ROMPIENDO LA DISTANCIA

by Tita Calderón

CAPITULO X

-Terruce – aquella voz proveniente de mis peores pesadillas cobró vida a mis espaldas.

Esperé unos instantes con la esperanza que solo fuera el viento el que me traía el eco de su voz desde mis pensamientos más tenebrosos pero poco a poco pude sentir como sus pisadas de plomo evidenciaban que se acercaba a mí, mientras mi respiración se iba agitando y el temor cual si volviera a ser un niño afloraba en mi piel.

Tenía miedo, que digo miedo, pánico es la palabra exacta que definía mis emociones en ese preciso instante.

No quería, mejor dicho no podía regresar a ver y encontrarme con aquel severo rostro que nunca me había demostrado un gesto de cariño a pesar que su sangre corría por mis venas.

El viento frío del inicio de la noche traspasó la chaqueta y movió ligeramente los pocos mechones que quedaban libres de la bufanda y el gorro que me cubrían, fue en ese instante que me percaté que nadie solía reconocerme cuando me enfundaba en ellos, entonces decidí emprender mi camino tratando de ignorar a los decididos pasos que se acercaban.

-¿Acaso piensas que no te he reconocido, Terruce? Tal vez puedas engañar al resto de la gente con ese disfraz, pero para engañarme a mí, necesitas algo más que eso. – aquella seguridad en cada una de sus palabras me hizo indignar. Me llené de impotencia y volví a sentirme un niño por un instante.

Apreté los puños que caían a los lados de mi cuerpo en un inútil intento de no dejar que sus palabras afectaran a la lucidez de mis pensamientos. Debía tener los cincos sentidos alertas y preparados para enfrentarlo con entereza.

Todos los momentos vividos a su lado volaron en mi mente y me hicieron armarme de un valor que jamás creí tener junto a él.

Sentí el aroma del perfume francés que solía siempre usar llegar amortiguado a mi nariz, y supe que estaba a mi lado.

No sabía qué hacer, si mirarlo o continuar mirando a la nada, fue entonces que me percaté que un auto negro se había parado junto a nosotros, lo miré con recelo y pude ver al chofer mirar al frente fingiendo indiferencia.

Pensé en regresar a ver ese instante, pero él ya estaba frente a mí. En ese momento me di cuenta que ya no tenía que mirarlo para arriba, yo había crecido, estaba más alto que él.

Varias líneas de expresión salían de sus ojos y el entrecejo estaba más marcado de lo que recordaba, su pelo tenía varias canas que sobresalían de sus patillas, el bigote lo tenía perfectamente cortado y su traje oscuro a rayas era apenas visible bajo el elegante abrigo negro con su sombrero a juego.

Ahí estaba yo frente a mi padre, un actor frente a un duque, nuestra sangre era la misma, pero que distintos éramos en toda la extensión de la palabra, no teníamos nada que ver, el uno con el otro.

-Has crecido, Terruce – sus palabras graves denotaban el acento inglés que yo casi había perdido, pero el tono amable de sus palabras dejaron a su paso un cierto tono de nostalgia que me dejó sorprendido brevemente.

Hace casi un año que no había visto su rostro, ni había escuchado su voz, pero era como si fuera recién ayer que me había marchado de su lado.

Estaba completamente enmudecido, no sabía que decirle, era mi padre, pero a la vez era un perfecto extraño.

Levanté ligeramente el gorro en un gesto de respeto que siempre me infundía y bajé un poco mi bufanda. Mis ojos lo miraban con detenimiento y los suyos me estudiaban a detalle, pero no mostraban ninguna emoción como siempre.

-Subamos al auto – era una orden con una mezcla de aprensión en su voz.

-No necesito ir en auto – mis palabras sonaron cargadas de resentimiento.

El departamento estaba apenas a una cuadra y sobre todo no quería estar cerca de la persona que estaba tambaleando mi felicidad, como siempre.

-Terruce, necesitamos conversar y la calle no es el mejor lugar – su voz había cambiado a un tono más conciliador.

