Diez

Juntos

El amor nunca muere, algunas veces se duerme y cuando se despierta ciertas cosas ya no son las mismas.

Estaba tan enfadada que no podía dejar de temblar. No sabía qué hacer. Se montó en un autobús cualquiera. Deseaba violentamente retorcerle el pescuezo a Li. Le había robado sus cosas, la ropa y todo lo demás. Eso ya era grave, pero podría sobreponerse. Sin embargo, había algo a lo que no podía renunciar, el manuscrito, y tampoco se le ocurría la manera de recuperarlo. Ni siquiera sabía dónde vivía Li, y su teléfono no figuraba en la guía.

Tenía que encontrar un sitio para pasar la noche, así que se bajó del autobús. Hacía calor y vagó por las calles llenas de gente hasta que se cansó y eligió un hotel al azar. Pidió una habitación y se quedó allí sentada, incapaz de resolver cómo debía actuar. Su mente saltaba de un pensamiento a otro, intentando encontrar el modo de recuperar el manuscrito sin tener que ver otra vez a Syaoran. Para eso, primero tenía que enterarse de donde vivía y, para conseguirlo, tenía que llamarlo, cosa que quería evitar.

El ladrón que le había robado el manuscrito había logrado paralizarla, como si también le hubiera quitado su capacidad de actuar. Pensó por un momento en volver a empezar desde cero, pero sabía que no podría rescribir la historia exactamente igual, no recordaba los detalles, cada frase tal y como la había escrito. Lloró un rato, consumida por la ira y la desesperación. Cuando por fin se decidió a llamar a Li a la oficina, se dio cuenta de que se había hecho tarde; todo el mundo se habría marchado ya a casa.

Así que lo único que podía hacer era esperar. Se duchó, se tumbó en la cama y encendió el televisor. Se quedó dormida sin haberlo apagado y se despertó de madrugada, con el zumbido de la pantalla, cuando la programación terminó.

Estaba muerta de hambre. Apenas había comido algo a la hora del almuerzo y no había cenado nada ninguna de las dos noches anteriores. El dolor de estómago fue el puntillazo. Tumbada en la cama, adoptó la postura fetal y se echó a llorar. ¡Cómo se había atrevido Li a hacerle algo así!

Pero se atrevía a todo, y ella ya lo había comprobado. Se quedó nuevamente dormida y cuando se despertó, cerca de las diez de la mañana, tenía un fuerte dolor de cabeza. Se duchó de nuevo y se vistió. Luego respiró hondo varias veces y se sentó junto al teléfono. No había modo de evitarlo, tenía que hablar con él.

Antes de que el valor la abandonara Sakura marcó el número de la revista y preguntó por el señor Li. Nakuru respondió y ella le dio los buenos días antes de pedirle que la pasara con Syaoran.

-Claro, me ha dicho que le pase contigo en cuanto llames -contestó Nakuru alegremente.

Sakura estaba a punto de gritar de nervios mientras esperaba.

-Sakura -cuando ella oyó su voz, ronca y aterciopelada, casi dio un salto-. ¿Dónde estás, cariño?

Sakura tragó saliva.

-¡Quiero que me devuelvas el manuscrito! -dijo ásperamente.

-Te he preguntado que dónde estás.

-El libro... -empezó a decir ella nuevamente.

-¡Olvídate del maldito libro! -gritó con voz áspera.

Los nervios de Sakura no aguantaron más. Se le hizo un nudo en la garganta al tratar de ahogar las lágrimas que pugnaban por salir. Tragó saliva pero de nuevo tuvo que contener un sollozo y, al final, se echó a llorar de golpe, incapaz de dominarse. Agarraba el auricular como si le fuera la vida en ello.

-Me... me lo has robado -lo acusó entre lágrimas. Sus palabras eran prácticamente ininteligibles-. Sabías que era algo de lo que no podría desprenderme y me lo has robado. Te odio, ¿te enteras? ¡Te odio!

-No llores -dijo con voz ronca-. Cielo, por favor, no llores. Dime dónde estás e iré a buscarte en seguida. Recuperarás tu libro, te lo prometo.

-¡Por prometer que no quede! -se mofó ella, y se enjugó con el dorso de la mano las lágrimas que le corrían por las mejillas.

El dejó escapar un resoplido de impaciencia.

