All We Do
Por Berseker
CAPÍTULO X
De vuelta a casa, Sans no preguntó nada ya que la humana decidió guardar silencio hasta que ambos estuvieron frente al portón de su hogar. La noche refrescaba y lo que en ese día sucedió se encontraba ausente de su conocimiento, uno que necesitaba alimentar. Sin embargo, en ese momento y pese a que el esqueleto decidió llegar tarde al trabajo únicamente para cuestionar lo que ella sabía sobre la planta que hablaba, Frisk estaba en silencio, pensante. Todavía seguían solos, le quería y no iba a lastimarle, quizás, más de lo que ella ya se encontraba.
Ambos miraban la reja sin hacer algún ruido. El monstruo mantenía la sonrisa en el rostro pese a que la otra no encontrara la gracia. Después de salir del sótano donde la científica se alojaba en su penitencia, la humana apareció en la sala donde él y Mettaton guardaron silencio una vez estuvo por atravesar el umbral. Los dos simulaban estar entretenidos con los comerciales que él había filmado, una vez llegó al mundo humano y varias agencias pensaron que un robot con alma sería un gran ícono para la industria del entretenimiento. Eran lo suficientemente ruidosos y una excusa perfecta para que nadie les escuchara hablando, y no exactamente de Papyrus.
Sans se caracterizaba por nunca hablar acerca de lo que no quería decir con quien lo meritaba, y lo había hecho bien hasta que ella apareció por la puerta. Frisk continuaba siendo amiga de Flowey mientras que Mettaton era lo suficientemente fuerte como para proteger a la gente que amaba. Estaba de más decir que la florecilla también le crispaba los nervios, sobre todo ahora después de descubrir que su creadora fue víctima de sus malas palabras. Era obvio que no iba a tentarse el corazón a diferencia de Undyne, quien estaba más que deseosa en deshojar al difunto príncipe con sus propias manos.
El animador decidió felicitarlos por el inicio de su relación y espontáneamente propuso una cita doble con él y Papyrus, a la cual la chica aceptó con un suave movimiento de cabeza antes de retirarse con su nueva pareja. La embajadora de los monstruos había olvidado despedirse del fantasma y los maniquíes, pero su mente poco pudo tenerlos presente hasta que sacó las llaves de su bolsillo y se dispuso a abrir el portón de la casa. Ya volvería para disculparse y agradecerles los cuidados que tenían con la amiga que a la que no podía ayudar.
- Bésame. Es lo que hacen los humanos que se quieren al momento de despedirse, aunque podría ser decepcionante ya que ni siquiera tengo labios, pequeñajo.
La humana tiró las llaves debido a tal proposición. Su rostro estaba tan coloreado que el frío del viento no le hizo nada en ese momento. Prefirió inclinarse para recoger los objetos metálicos y el esqueleto pareció imitarle, colocándose de cuclillas a su misma altura.
Frisk sintió la mano de huesos acariciar su nuca y enredarse en su cabello con lentitud. Sans se inclinaba a dejar una suerte de caricia sobre su frente, tocando con su mandíbula la piel de la chica. La humana se estremeció, olvidando todos sus pesares en ese momento y con los ojos cerrados, colocó la mano sobre el mismo sitio en el cuerpo del otro, elevando el rostro para acariciar de forma lenta y tal vez torpe, su barbilla. Nunca imaginó que ese momento ocurriera, no tenía una clara idea de cómo debía hacerlo o qué tanto podía hacer. Tan solo iba a ascender, poco a poco, hasta donde deberían estar sus labios, tocando suave con el ápice de la lengua para lograr que el otro se estremeciera quizás más de lo que ella esperaba. Sus neuronas se desconectaban una por una y esa sensación le fascinó a cada rincón de su cuerpo. Frisk era buena coqueteando pero esto era totalmente diferente.