-No tenemos nada de qué hablar. – respondí fríamente

-Por favor, Terruce, acabo de llegar de Inglaterra y lo que menos quiero es tener una charla contigo en medio de la calle - sus palabras rozaron mi conciencia pero no llegaron a conmoverme.

-No creo que el Duque de Grandchester tenga nada que hablar con un simple actor – mi voz sonó demasiado fuerte.

La poca gente que estaba cerca clavó de inmediato sus curiosos ojos en nosotros, al percatarse que era alguien con título nobiliario.

Hubiera querido gritarle unas cuantas cosas pero ahora no podía darme el lujo de hacer un escándalo en plena calle, primero porque no quería que nadie se enterara de quien era yo y mucho menos el título que acompañaba a mi apellido.

-Aunque no lo creas tenemos mucho de qué hablar –insistió.

Hizo un ademán que me conducía al coche donde estaba ya el conductor parado abriéndonos la puerta. Hace tiempo que no tenía esa clase de lujos y me sentí levemente incomodo recordando mi vida anterior.

El cálido ambiente del restaurante del lujoso hotel donde se hospedaba, hizo que mi cuerpo no se sintiera incomodo por el lugar donde estaba.

Ahí estaba yo, sentado frente al duque, tomando una taza de café, nunca pensé que lo volvería a ver y menos en tales circunstancias.

Estábamos en un lugar alejado del resto de la gente, donde podríamos mantener una charla algo privada. Estaba seguro que el duque había preparado esto para evitar mis arranques de cólera que siempre solía tener con él.

-Bien, Terruce, ahora podemos conversar tranquilos. – rompió el silencio que nos había acompañado desde que subimos a su auto.

Me miró de hito a hito, y una especie de sonrisa quiso aparecer por las comisuras de sus labios.

-Veo que has elegido la carrera de tu madre. – enfocó la vista en la taza de café que tenía al frente al pronunciar la última palabra, pero pude distinguir una ráfaga de nostalgia cruzar como un rayo por sus ojos.

-Sus palabras tuvieron un toque de tristeza pero no iba a dejar que su dialogo superficial atenuara mis resentimientos.

-Bien, ya sabes la razón a la que he venido. – continuó al ver que yo no decía nada.

-No, usted se equivoca, no sé la razón de tan largo viaje. – respondí tratando de mostrarme tranquilo como solía ser Albert y mirándolo fijamente.

Me miró nuevamente antes de tomar el primer sorbo del café.

-Sabes muy bien que soy un hombre al que no le gusta los rodeos, así que iré directo al grano. Estoy aquí para arreglar todo lo referente a tu próximo matrimonio con la hija de Eliot Barns.

-¡NO!…me voy a casar con nadie a quien no ame – la primera palabra sonó demasiado fuerte, por lo que enseguida modulé mi voz al tono normal, sin perder el aplomo que solo se da cuando se tiene la razón.

La mirada sorprendida del duque me hizo ver que Albert tenía razón en todo lo que me había aconsejado en los últimos dos días, sobre cómo debía enfrentar al duque en un encuentro que yo quería evitar a como diera lugar pero que según Albert era algo inevitable y lo debía hacer con entereza, como solo lo hacen los hombres que saben lo que quieren.

"…

-Mira Terry, tienes que demostrarle a tu padre – había empezado a decir Albert

-Al duque querrás decir – le corté porque no quería tener nada que ver con él

-Está bien – sonrió y continuó – Si quieres demostrarle "al duque" que eres un hombre, lo primero que debes hacer es enfrentarlo, los problemas no se resuelven huyendo de ellos, sino dándoles la cara. No puedes abandonarlo todo de la noche a la mañana, la compañía Standford cuenta contigo, no es como en el colegio….recuerda que eres el actor principal, si huyes, echarás a la basura todos tus esfuerzos, todos…

-Lo sé, eso es lo que me detiene. Pero hablar con él no servirá de nada… - dije totalmente resignado

- No te des por vencido ni aun vencido, no te sientas esclavo ni aun esclavo, trémulo de pavor, piénsate bravo y acomete feroz ya mal herido. Ten el tesón del clavo enmohecido, que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo; no la cobarde intrepidez del pavo que amaina su plumaje al primer ruido…" (1)

Las palabras que Albert me había dicho me habían dado la fuerza y el coraje necesario para enfrentar al duque, yo no era ningún cobarde y se lo demostraría, dándole la cara, demostrándole que ya no era un niño.

