10. Esconde las cicatrices
—Familia —anunció triunfalmente el señor Schue, tras garabatear aquella palabra en la pizarra y girarse hacia el club con una gran sonrisa—. ¿Qué significa para vosotros?
—Hogar.
—Unión.
—Cariño.
—Apoyo, amor…
—Seis letras escritas con rotulador azul.
—En realidad son siente, Brittany…
—Da igual. Me gusta porque me gusta el azul. Y porque me recuerda a las tortitas que hace mi madre.
—Vale chicos, ya está —interrumpió el profesor, haciendo un gesto con las manos y avanzando varios pasos hacia delante—. Para cada uno, familia significa algo totalmente diferente, y esta semana quiero que recordemos todos esos sentimientos que habéis mencionado. He notado que habéis estado un poco vulnerables, y creo que una buena solución sería cantar sobre ello.
—Los problemas no se van a arreglar con un número musical —rebatió escépticamente Santana—. Cada uno tiene que buscarse la vida, ¿no?
—Pero somos un equipo. Y tenemos que preocuparnos los unos por los otros.
—A mí me parece una buena idea —secundó Quinn, con una sonrisa y su mejor expresión de chica aplicada y atenta—. Es cierto que varios miembros del club han estado bastante decaídos; nuestra misión es hacer que se sientan lo mejor posible.
Automáticamente, todas las cabezas se giraron hacia una sola persona: Rachel. Que no pudo hacer otra cosa que mirar a su alrededor para descubrir, incómoda, que hasta ahí había llegado su intimidad.
—Chicos, en serio, estoy bien —insistió, sin dejarse amedrentar por la súbita atención—. Ya he dejado claro que agradezco totalmente vuestro apoyo, pero he superado la crisis de las primeras semanas y me encuentro mucho mejor. Además… no me sentiría cómoda siendo el objetivo de una tarea semanal.
Aunque todo aquello era cierto, Rachel no pudo evitar sentirse culpable al mentir a sus compañeros. Sí, la vida parecía sonreírle desde que Blaine la llamaba todos los días y Karofsky había dejado de lanzarle granizados. Y obviamente, también se sentía más cohibida ante las excesivas muestras de interés… pero eso no era todo cuanto le importaba en ese momento. La capitana del Glee Club tenía que admitir que se sentía confusa: ¿cómo iba a cantar sobre la familia si ni siquiera sabía cómo sentirse respecto a la suya? Es decir… sus padres se habían portado maravillosamente bien: no habían montado un drama, le habían ofrecido todo su apoyo y aprobaban el hecho de que Blaine fuese a hacerse cargo del bebé… pero Rachel aún sentía que un enorme abismo la separaba de su verdadero hogar. Como si algo —un pequeño circuito que conectaba el amor, el cariño y la unión con sus padres—se hubiese desintegrado dentro de ella. Ya ni siquiera era capaz de recordar cómo actuaba en casa antes de saber que otra personita crecía dentro de ella.
Había intentado bloquear todos aquellos pensamientos porque le hacían sentirse una hija horrible y desagradecida. No obstante, su mente era indomable, y Rachel no podía evitar que las ideas más dispares y absurdas cruzasen su cabeza.
—Quizá no sea una buena idea.
Lo dejó caer, como quien dice que quedan dos minutos para las dos en punto o comenta el buen día que hace. Y de repente se sintió como una extraña en un territorio hostil que parecía gritar a través de las miradas de desconcierto del señor Schuester y sus compañeros "¿así es como agradeces que nos preocupemos por ti?".
—Bueno… es una opinión, pero no creo que tengas derecho a elegir por el resto del grupo —argumentó coherentemente el profesor—. ¿Votos a favor para cantar sobre la familia?
En total, ocho manos se alzaron. Quitando a Santana, Puck y a ella misma, Rachel se sorprendió al ver que Finn tampoco había aprobado la propuesta. Encogiéndose de hombros, decidió no protestar y continuar con el ritmo normal del ensayo, que se le hizo —por primera vez desde que alcanzaba a recordar— insoportablemente eterno.
Y el hecho de que el quarterback se acercase a ella cuando, al finalizar, recogía sus cosas de la taquilla, no mejoró demasiado las cosas.
— ¿A qué ha venido eso?
— ¿El qué? —interrogó inocentemente la morena, haciéndose la despistada.
—Tú nunca rechazas una tarea así como así, y menos si implica cantar canciones dramáticas y sentimentales.
—Tú has hecho lo mismo…
—Eh, no te desvíes —estaba claro que el chico no pensaba rendirse—. El tema te venía como anillo al dedo.
—A lo mejor esta semana no tengo ganas de dar rienda suelta a toda mi emotividad.
