Ah...lo sé, seguramente esperásteis mi mini cap el Jueves. Lo siento muchísimo pero las cosas se estan complicando con la cercanía de un exámen muy importante al que me tengo que presentar y mi ordenador se ha roto, he escrito esta continuación desde el móvil, para poder publicar algo el Lunes. Espero que, más que dudas, os ponga un poco en situación. En fin, me enrrollo. Aquí la continuación ;)

Agradecimientos a: Shandy-Shan, SangoaomeOO (No disfruto! Lo juro! Es sólo...no sé, es así . Oh dios mío te transmití el gen masoquista! Ahora me siento como tu sempai XD PD: Estoy de acuerdo contigo, Inuyasha no tubo la culpa, pero hay muchas formas de asimilar el dolor, e Inuyasha a preferido odiarse a sí mismo antes que odiar a Kagome. O algo así. ), k, Frozen-Winter-Heart y alei91

Disclaimer: El sensualón de Inuyasha y el resto de fantásticos personajes no me pertenecen (aunque no me importaria darles un hogar XD )Todos ellos son propiedad exclusiva de la genial Rumiko Takahashi. El resto de personajes son de mi propia autoría y están reservados bajo derechos de copyright al igual que la historia en sí.

Advertencia: Yaoi, Angst, Violación, Mpreg, Horror(?), Muerte de personajes.

Rated M

Dialogos() Pensamientos Inuyasha (hhhhh) Pensamientos Inuyasha niño ('hhhhh') Recuerdos("")

Capítulo 10:

Las nubes se alzaban inmóviles sobre la noche cubierta. Una suave brisa trataba de arrastrarlas con gran esfuerzo, moviéndolas cada vez más hacia el norte en un intento de congregarlas y provocar la lluvia que acabaría por transformarlas en nieve, la naturaleza luchaba con la cada vez mayor reticencia del cúmulo de nubes que iba creciendo poco a poco conforme se acercaban hacia las tierras del Oeste. Un hermoso carro sostenido por un dragón de dos cabezas apareció detrás de la pura blancura de una enorme nube y cubrió por unos instantes la luz de la luna dibujando intrincadas sombras sobre la tierra. Justo delante del dragón ya conocedor de su destino, el demonio de ojos negros llamado Taigh obsevaba el paisaje de manera ausente reconfortado por la seguridad que irradiaba el aura de su señora. Un aura que se había desatado en su gloria por algunos minutos y que reconforto al joven demonio de poder pertenecer bajo el mandato de un youkai tan poderoso. Una Inu-Daiyoukai no menos. Una verdadera señora...

Taigh enderezó su espalda al contemplar por fin el destino esperado. El hermoso castillo de Inu no Taisho, el hogar de los demonios Inu de más alta alcurnia...

La elevada construcción de carácter tradicional, formada por pisos y pisos de la más hermosa y resistente piedra, era vigilada por los soldados en sus ceremoniales trajes verdes componiéndo la muralla inversa que nadie podría atravesar. Las amenazas surgirían desde el suelo donde las insignificantes alimañas vivían, una muralla común no haría más que entorpecer a sus propios señores en el momento del ataque, dada la altura a la que el palacio, más cercano a la luz de la luna de lo que debería, no era necesaria. Por el contrario, la inmensa montaña de piedra componía barrera suficiente para lidiar con este tipo de problemas siendo la única manera de entrar, al igual que el templo de una deidad, atravesar las enormes puertas llenas de intrincados hilos mágicos y subir las interminables escaleras que alcanzarían hasta la recepción del lugar donde sólo sus señores podrían abrir el paso hacia el interior del verdadero edificio donde residían, el edificio tradicional protegido por los tejados azules y dispuestos a través de las pantallas soji sobre la inmensa extensión tapizada de las caras losas blancas pristínas que abarcaban la extensión de un cuarto de las propias tierras occidentales que protegían en tierra.

Un suspiro de satisfación escapó de su boca mientras el dragón omitía las grandes puertas y seguía bordenado el edificio. Las nubes que seguían circulando borrando la visión del mismo de tiempo en tiempo.

Finalmente en el camino correcto, el dragón de dos cabezas tomó impulso y comenzó a ascender, los breves guardias que tropezaban en el camino inclinándose profusamente ante el carro que sobrepasaba sus cabezas. La cima, irónicamente bajo sus pies, apareció a la vista, y el carro descendió calculadamente sobre la inmensa extensión que separaba unos edificios de otros, teóricamente similares.

Bajándo con un salto del asiento sobre el que había descansado durante el viaje de largas horas, Taigh se estiró brevemente antes de acercarse a las telas que mantenían la intimidad de su señora perfectamente a salvo y, haciéndo su mano un puño, tocó sobre la madera que constituía el techo.