El silencio nos envolvía, pero estaba decidido a no dejar que me impusiera su voluntad y se lo diría en la cara, ahora tenía una razón para luchar, Candy.

-¿Encontraste a tu padre?, quiero decir al duque – preguntó Albert luego del portazo que acaba de dar a mi llegada.

-¿Estuvo aquí? – pregunté sabiendo la positiva respuesta de antemano.

-Así, es. No quiso esperarte aquí, por lo que supuse que te esperaría afuera.

-Acabo de tener la discusión más civilizada de mi vida con el duque, pero hemos quedado como siempre.

-… - Albert levantó una ceja sin entender mis palabras

-Hemos quedado en nada, el duque es un necio y quiere imponerme su voluntad, pero ya no soy un niño al que puede mangonear. Le dije unas cuantas verdades…

-…- Albert me miró con recelo.

-Pero sin exaltarme, tal como me lo recomendaste…- recordé que el duque estaba sorprendido con mis palabras y sobre todo con mi calmado proceder, seguro esperaba mis arranques de ira, pero se llevó la decepción.

-Bien Terry

-Aunque debo admitir que al final perdí un poco la paciencia. – no podía mentirle a Albert

-¿Por qué? –preguntó con cautela

-Es que me insistía que mi mejor opción era Bárbara y se negaba a entrar en razón, por lo que le dije que si estaba tan seguro que Bárbara era un buen partido entonces que él terminara casándose con ella…

Albert trató de disimular lo que más pudo una sonrisa que luchaba por asomarse por la comisura de su boca pero al final terminó curvándose con recelo. Yo lo miré por un momento y terminé riendo a carcajadas junto con él.

-No puedo creer que le hayas dicho eso al duque – aun seguía riendo

-La verdad, ni yo tampoco. – metí la mano en mi pelo en un vano intento de aclarar mis pensamientos - ¿Pero que querías Albert? El duque está tan arraigado a las tradiciones que terminé perdiendo la poca paciencia que tengo.

-Paciencia, es lo que más debes de tener a estas alturas. Debes de manejarte con mucha cautela, recuerda que un mal paso y las complicaciones se vendrán por parte de los Andley.

-Tienes razón. Es por eso que quiero hacer las cosas bien.

Albert me había aconsejado que hablara con el duque mientras llegaba la autorización del tío abuelo, así yo ganaría tiempo. Pero en cuanto me llegara la autorización, ya no habría marcha atrás me casaría con Candy.

-¿Y hablaste con Candy? –preguntó cambiando el tema

Se me hizo como que llevaba cien quintales de cemento en las espaldas. No había tenido el valor suficiente para contarle en el lío en el que estaba, sobre todo al ver su carita feliz luego de firmar el contrato de compra venta de nuestra casa.

En el almuerzo apenas y habíamos conversado de todo lo que teníamos que comprar para amoblar la casa, pero en este momento me di cuenta que lo único que hacía era buscar pretextos para no contarle nada, es que se la veía tan feliz, estaba segura que pronto el tío abuelo respondería, porque ella había escrito al Sr. George Johnson que estaba encargado de todo y al mismísimo tío abuelo.

-¿Cómo podía arruinarlo todo? ¿Cómo?

-No pude hacerlo – confesé con el peso de la conciencia en mi voz

-Terry, tienes que hacerlo, es preferible que se entere por ti y no por otras personas.

-Pero como le voy a decir, que besé a otra chica en los Ángeles – eso era lo que más me torturaba, no podía imaginar su reacción.

-Esos detalles incómodos podrías obviar – me aconsejó.

