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Summary: Filosofar en la Biblioteca esperando un desliz por parte del otro es una constante lucha por tomar el control. Y cuando parece que es ella la que está en sus redes, es él quien ha caído sin darse cuenta.


CAPÍTULO NUEVE—

Mentiras junto al Lago Negro

.

¿Qué has hecho?

¿Esto es lo que querías?

¿En qué te has convertido?

Tu alma está ahora abandonada

Estás caminando solo

Del cielo al infierno.

.

Ahora que conoces

Tu camino en esta locura

Tus poderes han crecido

Tus cadenas se han roto.

Has sufrido durante tanto tiempo

Pero nunca cambiarás.

.

Within Temptation – Demon's fate

...

Amelia no comprendía lo que había ocurrido aquel día en la Biblioteca, simplemente había olvidado que no confiaba en Riddle y se había sentido muy cómoda conversando con él. Durante los días posteriores a aquel extraño suceso, ambos habían vuelto a hablar. La tensión entre ellos había desaparecido y él no volvió a preguntarle sobre su incursión a su dormitorio. Aunque por supuesto, no bajaba la guardia en ningún instante, y era obvio que él tampoco lo hacía.

Pero Amelia sabía que el primer paso ya estaba dado y que de ahora en adelante todo iría más fácil. Estaba considerando seriamente que ganarse la confianza del chico podría ser algo sencillo si sabía mover los hilos adecuados con cuidado. Por eso, hacía todo lo posible por conversar con él, lejos de miradas indiscretas. Y eso convirtió a la Biblioteca en el lugar de reuniones por excelencia. A nadie le importaba la última mesa lindante con la Sección Prohibida, de modo que podían hablar de cualquier tema sin problemas y sin que nadie los oyera.

Amelia ganaba confianza en sí misma al ver que Tom se interesaba en sus conversaciones y no intentaba rehuir la presencia de la joven. Pero también era consciente de que ese interés suyo podía traducirse como una astuta táctica de ataque.

De hecho, podrían estar jugando a un peligroso juego, creyendo cada uno ser el que llevaba las riendas del asunto.

Pero Amelia debía admitir que sentarse con Tom y tener una conversación civilizada con él era una grata experiencia. No hablaban más que de los temas de los deberes y cosas relacionadas con las materias que más les interesaban, y por más que lo intentó, Amelia no logró sonsacar nada referente a las Artes Oscuras. Tenía curiosidad por saber lo que lo había llevado a convertirse en el temible mago que conocía, pero era inútil, pues él evitaba mencionar cualquier detalle demasiado personal. Aun así, hablar de teoría de la magia, pociones y hechizos antiguos, era muy satisfactorio.

—Imagino que has leído sobre el ataque de Grindelwald en El Profeta esta mañana —comentó Tom mientras dejaba la pluma a un lado. Habían estado trabajando en una traducción para la clase de Runas Antiguas.

—Sí —asintió Amelia, terminando su trabajo con la traducción de Mannaz —, lo he leído. Es terrible.

—"Por el bien mayor", dice él. ¿Tú qué opinas de eso? —preguntó él mirándola con interés.

—Creo que nada justifica una guerra como ésta. No puedes obligar a la gente a pensar de cierta manera y asesinarlos si no cooperan —dijo la joven recordando el auge de Lord Voldemort.

—¿Y qué me dices de los muggles? Ellos no son como nosotros. Nos han obligado a permanecer ocultos como ratas. Somos más poderosos que ellos.

Amelia no respondió. Se limitó a reclinarse en el respaldo de la silla y a escucharlo con atención.

—Además —continuó Tom—, ellos empezaron primero su guerra contra nosotros, persiguiendo, torturando y asesinando a los magos y brujas hace siglos.

—Lo sé. Sé cómo sucedió. Fue un episodio terrible de nuestra historia —comentó la joven sombríamente—. Las personas suelen tener miedo de lo desconocido. Todo lo que no comprenden merece ser erradicado —inhaló profundamente antes de seguir—. Sin embargo, esta guerra de Grindelwald me parece excesiva.

—¿Tú defiendes a los muggles? —preguntó él entrecerrando los ojos.

—No he dicho eso —se apresuró a contestar.

— Eres una sangrelimpia, no has convivido con ellos. Imagino que tienes los ideales correctos.

Amelia sintió una punzada de incomodidad. Tom creía que ella era sangrelimpia, cuando en realidad no lo era. Ella se enorgullecía de sus orígenes pero no por ello lo iba pregonando a los cuatro vientos, sobre todo en épocas oscuras como la apertura de la Cámara de los Secretos o durante la Segunda Guerra Mágica. Y en esta época tampoco era buena idea expresar la verdad. Decidió no decir nada al respecto.

