Kagome le resulto insufrible ser desvestida a la fuerza una vez más, ser incapaz de impedir esa invasión de su intimidad, de su propio ser. Se resistió retorciéndose. La sangre le latía fuertemente en las sienes y el terror renovaba sus fuerzas. Sesshomaru se soltaba una y otra vez de las manos de Kagome y no parecía notar los arañazos ni los golpes que ella daba al azar. La cabellera de Kagome se agitaba en torno a ellos como una cortina reluciente, arremolinándose como un pesado manto de seda.

Con una exclamación de impacientemente, Sessh tiro del blusón hacia arriba, aprisionando los brazos de Kagome entre los sofocantes pliegues. La atrajo luego con fuerza hacia sí, le desabrocho el vestido y se agacho para cargarla al hombro. Se acercó a la cama y, con un pie en el peldaño, la arrojo sobre el alto colchón. Después se echó a su lado y le acabo de quitar el blusón sin piedad, con indiferencia, por la cabeza. Lo tiro lejos pero retuvo el fajín, que había quedado enganchado en las presillas laterales. Kagome respiraba agitadamente. Sesshomaru le bajo el vestido y la ropa interior de un tirón, liberando los brazos de las apretadas mangas. Antes de que Kagome pudiera golpearle de nuevo, Sessh termino hundiendo los dedos sobre sus muñecas y, sosteniéndolas con una mano, las ato con el fajín de seda. Hizo un nudo y luego la obligo a colocar los brazos por encima de la cabeza.

Paralizada por la sorpresa, Kagome se quedó quieta, tenía los ojos muy abiertos cuando miro al príncipe. Sus senos subían y bajaban apretados contra los galones del uniforme, puesto que Sesshomaru se hallaba encima de ella, impidiéndole moverse. El rostro del príncipe era impenetrable, las cinceladas líneas de su boca permanecían firmes mientras le daba vueltas con aire pensativo a la pluma de ganso que tenía aun en la mano. Kagome miro la pluma y luego a Sessh, y los músculos de su estómago se contrajeron.

-La espera, dicen, es la etapa más difícil de soportar de la tortura. ¿Tiene idea, mi dulce e inocente Kagome, de lo que pienso hacerle?

En el fondo de su mente se insinuaba certidumbre, pero Kagome la rechazo. Tampoco le dio al príncipe la satisfacción de responder. Guardo silencio, completamente inmóvil, reservando sus fuerzas para ocultar su temor.

-El placer es una sensación de los nervios. Si se alarga demasiado, se convierte en dolor. Los nervios afectados son muy superficiales, se apiñan en las aberturas de nuestro cuerpo, aquí, aquí…y aquí.

Suavemente, Sesshomaru recorrió la suave curva de los labios de Kagome con la pluma, una de sus orejas, un pezón y luego descendió por los tensos músculos de su abdomen hasta la parte más íntima de su cuerpo. El tono de Sessh era indiferente, exento de malicia. Era como si se hubiera preparado de antemano para la tarea, como si n deseara disfrutar y no sentir repugnancia.

Kagome se repuso con un gran esfuerzo de voluntad. La lucha física no le serviría de nada pero tal vez las palabras sí.

-Esta tarde se ha puesto furioso con Bankotsu por mucho menos. ¿Es que las amenazas y los tormentos son privilegios que se reserva para usted solo?

-Eso parece.

-Yo no he hecho nada. No puedo decirle nada.

-Si la creyera, haría que sonaran las trompetas y la dejaría en libertad. Pero como no la creo, me obliga a escoger el vulgar procedimiento de los tiranos para descubrir la verdad. Cada uno de sus relucientes cabellos sería una joya preciosa y protegida y su modestia seria investida de inmaculada sanidad si hablara.

El sonido melodioso de su voz al pronunciar aquellas palabras extrañas frases era una droga que embotaba los sentidos, haciendo que el significado de las palabras penetrara lentamente, destilado y punzante.

-¡Aunque pudiera decirle algo, no tiene derecho a hacer esto!

-Ninguno excepto el que yo mismo me tomo.

-Y si se equivoca, ¿Cómo justificaría su…lo que está haciendo? Cometer este crimen para limpiar su nombre es una infamia.

-Quizá tenga razón, pero yo seré quien cargue con esa mancha en mi conciencia mientras usted me condena con toda justicia. Es decir, claro está, si estoy equivocado.

¿Qué replica podía darse a eso? Kagome contemplo con impotencia agonía los ojos entornados de Sesshomaru y la pluma que hacia girar entre los dedos. Sessh se incorporó ligeramente para apoyarse en un codo y recorrer los labios entreabiertos de Kagome con la punta de la pluma.

Las sensaciones eran exquisitas, atormentadora. Kagome apretó los puños, tirando de las ataduras que los sujetaban, y volvió la cabeza. La pluma se deslizo sobre su mejilla, acaricio un parpado tembloroso y se movió levemente por la línea del pelo hasta la oreja. Se detuvo ahí, mientras Kagome intentaba apartar la cabeza, y luego floto suavemente por la curva del cuello y de la clavícula hasta su seno.

Sesshomaru aplico su refinado instrumento de tortura con delicadeza hasta que Kagome noto que sus pezones se contraían y la invadía una peligrosa languidez. Inspiro con un suave sonido, apretando los dientes contra el labio inferior. Notaba la piel encendida por el calor de la ira, de la vergüenza y de un deseo creciente. La pluma flexible descendió por los temblorosos músculos de su vientre. Kagome intento apartarse, cerrar las piernas, pero él las mantuvo abiertas sin compasión con la fuerza de su rodilla entre ellas aprovechando esta situación, Sesshomaru paso la punta de la pluma a lo largo de la suave parte interna de los muslos, trazando círculos, acercándose cada vez más al vértice del triángulo que formaban. Se detuvo, demorándose mientras los nervios de Kagome se crispaban y la sangre latía en sus oídos. Y luego, levemente, casi como por casualidad, toco sus partes íntimas.