-¿Es que acaso no conoces a Candy? – pregunté incrédulo. Cuando a ella se le metía algo en la cabeza estaba ahí y ahí mismo hasta sonsacármelo todo

-Porque creo conocerla y estoy seguro que tú la conoces más que yo, te digo que se lo cuentes todo. – me previno

-Sé que tengo que contárselo…solo que estoy esperando para haber si me llega la autorización de ese viejo desgraciado y ella no necesita enterarse de nada –era la pura verdad.

-Terry – dijo en tono condescendiente – Ella debe de saberlo, llegué o no la autorización, porque tarde o temprano tendrán que enfrentarse al duque.

-Tienes razón – medité resignado cogiéndome el cabello que reposaba en mi frente – Mañana hablaré con ella. – decidí con pesar.

Estaba seguro que esta noche igual no podría dormir como había pasado en las dos últimas noches. El insomnio parecía muy encariñado conmigo últimamente. Pero debía hacer el intento de dormir, mañana tenía que tener la mente clara para hablar con Candy y no meter la pata, que digo la pata, la pierna entera.

Ni siquiera hablar con el duque me produjo tanta preocupación cómo contarle todo a Candy.

La esperaba frente al hospital con una especie de taquicardia en el corazón, estaba seguro que era más fácil tirarme al vacío que decirle esto a mi pecosa. Tenía la ligera impresión que mínimo me esperaba una cachetada o sino unos cuantos bolsazos de su parte, entonces paso por mi mente que tal si me dejaba desdentado como a ese pobre ladrón. Oh, oh, eso sí que iba a doler, debería estar preparado para esquivarla con agilidad...

Pero dejándome de bromas, había algo más que me preocupaba sin duda, y era algo que no quería que aflorara en mi mente, pero que estaba ahí en el fondo de mi corazón con una especie de espina…

¿Qué pasaba si ella me dejaba por esto? Los ojos se me cerraron ante la sola idea de perderla…Ella me amaba tanto como yo y esto no podría alejarla de mi, al menos eso era lo que esperaba…pero entonces porque cuando deje aflorar esta idea me sentí tan vulnerable, ¿por qué? Volví a esconder ese miedo donde no pudiera afectarme.

Unos labios suaves y tibios me sorprendieron de repente en medio de mis pensamientos, era Candy, no me di cuenta en qué momento había llegado, pero ahí estaba frente a mí, haciendo que la angustia se volviera ligeramente más liviana a su lado.

-No me viste llegar – era un regaño que tenía un ligero tono de diversión

-Me pillaste desprevenido – confesé tratando de sonar casual

-¿Desprevenido a ti? Eso sí que es raro jajajaja – río con ganas y continuó – ¿Por qué estas tan serio?

-¿Serio?

-Si, mira como tienes de arrugado el entrecejo, ya pareces la hermana Grey jajajaja- su risa cantarina me hizo sonreír, a pesar que estaba más angustiado que nada.

-Deja de estar riéndote a mis costillas, y mejor vámonos de aquí antes que te regresé al hospital – le amenacé

-No serías capas – aseguró

-¿Estás segura? – dije con suficiencia mientras levantaba mi ceja izquierda, la quería regresar para no tener nada que confesarle.

Por el rabillo del ojo pude ver a un auto azul pasar frente a nosotros, despacio, demasiado lento para mi gusto, automáticamente me paré de tras de Candy como tratando de esconderla de quien quiera que estuviera ahí. Una mala corazonada me invadió repentinamente.

-¿Qué pasa? – preguntó al instante al ver mi protectora postura

-Vámonos ya – dije tirándole de la mano hacia el lado contrario de aquel coche que no pude distinguir como de los Barns o del duque. Seguro me estaba haciendo un poco paranoico

Caminamos por varias calles sin rumbo fijo. No sabía que esperaba para hablar y me alegraba de sobre manera que ella me contara mil cosas del hospital y de sus enfermos que ya parecían los míos, porque estaba seguro que los reconocería enseguida por las detalladas descripciones que me daba. Incluso sabía algo de enfermería, no sólo porque le había servido de conejillo de indias, sino porque me gustaba ponerle atención en todo lo que me contaba, era divertido, aunque ahora mi mente estaba más allá que acá, no sabía como empezar a hablar, que lío.

