Extra IV

Tomoyo miraba la ventana de su habitación, su vista estaba fija en las pequeñas y casi extintas gotas que había dejado un proyecto de lluvia, que desapareció tal y como había aparecido, casi sin que nadie lo notara. No estaban diagnosticadas lluvias, pero tampoco era que le importase. A ella le agradaba los días nublados, así como los lluviosos. La lluvia la calmaba, le reportaba paz. Aunque ese evento no podía catalogarse, de todos modos, como una lluvia; quizás por ello esa sensación de tranquilidad y calma le era tan esquiva.

Aún estaba en la cama, era el lapsus de tiempo en que tardaba en convencer a su cuerpo para que se levantara. Últimamente ya no le costaba tanto despertar, es más, era consciente de la alarma cuando comenzaba a sonar por primera vez. La cuestión ahora era que le costaba activarse.

No tenía ganas de ir a trabajar. Los últimos meses se había embarcado en una montaña rusa de cambios. Se dio ánimos y pensó en que esa mañana sólo debería atender a un cliente y podría tomarse el resto del día, con eso en mente deambuló por su habitación con desgana, metiéndose a la ducha.

Puso especial énfasis en su maquillaje, quizás con esos polvos y bases su rostro pudiese tener un aspecto de mayor vitalidad. Quedó bastante conforme con el resultado final, pues la sombra de sus ojos se encargaba de iluminarlos y hacerlos lucir tan perspicaces como de costumbre, la base había logrado poner algo de color en su palidez, que era más acentuada que de costumbre.

Se dirigió a la sala, encendió el televisor, era algo que hacía sólo por no sentirse tan sola, y también porque en algunas ocasiones cualquier noticia lograba despertar su curiosidad.

Mientras tomaba algo de leche y cereales, su atención estaba totalmente enfocada en su comida. En la televisión pasaban la sección de economía, cosa que a Tomoyo no podía importarle menos, pero se sobresaltó cuando cierto nombre fue mencionado por la reportera.

"Estamos con Eriol Hiragizawa, responsable que la constructora Hiragizawa haya dado un salto para reposicionarse en la cumbre de las mejores empresas del rubro. Dígame, señor Hiragizawa, ¿el mérito es todo suyo, debido a su reciente ascenso a la presidencia de la compañía? Sabemos que los últimos años las acciones han venido cayendo, eso hasta que usted asumió, ¿diría que se debe a las nuevas ideas que ha tenido como presidente?"

Tomoyo dejó de respirar unos instantes y sintió que el estómago se le revolvió. Alejó el plato que instantes atrás le había parecido tan delicioso y que había estado devorando como si fuese su primera comida en días.

Hace cinco meses que no sabía nada de él. Había censurado todos los recuerdos que tuviesen el nombre de aquel inglés. Y verlo responder con su coqueta sonrisa a aquella periodista, no hizo más que agrandar aquella sensación de vacío en su estómago, que sentía cada vez que su obstinada mente caía en recuerdos de él, y lo que más le molestaba era que sabía que esas sensaciones eran porque se había puesto nerviosa.

¡Nerviosa de un tipo que estaba en la televisión!

Un tipo que le había hecho conocer cosas que ella se negaba a recordar. No era una mujer tonta, por lo que ni siquiera daba cabida a la idea de que se hubiese enamorado de él. ¡Eso era estúpido! Nadie se enamora en un día. Lo innegable era que la atracción que había sentido era la más potente que alguna vez hubiese experimentado.

«Sólo fue el alcohol, recuerda que ese día estabas muy borracha», se dijo a sí misma.

Ella enarcó una ceja, mientras distraía su atención del televisor, para arrojar el resto del desayuno al lavaplatos. El hambre se había evaporado, dejando una sensación de asco.

No, no podía seguir por ese camino, pues ya había intentado auto-convencerse de que su percepción había estado algo alterada producto del alcohol, pero muy en el fondo sabía, sabía que no era así. Todo lo que había pasado era tal y como ella lo recordaba. Y porque ella había permitido que pasara.

