Capitulo 10
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Sólo necesitaba un poco de aire.
Mientras se acercaba a las caballerizas recordó sonriendo que no había habido guardias pisándole los talones. La dejaban vagar en su libre albedrío por el castillo más importante de la Tierra Media sin ninguna mirada sobre sí. Debía sentirse orgullosa –rodó los ojos-. Un cambio preocupante, si el día anterior no fuera que toda una comitiva de guerreros les había dado encerrona. Pero podía imaginarse lo que había pasado... la noticia se había expandido con rapidez y debía tener cuidado con ello.
Al llegar a las caballerizas fue consciente de todas las miradas de reojo y uno que otro cuchicheo mal hablado, ignorándolos completamente buscó su caballo.
Mientras recorría los cubículos un par de caballos se alteraron visiblemente con su presencia, pero no hizo demasiado caso mientras atrapaba a un chiquillo que intentaba escabullirse y preguntó por el suyo. En aquel momento escuchó unas trompetas pero poco caso hizo de éstas.
El chiquillo, nervioso y mirando hacia el exterior parecía mucho más preocupado de salir que ver sus deberes en el interior, un poco reticente le mostró uno de los últimos cubículos. Caladry la saludó desde su cubículo y ella le regaló un golpecito en el hocico. Notó por el relincho entusiasta que estaba puesta en un sector de varios caballos de elfos; fácil de percibir ya que brillaban por su conducta tranquila y esa serenidad típica, además, por las conductas casi superiores hacía sus hermanos y los ojos, grandes ojos negros parecían más sabios que cualquiera de los caballos de los humanos y dos, ninguno de ellos tenía bridas o sombra de asientos. Los elfos en general no montaban con silla, sino a pelo.
—Vamos —susurró, acariciando el largo y fino cuello de la yegua. Mientras salían se agachó un poco, caminando para revisar las patas del animal por si el largo viaje habían hecho mella en sus cascos.
—Lyandel —fue un susurró. Un susurró tan penetrante en su mente que se le cayeron las manos hacía un lado por la sorpresa. Giró el cuello en un ángulo imposible y se le mostró, tan sorprendido, tan efímero en su imaginación que los sentidos se le nublaron.
Era Glorfindel.
¿En verdad lo era, o su imaginación le jugaba chueco?
No había palabras que definieran los sentimientos que se arremolinaron en su cabeza y su corazón. Todo a su alrededor desapareció. Estaban ella y él. Frente a frente.
Como en los viejos tiempos, en aquellos tiempos de risas, juegos, entrenamientos y sonrisas luminosas.
Estaba ella, frente a frente al elfo que había jurado haber matado. Ante el elfo que había sido su pilar, su amigo, su más grande confidente.
Aquel que le había robado sonrisas y le había entregado la luz del vivir. Ella se lo había devuelto con dolor y miedo.
Glorindel estaba vivo ¡Vivo!
No tenía la suficiente fortaleza para estar en su presencia, las cosas eran distintas. Lo había herido, le había hecho mucho daño.
Sus ojos luminosos, esos ojos hermosos de la Gran Raza. Esos ojos y la cara joven le abrían el pecho con una daga maltrecha y hacía que su ya de por si roto corazón volviera a latir, no como antaño, si no de vergüenza porque no podía soportar que él le sonriera como antes, que le diera fuerzas como antes. Porque el pasado era el pasado, y lo que ella había hecho…
No podía estar allí, no podía, no quería, no debía…
—Lyandel —fue como una cachetada, como un golpe a sus pulmones y su cuerpo reaccionó.
Lo vio acercarse dos pasos más. Y no sabía de dónde saco sus fuerzas, ni qué Valar le había ayudado, pero estaba sobre Caladry cruzando los portones del séptimo piso cual fantasma perseguido… rápido, efímero y abrumado.
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Legolas logró pescar a Nissa, quien se había inclinado contra la ventana en el momento en que la elfa, rápida y silenciosa se había alejado por los portones, siendo seguida de cerca por Maese Glorfindel.
—¡LYANDEL! —gritó, tratando de zafarse.
Ver a su hermana, tan asustada y nerviosa le pegó como un rayo. La chica se retorció, pero él le abrazó para que dejara de comportarse así.
—No dejes que se vayan, no dejes que se vaya —la escuchó susurrar contra sus ropas, mientras apretaba su túnica —no dejes que me abandone. Legolas…. Por favor.
