Marinette se quitó la chaqueta y la dejó con cuidado sobre la balaustrada. Después avanzó unos pasos hasta situarse ante Cat Noir y le dirigió una sonrisa interrogante.

–Y ahora, ¿qué?

El chico le devolvió la sonrisa. Le tomó la mano y se la colocó sobre su propio hombro; después la sujetó con delicadeza por la cintura. Marinette frunció el ceño, porque aquel gesto le había resultado extrañamente familiar; pero Cat Noir habló entonces, atrayendo de nuevo toda su atención.

–Vamos a bailar un vals.

–¿Un... vals? –repitió ella, alarmada–. Pero...

–Uno de los más hermosos valses vieneses jamás compuestos, si me permites la apreciación.

–Pero...

–Parece lo más apropiado, teniendo en cuenta el lugar, las circunstancias... y la compañía –añadió con suavidad, y Marinette se quedó sin palabras un momento.

Recobró el habla, sin embargo, cuando Cat Noir empezó a tararear una melodía y a moverse por la terraza, arrastrándola con él. Marinette lanzó una exclamación de sorpresa.

–¡Pero yo no sé bailar esto!

–No te preocupes –sonrió Cat Noir–, yo te guiaré. Solo tienes que seguir mis pasos.

Marinette respiró hondo y se esforzó; pero trataba de prestar atención a los pies de su compañero, a sus propios pies... y al hecho de que la voz de él sonaba increíblemente dulce mientras cantaba.

Probablemente fue esto último lo que le hizo perder la concentración del todo. Tropezó con sus propios pies, resbaló y se precipitó al suelo con un grito.

Cat Noir la recogió antes de que cayera.

–Cuidado –murmuró.

Ella se sintió muy avergonzada.

–Lo siento, es la primera vez que hago algo así.

–No pasa nada. Ven, vamos a empezar desde el principio. Y esta vez lo haremos bien.

La levantó sin esfuerzo y la depositó sobre la balaustrada. Marinette se quedó allí sentada, sorprendida, y lo observó mientras él desprendía el bastón de su espalda.

–¿Qué estás haciendo?

Pero Cat Noir estaba concentrado buscando algo en la pantalla del dispositivo y no la escuchó. Por fin asintió, satisfecho, y colocó el bastón vertical sobre la balaustrada. Se separó unos pasos de Marinette y aguardó un momento frente a ella, con la espalda recta y una sonrisa en los labios.

–¿Qué...? –empezó Marinette.

Y entonces el bastón de Cat Noir empezó a emitir los primeros compases de la melodía que había estado tarareando, y ella lo comprendió de pronto.

–¿Tienes esa música en la lista de reproducción de tu bastón? –se sorprendió.

–Por supuesto –respondió él, avanzando hasta ella–. ¿No he mencionado ya que es mi vals favorito?

–Pero...

Cat Noir se inclinó galantemente ante ella y le ofreció la mano. Marinette sonrió y le tendió la suya, aceptando la invitación. Él tiró suavemente de ella para ponerla en pie, y después la condujo de la mano hasta el centro de la terraza. Luego se detuvo ante ella y, nuevamente, le dedicó una profunda reverencia. Marinette se sujetó la falda del vestido con la punta de los dedos y se inclinó a su vez. Cat Noir sonrió; sus ojos irradiaban calidez y alegría, y ella supo que había acertado con el gesto.

El chico dio un paso al frente, quedando justo frente a ella. Marinette colocó una mano sobre su hombro, y él situó la suya en la espalda de ella. Cuando ambos entrelazaron sus manos libres, Marinette volvió a mirarlo a los ojos, y él le sonrió con tanto cariño que ella tuvo que reprimir un suspiro.

Justo cuando los compases de apertura daban paso a un ritmo más animado, Cat Noir inició el vals. Marinette encontró que en esta ocasión era mucho más sencillo seguir sus pasos. La música los envolvía a ambos, y los pies de Marinette prácticamente se movían solos.

Bailaron y bailaron, girando por toda la terraza el uno en brazos del otro. La danza era suave y dulce, pero animada, y Marinette se descubrió a sí misma tarareando la música también, sonriendo y relajada por fin, mientras disfrutaba del baile. Cat Noir sonrió.