«Tomoyo, estás perdiendo tu clase», se recriminó sintiéndose molesta.

Intentó apagar el aparato con el mando de distancia, pero no pudo hacerlo. Se quedó pasmada mirando como aquel hombre se adueñaba de toda la escena, respondiendo las preguntas de la mujer, luciendo todo su carisma, sabiendo que la cámara lo amaba.

Tomoyo no tenía idea de qué hablaba, pues sólo podía verle, no escucharle. La manera en que sus labios se movían al hablar trajo recuerdos muy vívidos de lo que le habían hecho esa noche. Y al momento en que él pasó su mano por su cabello, no pudo dejar de advertir lo grande que parecían. Y eran grandes, ella lo sabía. Un escalofrío la recorrió entera.

—Oh, Dios —apretó las piernas sintiéndose excitada—. Malditas hormonas.

Con gesto decidido apagó la televisión y se prometió jamás volver a encenderla.

No pudo volver a su hogar hasta la tarde, el caso se había extendido más de lo planeado. Se había saltado el almuerzo y eso la tenía algo mareada. Llamó y pidió una pizza de tamaño extra grande. Ese día mandaría al demonio la estricta dieta que llevaba. Si apareciera una vaca asada delante de ella, estaba segura que sería capaz de comérsela entera.

Se sirvió un poco de jugo, su mirada anhelante se dirigió a la botella de vino que descansaba en la barra de la cocina, pero no podía, menos si estaba mareada. Se encargó de acallar sus voces adictas al alcohol, esas que añoraban el sabor de un buen merlot, esas que le decían que una copita no le haría daño a nadie; negando fervientemente antes de dirigirse a la sala. Necesitaba descansar. Esperaba que la pizza llegara pronto.

Sentada, se permitió por primera vez en ese día, darle cabida a lo sucedido esa mañana. Había visto a Eriol y eso la había hecho sentirse extraña todo el día. Si hubiese sabido que eso terminaría así, era probable que jamás hubiese ido a su oficina, aunque de inmediato se arrepintió de siquiera pensar eso.

¿Por qué su manía de meterse en la vida de los demás le reportaba esta clase de problemas?

Deliberadamente no respondió su propio planteamiento, ya que conocía con profundidad la respuesta.

Nadie le había dicho que hiciera lo que hizo. Era cierto que si dañaban a Sakura era una afrenta contra su propia persona, pero eso no explicaba por qué había terminado en la cama con ese inglés. Debió haberse detenido cuando se percató que todo había caído en su lugar, y que Sakura estaba con su jefe. Pero no, ella tuvo que caer en la tentación y acostarse con un tipo que había hecho sufrir a su prima. Eso era imperdonable.

Limpió dos lágrimas que cayeron por sus ojos.

—¡Genial! Ahora me pongo a llorar como una idiota. ¿Hasta cuando voy a dejar de sentirme de este modo?

También sabía la respuesta a esa pregunta.

Cuando Tomoyo había planeado vengarse del jefe de Sakura, había previsto ciertos daños colaterales.

Incluso se imaginó muchos escenarios donde su prima terminaría sufriendo, pero una de sus teorías, la que sentía que poseía una mayor probabilidad de éxito, era la que decía que su prima terminaría junto con Shaoran Li. Debido a que Sakura le había contado que ella notaba que no le era del todo indiferente al chino. Así que se arriesgó. Lógicamente, todo adquirió mayor peso cuando se dio cuenta de la forma en que reaccionó Li, al enterarse de la renuncia de la menor de los Kinomoto, eso la orilló a entregarle las fotografías y desear que todo siguiera como ella creía que pasarían las cosas. La teoría se hizo más fuerte todavía, cuando Shaoran Li la llamó, prometiéndole las mil penas del infierno si ella le mostraba esas fotografías a Eriol Hiragizawa. En ese momento estuvo segura que el jefe de Sakura sentía algo por su prima. Hasta ese punto el plan había ido a pedir de boca.

