El segundo miércoles de noviembre comenzaba, y Malfoy se servía bollos de canela en el gran comedor. Mientras observaba como su padrino removía sin ánimo el contenido de su taza. Abrió la boca para decirle algo sobre su horrible estado cuando unos rizos castaños le distrajeron de su tarea. Iba sola, y llevaba un libro bajo el brazo, además de su abultada mochila.

Vio cómo se sentaba con Longbottom, por lo general la mesa de los leones estaba de buen humor, y no era para menos, habían vencido a las águilas en el primer partido de quidditch de la temporada. Personalmente esperaba con ansias la victoria a manos de los Ravenclaw, pero el maldito Potter había atrapado la codiciada pelota amarilla antes que el buscador del equipo contrario. Miró a la mesa de los derrotados, y su ánimo se incrementó considerablemente cuando vio a Goldstein deprimido. ¿Quién era el mejor golpeador ahora? Desde luego, él no.

Esperaba sonriente a que los alumnos de séptimo curso entraran en el aula de teoría, ver la cara derrotada de algunos Rawenclaw le hacía sentirse extrañamente feliz. La clase de teoría transcurrió como siempre, Malfoy explicaba y preguntaba duramente a sus alumnos, y un día más Hermione contestaba con rapidez y seguridad todas las preguntas que su profesor les hacía.

Para cuando sonó el timbre, si sus cálculos eran correctos, los griffyndoor habían conseguido el doble de puntos que sus compañeros de clase. Estaban recuperándose, con una rapidez incansable, digna de su casa. Aunque hubiese preferido verlos llorar por los rincones, tenía que reconocer que los leones habían encajado bien el golpe.

Estaba recogiendo los pergaminos entregados de su mesa cuando Hermione llegó hasta él. Se tensó, no porque la mujer que invadía sus sueños cada noche se acercase a él con las mejillas levemente sonrosadas, sino porque los gorilas de sus tres amigos estaban observando en la puerta con cara de pocos amigos.

- Señor Malfoy – le llamó sonriente.

Harry, Ron y Neville vieron como Malfoy le sonreía de vuelta a su amiga. Con un brillo en los ojos que les preocupaba.

- Ya terminé el libro de antídotos blancos que me dejó – dijo entregándoselo. – tardé mucho porque quería recoger todas las ideas importantes y…

- Si ya terminaste – la cortó Draco – aquí tienes el siguiente – dijo entregándole un libro con las tapas plateadas y las letras en verde esmeralda. – seguro que será de tu agrado.

Lo leones miraban en inofensivo intercambio de libros con recelo, si bien para ellos solo eran un par de aburridos libros de pociones, para Malfoy y para Hermione era algo especial.

- Es un ejemplar de Marie Aumont – dijo Hermione enfadada — ¿Por qué tienes tú uno? Malditos ricos bastardos…

Los chicos palidecieron, acababa de llamar a Malfoy maldito rico bastardo. Sus puntos iban a volar de nuevo, pero para su sorpresa, Malfoy seguía con una sonrisa en la cara.

- La verdad es que ella me lo regaló – Hermione miró a Malfoy, pero las palabras no le salían – el nombre de soltera de Marie Aumont era Marie Malfoy. – llegados a ese punto todos tenían la mandíbula desencajada – ella era la tía de mi abuelo Abraxas Malfoy. Las mujeres en la familia Malfoy suelen llegar mucho más lejos que los hombres… por desgracia no hay muchas.

Hermione miró el libro de nuevo, aquello era una reliquia familiar y Malfoy se lo estaba dejando como si nada. Tenía que hacer honor a la confianza que en ella se había depositado.

- Y ahora largaos de aquí – dijo Malfoy – tengo hambre.

Todos salieron rumbo al gran comedor. Reponer fuerzas para las clases de la tarde era el principal objetivo. Y más cuando esas clases eran dobles de pociones.

Cuando llegaron al laboratorio Malfoy estaba en la puerta, con su aspecto impecable dando la bienvenida de nuevo.

La rutina volvió a invadir el espacio de trabajo, todos seguían, o al menos intentaban seguir las instrucciones en la pizarra, mientras Malfoy aconsejaba y daba instrucciones cuando veía que algo no iba como debía.