—¿Y tú has convivido con ellos? —se atrevió a preguntar, a riesgo de ofender al chico.

—Desgraciadamente, sí. Y te aseguro que los conozco lo suficiente como para odiarlos —dijo él tajantemente.

Amelia elevó las cejas, sorprendida ante la repentina confesión.

—¿También odias a los magos de padres muggles? ¿Crees que no deberían estar entre nosotros, estudiando a nuestro lado?

—Así es.

Amelia se tensó, repentinamente nerviosa y sintiéndose atacada indirectamente. Sintió una extraña punzada en el pecho al darse cuenta de que Tom no la trataría de la misma forma si supiera realmente quién era ella. Se dijo que debería hacer todo lo posible por seguir fingiendo ser sangrelimpia.

No sabía por qué se sorprendía al escuchar las opiniones de Riddle, si ya las conocía. Imaginaba que oírlas de él mismo era algo diferente.

—Dices que has convivido con muggles —soltó Amelia de improviso—, ¿por qué?

Esta vez fue Tom quien se tensó.

—Es una larga historia —respondió empezando a guardar sus libros, sin mirarla.

—¿Podré oírla algún día? —le preguntó con interés. Tenía curiosidad por saber cómo había ido a parar a un orfanato, aunque se suponía que eso ella no lo sabía.

Tom no respondió en ese momento. Se levantó y la miró fijamente, estudiándola. Amelia se sintió intimidada.

—No lo creo.

Se despidió con un movimiento de la cabeza y abandonó la Biblioteca con rapidez, dejando a Amelia confundida.

-o-

Tras la última conversación en la Biblioteca, Amelia y Tom apenas habían vuelto a hablar. A ella le parecía que la rehuía. Se sentía un poco indignada, a decir verdad. Le había parecido que estaba a punto de ganarse su confianza, pero al parecer él no opinaba lo mismo.

Para las vacaciones de Navidad, Anna, quien ya estaba perfectamente bien y había abandonado la enfermería con una sonrisa radiante, la había invitado a su casa, en Londres. La oferta era realmente tentadora, pero Amelia se negó. Durante sus años en Hogwarts, en su época, había regresado a casa todas las Navidades. Ahora, sin embargo, no tenía a dónde volver e ir con Anna no le parecía una buena idea. Se sentiría fuera de lugar.

Por eso la mañana en que casi todos los estudiantes partieron, ella acompañó a Anna hasta los carruajes. Regresó lentamente por entre la nieve, por los límites del Bosque Prohibido, con una cálida sensación en el pecho. Jamás había estado en un castillo casi desierto, y la idea le parecía realmente agradable. Observó a lo lejos las torres nevadas con una sonrisa y se ajustó más la bufanda. Daría un paseo antes de volver.

Se acercó al lago congelado y se sentó cerca, sin dejar de observar el maravilloso ambiente que la rodeaba. Siempre le gustó el invierno y sintió una repentina tristeza al darse cuenta que sería su primera Navidad sola. Se preguntó entonces sobre los Johnson, en cómo estarían y en lo que pensaron al ver que ella se había fugado con el giratiempo y con un poco de oro. Sintió una punzada de culpabilidad al imaginar sus rostros surcados por la decepción, pero se consoló al decirse que lo estaba explicando todo en la nota que les había dejado.

Poco después empezó a nevar, pero Amelia no se movió. Pensó que no sería buena idea morir congelada, pero se estaba tan bien ahí, a pesar de que ya casi ni sentía su cuerpo y tenía la punta de la nariz helada. Levantó un poco su mano y dejó que algunos copos de nieve cayeran sobre ella. Se entretuvo un rato con la visión de su mano ondeando suavemente, girando la muñeca, simulando las alas de un ave. Entonces a su mente regresaron los recuerdos de años atrás, cuando, junto a su hermana, solía bailar bajo la nieve. Una sonrisa nostálgica apareció en sus labios y cerró los ojos, elevando el rostro hacia el cielo, esperando sentir los copos de nieve chocar suavemente contra su piel. La sensación de libertad que experimentaba en ese entonces volvió a ella y por primera vez en mucho tiempo, supo que las cosas irían bien.

Escuchó unos pasos acercándose y rápidamente abrió los ojos, volviendo a mirar al frente. Unos segundos después giró la cabeza para ver quién se acercaba y deseó no haberlo hecho. Sintió que su corazón de detenía de repente.

—Adams —saludó él, sorprendido—. Había olvidado que tú también ibas a quedarte aquí.

Amelia asintió.

—Creí que te habías ido, Riddle —comentó—. He visto a tus amigos marcharse en los carruajes.

Él se encogió de hombros.

—Me gusta quedarme —dijo simplemente.