Un nudo en la garganta al ver los ojos grises de su hermana asustada. Asintió soltándola lentamente mientras observaba a Belian y Eris a quien hizo una breve seña para que no le quitaran los ojos de encima a su hermana.
No sabía lo que estaba haciendo mientras montaba su caballo y seguía la estela de los dos elfos.
Este no era su problema, pensó, pero la voz de su hermana, rota por la preocupación hizo que acelerara más su montura. Nissa estaba demasiado perturbada, no sabía lo que había pasado y algo le dijo que necesitaría de esa elfa para ayudarla.
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Podía escucharlo en su espalda. ¿Qué hacía Glorfindel en la tierra de los humanos? ¿Qué hacía lejos de Rivendel? La Dama Blanca ¡Ella debía haberlo advertido!
Caladry hizo un movimiento agresivo cuando un par de humanos se atravesaron. Asustada y preocupada, le susurró a su caballo para que se tranquilizara un poco, su querida amiga comprendía su estado de ánimo y no quería tener un accidente.
Como el viento de invierno aceleró por la gran ciudad blanca. No podía, no podía estar aquí, se ahogaba.
Debía alejarse de allí, no podía… Eru, le había hecho tanto daño. Tanto daño. Su mente se nublaba con los recuerdos, en aquellos momentos en que todo de pronto era fuego y descontrol.
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Arod adelantó un tramo cuando llegaron a las llanuras. Los dos caballos desbocados más adelante como el viento se movían. Pero su viejo amigo había surcado estos terrenos más de una vez y los conocía bien. Aun así se sorprendió cuando los vio dirigirse al pequeño oasis donde se había detenido hacía tan poco, era por lo menos, el único lugar habitable o estable de esos campos.
Se sentía incómodo, no tenía nada que hacer él aquí, persiguiendo a un elfo como Lord Glorfindel. Pero Nissa necesitaba a Lassarem; había una desesperación en sus ojos, como si la necesitara para respirar tranquila. Y no iba a perder a su hermana otra vez.
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Caladry se perdió por el bosque mientras ella se movía lo más silenciosa posible por los árboles, no sabía qué la había llevado hasta ahí. Era darse encerrona, pero no pensaba con claridad. Necesitaba respirar.
No alcanzó a moverse mucho más cuando la mano del elfo salió por detrás de un tronco, la asustó, pero el contacto le hizo saber que estaba allí vivo y era real.
—Lyandel, no, no sigas — susurró el elfo cuando ella intentó abandonar el agarre. Su voz la tocó como una caricia e hizo vibrar la fibra sensible de su corazón abotargado. Congelado por los horrores cometidos y acontecidos. Casi muerto en la oscuridad, apenas rescatado por una chiquilla llorona llamada Nissa.
Podía recordarlo. En uno de los jardines de Rivendel, su voz melodiosa, imponente, risueña, acogedora.
—Mírame, Lyandel. Mírame… —susurró el elfo. —Estoy aquí, estoy bien.
¿Cómo podía mirarlo? Se le caía la cara de vergüenza. Estaba maldita, casi lo había matado, ya no era la misma. El yugo de la culpa se había desvanecido cuando supo que estaba con vida, pero no menguaba el dolor y la tristeza que le había hecho…
—Lo siento —susurró él.
—¿Lo sientes? —preguntó confundida.
—Por mis palabras, por lo que provocaron.
—¡Casi te mato!
—No fue…
—¡No digas que no fue nada! Todo este tiempo yo creí… yo creí que te había asesinado.
—Mírame, ahora, aquí, frente a ti. Estoy bien. Tú estás bien, viva y los Valar se regocijan.
—¡No estoy bien! —gruñe y hay un eco de la voz del dragón en su corazón y su voz.
Glorfindel la deja ir y la mira con una sonrisa apaciguadora.
—Estás viva, y para mí eso es lo único que importa. Te extrañé, y mi corazón se alegra en cada respiración tuya, Lyandel. Te busqué por tanto tiempo… cada día, día a día buscando pistas, palabras, algún ruido de tu presencia. Y ahora estas aquí…
Lyandel lo mira sin comprender, con el corazón en el puño. Apretado y ahogante. Cuando Glorfindel toma su mano, ella quiere rehuirle, pero el elfo no ha quitado sus ojos de los suyos y eso la tranquiliza de una manera sobrecogedora. Cuando sus brazos la atraen a los suyos, el dolor del tiempo pasado, todos esos pensamientos lúgubres desaparecen.
