó una ligera sonrisa, mientras varios estudiantes rieron. Un par de alumnos de las primeras mesas se levantaron, sujetaron al profesor por los codos y lo ayudaron a levantarse.
—Gracias, gracias —dijo jadeando—. ¡Muy bien, ya pueden irse todos!
Se extendió con suma elegancia sobre su asiento, esperando unos segundos para comenzar a guardar sus cosas. Su amiga Belvina se acercó a su mesa con el rostro asustado, lanzándole cientos de preguntas acerca de lo que había contestado en su examen, y mientras hablaba con ella vio a Snape pasar por su lado, con la espalda encorvada y la cabeza gacha, aun repasando las preguntas del examen.
Cissy rezongó en un bufido por no haber podido detenerlo y agradecerle por haber aceptado ser su compañero de estudios y haberla ayudado a repasar, pero decidió que lo haría más tarde…
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— ¿Te gustó la pregunta número diez, Lunático?— preguntó Sirius cuando él y sus amigos salieron del vestíbulo.
—Me encantó —respondió Lupin enérgicamente— "Enumere cinco características que identifican a un hombre lobo". Una pregunta maravillosa.
— ¿Crees que respondiste bien? —preguntó a su vez James fingiendo preocupación.
—Creo que sí — repuso Remus muy serio, mientras se unían a la multitud que se apiñaba alrededor de las puertas, impacientes por salir a los soleados jardines—. Uno: está sentado en mi silla. Dos: lleva puesta mi ropa. Tres: se llama Remus Lupin…
Colagusano fue el único que no rió.
—Yo puse la forma del hocico, las pupilas y la cola con penacho— comentó con ansiedad—, pero no me acordaba de qué más…
— ¡Eres tonto, Colagusano! —Exclamó James con impaciencia—. Te paseas con un hombre lobo una vez al mes y no…
—Baja la voz— suplicó Lupin con cara de susto.
—Bueno, el examen me pareció muy fácil — comentó Sirius observando a su alrededor como si buscara a alguien—. Me sorprendería mucho que no me pusieran un Extraordinario.
—A mí también —añadió James, que se metió la mano en el bolsillo y sacó una indómita Snitch dorada.
— ¿De dónde sacaste eso?
—La robé — afirmó James sin darle importancia.
Empezó a jugar con la Snitch, dejándola volar hasta unos treinta centímetros, y luego la atrapaba; sus reflejos eran excelentes. Colagusano lo contemplaba admirado mientras sus amigos seguían caminando sin prestarle atención. Cuando James quería ser presumido no había quien le ganase…
Se detuvieron bajo la sombra del haya que había a orillas del lago y se sentaron sobre la hierba dejando caer pesadamente sus mochilas sobre el suelo. El sol hacia brillar la lisa superficie del lago, a cuya orilla se habían instalado un grupo de risueñas chicas que acababan de salir del Gran Salón delante de ellos; se habían quitado los zapatos y los calcetines y se estaban refrescando los pies en el agua.
Remus sacó un libro y se puso a leer. Sirius miraba a los estudiantes que se paseaban por los jardines, con un aire un tanto altivo y aburrido, pero con elegancia, aún en busca de alguien. James seguía jugando con la Snitch, y cada vez la dejaba alejarse un poco más; la pelota siempre estaba a punto de escapar, pero él la atrapaba a último momento. Colagusano lo observaba con la boca abierta. Cada vez que James la atrapaba de una manera particularmente difícil, él soltaba un grito de asombro y aplaudía. Tras cinco minutos Sirius rodó los ojos; sabía que a James le gustaba que le prestaran tanta atención, pero ya se estaba pasando de la raya.
James volvió a desordenarse el cabello, esa era una costumbre que tenía, como si quisiera impedir que ofreciera un aspecto demasiado prolijo, y también miraba continuamente a las chicas que se habían sentado a orillas del lago.
—Guarda eso, ¿quieres?— acabó diciendo Sirius cuando James atrapó la Snitch de un modo magnífico y Colagusano lo vitoreó—, antes de que Colagusano se orine de la emoción.
Peter se ruborizó ligeramente, pero James sonrió.
—Si tanto te molesta…— dijo, y se guardó la pelota en el bolsillo.
Sirius movió ligeramente la cabeza y sin quererlo halló con la mirada a Snape, sentado bajo la sombra de un gran arbusto. Sonrió internamente al verlo sin su prima y completamente solo y desprotegido, maquinando un rápido plan en su mente.
— Me aburro— comentó como si nada, volviendo a voltear el rostro—. ¡Ojalá hubiera luna llena!
— ¿Te aburres? — Se extrañó Lupin desde detrás de su libro—. Todavía nos queda Transformaciones; si te aburres puedes tomarme la lección—. Y le pasó su libro.
Sirius soltó un resoplido y dijo:
—No necesito el libro, me lo sé de memoria.
—Esto te animará, Canuto —comentó James en voz baja—. Mira quien está allí…
Sirius giró la cabeza fingiendo sorpresa y se quedó muy quieto, como un perro que olfatea un conejo.
—Fantástico —dijo con voz queda—. Quejicus.
Snape se había levantado y estaba guardando la hoja de las MHB en su mochila. Cuando salió de la sombra de los arbustos y comenzó a caminar por la extensión de césped, Sirius y James se pusieron de pie.
Lupin y Peter permanecieron sentados: Lupin seguía con la vista fija en el libro, aunque no movía los ojos y entre sus cejas había aparecido una pequeña arruga, sabiendo lo que vendría a continuación, no cual no le agradaba para nada…
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— ¡En serio!, fue tan sencillo que casi fue ofensivo para mi intelecto…— dramatizó Evan Rosier, derrochando arrogancia, mientras caminaba junto a Narcissa y Belvina, atrayendo las miradas de varias jovencitas que se giraban sólo para verlo pasar.
—Oh, ¡Mulciber!— Narcissa llamó al joven de cabellos castaños que estaba parado recargándose sobre una columna, hojeando una hoja con las preguntas del examen. El aludido alzó la mirada y enfocó sus ojos aguamarinos en su rubia compañera, dándole a entender que la oía.
—Dime.
— ¿Has visto a Sev?— preguntó despidiéndose de sus compañeros, que tomaron rumbo hacia la biblioteca.
— ¿Eh? Ah, sí. Salió hacia los jardines hace un rato—. Informó despistadamente, regresando la mirada a la hoja que aún tenía entre sus manos.
— ¡Gracias!— sonrió despidiéndose con una mano y tomando el mismo camino que sus compañeros hacía rato. Mulciber correspondió el gesto con una leve inclinación de la cabeza, volviendo a su lectura.
— ¡Evans! ¡Eh, Evans!
Oyó unos gritos llegando a sus oídos desde el patio, y al salir al jardín vio como una rueda de alumnos se había formado en torno a algo o a alguien.
— ¿Quién quiere ver cómo le quito los calzoncillos a Snape?
Al oír tal barbaridad llevó como por inercia los ojos hacia el cielo, en donde con rabia vio como Severus permanecía colgando en el aire por un pie, sin pantalones y con la túnica colgando y luego observó como Potter lo apuntaba con su varita.
—Es un…— cerró un puño con fuerza y desde donde estaba sacó disimuladamente su varita, susurrando un hechizo en voz muy baja.
— ¡Bien! Entonces veamos… ¡Aaaaah!
Muchos de los presentes dejaron escapar alaridos de sorpresa al ver cómo James Potter se quedaba calvo de pronto y luego salía despedido por los aires, golpeándose de lleno la espalda contra el tronco de un árbol.
— ¡JAMES! ¿QUÉ DEM…?— pero antes de que pudiera acabar su frase Sirius también salió despedido, cayendo duramente sobre agua.
La carcajada fue general. Todos los presentes comenzaron a reír mientras Snape (que había caído súbitamente al suelo al ser despedido James) rojo de ira o vergüenza juntó todas sus cosas con un movimiento de varita y sus pantalones, comenzando a correr hacia el interior del castillo, echando lumbre con cada paso que daba.
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— ¡NO ES GRACIOSO, LUNÁTICO!— gritó James desordenándose el alborotado cabello mientras salían de la enfermería, luego de que Madame Pomfrey se lo hubiera hecho crecer nuevamente.
— ¡Claro que lo es!— el de cabellos castaños soltó una nueva carcajada— además, ambos se lo merecían.
—Cállate— gruñó James, frunciendo el ceño.
