Digimon no me pertenece, la loca y dramática trama de la historia sí.

Taiki Kudo y Masaru Daimon son personajes originales de Digimon, así que si no soy lo suficiente buena describiéndolos y les apetece ver una imagen, pueden buscarla en internet. Así como la imagen de Sara Uroa, sólo que ella está basada en el personaje de Nene Amano.


¿Sólo Amigos?

Capítulo 10. Ráfagas de Viento y Tormentas


Sus ojos color zafiro recorrieron las instalaciones del Hospital en el que había sido citado. Preguntó a una de las enfermeras en dónde quedaba la zona de jardinerías, escuchó atentamente las indicaciones y siguió caminando.

Cada paso que daba su corazón latía más deprisa. Su mirada recorrió desde las paredes blanquecinas del lugar, hasta la ropa monocromática que usaban los doctores. Frunció el ceño al notar el olor a enfermedad y medicina que inundaba el lugar.

No le gustaban los hospitales.

Maldijo por lo bajo, al verse solo en ese lugar. Miyako y Hikari no habían logrado conseguir el permiso para faltar a clases, además de que Miyako tenía que hacerse cargo de la tienda de sus padres ese día.

Torció a la derecha de un gran pasillo, miró el letrero que indicaba la zona en la que estaba: "Toxicología". Según la enfermera, tenía que ir al fondo de ese pasillo, y girar a la izquierda. Después vería una gran puerta de vidrios transparentes, ahí estaba el lugar que el superior Joe le había comentado.

Cuando llegó al sector de los jardines, se sintió un poco mejor. El aire que respiraba ya no le causaba estragos en su respiración, ni mucho menos aceleraba su frecuencia cardíaca. Miró el cielo y entrecerró los ojos. Ese día sin duda llovería.

Divisó a Joe en una pequeña banca, estaba charlando con unos alumnos que se veían más chicos que el portador del emblema de la sinceridad. Caminó sigilosamente hacia ellos, cuando estuvo a tan solo unos pasos de ellos, su corazón se detuvo.

Pensaba que encontrar a Taiki Kudo sería difícil, la única información que tenía acerca del chico era su fisionomía, que estudiaba Medicina en la Universidad de Tokio y algunas cosas que había logrado investigar al poder hackear su cuenta de facebook. En sus planes estaba que después de hablar con el superior Joe, se dirigía a la Universidad de Tokio, hablaría con unas de las secretarias para ver si podían darle informes del chico.

Nunca se imaginó que ese chico estaría ahí.

Nunca se imaginó siquiera que pudiera conocer a Joe.

Sin duda era su día de suerte.

Sonrió levemente al percatarse que Joe, levantaba una mano en señal de saludo. Notó que Joe movía sus labios, probablemente para darles algunas indicaciones a los chicos, los más pequeños asintieron y se marcharon de ahí rápidamente ocasionando que sus largas batas blancas danzaran un poco conforme sus pasos avanzaban.

Ken tomó asiento al lado del superior Joe y le preguntó algunas cosas triviales, para quitarse la tensión que le provocaba hablar con gente que casi no conocía y en parte por educación.

Suspiró levemente al notar que hablar con Joe era muy fácil, era educado y amable. Además, todo su ser desprendía una especie de paz y tranquilidad.

-¿En qué puedo ayudarte? Miyako me dijo que querías saber unas cosas de medicina. –preguntó Joe. Tenía una gran sonrisa que iluminaba más el semblante del estudiante de medicina.

Ken sonrió un poco. Puso en orden sus pensamientos antes de responder.

-Hikari y yo estamos en la clase de periodismo en la Preparatoria. El profesor Fujita nos dejó como proyecto final realizar una investigación acerca del tema que quisiéramos… -suspiró levemente. Esa era la parte fácil. Explicar el motivo del porqué hacía todo eso. Lo difícil era explicarle sus sospechas sin que alguien más lo llamara loco o exagerado. –El tema que elegimos es de una chica que al parecer se suicidó. Murió en el hospital dos horas después de una operación a la que fue sometida por una caída de unos 10 metros de altura. –continuó explicando el peliazul más joven.

Tragó saliva despacio, Joe escuchaba atento todo lo que él le decía.

-La causa de muerte fue por un paro cardíaco. –finalizó el chico.

Joe frunció el ceño. Sospechando del motivo que lo había hecho hacer tal viaje.

-¿Quieres saber sí es posible que alguien pueda morir así? –cuestionó el mayor. –Porque sí a eso has venido, que algo me dice que no… la respuesta es que sí. Fue una caída de una altura muy grande, probablemente le ocasionó contusiones graves, su corazón no resistió y murió tiempo después.

-En el expediente clínico de la chica, los doctores pusieron que la operación había sido exitosa. –renegó Ken. Algo estaba mal ahí, estaba seguro.

-Sí. Eso no lo dudo pero… en una operación hay riesgos. Tal vez su corazón no resistió lo suficiente. –sonrió levemente a manera de disculpa con el chico.

Ken se quedó pensando en la respuesta que Joe le daba. Sonaba muy lógico, hasta él mismo había pensado en esa posibilidad… Tal vez todo había sido un simple suicidio y ya.

-Después de la muerte de esa chica, murió otra persona. Por la misma causa, un paro cardíaco. Al parecer eran amigos… -comenzó a decir Ken vacilante, sabía que lo seguía a continuación, el favor que pediría… Joe podría negarse inmediatamente. Obtener esa información, además de ser algo difícil, era ilegal. –Creo que eso está relacionado. La muerte de Sara y ese chico. Lo único que sé, es su nombre, era mayor que Sara por un año y tuvo un accidente automovilístico. Era estudiante de la Universidad de Tokio… ¿No te parece extraño que en tan poco tiempo dos jóvenes hayan muerto por una misma etimología? –concluyó rápidamente Ken. Omitiendo por un impulso el nombre de Masaru Daimon.

Joe escuchó las palabras del menor, y a medida que daba el diálogo, el verdadero motivo de la visita de Ken se hizo presente como una luz en medio de un gran pozo lleno de oscuridad.

-No es extraño, cuando tuvieron ese tipo de antecedentes. Una caída y un accidente pueden culminar con una muerte cardíaca. –aseguró Joe. Quería asegurarse bien lo que Ken quería. No quería apresurarse y acusar al chico de pedirle algo, que era ilegal.

-Lo sé. Pero es extraño cuando sabes que ellos eran amigos… además, es aún más extraño cuando la causa del suicidio nunca se supo. O cuando la única persona que puede saber el motivo de esto, las autoridades nunca hicieron ninguna investigación para encontrarla… y más al saber que esa persona era amiga de ambos. –consideró Ken.

-Puede ser que sea extraño. O puede ser… que simplemente esos eventos ocurrieron demasiado deprisa, y no hay nada que investigar, porque no hay nada extraño. –retobó Joe.

-Necesito el expediente de ese chico… del que murió por un accidente automovilístico. Necesito asegurarme que no hay nada extraño. –dijo rápidamente Ken.

Ahí estaba el motivo de la visita de Ken. Conseguir el expediente de Masaru Daimon por ayuda de Joe, éste al ser estudiante de medicina, tenía acceso a la base de datos del Hospital de Tokio. Sin embargo, si ese expediente se encontraba en ese hospital, era completamente ilegal proporcionárselo a Ken. Solamente los familiares del chico, o las autoridades podían obtener esa información confidencial.

-Y la única persona que conozco, que al menos puede ayudarme… eres tú. –concluyó Ken.

El semblante de Joe cambió de uno amable y compresivo, a uno huraño y escéptico.

¿En serio pretendía que violara las leyes, sólo para que un chico de 17 años disipara las dudas que tenía en un caso que nada tenía de extraño?

-¿Quieres que te ayude a buscar el expediente clínico de ese chico? –reprochó Joe. –Aunque quiera ayudarte, estoy atado de manos. Buscar ese expediente, y decirte la información que hay ahí es completamente ilegal. Puedo perder mi cédula profesional por eso…

-No lo pediría si no fuera importante. –aseguró Ken.

-Yo no lo haría aunque lo fuera. No rompería ninguna regla. –atacó Joe. Se puso de pie, para retirarse del lugar lo más pronto posible. –Lamento haberte hecho perder tú tiempo. –Aunque realmente, lamentaba que a él le hicieran perder su tiempo.

Ken asintió ante la negativa del chico. Sospechaba que esa iba a ser la respuesta del chico, por los comentarios de los demás respecto a él, Joe era una persona sumamente responsable e incapaz de actuar en contra de las reglas que dictara la sociedad.

Él había tenido la leve esperanza, de que tal vez, Joe hubiera cambiado un poco la rectitud de su personalidad y accediera a ayudarlo.

Antes de que la figura de Joe desapareciera de su vista se puso de pie, y lo llamó de nuevo.

Tal vez Joe no podría ayudarlo a conseguir el expediente de Masaru Daimon… pero podría sin duda ayudarlo a hablar con Taiki Kudo.

-Hay otra cosa que quiero pedirte. –dijo suavemente Ken. –No es nada ilegal o peligroso, no te preocupes. –aseguró al ver el semblante crispado del chico mayor. –Al llegar reconocí a un viejo amigo de mi infancia, hace mucho tiempo que no lo veía y me gustaría saber sí puedo hablar con él… ya sabes, darle una sorpresa. –mintió el peliazul.

Joe lo miró, tratando de ver en los ojos azules del menor alguna señal de que aquello fuera mentira, pero al ver la seguridad que la mirada de Ken proporcionaba, suspiró suavemente, accediendo al menos en esa solicitud.

-Claro que puedo ayudarte con eso. Ahora estamos en prácticas médicas, dime el nombre del chico y le pasare tu recado.

Ken sonrió levemente.

-Kudo Taiki.

-Oh, ese chico es de los mejores pre-internos que hay. ¿Qué quieres que le diga?

Ken pensó un momento como podría decirle para no despertar las dudas del superior Joe y que se negara a pasarle el recado. Sonrío internamente, dando gracias al impulso que tuvo anteriormente con el superior Joe al no revelar el nombre de Masaru.

-Dile que tengo muchas ganas de verlo, que extraño los momentos que pasábamos juntos con Masaru. –respondió Ken. –También dile, que aún conservo aquella foto en la que salen Masaru y él, juntos con dos chicas, en la explana de la Universidad de Tokio. –añadió finalmente el chico.

Joe asintió ante el mensaje del chico.

-Yo le daré tu mensaje. Ahora, tengo que retirarme, nos vemos pronto Ichijouji.

Ken asintió y vio como el mayor se retiraba al interior del hospital. Tomó una gran cantidad de aire, miró al cielo y rogó que Taiki Kudo, se intrigara ante ese mensaje y accediera a verlo. Afortunadamente, el superior Joe tenía su número telefónico móvil, estaría al pendiente todo el día del pequeño aparato.

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Observó el cielo grisáceo que adornaba la ciudad de Tokio, anunciando que no tardaría en llover. Una fuerte ventisca despeinó su cabello rojo. Trató de acomodarlo con los dedos de sus manos sin tener éxito, puesto que el viento rugió de nuevo provocando que su cabello danzara junto con él.

Dirigió su vista hacia el equipo de futbol de su Universidad, prestando más atención a una figura concreta. Su cabello castaño estaba totalmente despeinado por causa del viento y del ejercicio, y eso, eso lo hacía verse jodidamente sexy.

Miró al cielo nuevamente, sus ojos se posaron en las nubes grisáceas. La voz de su mejor amiga apenas le llegaba a sus oídos. Sus ojos se posaron, nuevamente en Taichi. Un sonrojo adornó sus mejillas, y su corazón comenzó a latir más rápido. Siempre pasaba eso con él.

Bastaba una sola mirada y ¡pum! Su corazón se encargaba de bombear más sangre de la que probablemente necesitaran sus órganos y tejidos.

-Si lo miras tanto, va a gastarse. –canturreo Mimi.

Sora bufó por lo bajo por las palabras de su mejor amiga. Ya no tenía ninguna duda de que a quién quería era a Tai, ella nunca besaría a nadie como lo besaba a él.

Y sin duda, ella no sentía con nadie lo que sentía con Tai.

Estaba enamorada de su mejor amigo. Siempre lo estuvo. Y estaba segura, que siempre lo estaría.

–Hay verbos que no permiten un pasado lejos de la metáfora, como por ejemplo morir o enamorar. –dijo Sora. –Es complicado aceptar que para esas palabras no haya un pasado que no sea pura literatura, pero lo cierto es que no es posible haber estado enamorado, no cabe eso de "Me enamoré, pero ya no" igual que uno no puede morirse antes de morirse, teniendo siempre en mente la primera acepción de las palabras. ¿Me entiendes?

Esperó a ver el asentimiento de su mejor amiga, para continuar. El partido comenzaría en media hora, y todo lo que había pasado con él, habían confirmado sus dudas y miedos. Habían reforzado sus sentimientos por Tai.

Ya no quería negar nada. Y tenía que decírselo, Taichi ya había sido honesto con ella diciéndole que la quería. Era el turno de ella de expresárselo. De demostrarlo.

La confesión que estaba a punto de hacerle a su mejor amiga, era simplemente el empujón que le hacía falta para animarse a ir corriendo hacia los brazos del castaño.

-El enamoramiento es un sentimiento absoluto, una emoción tangible, algo que si se va, vuelve; razones, argumentos, proposiciones que producen ese efecto y que no dejan lugar a grados. No se puede estar enamorado un poco o un mucho, se está enamorado o no, perdidamente, totalmente, locamente, pero nunca enamorado según convenga. –tomó un poco de aire y miró los ojos grandes ojos de Mimi. –Creo que si alguien se refiere a sí mismo como persona enamorada es muy posible que sólo sea demagoga, mentirosa o simplemente estúpida. Todo esto es relativo, pero lo que vengo a decir es que todo el mundo ha aprendido a decir "Te quiero" y lo utiliza para todo. El amor se terminará convirtiendo en una canción de Justin Bieber o en un canal de televisión. –ahogó una risa al ver el entrecejo fruncido de la chica, seguramente molesta por la referencia a las canciones del artista.

-No entiendo nada de lo que tratas de decirme, Sora. –respondió Mimi. -¿No podrías ser más específica?

-Te mentí Mimi. –mencionó Sora. Dirigió su vista de nuevo hacia Tai, su corazón dio un vuelco al notar que la mirada cálida de éste se quedaba anclada a la suya. No apartó la mirada de él y siguió hablando. –Yo… antes te dije y decía que había estado enamorada de Tai. Pero que eso, ya había pasado.

Mimi asintió ante lo que Sora le decía. Estaba comenzando a comprender lo que su amiga quería decirle, no para que Mimi lo supiera, porque ella por supuesto siempre lo supo. Le decía todo eso, para reafirmar lo inevitable. Para decírselo a sí misma, pero esta vez en voz alta.

-Y por eso salías con chicos que no valían para nada la pena, incluyendo tu nueva relación con Ryo. –atacó Mimi. Ella nunca había estado de acuerdo en olvidar a alguien que tenías ya clavado en el corazón con otra persona.

En ese momento Tai apartó la mirada de Sora y volvió a tomar posición en el campo de juego. Al parecer el entrenador había dado órdenes, que Tai por estar mirándola, había ignorado.

-Sí. –murmuró un poco incómoda la chica. Eso solamente la hacía recordar todo lo que tenía que hacer ese día: Confesarle a Taichi sus sentimientos (arriesgándolo todo) e ir y hablar con Ryo para terminar con "su relación". –Pero me equivoqué Mimi. Cometí un error enorme al salir con otros, el enamorarse es como el morirse, pero a la vez es tan diferente.

Mimi iba a protestar contra esa frase de la chica, pero Sora la interrumpió.

-Cuando estás muerto estás a salvo, en cierto modo lo estás, pero estar enamorado es todo lo contrario, es estar adherido carnalmente al amor, íntegramente entregado a otro, a la erosión que ello conlleva. –explicó Sora. –Pero la relación no termina ahí, el proceso de "desenamoración" es tan complicado como el de resurrección. Olvido y más olvido por un tubo. A un muerto se le renace con una rumba como a un enamorado con olvido. Dosis de olvido por vena, en pastillas, supositorios, graparle los párpados y proyectarle olvido a borbotones, cine de olvido, música de olvido, darle libros que hablen de guerras, de política, de ciencia, distancia de la de verdad, olvido y más olvido, picaduras de olvido. Creo que no hay tanto olvido en el mundo, pero si lo hubiera, después de esa ardua tarea de desenamoramiento-olvido quizás se pueda uno volver, si quiere, a enamorar. Y si no quiere también.