―Mi señora Irasue. Ya hemos llegado.―Confirmó mientras aguardaba la señal.

Un golpe de regreso desde el interior simbolizando su permiso para proceder, Taigh agarró las telas finas y las arrastró hacia un lado dejando abierta la salida para su señora mientras permanecía inclinado y con la mirada sobre el suelo.

Una caricia sobre su cabeza, prolongándose brevemente en un inadecuado gesto sobre sus puntiagudas orejas, le indicó su permiso para descansar de su posición y Taigh se elevó para encontrar la mirada de su señora, extrañamente brillante antes de que desapareciera de su visión.

Ambos youkais miraron hacia el mismo lugar o, concretamente, a la misma persona. Irasue extendió su mano hacia el interior del carro, y unas pequeñas garras temblorosas se aferraron al soporte casi inmediatamente mientras la persona a la que pertenecían salía a la luz.

Taigh no pudo reprimir la pequeña sonrisa maliciosa que ganó paso en su rostro al ver al malhablado y bravucón hanyou reducido al tembloroso personaje de turbia mirada que descendía torpemente del interior del cuadrículo de madera. La larga melena plateada había sido cortada a la perfección a la altura de las mejillas rojas como maduras manzanas, ensangrentada la derecha más que la izquierda por culpa de la hermosa marca de cuatro garras dibujadas sobre ella. Un par de gotas de oscura sangre cayeron sobre el suelo desde la espalda cuya ropa estaba hecha girones y Taigh observo el resto de laceraciones aún recientes.

Aplaudió internamente por el buen proceder de su señora.

El chico parecía totalmente reducido de su anterior postura dominante como los ojos enfrentaban el suelo, mirando a una profunda nada sin necesidad de ser preguntado mientras sus labios permanecían entreabiertos esforzándose por respirar en un modo automático.

El cabello debió hacer el truco...

Pensó no sin regodearse. Era evidente que el chico no entendía plenamente el significado del gesto, pero el instinto debió de generar el sentimiento de sumisión automáticamente.

Sólo los desheredados, los desterrados, los condenados y aquellos personajes que debían ser castigados por su incompetencia lucirían el cabello corto entre los Inu. Era un símbolo, y sobre todo, un castigo que equivalía a la retención de la Mokomoko en el caso de aquellos de alta cuna. Deshonra.

―Taigh, entrégale tu haori al cachorro, no podemos permitir que ensucie con su sangre todo el lugar mientras lo translado a sus aposentos.

Siendo desviado de sus pensamientos, este asintió y procedió a eliminar la prenda blanca de sus hombros rápidamente. Colocándose frente al hanyou, Taigh le tendió sin llegar a arrodillarse la prenda al otro hombre. Pero no hubo ningún movimiento.

―Inuyasha, querido, tomala y colocala sobre tí ¿sí?―Demandó mientras observaba con firmeza al joven inestable.

Poco a poco, Inuyasha despegó la mirada del suelo hasta lograr mirar la prenda frente a él. Sus brazos temblando mientras los alzó en lo que similaba un gran esfuerzo. Las manos sin embargon permanecían caidas hacia abajo completamente sin fuerza.

Taigh observó cómo los ojos dorados pestañeaban con fuerza mientras brillaban con ligera humedad al dejar caer los brazos a su posición anterior, colgando sin fuerzas a sus costados. El rostro se ladeó ligeramente en busca de los ojos de su señora.

―¿Hay algún problema? Sólo tienes que decirlo.―Murmuró friamente. Su tono de voz absolutamente controlado y sin alteraciones de ningún tipo.

Los labios se abrieron y cerraron en lo que pareció un intento de hablar, al final, sólo un ligera exhalación escapó de ellos.

Observó la reacción de su señora, no hubo tal.

―Esta bien, voy a ponértelo más fácil aún.―Dijo en un tono algo más alto.―¿Te duelen las manos?

El hanyou cabizbajo aguardó unos momentos, y tras los mismos, asintió lentamente.

―¿Puedes moverlas?

El mismo proceso, esta vez, nego, su flequillo balanceándose sobre los ojos.

―¿Necesitas...ayuda?―Preguntó, regodeándose en las implicaciones de la misma.

Cambiando de nuevo a mirar al hanyou, notó la creciente tensión sobre todo su cuerpo y un ligero incremento de su temblor. ¿Estaría a punto de colapsar?

La humedad parecía reunirse sobre las pestañas que reboloteaban incansables, y finalmente, limpiándose con uno de sus brazos los ojos en un movimiento costoso, Inuyasha se enderezó y mirando el suelo, asintió.