— ¡Sí!— secundó el joven Black, comenzando a caminar a la par de sus otros dos amigos—¡Ese maldito de Quejicus me las pagará por haberme humillado de esa forma…
— ¿Qué te humilló?— Remus soltó una risita sarcástica— ¿perdón? ¿Quieres que te recuerde quienes iniciaron todo?— dijo mientras señalaba a James y a Sirius con un dedo—. Y Snape no pudo haberlos atacado, ya que ustedes se encargaron de desarmarlo, y ni siquiera él es tan buen mago como para conjurar hechizos sin utilizar una varita…
—Ya cierra la boca.
—Hmp.
—Oigan chicos… ¿ése de ahí no es Snape?— Peter alzó uno de sus huesudos dedos señalando al frente a un joven de aspecto greñudo y desalineado que caminaba velozmente por el corredor perpendicular al que ellos transitaban. Los cuatro pares de ojos se posaron en su persona.
— ¡Severus! ¡Sev, espera!— en cuanto Snape se perdió por el corredor la silueta de Narcissa Black lo siguió, haciendo resonar el tacón de sus zapatos con cada paso que daba, sin notar la cercanía de los merodeadores.
—Bueno…será en otra ocasión…— suspiró James acomodándose los anteojos. Peter asintió enérgicamente, Remus negó suavemente con la cabeza y Sirius frunció el ceño mientras se cruzaba de brazos y observaba con evidente molestia a su prima desaparecer detrás del grasiento Quejicus.
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—Severus, ¡espera!— gritó cuando al fin lo alcanzó en el corredor, tomándolo con brusquedad del brazo para obligarlo a detenerse y mirarla.
— ¡¿Quieres dejarme en paz?!— le espetó en un casi lastimoso gruñido, librándose de su agarre violentamente y con sus orbes color ónix centellantes de furia. Aun así Narcissa no se amedrentó ante sus penetrantes e inexpresivos ojos negros—. ¡Déjame solo!— gritó volteando nuevamente para continuar con su camino, sin poder mantener la mirada de su compañera debido a la humillación que sentía, pero Narcisa lo ignoró, y hábilmente se colocó delante para impedirle el paso.
— ¡OYE! ¿Quién te crees para alzarme la voz de esa manera?— inquirió alzando la barbilla arrogantemente y colocando los brazos en jarra—. Puedes asustar a cualquiera con tus comentarios incisivos y tu aspecto de mago oscuro y desquiciado, ¡pero no a mí!— aseguró— ¡No a mí!— repitió — ¿Y sabes por qué?— Snape, que aún permanecía con la cabeza gacha, no contestó. Narcissa suavizó sus facciones y con lentitud colocó una mano en el hombro del muchacho, sorprendiéndolo ligeramente por el gesto—. Porque eres mi amigo Sev, y porque aunque seas huraño y muchas veces intratable, y sombrío, yo te aprecio, y estaré allí cada vez que me necesites para darte una mano…— dijo mientras le sonreía de esa forma, como sólo ella sabía hacerlo.
Severus Snape no dijo nada, aunque sí abrió los ojos por la sorpresa ante tal confesión; y aunque aun se sentía horriblemente mal por lo que le había dicho a Lily, el apoyo de su compañera de clases ciertamente lograba reconfortarlo.
El no era alguien de muchas palabras, mucho menos de demostraciones de afecto, por lo que simplemente alzó la mirada para encontrarla con los brillantes ojos azules de Cissy, y sin necesidad de palabras, con sólo una mirada, lo había dicho todo.
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El examen de Transformaciones fue el último del día, y a su término, Narcissa estaba conforme con los resultados que, estaba segura, obtendría.
El final de las clases estaba cerca, y esa misma tarde había recibido otra invitación del profesor Slughorn a una de las últimas reuniones del popularmente denominado Club de las Eminencias, del cual ella también formaba parte.
A las seis en punto llegó al despacho del jefe de su casa junto con Evan Rosier y Rabastan Lestrange. El rechoncho profesor Slughorn los recibió con gran algarabía, invitándolos a tomar asiento en la mesa, en donde unos pocos alumnos ya se hallaban sentados: Regulus Black, a quien Narcissa saludó efusivamente, Casper Avery, Severus, un chico de Ravenclaw del cual no se había molestando en aprenderse su nombre, y esa sangre sucia detestable de Evans, a quien Narcissa observó brevemente con una mueca de asco mientras Evan apartaba una silla para que se sentara. La joven de cabellos rojos no se intimidó, por el contrario, le devolvió una divertida y despreocupada mirada, la cual enfureció a la chica Slytherin, que volteó el rostro ofendida. Al rato, dos chicos más de la casa de las águilas se les unieron.
La cena transcurrió con normalidad. El profesor les hacía preguntas a sus estudiantes mientras se regodeaba con las respuestas satisfactorias, e ignoraba las que no eran de su agrado, como cuando el nombre de Voldemort súbitamente se hizo presente en la conversación que mantenía con uno de los chicos de Ravenclaw, el cual resultó ser el hijo del jefe de la Oficina de Aurores.
El reloj de oro del despacho estaba a pocos minutos de marcar las ocho de la noche cuando una nota se posó sobre el regazo de Narcissa. Ella observó el trozo de pergamino con indiferencia, para luego desdoblarla y leer con disimulo su contenido:
Avery, y yo nos levantaremos al mismo tiempo para salir de aquí. Dentro de unos minutos Rabastan hará lo mismo y tú debes salir con él, se trata de algo sumamente importante que tiene que ver con lo sucedido en Hogsmeade y te involucra. No te atrevas a faltar.
Evan.
La joven palideció de pronto al leer la nota, pero para su buena suerte nadie pareció notarlo.
Alzó la mirada, algo dudosa, y notó como su primo Evan la observaba con el rostro ligeramente inclinado hacia abajo y una mirada seria, dándole a entender que hablaba en serio.
—Lo sentimos señor— dijo de pronto el rubio, poniéndose de pie, arrastrando cada sílaba— pero Avery y yo quedamos con unos alumnos de primero para ayudarlos a estudiar para los exámenes finales…— dijo con suavidad y con una sonrisa de "niño bueno", mientras su compañero lo imitaba y se ponía de pie también.
El regordete maestro de pociones sonrió con complacencia.
— ¡Oh! ¡No cabe dudas de que los jóvenes de mi casa poseen las almas más caritativas del colegio!— sonrió inflando el pecho con orgullo— ¡Pues vayan, Evan, amigo mío! ¡Vayan presurosos que esos niños los deben necesitar más que yo!— exclamó poniéndose de pie para acompañarlos a la salida. Regulus enarcó una ceja, los tres jóvenes de Ravenclaw intercambiaron comentarios y la chica Evans y un compañero suyo de Gryffindor intercambiaron miradas escépticas, pues ellos no eran tan crédulos como para creerse esa patraña.
Narcissa posó sus ojos en algún punto del empapelado de la pared, perdida en sus propios pensamientos.
¿Qué sería lo que ella y sus compañeros tenían que discutir sobre aquel día en el pueblo después de tanto tiempo?
Aquel asunto no le agradaba para nada. No quería ir, no quería saber nada más de ese asunto.
Cerca de diez minutos después de la salida de sus compañeros, Rabastan también se levantó de la mesa con suma delicadeza.
—Ha sido una velada muy agradable, señor…pero varios compañeros hemos quedado para juntarnos en la sala común a esta hora a comparar nuestras respuestas en los exámenes finales…— mintió descaradamente, sin la menor vergüenza y sin inmutarse.
— ¿En serio? Pero, ¿por qué no te quedas Rabastan? Todavía no me has comentado nada del puesto que tu hermano consiguió en el Ministerio…— dijo con desanimo, limpiándose un poco de gelatina que había caído sobre su tupido bigote.
—Lo siento…pero ya lo había prometido…además, los Slytherins siempre cumplimos nuestra palabra—. Aseveró con convicción. Slughorn una vez más hinchó su abultado pecho con orgullo—. Pero no se preocupe, mañana en la tarde podemos tomar el té y conversar de lo que hoy no hemos podido—. Propuso con una radiante sonrisa fingida.
— ¡Ah, claro, claro! Y puedes traer esas galletas de mantequilla tan deliciosas, amigo mío.
— ¡Seguro, señor!— sonrió una vez más, casi haciendo un esfuerzo sobrehumano, como si le doliera curvar sus delgados labios—. Cissy querida, ¿vienes?— preguntó disfrazando la orden bajo un fingido tono cordial.