-¿Entonces tú te desenamoraste de Tai? –interrogó Mimi. Detestaba la faceta de Sora cuando se ponía filosófica.

-No. Es lo que trato de decirte, de decirme a mí misma… -analizó Sora en voz bajita. Temiendo ser escuchada por alguien, aunque en ese momento las gradas del pequeño campo estuvieran casi vacías. –Sigo enamorada de él. Nunca deje de estarlo. Y dudo que pueda dejar de estarlo algún día.

Y eso último, lo había dicho tan bajito, que Mimi tuvo que hacer un esfuerzo por escucharla. Gracias al sonrojo que Sora tenía en todo su rostro, sumado a que sus manos estaban hechas puños, supo que no había malinterpretado las palabras de su mejor amiga. Y supo que ella nunca se había equivocado: Sora quería locamente a Tai. Así como él la quería a ella.

-Eso podrías habérmelo dicho sin la necesidad de hablar de muertos y de metáforas raras. –renegó suavemente la castaña. –Pero me da gusto que por fin te hayas dado cuenta. –abrazó a su mejor amiga para reconfortarla. Sabía que una especie de confesión, y más por parte de Sora, había requerido una gran ración de valor. Sora era de esas chicas, como Yamato, que le costaba expresar sus sentimientos. –Supongo que los besos de Tai son mágicos y te abrieron la mente y el corazón. –finalizó sonriendo pícaramente.

Sora se alejó del abrazo de su amiga completamente avergonzada. No iba a admitir que precisamente, gracias a esos besos, ella había decidido a luchar por él. Aunque más que esos besos y caricias, eran las palabras que él le había dicho ayer.

-Sí… bueno. Eso es algo que no pienso responder. –concluyó Sora.

Mimi comenzó a reír.

-¿Qué harás con Ryo?

-Terminaré con él.

-Va a dolerle.

-Lo sé. Pero tengo que hacerlo… quiero estar con Tai. –afirmó Sora.

Mimi sonrió y asintió. Giró el rostro hacia la izquierda, movida por una fuerza magnética. Sus mejillas se pintaron levemente de un tono rosa, desvió la mirada hacia la cancha de futbol para fingir que estaba concentrada viendo el entrenamiento. Achicó sus ojos para alcanzar a distinguir alguna figura en el campo, pero en ese momento no había nadie.

La figura imponente de Yamato se acercó sigilosamente a las chicas. Saludó a Mimi con un leve movimiento de cabeza y se sentó al lado de Sora, a la que saludó con un escueto "Hola".

Sentía en ese momento toda su adrenalina revolotear en ella y en su sistema, recordando lo que había pasado con el rubio. Siempre terminaban besándose en lugares públicos.

Trató de alejar cualquier recuerdo de ese beso y de los anteriores. Yamato ayer le había confesado que él no la soportaba y que no tenía interés en conocerla. Pues bien, ella tampoco tenía interés en él.

Ni siquiera en besarlo. Aunque eso le gustara. Ella ya no iba a caer en la trampa mortal de esos labios fríos y seductores.

No más.

Su mirada estaba enfocada aún en las canchas de futbol, cuando percibió la silueta de Tai. Tenía un brazo alzado en señal de saludo. Mimi le dio un codazo a Sora, que al parecer estaba charlando con Yamato y no era consciente de que Tai trataba de llamar la atención de la pelirroja.

Sora miró el punto que Mimi observaba y la sangre se concentró con mayor precisión en su rostro. Le sonrió al chico y sintió su móvil vibrar. Leyó el mensaje que le había llegado y su sonrisa se amplió más. Asintió efusivamente al moreno y se esperó unos segundos, para que su respiración se tranquilizara.

Leyó nuevamente el mensaje para confirmar la localización del lugar que Tai la había citado.

"Me encanta que hayas venido, aunque siempre lo haces. Te espero al finalizar el partido en los vestidores". –Taichi.

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Estaba esperando los resultados de laboratorio de una de las pacientes del Interno Kido, cuando divisó a lo lejos a su superior. Le hizo una pequeña reverencia en señal de respeto y como signo de la profunda admiración que sentía hacia él.

El Dr. Kido le pidió rápidamente una reseña de lo que había ocurrido mientras él había estado ausente. Le respondió lo mejor que pudo a su superior, finalizando con sus conclusiones respecto al caso clínico que a él le había tocado supervisar.

Joe Kido, después de escuchar lo que su pre-interno le informaba, le agradeció y tomó los resultados de laboratorio para verificarlos él mismo. Después tendría que llevarlos con el Jefe de Guardia de ese momento, para autorizar el procedimiento a realizar.

-Tienes un don para la medicina Kudo. –refirió Joe. –Creo que tienes razón respecto al diagnóstico.

Taiki sonrió abiertamente al escuchar el halago de su superior.

-Muchas gracias, sensei.

-Por cierto, tengo un mensaje de uno de tus amigos de la infancia. –dijo escuetamente Joe.

Taiki lo miró con duda y un poco de sorpresa ante aquel comentario. ¿Un amigo de la infancia?

-Oh.

Fue lo único que pudo salir de su boca.

Joe miró los ojos castaños del chico y entrecerró los ojos. ¡Pero qué poca emoción mostraba ese chico!

-Sin duda el mundo es muy pequeño. ¿No crees? –mencionó Joe. –Ken Ichijouji también es un amigo mío. ¡Quién iba a imaginarse que teníamos amigos en común!

Taiki asintió sin saber que decir. Sin duda ese nombre no le sonaba para nada. Quiso decir algo al respecto, quiso decirle que él no conocía a nadie con ese nombre, pero al ver la alegría del Dr. Kido, decidió callarse.

Tal vez, sí el superior creía que él conocía a ese tal Ichi... sabe qué, lo tomaría más en cuenta para las futuras prácticas.

-Sin duda lo es, sensei. –respondió el chico. Mentir nunca se le había dificultado y menos para sacar provecho de alguna situación. –Y dígame, ¿qué tal se encuentra "Ichijo"?

Joe río fuertemente al escuchar el apellido mal dicho de Ken. Se secó con la punta de un dedo la pequeña lágrima que salió de uno de sus ojos.

-Ichijouji… -corrigió suavemente. –Está muy bien. Tranquilo como siempre, aunque…

Joe dejó la frase en medio del aire. ¿Qué iba a decirle a Taiki?, ¿qué su amigo de la infancia había perdido la razón por un caso absurdo?...No. Lo mejor era dejar ese tema entre dos.

-¿Aunque qué, sensei? –interrogó Taiki. Curioso del semblante pensativo que adoptó de repente el Dr. Kido.

-Nada. Olvídalo. –consideró Joe, haciendo un gesto con la mano para quitarle importancia a lo anteriormente dicho. –Te dejo un recado, por cierto.

Taiki asintió esperando el dichoso recado que su supuesto "amigo de la infancia" le había dejado.

-Me pidió que te dijera que te extrañaba, y que aún conservaba aquella fotografía en la que salías junto con un tal Masaru Daimon, y otras chicas. -Refirió el peliazul. –En la Explanada de la Universidad. –completó.

El semblante de Taiki palideció momentáneamente, su mirada se oscureció por unos segundos y sus manos comenzaron a temblar imperceptiblemente. Un sudor frío comenzó a recorrer su figura delgada, miró a su superior esperando que aquello que él le había dicho hubiera sido una mala jugada de su mente. Su corazón comenzó a latir arrítmicamente, al ver en los ojos del mayor que no estaba bromeando.

¿Cómo iba a bromear con eso? Si casi nadie sabía de Masaru o de esa fotografía. Solamente Yuriko y Ryo sabían… pero a ellos los había dejado de ver hace 6 meses. ¿Podría ser que fuera un juego de Ryo? ¿A caso querría vengarse de él? Pero él no había hecho nada que mereciera la desconfianza de Ryo. Había callado y lo había obedecido en todo lo que pidió. Sí incluso había matado a alguien…

-¿Te encuentras bien Kudo? –preguntó Joe con notable preocupación. –Creo que la sorpresa te ha bajado la presión.

-Nada de eso, sensei. La noticia de mi amigo me ha emocionado mucho… -murmuró el joven. –Es sólo que no he desayunado nada y hace mucho que no escuchaba de Ichijoi. –Aseguró el chico.

-Ichijouji –corrigió nuevamente Joe.

-Eso dije. ¿Podría darme el teléfono de él? ¡Me encantaría hablar con él, hoy que está por aquí! –añadió Taiki. Dándole a su voz un tono despreocupado y emocionado.

Joe asintió y después de checar por unos minutos su teléfono le proporcionó el número a Taiki. Iba a preguntarle de nuevo acerca de su salud, cuando su localizador comenzó a sonar. Se despidió del chico, no sin antes ordenarle ir a desayunar y después realizar la guardia del piso 3.

Taiki Kudo miró el caminar apresurado de Joe Kido. Tomó una gran bocanada de aire y se dirigió a la cafetería.

Todavía sentía ese leve temblor de sus manos, y el sudor frío inundando su frente y espalda. Cogió su celular y marcó un número que sabía de memoria. Espero que sonara el teléfono y al tercer tono, contestaron.

-Yuriko. ¡Cuánto tiempo! –trató de decir despreocupado. Aunque su voz denotó completamente lo contrario.

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Se colocó un poco de labial rojo en sus labios carnosos. Dirigió sus pasos hacia las gradas del campo de futbol, se detuvo un momento frunciendo el ceño. Odiaba ese deporte.

El viento que había ocasionó que su cabello volara al ritmo de éste. Maldijo el clima por despeinarla.

En vez de entrar hacia la zona del público, rodeó el lugar. Ryo le había dicho que la esperara en la parte trasera de las gradas. Y el muy cretino había sido tan tajante, que ella no se atrevió a negarse.

-La puntualidad definitivamente no es uno de tus talentos. –escuchó que una voz le decía por detrás. Trató de girarse para ver quién se atrevía a decirle eso, cuando una mano sujetó firmemente su cintura pegándola al cuerpo del chico que le había hablado tan insolentemente. –Comienzo a creer que el único talento que tienes es ser bonita. –reconoció la voz de Ryo y lo maldijo internamente.

Sintió como soltaron el agarre de su cintura. Se giró lentamente para quedar de frente con el chico y le sonrío arrogantemente.

-Bueno, en ese caso más me vale explotar mi único talento. –contestó Natsuki. –La tardanza valió la pena ¿no crees?

Giró sobre su propio eje para Ryo viera su figura y estuviera de acuerdo con ella.

Llevaba unos pantalones negros muy ajustados, una blusa color coral que se ajustaba a su esbelta figura, unos zapatos de tacón negros altos y el cabello rubio suelto. Sus ojos verdes estaban delineados por pintura negra y sus carnosos labios eran rojos.

-Eres idiota por llevar tacones a un campo de futbol. Vas a caerte. –aseguró Ryo.

-Pues esa es mi intención. Caerme y lograr que me sujete la persona indicada. –atacó sensualmente Natsuki. Acarició levemente el pecho del chico, para excitarlo. Y que por una vez, admitiera que ella tenía razón.

Ryo le sonrió arrogantemente y quitó la mano que lo estaba tocando con asco. Si no fuera porque Natsuki quitaría de en medio al imbécil de Taichi en sus planes, él nunca hubiera hecho "amistad" con ella o mejor aún, ya se hubiera desecho de ella.

-Entre Yagami y Sora está pasando algo. –se limitó a decir Ryo. –En todo el entrenamiento ella no dejó de mirarlo, y alguien me comentó que hace 2 días los vieron besándose en un aula.

Estaba furioso. Sora se le estaba yendo de las manos. Todo lo que le había dicho en contra de Tai, todo lo que había inventado acerca del moreno y la estúpida de Natsuki, Sora lo había ignorado.

Quería a Sora para él y no iba a detenerse en sus planes. No le importaba a quién tendría que matar. Ella sería solamente suya.

-Pues qué lástima que no seas capaz de hacer que Takenouchi sea fiel a ti. –respondió Natsuki. Ella también había notado un acercamiento de Tai y Takenouchi, y por más que había intentado acercarse a Taichi, éste siempre la ignoraba y se alejaba de ella.

-A mi me da más lástima que no seas capaz de retener a un hombre como lo es Yagami. –atacó Ryo.

-Ellos se quieren más de lo que pensamos. Tarde o temprano iban a estar juntos…

-No digas idioteces. –la interrumpió bruscamente Ryo. La tomó de la cintura y la atrajo hacia él. –Sora va a ser mía. Y Yagami puedes quedártelo tú. Lo quiero fuera y sí tú no eres capaz de meterlo a tu cama, voy a conseguir a alguien que sí sea capaz de hacerlo. –la amenazó.

Natsuki se zafó del agarre y se alejó de él con elegancia.

-Yo no soy ninguna zorra. Yo quiero que Tai se enamore de mí. Y eso tarda… No es tan fácil.

-Tengo un plan para alejarlos definitivamente. –mencionó el chico. Natsuki miró sus ojos y un escalofrío inundó su figura. Los ojos verdes del chico se habían oscurecido por completo. Tragó saliva con notable preocupación. –Necesito saber sí estas dispuesta a hacer lo que sea necesario para estar con Yagami. Necesito saber sí puedo contar contigo para todo.

-No lo sé Ryo. Takenouchi y Tai se quieren, eso no lo podemos negar. ¿Cómo podemos luchar contra un cariño de toda una vida? –interrogó exasperada Natsuki.

Al principio estaba furiosa porque Taichi no le prestaba atención por estar con la escuálida de Takenouchi. Los celos la habían cegado y se había hecho cómplice de Ryo, para arruinar la relación de los "dos súper amigos", pero el día en que Ryo la obligó a ir al antro ese y besó a Taichi, cuando el moreno se alejó de ella sin más, supo que ella no era nadie en la vida de él.

Ella era guapa y podía tener a quién ella quisiera, pero resultaba que quería Tai. Lo quería en serio.

-Todo se puede lograr con perseverancia y astucia. –apuntó Ryo. Estaba comenzando a fastidiarle la actitud pesimista y derrotista de la chica. De haber sabido que era de esa forma, tan cobarde, nunca la hubiera considerado en sus grandes planes. –Pensé que eras más valiente y orgullosa. Pensé que cuando querías algo, ibas por eso. Pero eres una cobarde, tal vez por eso Yagami no se fija en ti. –picó el chico.

Natsuki lo miró furiosa. Ella no era eso.

-¿Qué quieres que haga? ¡Ellos se quieren! –le gritó.

-¡Quiero que luches por lo que quieres!

-Bien. ¿Cuál es tú grandioso plan? Porque hasta ahora, todo lo que hemos hecho, solamente los ha unido. –apuntó la chica.

-Eso fue un simple error de cálculo. El plan que tengo ahora, es infalible. –aseguró. –Pero tengo que saber sí estás dispuesta a luchar por él, sí estás conmigo en esto.

Tenía que convencerla. A este paso, no podía tardarse en buscar a una chica, Sora estaba a punto de írsele de las manos. No podía confiar en Yuriko, porque ella ya sabía demasiado, además de que su nueva faceta de "santurrona" le repugnaba. No podía tampoco matar a Taichi, porque estaría luchando contra un fantasma, y para eso… para eso él no tenía ningún plan.

-Quiero que Taichi sea mío. Quiero que él se enamore de mí. ¿Me aseguras que va a pasar eso? –cuestionó Natsuki. La confianza que expresaba el chico le infundía a ella el valor para que Taichi fuera suyo. –Sí me aseguras eso, estoy contigo en todo lo que necesites.

Ryo sonrió maléficamente. Eso era lo que quería escuchar. Que ella lo apoyara en todo.

-¿Qué estarías dispuesta a hacer por Yagami? –preguntó.