Finn suspiró, posiblemente harto del número de escapismo de la joven.
—Rachel, ¿se puede saber qué te pasa? Estás demasiado irritable, apenas te mueves en los ensayos… me evitas…
Aprovechando que en ese momento estaba de espaldas al chico, Rachel cerró los ojos y trató de no llorar. Él no tenía ni idea. Una vez más, dejaba que su evidente inocencia le moviese, y eso hacía que la morena se sintiese aún más culpable por rehusar sus muestras de afecto.
—Finn, es complicado.
Lo era. Y aunque en ese momento necesitaba a alguien como él a su lado… Rachel no quería ser egoísta. No quería meterle de lleno en su mundo. Él y Quinn estaban destinados, ¿no? Ella no tenía derecho a arruinarle la vida a nadie.
—Entonces, ¿por qué pasas tanto tiempo con Puck?
Aquella pregunta hizo que el corazón de Rachel diese un vuelco. Sin mediar palabra, cerró la taquilla con un fuerte golpe y echó a andar hacia la salida. Necesitaba respirar aire puro. O probablemente, toda aquella ansiedad terminaría ahogándola.
Finn, por supuesto, la siguió cual perro guardián enfurecido.
— ¡Rachel, contesta!
—No sé a qué te refieres.
— ¡Claro que lo sabes! —con una brusquedad poco digna de él, Finn agarró el brazo de la morena y la hizo girarse hacia él— Os he visto esta mañana en el aparcamiento. Habéis hablado antes y después del ensayo. Llevo toda la semana escuchando rumores sobre vosotros, ¿te crees que soy imbécil?
—Me parece que no le debo explicaciones a nadie sobre mi vida privada, y menos a ti…
— ¡¿Cómo que no? —el muchacho había pasado de la impresión al verdadero enfado— ¡Tenemos un pasado, Rachel! ¡Una historia!
—Exacto, Finn. Pasado. Todo cuanto tuvimos quedó atrás. Tú ahora tienes… a Quinn —le costaba relacionar sus nombres en voz alta—, y yo tengo mi vida…
—Ya sé lo que pasa —interrumpí el chico—. Es Puck, ¿verdad? Él es el padre.
Rachel no puedo hacer otra cosa que soltar una carcajada incrédula.
— ¡Eso es absurdo! ¿No recuerdas su operación?
—Entonces, ¿por qué no me cuentas la verdad?
Rachel se dio cuenta de que durante todo aquel tiempo no habían apartado la mirada el uno del otro. De repente, los ojos del joven comenzaron a quemarle, y tuvo que centrarse en el apasionante suelo.
—Porque te haría daño. Nos haría daño a los dos.
—De acuerdo. No necesito escuchar nada más.
Soltándole el brazo con rudeza, esta vez fue Finn quien echó a andar hacia la salida, dejando plantada a Rachel. Haciendo que las viejas heridas de ese pasado que se empeñaba en olvidar volviesen a dolerle más que nunca. ¿Por qué se esforzaba en negar lo evidente? Finn era su hombre, el único al que realmente había querido. Y el destino, una vez más, se empeñaba en alejarlos de un modo cruel que ella no podía entender.
.
—No puedo creer que las Regionales estén tan cerca.
Entusiasmada, Mercedes le dio un bocado a su pedazo de tarta de chocolate, y acto seguido bebió un sorbo de café. Después de una agotadora sesión de compras en el centro comercial, le gustaba parar en cualquier cafetería medianamente decente para merendar algo… y desde luego, salir con Kurt era sinónimo de compras alocadas.
Aunque sorprendentemente, esta vez el chico no había adquirido absolutamente nada. Algo que contrastaba con lagran cantidad de bolsas que Mercedes había apilado bajo la mesa, junto a sus pies.
—Ya —asintió el muchacho de ojos azules, suspirando—. Parece que fue ayer cuando empezó el curso, ¿verdad?
La muchacha afroamericana arqueó una ceja con escepticismo. Su radar detecta–problemas era infalible, y comenzó a pitar como loco cuando Kurt se cruzó de brazos sobre la mesa y apoyó la cabeza sobre ellos, lanzando otro suspiro melancólico más. ¿El undécimo, quizás? Mercedes ya había perdido la cuenta.
— ¿Se puede saber qué te pasa?
Prefirió ser sincera. Sabía que con Kurt tenía que serlo, o de lo contrario el joven comenzaría a cambiar de tema y daría mil rodeos con tal de no llegar al meollo de la cuestión.
—Nada —negó el joven, reincorporándose y atusando su cabello por más costumbre que necesidad.