La joven se sobresaltó en su asiento, girando la cabeza para que sus ojos azules se toparan con las verdes e inexpresivas pupilas del menor de los Lestrange. Rabastan la miraba con seriedad, a la espera de que se pusiera de pie. Pasó saliva pesadamente. Todos la observaban a la espera de una respuesta, hasta que finalmente decidió erguirse, asintiendo a su compañero. Tal vez todo ese asunto tenía que ver con lo que había visto. Si así era, ella debía saberlo.
—Yo iré con ustedes—. Dijo Regulus con voz aburrida, haciendo el ademán de ponerse de pie también. Rabastan observó a Narcissa y ella comprendió el mensaje, posando una de sus manos en el hombro de su primo menor para impedirle pararse.
—No Reg…aún no le has comentado al profesor Slughorn de tu primer partido como buscador oficial del equipo…él es muy bueno— informó, sonriéndoles a los demás.
— ¡Ah! Es cierto, joven Black… ¡gracias a usted ganamos la Copa de las Casas por primera vez en tres años! Pero cuéntenos, ¡cuéntenos todo sin omitir detalles!— reclamó jovialmente.
El moreno bufó con resignación mientras todos centraban su atención en él. Rabastan y Narcissa aprovecharon la distracción para salir del despacho sin más contratiempos.
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— ¿Adónde vamos?—. Quiso saber la joven mientras seguía a su compañero, que la había guiado al séptimo piso y caminaba frente a ella, sin molestarse en esperarla.
—Es aquí—. Sentenció deteniéndose de pronto, casi haciendo que Narcissa chocara contra él, señalando una enorme puerta que ella nunca había visto antes. Sin dar explicaciones ni decir nada más, el pelirrojo puso una mano sobre el picaporte tallado, abriéndole el paso a la chica, quien se adentró en la habitación sin dudarlo.
El pasar por el umbral se encontró con la mirada de cinco de sus compañeros de casa, sentados alrededor de una oscura mesa: Evan Rosier, quien ostentaba el lugar en la cabecera; Casper Avery, sentado en el lugar vacío a su derecha; Ludovic Mulciber, sentado frente a él, junto a Thorfinn Rowle, un chico del sexto curso que estaba recargado sobre el respaldo de su asiento en el lugar a la izquierda de Evan; y Arnold Yaxley, un paliducho muchacho del séptimo año, sentado junto a Avery, con el ceño levemente fruncido y observando a los recién llegados con ojos aburridos; todos sentados alrededor de una portentosa mesa de caoba, sobre unas sillas talladas y de respaldo alto, al parecer de la misma madera. Narcissa tuvo la leve impresión de que no era la primera vez que ellos visitaban ese lugar, y que esperaban por ellos, ya que había dos sillas más, vacías, de cada lado de la mesa. Se encontraban en una amplia y oscura habitación, solo iluminada por el fulgor de una enorme chimenea y unas pocas lámparas de gas distribuidas en las paredes. Había unos muebles que casi no se alcanzaban a distinguir en la penumbra.
—Perdón por el retraso—musitó el pelirrojo, dejándose caer sin ninguna elegancia sobre la silla vacía a la derecha de Yaxley. Narcissa lo imitó, tomando asiento con suavidad en el lugar junto a Rowle.
—Bien…— Evan se puso de pie, apoyando las palmas sobre la mesa—. Creo que todos sabemos porque estamos aquí nuevamente… todos con excepción de ti, creo, querida Cissy.
—Exacto— dijo fríamente—. ¿Qué es todo esto, Evan? ¿De qué quieren hablar exactamente?
—Te aseguro, Narcissa, que el asunto te concierne completamente— informó el joven Lestrange, poniéndose de pie también. Al verlo, Evan volvió a sentarse en la cabecera, cediendo la palabra—. Verás…para ninguno en este castillo es desconocido el ataque que tuvo lugar en el pueblo en febrero— dijo con calma— pero lo que nadie más sabe es la identidad de los Mortífagos que arremetieron contra él. Nadie más fuera de ésta habitación, al menos…
Narcissa abrió desmesuradamente los ojos por la sorpresa, pero no dijo nada.
—El día del ataque, desde las Tres Escobas Evan, Casper y yo hemos reconocido a nuestros padres bajo esos antifaces; también a mi hermano, Rodolphus… y a su esposa, Bellatrix— dirigió sus indiferentes ojos verdes hacia Cissy.
— ¡ESO NO ES CIERTO!—exclamó súbitamente, golpeando la mesa con ambas manos, alterándose al ver su mayor secreto al descubierto. No podía delatar a su hermana, sobre todo si no conocía las intenciones de esos jóvenes. No podía arriesgarse a que Bella fuera a Azkaban. Su madre jamás podría soportar tal deshonra.
Sus acompañantes no parecieron incomodarse ante tal acción. Rabastan se cruzó de brazos enarcando una ceja con escepticismo.
—Tranquilízate Narcissa— espeto con fría indiferencia— estamos de tu lado… no somos del Ministerio ni nada parecido.
— Aún así. Ella NO estuvo allí ese día—. Aseveró, intentando que la voz no le temblara.
— No te molestes en negarlo. Sabemos perfectamente en lo que nuestras familias están metidas…así que por favor, si no es molestia…— extendió una mano para indicarle que volviera a tomar asiento. Cissy dudó por un segundo, pero terminó obedeciendo, muy a su pesar.
Todos en la mesa observaban cada uno de sus movimientos, aunque sin mucho interés.
Una vez que ella estuvo nuevamente en su lugar, disponiéndose a oír lo que tuvieran que decirle, los jóvenes decidieron continuar.
—Bien…— la palabra le fue cedida a Avery, quien se puso de pie con gran aire de solemnidad, uniendo ambas manos detrás de su espalda— hoy no nos reunimos para discutir las acciones de nuestros familiares— aclaró, serenamente— sino, para algo que nos concierne sólo a nosotros. Algo que podría colocarnos en la cima del mundo; llenar de gloria y honor a nuestras ancestrales familias, y poner la pureza de sangre por sobre todo...— abrió los ojos con desmedida excitación, recomponiéndose al instante— pero sólo si estamos dispuestos a hacer algunos sacrificios para lograrlo…
Narcissa entornó ligeramente la mirada, mostrando una leve curiosidad en las palabras de su compañero.
Avery hizo una pequeña pausa, caminando unos pocos pasos alrededor de la mesa.
—Muchos de los que estamos aquí ya hemos cumplido los dieciséis años… con excepción de ti, por supuesto, Rabastan, pero aún así se te ha permitido participar en nuestras reuniones. Y de Rowle y Yaxley, que ya cuentan con la mayoría de edad…— inspiró profundamente, cogiendo aire para continuar— eso, combinado con el hecho de que todos aquí pertenecen a las más alta estirpe de magos, es lo que nos trae hoy aquí.
—Tsk. ¿Por qué no eres más claro, Avery?— inquirió el joven Rowle, despeinándose los cortos cabellos rubios con confusión, como si todo eso fuera demasiado para su cerebro, provocando que el otro muchacho frunciera levemente el ceño.
—Seré breve y conciso, si eso es lo que quieres, Thorfinn. Pues bien, yo creo, que a estas alturas, a nadie le es indiferente el nombre de Lord Voldemort…
—Sabes que no— lo interrumpió un impaciente Mulciber, tamborileando distraídamente los dedos sobre la mesa.
Avery le dirigió una mirada severa, moviendo ligeramente la cabeza para peinar un mechón de cabello rubio oscuro que amenazaba con obstruir su visión.
—Gracias por tu… pequeño aporte, Mulciber— lo miró brevemente a los ojos, para después voltear el rostro con indiferencia— pero dejando ese detalle de lado; en fin, como magos de sangre pura que somos, todos debemos de apoyar la causa del Lord. Es por ese motivo que mi padre me ha informado sobre la posibilidad de que nosotros, jóvenes que aún somos estudiantes, podamos unirnos más de cerca a su causa, y formar parte de sus filas, al igual que nuestros padres y hermanos.
Narcissa contorsionó el rostro en una mueca de horror, mientras que sus compañeros sólo intercambiaban miradas confusas.