Pasó saliva antes de volver a su sitio en el suelo, en un intento de ocultar la pérdida de fuerzas que sus piernas padecieron. Su mirada intentaba encontrar las llaves en el suelo de una vez para intentar incorporarse, tampoco deseaba lucir como una inexperta frente a su pareja aunque ciertamente no era como si tuviera la suficiente experiencia para considerarse una maestra del acto. Aunque por otra parte, Sans disfrutó de ese contacto, todavía en el suelo y con los colores adornándole los huesos.
Una vez el portón estuvo abierto, la humana decidió ayudarle a incorporarse. Ambos se estrecharon con un último abrazo antes que el esqueleto decidiera desaparecer por un atajo y ella entrara a casa, sorprendiéndose de no encontrar a sus padres en la cocina sino en la sala, en uno de los últimos escenarios que ella creía posible ver tan pronto.
La familia real se encontraba reunida, leyendo historias escritas por humanos para el hijo que creían difunto. En ese lugar, la flor se encontraba en medio de Toriel y Asgore, quien sostenía el libro mientras su ex esposa leía y Flowey cambiaba la página, analizándo las palabras escritas y las ideas propuestas, además de deleitarse con las ilustraciones que acompañaban a la mayoría de las hojas. El rostro desfigurado que algunas veces adornaba a la flor se encontraba muy lejos a las suaves facciones que Asriel Dreemurr poseía, mirándose interesado pero sobretodo sorprendido al no imaginar lo que cada página aguardaba.
¿De qué forma iba a detener a Flowey cuándo en ese momento lucía tan vivo? Él no tenía por qué robar el alma de alguien más para tener lo que deseaba, ¿o sí?
Todo esto debía ser una mala broma.
Al otro día, Flowey no despertó a su lado sobre la cómoda. Frisk se alistó como cualquier otro día, solo que en este encontraría a la familia real dormida en la sala. Era obvio el motivo por el cual se encontraban ahí en medio de pilas de libros y revistas, la flor habría querido aprender más y más y ellos no pudieron más que acceder a esa curiosidad que les resultaba familiar y generaba un sentimiento de nostalgia. La humana no quiso romper aquella escena pero tuvo que hacerlo, ya que la escuela que su madre dirigía, le necesitaba.
Salió de casa sin la compañía de la flor, haciendo que su día fuese tan silencioso como era su vida antes del príncipe de los monstruos. Atendió a clases sin dificultad y cuando tuvo tiempo, no hizo más que comer el sencillo almuerzo que preparó por la mañana. Era divertido escuchar a la flor quejarse o responder las preguntas que le formulaba. Flowey no le hacía sentir sola.
Un vacío invadió su corazón al no encontrar a quien deseaba en la puerta. Reconocía que se trataba de un capricho ya, ambos no acordaron visitarse ese día, pero eran novios, ¿no era así? Sans podría esperar cuando saliera de clases para que ella le acompañara hasta su trabajo. Esa era una idea maravillosa, una que distaba de la pereza de él y del silencio de ella. Frisk se mordió la lengua, castigándose a sí misma.
Cogió su móvil para escribir un mensaje de texto.
《No sé cómo decirlo, pero... ¿Podemos tener la cita que prometimos pronto?》
《El día que tú quieras estará bien para mí. Necesito distraerme un poco. Lamento que tú seas la excusa perfecta.》
《:)》
Esperaba que el otro no supiera lo ansiosa que se sentía.
Cuando volvió a casa el sol estaba acercándose a su final por ese día. Frisk miró el firmamento el cual le recordaba a la vista que el cielo les ofreció a sus amigos, una vez lograron atravesar la barrera. En su pueblo, las tardes solían ser apacibles y la vida transcurría de forma tranquila para todos los humanos que vivían ahí, pero ahora también para los monstruos. Hasta ese momento, su vida como embajadora había sido dura al luchar por el lugar que su nueva familia merecía. No iba a quejarse, nunca lo haría, ya que los logros que juntos conseguían simbolizaban el amor que se tenían los unos con los otros y cuanto valía el largo camino que habían recorrido hasta ahora.