Lo vio acercarse al árbol más cercano y apoyarse en el tronco, sin mirarla. Amelia volvió a observar el lago, esta vez con una extraña sensación en el estómago. Sintió sus mejillas arder y trató que el cabello las cubriera. No le gustaba que alguien la viera sonrojada. Menos aún él.

Estuvieron en silencio por un buen rato, sin moverse. Amelia se sentía ciertamente confusa, pues por lógica, debería sentirse incómoda, mas era todo lo contrario. Simplemente disfrutaba la compañía de Tom. Y eso le preocupaba.

—¿Tomarás las clases avanzadas de Defensa Contra las Artes Oscuras este trimestre? —le preguntó él de repente.

Ella volteó a verlo.

—Sí. ¿Y tú?

—También —asintió—. Me interesa bastante el tema.

—¿Te interesa la defensa, o las artes oscuras en sí? — se atrevió a preguntar Amelia tratando de sonar casual.

—Ambas —respondió él—, pero si te soy sincero, las artes oscuras son más fascinantes.

Amelia observó la mirada de complicidad que le dedicaba el chico y el corazón le dio un vuelco al pensar que por fin podría empezar a confiar en ella.

—Entonces debo suponer que has practicado las artes oscuras en alguna ocasión —afirmó en tono cómplice.

—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó Tom tranquilamente.

—Intuición.

Amelia estudió su rostro por un momento. Nada. La expresión del joven permanecía impasible. Al no obtener respuesta por su parte, la joven comenzó a ponerse nerviosa. Miró al lago, de nuevo, para evitar el contacto visual con él y fingió meditar.

—Dicen que no se debe jugar con la magia negra —comentó en voz baja. Se preguntó si él la había escuchado.

El silencio de Riddle acrecentaba su nerviosismo, por eso dejó de observar la nieve de los árboles lejanos para concentrarse en la expresión del joven. Esperó alguna reacción por su parte, pero él se limitó a observarla en silencio esperando a que continuara.

—Esa clase de magia es incontrolable —dijo, y luego volvió a mirar a lo lejos, a cualquier punto menos al chico—. Puede que al principio parezca interesante, pero en el momento menos pensado uno se convierte en su esclavo —manifestó Amelia sin atreverse aún a mirarlo fijamente a los ojos.

—Parece que tuvieras experiencia con las Artes Oscuras —comentó él alejándose del árbol y acercándose lentamente a ella, mirándola con perspicacia.

—He leído —se apresuró a contestar ella, decidiéndose por fin a mirarlo, intentando explicarse—. Y he visto cosas.

—¿Y qué cosas has visto? —preguntó. Sus calculadores ojos brillaban.

—Cosas muy malas —respondió tras un par de segundos de vacilación—. Las Artes Oscuras no llevan a nada bueno.

Al instante de decirlo se sintió demasiado moralista y se dijo que esa no era ella.

Riddle cambió de expresión. De repente, la miró como si tuviera una enorme necesidad de explicarle algo, de refutar lo que acababa de decir. Se sentó junto a ella y la miró fijamente.

—¿Qué es el bien y el mal? —inquirió. Amelia no respondió— Lo que nos dicta la sociedad hipócrita. Llaman mal a algo que le conviene a uno, pero que afecta en cierta medida a los que nos rodean. La gente dice que debemos preocuparnos por el resto, pero realmente nadie se preocupa por los demás.

—No todas las personas son iguales —replicó la joven—, hay a quienes en verdad les importa el resto.

—Puede que eso sea al principio. Pero en cuanto comienza la carrera por la supervivencia, todos se convierten en enemigos y van tras sus propios intereses —aseveró—. Pasarán por encima de quien sea para lograr lo que quieren.

—Describes un mundo cruel —Amelia inhaló el aire helado y miró al vacío. Sabía perfectamente que Tom tenía razón

—¿Acaso sigues creyendo en la bondad del mundo? —le preguntó él con desconcierto, pronunciando la palabra bondad con cierto desprecio— Pues te diré algo, Amelia. El mundo es cruel. Sé muy bien que nadie le alcanzará la mano a quien lo necesite aunque lo implore. En este mundo a nadie le importan los demás.

—¿Eso te incluye a ti? —preguntó ella con un repentino nudo en la garganta. Quizás era algo estúpido, pero estaba impresionada porque era la primera vez que él la llamaba por su nombre y él parecía totalmente absorto en su discurso como para darse cuenta de ese detalle.

Tom tardó un poco en responder.

—Si —dijo con certeza— Y harías bien en cuidar más de tus espaldas y no confiar tanto en los demás. Podría sorprenderte lo traicionera que puede ser la gente.