―Taigh.―Ordenó sin más palabras su señora, y este tomó la camisa y rodeó al joven inmóvil hasta alcanzar su espalda y colocar la prenda de algodón sobre sus hombros. Se detuvo unos instantes con cierta morbosidad observando la nuca del chico, desvelando lo que parecía ser en realidad una cabeza más pequeña de lo que el pelo hacia creer según la proporción del cuello. Desde el pelo recto aparecieron algunos mechones rebeldes que se elevaron del resto creando pequeños bucles ondulados.

―Taigh.―Fue llamado en atención de nuevo.―Prepara mis aposentos y espera allí. Escoltaré al cachorro a mí misma.

Ante las palabras, el joven demonio hizo una mueca. Ella no tendría que molestarse con semejante criatura humilde, sin embargo, tal como ella había ordenado, hizo una reberencia y se encaminó con pasos firmes hacia las alcobas de su señora, donde estaba destinado a, entre otras cosas, servir como objeto para satisfacer sus deseos.

OOOOOOOOOOOOO

Con el siervo desaparecido por fin de la vista, Irasue miró al hanyou tembloroso frente a ella y acarició suavemente las orejas sobre su cabeza.

―Muy bien cachorro, has obedecido, eso es lo que tienes que hacer.―Le susurró suavemente tratando de recompensar su buen trabajo.―¿Quizá mereces una recompensa?―Se preguntó más a sí misma que al propio chico mientras pasaba su brazo alrededor de sus hombros y lo atraía ligeramente hacia ella comenzando a caminar a ritmo lento. El extremo libre de su Mokomoko se enredó suavemente a la pierna derecha y ascendió hasta abrazar el hombro contrario a la misma. Un gesto más controlador y posesivo que propiamente cariñoso o tranquilizador que llevaba muchos años sin ejecutar, concretamente, algo más de trescientos años.

―Ahora, cachorro que no conoce el nombre de su padre.―Murmuró ella, sus garras rastrillando el hombro que sostenía.―¿Por qué no alzas esos ojos tuyos desde el suelo y miras a tu alrededor? Este lugar que estás pisando es el lugar donde nació, se crió y vivió vuestro padre. ¿No es interesante?

La cabeza se inclinó en un solitario gesto afirmativo, pero los ojos permanecieron inmóviles sobre el suelo.

Todavía en un poderoso shock, palabras revoloteaban sobre su cerebro.

"¡Sucios hanyous que desprecian su propia sangre no merecen celebrar con orgullo el carácter de nuestra raza!"

"Voy a apagar ese brillo de cálido honor que te llena aunque tenga que manchar mis propias garras de sangre. Estar orgulloso de tu fuerza o méritos en combate...no es tú lugar."

Mi lugar...

Pensó en un susurro distante. La voz del hombre y el niño fundidas temporalmente en un único tono.

―Cachorro. ¿Hay alguna razón válida por la que no está obedeciendo mi orden?

Su cuerpo se estremeció.

¿Obedecer? Obedecer...tengo que hacer eso no? Pero, estoy tan cansado.

¿No vas a contestarme?―Demandó, un ligero tono de molestia remarcando las últimas sílabas.

Inuyasha negó, luego asintió...luego...se estremeció y trató de mirarla.

En su conversación, Irasue no disminuyó el paso y, por el contrario, la velocidad de los mismos se incremento obligando a Inuyasha a mantener un ritmo que a penas podía mantener. Irasue se giró a mirarle brevemente, una pequeña sonrisa antes de volver a mirar al frente.

―Tus ojos parecen aterrorizados.―Dijo neutralmente.―Eso es bueno.

Inuyasha no dijo ni hizo nada, y en lugar de pensar en ello, se concentró en mantener el ritmo de la mujer, su nariz respirando a marchas forzadas.

Aún así, ofreció una tentativa mirada a su entorno. Observando las escaleras descendentes a las que parecían acercarse, lo demás era una visión borrosa de una enorme extensión llena de vacío. Puesto así, lo que encontro en el suelo era más interesante. La extraña superficie blanca nacarada le devolvía parcialmente el reflejo de una curiosa persona. Al principio pensó que debía ser alguién del lugar, un espíritu condenado o algo...sin embargo, las pequeñas orejitas aterciopeladas que se reflejaban sobre el suelo parecían ser muy similares a las suyas. Tal vez, y quiza la posibilidad más terrorífica, es que la persona que le miraba desde el suelo, no era otro más que él mismo.

Pero eso sería imposible, porque él no luce para nada como yo.

Cariño, cuidado con el escalón. Va a ser más oscuro ¿si?