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Es un intruso y eso le provoca sentimientos conflictivos, porque está allí. Observando a dos elfos iluminados por el breve sol de la mañana. Pero está curioso porque hay dolor en sus esencias y a la vez felicidad en el reencuentro. Siente un breve cosquilleo incómodo cuando el gran Lord abraza a la joven Lassalarem y se siente aún más intruso por interrumpir a un par de dolientes amantes luego de un reencuentro tan esperado.
Se retira en silencio, sale del bosque y Arod le recibe en la llanura. Asfaloth está cerca y el caballo pronto buscaría a su jinete. No quería ser encontrado allí sin una buena excusa.
Se aleja con la esperanza de que al llegar a Minas Tirith sus compañeros elfos le sigan la pista, ya que, necesitaba a Lassalarem si quería saber qué había ocurrido con su hermana.
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Se quedaron quietos, escuchando la respiración del otro. Lyandel sentía su contacto como una llama abrazadora. Tenía deseos de abandonar la escena, alejarse de él con la esperanza de asimilar mejor las cosas, pero temió ofenderlo si se lo pedía.
El silencio se instaló entre los dos.
Luego del conmovedor encuentro no les quedaba ninguna palabra por decirse. El tiempo de separación podía parecer corto en comparación a los años compartidos, y sin embargo, la distancia confabulaba contra ellos como una barrera invisible. La fuerza de las emociones pasadas había dejado un vacío.
Lyandel miró a Glorfindel intentando encontrar en su corazón los sentimientos que antaño le había inspirado, pero lo tenía entumecido.
Glorfindel leyó en sus ojos y supo adivinar lo que pensaba. Él siempre había sabido leer en ellos la respuesta a sus pensamientos. Se agachó haciendo ademán de besarla, pero Lyandel detuvo el trayecto de sus labios con los dedos. En el pasado jamás habría podido resistirse a un beso suyo.
—Ya no soy la misma, Golfndel.
Una niebla oscura pasó por el rostro de su amigo.
—Lo sé. Pude darme cuenta cuando te vi.
La acarició por el mentón con ternura contenida y entornó los ojos.
—Tu mirada refleja el dolor que padeciste, pero ya una vez llegaste a mí en pedazos y tuviste la fuerza para no dejarte arrastrar por la tristeza.
—Glorfindel, tú me enseñaste a salvarme a mí misma. Quisiera poder darte alguna esperanza, pero no queda nada de la Lyandel que conociste. Se la tragó la bestia que te hizo daño. Lo que hay ahora no son más que despojos. No desperdicies tu tiempo en una búsqueda sin sentido.
—Eres la mujer más fuerte que he conocido. Mi querida amiga, dispongo de una eternidad para esperarte. Ahora soy tu sombra, y no me separaré de ti otra vez.
Las palabras de Glorfindel habían tenido un efecto apaciguador en Lyandel. Una extraña paz se instaló en su corazón.
—Volvamos –dijo. –En el palacio una princesa que me debe una explicación.
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¿Dónde estaban? ¿Dónde estaban? Se movía de un lado a otro con la vista fija en la puerta de acceso de las caballerizas. Eris estaba cerca observándola y ella lo rehuía. Belian se mantenía en silencio, cosa la mar de extraño.
—¿Nissa no quieres entrar?
—No.
—Ellos volverán.
—No lo sabes. No lo sabes —murmura moviéndose de un lado a otro bajo los pequeños árboles plantados en una de las salidas.
—Nissa ¿Estás bien? —pregunta Eris y cuando le toma una mano, ella pega un respingo y se aleja del elfo nerviosamente.
—Estoy bien.
—Obviamente no es así —replica Belian acercándose.
—Belian, por favor —susurra Eris mientras le hace un movimiento a su primo. Ella los ignora, no tiene tiempo ni cabeza para intentar hablar con Belian.
Hay un poco de revoloteo cuando un grupo de guardias entra en el patio. Un montón de jóvenes caballerizos salen de los establos reales para recibir a los guardias. Tiene un escalofrió cuando siente un par de ojos entre la pequeña multitud, pero lo ignora. Anda increíblemente sensible por cualquier cosa, y no quiere perder su rumbo.
—Mira, Nissa, es… —en aquel momento dos caballos entran en el pequeño jardín.
—¿Dónde está Legolas?
—¡Lyandel! —la chica salió corriendo hacía la mujer.
Lyandel entró al jardín con el mismo elfo que había salido detrás de ella. Había una extraña sensación pacífica a su alrededor.
—¡Lyandel!
—Pareces un cachorrito —murmuró mientras le entregaba a Caladry a un caballerizo—su majestad —terminó gruñendo.