Tomoyo recordaba la forma en que se había divertido en ser quien manejara esa situación. Le entretenía la confusión y tosca vulnerabilidad que le mostraba el jefe de Sakura. Era como un pez sacado del agua, simplemente él no estaba en su elemento. El controlar los actos de los demás podía ser demasiado adictivo.

Hasta ahí había sido un plan perfecto, sin daños.

Con amargura recordó que la veces en que su ex novio le había dicho que era un demonio manipulador, que no tenía moral por jugar así con la gente, que ese tipo de comportamiento no era correcto; y tal vez tenía razón. Tomoyo se escudó contra los juicios morales que a veces la atacaban, diciendo que, en esta ocasión, era por el bien de Sakura. Sus intenciones eran buenas. Sentía que era su deber intervenir, pues como ella lo veía, si dejaba a esos dos solos, eran capaces de dejar pasar siglos antes de confesarse. Había que darles un empujoncito.

Sabía que no tendría que haber ido a la oficina de ese tipo. Ese había sido un gran error de cálculo. Ya tenía buenas probabilidades, cercanas al cien por ciento, de que el jefe de Sakura hiciera algo para no perderla, entonces ¿por qué demonios había ido?

La respuesta era sencilla y ridícula. Quería saber cómo era ese tipo. Curiosidad. A eso se reducía todo.

Se había encontrado con un hombre que, a pesar de ser un idiota, la sorprendía. Tenía un sentido del humor tan retorcido como el de ella y no era fácil engañarle. Su capacidad de responder a sus insultos le gustó, era genial discutir con alguien que podía devolverle los ataques de forma elegante y contundente. Sin dobleces, sin esperar que ella fuese una perfecta dama. Había notado como él la evaluaba y de manera extraña su aprobación le había dejado una sensación cálida.

Todo era un juego que había disfrutado hasta que él la había rodeado con sus brazos y le había robado un beso. Eso no era lo peor, lo más malo era que ella se lo había respondido. Aún en contra de sus propias aprensiones, su cuerpo había respondido y despertado al llamado sensual que le ofrecía ese hombre.

Recordaba perfectamente la sensación de fragilidad que la atravesó. Ella no era así. ¿Qué tenía ese hombre que podía atravesar las barricadas de indiferencia que siempre ponía al interactuar con otros?

A duras penas había conseguido alejarse. Tenía en la memoria la forma acelerada en que su corazón latía cuando logró salir de esa oficina. Casi había huido corriendo al salir del despacho de Eriol, prometiendo jamás volver a entrevistarse con él a solas.

Y su promesa se había roto ese mismo día.

Aunque eso no había sido culpa suya, había sido el destino o eso había creído en ese momento.

Él la había abordado en el bar al que siempre iba a celebrar. Celebraba que sus planes habían salido tal y como los había trazado. Era seguro que Sakura tendría mucho que contarle al día siguiente. Se alegraba profundamente, casi como si ella fuera la directa beneficiada de todo aquel embrollo. Y por eso, por Sakura y su felicidad, es que estaba bebiendo.

En un principio, Eriol saludó a Tomoyo y lo primero que ella pensó, fue que ese tipo la estaba siguiendo, pero él se encargó de negarlo todo. Todo era producto de la casualidad, del destino.

Fue inevitable hablar con él, responder sus preguntas, no pudo dejar de disfrutar su cercanía. Aquellas fugaces miradas que lograban conectar entre palabras vagas, miradas que prometían cosas prohibidas.