La visión de la piedra reconocida y la repentina falta de luz provocaron un nuevo temblor dado el cambio brusco. Descendían por unas escaleras anchas y poco empinadas, no había lámparas o velas. Cada vez más y más profundo colocando metros y metros de tierra sobre sus cabezas.

El pequeño brazo que había descansado sobre sus hombros se deslizó fuera de ellos poco a poco en un gesto natural, la mano de su extremo acariciando el principio de su nuca en una breve pasada antes de abandonar completamente el contacto.

Resultó aliviador por unos breves momentos, antes de que Mokomoko apretara su cuerpo maltrecho con mayor fuerza y sus pies se elevaran del suelo. Ahogó una exclamación de sorpresa y cerró los ojos mientras la sensación de movimiento a toda velocidad impactaba sobre él repentinamente.

―Detesto el olor.―Se quejó la mujer en algún lugar justo a su lado.

A penas fueron unos minutos de movimiento antes de que su cuerpo volvió a ser colocado sobre la piedra, en esta ocasión, mucho más fría que aquella que había pisado con anterioridad. Se tambaleó como las náuseas ascendieron hacia su garganta, y sólo el grueso pelaje en movimiento le salvó de caer de rodillas al suelo.

―Oh pobre...¿Te sientes enfermo? Es el olor seguro, ven aquí...

No...¡No!

Pero pronto los brazos de la mujer se unieron al pelaje rodeando completamente su cuerpo, el olor dulce hasta el extremo que irradiaba de ella contaminando su olor propio que había comenzado a aparecer hace tan sólo unas horas trás la capa de perfume en la que había sido bañado. Completamente sofocado por la cercanía del contacto y el dolor lacerante sobre su cuerpo, había pocas cosas en las que se podía centrar con semejante nivel de turbación.

―¿Te sientes mejor?―Preguntó, su voz un toque agudo mientras lo celebraba sobre sus brazos.

Incapacitado para negar o asentir, su respuesta fue un ligero gorgoteo que acabó en suspiro e Irasue murmuró su comprensión mientras acariciaba, de nuevo, la nuca desnuda, antes de alcanzar por una de sus manos y comenzar a tirar de él guiándo su camino en la oscuridad. Y entonces también le golpeó; el olor.

Sangre, sudor, cuerpos en descomposición...y un olor dulce que alcanzaba nuevos niveles vomitivos mezclado con todo lo anterior.

Sin este último elemento, Inuyasha no se habría sentido enfermo de ninguna manera, ya que los tres primeros eran, al fin y al cabo, el reconocido olor con el que se describían los campos de batalla y los lugares en los que, como un ave carroñera, había adquirido su alimento cuando apenas era un niño. Lástima que su petición resultara imposible.

Poco a poco, recuperó el instinto de visión y levantó los ojos al ver el comienzo de una serie de antorchas que por fin iluminaban sus pasos. La imagen del color rojo del fuego lamiendo la palidez espectral de su guía iniciando en sus instintos actualmente agotados un calambre constante de alerta.

La luz agradecida sin embargo le otorgó una nueva visión inquietante.

Paredes blancas y techo con adornos intrincados que imitaban a las plantas y flores allá donde la pared hacía contacto con suelo y techo, la belleza del lugar hacían del olor un elemento ageno que no debería sino ser encerrado entorno a una cárcel o catacumba.

Es extrañó...

Su mente acordó, olvidando el contacto de la mano que era sostenida.

Y para su mayor curiosidad, pronto comenzaron a aparecer sobre la piedra que hacía la pared, grandes puertas shoji separadas unas de las otras. Bellas pinturas recubrían la puerta de papel endurecido imitando jardines y aves con plumas de numerosos colores. Las sombras lamían los colores de las puertas mostrando la antigüedad de los mismos, y la percepción de ello no hizo más que incrementar la incertidumbre e inquietud que lamían los nervios del hanyou.

―Aquí cachorro.―Murmuró la mujer deteniendo sus pasos frente a una de aquellas puertas, un dibujo del cielo y dos hermosos Inu youkais, representados en toda la gloria de su explendor enmarcaban la puerta que parecía llevar a su destino.

Por un momento temiendo lo que iba a encontrar en su interior, la mano grácil de Irasue acarició el borde de la puerta antes de deslizarla abierta. El corazón de Inuyasha se relajó al contemplar el interior. Una habitación pequeña, una cama sobre el suelo hecha de lo que parecían mullidas pieles de color rojo ordenados concienzudamente. A su alrededor, no había nada más. Sólo un pequeño cubo sobre una de las esquinas de la muy vacía habitación y una lámapara de papel que emitía luz anaranjada justo al lado de la cama y único elemento que le permitía captar lo que había a su alrededor.