—No te entiendo— comentó el joven Yaxley, tras un breve momento de reflexión, frotándose la barbilla en gesto curioso— ¿estás diciendo que, sin importar nuestra edad, podemos participar activamente en la guerra?— todas las miradas se giraron hacia él en ese momento. Los ojos claros de Yaxley de pronto habían adquirido un ligero brillo de entusiasmo— eso quiere decir… ¿Qué podremos matar sangres sucias? ¿Matarlos en verdad?
—Eso quiere decir— lo corrigió Avery, con suavidad— que comenzaremos a prepararnos por si las cosas se precipitan antes de que salgamos de Hogwarts, y debamos acudir en ayuda de Lord Voldemort.
Un murmullo general se alzó en la habitación. Todos los jóvenes magos se veían sumamente seducidos ante la idea de dar sus servicios a la causa de aquel mago tenebroso, el cual sus familias (y ellos mismos) tanto respetaban. Todos con excepción de la única mujer del grupo.
—Claro que no haremos gran cosa al principio…— prosiguió Avery, con calma— primero debemos recibir la Marca. No nos llamarán de inmediato para acudir junto al Lord; pero con el tiempo, mi padre me aseguró que tendremos la oportunidad de participar en batalla…
—Yo entro— se apresuró a decir el joven Yaxley.
—Yo también— secundó Thorfinn Rowle, alzando el dedo índice.
—No pueden hablar en serio— les espetó Narcissa, ya sin poder contenerse, con el ceño fruncido, pero sin alzar demasiado la voz— Esto no está bien…— su voz sonó más alterada— ¡Acaso no saben que si aceptan podría significar una estancia de por vida en Azkaban!— se exaltó, moviendo la cabeza en todas direcciones para observar a todos sus amigos.
Rabastan rió por lo bajo.
—Mi querida Cissy…— dijo con voz dulce, pero firme a la vez— ¿Azkaban? ¡Jah! Si el tal Voldemort logra ascender, la prisión estará llena de aquellos sangres sucia que osan robar nuestra magia— golpeó un puño con violencia sobre la mesa al decir eso— ¡Y no de magos de sangre pura que sólo defienden lo por derecho es nuestro!— alzó la voz, deformando sus facciones en un gesto de rabia.
—Pero…— la joven abrió los ojos con angustia, adquiriendo una expresión ahogada en su pálido semblante.
—No hay peros, Cissy— la cortó Evan, haciéndose hacia adelante sobre su asiento, entrelazando ambas manos a la altura de la barbilla— todo el mundo sabe que la guerra contra los impuros y los traidores a la sangre es inminente— sentenció con seriedad— Además, nadie nos está obligando a nada. Simplemente hacemos lo correcto para defender nuestra sangre…
—Es lo mínimo que podemos hacer para que la pureza de nuestra sangre prevalezca…
— ¡Pero podrían morir!— no pudo contener más el grito de su pecho.
Sus compañeros guardaron silencio al oírla, impactados por sus palabras. Mulciber contorsionó el rostro en una mueca temerosa, al igual que Rabastan. Sin embargo, los otros jóvenes permanecieron imperturbables, observando a Narcissa como si se hubiera vuelto loca.
—Creo que…— volvió a hablar Evan, desde la cabecera de la mesa— evidentemente, mi querida Cissy, me he equivocado contigo— suspiró, masajeándose el puente de la nariz en un gesto teatral— obviamente no posees la lealtad de Bella…
La joven dejó escapar un grito ahogado de sus rosados labios, bajando la mirada como si hubiera hecho algo malo y mereciera recibir aquella reprimenda.
No era propio de una verdadera dama perder los estribos de esa manera; mucho menos delante de un grupo de hombres. La culpa comenzaba a invadirla, pero eso no disminuía el sentir de su corazón. Sabía que debía ser sumisa, pero no podía sentarse y ver como las personas que quería arriesgaban sus vidas tan absurdamente. Ella respetaba profundamente los ideales de la pureza de sangre pero, aún así, había algo horrible detrás de ese tal Voldemort; algo que no le agradaba en absoluto.
—Yo no…— comenzó a decir, poniéndose de pie con lentitud y la cabeza gacha— lo siento, pero no puedo ser cómplice de ésta locura. No puedo aceptar que decidan caminar solos hacia la muerte—. Hizo un gran esfuerzo para que su voz no temblara, y, apartándose de la mesa sin decir más, se propuso regresar a las mazmorras, dirigiéndose hacia la puerta de aquel lugar.
—Es tu decisión, Narcissa— oyó la serena e indiferente voz de Evan a su espalda, no obstante, no se detuvo a observarlo—. Pero si intentas detenernos; si osas delatarnos, o te atreves a comentar con alguien lo que oíste aquí hoy, por Salazar Slytherin te juro que un grupo de Dementores irá a casa de Rodolphus y despertará a tu linda hermana para trasladarla a una cómoda y apacible habitación nueva en la prisión de Azkaban—. Amenazó, sin un atisbo de duda en su fría voz.
Se detuvo, completamente horrorizada, al oír eso. Volteó hacia su primo con gesto suplicante, pero él permaneció inexpresivo.
Aquello no podía estar sucediendo en realidad, pero no dudaba de la veracidad de las palabras de Evan. Él nunca amenazaba en vano.
Recuperándose del horror, Narcissa separó los labios para hablar, pero ninguna palabra salió de su boca. Finalmente su mirada se ensombreció, y, bajando la cabeza, asintió con suavidad, en gesto subyugado. dándole a entender a sus compañeros que obedecería.
Por el bien de su familia, debía guardar el secreto de las serpientes.
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Caminaba sosteniendo su cuerpo contra la fría pared de piedra. Parecía confundida, desorientada y sumamente distraída, mirando hacia la nada mientras continuaba caminando con pasos errantes.
"[…] si intentas detenernos, si osas delatarnos, o te atreves a comentar con alguien lo que oíste aquí hoy, por Salazar Slytherin te juro que un grupo de Dementores irá a casa de Rodolphus y despertará a tu linda hermana para trasladarla a una cómoda y apacible habitación nueva en la prisión de Azkaban…"
Su mente divagaba cientos de respuestas sin sentido.
¿Qué era lo que sus amigos pretendían?
Su cabeza daba vueltas y se sentía perdida, fuera de lugar… había caminado por el castillo sin rumbo, sólo siguiendo sus pies, sin saber adónde iba realmente, lo único que sabía era que no quería regresar a la sala común y enfrentar a sus compañeros.
No quería ser cómplice, como tampoco quería ver morir a sus amigos de toda la vida, pero no podía exponer a su hermana.
¿Qué debía hacer?
Si lo de Bella llegaba a saberse… aquello sería un golpe demasiado duro para su pobre su madre. No podría soportarlo.
Narcissa no era tan estúpida como para negar la realidad; sabía perfectamente de lo que su hermana era capaz, sobre todo, anteponiendo su casi insana obsesión por la pureza de sangre. Pero ella nunca podría delatarla; nunca sería capaz de entregar a su propia sangre; sobre todo, al considerar la terrible deshonra que significaría que su hermana fuera enviada a Azkaban de por vida…
Narcissa era cobarde; su hermana siempre se lo decía. Ella no poseía la valentía ni la astucia de Bella, como tampoco su frialdad e indiferencia hacia el resto del mundo. Ése era su principal defecto: poseer un corazón.
Aún no podía creer que todo eso fuera real. Su mente se negaba a aceptarlo, porque eso significaría también, aceptar que la tan temible guerra se acercaba.
— ¿Black?
Detuvo sus pasos y alzó la mirada de párpados caídos con tortuosa lentitud, encontrándose frente a frente con unos brillantes ojos color miel y un pálido rostro, que la observaba con curiosidad y sorpresa.
— ¿Estás bien?— inquirió el castaño, dando un paso hacia ella. Narcissa pareció despertar de una larga ensoñación, abriendo al máximo los ojos por la sorpresa y dando un paso hacia atrás.
— ¿Qué haces TÚ aquí?— inquirió recobrando su personalidad desdeñosa de siempre, recomponiéndose al instante mientras alzaba la barbilla con altivez.
Al oír el grosero tono de su voz, Lupin se cruzó brazos y enarcó una ceja con escepticismo.
— ¿Yo? ¿Acaso te das cuenta de que no soy yo quien está fuera de lugar?
La joven Slytherin abrió los ojos con sobresalto y movió la cabeza para ubicarse.
Tan absorta en sus pensamientos había estado, que nunca se dio cuenta de en qué momento había llegado al séptimo piso, justamente al corredor que llevaba a la sala común de Gryffindor.