-Lo que sea.

-No es suficiente hacer "lo que sea". ¿Serías capaz de hacer lo imposible por él?

-Sí. Lo haría. –afirmó Natsuki.

Ryo dio unos pasos para acercarse a la chica. Lo que iba a decir, tenía que quedar entre ellos dos. Esta vez no podía cometer ningún error.

-¿Incluso matar?

Natsuki tragó seco con notable preocupación ante la pregunta del chico. Pensó un poco en todo lo que conllevaba esa simple pregunta. ¿Realmente sería capaz de hacer eso? Por él, haría lo que fuera… -pensó con convicción.

-Sí. Mataría por él.

Ryo amplió su sonrisa y se alejó de la chica.

-Por ahora no haremos nada. Dejaremos que esos dos anden disfrutando a sus anchas del amor que se dicen profesar. –ordenó Ryo. –Irás a las gradas, te asegurarás que Sora escuche que Yagami te invitó personalmente al partido, cuando termine puedes irte. No harás nada más que eso.

Natsuki asintió ante la orden del chico y se dirigió hacia las gradas.

-Te veo a las 5:00 pm en la cafetería "Madeleine". –finalizó el chico, alejándose de ella para ir al partido.

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Habían empatado el partido 2-2, a pesar de que el equipo contrincante no era tan malo como ellos suponían, el clima había ocasionado que el partido tuviera condiciones poco óptimas para jugar. Los entrenadores de ambos equipos, más de una vez habían hablado con el árbitro para que pospusiera el partido, pero al parecer al árbitro le encantaba ese clima en especifico. Las fuertes ráfagas de viento azotaban todo el sector de la Universidad, y el balón se dirigía a todos los lugares menos al que ellos deseaban.

Cuando escuchó el pitido que indicaba el final del partido, agradeció mentalmente que por fin hubiera acabado. Se dirigió junto a sus compañeros del equipo a los vestidores, escuchó las felicitaciones del entrenador por haber soportado el pésimo clima y a los que habían realizado las anotaciones. Taichi había realizado los pases de ambos goles, pero otros chicos se habían encargado de anotar.

Comenzó a desesperarse levemente al ver que el entrenador no terminaba de hablar. Cuando terminó de charlar acerca de los nuevos horarios de los entrenamientos, a los cuales no les había prestado nada de atención; se apresuró a tomar una ducha. Al salir, sus nervios se vieron puestos a prueba al ver que los estúpidos de sus compañeros de equipo charlaban animadamente sin dar señales de retirarse. Esperó media hora a que se fueran todos sus compañeros de equipo. Cuando por fin se habían retirado, aguardó unos minutos más esperando a la llegada de su mejor amiga.

Al ver que pasaban 15 minutos y no habían señales de ella. Se exasperó y decidió marcharse de ahí, pensando que tal vez Ryo se la había topado al salir y se la había llevado a quién sabe dónde.

Cogió su maleta deportiva fuertemente, por el mal humor que sentía en esos momentos, dándole la espalda a la puerta de los vestidores, cuando escuchó como la puerta se abría lentamente. No tuvo que girarse para reconocer a la persona que había ingresado al lugar, bastó con que oliera ese aroma tan peculiar que ella tenía.

-Pensé que no ibas a venir. –soltó bruscamente. Todavía sentía la molestia de los celos, imaginándola con Ryo.

-Tardaron cerca de una hora en salir de los vestidores, son más tardados que las chicas. –respondió Sora sin inmutarse ante el tono de su mejor amigo.

Taichi asintió imperceptiblemente. Se giró para quedar de frente con la pelirroja, sus ojos recorrieron toda su figura femenina sin ningún reparo. Se acercó a la chica lentamente, vestía un pequeño short de mezclilla, con una blusa del equipo de la Universidad –blanca con detalles en rojo, y unos zapatos deportivos rojos. Su cabello pelirrojo se encontraba despeinado probablemente por el clima de ese momento. Se preguntó internamente si ella sabría lo increíblemente sexy que se veía en ese momento.

Acarició con una mano suavemente el cabello de la chica tratando de acomodar los mechones que no estaban en el lugar correspondiente, mientras que con la otra acercó a la chica a su cuerpo.

-Este nuevo look despreocupado te va muy bien. –dijo más relajado.

La chica sonrío por el halago, colocó sus brazos en los hombros del chico para estar más cerca de él y acarició la nariz del chico con la suya.

-Menos mal que te ha gustado. Mimi me lo ha recomendado ampliamente…

Tai dejó de acariciar el cabello de su mejor amiga y acarició levemente su mejilla.

-No tienes idea de las ganas que tenía de verte. –susurró suavemente el castaño. Rozó los labios de la chica con los suyos levemente, se alejó unos centímetros de esos labios turbadores. –De besarte. –volvió a rozar los labios de la chica con los suyos. –De acariciarte. –depositó un suave beso en la comisura de los labios de su amiga.

Sora suspiró contra su boca. Repitió el leve roce que el chico le había dado a ella segundos antes, se alejó de él durante unos segundos, miró sus ojos castaños y acortó la distancia que separaba sus labios. Atrapó su labio inferior con sus dientes, mordiéndolo suavemente, ocasionando en el chico una corriente de electricidad que invadió su estómago, se sujetó más fuerte de los hombros de él, a medida que movía lentamente sus labios contra los de él. Acarició con su lengua el labio inferior del chico, pidiéndole que profundizaran el beso, Tai abrió sus labios para atrapar la boca de Sora en un beso más voraz, necesitado y demandante.

Sora sonrío contra sus labios. Colocó sus manos en la nuca del moreno, para quedar más cerca de él. Sintió como la mano que se había mantenido en su mejilla, se alejaba de ella, ocasionándole un dejo de vacío y frialdad en esa parte de su cuerpo que él ya no acariciaba. Sin embargo, esa sensación se vio remplazada por una sensación de calidez que inundó todo su cuerpo, al notar la mano de Taichi acariciar su espalda baja.

Taichi condujo el cuerpo de la chica, sin dejar de besarla hasta uno de los lockers, quería sentir todo el cuerpo de la chica. Ya no le bastaba con las caricias anteriores que se habían dado, él quería más, necesitaba todo de ella.

Taichi se separó un poco reticente de los labios de Sora, tomó un poco de aire para calmar su respiración alocada.

-Estoy muy interesado en terminar la plática que Mimi y Yamato interrumpieron ayer. –dijo con una voz suave y firme, y a la vez suplicante.

Tai cerró los ojos y aspiró suavemente el aroma a flores que provenía del cuerpo de Sora. Con su nariz acarició la frente de la pelirroja, oliéndola. Después bajó por su perfil, hasta que la punta de su nariz acarició los labios tersos de la chica.

La respiración de Sora se volvió rápida, errática y pesada. Su pecho subía y bajaba agitado, preso de todas las sensaciones que él le hacía sentir.

Taichi abrió los ojos, dirigió su vista a los ojos de ella, ocasionando que ella se paralizara. Dentro de los ojos del castaño había algo fuerte, poderoso, que empezó a quemarla por dentro y llenarla de una necesidad indescriptible. Lo necesitaba a él. Sólo a él.

-Por eso estoy aquí. –susurró la chica. –Para terminar lo que quedó inconcluso ayer.

Sora acercó sus labios a los de Tai, y antes de que él pudiera reaccionar lo besó. Taichi gimió dentro de la boca de la pelirroja, al sentir que la lengua de su amiga penetraba su boca con gran intensidad y deseo. El beso cada vez iba incrementando su intensidad, como si a ambos no les bastara con unir sus labios.

Taichi deslizó la mano que tenía en la cintura de la chica a su cadera, apretándola contra él, provocando que de los labios de la chica saliera un gemido.

Sora se separó de los labios del castaño por la falta de aire. Nunca se le había hecho tan molesto el hecho de tener que respirar.

Taichi aprovechó el hecho de perder el control de la boca de la chica, descendió sus labios por el cuello de la chica, besándolo y mordiéndolo. Sintió como Sora se aferraba más fuerte a su espalda, con una de sus manos tomó una de las piernas de la pelirroja, dejó que sus dedos subieran hasta toparse con la estorbosa tela del short que llevaba. Acarició esa pierna esbelta y sumamente suave que ocasionaban grandes delirios en su mente. Sora soltó un gemido que provocó que Tai se estremeciera. El solo sonido de los gemidos de la chica era capaz de llevarlo al cielo. El moreno tomó el muslo de Sora y lo elevó a la altura de su cadera. La pelirroja tembló al sentir la erección del chico chocando contra su zona pélvica. Se sonrojó intensamente y sintió un calor intenso recorriéndole cada parte de su cuerpo. En ese momento sentía que más que sangre, había fuego recorriendo cada parte de su anatomía. Aquello que estaban haciendo era exceder los límites de todo lo que se considerara políticamente correcto y moral, sin embargo, ella sentía justamente que no había nada más correcto que aquello.

Taichi cortó el beso para tomar un poco de aire.

-No quiero detenerme ahora. –depositó un suave beso en el cuello de la chica. -Ni ahora ni nunca. –besó el lóbulo de su oreja levemente. –Pero si tú me lo pides, si me dices que me detenga ahora. Yo lo haré. –besó de nuevo su cuello.

Soltó la pierna de la chica y su cintura, alejándose de ella.

Sora miró a Taichi totalmente sonrojada por lo que había estado a punto de ocurrir si Taichi no se hubiera detenido. Lo miró directamente a los ojos, soltó despacio un poco de aire que había estado reteniendo. Tenía un poco de miedo de entregarse así a él, lo quería sí; pero ese era un gran paso.

Las dudas comenzaron a hacer eso en sus pensamientos. Había escuchado en el partido, como Natsuki gritaba a los 4 vientos que Tai la había invitado personalmente, y eso la había llenado de celos y miedo. ¿Y sí lo que había dicho era verdad? ¿Y sí Tai la besaba a ella y luego se iba con Natsuki?

Sora se humedeció los labios. Sus dudas comenzaron a disiparse lentamente. No. Tai nunca haría eso. Que el mundo dijera lo que quisiera, ella quería a Tai, muchísimo. No quería ni podía seguir fingiendo que no quería a Tai, quería entregarse completamente a él. Sintió sus miedos evaporarse, dando paso a un estado de seguridad y confianza. Tomó con sus manos el borde de la blusa deportiva que llevaba puesta. La levantó lentamente para quitarse esa prenda que se le estaba haciendo estorbosa. Tiró la blusa hacia un lado y miró los ojos de Tai.

Los ojos castaños, rápidos, observaron la figura de la pelirroja. Se detuvo en sus labios, grabando en su memoria el color profundamente rojo que les había dejado, en la suave hinchazón que los hacía parecer turgentes, en el deliciosos modo en ella los mantenía entreabiertos, incitándolo.

Se movió rápidamente hasta atraparla entre sus brazos, besándola apasionadamente.

Sora aceptó sin trabas los labios cálidos que se abalanzaron sobre los suyos. Esos labios que no sólo eran demandantes, sino que le dictaban seguirlos a un ritmo frenético y salvaje, en beso ardiente lleno de pasión.

Los labios de él se movían sobre los suyos más que hambrientos, devoradores y famélicos, dispuestos a llenarse de ella. Sintió la lengua de Taichi introducirse con sigilo en su boca. Sin remilgos, sin restricciones, solo avisando de su entrada rozando sus labios con la punta y con un casi inaudible murmullo.

Simplemente entró en su boca y le acarició la lengua en un gesto enloquecedor. Sora, encendida, abrió más la boca permitiéndole más el paso, dejando escapar un suspiro.

Los sonidos suaves que provenían de ella, lo incitaron más. Movió su lengua, invitando a moverse a la de ella, en un compás pasional y devorador. El beso subía cada momento de intensidad. Absorbía deliciosamente el escaso aire de los pulmones de la pelirroja, mordía sus labios con decisión, incitándola a profundizar aún más el beso.

Sora llegó a pensar que caería desmayada, los besos turbadores y demandantes de su mejor amigo provocaban que su mente pensara con poca claridad, y un cosquilleo ocasionaba que le temblaran las piernas.

Tai se separó de ella, para que ambos cogieran aire. Se acercó de nuevo a los labios de la chica, mordiéndolos con suavidad pero a la vez con fuerza. Sora jadeó ante el contacto, dejando escapar un aterciopelado sonido de su garganta. El tipo de sonidos que a él lo apasionaban. La pelirroja abrió más los labios, para profundizar el beso. Sin embargo, la fuerza de ese beso disminuyó poco a poco mientras las manos de Tai recorrían su cintura desnuda.

Sora sintió las manos cálidas del moreno subir lentamente, sentía las caricias sobre su costillas, marcándolas una a una, hasta llegar a la curvatura que formaban sus pechos que él rozó deliberadamente. Su boca trató de proferir algún sonido, pero lo único que salió fue un suspiro ante la agradable sensación que sus manos provocaban en su cuerpo.

El moreno volvió a bajar sus manos, para delinear de nuevo la estrecha cintura de su mejor amiga y, más despacio bajó a sus caderas, rodeándolas con las manos en un gesto posesivo. La sujetó de aquella parte desesperantemente femenina, y la atrajo hacia sí, acercándola a él y terminando con cualquier asomo de espacio que separara el contacto entre sus cuerpos.

Sora trató de contener el gemido que pujaba por escapar de su interior al sentirle tan sumamente cerca. Las manos del moreno surcaban su cuerpo en una danza sensual y apasionada; toda ella quería ser acercada a él, y ser tocada por él.

Sintió cómo una mano del castaño bajaba por una de sus piernas, con fuerza, sin llegar a ser agresivo, demostrando pasión sin dejar de ser cuidadoso. Sus dedos se le clavaban con enloquecedora pasión, encendiendo más el cuerpo de la pelirroja. Podía imaginarse las marcas blancas en su piel, mientras Taichi apretaba, y al pasarlas de largo convertirse en líneas rojizas que surcarían sus piernas para desaparecer segundos después como si nunca hubiesen existido.

Taichi la sujetó de los muslos, perseverante y anhelante, acariciándola por encima del short, por cuya tela surcaron sus dedos provocando un nuevo estremecimiento en el cuerpo de su mejor amiga, incitándola a moverse. Sora cayó en la tentación, moviendo lentamente sus caderas, en un movimiento lento, casi imposible de apreciar con la vista.

Tai liberó sus labios, para recuperarse un momento.

En cuanto Sora tomó la primera bocanada de aire, él la obligó a soltarla de inmediato en una expiración sorprendida y seca, de golpe, dejándola sin aliento. Sora se detuvo, dejando de moverse y frenando el suave vaivén de sus caderas para concentrarse en la boca de Tai sobre su piel, en el nuevo punto en que se encontraba. Había succionado tentadoramente con fuerza su cuello, sin premeditación, movido por una actitud impulsiva que lo dirigía hacia esa parte de ella.

Tai sintió los dedos de Sora subir hasta enredarse en su cabello, como diez serpientes enroscándose entre el color castaño, haciendo cierta presión electrizante cuando absorbió su piel con algo más de intensidad.

Le complacía la fuerza con que ella se sujetaba a él. Le molestaba que el vaivén de sus caderas hubiera cesado.

—No dejes de moverte— advirtió en voz baja, grave, un sibilante susurro al que ella no podía negarse nunca.

Asintió, aún sintiendo los voraces labios de él sobre su cuello. Comenzó de nuevo el pequeño y casi imperceptible movimiento de sus caderas gustosa, rozándose con el cuerpo de él en cada acercamiento, sintiendo la ropa del moreno a través de su cuerpo.

Taichi dio vía libre a los deseos que su boca hasta ese momento no había podido cumplir, los anhelos que había mantenido escondidos por el miedo de perderla como mejor amiga. Se permitió morder con fuerza el lóbulo de ella, notando cómo el agarre de sus manos entre sus cabellos se endurecía. Bajó un poco más y lamió sin piedad la piel detrás de su oído, excitándola y haciendo algo más perceptible el movimiento de sus caderas contra él. Captó el agradable olor a flores que parecía impregnar suavemente toda su piel, aspirando con silenciosa fuerza para grabárselo a fuego. Lamió el cuello despacio, como si pretendiera saborear su piel como nunca lo había hecho, desde su nacimiento hasta su fin, desde el hombro hasta el perfecto óvalo de su rostro.