Habían llegado ya al hemisferio de la clase, mientras Malfoy les explicaba a dos Ravenclaw los beneficios de rayar las raíces en vez de cortarlas cuando un sonido hueco hizo que se girara alarmado.

El caldero de Ron estaba verde, y soltaba un humo amarillento, eso significaba que había cambiado el orden de los ingredientes y que en breves explotaría. Gritó que se apartaran todos, pero el sonido de la explosión tapó su voz. Cuando el humo empezó a disiparse vio a Potter y a Weasley sin daños ya que este primero había atinado a hacer un escudo protector a tiempo.

Pero Granger estaba llena de poción verde pegajosa, y eso era peligroso. Como poco se le irritaría la piel. Malditos leones incompetentes.

- Longbottom, evanesco – ordenó mientras se acercaba a una enfada Hermione, que miraba con ira a Ron. – Vale, vale….

Malfoy movió con rapidez las manos ante la atenta mirada de todos. Y tras susurrar aguamenti, de sus manos salió un chorro de agua dirigido a Hermione. Quien quedó empapada.

- A la enfermería – ordenó – ahora.

Hermione se movió mientras sus amigos la acompañaban. Por suerte para Malfoy nadie más estaba herido, ya que la señorita Lovegood que ocupaba normalmente el asiento de al lado estaba ausente.

Dio por finalizada la clase y fue a informar a la directora de lo ocurrido. Sintió un gran peso al darse cuenta de que la estudiante favorita de la directora había sido herida en su clase, pero por suerte había sido Weasley quien la había herido y no él.

Cuando llegaron a la enfermería Snape estaba allí, terminando de vendarse el brazo el solo como si nada. Ron intentaba calmar a Hermione, a quien no podían ver ya que estaba tapada por una cortina.

- Seguro que no duele tanto – dijo el pelirrojo.

- TENGO EL CULO MORADO RONALD – gritaba con ira Hermione.

- Será una anécdota que podremos contar algún día. – intentó arreglar Ron sin mucho éxito.

- JUNTO CON LA DE QUE TE VOY A SUBIR LAS PELOTAS A LAS OREJAS DE UNA PATADA.

Ron palideció. Y decidió no abrir más la boca.

- ¿Hay algo que podamos hacer? – dijo Harry.

- Si voy a tener que estar esperando traedme un maldito libro. – dijo como última orden. Sus amigos se movieron rápido a la salida para complacer a Hermione.

- Le he dado una pomada que la aliviará – les explicó Madame Pomfrey – pero ni de broma quitará ese horrible sarpullido morado. Y más vale que se den prisa, porque parece contagioso.

- Yo haré el antídoto – dijo Malfoy – ha sido mi incompetencia la que la ha dejado en ese estado.

- ¿Tienes todos los ingredientes? – preguntó Snape.

- Si – respondió escuetamente Draco.

- Dese prisa señor Malfoy – ordenó la directora. – la señorita Granger no puede esperar para siempre.

Hermione estuvo dos horas en la enfermería con la única compañía de un libro sobre las pinturas magicas del siglo XVIII, no era en lo que estaba pensando cuando pidió un libro. Pero nunca se sabía cuando la información podía ser útil.

Malfoy se daba la prisa que podía, y después de dos horas estaba embotellando la pomada que había conseguido elaborar. Corrió como un rayo a la enfermería, que era un auténtico caos, por lo visto, dos alumnos se habían peleado en el pasillo dejando unos cuantos heridos.

- Madame Pomfrey – llamó – ya tengo la pomada para la señorita Granger.

- Ahora no puedo señor Malfoy— dijo la enfermera mientras recolocaba con un golpe brusco el hombro de un chico de segundo. – agradezca que no está roto señor Sanders.

- ¿Y qué hago con ella?

- Désela usted mismo – dijo la enfermera – hasta donde recuerdo sus manos funcionan a la perfección. Estese quieta señorita Roberts.

Malfoy se hizo paso entre el caos, y llegó a las cortinas donde se encontraba su alumna, plan original era dejar la crema allí y que ella la extendiese por su cuenta. Pero lo que encontró le hizo cambiar rápidamente de opinión. Hermione leía distraídamente un libro, que estaba apoyado en la camilla, ella tenía los codos reposados también, lo que hacía que su culo se le antojase más apetecible de lo usual. Llevaba puesta su camisa del uniforme escolar, pero no había rastro de las medias ni de la falda, lo que Malfoy veía eran unas decentes bragas negras con estrellas de colores.