—No…yo no…— no supo que decir ni se le ocurrió alguna excusa creíble, pero al instante recordó que no tenia porque darle una explicación a aquel león, y, recuperando su semblante indiferente, se cruzó de brazos también, dedicándole una mirada despectiva, ocultando a la perfección cualquier sentimiento—. ¡¿Y a ti que te importa, andrajoso?!—. Gruñó, volteando el rostro con ofensa, dejando salir la ira que llevaba contenida contra el inocente de Remus.
El chico sólo reaccionó abriendo los ojos con sorpresa, para luego bajar la mirada y pasar junto a ella sin siquiera mirarla.
— ¡Oye, espera!— sin ser consciente de lo que hacía lo tomó por la manga de su túnica para evitar que se fuera; Lupin era amigo del idiota de su primo y del imberbe de Potter, pero realmente no tenía nada en su contra, después de todo, él no era como ellos, además también era un prefecto, y ella no se sentía con fuerzas como para mantener su fría y arrogante actitud de siempre—. Lo siento… tú tienes razón, yo no debería estar aquí…— susurró bastante apenada, bajando la mirada hacia sus zapatos mientras mantenía la manga de Remus cautiva entre sus finos dedos.
Ahora sí que los ojos del león se abrieron al máximo, y su mandíbula casi cae al suelo de la impresión.
¿Narcissa Black había sido educada con él? ¿Acaso estaba muerto?
—Yo n… — ella soltó su manga y él carraspeó acomodándose el cabello con nerviosismo, no muy seguro de cómo proseguir— No te preocupes…no, no le diré a nadie que te vi aquí.
—Gracias—. De nuevo había sido amable; aquello no podía ser bueno, algo debía andar muy mal…— Bueno, lo mejor será que regrese a mi zona.
Narcissa comenzó a regresar sobre sus pasos, caminando unos metros hasta que fue detenida por Remus, que la sujetó suavemente por el brazo.
— ¡Espera!— tanto el Gryffindor como la Slytherin se sorprendieron por tal abrupta acción; Cissy frunció el entrecejo con confusión, y Remus se ruborizó hasta las orejas, soltándola al instante, como si su tacto le quemara la piel. No sabía por qué la detuvo, pero algo en su interior lo había impulsado a hacerlo. Ella actuaba muy extraño, y creyó que tal vez lo mejor sería no dejarla deambular sola por ahí.
Ella lo observó con atención, a la vez que enarcaba una ceja.
—Ho-hoy…— carraspeó una vez más para aclarar su garganta— es decir, ¡ujum! Te… ¿te gustaría ver algo increíble?— cada palabra le había costado más que la anterior. Sentía húmedas las manos y casi no podía pasar saliva. La observaba expectante, a la espera de su rechazo y los posibles insultos que lanzaría contra él. Ella parecía analizar la situación con detenimiento; pasados unos segundos, Cissy separó sus labios para hablar y Remus creyó que ése sería el momento en que lo mandaría a volar—. Es decir, no si no quieres… fue una estupidez, ni sé lo que digo— sonrió con nerviosismo— lo siento, no te molestaré más yo…
—Está bien.
Una vez más abrió los ojos como platos y una corriente de alivio recorrió su cuerpo. Aquello era extraño; tal vez ella planeaba algo, pero Remus sentía que no había peligro alguno. Sonrió como quien se quita un peso de encima, y de pronto una ola de valentía se apoderó de él.
— ¡Entonces, sígueme! Por favor…— inconscientemente tomó la mano de la joven, guiándola a través del pasillo. Ella lo observó entornando la mirada, pero no dijo nada. Tal vez estaba con la guardia demasiado baja, pero algo le decía que Lupin no era ninguna amenaza; claro, siempre y cuando no se transformara.
De pronto recordó la casa de los Gritos y se horrorizó ligeramente ante la presencia del castaño, pero finalmente decidió no hacer nada, guiada por la curiosidad de descubrir que era eso tan increíble que él quería enseñarle. Pero estaría alerta en todo momento.
Remus la llevó a través del corredor, pasando por dos pasillos antes de doblar en una esquina, hasta una escalera en espiral empinada, la cual conducía a lo alto de la torre con una puerta, que tenía un anillo de metal como manivela.
— ¿El aula de Astronomía? ¿Qué hacemos aquí?— inquirió con desconfianza, pero sin detenerse.
—Ya lo verás…— murmuró Remus mientras empujaba la pesada puerta con su brazo libre, moviéndose a un lado para permitirle el paso a su acompañante.
El aula, rodeada de murallas y barandillas de hierro de seguridad en el borde de la torre, obviamente estaba vacía cuando llegaron. Narcissa sintió el frío aire nocturno soplar sobre la blanca piel de su rostro y revolverle juguetonamente los largos cabellos platinados. Era una sensación agradable.
—Por aquí— guió Remus, llevándola al centro de la torre, indicándole que tomara asiento en el suelo, junto a él. Narcissa se cruzó de brazos con escepticismo, frunciendo los labios con disgusto.
—No voy a sentarme en el suelo—. Aclaró— ¿Y para que me trajiste aquí? Puedo ver el cielo estrellado todos los días en el Gran salón…
—Sí, pero no puedes ver "eso" todos los días…— indicó con suavidad, señalando hacia el firmamento con una mano. Narcissa alzó la mirada y se quedó maravillada al ver la lluvia de estrellas que había comenzado a iluminar el cielo nocturno con su radiante fulgor, en fugaces y brillantes estelas, que hacían creer que el cielo se había rasgado; y, sin darse cuenta, se sentó en el suelo, sin bajar la mirada en ningún momento.
— Es hermoso…— susurró sin bajar la mirada del espectáculo. A su lado, Remus también observaba las estrellas fugaces.
— Sí, lo es…— susurró a su vez el muchacho, dirigiéndola una mirada de soslayo a su acompañante.
Fueron unos minutos en los que ninguno pronunció palabra alguna, en los que sólo permanecieron uno junto al otro, en silencio, pero no en uno incómodo. Los haces de luz poco a poco fueron apaciguándose, regresándole al cielo su habitual oscuridad, cubierta por aquel manto de estrellas inertes, siempre oscilando sobre el cielo, siempre en el mismo lugar…
Cuando la función acabó, los jóvenes permanecieron en sus lugares, evitando mirarse en todo momento durante unos minutos, hasta que finalmente fue la joven de Slytherin quien dejó oír su voz primero:
— Gracias— dijo a modo de susurro, manteniendo la vista al frente, pero sin sarcasmo o burla en su musical voz.
Remus sonrió ligeramente ante lo extraño de la situación, llevándose una rodilla al pecho, suspirando con cansancio.
— Supongo que te lo debía después de… ya sabes— dijo medio en broma medio en verdad— es decir, no eres mi amiga ni nada, y aún así guardaste mi secreto sin pedir nada a cambio… creo que debería ser yo quien debe darte las gracias…
— Oh…eso no fue nada, después de todo, fue mi culpa por haberlos seguido para encontrar pruebas para que los expulsaran del colegio…— admitió de la misma forma que Remus, dejando escapar un largo suspiro tras la última palabra— además, me daba miedo de que quisieras vengarte mordiéndome a mí o a mis amigos…
Sin saber si ella hablaba en serio o en broma, Remus rió con suavidad, dejando atrás todo nerviosismo y tensión.
— Descuida… no planeo morder a nadie por el momento.
— Pues qué bien— murmuró juntando las rodillas contra su pecho y bajando la cabeza en gesto pensativo.
Otro silencio se formó entre ellos, permitiéndoles oír el suave silbido de la brisa nocturna hasta que la chica volvió a hablar:
— ¿Crees que algún día encontrarán una cura?— preguntó de pronto, aún sin mirarlo. No era que de pronto sintiera afinidad con Remus Lupin, pero toda aquella historia era demasiado triste como para que le fuera indiferente.
El de cabellos castaños suspiró, recargando un brazo sobre su rodilla flexionada para luego apoyar la cabeza sobre él.
— No lo sé… nadie lo sabe a ciencia cierta; pero, mientras tanto, mis amigos y Dumbledore me ayudan a hacer más llevadera mi situación—. Su mirada se entristeció de pronto, provocando cierta aprehensión en su compañera. Él no le agradaba, pero tampoco le desagradaba; además, ella no era un monstruo insensible.