-Mira, vas a tener que verme si quieres recuperar tu libro. Es lo único que tengo para hacerte recapacitar y pienso aprovecharme de ello. Podemos comer juntos...

-No -se apresuró a responder ella, mirándose los pantalones viejos y el top que llevaba-. No, no voy bien vestida.

-Entonces comeremos en mi casa -decidió él bruscamente-. Voy a llamar a la señora Yamato que se ocupa de la casa y le diré que nos prepare algo. Nos veremos allí a las doce y media y así podremos hablar tranquilamente.

-No sé dónde vives -contestó ella, rindiéndose a lo inevitable. Sabía que cometía un error acudiendo a verlo; debería olvidarse del manuscrito y empezar de nuevo, pero no podía. Fuera cual fuera el riesgo que corría al intentar recuperarlo, no quería seguir adelante sin su libro.

Él le dio las señas y le indicó cómo llegar.

-¿Estás bien? -preguntó justo antes de colgar.

-Sí -respondió Sakura con desolación y dejó el auricular encima de la góndola.

Se puso de pie, se cepilló el pelo y vio, horrorizada, la imagen que le devolvía el espejo. Estaba pálida, tenía los ojos hundidos y la ropa arrugada. No podía permitir que Li la viera en ese estado, ¡pero lo único que tenía en el bolso era una barra de labios!

No era cierto, tenía dinero, y había varias tiendas en la planta baja del hotel. Tomó el ascensor y compró a toda prisa un vestido blanco, veraniego, con un estampado de florecitas, y un par de sandalias blancas de tacón.

En otra tienda adquirió un tubo de maquillaje, polvos y perfume, y volvió a subir a su habitación. Se maquilló para borrar las huellas de la preocupación y la intranquilidad de las últimas horas y se puso el vestido de algodón. Como no tenía tiempo para peinarse, se dejó la melena suelta.

Tomó un taxi para llegar a casa de Syaoran, estaba demasiado nerviosa para montarse en un autobús en hora punta. Cuando llegó delante del edificio de apartamentos, consultó el reloj y vio que llegaba con unos minutos de retraso. Pagó al taxista, corrió hasta el ascensor y apretó el botón.

En cuanto tocó el timbre, la puerta se abrió y Li apareció delante de ella. Su rostro era inexpresivo.

-Siento llegar tarde... -empezó Sakura a decir para tratar de esconder su nerviosismo.

-No importa -la interrumpió él, y se hizo a un lado para dejarla pasar. Se había quitado la chaqueta y la corbata. Tenía el cuello de la camisa desabotonado y asomaban algunos rizos del vello que le cubría el pecho. Los ojos de Sakura contemplaron su piel, tan masculina, tan viril, y sin darse cuenta, se humedeció los labios con la lengua. ¡Sólo con verlo su valor se debilitaba!

Los ojos de Syaoran brillaban como el ámbar.

-Eres una hechicera... -murmuró, y se llevó las manos a los botones de la camisa. Empezó a desabrochársela, tiró de los faldones que estaban metidos por dentro del pantalón, se la quitó y la dejó caer al suelo. Los rayos del sol, que penetraban por las amplias ventanas, incidían en su pecho y en sus hombros y reflejaban las gotas de sudor que humedecían su piel.

Sakura retrocedió, quería huir para no sucumbir al deseo de tocar esa piel, de sentir los músculos de acero de los brazos de Li, pero cometió el error de levantar los ojos hacia él. El deseo palpitante que vio en los suyos la paralizó.

-Te deseo -susurró él mientras avanzaba hacia ella-. Ahora.

-No he venido para esto -protestó Sakura, e intentó en vano esquivarlo.

Los brazos de Syaoran la rodearon y la ciñeron contra su cuerpo medio desnudo. Ella empezó a temblar al notar el poder erótico que Li ejercía sobre ella. El olor de su piel, la calidez de su cuerpo, su vibrante vitalidad se apoderaron de ella y la emborracharon hasta que se olvidó de que debería empujarlo.

Syaoran se apoderó de la boca de Sakura. Sus besos la devoraban y exigían respuesta. La dejaron sin fuerzas, de modo que no opuso resistencia cuando las manos temblorosas de Li empezaron a moverse sobre cuerpo y a explorar los lugares que tan bien conocían. Sakura alzó los brazos y le rodeó el cuello, y lo besó también y se entregó a su propio deseo, que ardía en su interior y la devoraba.

