-Siempre hay elección.-

-No es cierto.- replicó él.

-¡Sí es cierto!- gritó ella amargamente sin dejar de clavarle la mirada. -¡Siempre hay un momento en el que puedes elegir si hacer lo que estás a punto de hacer o echarte para atrás! ¡Siempre se puede elegir! ¡Siempre! Existe un momento, una milésima de segundo, en la que puedes decidir. ¡Tú decidiste quedarte aquí como yo decidí invitarte!- le señaló con el dedo en un acto de rabia inquisitiva. -Así que no mientas y digas que tienes que ir ¡porque no tienes por qué hacerlo!-.

No soportaba verla llorar. Le enervaba y le confundía aún más. Nunca supo sobrellevar los sollozos de Bulma. Podrían aparecer todos los culpables de sus pesadillas a la vez que él jamás sentiría tal turbación como unas simples lágrimas de ella le provocaban. -Tengo que irme, no voy a aguantar esto más.- Y se dirigió hacia la salida. Ella volvía a hacerlo. Volvía a crearle las dudas de siempre. Habían pasado años y estaban como al principio.

-¡No mientas!- Que volviera en insistir en la obligación de irse le hacía querer volver a golpearle. Volteó hacia él para bramarle: -¡Maldita sea! ¡No mientas!- Y se giró para aguantarse no pegarle. Las lágrimas discurrían por sus mejillas sin control, por los mismos surcos por los que siempre habían caído tantas veces antes. Se había jurado a sí misma no volver a llorar por él. Estaba temblando tanto que creía que en cualquier momento se desplomaría. Paró para apoyarse en una silla. Limpió su rostro húmedo con la palma de una mano. No hacía falta que se girara para saber que él aún estaba allí. Su presencia siempre inundaba la estancia en donde se encontraba. Se percató de ello desde la primera vez que lo vio comiendo en su cocina. Daba igual el lugar en el que se hallara, lo transformaba, se embebía de su espíritu y arrastraba a su paso a cualquier ser o cosa que estuviera allí. Como había hecho con ella. Todo giraba a su alrededor, continuamente, como una fuerza de la naturaleza que altera un paisaje calmado y cuando desataba su esencia solo deja destrucción.

Nunca jamás estuvo tan segura de decir algo y aún así, era incapaz de mirarlo: -Si te vas, no vuelvas.-

Él lo tuvo claro: se acabó.


"En el Techo"

CAPÍTULO 9. "¿No querías intimidad?"

o-o-o-o

-¿Te gusta mucho el príncipe, eh, pequeño?- le susurraba el señor Brief a su gato a la vez que lo situaba en su hombro e iniciaba su andadura hacia el laboratorio.

-Es increíble que no lo haya aplastado con la presión de la nave y haya preferido echarlo al jardín.- comentó su hija queriendo acariciar a Tama. La mascota le respondió sacando las uñas y los colmillos. -¡Gato del demonio!- exclamó separándose de él.

El científico rió con la escena. A Tama nunca le había gustado Bulma pero ella insistía en ganarse su aprecio. –¿Y por qué iba a hacer eso?- cuestionó refiriéndose al príncipe.

-Porque hubiese sido lo normal en ese bruto.- Contestó su hija sin ninguna duda mientras seguía a su padre hasta la puerta del laboratorio. -¡Hemos dejado la puerta abierta!- espetó molesta al ver la entrada.

-Bueno, estábamos aquí al lado y teniendo un invitado como él no creo que estemos en…- Pero fue interrumpido por un estruendo que hizo que los dos se agacharan por instinto para al instante incorporarse y mirar a la cámara de gravedad. –Hacía tiempo que no escuchaba esos ruidos.- comentó sonriente. –Tu madre va a estar encantada.- Y entró en su lugar de trabajo.

Su hija no parecía que aquello le divirtiera: -Más le vale que no me la destroce.- Dijo severa cruzándose de brazos y clavando la mirada en la nave.

-Hija.- le llamó su padre desde dentro. No obtuvo respuesta. –Hija.- reiteró saliendo él de nuevo con cuatro artefactos en sus manos. –Los robots.-

-¿Qué?- Bulma estaba aún con la mirada perdida en la cámara y hasta que su padre no apareció frente a ella con los fight robots no reaccionó. –Oh, vaya…-

-Ve a desayunar, ya se los llevo yo.- le indicó su padre saliendo por la puerta.

Bulma no dijo nada. Se quedó pensativa y levemente molesta consigo misma mientras veía a su padre alejarse de ella y volver de nuevo sus pasos hacia la cámara de gravedad. "Ya ha tratado demasiado con él" empezó a decir observando a su padre portando los robots. "He tentado demasiado a la suerte, debería ser yo y no mi padre la que se los llevara." Se fue enfureciendo más a medida que se iba comentando cosas para sí. "¡No! ¡Él debería ser quien viniera a por ellos!", pensó enfatizando el gesto de desagrado en su rostro mientras veía la silueta de su progenitor cada vez más pequeña. "¡Maldito saiya!". Y por fin reaccionó:

-¡Papá!- gritó corriendo hacia él. -¡Papá, espera!-

Su padre se giró deteniéndose en mitad del jardín. -¿Qué pasa, hija?-

-Se los llevo yo, trae.- Y se los quitó de las manos rápidamente para ir ella hacia la cámara de gravedad.

-Vale, pequeña, vale.- espetó su padre dejándose quitar todas las máquinas de lucha. Fijó la vista en su hija, que iba directa a la nave. Sonrió y se dio la vuelta en dirección a su lugar de trabajo.

La peliazul subió la rampa y dio un sonoro golpe a la puerta con el pie ya que las manos las tenía ocupadas con los fight robots. No esperó a que la compuerta se abriera. Los dejó en el suelo sin mucho cuidado. -¡La próxima vez ven tú a por ellos!- Y salió a paso rápido hacia la cocina.

o-o-o-o

-Buenos días.- le saludó su madre. –Te has despertado muy temprano hoy.- Siguió preparando el desayuno para ella y para su hija.

-Sí, he estado adelantando trabajo.- espetó Bulma acercándose a la rubia para darle un beso. –Buenos días.- Y se sentó en la mesa.

-Te has vuelto a dejar el cepillo del pelo aquí.- Y lo levantó para que lo viera. Su hija no le contestó, así que se acercó a ella y le puso el cepillo al lado. Volvía a verla ausente, como en ocasiones anteriores desde no hace mucho.

-¿Qué?- Salió de su aturdimiento. –Ah, vale.- Y lo separó de ella poniéndolo en el otro extremo de su lado izquierdo.