―Cachorro, vas a descansar aquí. Si tienes que hacer tus necesidades...―La mujer señaló al cubo, no excrúpulos o asco en su rostro. Agarrando la espalda de Inuyasha, le volteo para que pudiera enfrentarla a los ojos.―Tienes prohibido salir de esta habitación. Ahora, será mejor que descanses.―De repente dibujo una sonrisa tranquila, y sus manos agarraron las pequeñas orejas entre sus dedos.―Y como has sido un buen cachorro, y has obedecido las ordenes de mama, voy a compensarte ¿si? Pronto traerán algo de comida para tí. No es bueno que estes débil en estos próximos días...

Eliminando sus manos del abuso sobre los apéndices extraños, Irasue dió un paso hacia atrás de la sala y agarró el marco de la puerta.

―Despidete de mí.―Ordenó, voz fría, helada.

Inuyasha alzó la mirada confusa y visiblemente cansada hacia ella. Irasue era, sin embargo, impenetrable.

Sólo un poco más y podré dormir...sólo un poco más...

Moviendo su cuerpo torpemente, Inuyasha dibujo un pequeña reberencia tentativa hacia ella y se levanto con el mismo cuidado. No estaba seguro de si había logrado contentarla, pero creyó ver cierta satisfacción en su mirada.

―Hasta luego, cachorro. Portate bien.―Y tras esas palabras finales, Irasue cerró la puerta.

Inuyasha permaneció inmóvil por algunos minutos hasta que por fin la presencia de la poderosa youkai se alejó. Casi inmediatamemte, el cuerpo de Inuyasha se tambaleó precariamente hasta la cama improvisada y se dejó caer sobre ella con todo su peso.

'Tan cansado...'

Las mantas suaves dieron la bienvenida al cuerpo demacrado y le acogieron protectoramente sin preguntar por ello. En su subconsciente, Inuyasha sabía que algo iba mal, que no debería dormir. No ahora. No aún.

Sin embargo, los temores lejanos que le advertían de los terribles resultados que podrían provocar su breve siesta teniendo en cuenta sus últimas experiencias eran eso; lejanos. Así, sin poder hacer nada por evitarlo, Inuyasha cerró los ojos y se dejó llevar por la marea del subconsciente.

Y cuando despierte podre volver a ser quien soy...

OOOOOOOO

La dama Irasue flotaba sobre el suelo de su pequeño harem. Las puertas pintadas saludandola torpemente dada su breve distracción, Irasue pensó brevemente en el rostro de desagrado que su hijo dibujaría cuando se viera obligado a bajar al lugar para montar al joven macho. Eso sería satisfactorio. Una pequeña venganza al menos, por haberse negado a procrear con ninguna de las hermosas demonias que había elegido para él.

Recorriendo el lugar en su brevedad, Irasue llegó a unas nuevas escaleras más pequeñas, limpias y alumbradas.

Una pequeña sonrisa de satisfacción salió sobre su rostro al identificar el sello de su marca que impediría la subida de los soldados que solían visitar el lugar durante las celebraciones. Un pequeño premio al servicio que Irasue otorgaba en breves ocasiones. Un harem propio...al principio fue una idea interesante, sin embargo pronto resultó ser una auténtica molestia, y muchos de los esclavos en los que invirtió dinero habían muerto hace tiempo. Otros, de forma habitual aquellos que realmente eran capaces de satisfacer alguno de los peculiares deseos de su dama, se mantenían en el interior de las habitaciones a la espera de ser los afortunados. Una lástima que los seres humanos no podían pasar un mes sin alimentarse...

Deslizando los dedos por el sello de forma breve y eliminando la barrera que llevaría a cualquier persona hasta el calabozo de torturas, Irasue comenzó a levitar por las escaleras que la llevarían hasta el pasillo donde se hallaban las cámaras reales. El olor fácilmente reconocible de Suzuki llegó a ella antes incluso de finalizar el trayecto por las escaleras. La ausencia de la presencia de su hijo tampoco era un hecho que pudiera ignorarse.

Llegando al final de los peldaños, la puerta que le aguardaba se abrió inmediatamente, la intensa luz de las pequeñas y valiosas lámparas de cristal reflejando el rostro hermosamente perverso. Sus zapatos golpearon el suelo con un chasquido, y poco después, toda una sinfonía de pasos golearon el enorme y vacío pasillo. Puertas ribeteadas con papel de oro y tintadas con hermosos colores de tonos exuberantes, el propio resto de aura que residía en las mismas era lo suficiente poderoso como para alejar a cualquier intruso y hacer a los sirvientes rápidos y eficaces en sus labores.

