CAPÍTULO 10
Hikaru se ajustó la corbata mientras se miraba ceñudo el pelo. Su madre se había empeñado en ponerle gomina, pues su pelo a lo loco, según ella, le daba un aspecto desaliñado y aunque él se veía raro, su hermana, de quién se fiaba más, decía con rotundidad que jamás le había visto tan guapo. Hikaru se miró por última vez en el espejo –pues él era más coqueto que su hermana- y bajó las escaleras, lentamente, como si en el fondo no quisiese ir a la Ceremonia de Iniciación. Inevitablemente sus pensamientos se dirigieron hacia Sayu -pues ella iba a asistir-, sus ojos castaños, su pelo del mismo color y ondulado, su sonrisa. Eso lo reconfortó.
En el vestíbulo se encontraban todos excepto Meiko, y su madre sonrió al verle.
-Hikaru, ¡Qué guapo!
-Estás ridículo con ese pelo. –Dijo Jiraiya, que no se había dejado peinar por su madre.
-¿Qué dices Jiraiya? Pero si está genial. –Dijo ella, ofendida. -¿Verdad que sí, Naruto?
Naruto lo miró como si estuviese mirando un objeto. Seguía enfadado con Hikaru. A su madre, sin embargo, el enfado se le había pasado enseguida.
-Está listo y eso es lo que importa. Como no baje Meiko llegaremos tarde y no nos dejarán entrar. –Dijo Naruto.
Y nada más decir eso, apareció Meiko en lo alto de la escalera, un su pelo oscuro totalmente liso, sus ojos gélidos repasados por una línea negra, su cuerpo rodeado por un vestido de palabra de honor, de color rojo intenso. Estaba radiante.
-¡Guau!-Dijo Hikaru. -¿Quién eres tú y qué has hecho con mi hermana?
Ella sonrió, halagada, pues tras el cumplido de Hikaru vinieron otros de sus padres. Sin embargo, Jiraiya estaba callado, algo inusual en él.
-¿Qué pasa, Jiraiya? ¿Te pasa algo? –Le preguntó Meiko, una vez ya estaba en el vestíbulo.
Jiraiya miró sin ningún disimulo a los pechos de Meiko:
-Parecen pelotas de fútbol.
Hikaru se echó a reír y Meiko se ruborizó avergonzada, mientras Hinata se tapaba la cara con el dorso de la mano y Naruto se aproximaba a su hijo y empezaba a explicarle que esas cosas no se podían decir. Hinata fue entonces consciente de que debían salir de la casa.
Salieron entre risas y carcajadas. En un momento de lucidez, Hinata les dijo:
-Cómo cambian las generaciones. Cuando nosotros teníamos vuestra edad ya habíamos terminado hace tiempo el estudio de la Academia.
-¿Sí? –Preguntó Meiko con curiosidad. -¿Y con qué edad terminabais?
-A los trece.
-¿En serio? Pero si a esa edad eres un moco… -Dijo Meiko.
-Sólo tenemos dos años más, Meiko. –Dijo Hikaru, escéptico.
-Las Academias en todo el continente han tenido muchas mejoras. –Explicó Naruto. –Entre otras cosas, se considera que con trece años se es demasiado joven como para ser ninja. Así que en esos dos años os ayudan a desarrollar vuestra capacidad especial o vuestro punto más fuerte y os explican los desastres que supuso la Gran Guerra, y que es mejor ponerse de acuerdo a pelearse.
-Pues tú no sigues muy bien esa filosofía. –Dijo Hikaru.
-Lo sé. –Había un tono de derrota en su voz que aturdió a su primogénito.
Hinata y Meiko se miraron y Hikaru comenzó a pensar en la posibilidad de que su padre sólo intentaba hacer lo mejor para ellos, y que no actuaba por egoísmo. Un sentimiento de culpa empezó a invadirle e intentó despojarse de esa sensación.
-Hemos llegado. –Dijo Jiraiya observando el gimnasio de la Academia. Ante la puerta había un hombre que, al mirarles, les dejó pasar directamente. Una vez dentro, la música y el calor les envolvió, y al mirar al escenario vieron a un chico pinchando música. Entonces, la música paró y un hombre apareció en el escenario, era uno de los profesores, Konohamaru-sensei, que cogía el micrófono y decía, sonriendo:
-Chicos, como ya sabréis, me han ascendido y he dejado de ser profesor de la Academia. De hecho, yo soy el maestro del equipo 6 –Unos gritos de los que serían de ese equipo resonaron en el gimnasio. –Del que me siento muy orgulloso.