Apostar esos retos estúpidos y divertidos que la hicieron reír tanto, fue algo sublime. Los dos primeros fueron para ver qué tanto era capaz de hacer con tal de satisfacer su curiosidad. El que más la había sorprendido fue el tercero, pues cuando estuvo en su oficina había visto un piano pequeño en una de las esquinas, pensó que era seguro que tenía ese instrumento únicamente como elemento decorativo. Y quiso probar su punto. Pero nuevamente el saqueó sus predicciones y la sorprendió. Fue una linda interpretación, tanto que en un rotundo momento se sintió conectada a él. Alguien que pudiese interpretar una pieza de esa manera no podía ser cruel, se requería mucha sensibilidad para la ejecución. Esa parte del reto, terminó minando sus objeciones. Deseaba estar con él, quería que Eriol la besara otra vez, que fuera más allá. Quizás el pudiese hacerle sentir.

En aquel momento había decidido dejar de controlarse. Por primera vez, algo había logrado hacerla sentir tan viva, sería una estúpida si dejaba pasar esta oportunidad. Y mandó al carajo todas las advertencias, que su propia inteligencia se encargaba de comunicarle.

Esa noche sería distinta, se dejaría guiar por sus instintos y éstos le gritaban que diera rienda suelta a su atracción por Eriol. Así que dejó que el control, que siempre había guiado su vida, se escurriera.

Él la había tocado de una forma tan enloquecedora. No se había imaginado que el sexo podría reportarle ese tipo de sensaciones tan gratificantes. No encontraba palabras adecuadas para describir a nivel físico lo que había sentido. Eriol era un amante fabuloso, había logrado hacerla explotar tantas veces que en algún momento creyó que el tiempo se detenía.

Tampoco sabía muy bien cómo describir los sentimientos que la embargaban, pues su cabeza comenzaba a idear una forma de repetirlo. Aunque ella sabía que lo sucedido era cuestión de una noche. Se había dormido con él sosteniéndola en sus brazos y se había sentido correcto.

A la luz de la mañana todo adquirió un matiz diferente. Se hizo evidente que la fantasía ya había terminado. Ni siquiera le molestó que Eriol registrara su bolso y viera la fotografía, pues sus propios demonios no la dejaban pensar. Se había ido a la cama con un completo extraño, ella, que era conocida por ser inalcanzable por sus pretendientes. La fría y lejana Tomoyo, había sucumbido y se había incendiado con Eriol.

Lo peor fue la sensación de traición, había traicionado a Sakura. Se había acostado con el hombre que había hecho sufrir a su mejor amiga. Eso la hizo sentir realmente mal.

Sin embargo, aún con todos esos oscuros sentimientos, la idea de seguir viéndose con Eriol la llamaba. Quería seguir con Eriol, conocerlo más. Y quizás junto con conocerlo a él, podría conocerse a sí misma.

Había mirado sus apuestos rasgos mientras él conducía concentrado en el camino. Ella había intentado mantener la distancia con él, pues lo último que quería, era parecer una mujer desesperada por verse de nuevo. El inglés la trataba tal y como lo había hecho el día anterior, con cordialidad. Pero no mencionó nada de verse nuevamente. Entonces tomó la decisión de proponérselo ella. Estaba preparada para ser rechazada, pero no quería quedarse con la incertidumbre. Aparte de la desilusión, ¿qué más podía perder?

Todo eso se fue al diablo cuando se quedó sola en su automóvil. Estaba tranquila, ya había recuperado su ánimo, incluso su mente ya había trazado un plan para decirle a Sakura la forma en que habían pasado las cosas, conociendo como lo hacía con su prima, estaba segura que ella lo comprendería.

Eriol salió por un café a la tienda de la gasolinera. Tomoyo empezó a pensar en la manera adecuada de proponérselo. Sus manos temblaban y su corazón latía desbocado, en definitiva, estaba nerviosa. Quizás por esto se puso a abrir y cerrar la guantera, haciendo que su atención se fijara en un sobre. Que la mataran por ser curiosa, pero no pudo evitar mirar para ver qué contenía. Jamás se hubiese imaginado lo que encontró allí. Era un detallado informe sobre ella. ¿Qué demonios significaba eso? ¿Acaso él había planeado que las cosas terminaran así? Y ella había caído tan fácilmente.