La señora Brief se quedó a su lado observándola. Llevaba tiempo preguntándose qué le pasaba a su hija, y aunque la probabilidad fuera mínima, tenía que cerciorarse: -Querida, ¿estás embarazada?- se inclinó hacia su hija para leer sus ojos azules.

La expresión de Bulma y el hecho de que casi se cae de la silla lo dijo todo: -¡No, mamá! ¡No! ¿Cómo dices esas cosas?-

-¡Pues entonces te pasa algo malo!- exclamó preocupada. -¡Ay! No entiendo qué estáis esperando Yamcha y tú...- Y cogió una rosquilla del plato. -¿Es que él no quiere hijos?-

El inicial silencio de su hija fue la contestación a su pregunta. Había mirado hacia otro lado y aunque tardó un poco en responder, ya era demasiado tarde para cambiar la verdad: -Sí, sí que los quiere, no ahora, pero los querrá seguro.- Y sorbió de su café para luego forzar una sonrisa hacia su madre, a la cual le pareció el gesto más triste de los que podía realizar su querida primogénita.

La señora Brief le devolvió la sonrisa y cambió de tema radicalmente. Una franca mueca de agrado acentuó su habitual gesto risueño: -¿Has escuchado el ruido de antes?- le preguntó. –Por supuesto que lo has oído.- Y unió los brazos levantando la vista hacia el techo. -¡Qué fuerza tiene ese hombre! ¡No he visto nada igual!- Su hija ya había empezado a comer y no le prestaba atención a todos los halagos que salían de la boca de su madre que siguió sin parar de piropear a Vegeta. -Es una pena que ya no le persigas como antes.-

-Sí, mamá, una pena.- y sorbió un poco de café despreocupada.

-Me refiero, hija, a que antes discutíais y luego volvíais a hablar como si no hubiera ocurrido nada, ¿qué ha pasado ahora?- se sentó al lado de su hija para escuchar lo que estaba deseando oír desde hacía mucho tiempo.

-¿Qué va a pasar, mamá? Nada.- y cogió una pieza de fruta del centro de la mesa. Era obvio que su madre seguía con la obsesión de ella con el príncipe sin darse cuenta de que solo lo hacía para apartarlo de sus padres. Al menos, ésa era la estrategia a seguir hasta hace bien poco.

-¿Habéis hecho ya el amor?-

-¡Mamá!- Tapó sus orejas con las manos.

-¿Dónde? ¿En la nave redonda?-

-¿¿De verdad crees que eso tiene algún sentido??-

-Ay, hija, es que creo que resolveríais esa tensión vuestra.- Y se puso de pie para volver a centrarse en sus fogones. -Ya sabes que a mí me gusta mucho Yamcha, cielo, pero ese hombre tan atractivo...- Sacó una sartén de uno de los cajones. -Ya te dije que no te culpo, es sumamente fascinante, casi salvaje, ¿verdad?- Y apostilló: -Perfecto para ser un buen amante.-

-¡Mamá!- Para su madre todo era demasiado fácil y nunca veía complicaciones en nada. Que ella tuviera un novio no iba a ser impedimento para que siguiera con sus elucubraciones. Siempre había sido así. Era como si no supiera hasta qué punto podía ser perturbadora.

-Pero no le des más importancia, pequeña, tus razones tendrás para haber dejado de seguirlo. Tu padre y yo siempre hemos confiado en tu buen ojo con los hombres, como con Yamcha, ¿verdad, querido?-

-¿Eh?- Y al momento lo vio en el umbral de la puerta. -¡Yamcha!- Se levantó de la silla y lo abrazó. Estaba a punto de darse por vencida y huir de la cocina sin haber terminado su desayuno por no escuchar a su madre. Además, de un tiempo a esta parte, sobre todo desde el incidente del restaurante, se había vuelto más cariñosa con él.

-¡Buenos días a las dos mujeres más hermosas de este mundo y del otro!- exclamó el guerrero levantando los brazos y encerrando luego a la peliazul entre ellos. Le dio un beso en la mejilla para añadir casi con un murmullo: -Y sé de lo que hablo, porque he estado en el otro lado.- Guiñó un ojo y se sentó en la mesa. Él estaba encantado con que Bulma se hubiese vuelto tan efusiva, como siempre lo fue. Nunca veían a Vegeta a pesar de que viviera allí con los Brief y aquello le ponía aún de mejor humor. Las cosas, a su parecer, estaban por fin avanzando. Su novia parecía sorprendida por el comentario de él. Era la primera vez que le hablaba de la muerte en términos tan livianos. -He venido a entrenar aquí, si no te importa, claro.- comentó sirviéndose una taza de café. Sonrió a la científica sabiendo la respuesta.

-Claro que no me importa, no seas tonto.- le dijo ella devolviéndole la sonrisa.

-Entrenaré en el jardín, no creo que Vegeta esté para preguntarle si quiere entrenar conmigo, ¿verdad?-

Aquello sí que sorprendió a Bulma. La broma le provocó una risa de lo más sincera. Continuó la burla con él: –Puedes preguntárselo tú mismo, a ver qué te dice.- manifestó mientras le limpiaba una mancha con la servilleta. Yamcha se había despertado realmente de buen humor esa mañana, quizá demasiado. Su imaginación quiso volar maliciosamente pero había decidido no volver a pensar mal de él.

-Sí, está entrenando en la cámara, ¿verdad? Su ki es muy potente.-

-Debe de tener otras cosas potentes.- añadió la señora Brief sentándose con ellos a la mesa.

-¡Mamá!-

-Ay, hija, me refería a la fuerza, ¿o tú no lo has pensado?-

-Por supuesto que no, ya sé que es fuerte.- Y se acercó a su novio para acariciarle el brazo. –Aunque Yamcha lo es más, ¿a que sí?- Y le dedicó una sonrisa para que su novio quitase esa cara de estupefacción.

El guerrero parecía confundido con el comentario de la mujer rubia que al momento se le antojó, al igual que a su novia, como un poco impúdico. No era extraño que la señora Brief hiciera aquellas cosas ya que no tenía medida para nada. Al notar a su novia afectada por la apostilla de su madre, prefirió olvidarlo. Rió y puso su mano sobre la de su novia. -¿Vamos a comer fuera hoy?- le preguntó.

