Per me.


Loco por ella.

Capítulo X.


¡Tanta mala suerte! ¡Tanta, tanta mala suerte! ¿Qué mierda había hecho para merecer tanta bazofia podrida?

Pensó en tomar el frasquito con la sustancia color verde moco que George aún le ofrecía, estaba desesperado y quizá eso sí le ayudaría, quizá, quizá. Estiró el brazo y, cuando sus dedos aprisionaron la pequeña botella, Ginny dio una palmada sobre su mano, que hizo que soltara la creación de los gemelos. La botellita se quebró apenas tocó la tierra, y al momento un desagradable olor, como al de la comida cuando ya está mohosa y fermentada, se expandió alrededor de los cuatro jóvenes.

- ¡Por Dios! – Ginny se tapó la nariz con una de sus manos, el resto no tardo en hacer lo mismo. - ¿Qué cochinada es esa? ¡Dios! E ibas a ponerte eso en la cara – miró a Harry con los ojos entrecerrados. Éste se alzó de hombros y miró a los gemelos agacharse y observar de cerca, sin quitarse la mano de sus narices, lo que había ocasionado el líquido verde moco al suelo debajo de él.

- ¡Le has salvado, Ginny! Esto está cuajando a la tierra y mira… - Fred señaló el orificio que poco a poco se abría.

- Como si fuese ¿ácido? – habló George. – Bien. Creo que debemos hacer algunos cambios a la fórmula, Fred.

- Totalmente, George – ambos pelirrojos se levantaron. Harry notó que el olor nauseabundo se esfumaba. Se quitó la mano de la nariz y, deseando fervientemente que la tierra lo tragase, notó como los ojos de ambos chicos se posaban en él. – Y, ¿tú eres?

- Oh, él es Harry, Harry Potter. Harry, Fred y George – Ginny no tardó en presentarlos.

- Harry Potter…

- El amigo de Hermione – acotó Ginny.

- Por supuesto. Un placer, Harry – Fred le tendió la mano, al igual que George. – También estudiaste en Hogwarts, ¿cierto?

- Así es – no le extrañaba que no se acordasen de él. En realidad, nunca fue popular; muchos chicos de su generación debían, seguramente, ignorar su existencia.

- Bien. Lamentamos haberte ofrecido algo que, probablemente, te desfiguraría.

- Te dije lo desordenados que son estos dos – Ginny se paró junto a sus hermanos.

- Y brillantes, debes acotarlo, hermana. La locura y la brillantez siempre van de la mano – George le pasó un brazo por los hombros. - ¿Qué hacen aquí? ¿No entrenarías para tu audición de mañana?

- Estábamos en eso, Harry me ayudaba jugando un uno contra uno, pero pensé que sería una mejor práctica si fuésemos tres contra tres, ¿se animan?

- No es mala idea darte unas lecciones que te servirán.

- Seguro – Ginny blanqueó los ojos, y formó una sonrisa, que iba solo para Harry. Él se perdió ahí, en ese gesto, olvidándose por unos momentos de los gemelos, e incluso de los barros que aún estaban en su piel. – ¿Están Bill y Ron en casa?

- Llegaron hace una hora, hoy es el día en el cual mamá prepara estofado de cordero, ¿lo olvidaste?

- ¡Cierto! ¿Querrán jugar antes de la comida?

- Seguro que sí, vamos – Los tres hermanos se encaminaron hacia la casa. Harry se quedó quieto, tímido. No estaba seguro de poder seguir más de allí en adelante. La vacilación y su inseguridad habían regresado, y le hacían sentirse como un tarado; además, no recordaba el bendito hechizo que había hecho Hermione para disminuir los barros de la cara.

A Ginny no le importaron los barros, amigo.

Ginevra Weasley debió darse cuenta de sus barros desde hacía rato, pues no había aplicado el hechizo desde que Hermione lo había hecho en la mañana, hacia más de cinco horas. Los barros debieron adquirir su tamaño verdadero estando en Godric's Hollow, pero Ginny no lo mencionó, no dijo nada, simplemente ignoró ese detalle y continuaron su ¿cita? Como si nada.

No le importaron los barros.

- ¡Harry! – la chica lo llamó desde la verja que separaba el campo de la casa. Él le hizo una seña con la mano y fue hacia ella.