-o-

Durante la cena de aquella noche, Amelia se sentó sola en la mesa de Ravenclaw. El Gran Comedor se veía inusualmente vacío, pero lejos de molestarle, a ella le gustó. Los doce árboles navideños decoraban el lugar, y la nieve mágica que caía desde el techo encantado hacía aún más acogedora la escena.

Amelia se sirvió un poco de pastel de manzana sin dejar de pensar en Tom. Observó a su alrededor, a los pocos estudiantes que quedaban, antes de fijar su atención en él. Se sobresaltó al toparse con su mirada. Solo duró unos segundos, pues ella, repentinamente nerviosa, desvió la vista.

Al día siguiente, bajo un mutuo y silencioso acuerdo, Amelia y Tom volvieron a encontrarse a orillas del lago congelado mientras la nieve caía, conversando largamente.

Y una vez más, Amelia no era capaz de conciliar el sueño pensando, preocupada, en lo que estaba sucediendo. Al parecer todo iba bien, Riddle estaba a punto de confiar plenamente en ella, aunque a veces le parecía que eso jamás pasaría. Él era alguien totalmente bipolar, ya se lo había demostrado en más de una ocasión. Pero lo que más le preocupaba era el hecho de que de vez en cuando olvidaba lo que debía hacer y simplemente disfrutaba de la compañía del joven, sintiéndose atraída hacia él cada vez más, a pesar de saber quién era.

Esto era de locos. Inconscientemente estaba cargando con el destino del futuro pero cada vez que pensaba en matar a Tom Riddle, sentía una extraña y molesta opresión en el pecho. Pero al mismo momento se decía que si eso era compasión no tenía por qué dejarla salir. Él no merecía su compasión. Miles de personas sufrirían si no procedía como debía, miles de familias se destruirían —la suya entre ellas— si no mataba a la serpiente. Aunque debía confesar que desde un principio había actuado de manera egoísta, pensando solamente en salvarse a sí misma y a su familia. No había dedicado ni un minuto a pensar en el resto del mundo y ahora que lo hacía sentía que todo era demasiado para ella. Demasiado para soportarlo sola.

Quiso desesperadamente que alguien más ocupara su lugar.

No, no tenía sentido. Estaba siendo cobarde. Tampoco era tan difícil. Si actuaba según sus planes salvaría a su familia y al resto de víctimas. No había porqué dramatizar tanto.

-o-

Las vacaciones de Navidad habían terminado y todos los estudiantes regresaron, devolviendo al castillo su habitual bullicio. Amelia se había acostumbrado al silencio y ahora era un poco estresante escuchar tantas voces a su alrededor durante la cena y en la Sala Común.

Lo primero que había hecho Anna al regresar era correr a los brazos de Daniel, para luego saludar alegremente a Amelia. Era algo gracioso, en realidad, y a Amelia le habría desagradado tanta efusividad, pero consideraba a Anna una buena amiga y sentía que podía perdonarle todo.

Junto a las clases, la normalidad regresó. Durante el desayuno, Anna no dejaba de comentar sobre sus cortas vacaciones y sobre el regalo de Daniel. Por supuesto, ya se lo había contado la noche de su regreso, pero ahora era la versión extendida. Amelia nunca había presumido de paciencia, pero escuchar a Anna era divertido. Podía cansarle que repitiera tantas veces las mismas cosas, pero su tono alegre y en cierta medida desenfadado hacía que se lo pasara realmente bien al escucharla.

—El tiempo es algo tan efímero —dijo Anna con aire filosófico, cogiendo una tostada y untándole una buena cantidad de mermelada—. ¿No lo crees, Amelia?

Amelia asintió corroborando las palabras de su amiga mientras se llevaba a la boca una cucharada de avena. Desde que había regresado su amiga, Amelia había hecho todo lo posible por no mirar a la mesa de Slytherin. Se preguntaba la razón, aunque ésta era obvia. Simplemente no quería que Anna hiciera comentarios fuera de lugar si la veía mirando a Tom.

—Hemos hablado de mí todo este tiempo —suspiró Anna mirándola con cierta vergüenza—. ¿Cómo has pasado estos días? Te dije que deberías ir conmigo a casa. Seguramente aquí te has aburrido mortalmente.

—No, no —se apresuró a negar—. He estado bien.

—¿En serio? —se sorprendió. Amelia volvió a asentir, con convicción— ¿Y quién más se quedó en el castillo?

—Unos cuantos de otras casas, y de Ravenclaw de cursos menores. Yo era la única de séptimo en la Sala Común.

Anna asintió pero no dijo nada. Amelia siguió desayunando en silencio, dándose prisa para no llegar tarde a clase.

—Pero creo que no pasaste mucho tiempo en la Sala Común, ¿verdad? —le preguntó su amiga de repente.

Amelia frunció el ceño, sin entender. Se fijó en el brillo astuto de la mirada de Anna y lo entendió todo. Sin embargo, fingió.

