Mi Pirata Malvado

(Adaptación)

Capítulo 10

Una imagen del sueño de sol brillante y libertad, la Isla de la Tortuga, atraía a Rosalie desde el otro lado de la bahía de vivido color turquesa. Una suave brisa que acarreaba música de guitarra y mecía las palmeras que bordeaban la costa. Había tabernas y burdeles ocultos entre la frondosa vegetación. De mal humor, parada junto a la barandilla, maldecía a ese odioso hombre que le había prometido mostrarle el mundo y de modo egoísta había desembarcado sin ella. Estaba clavada en el bote mientras él y sus compinches vagaban a gusto por la Isla del Pirata.

Se oyó gritar una voz desde el castillo de proa, anunciando el cambio de guardia. Ella vio a Garrett y a cuatro de sus colegas reunidos para coger el bote. Ella dio un audaz paso hacia delante.

—Hola.

Ellos la miraron boquiabiertos, aún sin acostumbrarse a ver damas vestidas de marineros, dedujo ella. A Rosalie le agradaba bastante su nuevo atuendo. Durante una semana había estado residiendo en el pequeño camarote y usando las viejas ropas de Alice. Andaba hecha una brabucona por cubierta, con botas, pantalones y con los cabellos atados en una coleta; se sentía elegante y libre. Miró a los hombres:

—Me gustaría desembarcar. ¿Puedo subirme a vuestro bote?

Cuatro mandíbulas se abrieron con gesto estupefacto. El francés, James, les guiñó un ojo a los compinches:

—No me importaría quedarme a bordo para entretener a esta dulce y delicada criatura.

—No eres tan valiente —Garrett rió ahogadamente.

—James sabe de sobra cómo probar el nuevo objeto de deseo al capitán y cómo robarlo —Benjamín, el navegante de ojos color avellana y cabellos oscuros, rodeó con su brazo los hombros de James—. ¿No es cierto?

Rosalie aclaró la garganta. Igualando el francés de ellos dijo:

—Bien, ¿vamos o no?

Cinco rostros se ruborizaron. Garrett barbulló:

—¿A Tortuga? El capitán no lo aprobaría.

¡A Rosalie le importaba un comino si aquel hipócrita explotaba en infinitésimos pedazos de la rabia!

—Emmett difícilmente está en situación de regañar a nadie, amigos míos. Si vosotros vais a las tabernas y los burdeles, yo voy —Cuando ellos estallaron en carcajadas, ella cruzó los brazos por encima del pecho y dio un taconazo en el suelo—. Vaya panda de machistas, ¿eh? Bromistas buenos para nada. A mí no me interesa beber, jugar ni perseguir mujeres como a vosotros. Yo sólo quiero echar un vistazo rápido a la isla, nada peligroso —Las carcajadas se escucharon aún más fuertes. Entonces ella avanzó hacia las escaleras laterales, dispuesta a subir al bote por su cuenta. Dudaba seriamente de su habilidad para usar los remos, y después de la advertencia que le había hecho Emmett acerca de los tiburones, no sentía verdadera urgencia por nadar, pero no estaba dispuesta a que los detalles técnicos la retuvieran. Lo único que se necesitaba era un poco de ingenio.

Detrás de ella, escuchó decir a James:

—Podemos vigilarla. Con nosotros está a salvo.

¡Idiota! ¡Nos cortará el cuello! ¡Nos dijo específicamente que nos mantuviéramos alejados de ella! —Benjamín profirió con furia.

Rosalie se dio la vuelta y lo deslumbró con una sonrisa:

—No puedo pensar en sentirme más a salvo con nadie que contigo, Benjamín. ¿Qué hay de malo en divertirnos un poco, eh?

Benjamín parpadeó:

—Quizás, si le pregunta, el capitán esté de acuerdo con llevarla a tierra él mismo.

Ella tuvo que morderse fuerte la lengua para evitar expresar su opinión acerca del capitán.

—Él nunca anda cerca. Ha desembarcado hace una semana y no ha regresado. ¿Cómo voy a hacer para hablar con él? ¿Tal vez pueda enviarle una nota? —Se le ocurrió una idea. Pasó una pierna por encima de la barandilla—. Llevadme con él inmediatamente. De lo contrario, ¡saltaré por la borda e iré hasta allí a nado!

Instantáneamente, Benjamín la sujetó fuerte y tiró de ella hacia atrás. Ella se soltó retorciéndose y gritando:

—¡Si me encerráis, usaré la porta! Veremos quién es quién cuando me encuentre con vosotros en la isla dentro de una hora.

—Todos hemos visto lo que habéis hecho con su puerta —rió Benjamín burlonamente—. Os creemos.

—¡Emmett nos matará como a perros! —advirtió Felix, el regordete jefe de artilleros.

—¡Al menos no somos cobardes perros romanos como tú, Felix! —dijo James bruscamente.

—¡Basta! —gritó Garrett—. La llevaremos hasta Emmett y dejaremos que él decida qué hacer con ella. Pero si os queda algo de sentido común en esas cabezas huecas, mantened las manos en los bolsillos.

Ella seguía sonriendo cuando desembarcaron quince minutos más tarde.