No habían salido juntos desde hacía dos semanas, desde que ocurrió la escandalosa escena del restaurante. No quería provocar otro incidente igual porque estaba segura de que algo parecido a eso haría que su relación se desplomara por completo y que además fuera detenida como autora de homicidio. Y no quería que ocurriera ninguna de las dos cosas. Aún sabiendo lo improbable de que pasara por segunda vez, detestaba tentar a la suerte. Y su suerte, desde aquella noche, no estaba para tentarla. –No, tú entrena en el jardín y luego comemos aquí, ¿de acuerdo?- Sonrió plenamente queriendo no parecer preocupada y para restarle rudeza a la especie de orden que le había salido de la boca. Entonces lo notó de nuevo. Otra vez estaba ahí. Se posaba sobre ella como una montaña. Estaba cansada, cansada de las apariencias, cansada de querer detener la caída en picado, cansada de su novio y de ella misma intentando parar aquello. El cansancio que le provocaba y llamaba a la puerta incluso haciendo el amor con él estaba saliendo en forma de severo hastío. Lo que más temía era que fuera irreversible. Llevaba dos semanas notando ese lastre sobre su cabeza mucho más acentuado que nunca. Solo Kami sabía lo que le estaba estresando todo eso. Y además ahora se le había adosado un problema, en principio menor, con peinado extravagante y arrogancia recargada. Se levantó nerviosa arrastrando la silla. "¡Mierda!", se dijo para sí. "¡Eres Bulma Brief!".

-Si no quieres que salgamos, no saldremos, nena.- Dijo Yamcha viéndola ponerse de pie. No sabía qué había pasado. De golpe su novia se había puesto nerviosa y no entendía el por qué, aunque se imaginaba, obviamente, que el accidente de la última vez que salieron a cenar estaría rondando por su mente. Prefirió no mencionarlo: –Además, seguro que tu madre prepara…-

-Sí, saldremos, saldremos.- le interrumpió la peliazul dejando la taza de café en el lavavajillas. –A la una, ¿te parece bien?- Y se giró dedicándole una sonrisa plena. –Saldremos y lo pasaremos bien.-

Saldremos y lo pasaremos bien. Sin duda, para Yamcha, su novia estaba pensando en aquel incidente con Yuri. –De acuerdo, entonces, a la una.- Tomó un trozo de pastel y salió contento por la puerta para iniciar su entrenamiento.

Saldremos y lo pasaremos bien. La señora Brief miraba a Bulma que se afanaba en colocar los platos sobrantes en los cajones, a espaldas de ella. Toda la corta escena había sido largamente clarificadora para su madre, que se había mantenido al margen sujetando su taza caliente. La observó durante unos segundos. Siempre que estaba sumamente preocupada por algo, se ponía a ordenarlo todo como si aquello le ayudara a buscar una solución. Como solía ser feliz y positiva, solía tener a su alrededor un desorden evidente. No creía que ella fuera consciente de que siempre hacía eso, como tampoco de que cuando se siente nerviosa, tose. Se levantó de la silla y se dirigió hacia ella. –Hija…- le llamó en tono cariñoso, como si entendiera todo lo que a su primogénita le estuviera pasando por su mente y por su alma.

-Mamá, ahora no.- Seguía colocando los platos diligentemente y no paró ni un momento.

Su madre salió de la cocina no sin antes echarle un último vistazo a su hija y suspirar. No había duda: la ruptura estaba cerca.

o-o-o-o

Acabó el entrenamiento de ese primer día con la gravedad a trescientos, el máximo que le había dicho el viejo científico que la nave podría soportar. Comenzó con cien, y al ver que su cuerpo había reaccionado bien subió a doscientos al poco tiempo. No le extrañó que tuviera un hambre más voraz ya que no se podía comparar el esfuerzo al que se estaba sometiendo bajo aquella presión que al que se sometía en las montañas, así que salió a almorzar a la hora a la que siempre lo hacían los humanos de aquella casa. La mujer del pelo turquesa no estaba. Seguramente salió con su compañero al que sintió junto a la nave esta mañana, espiándole, lo mismo que hizo a la tarde cuando volvió. Sonrió al recordar cómo acentuó sus ejercicios y provocó lo que buscaba: que se cayera impresionado por su fuerza. Si creía que subido a algo, seguramente a la rama de algún árbol, no sentiría su ki por no hacer el esfuerzo de volar, estaba muy equivocado. Se había vuelto todo un experto en detectar los halos de los humanos por muy ridículos que estos fueran o quisieran que fueran. Además era obvio que ese idiota no sabía controlar aún el minúsculo poder que poseía. "Desgraciado inútil", pensó apagando las luces de la cámara. Ahora sabía que se encontraría a los dos en la cocina ya que los padres de la científica estaban en su habitación.

Cayó en que hacía tiempo que no veía a la peliazul. Notaba su ki mientras ella correteaba por la casa cuando él volvía de sus entrenamientos en la montaña, escuchaba su música cuando se duchaba, la sentía dormir en la habitación de al lado casi todas las noches y obviamente oyó el grito que le propinó cuando dejó los robots en la puerta de la nave esa misma mañana. Se enfadó de nuevo al rememorarlo. No escuchaba su voz desde hacía días y como no, tuvo que volver a oírla en forma de chillada reprimenda. Paró un momento mientras andaba al percatarse de algo: no la veía desde que notó su nerviosismo en la cocina y salió corriendo escaleras arriba. Si unía las dos cuestiones, que ella saliera corriendo entonces y que ahora le evitase, solo podía significar un par de cosas. Y la más descabellada era la más probable ya que ella no le tenía miedo. Había podido comprobar esto mismo, que no le temía, muy a su pesar cientos de veces desde que llegó. Se le hacía difícil y curiosamente, para su sorpresa, divertido el pensar algo así. Era consciente de que debería hallarse asqueado, a fin de cuentas es solo una simple humana sin rango destacado en su planeta, sin embargo aquella terrícola no era una humana cualquiera. No despertaba su simpatía pero sí su curiosidad porque nunca sabía hasta qué punto sería capaz de llegar. Y él, curtido en mil batallas, le gustaba saber el límite de todo. Lista a rabiar, se compensaba con su descaro y cuando éste afloraba era cuando todo se nublaba y deseaba matarla con sus propias manos. Hasta que pasó aquello hace dos semanas. Arrugó el ceño. No iba a pensarlo más de lo necesario, es decir, que ya había sobrepasado la barrera. "Definitivamente, está tan loca como las cabras que tiene aquí", pensó mientras se pasaba la toalla por la cara y llegaba a la cocina.