— Al menos, de seguro respondiste bien la pregunta 10 del M.H.B de Defensa Contra las Artes Oscuras…— comentó, volteando hacia él con una sonrisa, intentando, extrañamente, reconfortarlo de alguna manera.
Remus dejó escapar otra suave risilla de sus labios.
— Ésa me encantó.
— Como a mí la pregunta 8 de Astronomía: Nombre de las constelaciones de Ptolomeo y sus principales estrellas, como si no me fuera imposible recordarlas cuando todos los miembros de mi familia se llaman como una u otra…— soltó una musical risita que fue acompañada por el chico.
— Sí… supongo que también fue fácil para Sirius, entonces.
Narcissa cambió de gesto de diversión por uno de seriedad, recordando repentinamente a su primo, e inevitablemente recordó también a su hermana, atacándolo aquel día en Hogsmeade…
— Oye, ¿estás bien?
— ¿Qué? ¡Oh, sí! No es nada… pero, creo que debería irme.
— Oh, es cierto… si Rosier llegara a encontrarte conmigo se pondría furioso…
— jaja, pues eso sería cosa suya. Lo que yo haga o deje de hacer ya no le incumbe—. Remus se mostró ligeramente sorprendido por lo que ella acababa de decir, pero no hizo ningún comentario— además, si me vieran contigo nadie pensaría que estamos juntos o algo así, eso sería ridículo…— comentó como si nada. Remus bajó la mirada.
— Es verdad… ¿Quién podría creer que "la princesa de Slytherin" andaría con el andrajoso del castillo…?— soltó con cierta amargura, haciéndola darse cuenta rápidamente de su error.
— ¡Oh, no! No era eso lo que quise decir, yo…
— No te preocupes…sé que es la verdad. Tú eres la más linda del curso, la que les gusta a todos; en cambio yo… si no fuera por mis amigos, nadie notaria que estoy allí; sin mencionar a las chicas.
— ¡Oye, eso no es cierto! Eres un chico muy listo, algo desalineado, sí, ¡pero eres uno de los más listos de la clase!— comentó con más soltura— y eso lo lograste sin ayuda de tus amigotes, mucho menos de Sirius…— dejó escapar un bufido— vaya idiota te conseguiste como amigo…— Remus la observó inquisidoramente, analizando cada una de sus palabras, meticulosamente.
—Es curioso…— dijo de pronto, llamando la atención de su acompañante.
— ¿Qué cosa?— Narcissa frunció levemente el ceño, sin entender muy bien a lo que el muchacho de Gryffindor se refería.
Remus sonrió enseñando todos los dientes.
—No es nada— aseguró, sin borrar su sonrisa, provocando que ella arrugara aún más el entrecejo.
— ¡Oye! Algo estás pensando, ¡así que no me digas que no es nada!
—Bueno…es que… cuando hablaste así de Sirius…— rió suavemente— me recordaste mucho él hablando de ti…— confesó.
No pudo evitar sorprenderse ante el comentario, ¿ella, recordarle a su infame primo? Eso ciertamente la desconcertaba, pero, por alguna razón, no la hacía enfadar.
—Bien…—musitó tras unos momentos de reflexión— oficialmente estás loco, Lupin.
Él rió por lo bajo.
—En realidad…ambos son muy parecidos…aunque en distintas direcciones, ambos lucha denodadamente por lo creen correcto— explicó, en tono serio— y creo, o al menos supongo, que esa coherencia en el fondo (bueno, muy, muy en el fondo), les debe de procurar una mutua admiración…
La jovencita pareció analizar sus palabras, frunciendo los labios en un gesto pensativo.
¿Acaso… sería verdad que ella sentía algún tipo de admiración hacia Sirius, u otra clase de sentimiento que no fuera odio?
Meneó la cabeza para deshacerse de esos extraños pensamientos, llegando a la conclusión de no volver a incursionar en el asunto, jamás.
— ¡Bah! Eso no es verdad… créeme, yo puedo sentir muchas cosas por ese idiota, pero jamás admiración…— el castaño la observó con intriga, haciéndola ruborizarse ligeramente— es decir…odio, sólo puedo sentir odio, rabia, y esas cosas por él…— aclaró, atropelladamente.
Remus suspiró y se encogió de hombros, dando por terminado el tema.
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Suspiró con aburrimiento, desperezándose sobre el mullido sillón de la sala común, emitió un exagerado gemido para llamar la atención de los alumnos que aún no habían ido a la cama.
—Estoy aburrido— sentenció de pronto, ahogando un profundo bostezo; pero fue ignorado por sus compañeros, quienes leían en el más absoluto de los silencios, haciéndole fruncir el entrecejo con molestia— oye James, Evans ya se fue a dormir, así que puedes dejar de fingir que eres inteligente…— comentó con sarcasmo; James Potter alzó la mirada desde detrás de su libro, lanzándole una pluma sobre la cabeza a su indiscreto amigo.
— ¿A quién le interesa esa tonta Evans?— masculló lo suficientemente alto como para que las chicas que estaban sentadas a su derecha lo oyeran— yo sólo estudio para los exámenes…
El moreno rodó los ojos con impaciencia, estirando sus piernas sobre el asiento.
—Ajá. Lo que digas…
— ¿No vas a estudiar, Sirius?— inquirió el menudo muchachito junto a James, despegando los ojos de su libro también.
—No. Ya me sé el libro de memoria— sentenció arrogantemente.
— ¡Sí, cómo no! Miren al niño prodigio— ironizó el otro moreno mientras sacaba una pluma de su mochila para garabatear algunas anotaciones sobre un trozo de pergamino.
Sirius frunció el entrecejo, haciéndole una seña obscena con el dedo mayor, provocando que su mejor amigo sonriera de lado.
Transcurrieron unos pocos minutos en los que todos guardaron silencio, hasta que fue roto por otro suspiro del joven Black.
— ¡Maldición! Y aún faltan unos días para que haya luna llena…— rezongó, haciendo un mohín, recordando algo de pronto— oigan, ¿y Lunático?
—Se fue a hacer su ronda— informó un desprevenido Colagusano, sin apartar la mirada de su libro.
Al oírlo, Sirius arqueó las cejas.
—Eso ya lo sé, genio. Pero, Evans también es prefecta, y salió al mismo tiempo que él…sin embargo, ella ya se fue a la cama hace horas. ¿No les resulta extraño que Lunático no haya regresado aún?
Sus compañeros se encogieron de hombros, sin darle mucha importancia.
— ¡Argh!— gruñó, jalándose con suavidad de los cabellos— ¡Colagusano! Dame el mapa.
— ¿Qué?— el joven se sobresaltó, dejando de lado su lectura un instante— pero, ¿para qué lo quieres?
— ¡Para doblarlo y guardarlo!— ironizó— ¡¿para qué puedo quererlo, idiota?!— se exasperó, sobresaltando todavía más su interlocutor.
— Pe-Pero…no está listo aún…debemos darle los toques finales antes de…
— Ya dale el mapa, Pete. O no se irá jamás— aconsejó James, acomodándose las gafas antes de bostezar.
— Cornamenta tiene razón— secundó su compañero— además, el mapa ya está listo para usarse dentro del castillo.
El chico se encogió de hombros, procediendo a sacar un enrollado pergamino de su mochila para pasárselo a un impaciente Sirius Black.
— Debes tener cuidado y prestar atención… los datos aún no están del todo completos, y…
— Lo tendré— aseguró, sin oírlo realmente, arrebatándole el mapa de sus manos de un tirón.
—Necesitaré la capa— le comentó a James, quien lo observó una vez más, por el rabillo del ojo.
—Es toda tuya… por cinco Galeones.
— ¡¿Qué?!
— Es lo justo. Me lo debes después de lo de la última vez…— él frunció el ceño con impaciencia, poniéndose de pie.
— ¡Ya te dije que no sé cómo demonios llegaron esos malditos gnomos ahí!— se excusó— y el que fueran gnomos carnívoros fue realmente una sorpresa…
— Pues como sea. Aún tengo marcas de pequeñas mordidas alrededor de la cabeza. Así que paga o sal bajo tu propio riesgo, Canuto.
El moreno abrió la boca con horror; totalmente escandalizado, como si su amigo hubiera dicho algo sumamente indebido; pero, al ser ignorado por el menor de los Potter, refunfuñando, procedió a buscar dinero en los bolsillos de sus pantalones de mezclilla negros, sacando varias monedas doradas, otras de plata, y un tanto de pelusa.