—Bueno, he paseado mucho, si te refieres a eso. ¿Has visto lo hermoso que está el lago?

—¿Sola? —le preguntó con cierta ironía.

—Por supuesto. Me encanta pasear sola. Me ayuda a pensar.

Anna echó una rápida mirada a la mesa de Slytherin.

—Presiento que hay cosas que no me has contado aún.

—Si pasara algo interesante, seguro que te lo contaría —y dando por zanjada la cuestión, prosiguió con su desayuno.

Mientras se dirigían al aula de Encantamientos, Anna le habló sobre la excursión a Hogsmeade del día de San Valentín. Amelia no había visto el aviso en el tablón de anuncios, de modo que la noticia la tomó por sorpresa.

—Por supuesto, iré con Daniel —comentó su amiga colocándose un mechón de su cabello detrás de la oreja—.Pasaremos la tarde en el Salón de Té de Madame Puddifoot. Es un lugar realmente encantador. Deberías ir con alguien.

—Me niego rotundamente —se apresuró a decir Amelia, ignorando deliberadamente la insinuación de Anna. Además, recordaba a la perfección aquel dichoso Salón de Té desde su época; por suerte jamás había entrado, pero vio lo suficiente a través de sus ventanas para comprender el odioso aire que se respiraba— Es un sitio demasiado rosa para mi gusto.

—¿Acaso lo has visto? —preguntó Anna sorprendida.

—Claro que sí.

—¿Cuándo? —entrecerró los ojos ligeramente, con sospecha.

—Durante la anterior excursión a Hogsmeade —mintió Amelia—. Pasamos cerca, ¿no lo recuerdas?

—¿Pasamos cerca? —Anna pareció reflexionar, Amelia rogó porque su amiga dejara el tema de una buena vez— Creo que sí. La verdad es que no lo recuerdo —suspiró y se encogió de hombros—. Sea como sea, y vayas o no vayas al Salón de Té, espero que tengas una buena cita.

Amelia torció el gesto. Lo suyo no eran las citas. A decir verdad, le parecían una soberana tontería; y las pocas invitaciones que había recibido en años anteriores, fueron rechazadas sin pensarlo demasiado.

—Lo dudo —se limitó a decir con desagrado.

—¿Acaso no hay nada más aparte de tardes de deberes en la Biblioteca? —preguntó Anna con una sonrisa astuta.

—No sé de qué me hablas.

—Y ciertas miradas furtivas… —continuó haciendo caso omiso de su respuesta— Me sorprende que aún no hayas abierto los ojos.

—Por si no te has dado cuenta, no me he chocado contra las paredes —bromeó de mal humor— No ando con los ojos cerrados.

Anna rio con ganas.

—Por supuesto que no. Lo que pasa es que no eres capaz de reconocer en voz alta que el chico te gusta.

—¡A mí no me gusta nadie! —exclamó Amelia escandalizada, logrando que Anna riera más fuerte.

Anna calló al llegar a la clase de Encantamientos y no volvió a mencionar nada más sobre San Valentín durante el transcurso del día, algo que Amelia agradeció profundamente. A la hora de la cena Paul Wintergreen se sentó a su lado; se le veía bastante nervioso, pero era lógico que él intentaba controlarse.

—¿Cómo estás, Amelia? —preguntó mirándola fijamente.

La joven parpadeó confusa al verlo sentado a su lado. La última vez que habían hablado fue antes de las vacaciones y desde luego que él no estaba tan nervioso. Hablaron de un par de temas antes de que Amelia mirara inconscientemente a la mesa de Slytherin. Se topó con la mirada de Tom. Rápidamente desvió la vista y prestó atención a lo que Paul le decía.

—Hay una excursión a Hogsmeade este fin de semana, en San Valentín…

El sonido de un tenedor cayendo estruendosamente sobre el plato lo interrumpió, Anna se disculpó avergonzada y continuó comiendo en silencio. Amelia sabía que su amiga había estado escuchando la conversación y que, al igual que ella, ya se imaginaba lo que seguía.

—Bueno —dijo Paul con nerviosismo acrecentado—, yo me preguntaba si quisieras ir conmigo…

Amelia se tensó y de repente no supo qué hacer. Había aceptado ir con él a la Mascarada, pero una salida en San Valentín era otra cosa. Era como decir que él le gustaba, y eso no era cierto. Le agradaba y le parecía que era un buen chico, pero ella sabía que una cita era el inicio de algo más, y que luego todo sería más difícil. Además, ella no podía interferir en el futuro de los demás.

En verdad no le parecía una buena idea tener una cita. Siempre las había rechazado y aquella no sería la excepción. Decidió decir lo que siempre decía.