Al entrar no se extrañó de que el silencio fuera la bienvenida, lo que le chocó fue que parecía como si el silencio hubiera estado estancado sobre esa mesa desde bastante tiempo atrás, antes de que él apareciera. Para Vegeta, notar las tensiones antes de la batalla le hacía sentirse alerta y aquella tirantez se le antojó aburrida. Los dos, que cenaban lentamente, le miraron al entrar y aunque el novio de la peliazul siguiera comiendo aparentemente tranquilo, la científica le sostuvo la mirada. La encontró chocantemente apagada, cosa que no era normal en ella ya que tenía los ojos más vivos que había visto nunca. Después de todo, aquello podría ser entretenido. Se centró en la nevera mientras el devenir de cubiertos y platos era lo único que se oía.

Cuando se fue a sentar, volvió a cruzar sus ojos con los suyos, y al contrario de lo usual en ella, los apartó. Estaba enfadada sí, pero sobre todo triste. El que parecía no darse cuenta de eso o al menos querer ignorarlo era el guerrero humano:

-¿Cómo te ha ido el entrenamiento de hoy, Vegeta?- le preguntó Yamcha tras tomar asiento el príncipe.

El saiya, que había permanecido observando a la mujer, lo miró durante un instante y se puso a devorar lo que había en la mesa sin contestarle. La tensión se podía cortar con el cuchillo con el que estaba tronchando la carne y curiosamente, no era por su presencia. O no del todo. El novio de la peliazul insistió tras unos segundos de incertidumbre: -¿Has avanzado algo ahora que has vuelto a la cámara de gravedad?-

-Yamcha, déjalo.- La primera frase que había soltado su novia en toda la cena y era para pedirle que no le hablara.

–Bulma, insististe en que fuera amable con él.- le indicó su novio observando cómo la peliazul no levantaba la vista del plato que apenas había tocado. El príncipe, en cambio, miraba tanto a su bandeja como a ella. Que ese engreído saiya hiciera como si él no existiera en aquella habitación le enfadaba más que cuando le insultaba. Ese día había sido muy raro desde el principio y tener allí al puñetero Príncipe de los Saiyajins mirando a su novia, aunque solo fuera por un instante, no ayudaba en nada. Sin pensarlo mucho, saltó: -Una pena que aún no esté Goku para enseñarte cómo se maneja esa máquina.- Una risa que al resto de los presentes les pareció ridícula salió de su boca.

-Yamcha.- La peliazul se temía lo peor y no estaba para tener que mediar entre ambos. Ahora no. En cuanto vio a Vegeta parar de comer, erguirse hasta que su espalda tocó el respaldo de la silla, observar detenidamente a su novio y sonreír con esa mueca tan característica suya, supo que tendría que hacer el papel que tanto odiaba aunque no se viera con fuerzas. Lo curioso fue que a la vez que soltó la réplica a su novio, el saiya la miraba a ella con una sonrisa, la más socarrona que le había visto nunca. Y ya le había visto varias:

-Deberías vigilar otras cosas antes que estar espiándome a mí, gusano.- El humano idiota se lo ponía tan fácil que no podía creerlo. Con aquella respuesta no solo le dejaba claro que sabía que le había estado vigilando durante el día si no que además le provocaba por el lado que él le dolía más, su estúpido y minúsculo ego de hombre terrícola, ya que el muy imbécil sentía celos de él.

Yamcha se puso de pie como un resorte. -¿Qué?- No quería ni procesar aquella incisiva oferta abultada de malas intenciones por todos lados. -¿Qué has dicho, miserable?-

Bulma, que tenía los ojos como platos ante la respuesta de Vegeta, ya no pudo más y se puso de pie. -¡Yamcha! ¡Cállate de una vez! ¿Pero cómo puedes ser tan idiota?-

Su novio ahora la miraba a ella absorto: -¿¿Pero es que te vas a poner de su parte??-

-Está de la tuya, te está defendiendo a ti, cretino.- comentó divertido el príncipe mientras retomaba la comida. Era el único que aparentemente mantenía la calma allí y el único que continuaba sentado con su cena.

-¿Cómo me has llamado?- Yamcha puso las manos sobre la mesa. A ojos de Vegeta, parecía que el novio de la peliazul tenía la irrisoria manía de preguntar siempre por lo que acababa de decirle. Constantemente le dejaba patente en todos sus encuentros que no gozaba de la rapidez de ella para replicar.

-¿Y tú por qué le sigues la provocación, eh?- Bulma ahora se dirigía a él. -¿Es que no puedes mantenerte como un buen principito sin atacar a nadie aun sabiendo que no está a tu altura?-

-¡Bulma!- gritó su novio al escuchar aquello.

Entrecerró sus ojos para contestarle. -No empieces a tentar a mi paciencia, humana.-

-¿Tu paciencia? ¿¿Pero quién te has creído que eres, eh?? ¡He estado tirando de paciencia para arreglar mi cámara de gravedad y ni siquiera me lo has agradecido, ingrato!-

-Bulma...- Yamcha empezaba a preocuparse por la integridad de su novia ya que el ki de Vegeta comenzaba a alterarse más de la cuenta. Antes había sido él el que le había provocado, pero ahora temía por ella.

-No vuelvas a insultarme, insolente.-

-¡¡Yo te insulto lo que me da la gana y más!! ¡¡Ésta es mi casa y esa de ahí fuera es mi cámara de gravedad!!- dijo señalando a la ventana.

-Bulma...- Al contrario de lo que podía intuir Yamcha por el halo del príncipe, éste parecía tranquilo sobre su asiento.

-Esa cámara es mía.- sentenció el saiya que seguía comiendo apaciblemente. -Yo soy el único que la maneja y tú solo trabajas en ella-

-¡Es mía! ¡Y no te creas que te llevarás mi nave contigo!-

-Bulma...- Yamcha no dudaba de que el saiya iba a estallar de un momento a otro y lo iba a hacer directamente sobre ella. Vegeta alzó la vista hacia su novia, que parecía tan asustada como el caso que le estaba haciendo a él, o sea, ninguno. El antiguo asaltador de caminos reaccionó instintivamente echándose hacia atrás, aunque no se estuviera dirigiendo a él en ese momento:

-Escúchame bien, deslenguada, esa cámara será lo único que quedará intacto de este maldito planeta después de que yo haya acabado con él, ¿me has entendido?-

-No te la llevarás.- le espetó ella con una tranquilidad pasmosa.

Yamcha le había visto poner paz entre el príncipe y la humanidad, pero era la primera vez que la veía tratar con el saiya directamente sin nadie alrededor, además de él, aunque parecía que ninguno de los dos se había percatado de que aún seguía allí. Creía que el límite de Vegeta ya lo había rebasado o si no, lo rozaba. -Bulma...- Era la enésima vez que su novio la llamaba.