La escuchó gemir, y no pudo más que dejarse llevar por otro deseo incontenible.

Mordió su cuello con fuerza, apoderándose de su piel y de lo que hubiera debajo, succionando con tal ímpetu que podía sentir la piel de ella dentro de su boca aumentar de temperatura, el paso de su sangre hacerse más rápido y violento sonando de fondo como una vibración potente y tormentosa con cada acelerado latido de su corazón.

La soltó y volvió a lamer esa piel. No se equivocaba, ardía por la fuerza con la que la había mordido. Vio la señal de su mordisco allí mismo, y no le cupo duda de que al día siguiente habría una marca considerable. Enrojecía ante sus ojos y en unas horas el color morado se apoderaría del punto tomado por sus dientes. Aun así, no quiso o no pudo preocuparse por ello, su mente solo pensaba en el placer que Sora podría proporcionarle, en el placer que él podía conseguir de ella y que por primera vez tenía licencia para hacer suyo sin restricción alguna, sin cadenas que lo ataran a la cordura.

Únicamente suya.

Sora, repentinamente subió sus dos piernas sobre el moreno, rodeándole con ellas y agarrándose así a él, anclándose a su cuerpo de una forma inimaginable para alguien que no estuviera siendo rodeado por esas dos piernas que a él le resultaban enloquecedoramente perfectas.

El castaño la arrinconó, dando apenas un paso hasta que la chica dio con la espalda en los lockers. Su intimidad se rozó con la de él, y se obligó a cerrar los ojos y morderse el labio para no proferir una exclamación de excitación.

Él era endemoniadamente atrayente.

—No voy a parar. Ya no sería capaz de hacerlo aunque quisiera— dijo él en voz baja impregnada de falsa tranquilidad, besando su hombro, lamiéndolo, mordiéndolo en un arranque pasional.

Ella se retorció aún amarrada a su cuerpo, intentando acercarse más al chico si era posible, encendida, ardiendo, estimulada por todos y cada uno de los movimientos, de los gestos que él hacía, de los roces que le proporcionaba.

Esta vez fue ella quien tomó la iniciativa. Aún con las manos en su nuca y entre sus cabellos, le hizo mirar hacia ella, y le besó, con pasión, con emoción, demostrando y queriendo dejar en claro que al menos por el momento, no se arrepentía de nada de lo que habían hecho.

Notó que él la separaba de los lockers, despacio, con lentitud. El frío y áspero tacto del metal dejó de intentar arañarle la espalda, y ahora era relevado en su puesto por el aire frío que ocupaba todo el lugar. Siguió besándole igualmente, recogiendo toda esa información en un fondo desván de su cerebro donde quedó guardada bajo llave. Esos labios cálidos y demandantes no le permitían prestar atención a ninguna otra cosa.

Repentinamente, él la hizo cambiar de posición, colocándola en algún tipo de superficie. Taichi se inclinó despacio en algún punto de la estancia al que había llegado caminando aún con ella en brazos sin que Sora lo notara. La depositó sobre una de las grandes bancas que había dentro de los vestidores, primero haciéndole apoyar la espalda poco a poco, y posteriormente, subiendo sus manos por sus piernas todavía enroscadas en él, la obligó a soltar el agarre que mantenían alrededor de su cuerpo y las dejó también sobre la banca, siguiéndolas en ese camino hasta acomodarse sobre ella, recorriéndolas con las manos mientras se inclinaba sobre ella.

No la aplastaba, no dejó caer casi ni el más mínimo peso sobre el cuerpo femenino que yacía bajo él, ahora con los ojos muy abiertos y sintiendo una creciente tensión en su interior que se alejaba bastante de la euforia inicial, de los primeros besos y de las primeras caricias. Sus ojos marrones le observaban con clara expresión, más abiertos de lo normal. Sentía los codos de él cerca de su rostro, sus brazos apoyados a cada lado de ella. Estaba enjaulada, atrapada. Y lo sentía sobre sí misma, sobre su cuerpo ardiente, sobre sus piernas donde se tocaban mucho más claramente, entrelazándose y confundiéndose las del uno con las del otro.

Sora le quitó rápidamente la playera que cubría aún el torso de Tai.

Nunca había deseado a nadie como lo deseaba a él, nunca había experimentado algo así de abrasador por nadie.

Se sorprendió a sí mismo respirando profundamente mientras la miraba con fijeza, sin permitirle apartar la mirada de él ni un momento.

La besó despacio pero en profundidad, rememorando la textura de sus labios, la curva exacta de su boca, el sabor que un beso de la pelirroja imprimía en ese roce de sus bocas.

Sora una vez que se acostumbró a estar tumbada, completamente cubierta por él, bajó una de sus manos, desenredándola del cabello castaño hacia abajo, acariciando su nuca durante el camino y llegando a la ancha y masculina espalda. Se sonrojó al notar lo tonificado del cuerpo de él, la forma en podía sentir cada músculo del chico.

El cuerpo de Taichi era, simplemente, perfecto.

Lo sintió moverse con sigilo y habilidad sobre ella. Al parecer, él tampoco estaba dispuesto a quedarse quieto. Mientras se apoyaba en uno de sus brazos para no molestarla de ningún modo, su otra mano, libre, bajó por uno de sus brazos, acariciándolo por la parte interior, siguiendo el serpenteante camino de sus venas a través de la piel. Continuó al llegar a su vientre, al borde de su short, y pasó su mano de forma peligrosamente deliciosa sobre la tela del brasier.

Sora echó la cabeza hacia atrás en un gesto inconsciente, suspirando suavemente ante el roce de él. Sintió su mano seguir acariciando esa zona. Después ese contacto no debió resultarle suficiente, porque su mano, curiosa e indómita, se adentró bajo la tela del brasier, haciéndola soltar un murmullo de sorpresa.

La mano de él bajó por su vientre, sobre el que trazó formas imposibles, círculos que se enrollaban sobre sí mismos formando espirales sobre ella en un delicioso y chocante roce que la incitaba a moverse hacia él, haciendo algo más tangible ese contacto, menos superficial.

—Tu piel arde— murmuró él junto a su oído.

Se sonrojó inmediatamente, aumentando el ritmo de su respiración mientras sentía la mano de él presionando suavemente su abdomen. Su mano subió deliciosamente, de nuevo, hacia uno de sus pechos.

El peligroso contacto de su mano volvió a ella más atrevido que antes. Notó los labios del chico sobre su clavícula, paseándose sobre su piel sin ningún tipo de pudor que a ella, al contrario que a él, en ese momento la avergonzaba, sonrojándola mientras seguía deseando contra su vergüenza que él continuara.

La boca del moreno siguió bajando, probando hasta el último resquicio de piel. La miró un instante, fijándose en el hermoso y arrebolado rostro con los ojos fuertemente cerrados, mordiéndose el labio inferior con fuerza.

Su mano no quedó inmóvil tampoco. Cubrió completamente con la mano el seno que ya había estado acariciando, endureciéndolo con el contacto cálido de sus dedos. Y sin esperar más, lo bordeó, siguiendo la periferia.

Exclamó su sorpresa con un sonido que hizo que él apretara su pecho inconscientemente al escucharla. Sora arqueó la espalda permitiéndole a él acariciarla mejor, como si pretendiera que su mano la tocara más si eso era posible, como si temiera que una sola zona de piel de su pecho quedara sin ser acariciada por él.

Cuando volvió a bajar la espalda lentamente hasta tocar de la superficie fría de la banca, no le sorprendió notar que el cierre de su ropa interior había sido abierto. Ella misma, azorada, se quitó la última pieza que ocultaba el fin de la parte superior de su cuerpo en una acción conducida por su propio anhelo de que él la llevara al límite.

Su otra mano, que había estado inmóvil para evitar caer completamente sobre la chica, abandonó la superficie de la banca, para acariciar ese mismo pecho. Sus dedos trazaron una espiral eterna y diabólicamente tortuosa hasta su cima rosada, que tocó y presionó con las yemas de los dedos con absoluta intención haciendo que ella se estremeciera.

Mordió sus labios con fuerza y suspiró hasta que su suspiro se transformó en un hondo gemido de placer. Taichi se había apoderado de su pecho con la boca, con los dientes. Su boca era una tortura a la que difícilmente podía resistirse, se dejaba arrastrar por el placer que él le proporcionaba en oleadas demasiado intensas como para ser soportables. Su lengua danzaba demasiado rápida, su boca besaba, mordía con desbordante exigencia, la succión sobre esa parte de ella nublaba su vista y perdía el contacto con el mundo real que la rodeaba. Se sentía placenteramente tensa, casi extasiada.

La soltó tras morder suavemente la aureola rosada, arrancándole otro suspiro y un espasmo involuntarios de su espalda hacia él.

Taichi aprisionó la boca femenina y aún algo hinchada con la suya, saboreando nuevamente sus labios. No desatendió el otro pecho de la pelirroja mientras la besaba, sino que lo acarició, con una fricción algo más fuerte que a su gemelo, apretándolo de vez en cuando, consiguiendo que ella abriera la boca por la sorpresa de sus gestos y profundizando así el beso cuanto quisiera.

Notó las manos de ella recorrerle la espalda, delinear sus músculos y seguir oscilante con los dedos el sendero de su columna, partiendo de sus hombros en un camino que lo incitaba a seguir más, a continuar.

Las manos de Sora se deslizaron sobre su pecho, subió lentamente sus dedos cálidos a su cuello. Cerró los ojos para sentir las manos de ella y el contacto de las yemas de sus dedos con mucha más claridad. Sus manos pasaron por su abdomen, delineándolo con una provocación a la que le costaba no sucumbir. Sus uñas se le clavaron durante un momento y se obligó a reprimir el grave y ronco sonido que amenazó con salir de su garganta. Cuando ella dejó de pasar las palmas de sus manos por su abdomen, se encontró perdido por sentir el tacto de sus manos. La pelirroja volvió a su espalda, acariciándola en un movimiento que causaba estragos en el moreno.

Taichi fue hasta su cuello, y lo besó con cuidado, lamiéndola despacio, provocándole escalofríos que hacían que ella se moviera contra él y sus pechos le rozaran al moverse, avivando su deseo como el viento las llamas de un poderoso incendio.

La notó respirar en profundidad bajo él, como si se estuviera preparando para algo, aunque no captó esa connotación hasta un poco después. Y mientras exhalaba el aire despacio sobre el hombro ahora desnudo del moreno, provocándole, sus manos fueron bajando lentamente por su abdomen, como dos dagas en una misma dirección.

Siguiendo el rumbo de sus músculos marcados, delineándolos en su camino, llegó hasta la tela de sus pantalones. Buscó, ya sabiendo dónde encontrar el cierre, y rozó descaradamente la parte más baja de su abdomen.

Apretó la mandíbula, respirando con fuerza aún contra el cuello de ella.

Las manos de ella, atrevidas y osadas, traspasaron la línea divisoria entre la vuelta atrás y el no hay retorno. Sora notó un bulto bajo los bóxers del castaño. Su mano pasó por encima cuidadosa y avergonzada, y podía sentirlo vivo, latente y palpitante de deseo por ella bajo el tacto de sus manos.

El gruñó grave, profundo, excitado sin poder evitarlo junto a su oído. Sora sonrió complacida entre silenciosos suspiros al haber arrancado de su garganta algo así. Volvió a acariciarlo de nuevo, pero esta vez él no profirió ningún sonido, sólo besó su cuello, ahogando su deseo con ella. Por cada caricia en su anhelante masculinidad, en su despierta y deseosa hombría, un beso era depositado en su cuello, una lengua en su hombro, un mordisco en el lóbulo de su oreja, un roce en su rostro, un ardiente beso sobre sus labios. Su crecimiento era patente, palpable. Su excitación volcánica y chispeante, ardiente y desesperada.

Y sin saber cómo, sin entender cuándo pues él le impedía medir con algún asomo de precisión el tiempo, sintió una mano del chico alejarla no sin esfuerzo de esa parte de él, como si no estuviera completamente seguro de alejarla, como si estuviera perdiendo un placer demasiado bueno como para hacerlo a la ligera.

-Hay cosas mejores que ésta— susurró, rozándole los labios con lascivia—. Aunque parezca imposible.

Ella, arrebolada, enroscó sus manos tras el cuello de él, atrayéndole para besarle y cerrar los ojos para así no pensar en su obsceno comentario y las consecuencias de las palabras que el moreno había dicho, acarrarían.

Sora se quitó los zapatos deportivos ayudándose primero de un pie y luego del otro, lanzándolos al suelo. Taichi la tomó con suavidad de la cintura, bajó marcando cada una de sus curvas hasta sus piernas. Las degustó con el tacto, desabrochó lentamente el short de la chica y se lo quitó dolorosamente lento.

El castaño volvió a inclinarse sobre ella y buscó sus labios. Los acarició con los suyos de forma seductora, calmándola de los recientes nervios del cuerpo de la chica al ser despojada por una prenda más. La besó en la comisura de los labios, y permitió que ella se embebiera de él.

-Eres preciosa— murmuró, y la besó otra vez—, enloquecedoramente hermosa.

Él la desnudaba despacio, con una tranquilidad y una calma que le resultaban deliciosamente turbadoras. Como todo él.

Sora abrió los ojos por un momento, justo en el momento en que Tai terminaba de quitarse los pantalones de mezclilla oscuros. Volvió a cerrar los ojos, no queriendo verse a sí misma desnuda, la idea le avergonzaba aunque él dijera que ella era hermosa, aunque él fuera el hombre más atractivo que hubiera conocido nunca.

Taichi se acomodó sobre ella, sus femeninas y torneadas piernas quedaron una a cada lado del cuerpo masculino. No dejaba de besarla, no dejaba de tocarla, sus manos no dejaron de pasearse señoras de su cuerpo eternamente femenino. Sus pensamientos se perdían, su consciencia se difuminaba en el conflicto de sus bocas, sus sentidos se encendían sintiendo más de lo humanamente posible.

Y entonces el movimiento comenzó sobre sus últimas prendas en contacto, suave, excitante, tentador, provocador, augurio de lo que habría de venir después, inevitable como el mismo ciclo de la vida, como el calor que terminaría abrasando sus cuerpos hasta dejarlos acabados sobre esa banca. Él se movía sobre ella, cauto, rozándola, masculinidad contra feminidad, en un contacto demoledoramente turbador, un exceso de pasión que infundía un ardor en la pelirroja demasiado grande como para mantenerse quieta y guardarlo dentro de sí.

Movió las caderas hacia arriba, en un movimiento que por su perfección los ojos ajenos habrían dicho que era ensayado, dictado por un algo superior. El suave vaivén de su cuerpo se enredaba con el de él en un tiempo perfecto, en un lugar entre ellos que se cerraba hasta que ambos se tocaban. Era una unión superficial enloquecedora y sugerente, tanto que el placer casi dolía.

Hubo un último vaivén, un último movimiento de contacto entre ellos. Entonces la mano del chico surcó el aire hasta las caderas de la chica entre sus brazos, deteniéndola en el aire en el punto álgido de su movimiento. Sus dedos se hicieron con el borde de la última tela que ocultaba su cuerpo de musa, y tirando lentamente, mientras ella jadeaba liberada de su boca, hizo que la última prenda se desvaneciera en el camino de sus piernas.

Sus ojos castaños se clavaban en ella, su mirada planeaba solo sobre su rostro, jamás observando su cuerpo. Enjaulaba su mirada castaña rojiza en el brillo oscuro de su iris, devoraba su rostro femenino y sonrojado, con voracidad insana delineaba con la vista sus labios, las mejillas encendidas de un cálido y turbador color rojizo. El suave sonido de su respiración desacompasada llegaba hasta sus oídos como el canto hipnótico de las sirenas.

Y entonces lo supo, solo la quería a ella. Solo quería que fuera suya.