-Estoy cansada, sentémonos allá – señaló una pileta que estaba ligeramente iluminada mientras empezaba a caer la noche.

En ese momento me di cuenta que habíamos estado caminando durante horas, creo que lo hacía a propósito para evitar con todas mis fuerzas la razón real por la que había ido.

Nos sentamos y miramos a la gente pasar por unos instantes, pero nuevamente la razón por la que estaba ahí me atormentaba, ya era casi hora de regresar y yo seguía sin saber cómo abordar el tema.

Me paré dubitativo, pedirle matrimonio había sido más fácil comparado con esto.

-¿Qué te pasa? – preguntó al mismo tiempo que se paraba una grada más arriba, quedando casi a mi altura mientras me acariciaba suavemente las mejillas con sus tibias manos; yo la sujeté delicadamente de la cintura.

Me miró por un momento con tanto amor en sus ojos que sentí que me iba lejos, hacia un mundo que solo era suyo y mío…me pregunté por un instante si era necesario romper esta esfera de felicidad que nos rodeaba, pero sabía que debía hacerlo por el bien de nuestro amor.

-Mira las ojeras que tienes – sus dedos rozaron delicadamente las bases de mis ojos – Estás preocupado por algo ¿verdad? – su mirada se volvió inquieta y suplicante

Ella me conocía tan bien, que me sentía como un libro abierto a su lado.

La miré directo a los ojos y la acerqué mas a mí por la cintura, necesitaba sentirla cerca, tenía miedo de su lejanía.

Me aproximé despacio y la besé primero con ternura mientras ella enredaba sus brazos en mi cuello y luego con aprensión, necesitaba saciar la angustia que me acompañaba desde hace unos cuantos días. Sentir sus labios sobre los míos era lo que necesitaba para borrar todo en mi mente, sentir su sabor en mi boca era lo que me daba vida.

-Te amo – dije con voz ronca y reflejándome directamente en sus esmeraldas que me miraban con devoción.

-Yo también te amo – aseguró en medio de una mirada enamorada.

Era el momento de decirlo, ella me amaba y el amor le haría entender cualquier cosa, estaba seguro.

Tomé su rostro entre mis manos y di un suspiro fuerte, abrí mi boca para hablar, pero ella me besó de repente.

-Gracias – me agradeció sin más.

-¿Y eso? – pregunté felizmente sorprendido

-Por la flores – dijo con una enorme sonrisa en su rostro

Por un momento me quedé confuso, entonces supe que era por todas las flores que le había dado en todo este tiempo, aunque últimamente no había podido darle ni una hoja.

-Están hermosas, casi no caben en mi mesa de noche. Tuve que ponerlas en mi escritorio. Ahora todo mi cuarto huele a azucenas.

-¿Azucenas? – pregunté totalmente perdido de la conversación. - ¿De qué estás hablando? – traté de encontrar en donde me había perdido, pero me di cuenta que ella era la que estaba mal.

-Las que me mandaste hoy al hospital – aseguró feliz – Aunque déjame decirte que me sorprendiste, como siempre me das rosas…

Yo analizaba cada palabra, en primer lugar, yo no había mandado ningún ramo de flores, y mucho menos azucenas, esas no eran de mi estilo; en segundo lugar, estos días estaba tan preocupado, que en lo que menos pensaba era en mandarle flores.

Sentí como una especie de ira mezclada con incertidumbre se apoderó de mí.

-Yo no te mande ningún ramo de flores Candy – traté de disimular pero sabía que la irritación se notaba en cada una de mis palabras.

-¿No? – pregunto totalmente confundida y levemente nerviosa

-¡NO! – esta última palabra me salió fría, seca, tosca y una octava más alta de lo que pensaba.

Automáticamente dejé caer las manos de su cintura y ella quitó sus manos de mis hombros segundos después, seguro en respuesta a mi tangible rechazo.

Por mi mente se filtraban miles de rostros tratando de buscar al imbécil que se había atrevido a mandar flores a mi novia, a mi prometida.

¿Y por qué alguien se aventuraba a darle flores?