Sintiéndose vulnerable y estúpida a partes iguales, obligó a su cerebro a trabajar. No quería irse sin explicaciones, lo mejor era decirle claramente que no quería volver a verlo. Después de todo, pese a comportarse como una mujer fácil, era una persona orgullosa, nunca aceptaría frente a nadie que ella había sido engañada de esa manera, pues era obvio que la honestidad que tanto le había gustado de él, no era más que una artimaña para lograr acostarse con ella.

Y ella que había creído que todo era por el destino, que todo era cosa de los Dioses, que tal vez su encuentro estaba predestinado a ocurrir. Los castillos románticos que su imaginación se había encargado de construir, se cayeron en secuencias certeras. Quiso reír de su imbecilidad, aunque no lo logró. La amargura era lo único que reflejaban sus ojos.

Estaba segura que no podría mantenerse estoica si se enfrentaba a él. Así que redactó aquella nota, sus manos temblaron todo el tiempo, por lo que la letra impregnada era horrible.

Luego de eso huyó.

Había jurado que jamás recordaría esa noche. Eso no había pasado y punto. Ella era fuerte y podría seguir adelante. Había superado todo el daño que le había hecho su primer y único novio, ¿y no iba a poder superar esa noche? Por supuesto que lo haría, renacería como siempre lograba hacerlo, con más fuerzas y con una coraza más poderosa que la anterior.

Ignoró por completo el vacío que llenó sus entrañas y la desazón que se espació por su pecho. Eso pasaba cuando te involucrabas con la gente: te lastimaban. ¿Cuándo iba a aprenderlo?

Ese día no asistió a trabajar, no tenía el ánimo, por lo que se reportó enferma. Se encargó de ver películas románticas todo el día, comiendo cantidades insensatas de comida chatarra. Era su forma de exorcizar sus demonios. Ver que, en la fantasía, todo confabulaba para que los protagonistas se quedaran juntos, la hacía sonreír. La realidad estaba lejos de ser así.

¡Qué tonta había sido!

Esa noche Sakura había aparecido en su puerta. Nada más abrir la puerta, su prima se había lanzado a sus brazos.

—¡Oh, Dios! ¡Estás bien! ¡Estás bien! —sollozó Sakura, apretándola más contra su menudo cuerpo.

—Claro que estoy bien, ¿por qué no iba a estarlo? —preguntó confundida, correspondiendo al abrazo de la castaña con la misma intensidad.

Sakura se separó de ella y la miró. Restos de lágrimas decoraban sus hermosos ojos verdes.

—¿Cómo que por qué? —refunfuñó—. He estado llamándote todo el día, tu celular ha estado apagado. Después me comuniqué a tu trabajo y dijeron que no habías ido y para terminar de estropear mis nervios, recordé que tu automóvil estaba aparcado afuera de mi edificio en la mañana y ahora que fui a casa seguía allí —Sakura suspiró—. Creí que te había pasado algo… Si no estabas aquí iría a la policía. Por favor, no vuelvas a desaparecer de ese modo.

—Lo siento, lo siento, Sakura —la vulnerabilidad de Sakura, hizo que se conectara más fácilmente con sus propias emociones vetadas—. Te juro que no lo hice intencionadamente…

—¡Tienes los ojos llorosos! —exclamó su prima—. ¿Ha pasado algo malo? ¿De verdad estás bien?

Tomoyo asintió en un intento vano de controlar sus lágrimas. Odiaba llorar frente a los demás, aunque con Sakura era un poco menos complicado.

—Cuéntame, ¿Por qué no fuiste a trabajar? Ambas sabemos que vas, aunque estés enferma. Eres la persona más trabajólica que conozco.

—Me sentía deprimida, eso es todo —respondió siendo sincera al menos en ese hecho.

Sakura abrió los ojos con sorpresa.

—¿Deprimida? ¿Tú? ¿Qué ocurrió? Mejor pasemos.

Tomoyo ni siquiera se había inmutado por estar teniendo esa conversación en el umbral de la puerta.