La sensación la traspaso, vibrante, haciendo que se le pusiera la carne de gallina. La realidad se iba desvaneciendo. Su cuerpo se convirtió en una masa de sensaciones. Aguado con los músculos tensos y una fascinación degradante el siguiente rose, y el siguiente.

Era un placer dulce y penetrante, un sufrimiento cautivador que creció hasta que Kagome dejo eludirlo. Apenas podía respirar y sus ojos se inundaron de lágrimas ardientes de desesperación que corrieron por sus mejillas, trazando arroyos salados hasta sus cabellos. Con arte consumado Sesshomaru le llevo una y otra vez hasta el borde da la agonía, de modo que Kagome podía percibir la forma que habría de tener y la huella que dejaría en su espíritu. En aquel cúmulo de sensaciones, sintió también algo inimaginable para ella momentos antes, una intimidad con el hombre que la mantenía cautica, un vínculo de violenta intimidad que jamás había experimentado. Este descubrimiento la aquieto, aunque no por ello disminuyo el placer doloroso que la tenía esclavizada.

Kagome abrió los ojos, alzando su húmeda mirada hacia el hombre que tenía encima, y susurro:

-¿Cómo puede hacer esto?

En las facciones del príncipe había una insólita expresión lúgubre y unas gotas de sudor brillaban sobre su labio superior. Se detuvo. Dejo escapar el aire con una carcajada sardónica y arrojo la pluma a un rincón.

-No puedo- confeso.

Con dedos rápidos, Sesshomaru se desabrocho la guerrera y la tiro a un lado, para despojarse de botas y pantalones. Luego se acercó más a Kagome, acunándola contra él, y luego la penetro con insistencia palpitante. Kagome quiso protestar, resistirse, pero un intenso éxtasis le corto la respiración. Sessh la penetro aún más profundamente, llenándola de un placer tan poderoso que la cabeza empezó a darle vueltas, borracha por la súbita gratificación de sus sentidos sobreexcitados. Kagome soltó un grito ahogado y arqueo el cuerpo, moviéndose al unísono con él. Alzo las manos atadas y las paso por encima de la cabeza de Sesshomaru para rodearle el cuello. Sus alientos se mezclaron, sus bocas se unieron. Un frenético delirio se apodero de ellos arrebatándolos en su vértice.

Fue una experiencia demoledora y salvaje, un placer terrible, insoportable, que borro sus diferencias con la fuerza despiadada de un rio desbordado, y se retiró en oleadas, dejándolos exhausto y estupefactos, unidos en su implacable antagonismo.

Sesshomaru se separó de ella inclinando la cabeza para liberarse de sus manos atadas. Las tomo entre sus dedos calientes y soltó el fajín anudado. Luego se tumbó y froto las muñecas durante un largo rato. Sus dedos se cerraron con más fuerza un instante, suspiro y, cruzando las manos de Kagome sobre su pecho, se dio la vuelta y bajo de la cama. Busco los pantalones y se los puso con movimientos bruscos; contemplo a Kagome mientras se los abrochaba con ojos ensombrecidos. Se inclinó para recoger la guerrera y las botas con una mano, se pasó la otra por los cabellos, se dirigió a la puerta y la abrió.

Se detuvo para mirar hacia atrás con una expresión de ira contenida. Soltó un juramento y abandono la habitación dando un portazo.

Kagome se tumbó boca abajo, moviéndose con las precauciones de quien después de haber recibido una paliza teme que vuelva el dolor. Apoyo la cabeza en los brazos y, sin preguntarse por qué lloraba, dejo que las lágrimas purificadoras fluyeran libremente.

Sesshomaru no volvió al dormitorio esa noche, y tampoco nadie molesto a Kagome cuando llego la mañana. Exhausta, ella durmió profundamente hasta que la despertó el sonido de un portazo distante.

Había dejado de llover. El aire cálido y húmedo de la bahía que le había provocado segura impregnando el ambiente. A través de la ventana vio el resplandor somnoliento y las sombras cortas del mediodía .Kagome no necesito del fuego de la chimenea se vestía. Ansiaba tomar un baño, pero no se atrevió a sacar la cabeza por la puerta y gritar para llamar a Jaken, como hacían los otros. Tampoco había bandeja alguna con el desayuno. Solo cuando se vistió y se aventuró a salir al pasillo, descubrió la bandeja con el café y la leche desnatada junto a su puerta.

Los hombres se habían ido. En la gran sala solo Naraku, repantigado en un rincón del sofá junto al fuego, que ardía a pesar de la agradable temperatura. Antes él había una mesa baja con una cafetera de café recién hecho y un plato lleno de croissants.

Naraku se levantó, moviéndose con cierta rigidez y dejando que el peso de su cuerpo recayera sobre el lado izquierdo. Tenía la cara llena de moretones azulados y perípteros, además de un ojo medio cerrado y un esparadrapo en la sien.

-Señorita Higurashi- dijo, inclinando la cabeza-, buenos días. Por fin empieza mi servicio. Pensaba que el día terminaría sin que la viera.

-¿Tanto tiempo hace que se han levantado?- inquirió Kagome, esforzándose por hablar con tono normal, y poso un momento la mirada sobre lo que, aparentemente, era el desayuno de Naraku.

- Sabia que usted no había desayunado, así que la he esperado- la tranquilizo el con una leve sonrisa cuando, al seguir la mirada de Kagome, comprendió su significado-. ¿Quiere desayunar conmigo?

Negarse hubiera sido una grosería. Además, estaba hambrienta, sensación que había acrecentado el aroma del café y las pastas. Por lo demás, la explicación de Naraku era totalmente verosímil, pues había dos tazas en la bandeja. Con un murmullo de gratitud, Kagome se sentó en el lugar que le indicaba Naraku, a su lado en el sofá.