—Sólo tengo cuatro Galeones, doce Sickles de plata, y un puñado de polvo de influenza temporal…— informó con el ceño fruncido, tras haber revisado el otro bolsillo.
James pareció meditar unos momentos.
—Con eso será suficiente— resolvió al fin, sacando el dinero de las manos de su compañero al instante, para después sacar la capa de invisibilidad del interior de su mochila— Fue un placer hacer negocios contigo…
—Tsk. Cierra la boca.
Le quitó la capa, y sin decir más, procedió a salir por el retrato de la dama gorda, colocándose la capa encima al instante para evitar ser descubierto.
Tras salir de la sala común de Gryffindor, caminó por el pasillo. Una vez de que se aseguró que no había nadie cerca se detuvo bajo la luz de una antorcha. Desenrolló el Mapa del Merodeador, y golpeándolo suavemente con su varita, dijo en voz baja:
—Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas…— al instante, el mapa se reveló ante sus ojos, haciéndolo sonreír con autosuficiencia— bien, belleza… dime en donde está mi querido amigos Remus Lupin…— sus ojos se enfocaron en un pequeño punto, que llevaba consigo el nombre de "Remus Lupin", el cual indicaba el salón de Astronomía— con que ahí estás…— susurró; después de eso, sus incrédulos ojos notaron el punto junto al de Remus, el cual llevaba el nombre de "Narcissa Black" encima.
Sirius frunció el entrecejo con autentica incredulidad.
¿Narcissa y Lunático, juntos? Ciertamente eso no podía ser. Ese estúpido mapa debía tener una falla.
— ¡Méndiga porquería!— rezongó, sacudiendo el mapa con violencia—. ¡Eres un estúpido, Colagusano!— bufó con molestia mientras se cruzaba de brazos, recargándose sobre la pared de piedra. Dejando pasar unos pocos minutos volvió a darle un vistazo al mapa, notando que los dos puntos, el de Remus y Narcissa, seguían juntos.
Entornó la mirada con curiosidad.
No le caía en gracia tener que ver a la loca de su prima de nuevo; mucho menos después de aquella escenita en la Casa de los Gritos (cosa que aún no había aclarado con ella). Pero, si había un error en el mapa, como uno de los creadores, era su deber, no, su obligación descubrir que era lo que andaba mal con él…
Ajustó la capa sobre su cabeza, y con paso firme y decidido se encaminó hacia el aula de Astronomía.
Tal vez se encontraría con Filch en el camino, y así podría divertirse un poco con él…
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—Ya es muy tarde… ahora sí debe irme— informó la joven de cabello rubio, observando hacia las estrellas con añoranza.
—Sí…yo también debería regresar— comentó Remus a su vez despeinándose levemente su abundante cabellera castaña.
Narcissa se puso de pie con lentitud, sacudiéndose la túnica con delicadeza, siendo imitada por su acompañante.
—Fue agradable conversar contigo— admitió con una sonrisa, olvidándose por un momento con quien estaba hablando.
El chico Gryffindor se sonrojó, bajando la mirada con vergüenza.
—Lo…lo mismo digo— sonrió, nervioso— eres muy agradable cuando no abres la boca sólo para insultar…— la chica lo observó con una ceja enarcada, provocando un sonrojo aún mayor en él— ¡quise decir que siempre eres agradable!— se apresuró a contestar— es decir, no eres agradable con otros, y casi siempre tienes el ceño fruncido y una expresión de que hueles algo extremadamente asqueroso permanente, pero luces muy bonita cuando no…—se detuvo de pronto, totalmente rojo— ¡no quise decir eso! A lo que me refiero es a que… ¡Ah!— suspiró, con la respiración entrecortada, provocando que la chica Slytherin sonriera.
—Descuida. Ya te entendí.
— ¿Sí?— suspiró con alivio, intentando deshacerse del sonrojo y calmar su agitada respiración— Entonces…creo que mejor me voy, antes de que siga diciendo más y más estupideces…—ella rió por lo bajo— ¡en serio! Me es difícil controlarlo si tú estás cerca…— se detuvo nuevamente, cayendo en cuenta de su error— oh…jeje. Ignora eso último, por favor.
—No oí nada.
Él sonrió débilmente, despidiéndose con un gesto para voltear y caminar hacia la salida primero, pero, antes de alejarse, fue detenido una vez más.
—Oye…— Narcissa lo había sujetado por la manga de su túnica, obligándolo a voltear hacia ella, algo confundido; sin embargo, ella no le dio tiempo a replicar, ya que rápidamente juntó sus labios con los suyos en un cálido beso.
Remus abrió los ojos con auténtica sorpresa. Ella lo sostenía de la túnica con ambas manos, mientras él no sabía qué hacer con las suyas. Fueron sólo unos segundos lo que sus labios estuvieron unidos en aquel casto beso, pero sólo eso fue suficiente para que la razón de Remus volara lejos, y una oleada de regocijo lo invadiera por completo.
—Gracias… por todo— susurró ella, tras haberse separado de él, manteniendo sus manos sujetas a la túnica, y uniendo sus frentes— no tienes idea de lo mucho que me ayudaste ésta noche, Remus Lupin…— lentamente lo fue soltando, hasta que se separó de él por completo, dejándolo totalmente azorado, sorprendido y sonrojado hasta la punta de los pies. Ninguna chica lo había besado antes, pero ese, sin dudas, sería el beso que recordaría por toda la eternidad.
Narcissa le sonrió por última vez, despidiéndose de él con una mano. Remus imitó el ademán, con la mirada perdida en algún punto de la habitación, sin poder salir de su asombro aún, pero, a sabiendas de que esa sería la primera y última vez que aquello sucedería.
Oyó los pasos de Narcissa resonando en la escalinata de piedra, hasta que ella se alejó por completo.
Pasaron varios minutos hasta que su corazón volvió a latir con normalidad, y el calor desapareció de sus mejillas.
Estando completamente a solas se permitió sonreír como nunca antes lo había hecho. Pensativo, posó un dedo sobre el lugar que había tocado los labios de la Slytherin, y sin borrar su sonrisa, comenzó a caminar por el mismo lugar por el que Narcissa se había perdido minutos atrás.
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Bajó la escalinata tan pronto como pudo, pero procurando no hacer mayor ruido.
Sus mejillas ardían, su corazón latía desbocadamente y su cerebro trabajaba a toda máquina.
No podía ser cierto… no pudo haber visto bien…
¡Remus, su amigo Remus no pudo haber besado a Narcissa! ¡ESO ERA IMPOSIBLE!
Una sensación de rabia comenzó a invadirlo desde el interior, y de pronto, veía muy lejano el recuerdo de su amistad con el chico lobo.
Se sentía herido, traicionado. Y lo peor era que no por su amigo, sino por ella, por Narcissa. Por alguna maldita razón sentía que ella le debía fidelidad, que él no quería que besara a otros hombres.
Se jaló de los cabellos en un gesto histérico, oyendo unos ligeros pasos acercándose.
Acomodó la capa una vez más sobre su cabeza, y su apiló junto a la pared, notando como una sonriente Narcissa pasaba por su lado, sin notar su presencia, y caminaba alegremente, perdiéndose por uno de los corredores.
Él sólo la observó irse, conteniendo sus deseos de detenerla y exigirle una explicación. Si hacia eso, de seguro Narcissa se reiría en su cara, y ya no quería agregarle otra cuota de humillación a su vida. Su prima lo había hecho por él aquel día en Hogsmeade.
Se perdió en sus propios pensamientos unos minutos, hasta que volvió a oír pasos acercándose.
No tardó demasiado hasta que vio a Remus asomándose por el mismo lugar por donde su prima se había ido. Y Sirius sólo lo observó, como un león contempla a su presa; y para cuando se dio cuenta, ya tenía aprisionado en cuerpo de Remus contra la pared, y la punta de su varita se hundía en la pálida mejilla de su amigo.
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No supo cómo, ni por qué, pero, cuando fue capaz de reaccionar tras haber golpeado abruptamente la espalda contra la pared, pudo notar la mano que lo sostenía por el cuello flotando en la nada y, sin perder tiempo, se deshizo de la capa de invisibilidad que cubría el resto del cuerpo de su atacante, abriendo los ojos como platos al hacerlo.
— ¡SIRIUS!— exclamó, no sin algo de dificultad, sosteniendo la poderosa mano de su amigo con las suyas mientras la capa se deslizaba hacia el suelo.
