Feliz Halloween. Aunque realmente en mi país no se celebra tal cosa, pero creí conveniente publicar otro capítulo este dia, ademas lo ansiaba.

Gracias a Kazeshiro-sama por ayudarme a corregir los errores de este capítulo.


Relato 10.

Vadim tenía cosas… Cosas muy humanas. Era impresionante el contraste que representan éstas piezas y él, a los pocos segundos sus atributos demoníacos se mostraron tal cual es. Cosaco se acostó en mis cercanías, podía sentir su cuerpo peludo y caliente en mi espalda.

Vadim tenía muchas cosas, muchos libros más que todo, en muchos idiomas, algunos pergaminos que estaban en ruso y tenían poemas.

— ¿Eres autodidacta?— le pregunte con curiosidad. Mientras, lo observé buscando con una mirada bien abierta ante los muchos modelos y tipos de libros que estaban en su librero.

Él me volvió a ver.

— Algo así…

— ¿Aprendiste español solo?— pregunté.

No. Aprendí Español Básico hace mucho tiempo ya, una vez tuve la oportunidad de viajar a Francia, cerca de la frontera con España. —me dice y se acerca un poco a mí.

Yo estaba sentado en el piso cerca del librero, tenía un almohadón de asiento y Cosaco estaba detrás de mí. Poco después de levantarme de mi antiguo asiento, vi como los gatos se apoderaban del sillón.

Me había detenido a admirar como Vadim buscaba entre los libros uno que estuviera en español.

Recuerdo que… Había una pequeña aldea. —me cuenta y luego de sacar dos libros de las filas, se sienta en la alfombra roja en mitad de la sala cerca de mí. — Allí una niña nos enseñó español, por unas generosas monedas de plata. Nos enseñó a saludar, a pedir agua, las direcciones, incluso a contar, también nos enseñó los modales. Regresamos al Imperio antes de poder aprender más.

Vadim me acerca los dos libritos.

—Dos años después, bueno…

— ¿Moriste? — intuí.

Conversaciones como éstas me recuerdan la realidad de su naturaleza.

Vadim asintió y cerró los ojos.

— ¿Te gustan los idiomas, Vadim?

Da.

— ¿Qué idiomas sabes?

Muchos. Inglés, francés… búlgaro… ahmm… latín. Algunos ya no se usan— me explica. Veo la portada de los libritos y es un ejemplar de Español Básico impreso en 1600, el otro era escrito a mano y no tenía fecha o si la tenía seguramente se había borrado por el tiempo. — Éstos fueron los primeros libros de español que tomé.

— ¿Qué tomaste?

— Que estudié.

— Dime… ¿Cuál fue la primera frase que aprendiste en español?

Oh, él me vio sorprendido, porque arqueó ambas cejas y sonríe para posteriormente colocar un gesto pensativo.

Creo que fue: "Mi nombre…es Vadim Braginsky, soy del Imperio Ruso, me gustan los girasoles. Odio los ladrones..."

Su acento en español, es duro y tiende a marcar con mucha fuera las "r" de casa palabra. Se escucha bastante entendible sin embargo.

¿Odias a los ladrones, Vadim?

Él asintió sencillamente. Luego de un momento en donde parecía reflexionar, se levantó de un salto que lo hizo flotar y se trasladó a cada rincón de la sala, yo apenas lo logré seguir con la mirada cuando tocó el piso y caminó por un pasillo.

Entretanto, me entretuve revisando con más detalles los libros que tenía; el que estaba escrito a mano no tenía fecha, ni lugar, tenía una escritura en rusa, de la cual podía entender un Braginsky. Supuse que era el nombre de Vadim en ruso.

— Aquí están.

Cuando levante la visión, él dejo caer un baúl al piso, el sonido me hizo pegar un salto y Cosaco saltó también corriendo hacia el sofá. Vadim sonrió cándidamente.

— ¿Qué es eso?— pregunté algo alterado. Él me hizo una seña para que me acercara. No. No iré hacia ese baúl; era negro y por lo que podía apreciar muy antiguo, se asemejaba a esos baúles que se ven en las películas de piratas, pero no tenía candado alguno.

Vadim colocó la mano sobre la tapa. Oí como la madera crujía; como si la estuviera quemando, pero no vi que ardiera de alguna manera.

Él se sentó en la alfombra roja e hizo un gesto para que me acercara, de inmediato sentí como Cosaco pasaba por mi costado y se colocaba con una actitud ansiosa cerca del baúl, en la espera de ser abierto. Yo me acerque dudoso.