Rozó sus labios, la piel de su rostro, para cruzar por sus facciones hasta llegar hasta su oído, donde se detuvo. Respiró contra ella, estremeciéndola y notando el roce de su cuerpo cuando se removió, complacida. Humedeció el lóbulo, solo un poco, y las palabras salieron solas de su garganta, allí, cerca de su oído, aprovechando que la cercanía era tal que ni siquiera el escaso aire que necesitaría atravesar su confesión sabría lo que le diría. Su masculinidad la rozó en su lugar más ardiente, presionándola con continencia como si estuviera preparándose para lo que habría de llegar.

—Te quiero—Su voz adquirió el tono más sutil, hechizante, profundo y dulce que ella le hubiera escuchado nunca—. No voy a pasar una noche contigo, Sora. No voy a marcarte. No voy a tener un simple encuentro, no será algo precipitado, no será un contacto pasajero ni efímero. No es una simple diversión— dijo con una seriedad que la hicieron temblar—. Voy a hacerte lo que no le he hecho nunca a nadie. Esta noche…— sus labios se pegaron a ella en un contacto electrizante— Voy a hacerte el amor.

Sora se estremeció. Sus palabras se introdujeron en ella como un veneno que impregnaba el mismísimo aire que respiraba.

Entonces comenzó todo. Sintió la presión temida en la zona en que ambos se tocaban. Una presión arrolladora e inaguantable. Cerró los ojos cuando sintió que él la invadía, que ganaba el primer paso dentro de su cuerpo. Volvió a agarrarse a su espalda con fuerza.

Y con una fuerza mortal, se adentró en ella completamente de una sola vez, destrozando cualquier barrera que lo separara de las profundidades del cuerpo causante de sus delirios.

Ella gritó con toda la fuerza que pudo, sin contenerse, justo antes de morderle el hombro a él para acallar la furia que salía de su garganta. Sus ojos, que antes le ardían, estallaron en lágrimas incontenibles. Su pecho se movía tratando de expulsar los jadeos que su boca no le permitía por estar mordiéndole a él. Taichi no se quejó, sino que se quedó quieto e inmóvil esperando a que ella se calmara, sin moverse dentro de ella ni un milímetro, haciéndose dueño y señor de lo más profundo de su cuerpo.

Se obligó a sí misma a calmarse. No era la primera vez que lo hacía, pero el dolor siempre resultaba lacerante al principio. Se concentró en respirar con más calma, liberó el hombro masculino de sus dientes y volvió a tumbarse completamente sobre la banca.

Taichi la besó de nuevo, para contrarrestar el malestar inicial del cuerpo de su amiga. Los labios de él eran, como siempre, demandantes y avasalladores, dirigentes exclusivos del beso. Entonces él comenzó a moverse dentro de ella. Muy despacio, con mucha lentitud. Apenas un espacio escaso casi inexistente.

Pero sabía que debía ser así. La pelirroja no dio muestras de dolor, ni un quejido ni una lágrima más, ni un espasmo de dolor, absolutamente nada. Complacido por la perfección de sí mismo, poco a poco fue aumentando su movimiento, haciéndolo más profundo pero a la misma velocidad, sin excederse. Sora había terminado el beso para tomar aire al notarle moverse dentro de ella, dejándolo escapar en alentadores suspiros que solo le incitaban a aumentar más su intensidad, a moverse más rápido.

Sora lo disfrutaba. Había empezado a dejar escapar suaves gemidos de placer incontenibles entre sus labios, tratando de detenerlos mordiéndose el labio inferior. La pelirroja no tardó en empezar a moverse a su mismo ritmo, en un enlace perfecto que comprendía sus movimientos sin necesidad de preguntas. Alzó suavemente las caderas con cada nueva penetración, haciéndolas más profundas y perfectas cada vez, permitiéndole conocerla hasta lo más profundo de su ser.

Tai comenzó a tener dificultades para mantener la respiración tranquila. Bajos y profundos jadeos escapaban de lo más profundo de su pecho cada vez que se adentraba en ella, cada vez que la escuchaba gemir, suspirar cuando él la tocaba y la hacía encenderse y consumirse de placer.

Lo enloquecían sus sonidos, la forma en que sus caderas se elevaban en el momento perfecto sin aparente esfuerzo facilitándole la entrada dentro de ella aumentando el placer, la hipnótica belleza de su rostro encendido, el inexplicable arco de su espalda cuando se arqueaba hacia él pidiéndole sin palabras algo más, incitándole a proporcionarle más placer.

Las manos de ella lo atrajeron hacia su rostro cogiéndole de los cabellos en un agarre desesperado para esconder su rostro en el hueco de su hombro. La vio morderse el labio nuevamente, y eso solo le resultaba incitante, una invitación a morderlos él, a besarla hasta casi hacerla sangrar si su deseo por su boca así lo estimaba oportuno y necesario.

-Tai…— dijo ella con la voz entrecortada, y esa voz femenina llena de ardor clamando su nombre le hizo perder mucho más que el control de sí mimo

Ella gimió nuevamente cuando, sin siquiera haber terminado de hablar, el moreno arremetió contra ella con más fuerza. Sus penetraciones eran más fuertes, sus acometidas más salvajes, su ritmo irrefrenable e imposible de mantener durante mucho más tiempo. Su cuerpo se movía rápido y perfecto en un movimiento indescriptiblemente pasional y perdido de placer. Quería hacerla suya, deseaba más que nada hacerse señor de ese cuerpo, dueño de sus pensamientos y de su esencia.

Aumentó la velocidad con que se internaba en ella, la forma en que la poseía de forma absoluta hasta un límite que solo podía culminar en un final cercano e inevitable. Aprovecharía hasta el último segundo del placer que ella le daba, de la sensación de infinito placer y goce que le suponía adentrarse en su anhelado cuerpo. Ella brindaba y él bebía de ella, sediento del placer que su cuerpo llevaba para él, hambriento de su calor y lo más profundo de esa mujer. En la culminación de sus más profundos, secretos y oscuros deseos solo podría estar dentro de ella, haciéndola suya y poseyéndola hasta quedarse con su alma imprimiéndole su sello.

Los gemidos empezaron a apoderarse de todo sonido audible, incluso por encima de los aullidos del viento contra las ventanas. Sora elevaba las caderas contra él de forma permanente, sin siquiera molestarse ya en hacer un solo vaivén, como si su cuerpo temiera perder al moverse un solo roce con el castaño. Tai se adentraba en ella incansable, ansiando más, deseándola más con cada ocasión en que se hacía dueño de ella, en que se apoderaba de su cuerpo y la hacía gemir llamándole envuelta en ansias. Se agarró con fuerza a la espalda de Taichi, pegándose a él hasta sentir toda la extensión de su cuerpo mientras arqueaba la espalda, llamada por el mayor de los placeres y la culminación de sentidos a su punto final. Se agarró a él con las uñas, clavándoselas con fuerza mientras de su boca escapaba un nombre.

El suyo. El de él. Tai.

Fue solo un susurro para que él lo oyera, impregnado del gemido de su boca. Y después un grito de estertor final, un sonido culminante del éxtasis, del alcance del cénit, de la llegada más absoluta, intensa y real al sumun de los placeres, a la soberbia de los cuerpos y de las almas atenazadas de anhelos durante largo tiempo no sofocados. Su cuerpo se colapsó de percepciones mientras él seguía sobre ella, sin asomo del desaliento, haciendo su placer más intenso si cabía sin detener su movimiento. Todo su cuerpo se tensó hasta casi hacerle daño. Quedó ingrávida en el tiempo mientras el placer alcanzaba hasta la más profunda de sus entrañas y una fuerza demoledora surcaba su cuerpo, primero extasiándola durante un tiempo efímero y eterno, después devolviéndole al cansancio que se había apoderado de ella, al agotamiento de todas las partes de su cuerpo que había sido ocultado por el placer, los gemidos, las palabras de él susurradas en su oído marcándola más profundamente que de una mera forma física.

Se dejó caer, pero él no había acabado con ella. No todavía. Se adentró en ella rápido, certero, hasta que sus anatomías le impedían seguir avanzando. Y sin esperar mucho más, pues verla culminar y susurrar su nombre colmada de deseo había sido más devastador para su capacidad de control incluso que el contacto directo con su interior, se dejó llevar también por el placer, dejándose arropar por la intensa sensación que dejaba en blanco su mente, agotaba todos y cada uno de sus músculos y lo llevaba hasta el mismo lugar de culto a lo físico y al placer sensorial al que la había llevado a ella un poco antes. Alcanzar el cielo durante unos segundos fue posible para ambos.

Se separó. Con una sensación extraña que no había sentido nunca cuando dejó de estar unido a ella. La contempló, ella tenía los ojos vidriosos de emoción y su pecho subía y bajaba todavía rápido, tratando de recuperar algún ritmo de respiración que le permitiera pensar al menos que respiraba y no solo hacía el intento.

Esa tarde, para bien y para mal, se había erigido en inolvidable e imborrable parte de sus memorias.

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-.

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Había tenido que soportar sus molestas quejas desde el final del partido hasta el departamento de la chica.

Era terriblemente molesta. ¿Por qué ella tenía que besar tan bien y al mismo tiempo ser tan insufrible?

Al ver que Sora desaparecía misteriosamente después del partido, él tuvo que quedarse con la castaña. No se animó a dejarla irse sola por la fuerte tormenta que se avecinaba.

Una fuerte ráfaga de viento provocó que arrugara la nariz al percibir un olor dulzón en el aire. Aspiró de ese aroma levemente, sintiendo como calmaba lentamente el mal humor que le provocaba al estar cerca de ella.

Aunque sí tenía que ser honesto, la presencia de ella ya no le causaba la anterior amargura que sentía antes.

Ingresó al departamento de la chica, con ese porte indiferente y arrogante que tomaba siempre cuando estaba con ella.

Observó que en la pequeña mesa del centro había un gran ramo de rosas rojas, frunció el ceño levemente.

-¿Y eso? –preguntó señalando el arreglo floral. Suponía que el ramo era de Sora, pero tenía una leve, muy leve curiosidad, por saber si las flores eran de Sora o de Mimi.

Mimi se vio interrumpida en su diarrea verbal. Miró lo que Yamato señalaba.

-Es un ramo de flores. –dijo socarronamente, encogiendo los hombros.

-Ya sé que es un ramo de flores. –alegó el rubio con fastidio al ver la burla en la voz de la castaña. – ¿De quién son?

Mimi enarcó una ceja al notar el tono de voz demandante de Yamato.

-Eso no es tu asunto. –cortó ella. Arrogante, era un arrogante.

-Es mi asunto dado que esa porquería perturba mi vista y altera mi sentido del olfato al tener que oler algo tan repugnante como eso. –refirió despectivamente. Eran de ella, las rosas eran de ella. Estaba seguro.

-Tal vez el olor proviene de ti y no de las flores. –rezongó. -¿A caso ves que me queje yo de tu aroma? ¿O de lo horrible que es mirarte?

Yamato contuvo las ganas de reírse allí mismo. ¿Apestoso él? ¿Desagradable a la vista él?, trató de no abandonar el aspecto relajado de su cuerpo, aunque el comentario de ella lo había puesto tenso.

-Debe ser horrible tener que soportar al imbécil que te regaló eso. –mencionó Yamato. Ignorando los comentarios de Mimi. –Mira que regalarte algo tan vulgar.

Mimi lo miró furiosa.

-A la única persona que tengo que soportar es a ti. –peleó la chica. –Y las flores no son vulgares, son hermosas.

¿Cómo sabía Yamato que eran de ella y no de Sora?

Yamato volvió a mirar las flores socarronamente.

-¿Alguien murió acaso? –interrogó. -¿O le has dado lástima a algún chico?

Ella le miró bastante alterada.

-Eres un imbécil, nadie ha muerto. –aclaró fríamente. –Y ya te dije que no es asunto tuyo.

-Entonces ¿flores que huelen a huevo podrido son tus nuevos asuntos universitarios? –inquirió alzando una ceja y arrugando la nariz. –Vaya Mimi, tu vida debe ser más apestosa y patética de lo que yo suponía.

-¡Mi vida no es apestosa! –explotó sin poder evitarlo. Yamato sonrío de medio lado al conseguir enfadarla tan rápido. –Me las han regalado, para tú información.

-Supongo que te las habrá regalado alguien de tu familia como agradecimiento por tu ausencia de meses. –ironizó él mirándola a los ojos. –Casi me enternezco, pero el caso es tan deprimente que no lo consigo.

Mimi lo miro con los ojos brillando por un fulgor vívido y ardiente.

-Ya me acompañaste a mi casa. Adiós Yamato, ya conoces el camino a la puerta.

-Entonces admites que fue tú familia.

La castaña se detuvo en seco.

-¡No! –exclamó indignada al ver que él seguía con el mismo tema.

-¿Un amigo imaginario?

-¡Yo no tengo amigos imaginarios, idiota! –exclamó perdiendo completamente la paciencia.

-Entonces es un caso de algo paranormal –continuó Yamato pensativamente, impasible ante la cólera de Mimi. –Es lo único que puede explicar que alguien te regale flores.

Ella lo fulminó de nuevo con la mirada. A él le encantaba que ella lo mirara así.

-No lo es. –Mimi lo dijo en un tono molesto. –Fue un amigo.

-¿Está ciego? –preguntó el rubio fingiendo curiosidad. –No, espera… ¡¿Está sordo?!

-¿Es que quieres que termine en una cárcel acusada de homicidio? –dijo Mimi sin comprender por qué se empeñaba en seguir con el tema y en molestarla con tanta insistencia.

-Vamos Mimi, sabemos que tu insoportable ingenuidad sería incapaz de matar a una mosca.

-No me tientes –replicó entre dientes. –Si no vas a irte de mi casa, me voy yo.

Intentó ir a su habitación para encerrarse y esperar a que el rubio se fuera, cuando la figura del rubio detuvo sus intenciones, interponiéndose en su camino.

-Me tapas el camino, muévete, -dijo Mimi con crudeza.

-¿Quién te las ha regalado?

-No es de tu incumbencia, Ishida.

-Si no lo fuera no te preguntaría, Tachikawa. –replicó él astutamente.

-Si te lo digo, ¿prometes irte y dejarme en paz? –preguntó ella, mirándolo interrogante.

Yamato hizo un amago de pensárselo.

-A lo mejor.

Vio como Mimi rodaba los ojos, y se obligó a contener las ganas de reír. ¿Es que se estaba volviendo loco? Ella no era chistosa, ni remotamente. Y mucho menos gozaba de la presencia de ella. Claro que no.

Mimi pareció decidirse por fin.

-Kiriha Aonuma, él fue quién me las dio. ¿Feliz? –mencionó irónicamente e incómoda por revelar algo respecto a su vida privada.

Ese comentario le molesto bastante.

-¿Aonuma? –repitió el rubio incrédulo. Después puso cara de asco. -¿Ese imbécil del bar? No pensaba que tuviera tan mal gusto.

Sabía que mentía, Mimi a pesar de ser insufrible, era atractiva. No le extrañaba que recibiera flores, al contrario, le parecía algo completamente normal. Ella era una chica muy hermosa, incluso se le hacía extraño que no tuviera una manada de gorilas.

Esta vez consiguió llamar la atención de Mimi, porque ella lo miraba con el ceño fruncido tratando de no mostrar el creciente enfado y desprecio que sentía por el rubio. Aunque él lo había notado, esa chica era muy fácil de leer. Era como un libro abierto.

-¿Por qué dices que tiene mal gusto? –preguntó molesta.

Yamato enarcó una ceja, divertido.

-Por dos razones. La primera, porque parece que tú le interesas, y nada puede resultar más estúpido y escalofriante. –Mimi iba a replicar algo, pero él no le permitió hablar todavía. –La segunda, porque regalar rosas rojas es la cosa menos original que se puede regalar.

Mimi se sorprendió ante su respuesta. Miró los ojos azules del chico, buscando algún rastro de burla, dirigió sus ojos ante el ramo de rosas rojas y recordó el sentimiento de alegría que la había embargado al recibirlas.

-A mí me gustan. –replicó, aunque Yamato comprobó un leve atisbo de duda en su voz.

-Ambos sabemos que ese es un regalo propio de alguien carente de imaginación. Fíjate bien, es lo más típico que te pueden regalar. Es un cliché.