El saiya únicamente la miraba a ella: -Por supuesto que lo haré.-

Desde que Vegeta había llegado a La Tierra, ni él, un guerrero humano a los que se sabía que detestaba porque los consideraba muy débiles, había conseguido provocarlo tanto como lo estaba haciendo su novia. De repente lo entendió todo y la confusión del inicio se tornó en algo que había sospechado desde el principio. Ya había escuchado suficiente.

-No lo harás.-

Aquella postura de esa vanidosa mujer de pelo turquesa, con los brazos cruzados, los ojos cerrados y la cabeza hacia un lado, como si realmente creyera lo que estaba diciéndole, le sacaba aún más de quicio. Se contuvo, tal y como estaba haciendo desde que comenzó la discusión. -Lo haré.- Volvió a mirar su bandeja rebosante de alimento y retomó su ingestión. -Y tú no podrás hacer nada para impedirlo.-

-¿¿Que no voy a poder hacer nada??- Bulma ponía sus brazos en jarra. Él ya se lo esperaba. -¿Quieres comprobar lo que puedo llegar a hacer, engreído?- Si hay algo que le molestaba soberanamente de él, entre muchas otras cosas, es que la subestimara. Y que le sonriera como lo estaba haciendo ahora. Tan arrogante, tan despectivo.

-¿Me vas a volver a decir que no infravalore a una mujer?- se volvió a recostar en la silla. -¿Te estás quedando sin réplicas nuevas?-

-¡Te diría muchas otras verdades, petulante mono del espacio!-

Tuvo que apretar los puños ante aquella ofensa. Para un saiyajin, y sobre todo para él, el Príncipe de esa raza, que le llamaran mono era el peor de los agravios. Era el momento perfecto para detener aquello puesto que ya había conseguido lo que buscaba. Sin embargo y contra toda lógica de una hábil táctica, prefirió seguir: -¿Y realmente crees que me importaría? No me hagas reír.-

Ella enlazó los brazos y subió la barbilla para observarlo: -Sé que te importa.-

Si había podido contener su ira, la carcajada que aquello le incitó fue incontrolable: -No delires, humana, que trate contigo más que con los demás no te da pie a creer que hay cierta intimidad.- En el aire se podía respirar más intimidad que nunca, los dos eran conscientes de ello y aún así, sintió que tenía que soltarlo. La terrícola le había dado la vuelta a la situación acosándolo con sus dudas y él había querido ser tajante. Aunque los hechos, en apariencia clamorosos para ambos, podrían llevar a confusión, él no se dejaba influir por puntualidades. Pensó que llegó el momento perfecto para dejarle claro que lo más cercano a él era la crueldad y la crudeza. Además de que en ese contexto, el de ellos ahí en esa habitación, él ganaría, que a pesar de esta última remontada, ella tendría que claudicar por dejarse llevar y ser, como siempre, tan apasionada y entusiasta.

Bulma se acercó a él con seguridad. -¡Sé que te importa tanto como sé que solo estás provocándome! ¡Si no te gustara hacerlo no lo harías!-

A pesar de que en eso llevara razón, le resultó más embriagador que se subiera tanto puesto que la caída sería aún mayor. Se tomó su tiempo observándola. Puso sus manos sobre la carne para degustar ambas cosas: -¿Y por qué no te vas con ese idiota y me dejas en paz de una vez?-

La peliazul cambió el gesto de irritada a confusa. Miró a su alrededor incrédula. Vegeta comía tranquilo y le mostraba ahora esa semisonrisa tan parecida a la de antes. Después de toda esa charla y a pesar de agobiarle con la cámara de gravedad y luego llevarlo por terrenos pantanosos para ambos, él había ganado. Y no existía réplica posible ante aquello. Yamcha, efectivamente, ya no estaba. Y ella ni se había dado cuenta.

Lo entendió todo. No lo había hecho solo por provocarla si no para humillar a Yamcha donde más le afligía y de paso a ella, que se había quedado allí. Discutiendo con él. Notó sus pupilas negras durante la cena sobre su pelo turquesa y sabía que se había percatado de que algo no iba bien entre Yamcha y ella, y aún así, ha hecho esto. Había sido lo más cruel que había perpetrado directamente contra ella desde que lo conoció. Todas las amenazas y los improperios se quedaban en papel mojado con eso. Lo había concebido a propósito y aparentemente la razón era simple: no había ninguna.

-¿¿Por qué has hecho eso??-

-¿No querías intimidad?- Vegeta ni había alzado el rostro para contestarle.

-¿¿Y eso qué diablos significa?? ¡¡Yo no quiero nada que pueda venir de ti!!-

Esta vez sí levantó la vista para verla. Sus ojos azules habían vuelto a brillar con la misma intensidad que antes. -¿Entonces por qué sigues aquí?- le cuestionó regodeándose de su victoria. Bajó los ojos de nuevo a su plato. -Vete de aquí, humana, vete.- y levantó una mano que azuzó como gesto despectivo.

La científica se quedó estática. Dos semanas. Llevaba dos semanas evitándolo e incluso había mandado a su padre a tratar con él porque creía que Vegeta ya se había habituado a ellos y no veía, él a ellos y ella a él, como una amenaza. Y ciertamente así era. Para Bulma, ya habían pasado esa fase. Quizá no podría infringirles dolor físico porque estaba atado de manos y pies en ese planeta aun siendo un autoexilio. Podría haberse ido y dejarlos en paz pero su orgullo le hizo tomar la determinación de quedarse allí, con los detestables humanos. En todos los meses que estuvo y en el poco tiempo de estancia a la vuelta jamás se mostró ante ella como ahora. La había amenazado de muerte, le había gritado y zarandeado pero Bulma siempre le respondía, le recriminaba, lo provocaba y hasta lo insultaba, tratándolo como un igual. Ella, que había estado bregando con él más que nadie creía que tenía domado de algún modo al príncipe, que sabía como llevarlo y como pararle sus ataques de ira. Qué equivocada estaba. Si se había acercado a él siempre había sido porque se lo había permitido, no porque ella fuese más lista o porque hubieran creado entre ellos un vínculo especial por su propia extrañeza. Aunque de algún modo, aún no sabía porqué, había conseguido domarlo en ciertos momentos.