Los recuerdos del pasado le llenaron con determinación y con una sonrisa pasó dentro, saludando con un abrazo a su padre, quien barría las flores que caían en el patios. Siendo correspondida, hizo lo mismo con su madre y posteriormente con la flor, callando sus gritos con ese gesto. Esa acción no era extraña en casa, así que no tuvo que explicar más allá de cómo había sido su día en la escuela mientras comían.
Al finalizar la comida, Frisk lavó los trastes mientras que su madre se encontraba en su despacho organizando algunos documentos pendientes que necesitaba resolver. Su padre se encontraba en el jardin, continuando con su trabajo como jardinero de la escuela. El viento le había jugado un par de bromas cuando tomaban los alimentos y ahora debía juntar las hojas en montículos nuevamente.
La flor dorada estaba en la mesa, mirando una revista de recetas de cocina que la reina le proporcionó desde la mañana. La había encontrado entre los libros que desde ayer leyeron juntos y Flowey comprobaba cómo es que la harina se horneaba, mirando las instrucciones y el pay que se preparaba en el horno. Era una lástima que no pudiera comer alimentos como una persona normal, pero eso no desechaba la idea que pudiera prepararlos. O eso pensaba.
- ¿En esta casa se come algo más que pay de caramelo y canela?
- El butterscotch es muy rico, Flowey.
- Eso ya lo sé, niña necia, pero es que has de ser muy tonta comiendo únicamente lo mismo cuando existen tantas cosas probablemente mejores. Toriel dijo que puedes conseguir fácilmente los ingredientes en el supermercado, así que podrías llevar a la escuela algo mejor que el miserable emparedado de todos los días. Tan solo mira esto. Canelo... Cannello... Can... ¿Quién demonios inventó esta cosa?
La humana se secó las manos con uno de los trapos de cocina y se acercó a la mesa, inclinándose para leer el nombre del platillo que a su amigo se le dificultaba leer. Su sonrisa apareció ligeramente, no iba a burlarse o sino tendría que correr de todas esas semillas de la amabilidad que al otro tanto le encantaba regalar.
- Se lee "cannelloni", pero puedes decirle canelones. Papyrus estará muy feliz de enseñarte y quizás yo ya no tenga que llevar emparedados para almorzar.
- ¡Oh, shh! ¡Cierra la boca! Y si ya terminaste, llévame arriba. Estoy cansado de mirarles comer a ustedes y a los niños babosos de esta escuela. ¿Puedes creer que no pueden ni siquiera limpiarse la nariz de forma correcta? En verdad son una raza de retrasados y bárbaros. Hoy pude ver como un niño tiró la tostada que Toriel les preparó para almorzar por la mañana y en menos de cinco segundos ya la tenía en la boca de vuelta. ¿Qué clase de bestia hace eso?
- Es una regla humana, Flowey. Y las reglas son importantes.
- ¿Regla humana? ¿De dónde sacaste eso? ¡He-Hey! ¡Quita esa sonrisa de tu boca ahora!
Cogió su maceta para que ambos subieran hasta su habitación. Cerró la puerta antes de sentarse en su cama, dejándose caer sobre las almohadas con cierta necesidad. Acomodó a la planta sobre su estómago, ignorando lo poco de acuerdo que estuviera con esa posición cuando su lugar de conforte estaba sobre la cómoda de la chica.
- Es lindo de tu parte apoyar a papá y mamá en la escuela, Flowey.
- Pff, como sea. No les estoy ayudando. Es el segundo día que paso aquí y lo aborrezco completa y totalmente. Ayer, al genio de Asgore se le ocurrió que sería divertido que yo despertara en el salón con todos esos niños mirándome. ¿Acaso te parezco un chiste para compartir? ¡Por supuesto que no! ¡Yo soy un... un...!
- Un dios de la hiper muerte.
- ¡Claro! ¡Pero deja de burlarte, Frisk! Traes esa sonrisa tontorrona desde allá abajo y la odio, así que bo-rra-la. Ahora.