— ¡Eres un asqueroso traidor!— le espetó el otro, sin darle tiempo a decir nada, golpeándolo con brusquedad contra la pared una vez más.
—Sirius…suéltame— logró articular, con voz ahogada, intentando zafarse del agarre de su amigo, que parecía haber multiplicado su fuerza por cien.
— ¡Eres un…! ¡Eres un…!— apretaba los dientes con rabia, presionando aún más la punta de su varita mágica sobre la piel de Remus, comenzando a causarle daño en verdad.
—Sirius…no puedo…res-pi-rar…— intentó hacerlo entrar en razón, pero algo en la oscura mirada de su amigo le dijo que eso no sería posible, por lo que, reuniendo toda la fuerza que pudo tomó su varita y apuntó al estomago del otro león.
— ¡DE…! ¡DEPULSO!
Sirius voló por los aires, viéndose obligado a soltar el cuello de Remus, golpeándose, también, con violencia la espalda contra la pared de enfrente.
El castaño cayó al suelo tosiendo mientras se sujetaba la garganta e intentaba respirar con normalidad.
Frente a él, el heredero Black comenzaba a reponerse, intentando alcanzar la varita que había caído unos centímetros a su derecha para apuntar hacia una antorcha.
— ¡Oppugno!— la antorcha se desprendió de la pared, dirigiéndose a atacar a Remus, quien desvió el ataque con un ligero además, acercándose, con su varita en alto, a Sirius, quien volvió a intentar arremeter contra él:
— ¡FURUN…!
— ¡Expelliarmus!
Remus desarmó a su compañero. Sin darle tiempo a recobrarse, con un nuevo movimiento de varita elevó a Sirius varios metros sobre el suelo cabeza abajo (tal y como James había hecho con Snape esa tarde), como si algo invisible lo sujetara por el talón, mientras él capturaba su varita mágica para evitar que volviera a atacarlo.
— ¡BÁJAME, MALDITO HIJO DE…!
—No voy a bajarte hasta que te calmes— le informó, serenamente, mientras se acomodaba la arrugada túnica con una mano, y con la otra seguía apuntando a su atacante— ¡¿QUÉ DEMONIOS ES LO QUE TE PASA, SIRIUS?! ¡ACASO TE VOLVISTE LOCO!
El muchacho entornó la mirada, cruzándose de brazos en el aire, volteando el rostro con indignación e intentando calmar la rabia acumulada en su interior.
—Ya me calmé— aseguró, indiferente— bájame.
—Sí, claro. Y entonces volverás a atacarme, ¿no? Tsk. No voy a bajarte de ahí hasta que te calmes en verdad y me digas ¡por qué demonios intentaste matarme!
Al oír la última palabra abrió los ojos con sorpresa.
—No iba a matarte…— aseguró inocentemente, manteniéndose de cabeza, con los brazos cruzados y el ceño fruncido— sólo quería golpearte un poco…
Su compañero soltó una carcajada, con sorna, manteniendo a su amigo en el aire aún.
—No sabes cómo me consuela eso…— le espetó con ironía, guardándose la varita de Sirius en el bolsillo interno de su túnica— ¿Sí sabes que atacar así a un prefecto es una falta que puede costarte la expulsión, verdad?
Sirius frunció todavía más el entrecejo.
— ¡Bah! No me acusarás— aseguró, arrogantemente.
— ¿Eso crees? ¡Pues dame una buena razón para no hacerlo!
—Fácil: Somos amigos.
—…— guardó silencio un momento, molesto ante la descarada confianza de su compañero, y sin bajar su varita— ¡No debiste atacarme!— protestó.
Sirius hizo una mueca de disgusto.
— ¡No debiste meterte con mi prima!
— ¿Q-Qué?
Eso lo dijo sin pensarlo, arrepintiéndose al instante.
Remus abrió los ojos con auténtica sorpresa, bajando la mirada unos minutos, perdiéndose en sus propias cavilaciones.
El moreno rodó los ojos, sin dejar de arrugar la frente.
—Quiero decir, yo no…
— ¿Acaso... estabas espiándome? ¿Por eso me atacaste? ¿Sólo por qué besé a Narcissa?
— ¿Eh?— cambió de actitud al instante, sonrojándose suavemente— Eso no es…no es verdad que estaba espiándote— bufó, volteando, una vez más, el rostro con indignación.
Remus dejó escapar un suspiro ahogado de sus labios, resoplando un mechón de cabello que caía por el puente de su nariz.
— ¿Entonces…?— demandó saber, con suavidad.
Sirius arqueó las cejas con fastidio.
— ¿Nunca oíste que las primas de los amigos tienen bigote?— le espetó, con ironía.
— ¿Qué? ¿De qué hablas? ¡El dicho decía "las hermanas de los amigos", bruto!— señaló, comenzando a fastidiarse también— además, ¡Tu prima ni siquiera te agrada!
El moreno abrió los labios para protestar, pero no dijo nada.
El muchacho prefecto de pronto abrió los ojos con sorpresa, frunciendo los labios en gesto pensativo, alzando la mirada hacia Sirius.
—Sirius…— pronunció con voz curiosa, entornando la vista— ¿acaso, te gusta Narcissa?
El heredero Black abrió los ojos y la boca por el impacto de aquella pregunta, balbuceando cosas que ni él mismo entendía; entretanto, su amigo seguía observándolo con atención.
— ¡Te-Te volviste loco, Lupin!— exclamó, totalmente rojo de vergüenza, moviendo frenéticamente los brazos y las piernas en el aire— ¡Claro que no me gusta esa tonta presumida!— sentenció al fin, cruzándose de brazos otra vez, y volteando el rostro, indignado.
El jovencito de cabello castaño simplemente se encogió de hombros, sin mostrarse dispuesto a seguir ahondando en el asunto. Sin decir nada más, movió su varita en el aire, y al instante, el cuerpo de Sirius cayó estrepitosamente al suelo, con un quejido de él.
— ¡AUCH!— se sentó sobre la fría piedra, sobándose con suavidad el lugar en el que se había golpeado en la cabeza— ¡Eres un idiota, Lunático!
Remus no respondió. Sacó la varita de Sirius de su túnica y la arrojó a sus pies.
— ¿Sabes algo?— dijo para llamar su atención, observándolo por el rabillo del ojo— No tendría nada de malo que ella te gustase… es muy linda y agradable— le extendió una mano, pero su compañero la alejó de si, sin dejar de frotarse la cabeza. El prefecto frunció los labios con molestia, pero de nuevo no dijo nada.
—Ya deja de decir idioteces, Remus. No me obligues a hechizarte— amenazó, dirigiéndole una severa mirada que no hizo mella en su amigo.
—Como quieras— replicó el otro, volteando para comenzar a alejarse de él, con la varita siempre en mano, dejando a un pensativo Sirius a solas.
¿Qué a él le gustaba la estirada de su prima? ¡Jah! Sí, como no…
La había besado, claro. Pero un simple beso no significaba nada… además, por lo que acababa de ver, su prima iba por la vida repartiendo besos a todo el mundo, así que para ella tampoco debería de significar nada importante.
Bufó con molestia mientras se ponía de pie, acomodando sus ropas y su rizado cabello negro.
Se olvidaría de todo ese asunto, al igual que el extraño comportamiento de la loca de Narcissa. Además, no debía importarle lo que ella hiciera con su vida, ¿verdad?
Bostezó mientras buscaba la capa de James en el suelo.
Debía dejar de darle tanta importancia a su prima en su vida, así no generaría malos entendidos como el ocurrido con Remus.
Después de todo, ella no le interesaba, ni lo haría en un millón de años, estaba seguro de eso. En absoluto…
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Continuará...
¡Bien! Después de miles de años, la continuación! jaja
Me enorgullece decirles que ya vamos por la mitad de la historia :) quizás un poco más adelantados.
Gracias mil a todos quienes leen, en especial, a quienes dejas sus comentarios...
Sé que esta pareja no es para nada popular, pero intento cambiar eso :)
Como siempre, un afectuoso y especial saludo a mi querida alissa, ya que si no fuera por ella, probablemente hubiera dejada de lado este fic hace rato, y es por ella que me doy aliento para seguir escribiendo sobre esta pareja tan maravillosa.
Éste capítulo va dedicado a ti, mi más fiel lectora ;)
¡Hasta la próxima!
H.S.