Naraku se inclinó para coger el plato de croissants y parpadeo cuando se volvió para ofrecérselos a Kagome. Esta cogió uno rápidamente y miro de reojo a Naraku.

-Yo…lamento que mi intento de huida que causara problemas.

-Lo que yo lamento más- dijo él, encogiéndose levemente de hombros- es que fuera necesario para usted dejarnos de esa manera.

Naraku volvió a inclinarse para servir el café, pero Kagome se anticipó a él tocándose el brazo.

-¿Me permite?

-Se lo agradecería.- Naraku se recostó en el sofá y se quedó mirándola.

Kagome sirvió una taza de café y se la paso, luego se sirvió el suyo. Levanto la taza y sorbió el líquido humeante antes de aventurar.

-Tal vez me equivoque, pero creo, señor, que usted me dejo marchar.

Naraku la miro sobresaltado.

-Anoche, cuando la interrogaron, no dijo nada.

A Kagome le latía el corazón desacompasadamente. Bajo la vista. Naraku no podía saber lo que había ocurrido entre ella y Sesshomaru en el dormitorio. Se refería al interrogatorio durante el juicio.

-Creo que su castigo habría sido más severo si yo hubiera hablado. Aun así ya fue bastante malo.

-Entonces he de darle las gracias. Y también tendré que cambiar de opinión con respecto a usted. Supero usted el interrogatorio de Sesshomaru de manera extraordinaria. He visto a hombres reducidos a meras ruinas balbuceantes ante él, dispuesto a confesar cualquier cosa para eludir sus duras invectivas. Debe estar hecha de un material más fuerte del que yo había imaginado, o él es más débil de lo que pienso, pero esto último es imposible.

-Usted…todos ustedes lo tratan como si fuera un semidiós. ¿Por qué no habría de tener debilidades como los demás hombres?

-Por qué no, ciertamente. Pero jamás he visto una solo grieta en su armadura, a menos que cuente cierta despreocupación por su vida, o una tendencia a refugiarse de la perfección en la bebida. Es el futuro rey, ¿comprende? Y eso es lo que ha de ser, perfecto en todo, con la fuerza, el valor y la omnipotencia de un dios, es cierto.

-¿No es esperar demasiado de él?

-¿Cómo se puede dudar de ello, cuando Inuyasha encarno todas esas virtudes y más, y Sesshomaru sigue sus pasos?

-Habla usted como si estuviera…

-¿Amargado? Es transitorio. Aún no he superado el resentimiento por mi público castigo. Además, ¿porque no habría de reconocer los defectos de Inuyasha y de Sesshomaru? ¿Acaso no soy de su misma sangre?

Kagome alzo la cabeza sorprendida.

-¿Están ustedes emparentados?

-¿No se lo ha dicho a nadie? No tiene importancia, apenas merece que se mencione. Soy el hermanastro de Sesshomaru, con la barra siniestra en mi escudo, el hijo de una vulgar moza de taberna llevada a la corte y entregada en matrimonio a un noble de uno de los linajes más antiguos de Rutania, por el padre de Sesshomaru…y mío también.

-No, no me lo había dicho.- Como hijo ilegitimo, Naraku no tendría derecho al trono, y, sin embargo, tenía que recibir órdenes de Sesshomaru y aceptar sus reprimendas, aun siendo uno o dos años mayor que él.

-Espero que comprenderá ahora que tengo tanto derecho como cualquiera a juzgar a mi hermanastro. Cuando crecíamos en la corte. Inuyasha y Sesshomaru, Bankotsu y yo, siempre estuve más unido a Inu, seguramente porque nos parecíamos y éramos más o menos de la misma edad. Por el momento lo único que tengo que objetar es el modo que tiene Sesshomaru de conseguir información. Aunque admito que, dadas las circunstancias, sus…excesos me parecen comprensibles, al menos en parte.

-¿No me juzgara irracional si le digo que a mí no?

Naraku meneo la cabeza.

-Si le sirve de consuelo, creo que Sesshomaru empieza a lamentar lo que ha hecho. Comete muy pocas equivocaciones, pero cuando lo hace, lo paga duramente sometiéndose a su propia disciplina. Esta mañana estaba más borracho de lo que lo había visto jamás.

-¿Y por qué no me deja marchar sencillamente?- se forzó a inquirir Kagome.

-Quizá lo haga.

No valía la pena discutirlo. Hablaron de otras cosas, de la dirección que había tomado cada hombre en su búsqueda por los aledaños, siempre por separado, incluso, Jakotsu y Renkotsu. Kagome por decir algo, cometo la juventud de los gemelos.

-Pude que sean jóvenes, pero hace diez años o mas que están con Sesshomaru. Le pertenecen en cuerpo y espíritu, aunque cualquiera pensaría que es el quien les pertenece a ellos por el mimo con que lo cuidan.

-¿Le pertenecen? ¿Qué quiere usted decir?

-El padre de los gemelos se los entregó a Sesshomaru, porque este salvo al anciano y su granja del asalto de unos bandidos. Es una costumbre de Rutania. El campesino entrega a sus hijos más jóvenes a los príncipes en recompensa por un favor. Normalmente acaban siendo criados, pero Sesshomaru no lo permitió. Jakotsu y Renkotsu salieron grandemente beneficiados, pues, de lo contrario, se habrían pasado la vida cazando y criando faisanes en el campo.

-Renkotsu no parece el tipo de hombre que disfruta con acciones guerreras- comentó Kagome,

-Lo considera un precio justo por el privilegio de usar la biblioteca de Sesshomaru. Aun así, no lo subestime, ni a Jakotsu. Bajo su superficie late una gran ferocidad, como en todas las razas esclavas; eso y un fatalismo fuertemente arraigado. Mi opinión, que he adquirido tras una dura experiencia, es que los dos morirían por Sesshomaru, o matarían por él, si lo consideran necesario. Fue Renkotsu quien me hizo esto.- Se llevó la mano a la comisura de la boca donde tenía la cicatriz en forma de media luna.