La humana no pudo hacer algo para cambiar esa expresión, más que mirar a otro lado pero eso no era suficiente como para tranquilizar a la flor, quien comenzó a tratar de modificar su rostro con las hojas de su tallo. Cuando Flowey no trataba de lastimarle, sus movimientos le provocaban risa, la cual necesitaba desde hace tiempo.
El príncipe de los monstruos supuso que provocaría cambio alguno en la chica pero ella solo reía, con las pestañas húmedas por hacerlo sin medida alguna. Era agradable la manera en la que ella disfrutaba la vida, lo sabía porque sus facciones se transformaban suaves y limpias, muy lejanas a lo que él podría tener. Al menos ahora. Sus verdes hojas no pararon en desacomodar su flequillo y en pellizcar sus pómulos, provocando que ella pensara lo mucho que eso le divertía.
- No es necesario que consigas un alma, ¿verdad, Flowey?
La flor detuvo sus movimientos y su mirada lamentó no apartarse de la del rostro humano. Ella, el motivo por el que estaba dispuesto a terminar con la vida de muchos con la intención de conseguir el espíritu que le permitiría quererla, le estaba apuñalando por la espalda.
- ¿Por qué tuviste que decir eso?
Estaba solo nuevamente pero no importaba porque siempre lo había estado, ¿no era así? Flowey iba a conseguir el lugar que por derecho le correspondía.
En los próximos días, la flor y la humana no hablaron ni siquiera un poco. Frisk trataba de iniciar una plática con él, pero con eso, sólo lograría que el príncipe de los monstruos se fuera de su habitación en múltiples veces. Nada de eso era lo que ella hubiese deseado pero era lo único que pudo conseguir hasta ahora y casi nada lograba para remediarlo. A pesar de todo, nunca dejó de mantenerse informada de lo que sucedía con él, si necesitaba o repudiaba algo o si sin desearlo conseguía problemas, ella no iba a faltar. Los pocos minutos en los que se conocieron y la amistad que cultivaron hasta ahora era importante, sumamente valiosa. La humana siempre lo querría.
Pese a todo, regresar a casa después de un cansado día de escuela se volvía doloroso. Cada vez que entraba por el portón y posteriormente en la cocina, la voz de la flor decidía apagarse, ocultando las quejas de lo lento que eran los niños para aprender o que si la historia sobre monstruos que leía no era demasiado infantil como para que subestimaran la raza, a la cual ya no pertenecía. La planta optaba por cambiar de habitación por la sala, donde se entretenía con las revistas de cocina que su madre compraba o los especiales de jardinería que su padre adquiría. El enorme culto que algunos humanos tenían por las flores le resultaba sin sentido pero ciertamente era favorable en su condición.
Era una suerte que Flowey no tuviera un corazón que pudiera dolerle, porque en el momento cuando el comediante de mierda se apareció frente a sus dos padres para hablar sobre la relación que había iniciado con la niña que vio caer al subsuelo hace un par de años atrás, lo que restaba de su motivación se hizo pedazos. Qué alivio le daba el haber absorbido el alma de su hermano adoptivo en su momento más débil, ser atacado en la superficie para morir frente a sus familiares y posteriormente renacer como un ser sin alma, que ahora le beneficiaba protegiéndole de su primera decepción amorosa. Juraba escuchar las carcajadas de Chara en su cabeza, burlándose por el rostro tierno a punto de llorar que Asriel tendría si ambos estuviera vivos o, ¿quién sabe? Tal vez, con los años que ambos deberían tener actualmente, su hermano hubiera cambiado un poco y ahora estaría defendiéndole o alentándole. Frisk había crecido bastante, así que Chara lo hubiera hecho también.