Permaneció pegada a él, temblando, cuando Li levantó la cabeza para recuperar el aliento. La sonrisa que surgió fugazmente en los labios de él revelaba que era consciente de su triunfo y de la capitulación de Sakura. Con movimientos lentos, suaves, como si no quisiera asustarla, le bajó la cremallera del vestido y lo dejó caer a sus pies. Sakura se limitaba a mirarlo hacer en silencio; el deseo nublaba sus ojos verdes. No podía resistirse, no podía pensar, sólo sentir. Sentir y responder. Amaba a Syaoran y era inútil negárselo a sí misma.

Al menos su deseo sí era correspondido. Era vagamente consciente de que Li estaba temblando, que todos los músculos de su poderoso cuerpo se estremecían mientras la tomaba en brazos y la llevaba al dormitorio. La puso en la cama y se tumbó junto a ella al tiempo que le quitaba la ropa interior para que nada se interpusiera entre piel y piel. Él tampoco podía disimular su deseo, igual que le su-cedía a ella. Le susurraba palabras y frases inconexas que hacían que Sakura se aferrara a él mientras se hundía cada vez más en la marea de sensaciones que despertaba en ella.

Cuando el mundo empezó a recuperar de nuevo su sentido, Sakura se encontró tumbada sobre él. Syaoran le acariciaba el pelo, la espalda, los brazos. .

-No pretendía que las cosas fueran así -murmuró él con los labios junto a su ía planeado hablar un rato primero, comer y comportarnos como personas civilizadas, pero en cuanto te he visto, lo único importante que me parecía era hacer el amor.

-Eso es lo único que siempre te ha interesado de mí -dijo ella sin disfrazar su amargura.

Él le dirigió una mirada inquisitiva.

-¿Eso piensas? De eso precisamente quería que habláramos, pero tal vez sea mejor que antes comamos algo.

-¿No se habrá enfriado la comida? -preguntó ella. Se retiró el pelo de la cara y se sentó.

-Filete y ensalada. La ensalada está en la nevera, y los filetes hay que ponerlos en la plancha. Le he dicho a la señora Yamato que tenía el resto del día libre, así que no nos molestará nadie.

-Lo tenías todo planeado, ¿eh? -comentó sin que realmente le importara demasiado. Comenzó a vestirse y él se quedó contemplándola mientras lo hacía.

-¿Qué ocurre? -preguntó Li bruscamente. Se acercó a ella, le puso una mano debajo de la barbilla y miró su rostro pálido-. ¿Te encuentras mal?

Claro que se sentía mal, dolorida y deprimida después de la explosiva pasión que habían compartido. Y estúpidamente débil. Pero sabía que sus únicos problemas eran su incapacidad para tratar con Li y el hecho de que llevaba veinticuatro horas sin comer.

-Estoy bien -aseguró para borrar la preocupación de Syaoran-. Me imagino que es el hambre. No he comido nada desde ayer por la mañana.

-Estupendo -gruñó él-. Necesitas perder algunos kilos, debes de pesar por lo menos cuarenta... ¿Es que necesitas alguien que te vigile y te obligue a comer, tontita?

Probablemente estaba pensando en él, pero ella no tenía ganas de discutir. Acabó de vestirse en silencio y esperó a que él también lo hiciera. Luego fueron a la cocina, limpia y organizada. Li se negó a que ella hiciera nada y la obligó a sentarse en un taburete mientras ponía la carne en la plancha y colocaba en la mesa dos manteles individuales, cubiertos y vasos.

Abrió una botella de vino californiano y comieron en silencio durante varios minutos, sin que ninguno de los dos dijera nada. Luego Sakura, sin levantar la vista de su ensalada, preguntó:

-¿Dónde está el manuscrito?

-En el estudio -contestó él-. Tienes un don para escribir. Da gusto leerlo.

La cólera se apoderó de Sakura y levantó bruscamente la cabeza.

-¡No tenías derecho a leerlo!

-¿En serio? -dijo él secamente-. Pensaba que tenía todo el derecho a leer lo que has estado escribiendo mientras se suponía que tenías que estar trabajando para la revista. Te hemos estado pagando y tú no has escrito ni una palabra de los artículos que se te habían encargado. Si no me hubiera convenido tenerte tranquilamente sentadita a tu mesa, te habría puesto en la calle hace mucho tiempo.