No se detendría por algo como el acné, no esa vez. Esos bultos en su piel ya le habían apañado muchas cosas en la adolescencia. - ¿Te sientes bien? – le preguntó, apenas la tuvo al frente. No sabía si lo preguntaba por la sensiblería que tuvo estando en el parque, o porque su piel ahora estaba roja y con bultos hinchados. Igual, asintió con la cabeza. – Eso es lo malo del Spinnicust, debes estar pendiente de aplicártelo a cada momentodijo la chica, viéndole la cara.

- ¿Ah? – le miró, levemente sorprendido. - ¿Cómo sabes…?

- La forma en la que se hicieron visibles. No quería decirte nada para no incomodarte, pero los gemelos son tan… da igual. Es tonto avergonzarse por algo como el acné, ¿no crees?

Era tonto, tonto y superficial.

- Tengo una poción bastante útil para estas cosas que conseguí estando en Escocia, es fabulosa. Te daré un poco si… - sus ojos se entrecerraron con picardía, y Harry sintió un jaloncito cándido en la base de su vientre. – si logras vencerme en el juego de Quiddicth.

- Es…

- ¿Aceptas o no?

Harry la observó, elevando una de sus cejas. Se había dicho ya que no permitiría que los barros le arruinaran el día. Los había aceptado en los pasados cinco minutos y, si a Ginny no les molestaba en lo absoluto, a él muchísimo menos.

- De acuerdo – dijo con una sonrisa. - Pero, si tú ganas…

- Lo más seguro…

- ¿Qué puedo darte yo?

Cualquier cosa que ella quisiese.

- Un descuento en la tienda de escobas, ¿te parece?

- Me parece – sonrió. Tendió la mano hacia la pelirroja y ésta se la estrechó con fuerza, sin dejar de sonreír también. Su palma apreciaba el calor de su nívea piel.

- Bien – cruzaron el jardín. – Bienvenido a la Madriguera – habló Ginny, entrando delante.

Era un lugar curioso, pequeño y con varias plantas. Había por todo lados un delicioso aroma que procedía de la cocina, ubicada a un lado de las escaleras que daban al segundo piso.

Un sofá descansaba frente a la chimenea; ahí pudo ver como Ronald Weasley y otro hombre pelirrojo, seguramente Bill, jugaban una partida de ajedrez. Los gemelos bajaban del segundo piso con un par de escobas cada uno.

- ¿Y bien? ¿Jugamos? – George le arrojó a Ronald una Barredora 11, y a Bill una Flecha de Plata.

- ¡Andando! Nunca está de más un buen partido de Quiddicth antes de la comida. – Bill Weasley se levantó raudamente del sofá.

- Y menos cuando tu hermano te está despedazando en el ajedrez – le siguió Ron, sonriendo altaneramente. – Harry, ¿qué tal?

- No nos conocemos.

- Después siguen las presentaciones – interrumpió Ginny a Bill, conforme se ajustaba su cola de caballo y con fuerza sujetaba su Moscarda bajo el brazo. Harry notó como sus ojos brillaban con emoción, como si estuviese a punto de experimentar un instante épico. Aquel hecho le confirmó lo importante que era el Quiddicth para Ginevra Weasley. Era buena jugadora, tenía que suponerlo.

¡No podía ser tan perfecta! Lo tenía todo.

- Mañana es el gran día, ¿no, pequeña? – Bill miró a su hermana.

- Y debo arrasar, ¿no crees?

- Lo harás.

- Vamos a jugar.

Lo notó apenas salieron al terreno y los vio volar desde su escoba; sería un juego rudo, y lo perdería si no dejaba de comerse con la vista a Ginevra, estupefacto, ido, idiotizado; y es que su cabello se había soltado de la coleta y ahora volaba tras ella, radiante, vivo y flameante, formando ondas encantadoras; le daba la imagen de un hada del bosque. Sus ojos se perdían en la retaguardia de la chica y, cuando la tenía lo suficientemente cerca, apreciaba con detalles las expresiones que tomaban sus finos rasgos cuando observaba la jugada de sus hermanos, el sonrosado color que tenía en las mejillas hacía que sus pecas se acentuaran y…

- ¡Cuidado!

Vio sus ojos abrirse exageradamente, observándolo a él y… ¡Joder!

La había cagado nuevamente.


Nota/a: ¡Muchas gracias por leer! La tardanza es algo que está; sepan disculpar, pues el fic continúa.

Un abrazo enorme, gente linda! Nos leeremos en la próxima!

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