El blanco pristino y desinfectado de la piedra era un agradable efecto a sus sentidos contaminados. El olor de la sangre del mestizo aún impregnaba sus garras...¿Cómo no hacerlo? Irasue alzó sus manos frente a ella y observó sus dedos bañados en el carmesí reseco.

Una verdadera molestia...

Con un movimiento rápido alzó sus dedos hasta su boca para que su lengua prestara atención a la suciedad vital. Una caricia de la misma sobre su dedo índice extendido la paralizó. Por un momento los ojos de la dama de occidente brillaron en un profundo carmesí antes de desaparecer. Su rostro giró inmediatamente hacia las escaleras bajo las que había dejado a la criatura antes de ignorar la suciedad en sus manos y abanzar en su camino con mucha más fuerza, algo similar a la prisa ansiosa reflejada en sus movimientos.

Interesante...

Fue la única palabra que abordó su mente tras el examen breve de lo que la reacción de su cuerpo había sido al probar la sangre infectada de humanidad. Una breve incredulidad sobre lo tolerable que podría llegar a ser a su paladar empañó todo lo demás.

Dejándo de largo sus habitaciones privadas y las de su esposo, Irasue frunció la nariz en un gesto molesto al pasar frente a las puertas blancas pristinas de su heredero y abordar finalmente las habitaciones contiguas a estas que pertenecerían a la futura dama, su heredera dado el caso, en un futuro cada vez más reciente. Posando su figura grácilmente frente a las mismas, la puerta fue abierta por la asistente de su futura hija en ley, una pequeña niña perteneciente a la raza de los zorros blancos del norte que se apartó de su camino con una profusa reverencia.

―Mi señora, Irasue Inu-Kimi del Oeste...―Entono una voz suave como la melaza, delicada, y al mismo tiempo, débil.―¿A qué debo el placer de su inesperada visita? Es para mí un honor que...

―Suzuki.―Comandó Irasue haciéndo callar la perorata de la mujer casi de forma inmediata.

Con un par de pasos se internó en la habitación organizada al gusto de su propia residente, el color amarillo que siempre había sido el estandarte de la familia de la joven punzando sobre su retina con fuerza.

La nombrada apareció de la celosía que había cubierto su cuerpo semidesnudo y dedico una profusa reverencia antes de enderezarse orgullosamente sin importarle su estado de desnudez.

Irasue realizó un breve escaneo sobre la mujer. Piel un tanto morena de las playas al sur, el cabello blanco y dos marcas amarillas enmarcando sus ojos azúles señalaron su condición como Inu-youkai de bajo rango inmediatamente, pero siendo algo que ya sabía, lo que Irasue observó fueron las marcas y pequeños rastros que indicaron los sucesos que habían tenido lugar en las habitaciones masculinas: El labio inchado con una fea herida sangrante y los rastros de garras sobre las caderas, lo más evidente sin embargo, era el fluido blanco que escurría a través de sus piernas con continuidad.

―¿Mi hijo ha decidido tomarte? Es bueno saber que aún no se ha estropeado su visión de la belleza...―La perra con las marcas amarillas resopló disimuladamente mientras abanzaba en busca de las ropas que la pequeña zorro norteña sostenía sobre sus manos. La finísima seda envolviendo su cuerpo esbelto con un sonido deslizante.

―Oh quizá simplemente estaba demasiado ciego como para tener algún tipo de visión...

Un breve 'Oh' se dejó caer de los labios carmesís mientras Inu-Kimi detuvo a la sirvienta y susurró su orden antes de volver a prestar atención.

―¿Mi hijo estaba frustrado?―Demandó suavemente.

La joven llamada Suzuki se sentó sobre el suelo frente al bajo mueble de su tocador y miró su reflejo con ojo crítico, toda su atención centrándose en el labio roto.

―No. Él no era.―Contestó suavemente.―Él ni siquiera consiguió una erección completa para mí.

Un resoplido nasal fue la única indicación que tenía de la atención de la Dama occidental, un resoplido similar al aguante de lo que en un ambiente más intimo podrían haber sido puras carcajadas.

Empolvando su rostro del maquillaje blanco, Suzuki se volteó dando la cara a su suegra y maestra, no se sorprendió al comprobar que la mirada de Irasue parecía ciertamente divertida.

―¿Está usted segura de que su hijo realmente no tiene un problema de orientación? Sé que usted jamás considerará a su hijo como menos que perfecto, pero usted ya debería de saber que, de hecho, soy perfectamente fértil.