Al parecer, esa cena, ahora familiar, había resultado una idea del menor de los esqueletos quien lo había visto en una película vieja de humanos, en uno de sus intentos por conocer y comprender la naturaleza e historia de estos. Ahora, Papyrus y Asgore intentaban tranquilizar a una muy sorprendida Toriel, quien incendió su propia servilleta y la manga de su ex marido cuando este le pidió tomar asiento de nuevo cuando se levantó con unas notorias intenciones de ahorcar a Sans por malinterpretar la promesa que le hizo en las ruinas. No era bueno hacer chistes sobre eso ahora.
Hasta ese momento, Flowey había estado seguro que cuando robara el alma de algún humano, todo cambiaría y entonces, quizás de ese modo, él podría sincerarse con Frisk y así estar con ella, pero ahora no deseaba verla, así que aprovechó los celos de su madre para pedirle que le llevara a otro sitio. La flor dorada fue una buena excusa en ese momento para ella y él se alegraba de haber sido llevado lejos de todo ese suceso, haciendo que Sans supusiera que algo no marchara bien con la flor.
La televisión sintonizaba series donde las jovencitas humanas deseaban una relación divertida y desenfrenada. Sabía de buena fuente que Frisk podía ser intensa pero no se imaginaba a ella molesta al no haber conseguido un inicio de relación sorpresiva y llena de glitter, más bien, ella resultaba todo lo contrario a un humano promedio pero en algunas ocasiones le demostraba cuanto deseaba cumplir ciertas expectativas que la gente de su raza y edad esperaban. No la culpaba. Frisk no era un monstruo, seguía siendo una humana que continuaba creciendo, solo que su infancia se vio interrumpida desde su caída al inframundo y posteriormente al representar a toda una sociedad que vivió bajo las sombras de la propia. Pero él seguía siendo un monstruo, uno muy perezoso que tampoco pudo conseguir una vida normal, ya que había sufrido por decenas de ellas.
Eso les dejaba como una pareja de raros que tuvieron la suerte de encontrarse y eso estaba bien para los dos, pero ahora, sus ojos mostraban preocupación y no podía permitirlo.
En una ocasión, Frisk no tuvo clases debido a que fue un día festivo. El esqueleto estaría preocupado hasta muy tarde atendiendo el bar junto con Grillby, así que la humana decidió visitar al esqueleto por la mañana para acompañarle hasta su trabajo por la tarde. El hermano menor del mismo no se encontraba, ya que èl laboraba desde temprano pero eso no era una excusa como para enviar a su hermano sin el almuerzo, o en este caso, merienda, y evitar que continuara comiendo comida de poca categoría el bar del hombre en llamas. La embajadora de los monstruos le encontró fingiendo que dormía mientras miraba la televisión, pero al notar esa opacidad en sus pupilas, intentó animarle invitándole a cocinar un quiche de tocino con queso, ya que eso encontró en el refrigerador. La humana ya había visto la comida que Sans llevaría al trabajo, pero ¿qué no era mejor llevar algo hecho con las manos de tu pareja? Simplemente sansacional.
- ¿Por qué no me preparaste quiche antes?
- No estabas preparada para ello, pero ahora que eres parte de la familia esqueleto, puede que hasta comparta una receta secreta contigo.
- ¿Todos los os esqueletos son unos maestros de la cocina?
- ¿Estás de broma?
- Por supuesto que sí.
El esqueleto acarició su cabeza, enredando sus huesos entre las hebras castañas de su cabello y ella sonrió. Al mismo tiempo, ambos se acercaron al fregadero para enjugarse las manos con agua antes de iniciar. La humana aprovechó el momento para sujetar sus manos y entrelazarlas, sintiendo el cambio de temperatura que el agua fría les generaba. Resultaba agradable las singulares formas de coqueteo que la humana provocaba, el esqueleto estaba encantado de tenerla como pareja.
- ¿Tori sigue sin reírse de mis chistes?
- Ella se carcajea una vez te cuelga pero estoy segura que me los ha repetido en varias ocasiones, simplemente no puede odiarte. Ahora dime, ¿cómo está Papyrus?