Seguramente ella estuvo riéndose más de la cuenta y empecé a recordar lo amistosa que siempre era con todo el mundo, siempre regalaba sonrisas por doquier.

Probablemente alguien mal interpretó sus gestos o tal vez no… y si no era eso, ¿y si ella era la que había provocado todo?

Debía ponerle un alto, pero ¿por qué? yo la amaba tal como era y no quería cambiarla para nada, me sentí confundido.

Miré hacia al infinito tratando de recordarla diferente, pero era inútil era una amiguera y demasiado amable para mí gusto y para colmo irresistiblemente bella, quien no se fijaría en ella, pero no era coqueta de eso estaba seguro, yo lo había visto y comprobado cientos de veces.

Varias veces la había observado sin que se diera cuenta y su comportamiento tendía siempre al compañerismo, incluso conmigo…ella nunca se mostró muy interesada en mi como Elisa, Susana o Bárbara y tantas que se me habían insinuado, unas directamente otras sutilmente y otras utilizando varias estratagemas inverosímiles de creer, pero Candy jamás, eso era lo que me atrajo desde el principio, su forma de tratarme.

Siempre me tendió la mano de amiga y eso hacía con todos. Había visto su trato con el Inventor, con el Elegante, con Albert, pero ¿sería así también con ese tal Anthony?

¿Y si de pronto algún médico, o algún paciente le recordaron a él y ella empezó a tratarlo diferente?…Demonios.

Con cada pensamiento mi respiración se iba agitando, enfoqué los ojos nuevamente en ella tratando de descubrir algo en su mirada que me revelara algo, que confirmara mis sospechas, pero solo podía ver la confusión que había en ella.

A lo mejor se estaba recordando a algún mequetrefe…

Un dolor corto punzante me atravesó el corazón en cuanto esta idea me cruzó por la mente. Ella no podía haberse fijado en nadie más que no fuera yo…pero últimamente la había tenido abandonada…

No, eso era inconcebible…todo esto me estaba volviendo loco, loco, loco…de celos.

Simplemente no quería que nadie más disfrutara de sus palabras, de su mirada, de su sonrisa, de sus gestos como lo hacía yo. Nadie tenía derecho a acercarse a ella más de la cuenta y mucho menos mandarle nada, porque ella era mía…solo mía.

-S…si no fuiste tú… ¿entonces quién pudo haber sido? – estaba tan desorientada que por un momento casi me convence de su inocencia, pero no, yo estaba demasiado furioso como para ser razonable.

-¿Y por qué demonios te tienen que estar mandando flores, eh? - reclamé ceñudo

-No lo sé, no tengo idea…- sus ojos se volvieron tristes al instante.

Me arrepentí al instante de lo que acababa de decir pero era tarde, no pensaba retractarme, ella me debía una explicación, y no pararía hasta dar con el infeliz de las flores.

-A…a lo mejor fue algún paciente a...agradecido – estaba nerviosa.

-…- me limité a alzar una ceja, era mejor que mantuviera mi boca cerrada, estaba molesto, dolido, pero no quería lastimarla.

Miré hacia el cielo tratando de pensar lógicamente, un viento helado paso entre nosotros haciendo notoria la distancia entre los dos.

-Es mejor que nos vayamos, ya es tarde – mi voz era seca y autoritaria

-¿Es…Estas enojado? – su voz estaba al borde del llanto

-¿Qué crees? – resoplé – Alguien te manda flores y ¿quieres que esté feliz? – la miré por una fracción de segundo, pero ella no me miraba, estaba mirando a sus manos

-Pero yo no tengo la culpa…- su voz estaba quebrada, una punzada de dolor atravesó mi corazón.

Respiré hondo, en eso ella tenía razón…pero estaba demasiado molesto…tan molesto que me era imposible razonar con claridad.

-Mira, no te estoy echando la culpa, simplemente quiero saber quién pudo haber mandado flores a mi prometida – esto último lo dije con furia

-Yo…yo no sé quién puede haber sido…por eso pensé que fuiste tú. – su voz seguía rota

-Claro y para variar pones las flores en tu cuarto y ahora todo huele a azucenas – comenté irónico.