–¿Lo ves? Es fácil seguir el ritmo.

–Pero tú habías hecho esto antes.

–Ciertamente.

Marinette lo miró con curiosidad. ¿Qué clase de adolescente sabía bailar valses vieneses en pleno siglo XXI?

–¿Preparada? –preguntó él entonces.

–¿Para qué?

–Para la parte divertida.

–¿La qu...? –empezó Marinette, pero no pudo terminar porque, de pronto, el ritmo de la música se hizo más rápido, y los pies de Cat Noir se apresuraron también, arrastrándola con él.

Marinette lanzó una exclamación de alarma, pero se dejó llevar mientras su compañero giraba y giraba al compás de la melodía. Gritó otra vez cuando él la alzó en el aire durante uno de los giros, pero terminó riendo a carcajadas, y para cuando Cat Noir la levantó de nuevo, ella estaba ya preparada.

Siguieron dando vueltas y vueltas; Marinette cantaba y reía, bailando con Cat Noir por toda la terraza. Por fin el ritmo del vals se relajó de nuevo, y los dos pudieron recuperar el aliento mientras la música los envolvía suave y dulcemente. Marinette se dejó llevar, encantada; poco después, el ritmo se aceleró de nuevo, pero en esta ocasión ella siguió los pasos de Cat Noir, anticipando cada salto y cada giro.

Cuando por fin un redoble de tambores anunció el final de la pieza, Cat Noir y Marinette permanecieron un momento inmóviles, mirándose a los ojos. Sus corazones latían aún frenéticamente, y ninguno de los dos habría sabido decir si se debía a la agitación del baile... o a algo más.

La música cesó; se hizo el silencio de pronto, y Marinette parpadeó, como si acabara de despertar de un profundo sueño.

Cat Noir dio un paso atrás y se inclinó para besarle la mano con galantería.

–Ha sido todo un placer compartir este baile contigo, Marinette.

–¿Ya ha terminado? –murmuró ella, decepcionada.

Él se incorporó con una sonrisa.

–¿Te apetece un bis?

Marinette vaciló. Seguramente debería irse ya a casa, y por otro lado le sabía mal entretener más tiempo a Cat Noir. Lo observó con curiosidad y se dio cuenta de que él se mostraba relajado y parecía estar disfrutando también. Sonrió y se encogió de hombros.

–¿Por qué no? Es una pena que haya acabado justo ahora que empezaba a cogerle el ritmo...

–Pues no se hable más. Tus deseos son órdenes, princesa.

El corazón de Marinette se aceleró. Cat Noir solo la había llamado así en otra ocasión, la noche en que ambos se habían «conocido» y él había adoptado el rol de caballero andante de una forma que a ella le había parecido ridícula e irritante al mismo tiempo.

Pero en esta ocasión, Cat Noir no parecía estar representando ningún papel. El apodo parecía haber brotado de sus labios de forma casual y espontánea, y era posible que él ni siquiera se hubiese dado cuenta. Lo contempló, pensativa, mientras el superhéroe, de espaldas a ella, manipulaba el reproductor de música de su bastón. Cuando los primeros compases del vals volvieron a sonar por la terraza, Cat Noir se dirigió de nuevo hacia Marinette, sonriente, y ella desvió la vista, un poco ruborizada.

Carraspeó y trató de recomponerse. ¿Qué le estaba pasando?

De nuevo, Cat Noir se inclinó ante ella, y Marinette le devolvió la reverencia. En esta ocasión, comenzar a bailar les resultó mucho más fácil y natural a ambos.

–Aprendes rápido –comentó él con una sonrisa.

–Soy una alumna aplicada –respondió ella.

De nuevo se dejaron llevar por la dulce música del vals. Marinette ya había asimilado por completo el ritmo de la danza y anticipaba todas las veces que Cat Noir la hacía girar sobre sí misma o la alzaba un momento en el aire. No tardó en maravillarse de la perfecta coordinación y complicidad que parecía existir entre los dos. Y era solo la segunda vez que bailaban al ritmo de aquella música.