—Paul —comenzó Amelia, dudando—, en verdad te agradezco la invitación, pero… —pudo ver cómo la sonrisa esperanzada del chico se iba convirtiendo en una extraña mueca—prefiero ser sincera contigo ahora y… La verdad es que me gusta otra persona… —Amelia se detuvo, sintiéndose terriblemente incómoda. Se sintió muy mal ante la expresión de dolor en los ojos de Paul.

—Te gusta otra persona —repitió él tranquilamente, espirando de repente como si hubiese estado reteniendo el aire—. Eso cambia las cosas. En ese caso, me retiro.

Una parte de Amelia se arrepintió y quiso arreglar las cosas, pero se mordió la lengua. Paul se levantó y se despidió con una leve inclinación de cabeza.

—Vaya. Es todo un caballero —dijo Anna aprobatoriamente mirando a Paul, que en ese momento salía del Gran Comedor.

Amelia asintió preguntándose si había hecho lo correcto, sintiéndose un poco mal.

—¿Por qué no aceptaste? —preguntó Anna de repente— ¡Ah, sí! Te gusta otra persona —dijo la última frase con ironía— ¿No que no te gustaba nadie?

Amelia rodó los ojos ante el sarcasmo de su amiga y prefirió terminar de cenar en silencio.

-o-

El día de San Valentín, una emoción parecida a la previa al Baile de Halloween bullía por el colegio. Amelia, a quien tanto alboroto le había ocasionado un dolor de cabeza, trató de abandonar la habitación lo más rápido posible. Sus compañeras corrían tratando de encontrar el mejor atuendo para sus citas.

Terminaba de ajustarse la capa cuando Joanna Bell decidió hablarle.

—He oído que no tendrás una cita ¿es cierto, Amelia? —Joanna la miró a través del espejo con una sonrisa burlona.

—Sí —respondió lacónicamente, mirándola de manera desafiante.

—Vaya, vaya. Quién lo diría —comentó con ironía.

—¿De qué hablas? —preguntó Amelia de mala gana, no le gustaba para nada la manera en la que Joanna le estaba hablando.

—He estado esperando por cinco años a que Paul me invitara a salir, y mira lo que sucede, ¡invita a la aparecida! —exclamó con rencor volteándose a mirar a la joven, con las manos en la cintura— Tuve que soportarlo en la Mascarada, pero San Valentín es diferente. Esta vez no hay nada de qué preocuparse, ayer me invitó a mí —manifestó con orgullo quitándose la última pinza que sujetaba sus ondas. Se miró al espejo una vez más y salió de la habitación con la nariz hacia arriba.

Sus dos amigas, que la estaban esperando desde hacía cinco minutos, la siguieron, dejando la puerta abierta; Anna se acercó y la cerró de golpe.

—¡Qué pedante! —exclamó con disgusto— ¿Quién se cree?

Amelia resopló, malhumorada. No le molestaba el hecho de que Paul hubiese invitado a Joanna, sino el que ella se lo restregara en la cara de esa forma. Sin embargo, le parecía extraño que ella tuviese una cita con Paul, con lo diferentes que eran.

Anna terminó de arreglarse y juntas bajaron hasta el Vestíbulo, donde Amelia tuvo el suficiente tacto de desaparecer rápidamente cuando Daniel vio a su amiga.

Sin pensarlo demasiado, Amelia se encaminó hacia el lago, bordeando el Bosque Prohibido. Decidió ir a su lugar favorito, aquel donde pasó las tardes hablando con Tom durante las vacaciones de Navidad. Aminoró la marcha cuando vio, perpleja, que alguien ya estaba ahí.

Riddle se dio la vuelta al escuchar sus pasos, repentinamente alerta, pero sus rasgos se suavizaron cuando vio que se trataba de Amelia. Aquello le pareció muy raro a la joven, pero simplemente sonrió de medio lado y se acercó a él.

—Adams —saludó él inclinando la cabeza.

—Riddle.

—Creí que estarías en Hogsmeade —comentó él volviendo a girar en dirección al lago en cuanto ella se detuvo a su lado.

—No me apetecía ir hoy —respondió simplemente, mirando también al lago.

—Confieso que el pueblo me agrada, pero el ambiente de este día me parece francamente insoportable.

Amelia soltó una carcajada ante el comentario tan sincero del chico, él la miró con interrogación, pero ella se encogió de hombros.

—Pensamos igual respecto a ello. Mi amiga me insistía en que vaya a Madame Puddifoot, pero sé que no sería capaz de aguantar tanta dulzura.

Tom se echó a reír brevemente junto a Amelia. Éste era otro de los momentos surreales que compartía con el joven. En verdad le gustaba su risa sincera y su lado amable, pero lamentaba que durara tan poco y que la mayoría de las veces su amabilidad fuera un simple medio para lograr un fin. Aun así, disfrutó bastante de aquel momento.