-Yo creo que ha sido un detalle bonito y romántico. –trató de defenderlo, pero de nuevo la duda asomaba en sus palabras.

-Por favor, Mimi, no se ha arriesgado en absoluto. Si hubiera querido impresionarte, se habría esforzado en darte algo que te sorprendiera un poco. –le aseguró el rubio como si fuera algo obvio. –Este regalo es infantil y estúpido. Aunque… es evidente que al tratarse de ti, la gente se tome tan a la ligera el asunto de darte algo.

Mimi miró las flores. Su rostro se entristeció un poco, pero de repente el enojo se apoderó de la tristeza que sentía por las palabras del rubio.

-A mí no me lo parece. –respondió muy segura. –Y te aseguro que no es raro que alguien se esfuerce para regalarme algo. Hay hombres que lo harían encantados.

-No cuentan si te refieres a…

-No me refiero a mi familia ni amigos, imbécil. –lo cortó ella. –Así que asúmelo, Yamato. Soy una chica y es normal que alguien quiera regalarme flores. –terminó triunfante.

Yamato miró con desdén las flores.

-Y son preciosas. –insistió la chica.

-No lo son, Mimi. Son comunes y corrientes.

-Y huelen riquísimo.

-Estoy seguro que su olor nauseabundo ha provocado estragos en tu cerebro. –replicó cruzándose de brazos.

-Ya te dije que el olor nauseabundo proviene de ti. –replicó la castaña empezando de nuevo a impacientarse.

El rubio la miró como si se hubiera vuelto loca.

-Eso ni tú misma te lo crees.

-Lo creo porque lo huelo.

-Deberías de comprobar tu sentido del olfato, de seguro padeces parosmia. Deberías ir con el médico.

Mimi ignoró el comentario del rubio olímpicamente.

-Él que debería ir al médico eres tú. –aseguró ella. –No es normal desprender ese olor tan fétido.

Yamato frunció el ceño perceptiblemente molesto. Atrajo el cuerpo de la castaña al suyo, colocó la cabeza de la chica en el espacio entre su cabeza y hombro.

-Entonces huele de nuevo. –replicó él.

-Ni en broma. –dijo Mimi, aguantando la respiración para no embriagarse del aroma de Yamato.

-Hazlo.

-Ni se te ocurra ordenarme algo. –le advirtió Mimi con voz queda, tratando de soltarse son éxito del agarre del chico.

-Hazlo y así verás que mientes. Hazlo y dejaré que vayas a tu habitación. –insistió él firmemente.

Mimi negó con la cabeza, aguantando ahora sí la respiración. El olor embriagante de él estaba comenzando a causar estragos en ella.

Yamato sintió que el cuerpo de la chica dejaba de respirar, sonrió maliciosamente y depósito un suave beso en el cuello de ella.

-Anda, hazlo ya. –se impacientó él.

Mimi soltó el aire que había guardado ante el contacto de los fríos labios de Yamato.

-¡Haz el favor de callarte y soltarme! –dijo de muy mal humor. –No pienso hacerlo, eres insoportable.

Yamato alejó el cuerpo de la chica, sintiendo un vacío frío e incómodo.

-¿Qué yo soy insoportable? –exclamó perplejo y furioso por haber sido insultado por la chica. -¡Pues tú eres insufrible!

Yamato no tuvo tiempo para evitar lo siguiente. Vio como la castaña se dirigía a la mesa, tomaba el ramo de flores del jarrón y le lanzaba aquel estúpido ramo de rosas a la cara. El rubio sólo tuvo tiempo de poner los brazos en medio como defensa sin tener opción de apartarse de la trayectoria de aquel proyectil floral.

El ramo cayó al suelo deshecho. Yamato miró con pavor sus manos, estaban levemente heridas por las espinas de las flores.

-¡Mierda, Mimi! –exclamó furioso e impactado como para notar el leve dolor. La sangre de la herida caía en delgados hilos. -¿Es qué no es posible que te comportes como una persona decente y evites tirarme cosas a la cara?

Ella le observó con la boca abierta y aspecto compungido. Se había dejado llevar por el enojo y no había pensado en las consecuencias que eso podría acarrear. Se acercó a él observando las heridas en las pálidas manos del rubio. Se mordió el labio inconscientemente.

-Ya… vamos que no es para tanto.

-¿No es para tanto? ¡Me has tirado un arma a la cara!

Esta vez ella se crispó.

-Un ramo de flores no es un arma letal.

-Lo es si tiene estacas como estas. –respondió cínicamente enseñándole alguna espinas que habían quedado encarnadas a sus manos.

Mimi se mordió el labio de nuevo, nerviosa. Estaba tensa y los gritos del rubio no le ayudaban a pensar con claridad.

-Eres un exagerado. –comentó ella. –Ven, déjame ver.

El la miró como si le hubiera pedido que tomara un arma y se disparara a sí mismo.

-¿Pretendes que me acerque a una psicópata en potencia? –inquirió irónico. –No soy estúpido.

Ella bufó y se acercó a él implacacable.

-Sí eres estúpido, anda. Te quitaré las espinas y curaré las heridas.

No le dio tiempo a que se quejara de nuevo. Le tomó por las muñecas y comenzó a quitar suavemente las pequeñas espinas del dorso de la mano. Después limpió con un poco de alcohol las heridas.

-Dales la vuelta. –pidió la castaña al terminar el dorso.

-No me des órdenes. –ordenó él.

Mimi respiró profundamente, giró ella misma las manos del rubio, para curar del mismo modo las palmas.

Un leve estremecimiento recorrió el cuerpo del rubio al sentir las leves caricias que la chica le daba a sus manos. Aunque él ignoró ese sentimiento de calidez.

-Bien, ya está. –susurró tras mirar la pálida piel de Yamato. -¿Ves? Eres un exagerado.

Le soltó, dejó de tocarlo, y esa sensación de calor desapareció con ella. Yamato se molestó consigo mismo al notar ese detalle.

-Eso lo dices porque tú no tienes que tocar ningún instrumento. –dramatizó el rubio.

-Sí, Yamato. De seguro quedarás marcado de por vida. –ironizó ella.

-Lo sé, y si mis fans se molestan. Es tú culpa.

Mimi negó con la cabeza dispuesta a irse a su habitación, olvidando el desastre ocasionado por el ataque floral.

Ya estaba en el umbral de su habitación cuando la voz despreocupada y arrogante de Yamato la detuvo.

-Mimi, ven. Vámonos a comer algo.

Ella no supo porque se giró sobre sus pasos, ni porqué asintió ante la loca propuesta de salir a comer con aquel ser que la molestaba tanto. Sólo fue consciente de que el rubio pedía un taxi y se perdían por el camino hacia algún lugar.

Yamato no podía olvidar lo que sintió al sentir el contacto suave de su piel contra la de él, aunque no hubiera sido la primera vez que se tocaran. Tomó un poco de aire y se colocó bien la chamarra para asegurarse de que su imagen seguía siendo indiferente y perfecta como siempre.

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Cuando sintió de nuevo un estremecimiento recorrerla entera y se encogió dentro de su gabardina, resguardándose de los fuertes vientos, se preguntó por tercera vez qué demonios hacía ella, en la calle, con el pésimo clima que había, en vez de estar en su casa, tranquila y sola.

Ah sí, por la llamada que había recibido de Taiki.

Flashback

Se encontraba en la biblioteca de la Universidad, estaba leyendo acerca de Derecho penal para hacer su tarea del día siguiente. Desde que había abandonado la cafetería, dejando a Izzy en ella, su semblante era triste y acongojado.

Era increíble lo mucho que una persona bondadosa como lo era Izzy, podía marcar su vida de repente, aunque se conocieran desde hace poco tiempo, ese chico se había metido en sus pensamientos y en su corazón.

Lástima que ella estuviera marcada por todos los errores que había cometido.

Escuchó su celular sonar, y antes de que la señora bibliotecaria la regañara por hacer semejante ruido. Se congeló en su asiento al escuchar la alegre voz de Taiki, dejó sus cosas rápidamente y se apresuró a la salida de la biblioteca para atender la llamada.

-Yuriko. ¡Cuánto tiempo! –dijo Taiki, con un tono de voz que fingía ser despreocupado.

-¡Taiki! ¿Qué rayos haces llamándome? –alegó Yuriko.

-Es urgente. De lo contrario, sabes que no lo hubiera hecho…

-¿Qué sucede?

-Un chico vino a buscarme… No sé cómo le hizo para encontrarme o saber de mí, pero me dejó un recado con uno de mis superiores.

-¿Y eso qué tiene que ver conmigo? –dijo la chica alterada.

-Descubrió la foto que tenía contigo, Sara y Masaru. ¡Inclusive sabe el nombre de Masaru!

Yuriko se estremeció ante las palabras del chico. Se suponía que después de la muerte de Sara, todas las fotografías que habían de ellos cuatro (Sara, Taiki, Masaru y ella) se habían destruido por ordenes de Ryo.

-¿Esa foto como la consiguió? Si Ryo se llega a enterar… ¡Si alguien más ve esa foto! –chilló Yuriko.

-No pueden enterarse. No hay nada, ninguna evidencia. Yo me encargué de destruir la información que había en los Hospitales y Matsura de los policiales. –la reconfortó Taiki.

-¿Qué te dijo ese chico? –interrogó preocupada.

-Nada, ya te lo dije, sólo me dejó ese recado. Mi superior es amigo de ese chico y me proporcionó su número telefónico.

-Dámelo. –le cortó la chica. Si Ryo se enteraba de lo que estaba pasando, iba a buscar al chico y podía hacerle daño.

-Se llama Ichijouji, Ken. ¿Tienes dónde anotar?

-Sí, sí. Dame el número. –apremió Yuriko.

-817-349-120. –dictó el chico. -¿Para qué quieres hablarle? ¿Piensas decirle algo? –cuestionó Taiki. –Yuriko, no es recomendable hacer eso, sí alguien…

-… sé los riesgos que corremos todos. No soy estúpida. ¿Le has dicho esto a Ryo?

-No. ¿Para qué le hablaría a él? Él se fue Yuriko.

-No, Taiki. Él está aquí, nunca se fue.

Espero a que Taiki dijera algo, solamente escuchaba la respiración entrecortada del chico.

-E-entonces… tengo que decirle… No puedo ocultarle esto… si se llega a enterar que callé…

-Tú no harás nada. –ordenó Yuriko fríamente. –Ryo no tiene porqué enterarse. Yo me haré cargo, le diré cualquier cosa a ese chico, y ya.

-No, Yuriko. Sabes que no es tan fácil… Sí Ryo se llega a enterar que oculté esa información…

-Sé lo que puede pasar. Yo también tengo miedo, pero no podemos permitir que alguien inocente muera por algo que no es su culpa. –mencionó Yuriko.

-Bien. No diré nada.

-Hablaré con ese chico hoy. Lo alejaré de esto y ya.

-No sé te ocurra decirle algo respecto al pasado. –la regañó Taiki. –Sí dices algo, todos estamos perdidos.

-Yo sé lo que tengo o no qué decir. –atacó Yuriko. –No te preocupes. Sigue con tu vida como antes, cualquier cosa que pase, yo te aviso.

-Nos vemos entonces.

-Cuídate Taiki.

Fin del flashback

Distinguió una joven figura a lo lejos, recargada sobre uno de los grandes muros de la Universidad. Detuvo sus pasos para observar a aquella persona, llevaba unos pantalones de mezclilla blancos y vestía una camiseta del mismo color.

Se llevó una mano a su cabello negro, alisándolo un poco ya que el viento estaba soplando fuertemente.

Caminó hacia la figura humana, que suponía era Ken Ichijouji. Después de haber finalizado la llamada con Taiki Kudo, Yuriko escribió en mensaje de texto citando a Ken en esa zona de la Universidad.

No quiso hablarle por teléfono, temiendo que el chico se negara a verla.

En cuanto Taiki le mencionó el apellido del joven que había ido a buscarlo, pensó que se trataba del mismo Inspector Ichijouji que había llevado el caso de Sara Uroa. Pero después de analizar un poco la situación, se tranquilizó al saber que de haber sido el Inspector, no hubiera dejado un recado así de extraño.

Se detuvo en frente del chico, se sorprendió un poco al verlo tan joven. Un estremecimiento de dolor se apoderó de sus emociones y cuerpo.

Dolía recordar.

El chico posó sus ojos azules en los grisáceos de la chica, mostrando una gran sorpresa. Despegó sus ojos de la chica y comenzó a mirar en derredor, buscando a alguien.

-Taiki no va a poder verte. –dijo la voz suave de la chica que tenía enfrente.

Ken no podía creer tan buena suerte. ¡No sólo había encontrado a Taiki Kudo! Sino que, la "chica misteriosa", se encontraba frente a él. Hablándole a él.

Tragó saliva, una ola de preocupación se había apoderado de sus pensamientos. ¿Por qué Taiki Kudo no había ido? ¿Por qué le había avisado a la otra chica para que ella hablara con él?

-Debes entender que un estudiante de medicina tiene una agenda muy apretada. –mencionó la chica, respondiendo a las preguntas que él mismo acababa de hacerse. –Me habló por teléfono y me pidió de favor que yo hablara contigo.

Ken asintió ante lo que le había dicho la chica. Sintió su mano temblar al notar la piel blanquecina de ella, sus ojos grises no expresaban nada.

-Yuriko Nakamura. –se presentó ella.

Ken quería decir muchas cosas, pero parecía que su voz se había tomado unas leves vacaciones. Sentía un gran nudo en su garganta, la sospecha de que algo no estaba bien se hizo más grande, preocupándolo.

-Me imagino que no has venido a Tokio solamente para mirarme. ¿Cierto? –preguntó Natsuki.

Ken negó rápidamente, sonrojándose al escuchar sus palabras. Escuchó la suave risa de su acompañante y se relajó por un momento.

-Perdóname. – mencionó con voz suave y amable. –Soy Ken Ichijouji.

-Eso ya lo sé. Yo te mandé un mensaje ¿recuerdas? –se alejó del chico y caminó por un pequeño sendero que conducía a los interiores de la Universidad. Se giró para mirar al chico que la miraba sorprendido y sonrojado. -¿Y bien? ¿Te quedas?

Ken tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para que sus pies se movieran, parecía que su cerebro se había desconectado ante la belleza de la chica.

Miró alejarse a la figura de Yuriko, y se apresuró hasta alcanzarla. Si Miyako lo viera en ese momento, de seguro se ganaría una buena pelea.

-Estoy haciendo un trabajo para mi preparatoria. –se apresuró a explicar Ken, dando gracias al cielo por haber recuperado su voz. –Estoy en una clase de periodismo y…

-… y estás investigando a diferentes chicos de la Universidad, robándote fotos y dejando recados misteriosos por ahí. –lo interrumpió Yuriko.

Ken se sonrojó de nuevo.

-No, no. Investigo un caso en específico que me trajo aquí. –apuró a decir Ken. –Y la foto la encontré en facebook, no me la robé. –finalizó frunciendo levemente el ceño.

-Pues esa foto que mencionaste estaba muy protegida por Taiki. –alegó ella. –Y ya sé que Taiki es medio distraído, pero sé que esa foto pocos la tienen.

-Soy algo así como un genio de la computación. Logré hackear la cuenta de tú amigo.

Caminaron en silencio hasta llegar a la zona habitacional que la Universidad ofrecía a sus estudiantes, Ken miró el lugar con interés.

Los pasillos de madera le daban un aspecto cálido al lugar, las paredes estaban pintadas de blanco y había algunos cuadros decorando aquellos muros. Siguió a la chica en silencio, subieron 3 pisos y giraron a la derecha. Cuatro puertas a la izquierda, Yuriko se detuvo frente a la que supuso, sería la habitación de ella.

Miyako definitivamente le daría una buena golpiza cuando se enterara que había estado dentro de una habitación con una chica.

Yuriko ingresó a su habitación e invitó a Ken a sentarse sobre su cama. Su compañera de habitación había ido a comer con su novio, permitiéndoles más privacidad para hablar.

Sabía que Ryo no estaría vigilándola, porque la había citado a esa misma hora en una cafetería. Sin embargo, tenía que apurarse para que Ryo no viera al chico y pudiera hacer algo en contra de éste.