- Veo que no se aburre —dijo Malfoy con una sonrisa picara en la cara asustando a Hermione.

- Ma—Malfoy

Hermione intentaba taparse sin mucho éxito.

- Madame Pomfrey me ha encargado la misión de echarte la pomada – dijo como si la tarea fuese de lo más tediosa – así que dese prisa y no arme escandalo señorita Granger.

- ¿Esperas que me lo crea? – dijo Hermione cruzándose de brazos.

- Salga a comprobar el caos que hay ahí fuera – dijo Malfoy – puede esperar unas cuantas horas más, o puede dejar que yo lo haga.

Hermione no quería que aquello pasara, pero el picor que sentía en las piernas y parte de su trasero se estaba volviendo insufrible por momentos. Así que dándole una mirada dura a Malfoy como única respuesta se giró de nuevo.

Draco se arrodilló para dar la crema, en cuanto sus manos tocaron la piel morada, Hermione sintió tal alivio que no pudo dejar escapar un leve suspiro. Malfoy rió.

- ¿Le hace gracia que su inocente alumna se sienta aliviada? – dijo Hermione con veneno.

- ¿Inocente? – preguntó Malfoy – pero si es usted la que siempre quiere hacer cosas divertidas, como corromper ángeles en los pasillos.

Hermione se sonrojó. Malfoy intentaba ser lo más discreto posible, pero el deseo de besar cada milímetro de esas piernas crecía cada vez más en su interior. Hasta el punto de tener que respirar profundamente para calmarse, cosa que no le alivió demasiado. Pensó en Hermione, y en el hombre que ella merecía a su lado. Un hombre confiable, decente… Él no era nada de eso, pero se esforzaría por serlo. Así que las manos de Malfoy daban suaves caricias sobre la piel.

Por su parte Hermione intentaba mantener la boca cerrada, no quería hacer más ruidos vergonzosos. Pero las caricias de Malfoy se sentían como el cielo, de sobra sabía que ya no tenía sarpullido, y que el rubio masajeaba sus piernas por placer. Sus manos no se movían de la zona considerada decente, si que había algo de decente en esa acción. Temía decirle algo y que el parara, pero sentirse a la merced de Malfoy era algo que la molestaba. Ella también quería pasárselo bien, y si ella no podía, Malfoy tampoco.

- Vaya, al parecer una vez más estabas equivocado – dijo mirando por encima de su hombro a un desconcertado Malfoy.

- ¿Equivocado? – Draco miraba hacia arriba con sus grandes ojos de color metal sin comprender. No paró de masajear las piernas de la chica.

- Si, — dijo la chica con seguridad – no he necesitado tu bonito regalo para ponerte de rodillas.

Draco sonrió.

- Bueno, eso es cierto. Pero yo no estoy suplicando por más. Ni rogando por besar el suelo que pisas.

- ¿Ah, ¿no? – dijo Hermione dando un paso hacia delante rompiendo el contacto de las manos de Malfoy y sus piernas.

Un leve quejido salió de la boca del rubio, y se maldijo por eso. Ella se había dado la vuelta y le miraba triunfante. Había ganado, pero él era un Malfoy, y un Malfoy nunca perdía. Así que se levantó y se acercó a ella. Hermione no retrocedió, no iba a dar su brazo a torcer.

- ¿Y te ha gustado? – susurró el slytherin — ¿Te ha gustado la sensación de tenerme de rodillas?

Hermione no contestó, solo dejó que Malfoy se acercara cada vez más a ella. Podía sentir su frío aliento, no podía mirar a otro lado que no fueran sus metálicos ojos. La mano de Malfoy rozó su mejilla para quedarse allí. Sus labios tentadores estaban cada vez más cerca. Malfoy iba a besarla, ella iba dejar que la besara, ella quería que la besara. Y casi sobre sus labios Draco susurró de nuevo.

- Los Malfoy no solemos suplicar leona.

Y juntó sus labios con los de la chica. El beso fue lento, dulce, Draco no hizo nada para profundizarlo, tampoco lo necesitaba. Cuando el chico separó sus labios con lentitud, Hermione abrió los ojos, y para su sorpresa Malfoy aún los tenía cerrados, se fijó en las largas pestañas rubias, y en como parecía estar respirando su aroma.