- Tú sabes cómo es Paps. No deja de recordarme cuanto debo de amarte, pero se queda corto con sus recomendaciones.
La humana sonrió complacida mientras el otro le guiñaba un ojo.
- ¿El rey?
- Papá está contento por nosotros pero de vez en cuando me enseña a cómo usar su tridente. En la tierra, las niñas como yo debemos aprender el uso de un arma cuando cumplimos la mayoría de edad. Es una tradición humana.
El esqueleto arrojó un poco de agua al rostro de la chica, riéndose con ella.
- ¿Y la flor? ¿Cómo le va a mi mejor amigo?
- Flowey está haciendo las cosas bien aquí con nosotros. Parece estar molesto conmigo pero ha pasado tiempo con mamá y papá y eso es grandioso. Algunas veces les ayuda en la escuela con los niños leyendo historias o cuidándolos.
- Parece que te le ha hecho pasar mal pero tú estás contenta porque está muy feliz con todos.
- Yo espero que sea feliz, Sans. Él es uno de mis queridos amigos.
- ¿Acaso no lo era? Vive contigo, niña.
- Es una flor, Sans.
- Esa respuesta va a cansarme, cariño.
Desde el día en que comenzaron su relación hasta hoy, el esqueleto no era capaz de concretar las miles de preguntas que tenía para la humana acerca de esa inusual flor parlante.
En Snowdin, recordaba que en su primera cita le había preguntado si conocía a alguna flor parlante y ella lo negó, haciéndole suponer que desconocía de las flores eco porque era la primera vez caía en un sitio como ese. Le contó sobre un caso particular que involucraba a su hermano menor y actualmente, cierta flor había aparecido con las intenciones probablemente no tan buenas, ya que hizo que Alphys decidiera encerrarse después de tantos años viviendo con plenitud siendo ella misma.
Tal vez era mala idea insistir tanto en cuestionar a su ahora pareja y encontrar respuestas con otras personas, pero no iba a esconder su frustración al no conseguir nada con quien había compartido los pesares que le acompañaban al haber vivido más de una sola vez la ruina del inframundo. Frisk era la única que debía entenderle pero cuando se trataba de Flowey parecía no hacerlo, así que buscaba saber el por qué.
Ambos se quedaron en silencio, escuchando, por unos segundos más, el sonido del agua hasta que decidió cerrar la llave usando su magia. No soltó las manos de la humana, muy por el contrario, las apretó contra las propias para empujarle hacia la barra y recargar su cuerpo sobre el de ella. La distancia dejó de ser un problema desde tiempo atrás, no pensaba apartarse hasta aclarar un poco sus ideas.
- ¿De qué parte del inframundo viene esa flor?
- Lo conocí en las ruinas.
- Toriel nunca vio nada igual.
- Viene de un lugar más profundo.
- Tu madre vivió el suficiente tiempo ahí como para conocer todos los sitios que esconde cada pared.
- Nunca tuvieron la suerte de conocerse.
- ¿Por qué lo defiendes tanto?
- Es mi amigo y le hice una promesa.
- Entonces deja de mentirme.
La humana guardó silencio, sin saber si sentirse molesta o frustrada por ese comentario. Quiso fruncir el entrecejo pero fue el esqueleto a quien le correspondía ese papel.
¿Ahora también le había fallado a Sans? Frisk nunca lo hizo.
- ¿En verdad eres tú o no eres más que ese sucio asesino?
No quería defraudar a Sans.
- Tú sabes que apesto haciendo promesas, pero si supiera que algo pone en riesgo el trasero de todos, pues... Es obvio, ¿no?
La humana levantó la mirada justo cuando el esqueleto la cogía de la nuca para atraerla con un beso. Sintió la frialdad del acto, siempre escaso de calor pero que en otro momento hubiese calentado sus sentidos, solo que ahora parecía haber visto a un muerto y todo por haber escuchado ese comentario que lamentablemente no terminaba.
- Voy a deshojar a tu amiguito.