-Konohamaru nunca cambia. –Dijo Naruto sonriente.
-Sin más dilación, ¡que dé comienzo la fiesta!- dijo Konohamaru.
Volvió la música y los padres se congregaron en torno a Hinata y Naruto, dándoles a sus tres hijos una oportunidad para liberarse y andar a sus anchas. En cuanto Hikaru se alejó un poco, lo abordó Akemi, que como era costumbre en él, sonreía:
-No sabes el plan que he hecho para que esta fiesta no sea un muermo…
-¿Algo que tiene que ver con Ryo y una escena humillante? –Preguntó Hikaru, ansioso.
- No, no es eso. Es aún mejor. –Dijo Akemi, emocionado. –He conseguido mezclar sake con el ponche. Y la mayor parte de nuestros padres ya están un poco contentos…
Hikaru rió, pero se cortó su risa cuando vio a Sayu acercándose a ellos.
-¿Te he dicho ya que ese vestido te sienta genial? –Le dijo Akemi.
-Sí, pero oírlo dos veces me da más seguridad. –Dijo ella, sonriente. –Hikaru, te sienta muy bien ese peinado.
Hikaru dio gracias en silencio a su madre y se las dio en voz alta a Sayu.
-Bueno chicos, me voy un momento a tomar el aire. –Dijo ella.
-¡Espera, Sayu-chan! –Dijo Hikaru sin poderse contener por más tiempo. -¿Querrías bailar conmigo?
Sayu lo miró, ciertamente sorprendida y asintió, cogiéndole de la mano. Hikaru no se podía creer que fuera tan afortunado. Akemi también miró sorprendido a Hikaru, pero en seguida se recompuso y cuando Sayu estaba vuelta de espaldas, Akemi, vocalizando pero sin generar ningún sonido, le dijo: "ya es tuya"
Por otro lado, Meiko no lo estaba pasando tan bien, pues empezaba a estar incómoda en el lugar donde se encontraba, al lado de Hayate y Otani, que al parecer, eran mejores amigos y eran igual de raros. Meiko miraba a su alrededor en busca de Raiko, a quién consideraba una compañía más agradable.
-¿Buscas a Raiko-kun, no es así, Meiko-san? –Le preguntó Hayate.
Meiko, sospechosamente nerviosa, le dijo:
-No, claro que no.
-¿Vienes conmigo a tomar un poco de ponche, Meiko-san? Puede que allí te sea más fácil encontrarlo. –Hayate miró a Otani. –Otani, lo siento pero debo irme.
-No pasa nada. –Dijo Otani.
Una vez comenzaron a caminar en dirección al lugar de las bebidas, Hayate pareció cambiar de opinión y se fueron a la terraza, que estaba completamente desierta.
-¿Qué ocurre, Hayate-kun? –Le preguntó Meiko, ligeramente agitada.
-Sé lo tuyo con Raiko-kun. –Dijo ante el asombro de ella. –Y te voy a decir que ese chico no te conviene. ¡Además, es tu primo!
-¿Pero a ti qué más te da? ¿Y como sabes…? ¡¿Nos espiaste? –Acabó ella, furiosa.
-Sí os espié el día de la comida. Estaba preocupado, simplemente eso.
-¿Ah, sí? Pues métete en tus asuntos, Hayate-kun. -Dijo ella cortante, en un amago de irse de allí, pero Hayate le cortó el paso y le agarró de la muñeca.
-Resulta que tú eres un asunto mío, Meiko. –Dijo él, y tras esto, Meiko levantó, sorprendida, la mirada y se encontró con los ojos chispeantes de Hayate, firmes como una roca.
-Hayate-kun, déjame. Ya soy mayorcita y ya tengo consentimiento de lo que hago.
Él dejó de oprimir la mano de Meiko y puso sus manos sobre la barandilla, mientras miraba las estrellas, reflexionando sobre lo que acababa de ocurrir. Meiko se alejó de allí, confusa con sus propios sentimientos.