Pero de repente todo aquello acabó, Malfoy abrió los ojos y se separó de ella como el rayo.

- Le dejaré este bote a Madame Pomfrey – dijo como si siguiera el hilo de una conversación anterior – si necesitase más no dude en pedirla, esta pomada tiene cuatro días de caducidad.

En ese momento Madamen Pomfrey entraba entre las cortinas.

- Me alegro de que haya funcionado – dijo mirando las piernas de Hermione satisfecha.

- Si me disculpan – dijo Malfoy con una reverencia – yo me retiro ya.

Malfoy salió de allí tan rápido como pudo. ¿Qué estaba haciendo? Así no es como se conquista a una dama. ¿Por qué ella le dejaba? Esperaba por una patada, una cachetada, o incluso un puñetazo… pero que ella se dejase besar, era algo que no entraba en su entendimiento.

Cuando llegó a las mazmorras se dio cuenta de que las mangas de su camisa estaban deshilachándose, sin duda por efecto de la pomada. Lo mismo le ocurriría a la ropa de Granger, tenía que avisarla… Un malvado pensamiento cruzó su mente. Decidió que saldría de compras en ese mismo instante.

Hermione caminaba junto con sus amigas hacia la torre de premios anuales. Se quejaba del estúpido Malfoy y de su estúpida pomada.

- No te preocupes – le decía calmadamente Luna – esta noche de chicas te animará.

- No deberíais quedaros a dormir entre semana – las regañó Hermione.

- Cállate y sigue caminando, te recuerdo que ya no eres prefecta – dijo Ginny.

En la tranquilidad de la torre, Hermione contó lo ocurrido a sus amigas, que escuchaban con atención cada palabra que salía de los labios de la castaña.

- ¿Te besó él? – repetía Ginny incrédula.

- Si, se estaba vengando por dejarle de rodillas.

Ginny saltaba por los sofás y los colchones que habían colocado en el suelo al compás de la cancioncilla

- "Malfoy y Hermione sentados en un árbol b—e—s—a—n—d—o—s—e… Primero viene el amor… después el casamient…."

Un cojín interceptó a la pelirroja, la hizo caer en el sofá entre risas. Pero para suerte de Hermione había parado de cantar.

- ¿A caso tienes cuatro años? – la regañó.

- Si — contestó riendo Luna por su amiga.

Las risas se vieron interrumpidas por una lechuza en la ventana. Hermione la dejó entrar, y la reconoció al instante. Era la misma lechuza que entró en casa de Tonks la noche que empezó todo.

- Estúpido Malfoy – dijo sentándose y cogiendo el paquete cuidadosamente envuelto.

- ¿Tiene tarjeta? – curioseó Luna.

Claro que tenía tarjeta, siempre la tenía. Pero esta vez Hemione abrió el paquete primero. En el interior había unas medias reglamentarias del uniforme, unas bragas azules claro con estrellas blancas.

- Vaya – dijo Ginny – no era lo que esperaba.

- Señorita Granger, lamento que mi incompetencia como maestro le haya costado la ropa interior. Esto es para compensar la indecente tarde que tuvo el día de hoy – leyó Hermione en voz alta.

- ¿Firmado? – preguntaron Luna y Ginny al unísono.

- Un arrodillado y suplicante Draco Lucius Malfoy … — dijo Hermione rodando los ojos.

Hermione lanzó todo lejos de ella y apagó las luces.

- Hora de dormir, mañana hay clases.

Luna y Ginny se miraron en la oscuridad divertidas antes de irse a dormir.

La mañana de aquel viernes, Minerva Mcgonagall estaba de muy buen humor, llegó más temprano de lo normal al gran comedor, y se sorprendió al ver algunos alumnos allí. Se fijó en Hermione, su alumna predilecta, quien no parecía de buen humor. Se giró hacia Malfoy, que acaba de sentarse en la mesa de los profesores y saludaba al semigigante.

- Señor Malfoy ¿Después del accidente se disculpó adecuadamente con la señorita Granger?

- Si — mintió Draco descaradamente, si bien se había disculpado, no lo había hecho adecuadamente. — aunque si hay alguien que deba disculparse por el accidente, debería ser el señor Weasley, ya que fue él quien puso los ingredientes en el orden incorrecto, a pesar de estar claramente escrito en el libro.

