Capítulo 9

A dos pasos

Lo que restaba del sábado y el domingo se fueron en un parpadeo. A diferencia de los anteriores fines de semana, en los que solo me dedicaba a suprimir la ansiedad que sentía por la llegada el lunes, actualmente ya no me motivaba el inicio de la semana. Sabía que Max me ignoraría como era su costumbre, así que no había nada más espantoso que la inminente llegada del lunes.
La idea de que él había estado en lo cierto no abandonaba mi mente. No verlo en absoluto quizás hubiera sido menos doloroso que observarlo pasar por mi lado todos los días sin que me dirigiera ni una palabra. Claro está que nunca podría comprobarlo, dado que jamás sería capaz de pedirle que se alejara de mí. De solo pensarlo, el corazón se volvía pesado dentro de mi pecho, generando un sufrimiento insoportable.

No me apresuré en salir de mi casa camino al instituto. Me puse el uniforme, desayuné y recogí mis cosas con tal parsimonia que llegué retrasada a la primera clase.

—Gracias por venir, señorita Cullen—dijo el profesor cuando abrí la puerta del aula lentamente, creyendo que así pasaría desapercibida.

Me sonrojé y le desvié la mirada de la vergüenza. Tomé asiento junto a Camille después de entregarle una mirada de disculpa.

El día transcurrió rápidamente y mis pensamientos se concentraron en cómo sería mi encuentro con Max en la cafetería, era lo único con lo que fantaseaba todos los días
¿Lograría sonreírle alguna vez? ¿Lo haría él? ¿Se vería tan hermoso como siempre?
El recuerdo de la perfección de sus facciones de adonis y la representación de su andar seguro me tallaron un hueco en el lugar donde se suponía que estaba mi corazón.

Cuando sonó el timbre que anunciaba el inicio del almuerzo mi corazón dio un vuelco. Disimulé el nudo que se hizo en mi estómago ante Camille y caminamos juntas hacia la cafetería, conversando sobre lo pesada que había sido la clase. Fue al doblar en una bifurcación cuando Adams nos emboscó desde un costado.

—Cam—llamó su atención, respirando con dificultad. Parecía que había corrido kilómetros hasta alcanzarnos. — ¿Puedo hablar contigo? —depositó su mirada en mi por medio segundo cuando agregó un saludo modo tan apócrifamente cortés que hasta sonó insultante —Hola, Jasmett.

—Adams—asentí sin expresión para devolverle el gesto.

—¿Qué necesitas? —le preguntó Camille con una descomunal cordialidad que me hizo desconfiar sobre su supuesta "ruptura amistosa".

—A solas—aclaró, observándome con recelo.

—Te veré en el almuerzo—le dije a mi amiga con una sonrisa con la que me esmeré para verme alentadora. Lamentablemente, no era muy buena para sonreír esos últimos meses. Supe que la táctica no había funcionado en cuanto ella frunció el ceño para dar su negativa. La detuve antes de que pudiera comenzar a quejarse. —En la cafetería me lo cuentas —volví a sonreír con más ímpetu y me marché con pasos apresurados antes de que se quejara.

Definitivamente, participar en su conversación post ruptura era el último de mis deseos. No quería escuchar sus discusiones y mucho menos ser testigo de su posible reconciliación. Por lo tanto, fuera lo que sea que iban a hablar, era mejor que me mantuviera al margen.
Caminé con deliberada lentitud por los pasillos del instituto una vez que me hube alejado lo suficiente de la cháchara que tenía mi amiga con su exnovio.
La escuela nunca se había visto más tétrica. Era como si hubieran pasado siglos desde que la había visto alborozada, decorada con globos y serpentinas de papel excesivamente brillante. Solo habían transcurrido unos meses desde que se celebró allí el baile de fin de curso, solo eternos meses desde que Max me había dejado. De repente, me sentí abrumada por la oscuridad y el reducido espacio que había entre las paredes del corredor. Mi corazón comenzó a bombear elevada cantidad de sangre hacia mis extremidades, preparándose para alguna especie de peligro intangible. Me detuve a respirar con deliberada parsimonia para calmarme. Es solo un ataque de ansiedad, me repetí a mí misma esta frase varias veces antes de recobrar el control de mi propio cuerpo.