Con ese gesto y todo lo que había hecho en esa cena, la manera de manipularla y humillarla aprovechándose de la tensión entre Yamcha y ella hizo que lo viera por primera vez como lo veían el resto de los seres del universo. No podría herirla físicamente, sin embargo sí emocionalmente. Y lo había hecho en esa misma cena sin ninguna razón extraordinaria para ello. Fue la primera ocasión en la que se vio pagando el precio de alojarlo allí. Las horas dedicadas a la cámara para que él entrenara restándolas a su propio trabajo en el laboratorio eran una minucia al lado de eso, así como el agotamiento mental de tener que enfrentarse a sus arrebatos de furia.

Ese ademán con la mano, propio de un déspota, le demostraba que él no se olvidaba de quien era, que lo tenía muy adentro, clavado en su alma porque era su propia esencia y naturaleza, y que cualquier cosa que pasara anteriormente era fruto de su curiosa imaginación, de su maldito interés por ver las cosas distintas a lo que realmente eran. Ese hombre que estaba ahí delante de ella comiendo tranquilamente de su plato, en su casa y en su planeta, era el Príncipe de los Saiyajins, el antiguo mercenario espacial, el que ha decidido exiliarse con ellos para matar a su querido Goku, el que mandó asesinar a su novio y el que ha jurado aniquilar toda La Tierra y sus habitantes. Toda la atracción y la intriga que sentía por él, con ese mínimo gesto sin ni siquiera mirarla, con esa forma retorcida de moverlos a ella y a su novio a su antojo durante esos escuetos minutos en la cocina de su casa, se esfumó. Nunca se había sentido tan inferior, tan utilizada. Si hacía unas semanas le dijo que no lo odiaba, ahora cambiaba de opinión.

Tal rabia tenía dentro que quiso destrozar lo primero que tenía al alcance. Agarró un plato, el que tenía más cerca, y se lo tiró. Sin ni siquiera mirar, él lo paró en el aire y lo bajó a la mesa. Acto seguido y siendo incapaz de dañarle, aún quería desatar toda esa cólera que le incitaba a querer matarlo, así que arrastró con fuerza una bandeja con trozos de fruta que estaba sobre la mesa haciendo que cayera al suelo formando un sonoro estruendo. Consiguió que él la mirara inexpresivo. Se giró para ir a por Yamcha, su prioridad, consciente de que la oscuridad de su mirada estaba incrustrada en su cuerpo a medida que se alejaba de él y encaraba la escalera. La miraba. Y a ella le dio igual.

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Cuando llegó a su cuarto, su novio estaba sentado sobre la cama. La estaba esperando.

-Yamcha...- murmuró acercándose a él. -¿Se puede saber por qué te has ido así, eh?- Ella había caído en la trampa del príncipe, sí, pero para Bulma, que su novio la dejara allí no ponía las cosas más fáciles.

-No soy tan fuerte como él.- dijo al fin pasados unos segundos sin alzar la cabeza.

Bulma prefirió esta vez no mentir, pero tampoco sabía qué decir ante esa evidencia. -Estás entrenando mucho, ya verás cómo...-

-Nunca lo seré.- esta vez sí alzó la vista para mirarla. -Y no me estoy entrenando tanto.- Su novia captó que aquella frase escondía más cosas y por un instante creyó que él se las contaría, sin embargo no fue así. Igual que vio en sus ojos valentía, al momento él los retiró y clavó otra vez su mirada en el suelo. -Es tan frustrante...-

-¿El qué?- le cuestionó ella a su lado.

-Que él haga esto.- Seguía sin levantar la cabeza agazapada.

Ése es solo un idiota!- moduló la voz tras el grito: -Es un palurdo espacial con mucho ego y resentimiento, un engreído, tú solo no le hagas caso.- No era momento de recordarle que había sido él que había empezado la discusión.

-No, me refiero a que sea precisamente él el que...- Pero no pudo acabar la frase. Suspiró mirando al techo.

-¿El que qué?-

Bajó la vista hacia su novia. -No seré tan fuerte ni tan listo como él, pero no soy tan idiota, Bulma.-

-¿De qué estás hablando?- Después de lo que había pasado abajo no iba a permitir que nadie insinuara más tonterías. -No serás tan fuerte pero tienes otras muchas virtudes, además para ser humano eres realmente poderoso, ¿verdad?-

-Desde que él llegó aquí, todo ha cambiado.- Esta vez era la puerta del dormitorio el centro de sus miradas. Notó cómo su novia se incorporaba y la observó ponerse justo delante de él. Para su sorpresa, una mueca de un terrible enfado estaba posada en su blanco rostro.

-¿Cómo puedes decir eso?-

-¿Qué?-

-Tú sabes perfectamente que lo nuestro ya iba mal mucho antes de que Vegeta llegara a Corporación Cápsula.- su cara reflejaba enojo e indignación, aunque su tono de voz, lo que siempre perdía primero, esta vez estaba sosegado. De hecho lo miraba como si no se creyera lo que él le acababa de decir.

-Nos íbamos a casar.- añadió él como justificante a su molestia. -Y ya no.-

-Nos íbamos a casar porque queríamos salvar esto, Yamcha, tú nunca habías querido casarte antes.- Su enfado iba en aumento.

-Por supuesto que quería casarme contigo, solo que no podía porque no estaba a tu altura.-

Bulma parecía a punto de estallar. Ya había tenido suficientes impactos por hoy como para que encima su novio también la tomara por tonta. Temía que haber tirado los platos abajo no hubiera calmado del todo su congoja y la fuera a pagar con él.-¿De verdad crees que me voy a creer esa patraña y encima haciéndome la pelota? ¿Es que te has vuelto más idiota aún de lo que eres?- Él tornó a descender la mirada y a Bulma se le partió el corazón. Se volvió a sentar a su lado. Suspiró. No iba a dejar que el maldito saiyajin que cenaba tranquilamente en su cocina se saliera con la suya. Su novio y ella estaban sobre un hilo muy fino y quería seguir intentando salvar este barco que se hundía. Ahora más que nunca.

-Hasta te estás volviendo más cruel.- una sonrisa llena de pesar apareció en el rostro de su novio.

-Yo nunca seré cruel.- y estaba segura de ello. Podría pasarse toda la vida con el Príncipe que él jamás la cambiaría. Por suerte, solo tenía que estar conviviendo con él tres años. Tanto y tan poco tiempo a la vez.

-Bueno, ahora lo has sido un poco.- y entonces le clavó los ojos con una mirada que tenía escondida y que hacía mucho tiempo, quizá demasiado, que ella no veía. La mirada del chico tímido del que se enamoró. De aquel ladrón del bosque que asaltó a Oolong y a Goku mientras ella dormía. Pudo verlo ahí, con su pelo revuelto y su gato, y ella recién despertada de una siesta avistándolo entre los arbustos.