Vadim me esperó con una sonrisa suave en los labios, no perdía de vista cada uno de mis movimientos. Cuando abrió el baúl de verdad no sentí tanto deseo por lo que había allí.

—Vadim odia los ladrones…— me dice y me veo como mete la mano en el baúl, escucho algo castañear, y lo que saca me deja sin habla.

Es… Un hueso… una costilla.

— ¿Qué…?

— Éste fue un búlgaro que encontré en el bosque mientras registraba las monedas que había robado ese día. Era invierno. — me explica y me lo ofrece.

¿Está loco o come jabón? ¿Cómo me va a ofrecer una costilla humana a mí? No me dio algo por Dios es muy grande.

—Ésta costilla es de un muchacho en las orillas del Río Don.

— ¿Te los comiste?

Da!— me dijo muy feliz y abrió la boca en una sonrisa— Son mis trofeos.

Acto seguido, vi como Cosaco tomaba la costilla y comenzaba a lamerlo, hice un gesto de desagrado muy marcado.

— Vadim odiaba los ladrones vivo, muertos también, además saben deliciosos.

Se relame los labios y yo me sentí un poco intimidado.

El baúl contenía muchos, muchos huesos, de todas partes del cuerpo humano, y de diferentes tamaños. Cada uno al parecer tenía una historia y estaba seguro que Vadim recordaba a cada uno, y el sabor de cada uno.

Sacó tres huesos, y deduje que eran tres dedos. Los colocó en la alfombra.

Éste es de un italiano — señaló al primero, el pequeño. — Éste otro es de un lituano.

Emite una risa.

Recuerdo que era muy pequeño, comérmelo me resulto muy rápido y no quede del todo satisfecho. — Explica el demonio. — Éste, es de un Ucraniano, el robo dos caballos de un hacienda.

Escucho su risa nuevamente, está claramente divertido.

— ¿Te comiste a los caballos también?

Nyet. — me responde. — Los caballos no me gustan para comer así.

Asentí entendiendo, aunque verdaderamente estaba algo perturbado. No sé por qué lo seguí escuchando. Puedo culpar que fue mi curiosidad, una curiosidad bien insana, porque esos relatos eran de la ingesta de humanos reales, vivos, por él.

Me narró algunos huesos más, la vértebra de un rumano, y el fémur de una mujer en San Petersburgo, me contó cómo se comió a un pelotón alemán. Ése invierno me comenta que tenía mucha hambre, y que tomó únicamente el esternón de cada uno de ellos.

También tengo sus estrellas y sus medallas. — me dijo.

Me quedo en silencio mientras me narraba tal cosa, y… un mareo me golpeó la cabeza y bajé los ojos desorbitados. No escuché a Vadim hablar más, oí como los huesos rodaban provocando un inquietante sonido de castañeo como canicas en una bolsa. Un inquietante sonido.

Todos y cada uno de ellos por arte de magia se metieron en el baúl, incluso el que tenía Cosaco había saltado y desaparecido en la profundidad de ese equipamiento. El baúl se cerró con un ruido seco y sin eco.

— Los huesos… están intentando hablar. —susurra Vadim. —No es seguro que escuches lo que dicen.

Rodó el baúl a un costado de la sala y Cosaco sólo lo siguió para acostarse encima.

— ¿Cómo es eso?—

Él se acercó a mí y su fría mano atravesó mis hebras en una caricia. El mareo es leve y molesto, como una resaca, un ratón* mal curado, no sé.

Dzulian puede sentir cosas… — me explica y el frío de su piel me provoca ligeros espasmos en mi cuello.

Me acaricia la cabeza y de alguna manera logra apaciguar mi mareo.

— Cosas que gente corriente no puede…

— ¿Hablas de la energía emocional y esa vaina?

— Tiene algo que ver… —me dice, y noto que me lo dice con cierta cautela. Parecía que iba a agregar algo más pero no oí nada, se quedó con una expresión; como si deseara decir algo pero no la cumplió.

Al poco tiempo enderece la espalda y me sentí un poco mejor, al notarlo, Vadim se inclinó un poco hacia mí y me sonrió contento de que estuviera bien.

Me quitó algo de la cara con suma delicadeza.

— Vadim ¿Si vomito la alfombra te enojas? — pregunté.

— ¿Tienes ganas de vomitar?

—No, sólo pregunto.

— Te llevaría al baño…. En ese caso.