—Ey, Jasmett— me llamó una voz masculina.

Concentré mis ojos el rostro propietario de esa voz, haciendo un esfuerzo por enfocar, dado que mi visión se había vuelto nublosa.

—¿Evan? —me costó reconocerlo.

No había vuelto a hablar con él luego de darle plantón en la fiesta de cumpleaños de Adams. El mismo día que Max me había confesado su amor. El dolor en mi corazón me avasalló nuevamente al recordar las frases de su discurso verborrágico, "sé que puedo hacerte feliz, estoy seguro de eso", esas habían sido sus palabras exactas. Aun las recordaba con claridad ¿Dónde había quedado esa seguridad? ¿A dónde fue a parar ese intento de promesa? Si había algo que no había en mi vida desde hacía tiempo, era felicidad. Sentí una puñalada quemante en el corazón, me llevé la mano al pecho para asegurarme que no se saliera nada de su lugar, era una manía ridícula que había adoptado gracias a las desgargantes punciones de dolor que me atravesaban.

—¿Te encuentras bien? —se detuvo frente a mí y me examinó con rostro sinceramente preocupado, concordante con su tono de voz. —Parecía que te aferrabas a la pared como si fueras a desmayarte—agregó señalando el muro blanco deslucido que estaba mi costado.

—Sí—mentí, desviando mis ojos al suelo. Se me daba mejor faltar a la verdad si no ejercía contacto visual con la víctima. —Solo fue un mareo.

—¿Cómo has estado? —me preguntó, relajando un poco su semblante de preocupación.

—Bien—volví a mentir y luego de hacerlo miré su rostro, intentando mostrarle una sonrisa. Sus facciones eran igual de agradables de como las recordaba, pero su cuerpo se veía mucho más imponente, o quizás solo era yo, que me había empequeñecido. Luego de dos segundos de mantener mi sonrisa fingida hacia sus ojos del color de la miel más oscura, caí en la cuenta de que él estaba esperando que le devuelva la cortesía. —¿Tu como has estado? Parece que hace siglos no te veo.

—Bien, muy bien—me respondió sonriendo, dándole un aire aún más cálido a sus facciones, lo que hacía desencajar su rostro con el resto de su imponente cuerpo. —No nos vemos desde que tu novio casi me amenazó para que me alejara de ti—recordó sin perder la sonrisa, esa situación en algún punto lo divertía sobremanera.

A mí no me solazaba, saberlo solo agudizó el malestar debajo de mi esternón. Disimulé la mueca de dolor que estaba por aflorar en mi rostro reemplazándola con gesto de mi comisura izquierda, a modo de sonrisa asimétrica.

—Lo siento—fue lo único que logré articular en defensa del actuar de Max.

—No es tu culpa—sonrió, pero esta vez de costado, despreocupado. Esa sonrisa en la boca de Max me habría detenido el corazón, para hacerlo volver a latir mil veces más rápido. En los labios de Evan no significaba nada, absolutamente nada, ni siquiera la sensación un aleteo de un mosquito en el ombligo. —Tampoco es culpa de Max, yo habría hecho lo mismo en su lugar.

Asentí, mirando las paredes que nos rodeaban. No sabía qué debería responder, o si siquiera debería responderle algo. Claramente estaba flirteando conmigo, algo que me incomodaba. Pero lo que más me alteraba era la cantidad de veces que había nombrado a Max en tan poco tiempo, me dieron escalofríos.

—Fue bueno verte—se me ocurrió que esa era una excelente frase con la que terminar una conversación tan superflua como esta.