«Es porque somos compañeros», pensó. Habían afrontado tantas batallas juntos que ya prácticamente se leían la mente el uno al otro.

Pero eso Cat Noir no lo sabía. Porque había desarrollado aquella compenetración perfecta con Ladybug..., no con Marinette.

Ella lo observó con disimulo. De nuevo, el chico tarareaba la música del vals mientras la hacía girar entre sus brazos. La había invitado a bailar para hacerle un favor, para levantarle el ánimo, pero parecía claro que también él lo estaba disfrutando mucho.

–¿Por qué dijiste antes que este vals era el más apropiado? –preguntó ella entonces–. ¿Es porque es tu favorito?

Frunció el ceño, pensativa. Cat Noir tenía un vals favorito, lo cual significaba que, como mínimo, había escuchado varios. Y tal vez hasta los había bailado.

Sacudió la cabeza. Sabía que su compañero era también fan de la estrella de rock Jagged Stone. Sin duda tenía gustos muy eclécticos.

Cat Noir la sujetó por la cintura y la alzó en el aire, y ella apoyó las manos sobre sus hombros de forma natural hasta que él la dejó de nuevo en el suelo.

–Ah –murmuró el chico entonces–. Porque se llama «Bombones de Viena», y tú, pues...

Marinette enrojeció intensamente. ¿La estaba llamando «bombón»?

–...Tus padres tienen una pastelería y venden bombones –completó Cat Noir sin embargo–. Aunque sería todavía más apropiado que se llamara «Bombones de París», supongo.

–Ah, por eso –musitó ella, sintiéndose muy tonta y extrañamente decepcionada.

–Bueno, es una tontería. Lo cierto es que es una música muy bonita y me apetecía bailarla contigo, y ya está. Además, vas perfectamente vestida para la ocasión. Yo, por el contrario, me temo que no me he traído mi traje de gala.

Marinette sonrió.

–El negro siempre resulta elegante para todas las ocasiones –respondió.

Cat Noir sonrió mientras le alzaba la mano para hacerla girar sobre sí misma.

–Para esta ocasión se requiere algo todavía más especial, pero sospecho que no hay trajes de gala para superhéroes. O al menos nosotros no los tenemos. Oye, podrías diseñarlos tú. ¿Qué opinas?

–Opino que Ladybug y tú estaríais muy elegantes con un traje de gala –respondió ella.

Lo cierto era que ya había diseñado varios modelos, pero nunca se los había enseñado a nadie, salvo a Tikki.

Cat Noir sonrió con aire soñador, y Marinette adivinó que ya se imaginaba bailando un vals con Ladybug, ambos vestidos de gala y aún convenientemente enmascarados. Se sintió extrañamente culpable.

Porque podía lamentarse cuanto quisiera de que Adrián no tuviera tiempo para ella, pero lo cierto era que Ladybug tampoco se había molestado nunca en dedicarle un rato a su leal compañero felino, a pesar de todas las veces que él se lo había propuesto.

Pero ella siempre decía que no. Marinette se repetía a sí misma que lo hacía para no darle falsas esperanzas, pero ¿cómo reaccionaría ella si Adrián le diese largas y se negase a verla por el mismo motivo?

El corazón se le encogió de angustia. Nunca había pretendido hacerle daño a Cat Noir; trataba de convencerse a sí misma de que lo mejor para ambos era mantenerlo lejos de su vida..., por una serie de razones que perdían peso con cada una de las sonrisas que él le dedicaba.

Porque allí estaba él, con el corazón roto igual que ella y, aun así, encontraba tiempo para escucharla, para animarla... para bailar con ella. Aunque no tenía por qué.

Desvió la mirada, entristecida. Cat Noir lo notó.

–Marinette, ¿estás bien? –preguntó con suavidad.

Ella sacudió la cabeza.

–Sí, es solo que... lo siento mucho.

–¿Lo sientes? –repitió él, sorprendido–. ¿Por qué?