-Te devolveré hasta el último céntimo que he cobrado desde que compraste la revista -le espetó-. ¡Pero sigues sin tener derecho a leerlo!

-Deja de patalear y arañarme, gatito -dijo Li. Empezaba a divertirse-. Ya lo he leído, no puedes hacer nada para evitarlo. En lugar de porfiar, trata de pensar constructivamente. Tienes un manuscrito con grandes posibilidades, pero hay que pulirlo, y eso exige mucho trabajo. Necesitas un sitio donde trabajar sin que te molesten, y lo último que te hace falta es tener que pensar en pagar el alquiler y hacer la compra.

-¿Por qué no? -murmuró-. Hay miles de escritores que se ocupan de cosas semejantes.

-Pero no es tu caso -señaló él-. Toda tu vida has gozado de una cierta seguridad económica, y estás acostumbrada a ello, pero desde ayer ya no estás en nómina, así que a partir de esta semana no recibirás tu sueldo, y te comerías en seguida tus ahorros. Escribir un libro y encontrar editor lleva su tiempo. Te quedarás sin dinero mucho antes.

-No soy una niña desamparada y no me asusta trabajar -replicó ella.

-Ya lo sé, pero ¿por qué preocuparte por esas cosas cuando puedes vivir aquí, trabajar en tu libro sin interrupciones y guardar tus ahorros?

Ella exhaló un suspiro; se sentía atrapada. En apariencia, la proposición parecía muy lógica, pero sabía que esa oferta era una manera de volver a atraparla. Si fuera sensata, se marcharía de allí a la primera oportunidad, incluso si tenía que sacrificar el manuscrito, pero ya había dejado pasar esa ocasión y reconoció, no sin pesar, que era demasiado tarde para escapar. Se había dejado atrapar de nuevo en la red de su amor por Li, aun a sabiendas de que él la correspondía únicamente con el deseo físico. La deseaba y por esa razón quería tenerla cerca, pero ¿qué ocurriría cuando volviera a cansarse de ella? ¿Se iría simplemente, como había hecho ya en una ocasión? Sabía que de nuevo se exponía a que le partiera el corazón.

-De acuerdo -respondió mirando fijamente la ensalada que tenía en el plato.

Él soltó un bufido.

-¿Eso es todo?, ¿sin discusiones, sin condiciones? ¿No tienes preguntas que hacerme?

-No me interesan las respuestas -replicó encogiéndose de hombros-. Estoy cansada de luchar contra ti y quiero acabar el libro. Aparte de eso, no me interesa nada más.

-Desde luego, sabes cómo socavar el ego de un hombre -murmuró Syaoran.

-Es lo que tú has hecho con el mío -contestó ella con brusquedad-. No esperes que esté feliz. Tú has conseguido lo que querías, que no trabaje y que viva contigo, pero no esperes de mí adoración ciega porque no estoy para ésas.

-Nunca he esperado tal cosa -dijo con voz áspera-. Y, para que conste, no intento cortarte las alas. Me oponía a que continuaras con el trabajo específico de enviada especial por las razones que ya conoces, y lo que te estoy pidiendo es tiempo para estar juntos, para intentar que las cosas funcionen. Si después de seis meses no nos soportamos el uno al otro, pensaré en el divorcio, pero lo menos que podemos hacer es intentarlo.

-Y si no funciona, ¿nos divorciaremos? -preguntó Sakura con cautela. Quería estar segura.

-Lo discutiremos en su momento.

Ella miró la expresión implacable de Syaoran y se dio cuenta de que no le arrancaría una promesa de divorcio, así qué cedió por enésima vez.

-De acuerdo, seis meses. Pero voy a dedicarme a terminar el libro, no pienso cocinar, ni planchar ni limpiar. Si lo que quieres es un ama de casa, te vas a llevar una desilusión.

-Por si no te has dado cuenta, tengo una buena posición social -dijo con ironía-. No pretendo que mi mujer se dedique a lavar y fregar.

Ella alzó la vista y lo miró fijamente.

-¿Qué vas a sacar de esto, Syaoran? Aparte de tener compañía en la cama, quiero decir, y ésa puedes conseguirla sin necesidad de armar tanto lío...

Él entornó los párpados.

-¿No te parece suficiente? Te deseo. Dejemos las cosas como están -murmuró con voz ronca.