—¡Espera! —me detuvo antes de que comience a escabullirme de allí. Con la mano derecha se acarició la nuca, mientras que con la izquierda se aferraba a la aleta de su mochila que colgaba de ese mismo hombro, en un gesto inquieto. —En realidad ... —comenzó a balbucear mientras cambiaba su peso de un pie a otro. — Como me enteré de que Max y tu habían roto, quería saber si quisieras salir conmigo a cenar o al cine, o lo que tú quieras—su nerviosismo hasta me habría parecido encantador en cualquier otro momento de mi vida pasada, ahora solo me mortificaba. Me quedé mirándolo absorta, sin saber qué responderle y con la boca entreabierta. El notó mi desconcierto, dado que volvió a hablar con tono urgido. —Es decir, no quería que Max lo tomara a mal y hablé con él al respecto—abrí aún más mi boca. —Él dijo que estaba bien que saliéramos.

Mi mandíbula ya no daba para más apertura y comenzaron a dolerme las articulaciones temporomandibulares. La lengua se me secó por completo y tuve que masticar varias veces el aire para volver a humedecerla.

—¿Él dijo que estaba bien? —pregunté con un hilo de voz que ni yo misma oí.

—¿Cómo? —preguntó, acercando su oído hacia mi boca para lograr oírme.

Carraspeé para despejarme la garganta ocluida por el conocido nudo que se tramaba allí cada vez que la angustia me invadía.

—¿Max te dijo que no le importaba que saliéramos? —logré formular la pregunta con mayor seguridad.

—Algo así —de repente su rostro se tornó confuso y se removió inquieto. —Dijo algo como que ya no estaban juntos y que tu eres libre de hacer lo que quieras.

—Es verdad —afirmé, más a mi misma que a él.

Me dolía en lo más profundo de mi ser saber que Max estaba pasando de mí. Ya no sentía celos, ya no le molestaba que otros chicos me rondaran, es más, les daba su bendición. Pero lo que más me despedazaba era que él estaba en lo cierto, ya no estábamos juntos y yo podía hacer lo que se me venga en gana, tanto como él podía.

—Mierda—susurró tocándose la frente, apremiado. Parecía que él también había dicho esa palabrota para sí mismo—Siento que la estoy cagando —algo vio en mi rostro que lo hizo pensar de esa forma y estaba en lo cierto. —No tiene que ser una cita si no lo quieres —elevó sus hombros intentando restarle importancia a su propuesta. —Solo pretendía conocerte mejor, que tú me conozcas —seguía nervioso, a pesar de estar intentado disimularlo. Era pésimo engañador, no pude evitar sentir simpatía hacia él.

—No estoy lista—le dije aprovechando la pequeña llama de agrado que sentí por él para dedicarle una sonrisa sincera. —No estoy preparada para citas, ni para conocer a alguien, ni hablar de estar a solas con un chico en una cena o el cine —en su cara comenzaba a vislumbrarse la decepción. — Y tengo que ser honesta contigo, no creo estarlo nunca.

—¡Qué sincera! —exclamó dejando entrever en sus ojos una mezcla de apocamiento con... ¿Diversión? —Solo cuenta conmigo si quieres despejarte o necesitas alguien con quien contar—su sonrisa pura me demostró que definitivamente era diversión lo que le había causado mi extrema honestidad, además de vergüenza. —¿Te parece?

—Claro—afirmé para no acabar por completo con su dignidad, pero yo estaba segura de que eso no sucedería.

Jamás.

—Nos vemos—dijo antes de darme la espalda y seguir su camino por el pasillo.

Me pareció haberlo escuchado maldecir al aire con mi sentido de la audición más desarrollado que el promedio de la población humana, pero probablemente era el sonido del viento que arremolinaba al filtrarse por alguna ventana entreabierta.

