Ace salía de casa y ponía el seguro a la puerta, listo para ir al trabajo, cuando un auto gris se detuvo frente a su residencia. El rostro del pecoso se ilumino con una sonrisa.

Marco tardó un poco en bajar del auto. Estaba intentando mantener la compostura y fingir que todo estaba bien, pero la sonrisa del moreno le quebró un poco el corazón. Suspiró y bajó por fin, consciente de que debía hacer frente a todo aquello y sonriendo con enmascarada melancolía a su azabache, que se dirigía rápidamente a él y le dio un fuerte abrazo cuando llego a su lado. Marco correspondió, estrujando ese delgado cuerpo contra él, mientras una extraña amalgama de felicidad y dolor se hicieron presentes en su pecho. El contacto con el pecoso alivió ligeramente sus pesares, pero una profunda tristeza le hizo un doloroso nudo en la garganta. Ace se separó de él y lo besó, feliz de volver a ver al ojiazul luego de tantos días de ausencia, sin percatarse a primera vista de que había algo que no cuadraba en el comportamiento del otro.

El mayor acarició esas pecosas mejillas que tanto le gustaban, pero evitó mirar directamente los ojos del moreno. Sabía que si algo no podía ocultar era la tristeza en su mirada, la culpa que reflejaban sus ojos al acariciar aquel inocente cuerpo con las manos manchadas, el arrepentimiento de besar esos finos labios con la esencia de otra persona impregnada en los suyos. Beso le frente del menor, quien sonrío tontamente, le encantaba que Marco le besara así, le hacía sentir seguro y especial.

—Me debes muchos días juntos. —Le dijo Ace mientras volvía a abrazarle.

Marco rio un poco antes de darle una mala noticia.

—Tendré que pagártelos después.

Ace se separó del abrazo y le miró confundido. El ojiazul se veía extraño, como si estuviera realmente cansado e incluso tal vez débil. Probablemente en todos los días que no se habían visto Marco no había dormido mucho, pues tenía unas pequeñas ojeras y sus orbes azules no parecían tan vivos como siempre.

—¿Por qué lo dices?

—Tengo que salir de viaje hoy. Perdóname si no te lo dije antes, pero salió de improviso y no puedo negarme a ir. Sólo será una semana, incluso tal vez menos, y te prometo que en cuanto vuelva te pagaré con creces el dejarte tanto tiempo solo. —Le aseguró él, mirando por primera vez esos oscuros pozos, en los que la alegría pareció disiparse un tanto ante sus palabras.

La verdad era que él ya sabía desde hacía mucho que debía salir de viaje, pero con todas las cosas que habían sucedido en esa semana lo último en lo que había pensado era en los pendientes del trabajo, además de que no se atrevía a decirle al menor que no podría verle a pesar de todos los días que éste llevaba esperándole. Ace entristeció un poco pero enseguida intentó poner buena cara. Si Marco había ido a despedirse de él no quería que le viera triste y que saliera a cumplir con sus deberes con la preocupación de dejarle deprimido, seguramente ya tenía suficientes problemas como para darle otro más con un berrinche. Sólo sería una semana, los días pasaban rápido y él le había prometido que después recobrarían todo el tiempo perdido. Ese pensamiento le ánimo y le aseguró al ojiazul que no había ningún problema, que él estaría bien y le esperaría todo lo que fuera necesario.

El mayor sonrió ante las palabras del moreno. Ese chico siempre estaba dispuesto a animarle, no importa si se sentía incluso más cansado o triste que él. Le beso una vez más y subieron al auto, el rubio le dejaría en el trabajo y después partiría hacia el aeropuerto. No podía irse sin haberle dicho nada, y tampoco quería que Ace se convirtiera en una persona más de la que también debía huir, no se merecía aquello.

—No has dormido mucho ¿verdad? ¿Tienes muchas cosas qué hacer?

El azabache se ajustó el cinturón de seguridad mientras miraba a su compañero encender el auto.

—No es nada, pronto terminaré todo lo que debo. —Le aseguró el ojiazul, y no se refería solo al trabajo, sino a aquella situación con Bay.

Pero Ace no se quedó muy feliz con aquella respuesta. Le pidió que procurara dormir mejor, que comiera adecuadamente y que no se sobrepasara con el trabajo. Marco quitó un momento la mirada del camino por el que había comenzado a avanzar y tomó la mano del moreno, besó el dorso de ésta y le sonrió, agradeciéndole por preocuparse tanto por él y le aseguró que se cuidaría más. Durante el resto del trayecto el pecoso le habló de cómo le había ido en el trabajo y lo que había hecho durante su ausencia. Para el mayor era mejor que fuera Ace quien se encargara de hacer llevadera la conversación, porque él no podía inventar algo para contarle, no tenía cabeza para decirle mentiras sobre lo que había hecho últimamente; sentía ya que se estaba ahogando en todos sus engaños y comenzaba a quedarse sin ideas para decir. Finalmente, el rubio detuvo el auto a una calle de la cafetería donde trabajaba el pecoso, éste le dio un fuerte abrazo y le deseo buen viaje, pidiéndole que le escribiera cuando llegara a su destino. El ojiazul asintió y luego de un largo beso se despidieron. Observó durante un instante a su novio alejarse al tiempo que todavía se sentía la peor persona del planeta por ocultarle tantas cosas cómo lo hacía