—Lyandel yo…
—¿Ibas a decírmelo algún día? Creí que te estaban persiguiendo. Era tu familia buscándote.
Nissa estaba silencios y nerviosa. Lyandel suspiró, no podía enojarse con Nissa, quien parecía tan desamparada. . .
—¿No te vas a ir?
—¿Irme?
—Saliste muy presurosa.
Lyandel formó una sonrisa complicada, casi dulce que terminó por desconcertar aún más a Nissa ¿Qué habría ocurrido en realidad?
—Yo no...
—Lyandel —llamó una voz, cortando el hilo de su explicación.
Cuando Nissa levantó la mirada se sobrecogió ante la vista del elfo. Elegante como pocos, su cabello dorado resplandecía con el sol, su postura, su esencia era la de un gran señor. El corazón se le desbocó y un extraño nerviosismo la asaltó.
—Nissa, Lord Glorfindel. Glorfindel, ella es la princesa del Bosque Negro.
—Saludos, noticias llegaron a mí de vuestra pérdida.
Nissa se sonrojó ante el comentario.
—La estás cautivando, Glorfindel. ¿No deberías ir a saludar al rey?
—Así parece. Lyandel, nos veremos. Joven Nissa —el elfo hizo una breve reverencia. Era Glorfindel, el elfo que fue reencarnado en su propio cuerpo por derrotar a un balrog, una cosa así hasta a su pueblo era conocida.
El señor de la flor dorada se marchó con una encantadora reverencia hacía ambas y una mirada prometedora con Lyandel, quien ahora parecía un poco incómoda.
—Lyandel, ¿No te vas a ir, cierto?
—No, tengo aun asuntos que atender aquí.
Lyandel la miró con ojo crítico, pero parecía demasiado cansada para seguir la conversación.
—Aún ni siquiera es medio día y ya muero de hambre.
—¿Quieres ir a comer?
—¿Te presentaste con nuestros anfitriones?
—Yo… bueno, no.
—¿Dónde están vuestros modales, princesa? —preguntó la elfa molestándola.
Nissa se enfurruñó, pero en seguida recuperó su buen humor. Ante todo se alegraba de tener a Lyandel junto a ella. Su presencia tenía un no sé qué y la tranquilizaba. Legolas miró desde lejos la escena que se desarrollaba entre las dos y se sintió ligeramente molesto. Feliz, porque el aura nerviosa de su hermana parecía haberse apaciguado de momento. Necesitaba averiguar la conexión que compartían esas dos. Sin duda tenía relación con los acontecimientos sucedidos durante estos meses de búsqueda.
Volvió la cabeza.
Había cosas qué hacer. Al volver de los campos había encontrado un nuevo revuelo en las faldas de la muralla, luego, había sido sorprendido por un mensajero de su padre. No le cabía duda de que traían el esperado grito de guerra. La búsqueda había terminado, era tiempo de alzar las armas.
Prior no había previsto encontrar en Minas Tirith a su príncipe. La comitiva de búsqueda no había entablado comunicación con el Bosque Negro desde su partida, el mensaje había sido dirigido únicamente al rey Elessar. Resultaba una suerte haberlos encontrado, ahora que la princesa Nissa estaba a salvo el consejo podía reunirse sin que la sombra de la incertidumbre se cerniera sobre ellos.
En las caballerizas todos se sorprendieron al ver llegar a Legolas acompañado de Prior. Ambos tenían el semblante grave y lucían visiblemente preocupados. Nissa reconoció al mensajero de su padre. Apenas podía adivinar lo que hacía en la ciudad de los hombres. Prior se mostró sorprendido ante la vista de la princesa, a quien reconoció luego de mirarla repetidamente. Nissa sintió deseos de escaparse, incapaz de mantener la mirada del elfo. Bajó los ojos al suelo, entonces se sobresaltó. Prior se había agachado para tomar su mano y ahora la besaba.
—Su alteza, se alegra mi corazón al encontrarla a salvo.
—Gra… cias.
¿Qué debía decir o pensar? Legolas le dedicó una mirada inquisitiva cuando pasaron a su lado, pero no se detuvo. Con un movimiento de cabeza indicó a Belian que lo siguiera y enseguida desaparecieron por el pasillo. Nissa se volvió hacia Eris y lo interrogó con la mirada. La expresión que adoptó fue una mezcla entre preocupación y pena.
—Estamos en guerra, Nissa.
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Arriba cap. Esperamos sus comentarios ;)