Para sorpresa de Sakura, el arreglo funcionó bastante bien y pronto ambos se adaptaron a una rutina. Li se levantaba por las mañanas y se preparaba el desayuno; luego la despertaba, le daba un beso y se marchaba a trabajar. Ella desayunaba y pasaba toda la mañana trabajando en el estudio. La señora Yamato, una mujer regordeta de pelo canoso, seguía ocupándose de las cosas de la casa y era un modelo de eficiencia. A Sakura le preparaba algo de comer a mediodía y les dejaba la cena hecha. Se marchaba justo a la hora a la que Li volvía a casa.

Cenaban y él le contaba las novedades de la revista, lo que había pasado ese día, y le hacía preguntas sobre el libro. Ella se sentía bastante cómoda con él, aunque su relación no llegaba a ser de verdadera camaradería. Sakura tenía la sensación de que ambos se guardaban algo para sí mismos, pero quizá fuera lo esperable en dos personas de carácter fuerte. Las buenas maneras debían predominar para que el tejido de su frágil convivencia no se rasgara sin remedio.

A medida que pasaban las semanas y el montón de páginas escritas iba creciendo, los consejos y la experiencia de Syaoran le resultaban muy útiles a Sakura. El estilo de ella era de por sí directo y carente de complicaciones, pero él tenía la facultad de llegar al fondo de una idea. Después de cenar, Li leía lo que ella había escrito por el día y le daba su opinión. Si algo no le gustaba, lo decía, pero siempre dejaba claro que, en conjunto, se trataba de un buen texto. A veces, a resultas de las críticas que él desgranaba, ella tiraba a la papelera varias hojas y empezaba de nuevo, pero en otras ocasiones, defendía su texto, convencida de que las palabras allí vertidas eran las que mejor convenían a lo que quería expresar.

Trabajaba mejor por las noches, cuando Syaoran se sentaba con ella en el estudio para leer artículos y adelantar trabajo en casa, o para comenzar a reunir datos e información para el documental que tenía que rodar dentro de tres meses. Parecía contento, satisfecho. Su antigua inquietud y desasosiego, tal y como ella las recordaba, habían desaparecido, como si ya hubiera agotado su necesidad de aventura. Ella, más raro aún, también estaba contenta. La estimulación mental que le proporcionaba escribir una novela era más que suficiente para mantener ocupada su imaginación. Trabajaban juntos en armonía y relativo silencio, roto por el timbre del teléfono cuando Clow llamaba, cosa frecuente, o por los comentarios que ocasionalmente se hacían el uno al otro.

Luego, cuando se hacía tarde, Sakura apagaba el ordenador y dejaba a Li trabajando mientras ella se duchaba y se preparaba para acostarse. A veces él se quedaba trabajando una hora o más después de que ella se hubiera acostado; otras, se retiraba inmediatamente, pero siempre, cuando se acostaba, la abrazaba y sus maneras civilizadas se transformaban en una explosión de deseo y pasión desenfrenada. Sakura pensaba que esa pasión iría decreciendo a medida que Syaoran se acostumbrara a tenerla a su lado, pero no fue así. Él seguía deseándola con fuerza. De tanto en tanto, cuando estaban ambos trabajando en el estudio, ella miraba el rostro concentrado de Syaoran con fascinación; la asombraba que pudiera tener un aspecto tan sereno y luego se volviera tan sensual y apasionado en cuanto ella lo abrazaba y lo besaba. Esa idea rondaba su mente hasta que le entraban ganas de comprobar si sería capaz de hacer que Li interrumpiera su trabajo, pero a lo largo de los años había desarrollado un profundo respeto por el trabajo de los demás y nunca lo distraía.

Únicamente dos incidentes quebraron la armonía de esas primeras semanas. El primero se produjo una noche mientras Sakura retiraba los platos de la cena y los metía en el lavavajillas. Li estaba en el estudio leyendo las páginas que ella había escrito ese día, así que cuando sonó el teléfono, fue Sakura la que contestó.

-¿Está Syaoran? ¿Puedo hablar con él, por favor? -preguntó una voz de mujer que Sakura reconoció inmediatamente.

-Claro, Meiling, ahora te lo paso -contestó. Dejó el auricular sobre la encimera y fue al estudio.

El levantó la cabeza.

-¿Quién era? -preguntó con aire ausente mientras volvía a fijar la vista en las hojas que tenía en la mano.