Naruto saludó cortéstemente a Gaara y a su mujer Matsuri.
-¿Así que vuestro hijo también ha aprobado? –Preguntó Naruto.
-Así es, -intervino Matsuri. – Otani ha heredado el genio de su padre.
-Eso no lo dudo, Matsuri-san. Espero que haga tantas grandes cosas como su padre.
-¡Naruto! –Dijo Neji, acercándose, aunque sus pasos no eran firmes y se balanceaba ligeramente. –Tienes que probar el ponche, está, hip, riquísimo.
-¡Uy rico, dice! ¡Si parece sake, y del bueno! –Añadió Tenten, que tenía la misma expresión que Neji.
-¿Cómo? –preguntó Shikamaru. -¿Sake en el ponche? Temari, habrá que tomar un poco, ¿No?
Temari lo miró y le dijo:
-Si vas a beber que no te vea Sayu. No me gustaría que cogiese esa imagen de ti, bastante tiene con ver que su padre ve en todo "algo problemático".
-¿Eso quieres decir que tú no vas a beber?
Temari se vio interrumpida por Naruto, que decía alarmado:
-¡Entonces debemos evitar que Lee-san beba!
Sayu y Hikaru se hallaban en la pista bailando. Lo cierto es que, Hikaru, lejos de estar disfrutando, estaba nervioso, muy nervioso, pues tener a Sayu tan cerca lo volvía loco. Tenía unas ganas acuciantes de besarle, pero temía la reacción de Sayu. Recordaba con cierto temor que a Sayu él le resultaba indiferente. Pero también recordaba las reprimendas de sus amigos Akemi y Raiko de no tener el suficiente valor como para declararse. ¡Cierto! Eso era lo que le faltaba a Hikaru: tener agallas. Así que, Hikaru, henchido de valentía, se aproximó al rostro de Sayu y la besó bruscamente en los labios. De pronto, una mano rasgó el aire y le cruzó la cara a Hikaru.
Ante él, con estupefacción, estaba Sayu enfadada y todavía con la mano con la que le había abofeteado en lo alto. Los que estaban a su alrededor se giraron y contemplaron la escena boquiabiertos, no sólo eso, los padres, sus amigos, todos sabían lo que había pasado. Hikaru sintió como su cara se tornaba granate y como ella se largaba de aquel lugar, yéndose fuera del gimnasio.
Hikaru no tardó en seguirla, y saliendo fuera, ella notó su presencia y le dijo:
-¡Déjame en paz, Hikaru!
-Sayu-chan, pérdoname. Yo… he sido un idiota. –Hikaru, tomó aire. –No volveré a hacer nunca nada parecido, si eso es lo que deseas.
-Sí, eso es lo que deseo. –Dijo ella, cruzándose de brazos. –Porque estoy saliendo con otro chico. Ya llevamos dos meses y lo hemos mantenido en secreto, pero ya deberíamos hacerlo oficial, para que no sucedan cosas como estas.
-¿Qué? ¿Dos meses? –Hikaru sintió como cualquier esperanza de intentar tener algo con Sayu se desvanecía. -¿Quién es él?
-Imuno Ryo.
¿Ryo? ¿¡Ryo! ¿Cómo podía ser? No, no. Hikaru sintió como la cabeza le daba vueltas, como le costaba respirar. Su peor enemigo y la chica que le gustaba desde preescolar, juntos. Notaba como le pitaban los oídos, como su corazón se olvidaba de latir.
-¡Sayu-chan! –Dijo una voz masculina.
-Ryo-kun, ya le he explicado lo nuestro a Hikaru-kun. -Dijo ella.
-Sí, precisamente ahora lo iba a poner en su sitio, pero creo que ya lo has hecho tú en la pista de baile. –Sonrió Ryo.
Hikaru palideció notablemente, todavía no podía creérselo. Necesitaba desesperadamente irse lejos de allí, estar solo. En su vida se había sentido tan atormentado, tan confuso, tan estupefacto.
-Me tengo que ir. –Dijo Hikaru, y tras esto comenzó caminar lejos de allí, con las lágrimas empañándole los ojos y sintiéndose más desdichado que nunca.