En La Nymphe Rouge, el establecimiento más desprestigiado de la costa de La Española, se servía el mejor licor, satisfacía a los peores rufianes y ofrecía un cuarto privado para los capitanes en el segundo piso. Los peligrosos arrecifes de coral que rodeaban la isla protegían sus navíos de los ojos vigilantes de la ley y todos gozaban de tranquilidad para entretenerse sin prisa, compartir heroicas historias de atrocidades, regocijarse de las ganancias obtenidas ilegalmente y planificar atracos lucrativos sobre nuevos blancos.

—Se te ve preocupado, Vipére.

Reclinado sobre un diván, con una prostituta granulienta sobre sus rodillas, el capitán Aro de La Belle Isabelle le lanzó una mirada divertida al hombre alto tumbado sobre un sofá de color escarlata que había debajo de la ventana. Con las piernas enfundadas en botas cruzadas sobre el alféizar, Emmett miraba el cielo con el ceño fruncido.

Riendo, Aro se quitó del regazo a la ramera y cogió una nueva botella de vino. Se desplomó en una silla frente a Emmett y volvió a llenar las copas.

—Déjame contarte mis problemas, mon ami. El vino y las mujeres: los peores dioses que un hombre puede venerar.

—Motivo por el cual los franceses contraen matrimonio y cultivan la vid, Aro —Emmett bajó las botas al suelo y cogió el vino—. Al menos busca algo interesante en qué gastarte el dinero.

Aro suspiró filosóficamente.

—Sí, estás en lo cierto; pero si yo fuera a mezclarme con los cortesanos de Versalles, como tú, mi fortuna se reduciría drásticamente y eso me llevaría a la pobreza extrema.

Emmett rió ahogadamente.

—Tus miedos a la pobreza no te detuvieron anoche al pagarle tremenda suma a una de las prostitutas sólo por verla desnuda. Créeme, Aro, por ese precio podrías tener hasta a la reina Ana bailando desnuda en la cubierta de La Belle Isabelle.

—¿A una horrible inglesa? ¡Qué desagradable! Pensé que los italianos tenían mejor gusto.

—Horrible o no, Ana Estuardo sabe sin duda usar la cabeza. Esta guerra le está haciendo un agujero en el bolsillo, y no es que ella posea minas de oro en Panamá.

El francés bebió el vino de un sorbo.

—¿Y en qué dirección te llevará el viento la próxima vez?

Emmett vaciló:

—Este.

Una amplia sonrisa se dibujó bajo el fino bigote de Aro.

—Evasivo como siempre. Pero dime, Vipére, ¿de qué lado estás en esta guerra? ¿O también ese es un tema tabú?

—Obviamente, yo no tengo necesidad de preguntarte a ti de qué lado estás, mon ami —Rió Emmett burlonamente.

—Todo boucannier al sur de las Bahamas se ha alistado. Con una carta de apoyo de mi rey, yo sigo haciendo lo que mejor sé hacer —Rió Aro—. ¿Pero y qué hay de ti? ¿No tienes carta de apoyo?

—¿Este interrogatorio tiene que ver con conducirme a que me aliste en las filas de Luis?

—¿Por qué no? —Aro hizo un mohín típico francés—. No estás obligado a serle leal a nadie. Eres un hombre sin patria. Puedes jurarle fidelidad a cualquier rey.

Dando vueltas a la copa, Emmett examinó el líquido rojo.

—No he nacido en la luna, Aro.

—Tú dices ser italiano pero no existe tal cosa, mon ami. No hay Italia. Sólo hay píncipes italianos que se odian y luchan entre sí.

Un frío hastío se grabó en el rostro de Emmett:

—Mientras su país está siendo pisoteado y saqueado.

—Uf, qué deprimido estás, Vipére. Piensa en los dulces botines flotando en alta mar.

Un brillo cálido se reflejó en los ojos de Emmett. Examinó a Aro.

—Para responder a tu pregunta: no me confabularé contigo, mon capitaine, aunque me haya adueñado de algunas fragatas de Luis.

—¡Me has leído el pensamiento, mi astuto amigo! —brindó Aro—. ¿Pero quizás querrías reconsiderarlo?

Emmett se bebió de un tirón el resto del vino y depositó la copa vacía sobre la mesa.

—La respuesta es no —declaró rotundamente—. No derramaré mi sangre por Luis. Ni por nadie más por esa causa.

Aro lo miró con astucia.

—Estás de pésimo humor, mon ami. Si no te conociera bien, diría que tienes una mujer en mente. Los franceses somos expertos en olfatear esos asuntos.

—Escuché que Marco Teach anda navegando por estas aguas—comentó Emmett con tono insípido—. ¿Tienes intención de hostigarlo ahora que tengas la bendición de tu rey para cazar buques ingleses?

—¿Estás loco? ¡Es Barbanegra! Yo estaba hablando de amor. ¿Por qué tenemos que hablar de ese cerdo que navega un condenado buque de guerra? Mi corbeta no cuenta con el suficiente armamento para atacarlo.

—¿Y no hay buques de guerra en alta mar? ¿No puedes hacerte con uno?

Aro lo miró pasmado.

—¿Hacerme con uno? ¿Así de sencillo?