Continúe mi camino hacia la cafetería, cada lento paso que daba, más me rompía. No dejaba de pensar en lo que Evan me había declarado. Max le había dado su autorización para invitarme a salir, eso me daba la espantosa certeza de nuestra ruptura. Ya no éramos novios, ya no éramos siquiera amigos, ya no éramos nada. Todo este tiempo solo me había engañado a mí misma, intentando creer que solo estábamos desunidos, como una especie de novios a la distancia, pero en una misma ciudad.

El nudo en mi garganta se hizo tan grande, que me costó seguir respirando con normalidad.

— ¡Jasmett! —una voz demasiado perfecta para ser real me llamó a mis espaldas.

Si no fuera porque reconocería las dulces melodías que emitían sus labios aún en una habitación atestada de gente bulliciosa, diría que era imposible que fuera él.

Nunca me cansaría de oír mi nombre en sus labios, la seguridad y la dulzura con la que lo pronunciaba hacía que se me erizaran los bellos de los brazos debido al escalofrió que me traspasaba.
Me giré sobre mis pies dudosa, mirando hacia mis lados como si hubiera alguien más que pudiera tener ese nombre.

— ¿Me estás hablando a mí? —le pregunté con voz rasposa, debido a la pesadez en mis cuerdas vocales.

Lo miré extrañada, desorbitada ¿Realmente me estaba hablando a mí? ¿Podría haber otra Jasmett en el instituto? Tal vez esto era solo un sueño, quizás lo de Evan había sido una pesadilla, que finalizaba desencadenando en algo mucho peor.

Max se acercó hasta quedar a dos cortos pasos de distancia de mí, suficientemente cerca como para que su hermosura generara que mis latidos se dispararan y mis piernas comenzaran a flaquear.
Mil sensaciones se arremolinaron en mi interior, como una vorágine.
El odio y el amor luchaban entre ellos, a ver quién era el vencedor. La esperanza y la desesperanza se batían a duelo. El valor y el miedo se enfrentaban en el primer asalto. La tristeza y la felicidad iban reñidos en una carrera para llegar a la meta.
No era una pesadilla, era imposible sentir tantas cosas a la vez mientras se dormía.

—No conozco otra Jasmett—dijo en voz lo suficientemente baja como para que tenga que hacer un esfuerzo para oírlo. — ¿Has estado llorando?

Su voz sonó tan preocupada que casi le creí que aún se preocupaba por mí. Se veía inquieto, algo raro en un vampiro. Se removía sobre sus pies como si quisiera acercarse a mí, pero algo se lo impidiera. Se decidió por no acortar los metros de distancia que nos separaban. Yo, por mi parte, hice un esfuerzo sobrehumano para no hacerlo tampoco, aunque deseaba con cada partícula de mi ser arrojarme a sus brazos, a pesar de todo el daño que me habían causado todos sus actos.

Me llevé las manos al rostro y noté la humedad en mis mejillas ¿En qué momento había comenzado a llorar? Max tenía ese efecto en mí, lograba que olvidara por qué estaba angustiada antes de que él se presentara ante mí como la ilusión de un Dios hebreo.

— No—mentí rogando que lo dejara pasar, dado que no podría encontrar el motivo en mi mente perturbada por su insospechada presencia. —¿Por qué me hablas? —cambié de tema, articulando las palabras con mis labios casi sin emitir sonido, manteniéndome rígida en mi posición.

Por un segundo recordé su plan de captura de Caroline, lo último que deseaba era arruinarlo y tener que comenzar alguna otra estrategia que se le ocurriera, totalmente desde cero. Por lo tanto, intentaría no hablar en tono de voz más fuerte de lo necesario.

—Quería hablar contigo—me explicó, elevando su hombro izquierdo con simpleza.

Envidié la facilidad con la podía mantenerse despreocupado. Mientras en mi interior todas mis células, emociones y pensamientos estaban enzarzados en una guerra que parecía interminablemente dolorosa, él se mostraba impávido, imperturbablemente hermoso.

—Pensé que debíamos mantener distancia—susurré, sin poder fijar mi mirada en la suya.