—Siempre respondes lo mismo, pero el caso es que llevas varias semanas comportándote como un autómata —normalmente solía dejarlo correr, pero si Mercedes insistía en aquella ocasión era porque de verdad estaba muy preocupada—. No tienes ganas de nada, apenas hablas… y de cantar, ni hablemos. ¿Cuándo fue la última vez que ensayaste con los Warblers?
—No hace tanto… —tras un silencio incómodo, Kurt se rindió ante la implacable mirada de su amiga—. La semana pasada. Hace nueve o diez días, más o menos.
— ¿Y lo soportas? ¿Precisamente tú?
—Tengo que hacerlo.
— ¿Por qué?
Fue entonces cundo Kurt pareció perder definitivamente el habla.
—Por… Blaine.
Las sospechas de Mercedes se hicieron realidad. Y a pesar de esperar esa respuesta por parte del joven, no pudo evitar sorprenderse. Aún tenía la esperanza de estar equivocada en sus conjeturas.
— ¿Qué ha pasado?
—Digamos que… no estábamos destinados a durar. O lo que fuese que estuviésemos haciendo cuando bebíamos café y tonteábamos en la biblioteca.
—No lo entiendo —Mercedes se negaba a admitir que las dos personas más estables que conocía hubiesen dejado de verse, sin más—. Hablamos de Blaine, ¿de verdad crees que evitarle es la solución?
—Temporalmente, sí.
— ¿Y saltarte los ensayos es la mejor manera de hacerlo? Ni siquiera creo que funcione, ¡coincidís en un montón de clases!
—Es más sencillo mantenerle alejado si estoy estudiando o haciendo ejercicios —se limitó a responder, encogiéndose de hombros.
—Pero… ¿él también lo hace? ¿También rehuye verte, hablarte…?
Quizá tantas preguntas pudiesen incomodar al muchacho, pero Mercedes no iba a rendirse con aquello. No, si la felicidad de su mejor amigo estaba en juego. Sería capaz de plantarse en Dalton y encerrarlos en la misma habitación si hablarlo fuese la solución más adecuada. Lucharía por ellos, haría cualquier cosa con tal de que Kurt pudiese sonreír de nuevo. Porque se lo merecía más que nadie en el mundo.
—Digamos que, simplemente, ignora la situación. Está más preocupado por otras cosas.
Mercedes arqueó una ceja. Ahora sí que se estaba perdida.
—No me digas que hay otro —ignorando por completo su merienda, la afroamericana acercó su cabeza un par de centímetros a la del muchacho, hablándole en confidencia—. ¿Tenemos un nuevo caso Jeremiah?
—Ojalá —suspirando (¿por duodécima vez?), el joven Hummel apoyó la barbilla sobre la palma de su mano—. Es… bastante peor.
—Cuéntamelo —rogó Mercedes, volviendo a su estado natural—. ¿A qué viene tanto misterio?
—No tiene nada que ver conmigo, por eso ando con pies de plomo. No puedo traicionar la confianza de cierta persona…
—Vamos, Kurt, que somos amigos —se sentía como una mala persona, manipuladora y cotilla, pero realmente necesitaba saber qué ocurría allí—. Te guardaré el secreto.
Aunque el muchacho se lo pensó durante un instante, terminó por rendirse ante la insistencia de su amiga.
—Promete que serás una tumba.
—Lo prometo. Suéltalo ya.
Kurt respiró hondo, y juntó ambas manos con una solemnidad que terminó por dejar a Mercedes más asustada de lo que ya estaba.
—Se trata de… Rachel.
— ¿Rachel y Blaine? Oh, Dios —la muchacha resopló de puro fastidio—. Dime que no sigue loca por él. ¿No le había dejado claro que era cien por cien gay?
—No… no se trata de un simple capricho, Mercedes. Va más allá.
No necesitó más de diez segundos para averiguarlo.
—No. Oh, Dios. Dime que no, Kurt…
—…
—Ay, madre… lo hicieron. Lo hicieron de verdad. ¿De verdad?
— ¿Comprendes ahora cómo me siento?
—Es el padre…
—Que sí, Mercedes, asimílalo de una vez y tengamos una conversación decente sobre cómo me siento.
La chica se mostró ofendida ante el comentario irritado de Kurt, que enseguida rectificó.
—Perdóname… pero todo esto realmente me afecta.
—Lo entiendo. Rachel te ha quitado el chico… otra vez.
Sonaba tan cruel como surrealista.
—Y ahora tan sólo necesito una buena idea para no renunciar a cantar ni al único lugar donde estoy libre de acosadores… y, al mismo tiempo, no volver a dirigirle la palabra al chico que amo.
Rachel & Mercedes POVs
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No time. Soy un desastre, lo sé. Perdonadme (una vez más) por ello. Prometo estar lúcida en un par de semanas, cuando se termine el estrés de curso que estoy teniendo.
thanks for reading :)