Con un brillo de humor en los ojos, Emmett ofreció:

—Imagínate que fuera un bote de remos.

¿Un bote de remos?

—Un bote de remos. Como los de los pescadores que están en la costa.

Aro frunció el ceño desconcertado.

—¿Entonces pretendes que robe un bote de remos?

Sin poder contenerse, Emmett estalló en una carcajada:

—¿Te da cargo de conciencia robar un bote cuando has sido un ladrón y un pirata que ha robado buques y cargamentos y saqueado a todo el que se te cruzaba en el camino? Si eres tan remilgado, quédate aquí.

—Uf... la cabeza me da vueltas con tus disparates. No todos los que navegan los mares tiene deseos de morir como tú. Eres demasiado audaz, Emmett. Tú no conoces el significado del miedo.

—Tenemos un concepto del miedo diferente, eso es todo.

Exasperado, Aro reclamó:

—¿Qué es tan difícil de entender acerca del miedo? Cuando a uno lo persigue un enemigo más poderoso, huye. Uno no quiere morir. Eso es tener miedo —Resolló con fastidio.

—Hay cosas peores que temer a la muerte.

—¿Ah, sí? ¿Como cuáles?

Emmett captó la mirada irritada del francés pero se guardó la respuesta.

Íie de la Tortue, también conocida como la Isla de la Tortuga, era un gran nido de piratas. Caminando sin prisa con los marineros italianos, Rosalie se mostraba muy curiosa. Las pandillas de malechores de todo el mundo se pavoneaban por las sinuosas calles, abriéndose paso entre los habitantes y traficando sus extravagantes botines a mitad o a un cuarto del precio del cauteloso mercado. Después de llenar sus bolsillos con oro, lo despilfarraban en juego, parranda y causando asombro en el vecindario con riñas y juergas de medianoche.

En medio de esta multitud de vulgares villanos, los piratas del Alastor parecían una manada de dóciles corderos. Paseando amistosamente hacían sentir a Rosalie segura y bien acogida entre ellos. Aún no había oscurecido y todos los rufianes ya andaban ebrios. El vocerío gobernaba todos los callejones, el bullicio y las groseras risotadas femeninas. Era el grupo más terrible de cazafortunas que Rosalie jamás hubiera imaginado le llamaría la atención en aquel pueblo impío. Estaba fascinada.

Se detuvieron en la entrada de una espantosa guarida, con un cartel de bronce y madera que decía: La Nymphe Rouge. Rosalie espió el interior. Se estremeció al descubrir que, de todas las pocilgas, aquella parecía ser la más repugnante. Se acomodó el gorro de lana roja que le servía como disfraz y entró con los hombres. La invadió un espeso aire cargado de humo, sudor, licor y perfume barato. Las luces brillantes perforaban las nubes opacas. Flotaba una música alegre. Felix y Benjamín eligieron una mesa donde había dos hombres mugrientos sentados aletargadamente: uno roncando y el otro mirando fijamente una jarra vacía. Los italianos los levantaron y los arrojaron fuera al callejón.

Sentada, Rosalie miraba a su alrededor con picara fascinación. A juzgar por sus coloridas prendas y aún más coloridas palabras, los franceses, alemanes, españoles, portugueses y algún que otro asqueroso inglés atestaban el espacioso salón, maltratando prostitutas, cantando desafinados y básicamente entreteniéndose con sus verrugas y todo. Ella sonrió de modo exultante: ¡lo había conseguido!

Garrett llamó con una seña a un mesonero barbudo para pedirle un trago. James le sonrió:

—¿No encontráis ofensivo este lugar, mademoiselle?

Rosalie se encontró con su mirada de admiración:

—En absoluto. Para mí, tiene cierto... eh, atractivo orgánico, por decirle de algún modo. Con este disfraz y con vosotros a mi alrededor, me siento perfectamente a salvo para divertirme más de lo que había imaginado en toda mi vida. Gracias por traerme hasta aquí, James. Sé que puede causarte problemas con tu capitán, pero siempre te estaré agradecida —Se inclinó hacia delante y le dio un beso en la mejilla.

Él sonrió con placer.

—¡Gracias, mi hermosa dama! Vos sois una demoiselle muy valiente. No sólo por no temerle a mi capitán, sino porque se atreve a vivir su vida como le plazca.

Si eso fuera cierto, suspiró Rosalie. Se encontró con los ojos sonrientes de Felix y Garrett, pero fue Benjamin el que habló:

—Hemos decidido que no es necesario que el capitán se entere de nuestra escapada de hoy.

—Yo no diré nada si vosotros no habláis —expresó ella con una sonrisa y recibió otra encantadora a modo de respuesta.

Llegó el pedido: jarras rebosantes de ron y una fuente repleta de salchichas. Para satisfacción suya, ella fue escogida para proponer el primer brindis. Estaba absolutamente conmovida; se mordió el labio devanándose los sesos.

—¿Por qué no bebemos por...? —Alzó la copa bien alto—: ¡Por el vino y las mujeres!

Los hombres parpadearon, intercambiaron miradas divertidas y brindaron en el aire:

—¡Por el vino y las mujeres!