Aún había esperanza. -Bueno, un poco sí pero entiéndeme, si no lo hago ese bruto me ganaría siempre.- Y rió acompañada por risas de Yamcha.

Él le echó un brazo por el hombro y la acercó a su cuerpo. Besó su pelo azul claro y la apretó más contra sí. -He escuchado ruido de platos rompiéndose abajo.- Murmuró.

-Ahí abajo no ha ocurrido nada nuevo.- mintió.

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Esa misma noche, comprobó que Bulma dormía a pierna suelta a su lado antes de llevar a cabo una idea que no le había dejado pegar ojo. Había estado pensando durante horas y ya estaba a punto de amanecer así que no lo meditó más. Bajó sigiloso y entre las sombras hasta la cámara de gravedad. Estaba plantado justo delante de los mandos centrales. Inhaló fuertemente por la boca antes de apretar el botón, como si el instinto de supervivencia fuese la única arma que la cordura mantenía en su cabeza antes de realizar aquello. Un ruido hondo de activación de algún mecanismo fue lo único que pudo escuchar antes de que se volviera todo rojo. Elevó la presión hasta trescientos y tanto como subió su peso, cayó su autoestima. Sus piernas se doblaron y su cuerpo multiplicado cayó sobre sus rodillas. No podía respirar y su corazón empezó a palpitar con fuerza para contrarrestar la presión de la sangre. Un pitido se le clavó en los oídos. Era interno. Significaba que su tímpano iba a estallar. Cuando quiso darse cuenta ya estaba en el suelo intentando alzar la mano hacia el botón de desactivación. El dolor era tan insoportable que solo un loco podría estar allí dentro deseando que la muerte llegara lentamente.

Su dedo índice logró apretar el off y por fín desapareció el rojo. Comenzó a respirar de nuevo. Los saiyas eran más resistentes que los humanos pero aquello había sido demasiado hasta para él, un terrícola extraordinario en cuento a fuerza. Sabía que no era tan fuerte como Vegeta y que nunca lo sería, pero quería sentir en su cuerpo por una vez lo que ese maldito saiyajin sentía en el suyo cada vez que entraba en esa nave.

Allí, tumbado sobre el suelo, agotado y sofocado tras unos breves segundos bajo la presión de trescientas gravedades, se volvió a sentir insignificante por segunda vez en aquella noche.

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-Hoy tampoco han hablado.- Pasó una hoja del libro que estaba leyendo.

-¿No?- Se quitó las gafas y las dejó en la mesita.

-Y se han cruzado en el pasillo al menos una vez.-

-Vaya.-

-¿Has visto cómo ni se miraban en la cena?-

-Aha.- Se incorporó para atusar la almohada.

-Algo ha pasado entre esos dos.-

-Pues no sé cuándo.- Se tapó con la manta hasta el pecho. –Él solo entrena y ella no para de trabajar en el laboratorio todo el día.-

-¡Claro!- exclamó su mujer mirando a un punto fijo de la pared. –Ha tenido que ser por la noche.- Y le dedicó una sonrisa a su marido. –Querido, ¡eres realmente un genio!-

-¿Lo soy?- le devolvió la misma mueca jovial sin entender el por qué del halago.

-Hay que hacer que tengan que volver a hablarse.- Volvió a concentrarse en su libro.

-Buenas noches, querida.- le dio un beso en la mejilla y se tumbó boca arriba con las manos sobre el pecho y los dedos de éstas entrelazados.

-¡Ya lo tengo!-

Su marido ni se inmutó. –Ah, ¿sí?-

-¿No tenía que hacerse análisis?-

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-¿No se ha quedado hoy Yamcha?- le preguntó su padre comprobando los ordenadores.

-No, pasará unos días en Kame House con Krilin y Roshi.- su hija parecía enfadada frente a la pantalla. -Papá, ¿sabes si las válvulas de ensamble de corriente funcionan correctamente? Parece que tengo problemas con el simulador principal.-

-Deberías dejar eso, hija, llevas un mes aquí encerrada.-

-¿Eh?- Bulma giró para verlo. Su mirada estaba perdida, como siempre cuando se sentaba delante de una computadora. Su pasión por su trabajo conseguía que se extasiara en aquella habitación. -Ah, pero tenemos que entregar los planos al gobierno antes de fin de mes, papá.- Volvió a centrarse en su trabajo.

-Pero si los tenemos listos desde ayer, querida, además desde que terminaste con la cámara no has salido de aquí.- Y se volteó para subir a Tama a su hombro.

-Sí, papá, dile a mamá que comeré más tarde.-Y así era. Llevaba un mes tratando de no coincidir con Vegeta en ningún sitio y si tenía que ir más tarde a comer, iría. Solo verlo aparecer por el pasillo o cuando trataba de subir las escaleras y él las bajaba hacía que se le revolviesen las tripas. Lo peor era que no podía salir mucho ya que tenía trabajo acumulado por haber estado arreglando su nave. Además Yamcha ya no estaba tanto en la ciudad.

Dejó allí a su hija y se fue a almorzar. Por el camino observó que Vegeta salía malhumorado de la nave portando un fight robot en la mano.

-¡Eh! ¡Oiga!- le llamó el príncipe dirigiéndose a él a paso rápido.

-Sí, dime, Vegeta, ¿qué llevas ahí?-

-Los cacharros que hizo su hija vuelven a fallar, arréglelo.- Y lo soltó en el suelo dispuesto a darse la vuelta.

El doctor Brief miró fijamente el robot, después alzó sus ojos azules a su invitado que ya volteaba, se ajustó las gafas y dijo: -Mi hija está en el laboratorio. Ella es la que los entiende.- Fue él el que se giró antes para seguir su camino.

-Los arreglará usted.- Dijo tajantemente viendo al viejo retirarse.

El científico no se detuvo para contestarle. -Me gustaría, Vegeta, me encantan los chismes que hace mi hija, pero yo tardaría años en arreglarlo, ya lo sabes.- Y entró en la cocina.

-Hola, querida, ¡qué bien huele eso!-

-Hola, querido, ¿y Bulma? ¿De nuevo se queda en el laboratorio hasta que coma él?- Levantó la cuchara de la olla para que su marido probara la salsa.

Se acercó a su mujer y antes de catar la salsa le sonrió. -Lo he mandado para allá.- Y levantó las cejas divertido.

Una risita cómplice de su mujer lo acompasó.