Kagome frunció el entrecejo.

-¿Renkotsu?

-Oh, tenía sus razones, o al menos eso creía él. Nos encontró a Inu y a mí peleando con Sesshomaru. Inu había decidido que había llegado el momento de que su hermano probara lo que era la humildad, y me había pedido que le ayudara. No pensamos nunca en hacerle daño, claro está, pero Renkotsu no lo vio así. Decidió poner en el bastón de paseo una contera afilada, del tipo que se usa para ahuyentar a mendigos y perros. Tuve suerte de salir tan bien librado. Hace mucho tiempo que ocurrió, claro está, poco después de que le entregaran los gemelos a Sesshomaru.

-No sé por qué, pero…dudo de que Sesshomaru agradeciera la defensa-dijo Kagome.

-Acierta. Fue el quien mando a Renkotsu que se alejara, para gran pesar de Inu y mío. Pero esos actos son los que hacen de él un líder por el que todos estamos dispuestos a aceptar las más ridículas obligaciones, como batir el bosque en busca de su prima.

-¿O vigilarme a mí?

Naraku eludió en entrar en el juego con una sonrisa y sacudiendo la cabeza.

-¿Qué tal el brazo de Renkotsu? Supongo que la herida de anoche no fue grave, ya que ha salido hoy.

Naraku se puso serio.

-Fue un accidente lamentable. Hubiera dado una fortuna porque no se produjera. Me siento muy culpable. Sin embargo, solo fue una pequeña rotura que se curara pronto, y él no ha permitido que le impida cumplir con su deber, como corresponde a un miembro de la guardia.

-Tal vez no permanezca fuera tanto tiempo como los otros.

-Estoy convencido de que cumplirá con la tarea que le haya sido asignada. Aun así, puedo asegurarle que todos volverán antes de la puesta de sol.

-¿Por qué dice eso?- quiso saber Kagome.

-Esta mañana nos ha visitado el señor de la Chaise. Ese distinguido caballero ha preparado diversiones para nosotros esta noche, o debería decir más bien que las ha preparado para el mismo.

-¿Celebrara una velada?

-No, no será nada tan respetable. Ha ordenado que se prepare una comida suntuosa en sus cocinas y que las sirvan aquí sus propios criados; ha comprado excelentes vinos y licores y ha contratado los servicios de un grupo de músicos y bailarinas itinerantes que, según sus propias palabras, tocan la música más animada de toda la zona del Teche.

-Comprendo perfectamente que quiera estar presente. Así podrá vanagloriarse más de haber dado hospitalidad a la realeza. No me cabe duda de que animas las conversaciones en su mesa con una descripción de esta fiesta durante años.

-No creo que lo haga en compañía de las señoras.

-¿Cómo?

-Para añadirle el necesario sospecha a la fiesta, ha mandado traer a unas mujeres de Nueva Orleans.

Kagome sostuvo la mirada de los ojos rojos de Naraku durante unos instantes. Luego deposito su taza en la mesa.

-Comprendo. Que amable por parte del seños Mioga.

-Diríase que oficia de alcahueta, ¿verdad? Pero, por otro lado, como le decía, será él quien más disfrute de su propia hospitalidad. Es decir, si su señora esposa no se entera de lo que planea. Nos han advertido que no debemos decirle nada si nos la encontramos.

Kagome sonrió, pero no sin cierta tirantez.

-Puede que sufra una decepción. No se pueden mantener en secreto tan complicadas disposiciones, sobre todo si se ha de preparar una comida en las mismas narices de la esposa. Lo más seguro es que madame este ya al tanto de todos los detalles, si es que no se enteró el mismo día que su marido hizo los pedidos a los comerciantes.

-Pobre hombrecillo.

-Si- convino Kagome, aunque tenía la mente en otra parte. Permaneció en silencio durante un rato, luego respiro profundamente-. ¿Es usted…el único que ha quedado de guardia hoy?

-Aparte del indispensable Jaken, sí.

Kagome lo miro con aire durativo, mordiéndose el labio antes de decidirse.

-Si ayer usted me permitió abandonar la casa, ¿no podría hoy…tal vez..?

-Volver a hacer lo mismo?- Naraku negó con la cabeza-. Ojala pudiera.

-Lo…lo comprendo.

-Si cree que es por la paliza de ayer, se equivoca. Ahora es una cuestión de principios. Ayer, podía mirar hacia otro lado por compasión y podía tomarse un momento de despiste, algo que no se tolera en la guardia del príncipe Sesshomaru de Rutania, pero que no es una traición. Hoy es usted responsabilidad mía únicamente y el cariz del asunto ha cambiado por completo, que es exactamente lo que pretendía Sesshomaru al dejarme de guardia. Es condenadamente astuto.

-¿Se trata de una prueba entonces?

-En efecto.

-¿Siempre trata a sus hombre de esta manera?

Una sonrisa irónica se dibujó en la boca hinchada de Naraku, haciendo que la extraña cicatriz hundiera más en su mejilla.

-Somos amigos suyos. También somos miembros de una unidad de combate, un ejército pequeño pero mortífero que puede convertirse en cualquier momento en el corazón de una fuerza mayor, de inmenso valor para cualquier país que la necesite. Ha habido momentos, y volverá a hacerlos, en los que hemos tenido que depender de unos de los otros para sobrevivir. El fallo de un hombre en un peligro para todos.

-Una forma un tanto incomoda de vivir- señalo Kagome.

-Estoy de acuerdo. Pero eso los hombres que no son capaces de seguir el paso que impone Sesshomaru, de tener el grado de concentración de lealtad que el exige, se van. Nadie se siente atado, excepto quizás por la excitación, el sentimiento de estar intensamente vivo y de ser capaz de hacer cuanto se le pida.

-Usted lo admira- dijo Kagome sorprendida-, a pesar de lo que le hizo anoche.