Minerva le miró con cara de pocos amigos, estuvo tentada de recordarle que la culpa era siempre del profesor, pero estaba segura de que discutir con Malfoy sería como discutir con Snape, darse contra una pared que no cambiaría de opinión. Así que lo dejó estar.

A Malfoy se le pasó la mañana en un abrir y cerrar de ojos. Estaba deseoso de que la clase de antídotos llegara. Quería verla, en esa clase Hermione era solo suya durante un par de horas, nadie les molestaba, no tenía que cuidarse de que le vieran mirándola, ni tener que cuidar su tono ni sus modales para que nadie le regañara.

Aunque, por otro lado, Hermione era una alumna, y eso cambiaba mucho las cosas. No podía pensar en ella como lo hacía, y un sentimiento de culpabilidad le acompañaba cada vez que la veía.

Hermione corría apresurada por el pasillo, no quería llegar tarde a su clase de antídotos. A sugerencia de Ginny, había intentado vestirse de manera un poco más provocativa, pero lo único que se le había ocurrido era usar las medias nuevas que él le regaló, desajustar su corbata, y usar una de las faldas de uniforme que Ginny compró para ella, un poco más corta que las que tenía en su armario.

Llamó a la puerta y Malfoy la recibió con su habitual sonrisa que proclamaba que todo estaba perfectamente en orden.

- Hoy prepararemos algo un poco especial – dijo el hombre con un tono de emoción en su voz, mientras se remangaba las mangas de la camisa, — haremos un antídoto para los sarpullidos que pueden producir las plantas tropicales. Ya se que no suena muy interesante, pero tiene una preparación muy precisa y delicada.

- Hay que mantener caliente la temperatura del laboratorio o la mezcla se podrá echar a perder. – recitó Hermione de memoria, aunque después se maldijo por la elección de palabras, fácilmente mal entendibles, que por supuesto, Malfoy malentendió.

- Prepárese Grager – dio mientras aflojaba su corbata – va a hacer mucho calor aquí hoy.

Hermione se sonrojó ante el doble sentido de la frase, pero intentó que no se le notara en exceso. Se pusieron a trabajar como acostumbraban, Malfoy guiaba y Hermione trabaja acorde con sus indicaciones. El ambiente no tardó en llenarse de humedad, cosa que hizo que el calor fuese más sofocante. La chica se desabrochó un botón más de la camisa, cosa que no pasó desapercibida para el Slytherin.

Pasada una hora y quince minutos, la poción debía reposar a temperatura ambiente media hora, aunque la temperatura ambiente del laboratorio fuese una condena.

- Ahora hay que esperar – dijo Draco mientras su alumna se giraba a mirarle. – es la parte aburrida de las pociones, esperar. – Malfoy dio unos cuantos pasos hacia su alumna – hay gente que aprovecha para empezar otras pociones, para comer algo, para leer… creo que nosotros podríamos usar este tiempo para hacer algo divertido…

Malfoy no apartaba la mirada de los ojos de Hermione, quien, a pesar de sentirse como una presa ante su cazador, no se movió ni un ápice. Malfoy terminó de acotar la distancia poniendo las manos sobre la mesa y encerrando a Hermione entre sus brazos.

Hermione se perdió en esos ojos acerados que tanto la llamaban. Y en los labios que la atraían a ese lado suyo que jamás pensó que existiera. Abrió la boca para decir algo, pero de nuevo Malfoy acortó distancia. Podía sentir el fresco aliento del hombre sobre sus labios. Y para cuando quiso darse cuenta los labios de Malfoy se encontraron con los Hermione, quien no opuso resistencia ninguna. Malfoy la devoraba con deseo, y Hermione solo podía dejarse hacer. Estaba aprisionada entre la mesa vacía y su excitado profesor de pociones, y no se le ocurría un lugar mejor que ese para pasar la tarde.

Draco movía los labios por el cuello de Hermione como si necesitara el contacto de su suave piel en sus labios para poder seguir viviendo. Había soñado con ello tantas veces que necesitaba comprobar que era tan maravilloso como lo había imaginado, pero estaba equivocado, aquello era mucho mejor de lo que su mente hubiese podido imaginar jamás. Las manos de Hermione tiraron de su camisa, que al parecer molestaba en sobremanera a la leona. A Draco no le importó que hiciese saltar un par de botones de su camisa, ni que fuese a tirar parte de su caro traje de importación al frio y húmedo suelo de las mazmorras.