Las copas tintinearon, el ron se derramó y el corazón de Rosalie se hinchó con un brindis privado: ¡Por mi sueño de sol brillante y libertad! Bebió de un sorbo agridulce de ron junto con los demás.

Una vez que el calor le invadió el cuerpo despacio, ella sonrió a los cinco agradables rostros que la rodeaban:

—¿No vais a invitar... eh, a alguna de las damas a que se os unan? No querría arruinaros la diversión.

—No hay prisa —Benjamín se desparramó en la silla, provocándoles sonrisas socarronas a sus compinches.

—¿Por qué habría de haberla? —se burló Felix—. ¿Después de haber tenido a todas las mujeres de esta isla?

Benjamín se puso nervioso, cruzó los brazos sobre el pecho y murmuró con mal humor:

—Me estoy reformando.

Todo el mundo estalló en risas. Con los ojos bien abiertos, Rosalie analizó los rostros contentos, sin estar demasiado segura de cómo responder ante aquel impactante arrebato de sinceridad, pero dado el espíritu del lugar ella le ofreció a Benjamín una mirada amable y abierta y dijo:

—Entonces, no faltaba más, no te apresures.

La mesa se sacudió con más risotadas y todos vaciaron las jarras. Al rato Felix dijo:

—Benjamín, ¿no habías prometido contarnos un chiste?

—Sí, tú eres una fuente de chistes —lo alentó Garrett con la boca llena de salchichas.

Benjamín le lanzó una mirada:

—Sí sé un chiste nuevo, pero no quisiera ofender a la dama.

—¡Aquí no hay damas, sólo amigos! —Rosalie se llenó la boca con una salchicha. Estaba exquisita. La piel crujiente se le desharía deliciosamente entre los dientes; la carne picante crepitaba en su lengua. Ya no le volvería a entrar el vestido color púrpura, pero como ya no lo tenía, no le preocupaba demasiado.

Benjamín carraspeó:

—¿A dónde va un inglés después de tirarse a su esposa? —Rió de modo travieso. Al ver que nadie ofrecía una respuesta voluntariamente, los complació—: Afuera, a descongelarse.

El chiste era muy bueno; todos estallaron en carcajadas. Rosalie simplemente se quedó con la boca abierta.

—No más chistes de mujeres inglesas —los regañó James y miró a Rosalie de manera incómoda.

Le gustaría haber comprendido por qué. Bebió el ron de un sorbo y se lamió los labios.

—Esos son los únicos que sé —Benjamín se encogió de hombros a la defensiva.

Debía de haber consumido demasiado ron, porque de repente lo cogió:

—¡Afuera, a descongelarse! —Una alegre carcajada le llenó la garganta. Sentada entre aquellas sabandijas estaba pasando el mejor momento de su vida. Desafortunadamente, la cabeza empezó a darle vueltas. Necesitaba desesperadamente tomar un poco de aire fresco antes de ponerse en ridículo por completo. Poniéndose de pie de un impulso dijo—: Si me disculpan, caballeros... Creo que será mejor que salga un momento. No tardaré.

Arrastrando la silla, se dio la vuelta para salir, pero le vino un poderoso mareo. Benjamín fue rápido tras ella. La cogió del codo con gentileza.

—Permitidme acompañaros afuera, madonna.

La terraza de La Nymphe Rouge tenía paredes pintadas de blanco y una bóveda de estrellas. La noche había caído y las antorchas estaban encendidas por todo el pueblo. Las luces de los barcos titilaban a lo lejos sobre las oscuras aguas. El aire había refrescado y soplaba una suave brisa desde el mar.

—Tomad asiento —Benjamin la arrastró hasta un banco y se puso en cuclillas junto a ella—. ¿Os sentís un poco mejor?

—Sí, gracias. Temo que esta noche me he excedido. No tengo costumbre de beber alcohol, pero tampoco estoy acostumbrada a pasarlo tan maravillosamente. Gracias.

—No hay de qué, madonna. Yo tampoco suelo pasarlo tan bien.

Ella sonrió. A pesar de sus fanfarronadas, Benjamín era un tipo amable. No obstante, ella prefería estar a solas.

—¿Os molestaría mucho si os pido que vengáis a buscarme en un momento?

Benjamín se puso de pie rápidamente.

—En absoluto. Tomaos el tiempo que queráis. Aquí estáis a salvo.

A solas, ella apoyó la cabeza contra la pared y contempló las constelaciones que iban apareciendo. Se preguntaba cuál sería la estrella polar, la guía de los marineros, y rezó para que siempre guiara a sus nuevos amigos y los mantuviera a salvo. Inhaló la deliciosa fragancia de las flotes y escuchó los sonidos de júbilo que flotaban a su alrededor. Estaba medio adormecida cuando unas voces invadieron su conciencia.

—Cuando esta guerra acabe seré rico y famoso. Mi rey me otorgará un título por mis esfuerzos y me jubilará enviándome a vivir a un latifundio. Allí escribiré mis memorias: Los placeres de la isla encantada. ¡En París todos brindarán en mi nombre y las hermosas damas se desmayarán a mis pies!

—¿De veras? ¿Todos en París brindarán por ti? Ten cuidado de que Luis no esté ya brindando por ti, Aro.