No quería apartarme de él, pero mi instinto de supervivencia era muy cauteloso y me puso instantáneamente a la defensiva. Cada parte de mi cuerpo y mis sentimientos batallaban, pero milagrosamente estaban de acuerdo en una sola cosa: necesitaba a huir del daño que me generaba estar cerca de él y no tenerlo.

—Tienes razón—coincidió conmigo.

Creí que se marcharía después de darme la razón. Asustada por pronosticar su inminente despedida, estanqué mis ojos sobre los suyos, cayendo rendida en la profundidad de sus pupilas magnéticas.
Esbozó su característica sonrisa de costado que me despedazó el corazón, dando por finalizada la cruenta batalla en mi interior. El inmenso amor que sentía por él, la esperanza de que aun siga amándome, la felicidad por tenerlo cerca y el valor que me infundía su dulce mirada, arrasaron con el odio, la angustia, la desesperanza y el miedo que me había dejado su partida.

El pareció percibir el cambio de mis sentimientos en mi rostro, dado que intensificó su mirada en la mía y solo dio un paso hacia atrás, alargando el espacio que había entre nosotros.

—Muy gracioso—musité, sin preocuparme por contener mi risa. Él podía hacerme sonreír, aun cuando estaba acribillándome. —En serio, pensé que no podíamos hablarnos.

—No deberíamos, pero aproveché que Tim de segundo tuvo un accidente bajando las escaleras— me dijo guardando sus manos en los bolsillos de forma despreocupada, como solía hacerlo normalmente. Un gesto que particularmente me encantaba. — La enfermera se debate si darle puntos sutura ella misma o llevarlo al hospital para que tu padre lo haga.

—Cierto que debe pasar alguna tragedia que incluya sangre humana para que podamos hablar—recordé el golpe que había recibido de lleno en mi rostro. —¿Cómo esta Tim?

El permaneció en silencio medio segundo, agudizando su audición antes de contestar.

—Prefiere que tu padre le de los puntos, ciertamente.

—No lo culpo—coincidí con el niño dos años menor que nosotros, yo también preferiría que me suturara un vampiro al cual no le tiembla el pulso y es capaz de no dejar cicatriz alguna en tu piel.

El asintió silenciosamente, mirando hacia todos lados. Quizás intentaba recordar el verdadero motivo por el cual se acercaba a hablarme después de haberme ignorado lisa y llanamente durante tantos días. Yo rogaba con todas mis fuerzas que no lo encontrara, para así poder sostener mis ojos en su maravilloso rostro la mayor cantidad de tiempo posible. Aunque eso significara un dolor lacerante cuando finalmente volviera a marcharse, porque eso era lo que finalmente haría. Esta conversación no podía durar para siempre.

Era increíble el poder que su cuerpo ejercía sobre el mío. Su melódica voz entraba por mis oídos, haciendo que no pueda escuchar nada más que ese hermoso sonido que salía de entre sus labios. Sus ojos me aprisionaban, logrando mantenerme hipnotizada sin poder observar cualquier otra cosa que no fuera él. Su sonrisa de costado lograba que mi corazón quiera abandonar mi propio cuerpo y correr hacia el suyo. Su cercanía enviaba descargar eléctricas por todos mis nervios, haciéndome estremecer. En conjunto, todos sus encantos, me anulaban la mente. Nada más existía cuando estaba con él, nada importaba. Podría dispararme al corazón y no me importaría mientras permaneciera a mi lado.

—Quería disculparme por lo que estuvo pasando estos días—me dijo esta frase y su rostro se tornó apenado.

Pude notar cómo la duda se instalaba en sus facciones nuevamente, haciendo vacilar a sus pies. Imaginé que estaba meditando consigo mismo si debía acercarse a mi o no. Otra vez, escogió mantenerse en su lugar.