Unos segundos después el silencio los envolvió, permaneciendo por varios minutos que, al menos para Amelia, no fueron incómodos. La joven se sentó cerca del agua y Tom la siguió, sentándose a su lado.

—Adams —comenzó él con tranquilidad—, ha pasado mucho tiempo desde que mencionamos lo que sucedió en Londres, y creo que es hora de que hablemos sobre ello con sinceridad.

A Amelia el corazón le dio un vuelco. No esperaba eso en aquel preciso instante. Supuso que tomarla desprevenida era otra de las tácticas para obtener información que utilizaba Tom.

—Por favor, Riddle —comenzó de manera tranquila—. Ya hemos hablado sobre ello. No ha pasado nada.

—No hace falta que sigas mintiéndome, Adams. Sé muy bien cuando las personas me mienten —la miró fijamente—. He sido paciente contigo, demasiado paciente, esperando que confesaras por tu propia voluntad. Te he dado una oportunidad que no se la daría a muchos. Pero el tiempo pasa y mi paciencia no es eterna.

Instintivamente, Amelia movió los ojos apresuradamente mirando a su alrededor, arrepintiéndose al instante al dejar en evidencia su temor. Riddle lo notó y sonrió de medio lado, con malicia.

—No hay nadie cerca, y lo sabes.

Ella le devolvió la mirada, desafiante. Había pensado sobre las posibles historias que podría contarle si se presentaba la oportunidad, pero todas le parecían de lo más inverosímiles y no se atrevía a mencionar una de ellas en voz alta. Pero, siendo sinceros, cualquier historia parecía ser más real que la auténtica historia. Amelia imaginaba la expresión de Tom si le decía que llegaba del futuro para hacer justicia. Quizás, lo más probable era que la creyera una loca. Debería contarle algo que le mantuviera a ella a salvo, y a él satisfecho. Podía sentir el peligro, la furia que se escondía en la impasibilidad del chico. No podía esperar salir viva de esto sin decir algo que aplacara su curiosidad. Una palabra fuera de lugar, algo que demostrara sus verdaderas intenciones… y Riddle no tendría compasión.

—De acuerdo, Tom —asintió—. Te lo diré.

Tom abrió los ojos por la sorpresa, pero un segundo después volvió a su acostumbrada inmutabilidad.

—Pero antes, necesito que me respondas a una pregunta.

—No estás en una situación que te permita poner condiciones —dijo duramente.

—Solo una respuesta por tu parte y te diré todo —Tom no volvió a protestar—. ¿Eres en verdad el Heredero de Slytherin?

Tom la miró, alerta, pero luego entrecerró los ojos y la miró como si quisiera matarla.

—¿A qué viene esa pregunta?

—¿Lo eres? —insistió, a pesar de notar el peligro.

El joven no respondió, solo la miraba con hostilidad, seguramente pensando en la mejor manera de deshacerse de ella.

—Sí, lo soy —dijo al fin, con cierta precaución. Amelia pudo ver que su mano se dirigía cuidadosamente al bolsillo en busca de su varita.

—¿Cómo sé que no mientes? —fingía determinación, tratando de no ceder ante el pánico al ver que él pensaba matarla tras su confesión.

Riddle extendió lentamente la mano que no sujetaba su varita oculta en el bolsillo. Amelia primero no comprendió el gesto, pero luego su atención se centró en el anillo que exhibía; de oro, con una piedra negra y con un símbolo grabado en ella.

—Este anillo perteneció un día a Cadmus Peverell, y llegó hasta Marvolo Gaunt, mi abuelo. Ahora me pertenece a mí. Como debes saber, los Gaunt somos descendientes de Slytherin.

Amelia extendió la mano para tocar el anillo, fascinada, pero Tom retiró su mano de prisa, como si le incomodara el posible contacto.

—Eso no prueba nada —soltó ella, un poco molesta—. Pudiste coger ese anillo de cualquier lugar y fingir ser quien no eres.

—Allá tú si no lo crees —replicó. A Amelia le pareció que estaba a punto de sacar la varita—. Tú me hiciste una pregunta y ya te la he contestado. Ahora creo que…

—Sí, es mi turno de cumplir con el trato —se apresuró en decir—. No te dije nada antes porque no sabía si en verdad eras de fiar —ante la mirada confundida del chico ella continuó—. Cuando te dije que no… apoyaba ni me agradaban las artes oscuras… te estaba mintiendo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó suspicaz.