-¿Para qué has ido a buscar a Taiki? –interrogó la chica. Miró el reloj que estaba posado sobre el pequeño escritorio que compartía con su compañera. Eran las 5:00 pm.

-Estoy investigando el caso de suicidio de Sara Uroa. –dijo sin rodeos. Él también había visto la hora, tenía que irse a más tardar las 7:00 pm si quería regresar a tiempo a casa y no preocupar a sus padres. El paso del tiempo, hizo que el cogiera valor para realizar lo que había ido a hacer.

Yuriko asintió sin inmutarse. Por dentro, había sentido un escalofrío. Tomó asiento en la cama de su compañera, para que el chico no se diera cuenta que sus piernas estaban temblando.

-¿Y qué tiene que ver Taiki en ese asunto?

-Nada. O tal vez mucho, no lo sé. –respondió Ken. –Me interesaba dar contigo. Y él era la única persona viva en aquella fotografía que podía decirme dónde encontrarte.

Yuriko soltó un suave suspiro. Ya se había imaginado que algo así pasaría tarde o temprano, el simple hecho de llegar a preguntar por Taiki y Masaru ya era sospechoso. Y aún más referir haber visto una fotografía que se suponía destruida.

-Pues aquí me tienes. ¿Qué necesitas saber?

-Todo lo que sepas de Sara. –pidió Ken. –Quiero saber el motivo de su suicidio.

Yuriko asintió ante la petición del chico. Parecía ser que todo lo que Ryo había hecho para que el asesinato de Sara pareciera suicidio había funcionado.

-¿Y quién te dice que yo sé algo de eso?

-Tú fuiste la última persona que al parecer habló con ella. –alegó él.

Le hubiera gustado decirle que eso era mentira, que ella no había estado ahí ese día. Quería mentirle, quería olvidar lo que había hecho.

Pero estaba cansada, harta de fingir ser alguien que no era. Estaba fastidiada de tener que obedecer a Ryo, de tener que llevar muertes en su mente.

-Sara y yo solíamos ser amigas en Odaiba, íbamos al mismo instituto y compartimos habitación en la Universidad. –las palabras salieron de su boca sin pensarlas. Ese chico era como una leve luz de esperanza que había llegado a su vida, tal vez él podría ayudarla a delatar a Ryo.

¿Pero si Ryo se enteraba de él? Podría matarlo. ¿Podría llevar en su mente la muerte de alguien más? No, no. Ella no quería que nadie más muriera.

Lo mejor era mantenerlo alejado de todo el misterio de Sara.

-¿Por qué no hay información de ti sí es que eras su amiga? –interrogó. -¿Por qué no declaraste cuando ella murió?

-Porque tenía miedo. –respondió sinceramente.

¿Miedo?, ¿acaso esa chica tendría algo que ver con el suicidio?- Se preguntó Ken.

-¿Qué fue lo que pasó ese día? ¿Por qué discutiste con ella? –no quería irse de ahí sin haber resuelto todas sus dudas. Estaba seguro que Yuriko sabía el motivo del suicidio, estaba seguro que algo estaba escondiendo. ¿Le diría la verdad aquella chica? ¿Lograría confesarle a él, algo que no confesó tiempo atrás con gente más experimentada que él?

-Sara descubrió algo que no tenía que saber. –su voz había salido tan suave, que se pudo haber confundido con un murmullo.

-¿La mataste? –acusó Ken.

Yuriko abrió sus ojos sorprendida ante la acusación. Sintió los latidos de su corazón en su cabeza, martilleando incesantemente, causándole un dolor de cabeza. Retorció sus manos, negó enfáticamente a la pregunta del chico. Claro que no la había matado, pero…

-Sara y yo éramos amigas. –fue lo único que pudo decir.

-Dime lo que sabes. –exigió Ken. Se colocó frente a ella, tomó una de las manos de la chica y la apretó suavemente. Con su otra mano, sujetó la barbilla de Yuriko, obligándola a mirarlo. –Puedes confiar en mí.

Yuriko se vio presa de aquella mirada llena de bondad y honestidad. Su corazón comenzó a disminuir la cantidad de latidos erráticos, convirtiéndolos en rítmicos y acompasados. Le sonrió suavemente y comenzó a hablar de lo que había ocurrido ese día. Ese espantoso día en que Sara había muerto, y en el que después de ella, habían muerto 3 personas más.

Habló con sinceridad, sin perder un detalle en la historia. Le refirió cada descripción de los lugares en los que había estado, cada secreto que había guardado con llave en el ático de su alma, le habló de Ryo y el amor que sintió por él tiempo atrás, le habló de ella y su vida, le habló de Sara y su personalidad. No fue interrumpida por ningún momento por el chico, éste asentía ante lo relatado, sentía como se alteraba levemente al describir como se habían cometido aquellos crímenes.

-Soy un monstruo. –dijo quedamente al finalizar el relato. –Si hubiera hablado antes, si no hubiera sido tan egoísta ni orgullosa…

-Ryo te manipuló. No es tu culpa. –respondió secamente Ken.

-Sabes que eso no es verdad. Sabes como yo, que sí tengo la culpa. –alegó ella. –Tienes unos ojos que expresan más de lo que deberían, Ken. Veo el miedo reflejados en ellos, veo el asco que te produzco después de escucharme.

Ken negó suavemente. Tomó el rostro de la chica y limpió las lágrimas que habían caído por sus mejillas, depositó un suave beso en una de sus mejillas y se alejó de ella.

¿Cómo podría juzgar a aquella chica? Él mismo conocía ese sentimiento de oscuridad y envidia. Él mismo había cometido crímenes atroces siendo "Emperador de los Digimons", el mismo había sido víctima de los celos y la soberbia, acarreándolo a cometer errores horribles.

-Creo que eres valiente. –analizó Ken. Y realmente eso creía, Yuriko había sufrido mucho todo este tiempo; ella solamente era una víctima de Ryo. Ese chico sí le causaba asco. –Ese chico, Ryo está saliendo con una de mis amigas. –soltó rápidamente.

-¿La pelirroja? –interrogó ella. –Takenouchi. –recordó el apellido de la chica a la que según Ryo quería ahora.

-Sí. Sora… Está en peligro. Tenemos que decirle…

-¡NO! –gritó Yuriko. –No podemos, es peligroso. Yo no debí de haberte dicho esto…

-Claro que debiste. –rezongó Ken. –Yo puedo ayudarte.

-Entonces no le digas nada a Sora. –pasó una mano por su rostro, limpiando ella misma las lágrimas que habían salido caprichosas por sus ojos. –Tengo un plan.

Ken miró a la chica dispuesto a contradecirla, a defender su punto de vista, pero se detuvo al ver la determinación en los ojos grisáceos de la chica.

Tomó asiento de nuevo y escuchó de nuevo su dulce voz. Prestando atención a los detalles que ella le daba, a las órdenes que le imponía.

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Estaba a punto de pedirle al mesero que trajera una cuerda o unas cadenas y lo ataran en su silla para evitar tomar a la castaña y comérsela a besos ahí mismo.

Sus gestos infantiles al pedir la comida provocaron ternura en él, la forma en que hablaba de un tema, impregnándole pasión y dulzura ocasionaban que él se preguntara si era la misma chica fastidiosa que se quejaba a cada momento por el clima del digimundo.

Miró su plato de comida y se preguntó si el mesero no lo había drogado. Porque de otro modo, él nunca pensaría que estar con ella era agradable, que le gustaba escucharla, le complacía mirarla y deseaba besarla. Estaba drogado.

O enfermo.

Terminaron de comer, y Yamato se ofreció fríamente a acompañarla de nuevo a su departamento. Esperando y rogando porque Sora estuviera ahí, para evitar la tentación que la presencia de la chica estaba ocasionándole.

El cielo de Tokio en ese momento estaba más oscuro y nublado. Vaya tormenta se desataría. Miró la hora en el reloj de mano de la chica: eran las 6:00 pm.

¡Casi había pasado todo el día con ella!

Como una cita.

Se enojó consigo mismo al notar el estremecimiento que el reciente pensamiento le había provocado. Ese estremecimiento no había sido de asco o enfado.

Llegaron al departamento y miró el desastre ocasionado por las flores asesinas. Sonrío burlonamente al ver a la castaña bufar fastidiada y arreglar el desastre rápidamente.

Sus ojos no perdieron de vista todo el cuerpo de ella, desde que corrió por un cesto de basura hasta la posición que había notado en cuclillas para recoger las flores. Sus orbes azules se detuvieron un momento para grabar en su memoria el ángulo perfecto de su trasero.

Mimi era muy atractiva.

Lástima que sea insufrible.

Tenía que controlar los temblores de sus manos, la mirada de él siempre la ponía nerviosa. Sentía como sus ojos azules la miraban intensamente. Seguro se está burlando al verme recoger el desastre que por su culpa ocasioné.

Se puso de pie al ver el suelo limpio, cogió el cesto de basura entre sus manos y se giró para verlo de frente y ordenarle que dejara de mirarla.

Tragó en seco al notar que los ojos azules de Yamato estaban más oscuros, dándoles un brillo especial que la hacía estremecerse. El cesto de basura cayó sin poderlo evitar, el temblor de sus manos se acentúo más al notar que esa mirada era dedicada a ella.

Al retroceder sus pasos para alejarse lo más rápido posible de esa mirada y de esa presencia turbadora, resbaló al pisar los pétalos de las flores con sus pies descalzos.

Agradeció los rápidos reflejos del rubio, al notar como sus frías manos estaban sujetas en su cintura, impidiendo que su cuerpo azotara contra el piso. Yamato la acercó más hacia él.

-Haces cualquier cosa por tocarme. –murmuró Mimi, entre sorprendida por aquel gesto ¿protector? del rubio y molesta por la cercanía de sus cuerpos.

-No es mi culpa que tú me des el pretexto fingiendo ser torpe. –dijo inocentemente.

-Eres un narcisista. –alegó, colocando sus manos en el pecho del chico para alejarse de él.

-Vaya, gracias. Es lo más dulce que me has dicho. –murmuró él. Sujetándola más fuerte y atrayéndola más hacia sí mismo.

-No es un halago. –peleó ella, dándose por vencida al tratar de alejarse de él. Yamato era más fuerte que ella.

-Para mí lo es.

-Eres cínico, irrespetuoso, egocéntrico, narcisista, vicioso y seguramente mujeriego. –dijo ella de corrido, enumerando los defectos del rubio.

Yamato la miró realmente divertido.

-Tú eres caprichosa, superficial, ególatra, egoísta, infantil, torpe y seguramente ninfómana. –atacó él.

-¡Yo no soy ninfómana! –gritó ella avergonzada. –Tengo principios, soy una mujer recatada.

Logró zafarse del agarre del rubio.

-Claro que lo eres. Cuando te beso siempre buscas que lo haga por más tiempo. –respondió fríamente.

-¡Yo no hago eso!

-Pues tus gemidos dicen lo contrario. –picó él.

Mimi se sonrojó totalmente por las sucias palabras del rubio.

-Yo no gimo.

Yamato soltó una carcajada al escuchar esa mentira. ¡Claro que gemía! Y de qué forma lo hacía… Ese era el sonido favorito de ella para él, junto con su risa.

-Sí lo haces. –renegó él. –Si quieres, la próxima vez que te bese, puedo grabarte.

Mimi se acercó furiosamente a Yamato y lo golpeó en el hombro. ¡Era un irrespetuoso!

-Pues eso no va a volver a pasar. –aseguró ella.

-¿No vas a volver a gemir?

-¡NO! No vas a volver a besarme. –finalizó ella, con un tono de voz que reflejaba un poco de duda.

Yamato frunció el ceño.

-¿Y por qué no?

-Porque no es correcto. –dijo ella como si fuera lo más obvio del mundo. –Además, tú no me soportas, discutimos la mayoría parte del tiempo y ni siquiera somos amigos.

-Deberías alegrarte porque al menos ya encontramos algo que hacer que no sea discutir. –analizó él, molesto ante la idea de que ella no dejara que él probara esos labios deliciosos de nuevo. –Y lo que hacemos, es más placentero que una amistad o charlar. –y sonrió con lascivia.

Mimi lo miró a los ojos, esperando ver la burla en sus ojos.

-No es correcto Yamato. –concluyó ella. –Vas por ahí besándome como si nada… Ni siquiera me preguntas sí puedes hacerlo, simplemente me besas y ya.

-Entonces ¿puedo besarte? –interrogó enarcando una ceja.

-¡No!

-Pues que sepas que cuando te beso, además de que lo disfrutas, tú no opones mucha resistencia. –atacó molesto él. –Deberías dejar de ser tan hipócrita.

Yamato la tomó de la cintura y la sujetó con firmeza. Juntó sus labios con los de ella, mientras ella hacía vagos intentos por zafarse. La besó rápido y profundamente. Terminó el beso y soltó el cuerpo de la chica.

-Dijiste que tenía que preguntar antes de besarte. –se justificó encogiendo sus hombros.

Mimi lo miró completamente deslocada. ¡Era insoportable! Iba a responder algo ante el estúpido comentario que había realizado, pero un fuerte sonido proveniente de afuera la hizo saltar.

No le gustaban las tormentas.

Yamato miró el pequeño salto que la castaña había hecho, Mimi era terriblemente infantil, le tenía miedo a los truenos, igual que Takeru cuando estaba más pequeño.

-Bien, lo mejor es que me vaya antes de que se desate la guerra allá fuera. –mencionó despreocupadamente. Se escuchó un nuevo rugido en el cielo, y miró por el rabillo del ojo como la chica se abrazaba a sí misma por el terror que eso le ocasionaba.

Se dirigió parsimoniosamente a la salida. Se despidió de ella con un gesto de mano, contó 5 segundos, cuando escuchó como la puerta se abría rápidamente.

Un trueno había caído de nuevo, esta vez más cerca de donde estaban, dado que el sonido se escuchó más fuerte.

-No te vayas. –chilló Mimi avergonzada. –Quédate. –susurró muerta de miedo. Aún le costaba controlar el terror que las tormentas le provocaban.

Yamato sonrío internamente.

-Eso no es correcto, Mimi. –dijo inocentemente. –Tú no me soportas, discutimos la mayoría parte del tiempo y ni siquiera somos amigos.

-Por favor. –suplicó ella.

Y fue su tono de voz, aterradoramente dulce, los leves temblores que sacudían su cuerpo, y sus mejillas adornadas por un adorable color rojizo que le evitaron burlarse de la súplica de la castaña.

Bufó internamente y se adentró al departamento de Mimi.

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No podía concentrarse. La noticia que Yuriko le había dado del regreso de Ryo lo había dejado frío. Había cometido grandes errores ese día en el Hospital, el Dr. Kido había accedido a dejarlo irse aquel día, "Antes de que mates a alguien".

Como si él no hubiera hecho eso antes.

No podía fiarse de lo que Yuriko le había dicho. ¿Qué tal si ese tal Ichijouji descubría algo y…?

No. No, él no iba a perder todo lo que había logrado por un error. Yuriko no tenía forma alguna de ayudarle en caso de que todo se descubriera, ella no podría salvarlo de la cárcel. Apenas era una estudiante de derecho y no tenía dinero, ni contactos, ni siquiera tenía poder. En cambio Ryo sí, él tenía todo eso y mucho más.

Debió de haberle marcado a Ryo antes que a Yuriko. ¿Qué le importaba a él sí Ryo mataba a ese tal Ichijouji? Yuriko ya había perdido lo único que tenía, por eso se arriesgaba de esa forma. Pero él no. Él tenía una familia, una carrera prometedora y una novia.

Cogió su teléfono móvil y marcó el número que debió de haber marcado antes.

-Taiki ¡Pero qué gusto que me llames! –dijo la voz alegre de Ryo.

No te va a gustar lo que tengo que decirte, pensó Taiki. Y se dispuso a relatarle el extraño recado del tal Ichijouji junto con la llamada realizada a Yuriko; esperando que no hubiera ninguna repercusión en contra de él por parte de Ryo.

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-¿Segura que no quieres que vaya contigo? –le preguntó el castaño por quinta vez.