Hermione no sabía porque se había dejado llevar de una manera tan pasional, lo único que sabía era que la absurdamente cara camisa de Malfoy le molestaba, y extrañamente la corbata no… Las manos de Hermione no podían parar de explorar la maravillosa espalda del rubio, a pesar de que las manos de Malfoy estaban clavadas en la mesa, como si se estuviese forzando a no moverlas de allí. No podía parar de gemir cada vez que Draco pasaba la lengua por su cuello. Pero ella también quería jugar…

Draco se separó de su cuello para poder reponer el oxigeno que le faltaba, pero en el instante que se separó, su cuello fue atacado duramente con un mordisco, no pudo evitar un gemido gutural, que excitó mucho a la chica. En cuanto se sintió liberado volvió a buscar sus labios. Y para su sorpresa, Hermione buscó apoyo en la mesa para poder enroscar sus piernas en su cadera. Acción que le hizo volver a gemir de placer, esta vez sobre los labios de la chica.

Hermione notaba la erección de su profesor de pociones entre los pliegues de su falda, si aquello no era el paraíso, ya no lo necesitaría. Tan perdida en las atenciones que Malfoy le estaba proporcionando, y en las increíbles ganas que tenía de que aquello pasara…

TOC TOC TOC

- Draco, ¿estás ahí? – dijo una voz femenina al otro lado de la puerta.

- Madre – dijo Draco paralizado y pálido por el miedo.

Se separó rápido y se adecentó lo mejor posible mientras Hermione hacía lo propio. ¿Cuándo le había desabrochado tantos botones de la camisa? Cuando llegó a la puerta para recibir a su madre respiró hondo.

- Madre – dijo con nerviosismo mal disimulado — ¿Qué haces aquí?

- ¿A caso no puedo venir a ver a mi único hijo? – dijo Narcisa entrando en el aula. – Oh, estas con una alumna.

- Si, es el curso de antídotos que te conté por carta – explicó Malfoy – estamos haciendo antídoto genérico contra sarpullidos de plantas tropicales. Por eso hace tanto calor.

La matriarca del clan Malfoy se acercó al caldero. Se fijó en Hermione quien estaba toda acalorada, al parecer, por las atenciones que requería la poción.

- Draco — regañó su madre — ¿Crees que estas son formas de tratar a una chica? – se giró a mirar a Hermione – te juro que yo no le he educado para ser así.

Hermione no entendía muy bien a que se refería la señora Malfoy, pero sonrío igualmente a su disculpa.

- Te eduqué para que fueras un perfecto caballero, que satisficiese adecuadamente las necesidades de una mujer, y está más que claro que esta chica necesita un vaso de agua y un descanso.

Malfoy asintió como un niño pequeño ante la regañina de su madre, mientras pensaba que las atenciones que Granger necesitaba en ese momento iban más allá de un simple vaso de agua.

- Está bien – dijo Draco – dejaremos la lección aquí. El viernes que viene continuaremos exactamente donde lo habíamos dejado.

Hermione tragó duro. Aquello de disimular no iba con ella. Y las dobles interpretaciones que Malfoy dejaba no ayudaban mucho.

- De acuerdo profesor – dijo saliendo de allí lo más rápido posible.

Madre e hijo se miraron.

- He venido a por Severus – dijo su madre sin miramientos – vamos a cenar fuera. Te invitaría a venir, pero hice la reserva para dos.

- No te preocupes madre, tengo toneladas de pergaminos que corregir. – dijo Draco intentando descifrar el mensaje oculto en su frase. – tengo que ser un profesor respetable.

Su madre sonrió orgullosa a su hijo, y se despidió de él, prometiendo volver a verle en los próximos días.

Draco se quedó solo en las frías mazmorras con un deseo insaciado, y unas ganas horribles de destrozarlo todo a patadas.

Hermione corrió por los pasillos, cualquiera que la viera se daría cuenta de su estado. No fue a su habitación, sino al baño de prefectos de la cuarta planta. Y allí tuvo que conformarse con la ausencia de los labios de Malfoy.