—Intentaba sacar el tema a menudo, ¿recuerdas? —esperó a que Tom asintiera— Esperaba que me dijeras algo, pues yo no me decidía a contarte… —Amelia cogió aire mientras ganaba unos segundos para recordar una de las historia que había creado para sí misma y hacer todo lo posible por fingir e incluso creerse ella misma que lo que decía era cierto — Todo lo que dije al llegar aquí es cierto. Lo de que fui educada en casa y que cuidaba de mi madre. La parte que no conté a nadie era que mi padre pertenecía a los seguidores de Grindelwald y que lo asesinaron los aurores.

Amelia hizo una pausa ante su inmensa mentira, pero ahora que había empezado no podía parar. Sentía que su suerte ya estaba echada. Tom volvió a mirarla con sorpresa pero no dijo nada, esperando a que continuara.

—Como imaginarás, crecí en un ambiente que desprecia a los sangresucia, de modo que los ideales de mis padres son mis ideales —Amelia no era capaz de seguir mirando a Tom a los ojos pero hizo su más grande esfuerzo en no desviar la mirada—. Y mi desprecio aumentó aún más con lo que le sucedió a mi padre. Mi madre enfermó de los nervios después de aquello. Ahora que los perdí a ambos no me queda nada más que el deseo de vengarme —aquello último era sin duda una gran verdad—. Quiero terminar con la impureza del mundo mágico. Así mis padres no habrán muerto en vano.

Amelia volvió a callar por unos segundos mientras respiraba profundamente, tratando de no descuidar ni un detalle de la historia que estaba creando para su vida, luchando por parecer sincera. Pero el silencio de Tom no hacía más que ponerla nerviosa. No sabía si le estaba creyendo o si solo esperaba el momento oportuno para decirle que su historia no tenía sentido.

Tenía la inconfundible sensación de estar diciendo una sarta de estupideces.

—Es por eso que cuando escuché a Malfoy decirle a su padre que eras el Heredero de Slytherin, en el Callejón Diagon, te vi como mi salvación, por decirlo de alguna manera —prosiguió con una calma que no sentía—. Aun así, quise saber si era verdad y por eso te seguí, en busca de algo que me demostrara que lo eras realmente. Conozco la misión del Heredero, sé sobre la Cámara de los Secretos. Pensé que sería una buena forma de comenzar la limpieza. Y de ser esos tus planes, te ofrecería mi ayuda incondicional.

—¿Por qué no me dijiste nada antes? —preguntó él mirándola fijamente— ¿Por qué huiste del orfanato? Podríamos habernos ahorrado todos esos disgustos posteriores.

Amelia parpadeó rápidamente, atónita. ¿Tom se había creído su historia, o la seguía probando? Estaba serio y no había rastro de burla o desprecio en su mirada. Sin embargo, no parecía del todo satisfecho. Rápidamente se recompuso y lo miró.

—Tenía miedo —confesó—. Ya te dije, no sabía si eras de fiar. Sabes que uno no puede andar por ahí diciendo estas cosas. Además —agregó, esperando conseguir mejores resultados—, debía tener cuidado, Dumbledore no confía en mí. No ha dejado de vigilarme desde que llegué.

Riddle no dijo nada, se limitó a mirarla de manera calculadora como si estuviera sopesando sus palabras. Un trueno retumbó a lo lejos. Amelia prefirió mirar al lago para no tener que ver a Tom.

—Empezará la tormenta pronto, deberíamos volver al castillo —dijo ella empezando a levantarse, pero la mano de Tom se cerró repentinamente alrededor de su muñeca, obligándola a quedarse donde estaba.

Amelia miró con cierta indignación la mano de Tom aprisionando su muñeca y con una mirada que decía claramente que la soltara lo miró a los ojos.

—Disculpa, Amelia—dijo él soltándola—. Es solo que aún no puedes irte. No hemos terminado de hablar.

Ella no volvió a moverse esperando a que él le dijera algo sobre su descabellada historia. Con el corazón en la mano rogaba porque le hubiese creído. Comenzó a clavarse las uñas en las palmas de las manos en un intento desesperado por mantenerse bajo control y no demostrar su ansiedad, pero con ese gesto hacía todo lo contrario.

—¿Quieres vengarte? —dijo Tom de repente, girando completamente hacia ella. Amelia lo miró, curiosa— Yo te daré la posibilidad de hacerlo. ¿Quieres seguir tus ideales? Te daré el poder.

Amelia abrió la boca por la sorpresa. Miró el extraño destello rojizo en los ojos del chico y sintió temor. Un segundo después el brillo había desaparecido. Estaba metiéndose en la boca del lobo y ahora no había salida. Observó la mano que Tom le tendía, esperando que ella la estrechara, como si estuvieran cerrando un trato. Un maquiavélico pacto. Al tiempo que Amelia juntaba su mano con la del chico, fingiendo determinación, un segundo trueno rugió mucho más cerca y las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer sobre ellos.