Se dirigieron a la sala, la chica de ojos azules no se perdió el mohín que hizo su amiga, al ver la cantidad de comida y envases que se encontraban desperdigados por la sala.

—Te vas a terminar intoxicando. ¿Devoraste un litro completo de helado? ¡Dios Santo! —la regañó moviendo negativamente la cabeza—. Será mejor que te sientes, mientras iré a hervir agua.

Tomoyo la vio ir hacia su cocina y la dejó, puesto que Sakura conocía su departamento de pies a cabezas. La vio volver con una bolsa y dejó que comenzara a tirar la basura. Tomoyo sabía que su prima estaba preocupada, pues la miraba de soslayo cada determinado número de segundos. Era como si estuviese advirtiéndole que iban a hablar y que iban a hacerlo en serio.

Estaba un poco incómoda, pues no quería contarle a Sakura que se había acostado con Eriol, pues ya bastante mal se sentía como para agregar la decepción de ella a sus hombros. Y tampoco existía la posibilidad de mentirle. ¡Eso ni pensarlo! Se propuso entonces distraerla.

—¿Y cómo salieron las cosas con tu jefe? —preguntó con claras intenciones de despistarla.

Sakura la miró enarcando una ceja.

—No vas a cambiar de tema, Daidouji —advirtió—. Lo que sea que te tenga así, me lo contarás por las buenas o por las malas —murmuró intentando sonar amenazante.

A Tomoyo se le llenó el corazón de ternura. Sonrió genuinamente por primera vez en el día.

—Me encantaría saber qué harás "malo" si no deseo cooperar —le dijo a ella con diversión, ganándose una reprobadora mirada por parte de Sakura.

—Bueno… podría… eh… —Sakura balbuceó un poco, hasta que bufó—. ¡Ya se me ocurrirá algo! —gritó y le sacó la lengua a Tomoyo, perdiéndose por la cocina para volver con dos tés con limón, que tanto disfrutaba Tomoyo.

—Gracias.

—Bien. Ya está —su prima tomó sus manos y le encajó una mirada de preocupación—. Cuéntame qué ocurrió, ayer cuando te fuiste parecías muy contenta.

—No quiero hablar de ello —dijo Tomoyo de forma ausente—. Pero te prometo que me recuperaré. Ya no estaré deprimida —juró.

—Tomoyo, soy yo: Sakura. Sabes que puedes confiar en mí. Por favor, dime qué pasó.

Tomoyo sentía la preocupación de Sakura y se sentía fatal por causarle esos problemas. De modo que antes de proponérselo ya estaba hablando con su amiga.

—Anoche me acosté con alguien que me abordó en el bar —soltó Tomoyo escogiendo muy bien sus palabras.

Mentir y omitir no eran lo mismo, ¿verdad?

Sakura esperó en silencio y comenzó a acariciar sus manos. Ante el aparente enmudecimiento de Tomoyo, ella habló:

—¿Y eso te hace sentir mal? ¿Recordaste lo que te dijo tu ex novio? Tomoyo, debes dejar eso atrás. Ese tipo era un idiota. Tú no eres todas esas cosas que él dijo.

—No es eso —cortó Tomoyo—. Sakura, cuando decidí dejar la relación con Ken, no te conté todo lo que él me dijo. El me buscó una vez más y fue peor…

Sakura aumentó la firmeza de su agarre y sus ojos se inundaron de más preocupación.

—¿De qué demonios me estás hablando, Tomoyo? ¿Acaso fue capaz de decirte cosas más hirientes?

Tomoyo observó que las mejillas de Sakura enrojecían, pero era obvio que se debía a su enojo. Verla de esa manera, trajo los recuerdos de cuando la había acompañado a desenmascarar a Ken, lo había encontrado con otra mujer en un hotel. Lejos de disculparse o parecer afectado, él le había endosado toda la culpa a ella. Le había dicho que era una mujer que no lograría satisfacer a nadie por su frigidez. Que ningún hombre lograría disfrutar del cubo de hielo que era en la cama.