Irasue le ofreció una mirada de soslayó cargada de cierta molestia al recordar el accidente de hace unos años, cuando su discípula, en un arrebato de frustración sexual, había quedado embarazada de uno de sus soldados. El soldado fue rápidamente ejecutado y el niño de su vientre extirpado cuando los síntomas de esa noche de pasión comenzaron a salir a la luz. Fue una suerte que su hijo no se hayaba en el hogar por aquellos momentos, sino muy lejos de allí, en un viaje de aprendizaje que tomarían de él dos pequeños años de su vida. Y sin embargo, el descubrimiento de la fertilidad sobre la semilla de su nuera no fue más que una desgracia para ella, ya que eso sólo podía significar que el problema procedía de su hijo de una manera que últimamente desde que les había propuesto pasar más noches en compañía de los otros parecía abordar terreno psicológico.

Irasue era una experta en ello. Psicología era un arma mental de alcances insospechados y ella se había encargado de aprenderla desde el campo más dañino de la misma.

Pero su hijo era inmune a ella y tan cerrado como sí misma. Irasue no era feliz.

―¿Dónde está Sesshomaru?―Cuestionó cambiando abruptamente de conversación.

Una respiración profunda se escuchó con fuerza mientras los ojos azules miraban con ira sobre la mujer inmune frente a ella.

―Sesshomaru partió inmediatamente después de ensuciar mi interior con su escasa y "sagrada" esencia. Supongo, que a invertirla en su inmunda amante humana en la que pensaba mientras trataba de liberar a Yako*.

Las cejas de Irasue se elevaron de su posición tranquila.

―¿Amante humana?¿El mencionó algo así?―Preguntó con una tranquilidad que costaba de creer completamente.

La joven sarcástica rodó los ojos ligeramente.

―No, claro que no.―Dijó como si ello fuera evidente.―Sin embargo, siempre que vuelve trae el olor de los seres humanos sobre él, no es difícil para mí tener este tipo de creencia dada la extraña tendencia de vuestra familia.

Irasue guardó silencio ante lo que pretendía ser un insulto, y en lugar de ello negó brevemente.

―La amante humana de la que hablas no existe. He visto a la persona que visita, es sólo una niña humana...―Desestimó con un gesto de su mano aún manchada.

Suzuki apreció visiblemente la característica pero guardó su curiosidad sabiamente.

―Puede que sea, de hecho, una niña, sin embargo humanos se desarrollan rápidamente. La que tu consideras una niña puede que sea en estos momentos mucho más cercana a una mujer.

Irasue miró a su nuera brevemente, pero los ojos de la misma estaban fijos en sus manos, de nuevo.

―Sinceramente no creo que mi hijo estaría dispuesto a unirse a una humana, sin embargo, es muy posible que pronto se vea obligada a bañar de blanco a un amante hanyou...

Suzuki miró con los ojos muy abiertos hacia la mujer, pero antes de hablar nada más, los dedos de Irasue fueron tendidos frente a los labios rotos de la mujer. Sin preguntar mucho más, Suzuki se llevó los cuatro dedos al interior de su boca y paladeó con soltura. Irasue se sonrió al ver el breve color rojo sobre los ojos azules.

―Eso es...bueno...―Murmuró recuperándose y mirando con sopresa a la misma. La sirviente apareció con un cuenco de agua sobre su cabeza y se lo tendió a la aún en pie Irasue, la Inu-youkai lavó sus manos con un gesto lento mientras el rojo se disolvía en el interior del líquido transparente.―¿De quién es?

Irasue le regaló una mirada altiva y Suzuki se levantó del suelo inmediatamente.

Sin embargo, cuando Irasue iba a hablar, la puerta de las habitaciones fue abierta de manera inesperada y un hombre alto de cabello negro en una larga trenza se internó en la habitación con un cuenco sobre sus mano.

―Lamento la espera Suzuki, tuve que...―El hombre hizo una pausa al tiempo que abrió los ojos sorprendido al ver a la dama de Occidente en el lugar. Una reverencia automática y una diplomática sonrisa en el rostro.―Buenas noches mi señora, un placer verla de nuevo.

―Sanador, ¿Que negocios tienes en el interior de las camaras de una dama a estas horas de la noche?

Sin perder la sonrisa ante el tono acusador, el hombre contestó.

―Por supuesto, atender las heridas de su ahijada mi señora.

―Sus heridas son leves...―Argumento ella mirando entre ambas personas. Un toque de diversión en las pestañas de la chica con ojos azules.

―Pero siguen siendo heridas...

Hubo una pausa a la improvisada discusión, y finalmente, Irasue asintió hacia ella misma.

―No soy estúpida, Sanador Yuto, los amantes nocturnos de mi nueran no son un problema que me acaece en lo más mínimo mientras que no exista ningún bástago como resultado de sus encuentros. Por el contrario, sin embargo, su visita parece afortunada.