Su disculpa prendió una chispa en mi cerebro que consiguió desconectar la seducción que él ejercía en mí. Eso me permitió recordar todo lo que había hecho para herirme. Los sentimientos placenteros solo habían ganado la primera batalla, pero no la guerra. El odio, la tristeza y el miedo resurgieron de sus cenizas.

—¿Por cuál acontecimiento en particular? —le espeté, encabronada de forma inesperada y repentina. Todas sus acciones punzantes volvieron a mí. —¿Por el momento en el que Adams me atacó? ¿O cuando le dijiste a Evan que no te importaba que me pidiera una cita? —estaba hablando entre dientes, sentí la tensión acumulándose en mi mandíbula. —¿O cuando pasaste totalmente de mi luego de haberme prometido que no lo harías? —tomé una bocanada de aire para seguir acusándolo. — A no, seguramente es por haber faltado a tu promesa de hacerme feliz para siempre, definitivamente debe ser por eso porque ya ni recuerdo lo que era la felicidad.

Su rostro se quebró por completo en una mueca de dolor. Su cara me evocó la que me devolvía el espejo cada vez que estaba frente a mi tocador y me acordaba de él, de todo lo que habíamos sido y ya no éramos.

—Por todo—susurró con voz desgarrada y dio dos pasos.

Acortó el abismo que nos mantenía distanciados, dando los dos malditos pasos que nos separaban y ninguno de los dos se atrevía dar en un primer momento.
La energía estática comenzó a abrirse paso en mi cuerpo al sentirlo a un efímero centímetro. Retrocedí asustada los dos pasos que él había acortado con la intención de escapar de esa sensación avasalladora que me envolvía. El volvió a acortar la distancia, parecía que estábamos ceñidos en un baile mal sincronizado. Esta vez me tomó por los brazos, que caían muertos a los costados de mi cuerpo.

—Déjame—me revolví inútilmente contra su agarre sutil, pero firme.

—Jamás—afirmó, tomándome entre sus brazos a pesar de que yo intentaba zafarme. —Nunca te dejaré, Jasmett

Lloré como niña contra su pecho marmoleo, como siempre lo hacía durante todos nuestros últimos encuentros. Lloriqueé al darme de cuenta que solo podía sentirme realmente segura y a salvo entre sus brazos, dónde nada ni nadie podía lastimarme, y si lo hacían no me importaría. Sollocé por el amor que tenía que contener mientras el se dedicaba a ignorarme deliberadamente. Gimoteé por el odio que afloraba en mi cada vez que rompía una más de sus tantas promesas. Lagrimé por la enorme felicidad que un día él me había hecho conocer, pero que ya no reconocería, aunque me pasara por las narices. Me lamenté por la pena que me provocaba su lejanía. Hasta chillé de dolor por los dos pasos de distancia que nos habían separado desde el inicio de esta conversación, porque me daba cuenta de que había sido tiempo mal gastado si no lo había transcurrido entre la gélida calidez que me brindaban sus brazos.

Cuando mi garganta dolió tanto que los sollozos dejaron de poder atravesarla, me aparté de su pecho para mirarlo.
Su rostro estaba igual de descompuesto que siempre cuando me veía llorar.
Cuando estábamos tan cerca, tan juntos, con sus manos en mi cintura, mis ojos en los suyos y mis brazos intentando rodear su amplia espalda, no se sentía como si me hubiera dejado amar.

Me desprendí de él sin soltarlo, solo unos centímetros para tener una visión panorámica de la exquisita perfección de su rostro.

—Tus promesas ya no valen nada para mí—le aclaré en una voz balbuciente antes de hacerle un pedido, el me miró pesaroso y atento. —Pero debes asegurarme de que este no es nuestro final, que este no será nuestro último abrazo, que no dejarás de amarme, sin importar el tiempo de que debamos permanecer separados...