-Es Dao, quiere hablar contigo -contestó Sakura en tono asombrosamente normal, y regresó a la cocina para terminar de recoger. La tentación de escuchar la conversación desde el teléfono de la cocina la tentó un instante, pero colgó con decisión.

Intentó convencerse a sí misma de que no eran celos lo que la carcomía. Meiling tenía la sangre fría de llamar a casa. ¿Seguirían viéndose? Syaoran nunca decía dónde ni con quién almorzaba, y una noche a la semana regresaba a casa muy tarde. Como Sakura estaba absorbida por el libro, nunca se había parado a pensarlo. Además, sabía que en el trabajo muchas veces había que prolongar la jornada laboral para conseguir entregar a tiempo y cerrar la edición.

¡Meiling era tan guapa! ¿Cómo podía un hombre no sentirse halagado por la adoración de una mujer tan hermosa?

No podría soportar que Syaoran y Meiling siguieran viéndose, Sakura lo sabía. Durante una temporada se había convencido a sí misma de que no le importaba que Li hubiera estado con otras mujeres, porque ella se había olvidado de él, pero ahora era distinto. Lo amaba y él había derribado todas sus barreras. La había vencido, pero ella se había guardado de admitir en voz alta que lo amaba. El nunca hablaba de amor, así que tampoco ella lo hacía.

Como Sakura no volvía al estudio, Syaoran fue en su busca y la encontró sentada en la cocina con las manos entrelazadas.

-¿No vienes? -empezó a decir, pero se calló al ver lo tensa que estaba.

-No puedo impedir que sigas viéndola -dijo Sakura con aspereza. La rabia y la pena oscurecían su mirada-. ¡Pero no permitas que te llame a casa!, ¡no lo soporto!

La cara de Li se oscureció y su mandíbula se puso tensa. Fue como si las semanas de educada convivencia no hubieran existido. A la primera señal hostil, los dos perdieron la calma, como dos caballos salvajes que llevaran demasiado tiempo encerrados.

-¿No sería mejor que te atuvieras a los hechos en vez de lanzar acusaciones graves? -gruñó Syaoran. Fue hasta ella y la miró, furioso-. Deberías haber escuchado por el teléfono si tanto te interesan mis actividades. Da la casualidad de que Meiling me ha pedido que comiera con ella mañana y le he dicho que no.

-¡Por mí, no te prives! -gritó Sakura con aspereza.

Li frunció los labios para parodiar una sonrisa.

-Por raro que te parezca, eso es lo que he estado haciendo -dijo entre dientes-. Pero ahora, con tu permiso, te voy enseñar de qué he estado privándome.

Ella reaccionó demasiado tarde. Trató de evitar sus manos cuando la agarró, pero la rodeó con los brazos y la arrastró al dormitorio. Sakura se retorcía y pataleaba, pero él era mucho más corpulento y fuerte, y la redujo. La lanzó encima de la cama y se tumbó sobre ella. Capturó su boca y la besó con tanta ferocidad, de un modo tan exigente, que ella dejó de resistirse y, sin transición, pasó a corresponderlo. Hicieron el amor con desenfreno y sus frustraciones afloraron en forma de pasión.

Más tarde, los dos yacían tumbados y él acariciaba la piel desnuda de Sakura.

-No estoy viéndome con Meilign -murmuró junto a su pelo-, ni con ninguna otra mujer. La manera en que hago el amor contigo por las noches debería bastar para convencerte -dijo con ironía.

-Me he puesto furiosa cuando ha llamado -admitió Sakura. Giró la cabeza y frotó los labios contra el hombro sudoroso de Li. Notó cómo éste se estremecía al sentir la caricia y que su brazo la apretaba con fuerza contra él.

-Estabas celosa -la acusó, y se notaba que eso lo satisfacía.

Ella gimió, enfadada de nuevo, y trató de desasirse, pero él la sujetó y la pasión estalló de nuevo entre ellos hasta que acabaron haciendo el amor.

El segundo incidente fue culpa de ella, reconoció Sakura. Una mañana decidió ir de compras, la primera vez que lo hacía desde que Li había conseguido «mudarla» a vivir con él. Necesitaba varias cosas y pasó una mañana agradable. Luego se le ocurrió pasar por la revista para ver a sus amigos y, tal vez, almorzar con Li, si no estaba ocupado.