-Es difícil no hacerlo- replico Naraku. Apuro su café y tendió la taza para que Kagome le sirviera otro. El hermetismo de sus facciones no invitaba a nuevos comentarios.

Naraku proporciono entretenimiento a Kagome durante el resto de día. Le mostró un aparador que contenía un pila de semanarios amarillentos y maltrechos, la mayoría de los cuales hablaba sobre todo de granjas y de caza; los pocos que tenían propósito literarios estaban menos estropeados. También había un pequeño ejemplar de "El perfecto pecador de caña" de Isaac Walton, que le ayudó a pasar las largas horas con los sensatos comentarios y observaciones filosóficas que salpicaban los consejos sobre la pesca.

Más tarde, cuando admitió su renuncia a dar órdenes al criado mongol, Naraku ordeno un baño para ella. En esta ocasión, Jaken llevo el agua al dormitorio, luego se dirigió a la pared opuesta a la chimenea, levanto el tapiz que colgaba allí y desapareció detrás del mismo. Volvió a surgir instantes después con la bañera de cobre, que prodecio a llenar. Cuando se marchó, Kagome aparto el tapiz en cuestión y descubrió una puerta que conducía a un pequeño vestidor cuya existencia no había imaginado. Contenía una butaca con una pata y el asiento rotos, que mostraba su relleno de crin, varios pares de botas muy gastadas en un rincón, amoldándose a aquel clima húmedo, y un catre con un colchón de espatas de maíz sobre una rejilla de cuerdas. Posiblemente se trataba del lugar donde, en otro tiempo, dormía un ayuda de cámara para hallarse cerca de los jóvenes amos de la familia de la Chaise. El ventanuco cubierto de polvo que había en lo alto arrojaba una luz tenue al interior poco acogedor del cuartucho.

Kagome volvió al dormitorio; se desato el fajín y se lo coloco alrededor de los cabellos mientras se acercaba a la bañera.

Se deleitó con el agua caliente, deslizándose hasta que le llego a la barbilla. Se atenuaron los extraños dolores de los músculos que le había dejado la dura prueba de la noche anterior.

Sus pensamientos derivaron hacia su tía. ¿Qué estaría penando? ¿Le preocupaba la prolongada ausencia de su sobrina? Tía Izazoy se había mostrado muy segura de que no habría el menor peligro para Kagome en cuanto a Sesshomaru descubriera quien era realmente. Estaba en un error, como debía de haber advertido ya si había reflexionado sobre el tema. Sesshomaru había comprendido de inmediato que Kagome sabia donde se ocultaba Kikyo. No podía culparle de que intentara usar ese convencimiento en su provecho.

¿Y Kikyo? ¿Sabría su prima que la había raptado? ¿Qué haría Kikyo?

¿Haría algo? No era probable. Entonces, ¿acabaría todo aquello? ¿Y cuándo? Si

aquel episodio concluía finalmente, ¿volvería a ser la misma alguna vez, o la

atormentarían los recuerdos para siempre?

No servía de nada que siguiera dándole vueltas. Por el momento, nada podía hacer.

En la chimenea, un pequeño fuego la protegía del frio que traía el atardecer. Su calor era agradable, relajante. Kagome recostó la cabeza en el alto borde de la bañera. Se froto los miembros con la espuma perfumada, libre su mente del recuerdo de Sesshomaru. No tenía deberes que cumplir ni decisiones que tomar. Se hallaba extrañamente en paz.

Tan relajada estaba que no oyó los caballos que llegaban por el sendero. No se dio cuenta de que Sesshomaru había regresado hasta que él abrió la puerta y entro en la habitación. Kagome se ergio en la bañera, pero al ver sus pechos, húmedos y relucientes, se levantaban por encima del nivel del agua, volvió a hundirse.

Sesshomaru se detuvo un momento antes de cerrar la puerta con un fuerte empujón y acercarse. Dada su impecable apariencia habitual, resultaba extraño verle despeinado. Una incipiente barba plateada brillaba en su rostro. Su uniforme estaba arrugado y no llevaba camisa debajo de la guerrera. El aire había enmarañado su cabello y tenía los ojos enrojecidos y con ojeras. En su porte, no obstante, no había diferencia laguna. Era tan controlado y vital como siempre.

-Justo lo que necesitaba- dijo, con un brillo de regocijo en los ojos-. Un baño.

-Tendrá que pedir que se lo preparen.- Kagome busco con la mirada la toalla que había dejado Jaken sobre una silla al alcance de su mano.

-Pero yo prefiero compartir el suyo.- Empezó a quitarse la guerrera.

-No hay sitio- protesto Kagome, siguiendo sus movimientos con un poco de temor.

Sesshomaru midió la bañera con la mirada.

-Es una pena. Al parecer tender que ayudarla para que acabe antes. '¿quiere que le frote la espalda?

-Puedo hacerlo yo sola- replico Kagome, pero él no le prestó atención y se agacho junto a la bañera. Luego hundió una mano en el agua y se puso a buscar la manopla con grandes aspavientos, pero sus manos se deslizaban por las suaves curvas de Kagome.

-¿Es esto lo que busca?- pregunto ella con tono glacial, alzando la manopla.

-¿Dónde la había escondido?- Sesshomaru se la arrebato y hundió la mano en el agua una vez más para deslizarla por su abdomen. Kagome cogió el jabón y, apoderándose de la muñeca de Sesshomaru, se lo puso violentamente en la palma de la mano.

-Ah, si- dijo Sesshomaru, encogiéndose de hombros con decepción burlona-. Siéntese, por favor, e inclínese hacia adelante.

-¿No ha vuelto muy temprano?- inquirió Kagome entre dientes, manteniéndose en su sitio.

-Un poco, pero le ruego que reprima su alegría. Resulta que hemos registrado ya todos los refugios posibles de esta zona. Por lo tanto, teníamos que alejarnos mucho o volver aquí para consultar con quien ha sido de tan…inestimable ayuda.