Ella abrió los ojos de golpe. Emmett estaba allí. No tenía deseos de toparse con él, no esa noche, y mucho menos en la isla. Completamente sobria, se puso de pie con dificultad.

—Ahora te burlas de mí —dijo el francés arrastrando las palabras—, pero cuando llegue a Versalles, perderás toda ventaja con los grandes cortesanos. Harán cola para conocer al capitán Aro. Pero no dejes que esto de desanime, mon ami le Vipére, pues yo recordaré nuestra amistad y guardaré mi mejor cara de hereje sólo para ti.

—Tu generosidad me abruma —Rió Emmett burlonamente—. Recuérdame enviarte una nota.

Con la curiosidad carcomiéndola, Rosalie avanzó lentamente junto a la pared, en dirección a las voces. La luz se filtraba por una puerta abierta. Con la cara pegada a la pared, espió hacia dentro.

El acompañante francés de Emmett estaba en el centro del cuarto, sonriéndole al hombre que estaba sentado en el sofá rojo junto a la puerta abierta.

—No seas tan engreído, mon ami. Es cierto que tú tienes más suerte con las mujeres, ¡pero morbleu!¡Te superaré, a pesar de tu salvaje encanto italiano!

Rosalie estiró el cuello para ver mejor quién era el ocupante del sofá. La lustrosa cabellera oscura le resultó demasiado familiar. Se giró y pegó al espalda contra la pared. El corazón le latía tan fuerte que tenía miedo de que se escuchara el desbocado ritmo.

—¿Salvaje, dijiste? —La voz de Emmett se oyó junto a ella, del otro lado de la pared—. En eso quizás tengas razón, amigo mío. Hace muy poco me han considerado de bestia.

Aro rió.

—Sin duda fue alguna de tus ex-charmantes. Los corazones rotos que dejas a tu paso igualan a los cadáveres. Disfrutas y luego olvidas. Al igual que la mayoría de nosotros.

—Esta vez no, Aro. Esta vez me la veía venir.

—¡Aja! De modo que sí tienes una mujer en mente. ¿Alguna campaña fallida?

¡Rosalie casi se muere allí mismo y en ese preciso instante, de todas las cosas que decía!

—Una mujer hermosa jamás ignora sus encantos, mi joven amigo —Aro lanzó un suspiro—. Te sugiero que seas cauto.

—No tengo intención de caer en la trampa de su maldito fastidio, así que puedes guardarte tu consejo —expresó Emmett con un gruñido.

Ah, pardieu! —clamó Aro con exasperación—. Es una joven. ¡Y de la nobleza! Apuesto a que es muy hermosa, ¿eh? ¿Y rubia?

—Tiene la cabellera rubia más hermosa que puedas imaginar. Y de ojos felinos.

Rosalie se deslizó por la pared hasta quedar en cuclillas junto al marco de la puerta abierta mirando bobamente las estrellas. Abajo, una mujer cantaba acompañada por las suaves cuerdas de una guitarra española. La mezcla embriagadora se confundía en la cabeza de Rosalie saturada de alcohol y las palabras de Emmett. ¿Ella tenía ojos felinos?

—Ve abajo, Vipére. Es tu Heidi la que te está cantando. La has ignorado toda la semana regresando sigiloso a tu barco todas las noches. Ahora pienso que debes de tener a una mujer en tu camarote a quien regresas, tal vez una de ojos felinos, ¿eh?

Emmett deslizó una mano en el bolsillo lateral y palpó un manojo de joyas frías.

—No hay tal mujer —Suspiró y dejó la mano adentro del bolsillo.

—Si te has cansado de Heidi, tal vez la convenza de dar un paseo conmigo por la playa. Ella es la más hermosa de esta isla.

—Para lo que me importa, puedes llevártela a París.

Aro exhaló enérgicamente.

—Veo que esta noche estás decidido a sufrir. Te dejo con tu malhumor. Adieu —Esbozó un ademán inestable y luego se marchó hacia la juerga que había abajo.

Rosalie apoyó la mejilla contra la pared fresca, sintiendo la presencia de Emmett del otro lado. Detestarlo cuando estaba convencida de su indiferencia era mucho más sencillo. Era fácil descartarlo por ser un vagabundo despiadado que codiciaba sus joyas y deseaba humillarla, pero en ese momento ella se preguntaba si no habría algo más en su comportamiento que lo que ella había querido creer. De ser así, ¿por qué se había detenido aquella noche en que la había tenido debajo de él, ansiosa por recibir sus besos y caricias?

Un estremecimiento le recorrió todoel cuerpo. Gracias a Dios, él había puesto fin a la locura de esa noche. No sabía qué hubiera hecho él de haberla llevado a ese punto sin retorno. Al menos ahora le quedaba algo de dignidad, aunque no era gracias a su espantosa falta de abstinencia. El realmente le había hecho un favor. El único aspecto escalofriante de su proceder, algo que aún la horrorizaba, era su poderosa fuerza de voluntad. Emmett tenía un control total y absoluto de sí mismo.

Tras decidir no arriesgarse a exponerse, Rosalie se puso de pie y sigilosamente se abrió paso entre las sombras, rumbo a los marineros que la aguardaban abajo.