Sora rió y lo besó suavemente en los labios.

-No. Esto lo tengo que hacer sola. –murmuró separándose levemente de él.

Taichi gruñó al notar la lejanía del cuerpo de la pelirroja.

-¿Y qué voy a hacer yo en este tiempo? –la cuestionó. –Yamato no responde su móvil, Mimi está comiendo con quién sabe quien e Izzy está en la sala de cómputo.

-Pues espérame en la sala de cómputo y de ahí nos vamos a tu casa. –analizó ella. Sonrió coquetamente y besó de nuevo los labios del moreno.

-Bien, pero no tardes. –dijo dándose por vencido.

Desde que habían salido de los vestidores, ella había insistido en que tenía que ir a hablar con Ryo y dar por finalizada la estúpida relación que tanto cabreaba a Tai. En otro momento él hubiera dado brincos de felicidad, pero en ese momento, después de que él había probado sus labios y su cuerpo, lo último que quería era dejarla ir con el imbécil de Ryo.

Sora asintió ante la respuesta del moreno. Tenía que irse cuanto antes, y dar por finalizada la relación con Ryo. No quería sentir esa culpa de serle infiel a alguien, pero tampoco quería serse infiel a sí misma. Ella quería a Tai y lo mejor era ser sincera con Ryo.

Y cuanto antes mejor.

-Me siento un poco mal por Ryo. –confesó de repente Tai, provocando que los pasos de la pelirroja se detuvieran. –Hay algo que tengo que decirte, antes de que vayas con él.

Sora miró al castaño y se acercó de nuevo a él.

-Antes de que ustedes comenzaran a salir –comenzó a decir él en voz baja, -Ryo me preguntó sí yo sentía algo por ti. En ese momento yo no estaba seguro y lo negué… Pero después, al verlos juntos me di cuenta que no quería verte con otro chico que no fuera yo. –concluyó él rápidamente.

-Ryo es un gran chico, Tai. –sonrió Sora. –Estoy segura que va a entender todo… Él sabía que yo estaba confundida, y aún así estuvo conmigo… Aún sabiendo que a quién yo quería –tomó un poco de aire y se sonrojó –era a ti.

De repente él la tomó de la nuca, y tirando de ella suave pero rápida y firmemente la acercó a hacia sí mismo y la besó. Sora se sorprendió, pero comprendió que ese gesto había sido porque ella le había confesado con palabras que lo quería.

Taichi movió los labios sin esperar un segundo, comenzando un beso candente con el que pretendía dejarla sin aliento. Ella respondió de la misma forma aunque un poco avergonzada de besarlo en un lugar tan público.

Tras un tiempo, a vista de la pelirroja demasiado corto, Taichi cortó el contacto de sus labios. Ella respiraba agitada y sus mejillas estaban enrojecidas.

-Vete antes de que me arrepienta y te llevé a mi departamento. –sonrió lascivamente.

Sora sólo atinó a asentir y se alejó del cuerpo del castaño.

Cogió su celular y marcó el número de Ryo, informándole que ya estaba en el lugar que ella lo había citado.

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Sus dedos no se detenían sobre el teclado. Leer e investigar cosas era lo único que lo ayudaba para sentirse menos solo.

La imagen de Yuriko regresó como una maldición de nuevo a su mente, bufó molesto con él mismo por no ser lo suficientemente bueno para atraer a una chica como ella.

Escuchó como alguien entraba a la sala de cómputo, miró rápidamente a su acompañante y trató de no demostrar ninguna emoción de delatara su tristeza y enojo con el mismo.

Taichi estuvo haciéndole bromas todo el tiempo, pero él no podía concentrarse en la voz de su amigo. Yuriko se había convertido en una especie de maldición en tan poco tiempo.

¿Por qué ella se había alejado así de él? ¿Le habría incomodado los comentarios que él le había dicho?

Trató de contestar ante una pregunta que su amigo le había hecho con un monosílabo, pero la mirada del castaño le indicó que esa respuesta no era la que él esperaba.

-¿Qué pasa? –preguntó Izzy.

-Acabo de preguntarte sí crees que tú e Iori serían una buena pareja, y me has contestado que sí. –respondió sinceramente Tai. Desde que había llegado a la sala de cómputo había notado el semblante de su amigo un poco abatido, decidió jugarle algunas bromas para distraerlo, pero al ver que el pelirrojo apenas y sonreía o le contestaba con monosílabos, soltó esa pregunta, comprobando que el chico no se había prestado nada de atención. –No te conocía esos gustos, Izzy. –le dijo pícaramente.

Izzy se sonrojó completamente.

-N-no, no. No escuché tu pregunta. –murmuró tartamudeando.

-Eso ya lo sé. –dijo despreocupadamente. –No me has prestado atención desde que llegué. –desordenó un poco el cabello pelirrojo de su amigo. -¿Y bien? ¿Cómo se llama? –cuestionó.

-¿Quién? –regresó la pregunta él. Extrañado ante la actitud persuasiva de Tai.

-La chica que te trae así. –dijo él.

Izzy adoptó un nuevo tono de rojo en su rostro.

-No hay ninguna chica. –dijo defendiéndose.

-Ya… claro. Y por eso estás así. –sonrió. –No tiene nada de malo que estés colado por alguien.

-Ya lo sé. –respondió. –Pero no hay nadie.

Taichi decidió no insistir con el tema. Ya Izzy le confesaría sus sospechas cuando estuviera listo, cambió de tema para despejar la mente del pelirrojo y miró la hora. Sora ya llevaba 1 hora hablando con Ryo.

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Lo localizó debajo de las escaleras que daban a los dormitorios de los chicos. Trató de calmar los latidos de su corazón provocados por los nervios.

Lo saludó educadamente y hablaron de la materia en común que llevaban, además de los avances que estaba teniendo su proyecto.

-Hay algo que tengo que decirte. –soltó de repente, ante un momento de silencio que los había inundado.

Ryo la miró con esos ojos verdes misteriosos que la habían atrapado en algún momento.

-Sé lo que quieres decirme. –murmuró él. –Estás con Tai, lo elegiste a él. –dijo un poco molesto, al no poder controlar sus emociones.

-Lo lamento Ryo. Pensé que podía olvidarlo, pensé que no lo quería. –se disculpó sinceramente ella. No quería lastimar al chico.

-Lo sé. –sus ojos se desviaron hacia una pareja que caminaba hacia los dormitorios de las chicas. Distinguió la figura delgada de Yuriko, iba acompañada por un chico de cabello azul más joven que ella. Un trago amargo inundó su garganta. –No es tu culpa, me molesta que yo te haya perdido, eso es todo. –fingió un tono dulce y despreocupado, aunque por dentro quería ir a matar a golpeas a Taichi y de paso golpear a la estúpida de Yuriko por atreverse a traicionarlo.

Sora agradeció mentalmente la actitud tan madura y compresiva del chico.

-Sólo… ten cuidado Sora. –dijo él, sacándola de sus pensamientos. –Sé que conoces a Taichi desde hace mucho tiempo, pero… -soltó un suspiro para sus palabras crearan eco en la mente de la pelirroja, para sembrar la duda. –Sólo ten cuidado. Hay veces que la gente que menos nos imaginamos, nos traiciona. –concluyó él.

Sora lo miró extrañada pro sus palabras. Negó con la cabeza. Tai nunca la traicionaría.

-Gracias. –respondió ella. –Pero yo conozco a Tai, sé que nunca me haría daño. –concluyó ella segura de sí misma y de su mejor amigo.

-Si tú lo dices. –encogió sus hombros para quitarle asunto a su antiguo comentario.

La pelirroja le sonrió suavemente y lo abrazó brevemente, despidiéndose de él. Había tardado más de lo planeado hablando con Ryo, y conociendo a Tai, de seguro que estaba desesperado.

-Tengo que irme, nos vemos. –se alejó del cuerpo del chico y se despidió de nuevo con un gesto de mano.

Ryo asintió ante su despedida, empuñando sus manos por el enojo al ver el cuello de la chica con una leve marca violácea, de seguro hecha por el imbécil de Yagami. En cuanto la pelirroja se perdió de su vista, cogió su celular y marcó el número de Natsuki.

Era momento de saber que tan leal y útil le iba a resultar aquella chica rubia.

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-¿Seguro que no quieres que vaya contigo hasta la estación? –preguntó Yuriko.

Ken negó suavemente con la cabeza. Miró el manto gris oscuro que se extendía sobre sus cabezas, estaba seguro que no tardaría en llover y cuando las gotas de agua salpicaran el concreto de Tokio, se desataría la gran tormenta que todos esperaban.

-Cuídate Ken. –la chica depositó un beso en su mejilla y se alejó del chico.

Ken miró su reloj de mano: eran las 8:00 pm. Se había tardado más de lo que esperaba, sacó su teléfono móvil, tenía 5 llamadas perdidas de su mamá, 2 de su papá, 12 de Miyako y 3 de Hikari.

Subió al taxi, le dio las indicaciones y cerró los ojos. Acomodando el gran torbellino de ideas y pensamientos que surcaban su mente.

Cuando decidió tomar aquel caso como inicio de proyecto, nunca se imaginó que todo sería tan difícil y peligroso. Sabía que había algo oculto detrás de todo, más nunca se imaginó que aquel secreto abarcara tantas vidas.

Iba a mitad del camino cuando un mensaje de texto le llegó a su móvil. Lo leyó rápidamente, en cuanto terminó de leerlo, lo analizó y sintió como en su pecho se instalaba una sensación de pesadez que le impedía respirar adecuadamente.

Observó por la ventana del automóvil, como las primeras gotas de la tormenta caían suavemente entre los árboles, jardines y el cemento de la ciudad.

Trató de calmar los latidos de su corazón, tomó una gran cantidad de aire para calmarse. Pero esa sensación de que algo estaba mal, de que algo iba a pasar, se apoderaba completamente de él.

Se acercó al vidrio del automóvil, curioseando las calles de Tokio. La poca gente que se encontraba fuera, se estaba resguardando de las gotas de agua que caían cada vez más rápido.

El taxi paró enfrente de la estación, tenía que seguir unas cuadras más hacia al frente para girar a la derecha y poder dejarlo en la puerta. El semáforo estaba en rojo.

Ken le dio las gracias y pagó el viaje. No quería perder más tiempo para llegar a casa.

En cuanto salió del resguardo que el taxi le había proporcionado, una ventolera despeinó sus cabellos azules, las gotas de lluvia comenzaron a caer incesantes sobre su cabeza y cuerpo, empapándolo no sólo de agua, sino de presentimientos oscuros.

Cruzó la calle rápidamente, sin notar el cambio del semáforo.

Después lo que sintió pasó muy rápido: el grito de una señora que se resguardaba de la lluvia, el frenar de un automóvil, el sonido de un claxon, la resonancia de un golpe, dolor, mucho dolor, la falta de aire, sus latidos deslocados, una sustancia viscosa impregnando su rostro y cabellos, más dolor.

Cerró los ojos fuertemente, recordando aún el mensaje que recién había recibido:

"Ryo sabe que hablaste conmigo. Ten cuidado. –Yuriko".

Después no pudo sentir otra cosa que dolor.

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Llevó una mano hacia su mejilla, la sentía arder después de la bofetada que le habían dado. Tocó su piel blanca y llevó sus ojos a los verdes que la miraban con desprecio.

Ahogó un gemido de dolor al sentir como su espalda chocaba contra la pared. Trató de separarse al sentir las manos de Ryo sobre su cuello, la presión ejercida por éste provocó que sus ojos se anegaran en lágrimas. Intentó coger aire, pero la violencia ejercida por el chico ocasionaba que no pudiera tragar nada.

Los ojos verdes de Ryo se apreciaban más oscuros en ese momento. Un escalofrío de terror recorrió su cuerpo. Elevó una de sus piernas rápidamente, logrando golpear al chico en su entrepierna, lo miró doblegarse por el dolor.

Yuriko no perdió tiempo para huir. Sí se quedaba más tiempo ahí, él la mataría. Corrió lo más rápido que sus piernas le permitían, la carencia de aire causada por la agresión anterior provocaban movimientos torpes.

Gritó al sentir como jalaban su cabello, sintió como el concreto golpeaba parte de su rostro y hombro, trató de ponerse de pie de nuevo, ignorando el ardor de su rostro, probablemente la caída le habría ocasionado un gran raspón.

Una patada en su costado le sacó el poco aire que había logrado coger, miró alrededor para ver si había alguien que pudiera ayudarla. Sus ojos se anegaron en lágrimas al verse sola. Gritó de nuevo al verse arrastrada hacia un rincón más oscuro.

Las gotas de lluvia mojaron su cuerpo, provocando que cada golpe que recibía doliera el triple.

Trató de defenderse en vano, por cada vez que ella se resistía, recibía un golpe más fuerte.

Apreció una sustancia cálida y con sabor a hierro inundaba su boca: sangre.

La voz sibilante de Ryo rozó peligrosamente su oído:

-Te dije que no me delataras. –gritó dándole un golpe en el rostro. – ¿Qué le dijiste a Ichijouji?

Su voz era amenazante y peligrosa.

Yuriko trató de responder, pero sentía dolor. Mucho dolor.

-Nada. –ahogó un gemido al recibir una patada en una de sus piernas.

-Estuvieron encerrados por 3 horas en tu habitación ¿y quieres que me crea esa historia? –la golpeó de nuevo en el rostro. Ocasionando una cortada profunda en una de sus mejillas. La chica sintió la sangre recorrer su piel, provocándole una calidez terrorífica. -¿Qué le dijiste? –ordenó.

-Le inventé una historia. –mintió. Su voz era desesperante y suplicante. –No le dije nada de ti, lo juro.

Las manos de Ryo tomaron fuertemente su cuello níveo, levantándolo y estrellando su cabeza contra el piso. Yuriko gritó fuertemente al sentir aquel golpe, sus ojos se nublaron del dolor, se sintió mareada.

-¿Estás segura de eso?

-Sí. Te juro que no le dije nada –murmuró ella. –No soy tan estúpida como crees.

Ryo comenzó a reír sardónicamente.

-Más te vale que no me estés mintiendo. –se alejó del cuerpo de la chica. Se llevó una mano a su cabello castaño, peinándolo hacia atrás. –Por hoy te perdono la vida.

Yuriko suspiró aliviada por un momento. No se atrevió a hacer ningún movimiento brusco, para no tentar su suerte.

-Lástima que tu amigo no corrió con la misma suerte.

Abrió sus ojos grisáceos ante lo que Ryo le había dicho. Un sudor frío recorrió su frente y manos, su cuerpo comenzó a temblar, no por frío de la lluvia sobre su entidad ni por el dolor, temblaba de miedo.

"No, no, no, no, por favor no" se repetía sí misma como una demente. Los golpes y heridas que llevaba en su cuerpo no le dolían, le dolía el pecho.

Miró la figura oscura y siniestra de Ryo alejarse de ella, dejándola en aquel manto de penumbra. Lloró hasta que sintió que las lágrimas se le acababan, trató de llamar a Ken en vano. El celular se encontraba fuera de servicio. Rogó al cielo que él estuviera bien, rogó que tomaran la vida de ella y no la él.

Se encogió totalmente, hasta que quedó hecha un ovillo. Siguió llorando en silencio, los recuerdos de esa tarde, del pasado quemaban su muerte y su cuerpo.

El dolor de sus pensamientos se fundía con el de su corazón.

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Terminé el capítulo antes de lo que esperaba. No quise hacerlo más largo, para no cansarlos y aburrirlos.

Muchas gracias a todos por sus reviews, alertas y demás, les agradezco que se tomen el tiempo para leer la historia.

¿Qué tal les ha parecido la escena de Sora y Tai? ¿Ha sido muy sucia, muy rápida?

La "relación" de Mimi y Yamato avanzará conforme la historia siga.

Izzy tendrá un papel sumamente importante en la historia, ya verán en el capítulo siguiente.

En cuanto al cobarde de Ryo y la malvada de Natsuki... me quedo sin nada que decir.

Espero realmente haber desarrollado bien este capítulo, porque me cuesta trabajo describir lugares y emociones.

En fin, muchas gracias a todos por leer.

Saludos