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Mientras se dirigía hacia el laboratorio razonaba cómo el robot podía haberse desplomado sin que él le hubiera atacado, como le hubiese gustado que hubiese sido. Simplemente se desactivó y cayó al suelo. Sonrió al recordar que hacía bastante poco le costaba moverse dentro de su nave a trescientos de gravedad. Si seguía así, dentro de no mucho tendría que exigirle a la humana que subiera la presión.

Un golpe de algo metálico contra la mesa de al lado despertó a Bulma de su ensimismamiento. Vio un fight robot balancearse levemente hasta que se quedó quieto. Bufó y siguió trabajando, no sin antes preguntar sin mirarle: -¿Cómo has entrado tú aquí?-

-Empiezan a romperse, humana.- Observó a la peliazul. Estaba sentada en su silla de siempre, con el pelo recogido y tocando las teclas del ordenador sin apartar la mirada de enfrente. Ya no lo perseguía. Parecía que se había convencido de que a él no le convenía matar ni a ella ni a sus padres hasta pasados tres años. Se cruzó de brazos observándola. En contra de lo que hace poco ella hubiera hecho, ahora con él atrás ni se inmutaba. Puntualizó: -Lo quiero para esta tarde.-

-Tengo mucho trabajo, Vegeta, usa los otros.-

-Lo quiero para esta tarde, humana, tengo que seguir entrenando.-

Notó como la peliazul movía levemente la cabeza pero seguía sin mirarlo: -Puedes seguir entrenando con los otros, yo lo arreglaré cuando tenga tiempo.-

Se adentró en la habitación a paso lento. -Quiero que le pongas el mismo sistema de regeneración que mi cámara.-

Bulma se irguió al escuchar la frase. "Contrólate", se dijo a sí misma. -Eso será imposible. La membrana necesita de un sistema de conexión directo.-

-Me da igual el sistema membranal, no quiero que falle otro en poco tiempo.-

-¿Tú no tienes siempre hambre?- se giró para mirarlo por un instante. -Pues vete a almorzar.- Y volteó su cuerpo de nuevo hacia la pantalla.

Una semisonrisa se le dibujó en el rostro al príncipe. Cada vez que había cruzado una mirada con ella durante semanas había visto el enfado reflejado en su tez blanca. -¿Ya no eres tan amable?-

La científica paró de escribir. No sabía qué hacía ahí aún parado y parecía que no tenía ninguna prisa en irse. Se levantó de su silla dispuesta a ser ella la que saliera de allí. Al estar a punto de sobrepasarlo él se puso justo enfrente impidiéndole el paso. Levantó la vista extrañada. "¿Qué quiere?". Se movió hacia el lado contrario y él volvió a poner su cuerpo en su camino. -¿Qué quieres, Vegeta? ¿Intimidad?-

"¿No querías intimidad?". No se acordaba de cuánto tiempo había pasado. Quizá un mes. "Así que ésa es la razón". Levantó una ceja. Le había dado la respuesta a la cuestión que se planteaba desde que había llegado. Volteó para salir él primero. Creyó que la peliazul le seguiría pero no fue así.

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-¿Qué estás haciendo?-

-Voy a bajar a beber un poco de agua.- Se puso la bata y le dio un beso a su novio en la boca. -Ahora vuelvo y repetimos, ¿eh?- Dejó a Yamcha tomando aliento y deseando que no tardara mucho en volver. Parecía que por fin estaban superando el bache. Aunque se viesen menos porque él no paraba de entrenar y su novia estuviera gran parte de su tiempo dedicado a la empresa, aprovechaban más el tiempo que estaban juntos. Bulma ya no discutía por cualquier cosa y él por fin se veía más liberado de la presión. "Cuando vea a los androides tendré que darles las gracias", pensó para sí mientras aprovechaba para ir al baño.

La peliazul cruzaba el pasillo sin mucha prisa y mirando al suelo. Por mucho que siguiera intentándolo las cosas con Yamcha no habían mejorado mucho. Había estado esa semana en el ginecólogo y el doctor le dijo que si quería le podía quitar el implante en ese instante y en el último momento se echó para atrás. Viendo cómo una tenue luz proveniente de los bajos de las paredes del pasillo iluminaba sus pies a cada paso, se preguntaba porqué habría hecho eso.

Tomó la escalera para bajarla y se apresuró un poco. Estaba de nuevo sintiendo el peso de la montaña sobre ella, ése que tanto la incordiaba si en su mente empezaban a anidar las dudas, cuando llegó a la cocina. La luz ya estaba encendida.

Estaba sentado en su sitio, donde siempre se sentaba, con un bol de mandarinas. Cuando la vio llegar le fijó los ojos. Su pelo enmarañado estaba aún más despeinado y le miraba igualmente a él. Tras unos instantes de titubeo, Bulma se acercó a la nevera y Vegeta se centró en las mandarinas.

Sacó la botella y volvió a mirarlo mientras él comía la fruta con cáscara. Cogió un vaso del mueble y sus ojos tornaron a él. Se sirvió el agua, la bebió y de nuevo lo volvió a observarlo.

Vio como sacaba la botella de la nevera y bajó al bol la vista. La izó para comprobar que lo que echaba sobre el vaso era agua para luego descender de nuevo la cabeza. Al momento la observó beber para derrumbar sus pupilas sobre la fruta y coger otra pieza.

La peliazul guardó la botella en la nevera y salió de la cocina.

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N/A: Estad atentos a los detalles. Son cruciales. Como en nuestra propia vida.

¡No sabéis lo que me ha costado este capítulo! Sacar jugo de lo cotidiano y no hacerlo estridente es muy difícil. Hay que estar buscando constantemente el equilibrio y es agotador. Desde mi punto de vista este episodio es el mejor de mi cosecha. Está bien estructurado y se dejan las justas dudas en el aire. Ha sido complicado porque es un capítulo de tránsito -aunque puede que no tanto- y además vemos a Vegeta como siempre me lo imaginé: un c*brón.

Debería llamarse "En la Cocina" más que "En el Techo", ¿verdad? ;-P Pero lo primero suena demasiado prosaico, de andar por casa. "En el Techo" queda más mono, es más poético. Las alturas siempre lo fueron.

Ya que me he puesto a escribir después del episodio y los que leéis esta historia sabéis que no suelo hacerlo, aprovecho para agradecer a los que dejan comentarios sin firmar. No puedo contestaros al mensaje por privado así que, lo dicho, sois muy amables.

El capítulo 10 lo he subido a la vez porque creo que es coherente y necesario para entender éste.

Gracias por leer. Drama.