¿Cómo se podía despreciar a un hombre que la consideraba demasiado hermosa para describirla con palabras, que había rechazado a ardientes vampiresas y que regresaba sigilosamente a su barco todas las noches?, se preguntaba Rosalie un momento más tarde sentada en el sofocante salón con sus amigos marineros. No obstante, estaba obligada a dejarle las piedras de amatista y el vestido de fiesta. Si por ella fuera, podía atragantarse con ellos. El era un canalla despreciable y merecía ser tratado como tal: con absoluto y completo desprecio.

Al menos ella había sentido el sabor de la libertad; después de todo, el viaje no había resultado del todo en vano. En tres semanas estaría de vuelta en Inglaterra, apaciguando a su abuelo, tratando de convencerlo de que ser tachada por la sociedad como un desastre no era el fin del mundo. Ella no estaba del todo convencida de que aún quisiera un esposo, ni de que alguna vez lo hubiese querido. Todo lo relacionado con el matrimonio parecía conspirar en contra de las mujeres. Básicamente, la naturaleza del contrato nupcial tenía que ver con cederle la libertad, los bienes y todo lo demás al hombre, por ende dejando a la mujer sólo con el título de mujer de ahí en adelante. Como una esclava. El esposo era dueño de la esposa. Si ella tenía una aventura amorosa, técnicamente el amante le usurpaba la propiedad al esposo; pero dada la mercenaria naturaleza de los hombres, era menos probable que el esposo agraviado se batiera en duelo que presentara una demanda por injurias. El abuelo de ella garantizaba que, casada o no, su nieta quedaría bien protegida cuando él ya no estuviera. De modo que no tenía necesidad de contraer matrimonio para asegurarse el futuro. Ella podía casarse por amor.

Esa idea le resultó tan perturbadora que tuvo que tomar otra ronda de ron antes de regresar al Alastor. Casarse por amor. El recuerdo de cómo Emmett la había despertado al deseo le aceleró el pulso. Incluso con sus defectos —y el canalla sí que tenía algunos incorregibles— la había hecho sentir... ¡Oh, Dios! La había hecho sentir que se estaba derritiendo, que él haría cualquier cosa por ella, que podía quedarse inmóvil y con los ojos cerrados siempre que él no se detuviera...

Su mirada se posó en una silueta alta y dominante que se dirigió hacia el bar. Una mujer se inclinó sobre el cuerpo robusto, y lo envolvió con sus voluptuosidades como una planta trepadora. La condenada mujerzuela tenía cierto encanto. Rosalie pensó en marcharse, pero en lugar de eso decidió quedarse ¡y echarle maldiciones!

—Ahí va Heidi, probando sus encantos de nuevo —observó Cayo.

Rosalie escudriñó a la pareja del bar. Emmett sí tenía aspecto de estar aburrido.

—¿Crees que él se rendirá? —preguntó Felix dando un codazo a su compañero—. La ha estado esquivando la semana entera.

—Yo creo que se cansó de ella hace meses —respondió Cayo.

—Ella jamás se cansará de él —aportó Garrett—, no después de que la rescatara de aquel nido de ratas y comprara su libertad. Lo intentará una y otra vez hasta que zarpemos.

—El debería decirle que ha perdido el interés y dejar que el resto lo intentemos —murmuró Benjamín.

—¡Veo que has recuperado el vigor, donjuán! —rió Garrett en voz alta.

Benjamín se puso furioso.

—¿Por qué siempre me estás fastidiando? ¡Dale a otro la tabarra para variar!

—Nadie es tan interesante como tú, Benjamín. No somos más que una pandilla de tipos viejos y aburridos.

A pesar de su estado de ánimo, el comentario de Felix hizo sonreír a Rosalie. Las mujeres que ella conocía eran todas aburridas. Si ella fuera hombre, se convertiría en un marinero.

Una sombra alta y oscura cayó sobre la mesa.

—¿Qué hay, sinvergüenzas? No os caigáis dentro de la jarra. Levaremos anclas con la marea de la mañana.

Los hombres se quedaron helados. Rosalie se mordió el labio inferior; él estaba parado justo detrás de ella.

Garrett recuperó la calma:

—Únase, capitán. Felix, acerca una silla para el capitán.

—No es necesario —dijo Emmett de manera amena—. Ya nos íbamos.

Rosalie se estaba conteniendo los comentarios antipáticos sobre las prostitutas del muelle cuando una mano firme se posó en su hombro.

—¿No es así, milady? —La pregunta retórica fue reforzada con un halagüeño apretón en la delgada clavícula de ella. Ella alzó la vista. El la miró ferozmente.

Con aspecto preocupado, los cinco marineros protestaron algo de modo incomprensible. Una ceja renegrida se levantó en un gesto divertido cuando el capitán del Alastor examinó los rostrospreocupados de sus hombres.

—Si alguien tiene algo que decir, que lo diga ahora. Jamás me han acusado de arrancarle la cabeza a un hombre por expresar su opinión.

No había mucho que decir y todos lo sabían. Emmett no iba a dejarla entretenerse en tabernas. Rosalie no tenía otra opción más que acompañarlo. La cogió de la mano y se la llevó.