Al final Marco condujo por la ciudad de regreso a casa, debía recoger su maleta y un chofer lo llevaría al aeropuerto. Agradecía tener que salir de la ciudad, no por distanciarse de Ace, pero estar lejos de todo le ayudaría a despejar su mente y encontrar la mejor manera de hablar con su padre. Ver al pecoso le había dado nuevas fuerzas para tomar las riendas de su vida. Todo habría sido mucho más llevadero si hubiera tenido algo de fuerza para poner final al compromiso antes de entregarle el anillo a la peliazul, pero al menos no había dicho —acepto— todavía. Sonrió, sintiendo como un poco del estrés que había llevado en esos días abandonaba su cuerpo y le dejaba sentirse más ligero. En sus labios todavía sentía el cosquilleo que dejó el beso con el azabache y disfrutaba de la sensación, sin pensar que esa sería la última vez que podría verle como lo conocía.

Mientras, aún en la ciudad, la tarde avanzaba y el moreno atendía las mesas con ayuda de Sanji. Había un poco de movimiento en la cafetería, pero no era un día tan ajetreado como en otras ocasiones en que no podían parar ni siquiera para comer. Luego de limpiar una mesa que acababa de desocuparse Ace se dispuso a rellenar frascos de azúcar, una de sus tareas favoritas, cuando una chica interrumpió su labor. Al levantar la mirada se encontró con una joven alta, de cabello azul y piel clara con una figura que muchas mujeres envidiarían envuelta en un suave vestido beige. Le dio la bienvenida, tomó su pedido y se apresuró a preparar el café de la señorita. Ensimismado como estaba en su trabajo y dejando volar su mente a la noche de año nuevo que pasó con el rubio se sobresaltó al escuchar a la chica dar una exclamación a un tono de voz un tanto más alto de lo que se consideraba discreto.

—¡Oh por Dios!

Se giró a mirarla con preocupación, sosteniendo la cafetera en una mano.

—¿Me permites leerla?

La joven señalaba una revista que Sanji había dejado sobre el mostrador y en la que el moreno ni siquiera había reparado. El chico asintió todavía sintiéndose contrariado y la peliazul comenzó a hojear rápidamente hasta encontrar lo que estaba buscando.

—Discúlpame, pero quería ver la noticia sobre mi compromiso. No sabía que la revista ya había salido. —Dijo ella mientras veía encantada las páginas de la publicación.

Ace sonrió ante la aparente alegría de la chica, que estaba radiante leyendo Dios sabría qué.

—En ese caso, felicidades.

La felicitó él, espolvoreando canela sobre la espuma del café antes de taparlo.

—Gracias. —Contestó ella con una sonrisa, y giró la revista para que él pudiera ver la noticia que ella leía—. Me encantaron las fotografías, son preciosas. Me encontraba tan nerviosa, ¿luzco bien?

El azabache se quedó de piedra al ver la publicación, miró a la peliazul como si ésta fuera una criatura salida del mismo averno, pero la joven estaba demasiado entretenida escribiendo rápidamente en su celular para notar la mirada de shock del chico que dejaba su café sobre la madera del mostrador.

—¿Marco? —Su voz fue apenas un susurro casi inaudible—. ¿Te vas a casar con ese hombre?

—¡Sí! Seguro lo reconoces, ha venido a comprarme café aquí algunas veces cuando vamos por las tiendas buscando cosas para nuestra casa. Han pasado tantos meses y todavía no tenemos nada listo.

Ella seguía siendo la dicha hecha carne mientras su celular sonaba como un loco y ella escribía veloz como el viento, pero el chico apenas pudo captar más que la idea de que vivirían juntos y estaban por casarse, y que al parecer todo ello tenía un buen tiempo de haber sido planeado.

Ace creía que su vista le engañaba, pero era el mismo rubio del que se había despedido esa mañana quien aparecía en esas fotos. Sintió su corazón desmoronarse al leer lo que la revista ponía. Sólo pudo repasar rápidamente algunos fragmentos de la nota, pero al parecer el tipo a quien él conocía, o eso creía hasta que esa chica entró por la maldita puerta, no era la persona que había pensado durante todos esos meses. La redacción indicaba que era el hijo de Edward Newgate, un millonario empresario de la ciudad y que ocupaba importantes puestos en el país, que era su heredero y estaba por contraer nupcias con la joven que tenía delante, que al parecer se llamaba Bay. El pecoso sintió el dolor recorrer su cuerpo al ver las fotografías. En ellas aparecía un sonriente Marco al lado de su padre y tomando de la mano a esa peliazul. Pero sintió que el alma se le iba del cuerpo cuando pasó la página y vio las imágenes del ojiazul arrodillado ante esa mujer, bailando con ella y besándola.