―¿Afortunada?―Cuestionó mientras terminaba de internarse en la habitación y cerrar la lujosa puerta tras de sí.

―Afortunada sí. Me gustaría plantearle una pregunta.

Yuto reverencio una vez más a la dama de occidente antes de entregarle el pequeño cuenco de líquido parduzco a Suzuki y asintió firmemente. Su romance no una cosa de escándalo en la realeza.

―Me preguntaba si hombres son capaces de concebir hijos.

Los ojos del sanador se abrieron a un tamaño excesivo, Suzuki rió suavemente mientras depositava el cuenco en una mesita de noche y acudía al encuentro de los conversantes.

―¿Un hombre?―Volvió a preguntar, sólo para asegurarse de ello.

―Sí.―Confirmó con una sonrisa.―Concretamente un hanyou.―Puntualizó.

―¿¡Hanyou!?―La reacción exagerada no fue coreada por ambas damas, y un gesto de asco impactó sobre la expresión del médico. Al ver no más datos, este trató de defender su posición y alzo el mentón en un intento de recomponer su postura.―Bueno, no sabría decir. Tendría que examinar a este "hanyou" en cuestión...

―¿Examinar como?―Demandó ella, un tono algo más frío, sólo para cambiar por la burla al instante después.―¿Cómo el examen que va a hacer a Suzuki-chan?

El médico, con los mismos ojos azules que le señalaban como parte de la familia de la mujer vestida en blanco y amarillo evitó a duras penas la expresión de desagrado.

―Me temo que no disfruto de las relaciones masculinas mi señora, sin embargo, si este "hanyou" puede de hecho ser examinado...tal vez sería necesario alguién que pudiera...llevarlo supongo, al igual que una hembra.

Irasue desvió su mirada hacia el suelo de manera pensativa y asintió.

―Mañana cuando el sol esté alto, le espero en el harem. Ahora, sin embargo, voy a dejar que continueis con vuestras actividades.

Ambos asintieron y reverenciaron a la mujer en forma de despedida antes de que esta saliera de la habitación y cerrara la puerta, encaminandose hacia sus propios aposentos.

Mañana será un gran día.

Pensó con un toque de felicidad en su interior antes de abrir las puertas de su propia habitación. Irasue sonrió al ver la luz de la lámpara reducida a un tenue brillo y al joven hombre sudoroso de manos atadas mirando de forma deboradora.

Y hoy va a ser una buena noche.

Sonrió.

OOOOOOOOOOOOO

Una suave y fresca brisa sacudió las hojas de los árboles meciéndose como sombras sobre la oscuridad de la noche, una respiración jadeante cruzando el sonido natural junto a pasos apresurados rompió el breve equilibrio.

La sombra de una persona tomo forma ante la luz de la luna, una joven que corría, su vista fija hacia el cielo y una sonrisa brillante surgiendo de entre sus labios. De repente, toda luz quedó opacada por una enorme silueta, la joven emitió un pequeño grito de asombro y admiración mientras una risa agradable se extendía por la extensión silenciosa que componía el bosque nocturno.

―¡Sesshomaru-sama!―Exclamó ante la enorme forma del perro que sobrevolaba su cabeza.

La enorme criatura sobrenatural comenzó a desaparecer en un brillo de luz que se deslizó más profundo en el bosque, más allá de la posición de la niña, al igual que la caida de una estrella fugaz o la aparición de un dios sobre la tierra.

Los pies sobre las finas sandalias de madera ribeteadas de bordes plateados se deslizaron sobre la arena mientras la joven tomó impulso. Comenzando a correr una vez más.

Okkkkk, sé que me odiais por dejarlo ahí. Pero el siguiente capítulo se retoma directamente desde aquí, es como...no sé, el adelanto XD Espero que les guste como se esta tornando la historia, me gustaría escuchar vuestra sincera opinión sobre algunas preguntas, por ejemplo, qué pensais sobre los nuevos personajes que he introducido, ¿hay un exceso de personajes de mi propia creación quizá? ¿He logrado captar la esencia de la hermosa problemática y traumática Inu-kimi? El palacio que retrato está basado específicamente en las cortas imágenes que pudimos observar del palacio que se mostro durante la visita de Sesshomaru a su madre en los capítulos del Kanketsu-hen, (ver dicho capítulo si hay dudas con la extructura). ¡Eso es todo! ¡Espero vuestras sinceras opiniones con respecto a estas preguntas, ya que de ellas dependerá uno de los sucesos del próximo capítulo!

Próximo capítulo: El Jueves (esta vez sí)