Tomoyo había recibido cada insulto como una estocada, estaba tan dolida que no pudo responder a nada. Sabía que tenía que defenderse, sin embargo, su garganta estaba tan rígida que le dolía. Era como si se tratase de una pesadilla.

Entonces Sakura se había enfrentado a ese sujeto. Jamás habría imaginado a su prima, ser capaz de decir tantas palabras malsonantes a alguien. Ni mucho menos amenazarlo con matarlo si se volvía a atravesar en el camino de Tomoyo o en el de ella. Nunca la había visto tan enfadada como aquella vez.

Recomponerse luego de esa desilusión le costó a nivel interno. Exteriormente era una roca, sus demonios se relegaban a invadirla de noche, en la soledad de sus propios tormentos.

—Tomoyo, respóndeme. ¿Qué te dijo? ¿Y qué tiene que ver el sujeto del bar?

—Ken se las arregló para que coincidiéramos en una ocasión…—suspiró—. Me pidió perdón, quería que volviéramos. Como es obvio lo rechacé y allí volvió a los insultos. Esa vez logré responderle y se lo dije todo, Sakura. Le dije que nunca había sentido un orgasmo, que siempre había fingido para evitar que se sintiera mal—. Tomoyo hizo una pausa y bebió un poco de té que le supo cómo el infierno—. Él dijo que si yo no tenía orgasmos era porque estaba defectuosa. Que seguramente era una de esas fulanas que sólo se excitaban con mujeres… fue brutal, Sakura. Yo no dejé que el viera cuánto me afectaron sus palabras. Me reí en su cara y dije que preferiría mil veces ser lesbiana que no sentir nada durante el sexo. Se fue hecho una furia. Y desde ese punto si me ve trata de rehuir de mí.

—¡Es un idiota! Si pudiera le daría una lección —juró Sakura—. ¿No me digas que el chico del bar fue un idiota también?

Tomoyo sonrió y negó. Quizás era idiota, pero no al nivel de idiotez que se refería Sakura.

—Esta vez sí logré sentir todas esas cosas que describían nuestras amigas. Después de todo, yo no soy defectuosa en ese sentido. Ni tampoco soy lesbiana, ya que si te soy sincera en determinado momento lo dudé. Incluso —su voz se apagó—, intenté ligar con chicas…pero tampoco me gustó.

Sakura la abrazó.

—Al fin lo comprendiste. Eres maravillosa y es hora que lo entiendas —su prima le sonrió y luego se puso sería—. Entonces, ¿por qué estás así? Debieses estar contenta.

—Porque nadie me dijo que después uno se sentía tan vacío. Quise creer que yo podía con la aventura de una noche, pero no puedo dejar de sentirme como una facilona. No pude resistirme, Sakura —su voz se quebró—. Y aún después de todo esto que siento no me arrepiento, lo cual no es lógico. Él me gustó tanto que volvería a hacer todo tal cual…

La chica de cabello castaño la miró con dulzura.

—Los sentimientos no son lógicos, Tomoyo. Y no te sientas mal por no ser un robot que puede controlarlos a voluntad. Tú misma siempre me has dicho, que expresar con nuestro cuerpo los sentimientos no tiene nada de malo.

—Lo sé y lo mantengo, pero yo no tenía sentimientos por él. ¿Te imaginas lo que diría mi madre si supiera que me enrollé con alguien que conocí recién ayer?

—Pues yo ayer también me acosté con Shaoran y digamos que él tampoco tuvo que rogarme mucho…

—Eso es diferente, tú lo amas.

—Pero dime, Tommy, ¿Desde cuándo alguien no te gustaba? Ese hombre debió ser especial para despertar tu interés, al grado de irte con él a la cama.

—Quizás… Eso no deja de hacerme sentir como una promiscua.

Sakura entornó los ojos.

—No seas tontita. Ambas sabemos que sólo te habías acostado con ese mequetrefe de tu ex novio, antes de este hombre. Dos amantes en veinticinco años, te cataloga más cerca de una santa que de una persona promiscua, por favor —ella se rio con ese tono tan suyo.