El moreno respiró con dificultad, como si el aire no pudiera llegar a sus pulmones, pero se obligó a permanecer lo más sereno de lo que era capaz. Se apresuró a terminar de preparar el café con manos temblorosas y se lo dio a la chica, procurando parecer tranquilo, como si leer eso no le hubiera destrozado la existencia. La joven no pareció inmutarse ante el repentino cambio del moreno y pagó el café, entonces el pecoso se fijó en el anillo que la chica lucía; era igual al que mostraba la revista. Bay salió del establecimiento y Ace sintió que todo comenzaba a dar vueltas. Se sentó pesadamente en el suelo y las lágrimas comenzaron a aparecer en sus ojos, el mundo se estaba volviendo borroso ante los mares de lágrimas. Sanji, quien estaba por llevar los servilleteros al mostrador para volver a llenarlos dejó lo que hacía corrió a ver qué le pasaba a su amigo en cuanto le vio escurrirse hasta quedarse en el piso. Al llegar al mostrador vio al moreno abrazarse a sí mismo, como si estuviera rompiéndose y así quisiera evitarlo.

—¡Ace! Ace ¿estás bien?

El rubio se puso en cuclillas junto a él y posó sus manos en los tensos hombros del azabache, sacudiéndole ligeramente porque no parecía reaccionar a sus llamados.

El pecoso reaccionó ante el contacto de Sanji, pero no podía enfocar la vista y todo lo que oía eran como ecos. El rubio le aseguró que si no se sentía bien podía marcharse temprano y él se haría cargo. El chico le agradeció y sin mirarlo tomó sus cosas y salió rápidamente de la cafetería sin despedirse, no podía hablar porque sabía que su voz se quebraría ante su dolor. Corrió entonces más que caminar a través de las calles hasta encontrar un puesto de revistas, donde buscó el ejemplar que la chica le había mostrado y no tardó mucho en encontrarlo. Al parecer era una publicación que se encargaba de registrar la vida de los millonarios de la ciudad, y en la portada aparecían Marco y Bay, sonriendo mientras él la abrazaba y ella lucía su recién entregado anillo de compromiso para las cámaras y esa obra se titulaba "La boda del año. El millonario más codiciado se casa". Se tragó las lágrimas que amenazaban con salir y pagó el maldito conjunto de hojas. Tomó un taxi y se apresuró a volver a casa, mordiéndose el labio inferior, pues no quería que su llanto aflorara. No iba a ser capaz de detenerlo una vez que lo dejara salir. Cuando estaba a punto de llegar a su hogar su celular sonó; era un mensaje de Marco diciéndole que había llegado al hotel y que lo extrañaba, finalizando con un te amo que dolió en carne viva al moreno.

En cuanto el auto se detuvo frente a su casa Ace pagó rápidamente y bajó. Se apresuró a entrar y cerró dando un fuerte portazo, recargándose luego contra la puerta y deslizándose una vez más hasta el piso, el mar que eran sus ojos comenzó a desbordarse y lloró sin contenerse.

Flores, libros, cenas, meses y meses y nunca había conocido realmente a Marco. No tenía ni idea de quien era ese hombre que le había hecho la vida tan dulce en poco tiempo, y que sin embargo ahora parecía destruirle sin piedad. Sollozo y arrojó lejos el celular, que gracias a que cayó en el sofá y rebotó ligeramente hasta la alfombra de la sala no se hizo pedazos. ¿Por qué? ¿Qué había hecho mal? Él solo amó con todas sus fuerzas al ojiazul, le entregó lo mejor que podía, intento hacerle feliz y demostrarle todo lo que sentía por él, ¿por qué entonces ahora le tocaba ser el que sufría? ¿Por qué Marco no le había dicho que estaba comprometido desde antes de iniciar todo aquello?

Se sentía como un juguete del cual se habían cansado y ahora desechaban sin miramientos. Entonces era por eso que el mayor se veía tan cansado, por eso parecía tan raro cuando se había despedido de él esa mañana. Sus besos, sus caricias, el tiempo con él nunca significaron nada para el rubio. ¿Por qué entonces le decía que lo amaba? ¿Qué más necesitaba tomar? Si no le quedaba nada, si en ese momento se sentía tan vacío y humillado. No podría volver a Marco, ni siquiera podría quedarse en esa ciudad, qué clase de vida podría llevar cuando todo el mundo se enterara de que fue la diversión de un millonario que le abandonó luego de un tiempo para cumplir su vida al lado de una joven de sociedad, una mujer que sí estaba a su altura. Miró la revista que estaba a su lado y buscó el artículo del compromiso del ojizul. Quería leerlo completo, quería afrontar de la manera más cruda y dolorosa la verdad, enterarse de una vez por todas de qué otras mentiras había creído. Hacerse a la idea de todo lo que él era, todo lo que le había dado al mayor no significaba nada comparado con los miles de beneficios que tendría junto a esa mujer.

Al otro lado del país Marco miraba la lluviosa ciudad desde la ventana de su habitación en el hotel. Una desagradable sensación le inundaba y no encontraba explicación para ésta. Ace aún no había contestado su mensaje, pero tal vez era porque estaba ocupado en el trabajo. No sabía que en ese momento era autor de la desgracia de la persona a la que amaba.