Sesshomaru se colocó detrás de Kagome. Antes de que esta pudiera adivinar sus intenciones, él la había rodeado con un fuerte brazo y la hacía doblerase por la cintura. Kagome resoplo, sorprendida, y Sesshomaru le acaricio el hombro como lo haría para sosegar a una yegua díscola.

-¿Qué está haciendo?

-Frotarle la espalda. ¡Estese quieta!- Sesshomaru enjabono la manopla y luego se deslizo por la espalda blanca, frotándola en círculos cerrados con firme presión, tal vez con demasiada fuerza.

-Espere…no.

-Deje de moverse- ordeno él, deslizando la mano libre por su cintura, acariciando la piel mojada hasta cerrar la mano sobre un seno. Cuando Kagome intento apartarla, Sesshomaru apretó con más fuerza.

Kagome respiro hondo.

-Si esto es una nueva forma de tortura para hacerme decir donde esta Kikyo…

Sesshomaru la soltó con tanta brusquedad que Kagome se deslizo hacia adelante y derramo parte del agua dela bañera. Él se irguió y la miro con las manos en las caderas.

-No lo era- dijo secamente-, aunque supongo que no puedo culparla por penarlo.

Kagome había hablado así por exasperación, y no porque creyera que fuera cierto. Sin embargo, no le daría al príncipe la satisfacción de saberlo. Se aclaró sin mirar a Sesshomaru y luego alargo la mano para coger la toalla. La desdoblo y la enrollo alrededor de su cuerpo; luego salió de la bañera con gracia pero algo cohibida. Aun si, su desnudez la torturaba menos que unos momentos antes. Las manos de Sesshomaru sobre su cuerpo, el modo en que se había acercado a ella, como si estuviera en su derecho, la habían convencido de que era inútil la modestia.

Sesshomaru la contemplo, desplazando su mirada sobre la suave simetría del cuerpo húmedo y que resplandecía bajo la luz anaranjada del fuego de la chimenea. Después se metió las manos en el cinturón y se dio la vuelta.

No fue muy lejos. Se apoyó en el pie de la cama y observo los movimientos de Kagome con atención desconcertantes, mientras ella se secaba. Los ojos del príncipe siguieron la mirada resignada que Kagome lanzo a su ajadísimo vestido. Lo tenia colgado sobre el respaldo de una silla, y los zapatos debajo, pulcramente alineados.

-Sigue preocupada por la escasez de su vestuario? Ya le dije como puede remediarlo.- ágil y rápido, Sesshomaru se acercó al armario. De las profundidades de un estante saco una prenda de hilo blanco tan fina y suave como la seda. La sacudió para desdoblarla y resulto ser, un camisón largo con mangas amplias, cuello ancho y plano y una corona bordada en oro sobre el pecho.

Cuando Sesshomaru le tendió la prenda, Kagome se aferró a la toalla que la envolvía.

-No podría aceptarlo.

-Le aseguro- dijo Sesshomaru muy despacio- que no lo use nunca. Jaken me los mete en el equipaje porque cree que estas cosas son indispensable en el guardarropa de un caballero. En el mío no tiene utilidad alguna.

Sesshomaru no aguardo a que ella aceptara el ofrecimiento, y se lo echo sobre un hombre. Luego le dio la espalda, recogió sus ropas, hizo con ellas un bulto y lo deposito fuera, junto a la puerta, para que Jaken lo recogiera.

Cuando volvió al interior de la habitación, Kagome seguía tal como la había dejado, pero echando chispas por los ojos.

-Tal vez a otros les gusten esas tácticas despóticas, pero no a mí. ¡Devuélvame mis ropas!

Sesshomaru no hizo ademan alguno de obedecer. Por el contrario, empezó a quitarse las botas con el sacabotas de cobre que había sobre la chimenea, y luego se despojó de los pantalones. Aposento su magnífica desnudez en la bañera con un suspiro. Cuando Kagome se volvió airadamente, dijo:

-¿Para qué? Sabe perfectamente que no las quiere. Y se alegra de que la obligue.

-¡Eso es ridículo!- los tersos pliegues de la prenda de hilo que tenía sobre el hombro olían maravillosamente a limpio y nuevo, pero no quería dejarse tentar, ni escuchar sus palabras melosas, llenas de insidia. Oía al príncipe echarse agua y enjabonar la manopla.

-¿Lo es? Quizá lo que le he buscado carezca de atractivo. ¿Qué quiere entonces? ¿Un vestido de Paris pensado para odalisca o cortesanas?

-¿Está sugiriendo que quiero competir con…?

-¿Las cortesanas? Con quién si no. Aunque quizás haya sido demasiado amable en darles ese tirulo a las mujeres que esperamos esta noche. Puede que su prima Kikyo pertenezca ahora a esa raza que tan buen guste tiene, pero me temo que las que nos traerán esta noche para nuestro deleite no serán tan quisquillosas.

-Ni sus méritos ni la cuestión de mi guardarropa me preocupan esta noche, porque no bajare.

-¿No?- el sonido que producía con vigoroso manera de enjabonarse ceso.

-No puedo creer que lo desee. Creo que sería algo arriesgado.

-Si espera ser reconocida- ironizo Sesshomaru-, es usted más o menos de lo que había descubierto hasta ahora.

Kagome enrojeció hasta la punta de los cabellos. El príncipe se refería a la falta de ardor en sus brazos hasta que él le había obligado abandonarse con sus caricias. La intromisión de Sesshomaru en su baño le había permitido olvidar lo que había pasado entre ellos la noche anterior. Ahora, con unas pocas palabras dichas a la ligera, él se lo había recordado para mofarse de ella.

-Kagome…-empezó a decir el príncipe.