Tomoyo le sonrió en respuesta. Era increíble como ella podía traer tanta luz a sus sombras más oscuras. Ella siempre había sido luz. Le supo muy mal no contarle todo. En serio, no podría soportar que Sakura se enfadara con ella.

—Gracias por decirme todo esto.

—Y dime, ¿cómo era?

Tomoyo le contó todo lo que su amiga le preguntó respecto a su aspecto.

—¿Seguirás viéndote con él?

Tomoyo negó.

—Fue cosa sólo de una noche.

—Pues deberías llamarlo. ¿Cómo sabes? En una de esas, ese hombre es el amor de tu vida.

Tomoyo sintió que las entrañas se le encogían.

—No quieras ver blancas palomas en cada relación —se rio, Tomoyo—. Lo que quiero saber ahora, es la forma en que Li se arrastró por ti.

Bastó nombrar a Shaoran para que Sakura incendiara sus mejillas y sonriera con ternura.

Sakura le contó la forma en que habían pasado las cosas, se saltó los detalles más privados, pero Tomoyo se hacía una idea bastante clara. Bromearon hasta que Sakura logró recordar algo.

—Lo que yo me pregunto es en qué estabas pensando cuando le entregaste esas imágenes a Shaoran, ¿acaso te volviste demente?

—Pero funciono, ¿no?

Sakura enrojeció y asintió, pero le hizo jurar a Tomoyo que borraría y destruiría todas esas imágenes. La chica de ojos azules estuvo de acuerdo.

Semanas más tarde no había podido quitarse a Eriol de la cabeza. Muchas noches había soñado con él y bastaba con algunos recuerdos para que la sangre le hirviera. ¿Acaso se había hecho adicta a él?

Trató de tomar más casos, de estar siempre ocupada. Reemplazó su vida nocturna, pues al trabajar tantas horas, su cuerpo se sentía más cansado. Lo cual era un alivio. Si su mente estaba cansada no tenía tiempo de pensar en Eriol.

Pasaron tres semanas hasta que se rindió. Quería verlo a él. Quizás él también tenía esa necesidad. Después de todo, lo de ellos había sido de ribetes adictivos, pero fue ella quien le pidió que se alejara, por lo que era a ella también a quien le correspondía revertir la situación. Y qué mejor que conversar para aclararlo todo.

Decidió esperarlo en las afueras de su oficina, al verlo salir tan despreocupado, se le calentó el alma. Era cuestión de cruzar la calle y encararlo. Tenía que hacerlo. Iba a hacerlo. Puso un pie en la calle con intención de cruzarla, pero se detuvo en seco al darse cuenta que una mujer corrió hacia él y lo abrazó con devoción.

Tomoyo recordaba la fría sensación que le recorrió todo el cuerpo. Él ya estaba con otra mujer. Entonces comprendió que para él sólo había sido una más.

El timbre logró volverla a la realidad.

—Ojalá la pizza venga calientita —canturreó, sintiendo la protesta en sus entrañas.

Abrió la puerta con rapidez, sin detenerse a mirar por el ojo mágico.

Tomoyo no reaccionó y se quedó estática frente al hombre que estaba en su puerta. Era Eriol. El mismísimo Eriol Hiragizawa estaba frente a ella.

—Hola, señorita Daidouji. Es un placer volver a verla después de tanto tiem…—lo vio arrugar el ceño y palidecer al fijarse en su vientre—. ¿Estás embarazada? —preguntó con voz ahogada.

«Oh, Dios. ¿Y ahora qué?»


Espero que les haya gustado el capítulo. No tengo mucho tiempo, puesto que muero de sueño (Son casi las tres de la mañana). Así que sepan entender si se me pasó alguna falta de ortografía. Les dejo saludos y agradezco su lectura, reviews y todo.

Espero actualizar más temprano que tarde, se aceptan ideas :)