Primero se pasó por la planta donde ella trabajaba antes y la recibieron con entusiasmo. Takashi estaba fuera, cubriendo una noticia, y por un instante ella sintió un hormigueo de envidia, pero la bienvenida llena de alegría que le dispensaron sus demás compañeros le hizo olvidar que ya no era un «pajarito» que volara libremente. Al cabo de un rato, se disculpó y subió a ver a Clow. No estaba segura de haberlo perdonado del todo por haberse pasado al bando de Syaoran, incluso aunque ahora vivieran como marido y mujer en relativa armonía, pero Clow era un viejo amigo y estaba volcado en su trabajo. Sakura no quería que hubiera distancia ni frialdad entre ellos.

Se saludaron con cierta reserva, pero en seguida recuperaron su complicidad de siempre. Cuando se separaron, Clow comentó que tener un marido a tiempo completo le sentaba bien, que se la veía satisfecha.

«Como una vaca», pensó Sakura para sus adentros con regocijo mientras subía al despacho de Li. Seguía sonriendo cuando, al salir del ascensor, se tropezó con Yukito.

-¡Has vuelto! -exclamó éste encantado mientras la sujetaba del brazo y la recorría con la mirada-. ¡Estás como una rosa!

Sakura abrió los ojos con consternación al caer en la cuenta de que no se había puesto en contacto con Yukito para contarle que, al final, no se había marchado. Clow, estaba al corriente, claro, pero Reed no era el tipo de persona que fuera a dar detalles de la vida de los demás.

-No llegué a irme -admitió con arrepentimiento-, Li me atrapó.

Yukito enarcó las cejas.

-Pues no parece que te consuma la pena -dijo arrastrando las palabras-. ¿Tal vez la situación no es tan mala como pensabas?

-Tal vez -respondió riendo-. Clow acaba de decirme que parezco «satisfecha» y no sé si debo ofenderme o no.

-¿Eres feliz, cielo? -preguntó Tsukishiro, y su tono era amable, desprovisto de todo ánimo de broma o burla.

-Soy feliz de manera realista -respondió ella tras reflexionar-. Ya no espero el paraíso y sé que si lo que tengo termina, tampoco me moriré.

-¿Estás segura de que terminará?

-No lo sé. Vivimos al día, hemos conseguido llevarnos bien, pero ¿quién dice que siempre será así? ¿Y qué me cuentas de ti? ¿Rubi y tú... ? -se interrumpió y, al mirarlo, vio resignación en sus ojos y comprendió que ya no estaban juntos.

-No salió bien -Yukito se encogió de hombros, le agarró una mano y la condujo hasta la ventana que había al fondo del pasillo, lejos de los ascensores-. Se ha casado con el otro, me dijo que no la volviera a llamar por teléfono.

-Lo siento -murmuró Sakura-. Se ha casado muy deprisa, ¿no? ¿No me dijiste que pensaba hacerlo a finales de año?

-Está embarazada -la informó Yukito y, por un instante, el rostro de éste mostró el dolor que sentía. Luego respiró hondo y miró a Sakura con una expresión burlona, como si se estuviera riendo de sí mismo-. Creo que el niño es mío. Bueno, tal vez sea del otro, no lo sé, pero podría ser mío. Ni siquiera estoy seguro de que Rubi lo sepa. No me importa. Me habría casado inmediatamente si ella hubiera querido, pero me dijo que era demasiado «inestable» para ser un buen padre.

-¿Te habrías casado con ella aun a sabiendas de que se acostaba con otro mientras salía contigo? -preguntó Sakura asombrada. Eso era amor, amor a toda prueba.

Él se encogió de hombros.

-No sé qué hacía, pero me da igual. La quiero y haría lo que fuera por estar con ella. Si ahora mismo me llamara, iría a buscarla, y al cuerno con su marido -lo dijo en tono inexpresivo, tranquilamente. Luego meneó la cabeza-. No te preocupes -dijo, y esbozó una sonrisa-. Estoy bien, cielo. No me voy a hundir.

-Pero me importas -protestó Sakura débilmente.

-Y a mí me importas tú -Tsukishiro sonrió y, de repente, la tomó en brazos y la levantó en el aire. Sakura empezó a protestar y él la lanzaba hacia arriba sin soltarla, entre risas-. Te he echado muchísimo de menos -dijo, y sus ojos marrones se volvieron traviesos-. Te necesito como consejera sentimental, no confío en nadie más...