—Sabes que no tengo que prometerte algo así—una llamarada de pasión atravesó sus ojos del color del ámbar solo por unos segundos, dado que luego fue reemplazada por más dolor. —Nunca dejaré de amarte, no importa lo que ocurra, ni lo que tu hagas—pensó unos segundos mientras me observaba con intensidad, mis retinas no dejaban de escanear su rostro, para no perderme ni una sola parte de él, tallándolo en el hipocampo de mi cerebro. —Por eso le di el visto bueno a Evan, supuestamente no estamos juntos, no tengo del derecho de exigirte nada. Por lo tanto, puedes tener citas como cualquier otra adolescente—sus palabras decían una cosa, pero sus facciones contritas no actuaban en consonancia. —Cuando todo esto pase, mataré al hombre que esté a tu lado y volveré a conquistarte—me dijo elevando un su hombro izquierdo en señal de despreocupación y entregándome su seductora sonrisa de costado que me habría desarmado el corazón si no fuera por el hecho de que ya estaba totalmente desarmada.

En un instante, su cuerpo puso rígido y retrocedió los dos pasos que antes había dado para unirnos. Su lejanía punzó en mi piel, abriéndose paso hasta los huesos.
Cambió absolutamente su postura, pasando de estar mortificado a estar displicente, como si solo estuviéramos conversando sobre los deberes de matemáticas. Lo miré confundida por un segundo, pero cuando iba a preguntar qué le ocurría, la respuesta vino hacia mí.

Dos chicas doblaron por el pasillo, conversando animadamente entre ellas. Sus miradas se posaron sobre nosotros incluso antes de que pasaran por nuestro lado. Por supuesto, reconocieron la espalda de Max a lo lejos, aparentemente esa no era una particularidad mía nada más y, honestamente, no podía culparlas por la agudeza de su visión en cuanto a Max. Su metro ochenta y tanto no era algo habitual entre los niños de 16 o 17 años, mucho menos su postura confiada y la colosal cuadratura de sus hombros.

Rodé los ojos en demasía cuando escuché sus risitas y sus suspiros. Max contuvo una carcajada riéndose en silencio.

—Hola, Max—dijeron las dos al mismo tiempo, de la misma forma presumida, cuando pasaron a nuestro lado.

—Meghan, Mel—dijo él a forma de saludo cordial, sin apartar sus ojos de los míos.

Simulé que tenía arcadas y vomitaba hacia la pared. Esta vez la carcajada de Max salió expulsada a través de sus labios, el mejor sonido que tenía el mundo.
Las chicas retrocedieron un paso y se posaron a nuestro lado, esa risa armónica las atraía a ellas también.

—No fuiste a almorzar—dijo la de mayor estatura, creía que era Mel, o bien podría ser Meghan, siempre las confundía. Por supuesto que se dirigía a Max, ella fingía que yo no estaba allí — ¿Te veremos en trigonometría?

—Seguro—dijo el, brindándoles una mirada fugaz.

Reprimí nuevamente el gesto de las náuseas, pero ahora me estaban dando de verdad.

—¿Ustedes...? —comenzó a preguntar la otra, la de menor estatura; aunque, siendo honesta, las dos eran altas considerando mi miserable metro cincuenta y poco. Nos miraba de hito en hito sin concluir la pregunta y yo deseaba en mi fuero interno, con todas mis ansias, que no la terminara. Vete, vete, vete. —¿Han vuelto?

Me agradó el ceño fruncido, seguido el gesto de desagrado que le dedicó Max, hasta me hizo sonreír. Poco, pero lo hice.

—Solo estamos hablando, Meghan—aclaré mirándola con mi mejor gesto simpático, aunque realmente creo que podría haberlo hecho mejor que eso.

—Soy Mel—me informó, bajando su mirada para posar sus ojos en mí.

Me sentí diminuta.

Nota mental: la más baja de las dos es Mel.

—Bueno saberlo—le dije dedicándole una aparente sonrisa. —Intentaré recordarlo.

—Nos vemos en trigonometría —zanjó el.