Pero Kagome se había recordado y le interrumpió diciendo, con el mentón alzado:

-No espero ser reconocida, desde luego, pero esas mujeres me verán y, cuando vuelva a nueva Orleans, comentaran que hay una mujer aquí. La ciudad está a cierta distancia, pero no tan lejos si se piensa que muchas personas de St. Martinville tiene parientes allí, mujeres mayores y hombres curioso sin otra cosa que hacer que sentarse a escribirse unos a otros para contarse los chisme que oyen por ahí.

El chapoteo disminuyo.

-Pensaba que estamos de acuerdo en que no le importa que se arruinara su reputación. ¿A qué viene esta súbita inquietud?

¿Pretendía ahora borrar la mofa anterior? Kagome estaba asombrada. No obstante, si las palabras del príncipe no tenían un doble sentido, no tenían un doble sentido, no debería utilizar, un tono tan mordaz.

Haciendo caso omiso de la pregunta de Sesshomaru, Kagome proseguido.

-Tengo entendido que también el señor de la Chaise estará presente. Por liberal que sea en la comida y la bebida y…en otros placeres, no aceptaría mi presencia aquí sin una explicación, a pesar de lo que usted pueda pensar.

-Al parecer, el señor de la Chaise no va a honrarnos con su presencia. Nos hemos cruzado con un mensajero en una mula cuando regresábamos por el sendero. El señor nos envía sus excusas, pues ha de cenar con su esposa.- Kagome oyó a Sesshomaru salir de la bañera-. ¿Me presta su toalla?

Kagome sintió un fuerte impulso de no acceder a su torpe petición. Consiguió resistirse, pero se volvió para lazarle una mirada fulminante. Desplego el camisón para taparse, arranco la toalla y se la atrojo.

Sesshomaru le sostuvo la mirada mientras recogía la toalla y empezaba a secarse lentamente las gotas de agua de su torso bronceado.

-Son las mujeres las que no le gustan, ¿verdad? Preferiría no mezclarse con la gente vulgar.

Había acertado, a pesar de que ella misma no estaba segura de por qué le disgustaba la idea de bajar esa noche.

-¿Qué tiene eso de malo? Yo nunca he…es decir, no…

-No tiene experiencia en este tipo de reuniones de solteros y preferiría no tenerla.

-Si.- Kagome lo miro con aire desafiante, esperando que el príncipe tuviera un ataque de ira o se echara a reír.

-Dudo mucho- dijo Sesshomaru lentamente- que se mancillara toda esa inocencia rotunda e inquebrantable que posee, a pesar de este episodio al que entre nobles y caballeros se da el nombre de seducción.

-Por otro lado, que otra cosa haría yo sino aguar la fiesta.

El príncipe la observo detenidamente con sus brillantes ojos ámbar, el orgulloso ángulo de su mentón y la forme mirada de Kagome a pesar del rubor de sus mejillas por la referencia indirecta a la violenta posesión. Sesshomaru acepto el franco desdén de ella sin que se alteraran sus facciones. Asintió aprobatoriamente y alargo la mano para coger los pantalones.

-Muy bien. Quédese aquí, pues, muy por encima de los borrachos en celo. Le enviare una porción del festín. ¡El resto tendrá que imaginárselo usted misma!

Condenadamente astuto la había llamado Naraku. Era una caracterización acertada. Kagome tuvo que ponerse el camisón que le había ofrecido Sesshomaru, porque no podía permitir que Jaken entrara en la habitación con la cena y la viera envuelta en una toalla. Más tarde, porque era humana y curiosa, no pudo evitar preguntarse que estaría ocurriendo abajo, y también si Sesshomaru la había dejado sola por causa de las otras mujeres.

Nada de todo eso le importaba. Aun así, la irritaba ser tan predecible, mientras que ella no adivinaba siquiera lo que Sesshomaru haría, diría o pensara.

A medida que avanzaba la noche, llego el sonido de cristales rotos por encima del estrepito de voces masculinas y el fuerte rasgueo de violines en clara discordancia con un acordeón desafinado. Una risa de mujer vibro con fuerza hasta acabar en un grito ahogado. El olor a alcohol y perfume barato se elevaba hasta ella en una mezcla nauseabunda.

Kagome iba y venía por la habitación. Los bordes abiertos del camisón revoloteaban descubriendo sus esbeltas piernas desnudas hasta la rodilla. Los largos extremos flecos del fajín de seda azul que se había atado a la cintura bailoteaban a cada paso. Se había enrollado las mangas hasta los codos, donde formaban gruesos pliegues. El cuello del camisón, amplio incluso para el torso de un hombre, dejaba al descubierto el nacimiento de sus senos, y la corona bordaba caía justamente sobre uno de los pezones, visibles a través del fino tejido de hilo.

Kagome no había reparado en el aspecto que tenía con el camisón, ni en la reluciente cabellera azabache que caía hasta más allá de la cintura, ni en el suave rubor se sus mejillas o el brillos de sus ojos azules. Era el aspecto de las otras mujeres lo que la preocupaba.

¿Eran hermosas aquellas rameras que tanto cacareaban? ¿Eran más del gusto de Sesshomaru su atractivo chillón y su excesiva facilidad? Que se quedara con ellas. No le importaba lo mas mínimo si se acostaba con todas ellas, desde luego que no.

¿Eran rubias o morenas, jóvenes o viejas? Kagome esperaba que fueran viejas. A Sesshomaru le estaría bien empleado y, además, sería un freno para su lasciva.

Kagome se detuvo a escuchar. Las risas chillonas y vacías que llegaban mezcladas con ricas roncas no le parecieron de mujeres viejas. Parecían tontas, mujeres con la cabeza hueca, vanas y estúpidamente excitadas. ¿Cómo podía un hombre sentirse atraído por una mujer que profería semejante sonido? A Kagome no le cabía en la cabeza. Esperaba al menos que aquellas risas idiotas cesaran cuando se metieran e la cama.

¿Qué era tan divertido? Kagome permanecía inmóvil, escuchando con los labios apretados las carcajadas que llegaban hasta su habitación. Bruscamente se dirigió hacia la puerta.