-Quítale las manos de encima a mi mujer.

Las palabras, aunque pronunciadas en tono inexpresivo, cayeron como piedras, y Sakura se desasió de los brazos de Yukito, se giró y vio a Syaoran, que estaba de pie delante de la puerta de su despacho y los miraba con los ojos entrecerrados. Ella le miró las manos. No había cerrado los puños, pero estaba a punto de hacerlo. Esas manos podían golpear sin previo aviso, Li tenía un aspecto amenazador. Sakura avanzó con naturalidad y se interpuso entre Yukito y Syaroan, pero éste la rodeó y se dirigió hacia el fotógrafo. Justo en ese momento Nakuru salió de la oficina y se detuvo al ver la cara pálida de Li.

Yukito no parecía alterado, seguía, relajado, con una sonrisa pícara en los labios.

-Tranquilo -dijo en tono ligero, regocijado-. No ando detrás de tu mujer. Bastantes problemas tengo con la que a mí me gusta sin recurrir a la de otro.

Sakura, que había llegado junto a Li, le puso a éste una mano en el hombro y notó la rigidez de sus músculos.

-Es cierto -dijo con una amplia sonrisa que intentaba ocultar el miedo que había disparado los latidos de su corazón-. Está profundamente enamorado de una mujer que quiere que siente la cabeza y renuncie a los viajes profesionales, y me estaba contando cómo están las cosas entre ellos. ¿Te suena la historia?

-Está bien -zanjó Syaoran. Sus labios apenas se movieron, todavía tenía la cara paralizada de rabia, pero dijo gruñendo a Nakuru-: Vete a almorzar. No pasa nada.

Cuando Nakuru y Yukito se hubieron ido, Sakura y Syaoran se quedaron mirándose fijamente el uno al otro en medio del pasillo. Él fue relajándose progresivamente.

-Vamos dentro, aquí estamos en medio.

Ella asintió y entró en la oficina. En cuanto la puerta se cerró tras él, Li la abrazó con tanta fuerza que las costillas de Sakura protestaron de dolor.

-Yukito y yo no hemos salido nunca juntos -aseguró ella intentando respirar.

-Te creo -suspiró Li mientras rozaba con los labios la sien de Sakura, el pómulo, el ojo-. Es que no podía soportar verte en sus brazos. No quiero que otro hombre te toque.

El corazón de Sakura empezó a latir con fuerza. Levantó los brazos, le rodeó el cuello y se aferró a él. Estaba mareada de esperanza. La violenta reacción de Syaoran no podía deberse únicamente a que fuera posesivo; para reaccionar de aquel modo tan desmedido tenía que haber sufrido una sacudida emocional. Pero no podía estar segura, así que se calló lo que iba a decir, la frase que tenía en la punta de la lengua: «te quiero». Todavía no podía confesárselo, pero ya albergaba una esperanza.

-Eh, venía a ver si querías que fuéramos a almorzar -dijo por fin alegremente tras levantar la cabeza del hombro de Syaoran.

-No es lo que más deseo -gruñó él, y sus ojos lanzaron una mirada insinuante al sofá-, pero me conformo con almorzar.

-Me temo que hemos provocado un escándalo -dijo Sakura en tono regocijado cuando se dirigían al ascensor-. Antes de que acabe el día, lo sabrá todo el mundo.

Él se encogió de hombros.

-No me importa. Servirá de advertencia, por si a otro de tus antiguos colegas se le ocurre abrazarte. Soy un animal territorial, voy un poco retrasado para esta época, y no quiero intrusos en mi territorio.

A ella se le heló el corazón. ¿Eso era todo lo que ella significaba para él, una parte de su territorio? ¡Gracias a Dios se había mordido la lengua y no le había confesado sus sentimientos! Era una tonta si trataba de hallar sentimientos profundos en Li; no los tenía, y ella siempre lo había sabido. Era, efectivamente, un hombre retrasado para la época, que se guiaba por instintos primitivos. Procuraba satisfacer sus necesidades, y no perdía el tiempo con asuntos tan tontos como el amor.


PENÚLTIMO! YA CASI TERMINA.

bueno, muchas gracias por leer está historia y por sus comentarios...trataré de subir lo antes posible el final.

nos vemos...sayonara