Su tono de voz arisco y su rostro huraño no les dieron lugar a réplicas.
Sonrieron engreídas, me observaron de pies a cabeza como si yo no les llegara ni a los talones, algo que era cierto, y se marcharon.

—Me sentía mejor cuando mi única competencia parecía ser Janet—le dije, sintiendo como los celos corroían mis venas, haciéndose unos con mi sangre.

—No tienes competencia—negó con su cabeza a la vez que me sonreía incrédulo. —Te amo, con todo lo que soy—afirmó mirándome con vehemencia. Me perdí en el pantano de oro líquido que eran sus iris. —¿Qué tengo que hacer para que lo entiendas?

Volvió a acercarse a mí, acortando esos dos malditos pasos que siempre nos estaban separando durante esa conversación. Me estremecí con la electricidad que generaba en mi cuerpo su cercanía, pero gracias al cielo no me tocó. De haber puesto sus manos sobre alguna parte de mi anatomía, me habría hecho perder la estabilidad. Ya era suficiente con el ímpetu de su mirada.
Me observaba dudoso aun, como si no me entendiera en absoluto. Para mí era un hecho que él no estaba hecho para mí. Él se merecía a una extraordinaria modelo recortada de una portada de Vogue, de esas que tienes que mirarlas más de tres veces para asegurarte que fuera real.
No a una diminuta humana enclenque, cuyo único atractivo son unos ojos de color verde, que ya ni siquiera brillan.

—Estar conmigo—susurré, recordando su pregunta.

Eso era lo único que necesitaba. No para lograr concebir que me prefiriera por sobre cualquier otra hermosa mujer, eso nunca terminaría de entenderlo. Lo necesitaba para volver a ser yo misma, para volver a sonreír de felicidad, a respirar sin dolor, a vivir.

Por medio segundo vi la duda atravesar sus ojos. La excesiva seguridad que siempre habitaba en su semblante traqueteó. Solo por medio segundo.

—Te he robado toda la hora de almuerzo y no puedes llegar tarde a otra clase más—se lamentó y en ese mismo instante sonó el estruendoso timbre que anunciaba el final del esparcimiento. Me sobresalté por el ruido y se alteraron todas mis neuronas por su respuesta descolocada. No era de eso de lo que estábamos hablando, quise decírselo, pero las palabras se atoraron en mi tráquea. Se me había acabado el tiempo. —Lo siento—dijo en un susurro, cerrando sus ojos.

Me besó la coronilla, aspiró gran cantidad de aire sobre mis caballos haciendo que una corriente estática fluya por mi médula espinal y me dio la espalda para marcharse con pasos humanamente rápidos.

No pude detenerlo y pedirle que no me dejara otra vez. Estaba asustada, desconsolada y confundida. Esta vez el sabor de su despedida había sido diferente. No había sido agridulce como las veces anteriores, en las que se iba luego de besarme como si no hubiera un mañana, dejándome mil mariposas recorriendo cada milímetro de mi estómago, una respiración agitada y rodillas temblorosas.
Esta vez se había ido con un "lo siento" en sus labios, ni un adiós, ni un hasta luego. Lo siento.
¿Que sentía? ¿Hacerme perder el almuerzo? ¿Hacerme llegar tarde a mis clases? ¿No querer volver conmigo? ¿No poder demostrarme que era la dueña de su corazón? ¿Romperme en mil pedazos?

¿Cuántas veces debería marcharse para que aprendiera a decirle adiós?

Me tomé el pecho con las manos, mientras luchaba por mantenerme en pie.

Nunca aprendería.


¡Buenas! Acá estoy de nuevo, lamento las tardanzas. Le respondo una de las preguntas que me hicieron sobre el tiempo de actualización: actualizo cada vez que puedo, no tengo un día especifico. Trato de hacerlo lo más pronto que puedo, pero depende de la inspiración que me den ustedes mayormente. Así que por favor déjenme sus comentarios, deseos o lo que sea, nos estaremos leyendo!

Tam.