El cuarto privado del segundo piso estaba bien iluminado y vacío. Había unas pinturas de filies de joie desnudas juxta-puestas con llamativos divanes, todo con un aspecto bastante andrajoso. Emmett la llevó hasta el sofá color escarlata, que parecía el sitio más seguro del cuarto, y se desplomó en el sillón que había frente a ella. Escogió una copa limpia y la llenó de vino.

—Bébetelo —le ordenó al colocarle la copa frente a ella. Con desánimo, la miró en silencio.

Rosalie echó una mirada a la copa y luego alzó la vista.

—¿No crees que ya es demasiado tarde para eso?

—Bebiste con mis hombres, beberás conmigo.

¡Cuando las ranas críen pelo! Ella se quedó en silencio.

Un músculo le latió por el enojo en la mandíbula. Hundió su enorme cuerpo en el sillón de modo descuidado: le recordaba a un niño malcriado teniendo un berrinche. De pronto se le ocurrió que el todopoderoso Víbora era —según las palabras de Jasper— de dudosa naturaleza humana, aunque sí de carne y hueso.

—Riley regresó hoy —mencionó en forma casual.

Ella se armó de paciencia.

—¿Y qué pasa con eso? Yo no estaba al tanto de su ausencia. Ni me interesa.

—Te interesa cuando te diga que regresó de Jamaica, donde lo dejé para que vigilara a mi hermana mientras nosotros pasábamos la semana aquí. Lo que sigue son unas pertinentes felicitaciones. El vizconde Whitlock finalmente ha adquirido una esposa, dicen que mediante un permiso especial. Se trata de una misteriosa condesa italiana. ¿Alguna idea?

Ella sonrió con perspicacia. Qué sinvergüenza podía ser cuando estaba de buen humor, un muy pero que muy apuesto sinvergüenza.

—Bueno, les deseo lo mejor, aunque me alegra no estar en su pellejo.

Él alzó la ceja.

—¿Eh?

Entonces sí cogió la copa de vino. Quitándose bruscamente el ridículo gorro rojo, dijo:

—Parece que al ver la comida viene el apetito. Le he cogido el gusto a la insolente libertad y tengo intención de darle rienda suelta. He decidido que en cuanto se presente la oportunidad propicia, me procuraré mi propio barco, contrataré a un capitán y navegaré por alta mar. A lo grande.

Se quedó pensativo. A ella no le sorprendió cuando dijo:

—Sin ofender a nadie, ¿no crees que para una joven dama encantadora navegar por el mundo es un tanto extremo?

—¿Quieres decir arriesgado? Tal vez —Ella se encogió de hombro desinteresadamente—. Pero la vida es demasiado corta para perder el tiempo lamentándose. Prefiero mil veces más pasar lo que me quede de vida viajando por el mundo, conociendo lugares y en busca de la felicidad, que sumirme en el aburrimiento durante trescientos años.

Él expresó con una sonrisa:

—Suena como un plan.

—Que tengo intención de poner en marcha —Depositó la copa sobre la mesa y se dirigió hacia el balcón abierto, ignorándolo categóricamente. Hasta ese instante ella no se había percatado de que la idea iba tomando forma en su mente y se iba convirtiendo en una intención madura. El hecho de decirla en voz alta no sólo le había dado forma sino también le había hecho cobrar determinación. Si su abuelo no lo aprobaba, sencillamente lo arrastraría con ella. Hasta los brillantes políticos necesitaban un respiro de vez en cuando.

El aire le erizó los vellos de la nuca.

—Antes de enfrentarme con Luis —la voz grave de Emmett se deslizó por encima del hombro de ella—, tengo intención de detenerme en Agadir, es decir, en Marruecos. Si quieres, puedo llevarte conmigo y devolverte a Inglaterra unas semanas más tarde de lo planeado.

Ella se volvió para mirarlo de frente. Tenía los rasgos ensombrecidos, los hombros anchos bloqueaban la luz que salía del cuarto, había un rasgo suave y convincente en Emmett que a ella nunca dejaba de fascinarla. Qué aventura sería viajar con él hasta tierras tan lejanas. Al principio ella no había apreciado realmente el potencial de la idea, y de manera bastante tonta había decidido aceptar su ofrecimiento hacía una semana. Por supuesto, en ese momento él no había sido honesto. Sin embargo, ahora lo era. Estaba segura de eso.

—Tu ofrecimiento me conmueve profundamente —dijo ella con absoluta seriedad—. No obstante, debo rechazarlo.

—¿Debes? —preguntó él, sin poder ocultar el asombro. Sin duda su inmensa seguridad en sí mismo lo había hecho pensar por anticipado en nada menos que en que ella se le arrojaría a los brazos, lo llenaría de besos y se lo agradecería infinitamente desde el fondo de su corazón.

—Disculpa —sonrió ella, disfrutando cada instante de aquello—. Aunque tu ofrecimiento vale la pena...

—¿Pero no era eso lo que querías? ¿Lo que acabas de decir? —le preguntó con incredulidad.