Me quedé en silencio y él arrugó el entrecejo un poco, seguro pensaba que iba a vomitar en ese momento, pero realmente no era así. Lo que pasa es que aquello me había asqueado un poco.

Vadim.

— ¿Quieres vomitar ahora?

—No, no, no, ya estoy bien, yo sólo quería saber si… ¿No tienes algo más… corriente que colecciones?— le pregunto, porque realmente no quiero que me muestre otras de sus comidas en aquellas épocas. — ¿Qué otras cosas tienes?

Vadim me observó desde su inclinada posición hacia mí y se enderezó al cabo de unos segundos cuando escucho mi pregunta.

Dzulian tiene que ver las monedas. —me dice luego de una pequeña pausa. Vadim se levantó y cuando lo seguí con la mirada, lo perdí de vista tan rápido que me levanté para buscarlo.

Miré la esquina donde estaba el baúl, y observé como Cosaco se había montado sobre éste, echado como una bola de pelo gris. Vi a Vadim volver con algo en la mano y era más pequeño. Un frasco de cristal.

— ¿Son monedas? ¿Coleccionas monedas?—le pregunté y él asintió.

Me acerqué a él y veo el frasco en sus manos. Las manos de Vadim, debo decir, son muy humanas.

— ¿Eso es un doblón?—pregunté sorprendido.

Él volvió a sentarse en la alfombra, y me jaló para que me uniera a él. Vadim se ve muy feliz y de alguna forma eso me hace sonreír. Casi me olvido que come ladrones, y carne humana, en resumidas cuentas.

Me muestra algunas monedas de plata y oro.

Esas son de España, cuando los españoles llegaron al nuevo mundo, usaron el oro y la plata de esas tierras para fabricar sus monedas…

—Si… Eso lo sé. —Él me vio— Doy clases de historias ¿Recuerdas?

Él sonrió. Me siguió mostrando casi todas las monedas, algunas medallas del ejército, debo decir que son muchas, y de muchos países, pregunté a ver si tenía alguna de Latinoamérica, y solo tiene unas dos de Brasil.

Me sentía cansado, Vadim por el contrario estaba más contento que antes, es curioso ver cómo se alegra por mostrar algo que le gusta mucho, eso es algo muy humano. A pesar de que sus cuernos están a la vista, largos, de textura dura, ósea, puntiagudos y cuando sonríe sus colmillos se asoman peligrosamente a la comisura sus labios y que sus ojos brillen, no me parece nada aterrador. Eso está mal, o bien, supongo.

—Vadim… ¿Puedo tocar tus cuernos?

— ¿Mis cuernos?

—Sí… —le dije con cautela. Él se detuvo un momento a verme y al poco tiempo de eso, inclinó la cabeza cerca de mí.

Tomé aquella acción como una aprobación. Nunca en la vida había tocado la cornamenta de algo, o algún animal. Recuerdo que mi padre tenía un toro en la hacienda pero yo era tan miedoso de ese animal, que me negaba a acercarme cuando era más joven.

Cuidadosamente llevó los dedos a éstos y sólo lo toco; luego lo tomó y lo aprieto. Es duro, áspero… parece hueso, como los cuernos de los mamut. O de los elefantes en los especiales de Animal Planet.

Escarbo en su cabello. Esto es inquietante.

Él mueve un poco la cabeza.

¿No te duelen si te golpeas?—pregunté.

Descubrí que estaban pegadas a su cráneo. Eran parte de él. Íntimamente. Anatómicamente.

Levanté un poco su cabello, yo lo encontré suave, algo frío. Pegué la nariz para olerlo y percibí un olor a tierra húmeda, casi enseguida y como es natural vi que él movió la cabeza, me alejo y él la levantó quedando a mi altura. Me observó por un momento.

Supongo… — me dice, y tiene en su expresión una sonrisa suave.

Yo me le quedé viendo, y hubo un momento de silencio sepulcral donde sólo le miré el rostro y él hizo lo mismo.

—De verdad, de verdad… tienes cosas muy curiosas Vadim.

¿Eso crees? —Dio una mirada por el librero. — Aquí solo tengo las cosas que se pueden preservarse.

— ¿Si? ¿Y cómo es eso?—pregunté nuevamente intrigado.

—Bueno… Hay cosas que se pondrían feas si están aquí, en éste ambiente. —me explica volviendo a verme y se levanta de la alfombra. Por inercia yo también lo hice, me levanté.

— ¿Qué cosas? —le pregunté.

Vadim parecía meditar, inclinó la cabeza y sonrió.