Una vez en el pasillo se detuvo. No se veía a nadie. Más allí de la barandilla, el resplandor de la bien iluminada sala la atrajo hacia la escalera. Coloco la mano sobre los pasamanos y se inclinó para mirar hacia abajo, pero no vio casi nada. Los hombres parecían reunidos en torno a la mesa, aunque se movían el de rededor estuvieron descalzos fue suficiente para que Kagome hincara la rodilla. Aun así no consiguió ver la escena completa, por lo que se agacho y apretó la cabeza contra la barandilla de madera tallada.

Los hombres estaban jugando, repantigados en sus sillas con las cartas en la mano y un vaso de vino al lado. Habían bebido mucho, pues chillaban con los rostros enrojecidos y se habían quitado las guerreras. Naraku tenía los ojos medio cerrados y daba golpecitos en sus cartas con la uña del pulgar, Jakotsu se recostaba en la silla y charlaba con Renkotsu, que tenía apariencia de búho, encorvado sobre la mesa- Bankotsu estaba sonrojado, los cabellos negros le caían sobre la frente y le daban un aire disuelto. Kyokotsu contaba laboriosamente sus cartas, tocándolas una por una con un dedo calloso; tenía el parche negro torcido sobre el ojo.

Las mujeres se hallaban reunidas a un lado, detrás de un jugador. Kagome compendió que las usaban para apostar, procedimiento que se correspondía perfectamente con su carácter. Enlazaban los brazos en torno al hombre que las había ganado, le tocaban las manos y el cuello.

Sesshomaru aceptaba sus caricias con los ojos brillantes por el vino y la diversión, y también los sacrificios que parecían dispuesta a hacer con tal de permanecer junto a él cuando su suerte cambio. Las mujeres eran jóvenes y atractivas, la mayoría morenas, había una o dos rubias, y estaban medio desvestidas. Se iban quitando ropa y la arrojaban sobre la mesa como prendas. La visión de una liga con encajes, enrollada aun en su media reluciente de seda, fue saludada con gritos, sobre todo porque la mujer que la había depositado como prenda no llevaba ya nada más que una camisola escotada. La liga se unió a dos vestidos de estampados chillones y a varios pares de zapatos. Al poco tiempo, de seguir así las coas, las mujeres habrían de pasar desnudas a poder del hombre a quien la surte le fuera propia.

Kagome se hizo cargo de la situación, y dejo de interesarle. Fue Sesshomaru el que llamo su atención. El príncipe estaba a sus anchas, disfrutaba con el desconcierto de sus hombres y la ridícula necesidad de mantener a las mujeres a su laso. Kagome no le había visto nunca así, tranquilo, perdiendo el control que tan rígidamente se imponía, sin sombras de afectación. El relajado encanto de la sonrisa, que curvaba sus rasgo y hacia aparecer arrugas alrededor de los ojos, resultaba cautivador. Así debía de ser antes de que mataran a su hermano, se dijo Kagome, antes de que le acusaran de intentar apoderarse del trono de su padre. Aquel era el hombre que se había dedicado a jugar y a pelear por toda Europa, el hombre que había hecho alarde de su amante gitana, al tiempo que se ganaba el afecto de sus compatriotas, así como el de su escolta personal. Por el omento, Sesshomaru se había despojado de la carga que suponía una responsabilidad no deseada, para buscar el olvido en los pasatiempos de otras épocas, entre ellos, y no el menor, la bebida.

Mo estaba sobrio. Kagome tardo un rato en darse cuenta, e incluso entonces no tuvo más prueba de ello que una sensación en su propio estómago. Las manos del príncipe se mantenían firmes, su mirada era clara y su habla precisa cuando apostaba. Sin embargo, había cierta temeridad en él, una alegría irreflexiva que solo el vino podía causar. Su incipiente barba plateada brillaba y sus ojos estaban inyectados en sangre. Y, por si necesitaba más pruebas, estaba el hecho de que, a pesar de los movimientos de Kagome por encima de su cabeza, no levanto la vista ni una sola vez. Kagome agradecía esta circunstancia; para que a Sesshomaru se le pasara por alto una cosa semejante, debía de estar verdaderamente borracho.

Había una persona en la sala que no disfrutaba del juego. Era una muchacha que no aparentaba, más de diecisiete años. Permanecía a cierta distancia de las otras y miraba el suelo con insistencia. Cuando Bankotsu le dirigió un súbito comentario, ella le sonrió ansiosamente, como queriendo agradar, y luego volvió a bajar la vista.

Por el aspecto de la joven, Kagome la tomo por una acadiana. Tenía los cabellos negros y los ojos castaños y su figura era esbelta, y tenía manos y rostro delicados, y sus maneras eran dulces y nerviosas, aunque exentas de timidez. ¿Dónde estaba la familia de las pobres chica? ¿O es que estaba sola, como ella?

Atraída su atención por la chanza de Bankotsu, Sesshomaru miro a la acadiana. Le sonrió levemente y, haciendo caso omiso de las otras mujeres que se arremolinaban a su alrededor, la cogió por la muñeca y la atrajo hacia si para sentarla en su rodilla. La chica se sentó y le lanzo una mirada tensa y asustada. Sesshomaru cogió su vaso y echo un trago, luego se lo tendió a ella. La chica bebió sin vacilar, apoyando sus labios en el mismo sitio donde lo había hecho Sesshomaru. Kagome se levantó con cautela. Tenía calambres en las piernas, así que se dirigió a su habitación con extraña torpeza. Cerró la puerta procurando no hacer ruido.

Lamento no haber actualizado antes. La verdad he estado demasiada ocupa desde el momento de volver a clases, es muy difícil encontrar un tiempo cuando te toca trabajar y estudiar.

Espero que aún les guste esta adaptación, y como disculpa esta vez tendran capítulo doble. Espero lo disfruten.