—Así es —admitió ella, preguntándose cuan lejos llegaría él hasta que ella accediera—. Pero como se suele decir: si me engañas una vez será culpa tuya, si me engañas dos será culpa mía.

Emmett suspiró.

—Sé que no me hubieras creído de habértelo dicho aquella noche, Rose, pero te aseguro —se detuvo de manera significativa—, que tengo toda la intención de cumplir con esta proposición.

Ella sí le creía. Desafortunadamente para él, ella había adquirido un sabor de venganza.

—¿De veras?

Con el hermoso rostro bronceado un paradigma de solemnidad afirmó:

—De veras.

—Mmm —Ella puso cara de estar reconsiderando la propuesta—. No lo creo.

—Rose... —Él se adelantó; estaba casi encima de ella.

Pestañeó con gracia.

—Estoy agradecida, pero de veras, ¿qué sentido tiene viajar tan lejos para conocer una sola playa? Sería peor que no conocer nada de nada. No, gracias, pero debo esperar a que surja una mejor oportunidad que ésta. Dentro de tres semanas, al llegar a Inglaterra, nos diremos adiós y tomaremos rumbos separados.

Su aplomo se derrumbó. Si una semana antes él no hubiera estado realmente dispuesto al desafío, sin duda ella hubiera rectificado la situación: parecía absolutamente ansioso por que accediera a ir con él. De modo que en ese momento el tan confiado de sí mismo Víbora no estaba tan bajo control, ¿verdad? Esa desdichada noche sí que ella había aprendido una valiosa lección: Emmett era un demonio astuto, y ella tenía que ser dos veces más astuta.

Los ojos le brillaban intensamente, como si estuviera absolutamente concentrado, le acarició la delicada mandíbula con los nudillos, hipnotizado por la refinada estructura ósea.

—Tú quieres conocer la kasba —respiró.

Sus miradas se cruzaron. Con ojos brillantes, Rosalie reprimió una enorme sonrisa y asintió con la cabeza. Una sola vez.

—Te llevaré a la kasba de Argel, amore. Y a Agadir. ¿Vendrás?

—Sin compromiso —afirmó ella con cautela. Una sonrisa malvada le curvó la boca. —Sin compromiso.

—En ese caso, no me importaría hacer un pequeño desvío camino a casa. ¿Zarpamos mañana?

—Así es. Pero primero —aún sonriendo, deslizó los brazos alrededor de su cintura y la atrajo hacia su torso plano—, debemos sellar este pacto con un beso —Le rozó los labios y la besó con tal profundo deseo que la resistencia de ella, junto con sus ideas, desaparecieron.

Nadie tenía permitida la entrada a la fortaleza de Gibraltar sin un permiso especial del alcaide. Poco dispuesto a revelar su identidad, Edward se acuarteló en una posada situada en un terreno neutral. Residió ahí durante varios días hasta que decidió entrar a la guarnición disfrazado y a hurtadillas. Su objetivo era procurar una suma de dinero mediante una carta de crédito que había traído desde Versalles. Alquiló una habitación en una taberna que quedaba en un callejón estrecho. Convenientemente, el callejón quedaba alejado de la calle principal de Gibraltar.

Era imposible mirar el lugar sin experimentar una sensación de horror. Los recovecos llenos de humo y mugre, al igual que los grupos de españoles, los oscuros moros y los distantes judíos personificaban su menos que insignificante vida, se lamentó Edward amargamente, pero su suerte estaba a punto de cambiar. Pronto tendría el medallón, a su enemigo muerto y a Milán: la tierra de sus antepasados.

Al cabo del quinto día en Gibraltar, estaba bebiendo una jarra de cerveza con un moro llamado Bouderba, quien tras haber vivido algún tiempo en Marsella hablaba bastante fluido francés, cuando un muchacho de aspecto mugriento se le acercó con un mensaje. Eleazar había llegado. Se encontraron en la posada una hora más tarde.

—¡Cuéntame todo! —le ordenó Edward impacientemente.

—Va camino a Argel. Pero no está solo. Va acompañado de una mujer.

—¿Por qué me fastidias con detalles insignificantes? —Se llevó a la prostituta con él. Será la última que tenga.

—No es una prostituta, monsignore, es la nieta de un duque inglés. De un duque importante.

—Las damas de alta alcurnia son las prostitutas de la peor calaña —dijo Edward con un bufido—. Espera un momento... —Cogió a Eleazar de la pechera de la camisa y lo elevó hasta mirarlo a los ojos—. ¿Dijiste un duque inglés?

—Yo... yo la vi —chilló Eleazar—. Una jovencita bonita, rubia, con un cuerpo delicioso. Pasaron una semana juntos en Tortuga.

—¡No te pago para saber tu gusto con las mujeres, stronzo!—Con el rostro como una máscara de furia, Edward apartó a Eleazar de un empujón—. El bastardo aún sigue en el juego. Después de todo, no se ha retirado. Piensa que ha enganchado un trozo de carne que lo lleve directamente al consejo de guerra, a Marlborough y a Saboya —Maldijo—. Va bene. Dejémoslo pasar sus días al sol. No vivirá demasiado para cosechar su siembra —Atravesó a Eleazar con una furiosa mirada glacial—. Iremos a Argel