Uhmmm... Como los ojos, a Vadim le gustan. — Hace una pausa y yo parpadeé, creo que escuche mal. NO. Escuche perfectamente. Él dijo Ojos. — Tengo algunos cráneos. Objetos peligrosos o malditos. Algunos libros poco naturales.

Yo me quedé congelado viéndolo. Parpadee, ¿Él tenía todo eso?, era alarmante.

No sabes cómo me alegra que no estén aquí—le dije y asentí con la cabeza sonriendo.

Hubo un pequeño e incómodo silencio en donde yo solo moví la cabeza lentamente de arriba hacia abajo. Me imaginé todas esas cosas y me dio grima. Arrugué las cejas negras en el proceso.

Vadim no dijo nada y se movió por el lugar dejando el frasco de monedas cerca del sillón, yo me moví para ver si podía verlo pero lo pedí de vista al cruzar al mismo pasillo de donde saco las monedas. Distraje la vista en otras cosas y me traslade al mueble donde me eché, y como si eso fuera un interruptor, Cosaco fue hacia donde yo estaba y se echó a mis pies.

Su pelaje me brindó calor y suavidad.

Cuando lo vi otra vez deambular por el pasillo hacia mí, me enderecé.

Él se sentó a mi lado derecho, a corta distancia y me extiende una… de esas muñecas huecas… Matrioska.

Era de madera –naturalmente- y tenía el rostro de una mujer pintada con delicadeza, tenía colores fuerte, entre amarillo, rojo y verde. En el pecho de la muñeca tenia pintado algunos girasoles.

Me gusta el amarillo.

No pude evitar sonreír. Era un objeto muy bonito. Sé que es un objeto muy popular en Rusia, no me extraña que él tenga una.

—Es muy linda. — dije, aun viendo los ojos negros de la muñeca.

—Tómala. Es un regalo.

Miré a los ojos del demonio por unos segundos.

Vadim puede ser entre lo aterrador, y diabólico a lo amable, y humano. Quería transmitir este pensamiento con mis ojos pero dudaba que pudiera descifrarlo. Ojalá pudiera.

Tomé la muñeca y enseguida sentí el peso de lo que tenía adentro. La examiné con mis dedos y noté el relieve de la pintura. La muñeca era linda, colorida y sin duda era un lindo adorno.

Aun en silencio mire a Vadim que tenía la mirada clavada en mí, en todas mis reacciones, al poco tiempo sonreí, volví a verlo.

—Gracias, Vadim. — él movió la cabeza como en un gesto de satisfacción.

Sentí sus dedos en los cabellos que caían en mi nuca, y en ese momento se inclinó para besarme la frente, sus fríos labios tocaron mi piel, aquel contacto fue corto, pero lo suficiente como para hacerme estremecer de pronto. No fue, sin embargo, algo desagradable.

Honestamente me gustaría que lo hiciera más seguido.

Dzulian debe de comer algo, antes de irse. —Me dice al separarse — Ya será tarde y debe volver a casa.

Cuando volví a casa lo primero que hice fue a cargar mi teléfono y guardar mi ropa en el canasto de ropa sucia, sólo al llegar a la mesa de la cocina me percaté de que había otros tres sobres más en la mesa. Amarillos y gruesos, también caí en cuenta que no había gastado nada del dinero que Vadim me dio.

No le presté tanta atención al escuchar mi teléfono sonar y fui rápidamente a éste.

— ¿Hola?

— ¿Julián? ¡Julián, hasta que respondes! ¡Te estuve llamando toda la mañana a tu teléfono!

Era mi hermana, María.

Lo siento, he estado afuera y mi teléfono no tiene batería.

—Bueno, no importa, tenía que decirte esto yo, ¡Te va a encantar!... Julián, estoy embarazada! ¡Vas a ser tío!

Aquella noticia me tomó por sorpresa. Arqueé mis cejas y mis labios se debatieron por sonreír o contestar, o exclamar. María no me bromearía con una cuestión así.

Indudablemente era cierto.

¿En serio?

— ¡SÍ! Ya tengo dos meses. ¡Tienes que venir para Navidad! ¡Mamá vendrá también y Papá!—me pidió emocionada y casi podía palpar su felicidad.

Yo estaba sonriendo sin saberlo. Mire por la cocina y allí estaban los sobre llenos de dinero. Creo que ya le tengo buen uso. Sé que el dinero no trae la felicidad, pero mi futuro sobrino no necesariamente iba a entender eso cuando naciera.


*Raton: resaca

Chaitooo~

DamistaH.