Por haber sido tan dura con él sin necesidad. Por haberlo juzgado mal. Por no haberlo valorado como lo que era: un magnífico compañero, valiente, divertido, leal y afectuoso. El mejor que podría tener, comprendió de pronto. Porque había peleado codo con codo junto a otros superhéroes, pero si algún día, por cualquier razón, le faltara Cat Noir...

Se estremeció.

No podía decirle todo aquello sin comprometer su identidad, por lo que respondió lo primero que le pasó por la cabeza.

–Porque probablemente preferirías estar bailando con Ladybug, y no conmigo.

Él ladeó la cabeza y le dirigió una sonrisa repleta de cariño.

–Y tú preferirías bailar con Adrián Agreste, ¿verdad? Pero me temo que esta noche tendrás que conformarte con un intrépido y atractivo superhéroe. –Suspiró teatralmente–. La vida es así de cruel, qué le vamos a hacer.

Marinette se rió.

–Lo cierto es que puede que haya ganado con el cambio –comentó–. Porque dudo mucho que Adrián sepa bailar un vals.

–Ah –respondió él, enigmático–, quién sabe; a lo mejor te llevas una sorpresa.

La alzó de pronto, y Marinette reprimió una exclamación, porque no se lo esperaba.

–¿Qué...?

–Un charco en el suelo –explicó él con naturalidad mientras la depositaba de nuevo en el suelo–. No pensarás que iba a permitir que te mojaras los zapatos. No habría sido muy caballeroso por mi parte.

Marinette sonrió. Cat Noir recuperó el ritmo del baile sin dificultad, y ella lo siguió, con las mejillas ligeramente arreboladas.

–¿Y tú? –le preguntó entonces, sonriendo–. ¿Qué opinas acerca de bailar con una chica sin máscara y sin poderes?

–Pues lo encuentro muy gatificante –respondió Cat Noir–, especialmente cuando la chica eres tú.

Marinette inspiró hondo, sorprendida. Pero la música terminaba ya, y su compañero la hizo girar de nuevo entre sus brazos y la inclinó con el último redoble de tambores. Ella contuvo el aliento cuando se sintió caer, aunque no tuvo miedo en ningún momento. Cat Noir la sostuvo con firmeza y se inclinó sobre ella, de modo que sus rostros casi se tocaban.

La música terminó de pronto; Cat Noir sonrió y tiró suavemente de su compañera hasta ponerla de nuevo en pie.

Marinette se apoyó en él, un poco mareada. Sospechaba, sin embargo, que su turbación no tenía nada que ver con los giros y vueltas del baile.

–¿Marinette? –preguntó él, un poco preocupado–. ¿Te encuentras bien?

–Sí –murmuró ella–. Solo estoy un poco cansada.

–Deberíamos dejarlo por hoy, entonces. Seguro que ya es muy tarde.

Cat Noir se aseguró de que ella podía mantenerse en pie por sí misma y se acercó a la balaustrada para recuperar su bastón.

–Ya son las doce y media –murmuró, consultando la pantalla–. La fiesta ha terminado un poco pronto para mi gusto, pero supongo que el señor Agreste considera que los jóvenes no deben trasnochar demasiado ni perder el tiempo con bailes frívolos.

Marinette se apoyó en la balaustrada con un suspiro de cansancio.

–Qué suerte que no nos hemos convertido en calabazas –comentó.

Cat Noir alzó la mirada.

–¿Cómo dices?

–Porque ha pasado ya la medianoche y el hechizo no se ha roto... ya sabes, como en el cuento.

Cat Noir sonrió.

–Parece que Aracne lo intentó, pero no lo consiguió –comentó–. Algunos hechizos son más poderosos que todas las maldiciones juntas, ¿sabes? Y, aunque parece que se desvanecen cuando termina la cuenta atrás... en el fondo, siguen ahí. Para bien o para mal.

Marinette alzó la cabeza y lo miró fijamente, preguntándose qué habría querido decir. Pero el superhéroe sacudió la cabeza y le ofreció la mano.

–Vamos, ven conmigo. Te llevaré de vuelta a casa.

Y ella alargó la mano y se la tomó.


NOTA: Vuelve a proceder: todos los caminos conducen al Marichat (...o tal vez no ;-P)