-Es que yo pensé que eran tus flores…además no soy adivina para saber que no eran tuyas. – estaba indignada.

-Mira, Candy, es mejor que nos vayamos – giré automáticamente sin mirarla, no quería seguir ahí porque si lo hacía iba a perder la poca paciencia que me quedaba y estaba seguro que terminaríamos peor.

Empecé a caminar con las manos metidas en mis bolsillos, ella me siguió cinco segundos después, podía escuchar que venía ligeramente de tras de mí, detuve un poco mi caminar para darle tiempo que se acercara más a mí, en cuanto la sentí cerca continué sin regresar a ver.

Era consciente que estaba enfriando el amor, pero no tenía ganas de hacer nada para volver a la normalidad, estaba celoso y eso me cegaba.

Hice el intento de llamar a un carruaje, pero Candy se adelantó a mis intenciones.

-Podemos seguir caminando, por favor…, o si quieres vete tú yo voy a seguir caminando…- había más que violines en su voz.

Quise mirarla pero no pude, respiré hondo nuevamente, no la iba a dejar ahí en medio de la nada, estaba enojado pero no tanto como para irme sin ella.

No dije nada y continué caminando a su ritmo, que por cierto era demasiado lento. De rato en rato el frío de la noche nos envolvía, podía abrazarla…pero mi orgullo era mayor.

Al llegar a la esquina del hospital, ella disminuyó notablemente su caminar y se detuvo, cerré los ojos en un intento de armarme de paciencia, esperé a que me alcanzara pero nada.

Giré con lentitud para ver porque se había detenido y el corazón se me estrujó cuando la vi parada a dos metros detrás de mí y mirando al suelo, su respiración tenía una ligera vibración, ¿estaba llorando? Maldición.

Me quedé ahí petrificado, mi corazón quería correr y abrazarla, decirle que todo estaba bien, pero mi mente no respondía, estaba analizando la situación. Di un paso hacia ella, casi contra mi voluntad.

-¿Qué pasa Candy? – traté de sonar frió como hace rato, pero mi voz reveló mi preocupación

No me respondió, seguía cabizbaja, su mano derecha subió titubeante hacia su mejilla, y recorrió desde el lagrimal hacia la mejilla para terminar casi debajo del pómulo, repitió lo mismo para el otro lado, estaba limpiándose las lágrimas.

Quería seguir enojado, pero simplemente su dolor era el mío. Di otro paso y resoplé con resignación.

No sabía qué hacer, no entendía porque lloraba, si yo la había traído de vuelta para evitar una pelea, para evitar herirla con todo lo que tenía atravesado en la garganta, pero ella se había puesto a llorar sin ninguna razón, realmente no entendía el porqué de sus lágrimas. No tenían sentido.

Cerré los ojos tratando de entenderla, pero no podía, ella seguía ahí sin decir nada, ¿qué esperaba? ¿Que me fuera? ¿Que la dejara ahí? Estaba loca si pensaba que no me iba a asegurar que entrara en el hospital, aunque ahora ya no estaba seguro de dejarla así, llorando.

Podía ver como sus hombros y su pecho se estremecían casi imperceptiblemente por las lágrimas, estaba en una situación sumamente complicada, yo la amaba y verla así, me desgarraba por dentro y por fuera, resignado al ver que no me miraba estiré la mano para rozar su quijada y levantarla.

Al tocarla sentí la humedad de sus lágrimas en mis dedos, puso un poco de resistencia pero finalmente logré que levantara el rostro.

Ahí estaba su semblante lleno de lágrimas, sus labios y su nariz ligeramente más rojos y sus ojos anegados por gotas de dolor.

Se me partió el alma al verla así, sentí como mi rostro automáticamente cambió a uno de dolor y preocupación, lo único de lo que estuve seguro era que yo tenía toda la culpa.

Le limpié las lágrimas con los dedos, y sentí como mis labios se volvieron una línea en un gesto de derrota. Pero seguía sin entender porque lloraba.

-¿Por qué lloras? – pregunté vencido y levemente irritado

No respondió, sus lágrimas seguían rodando por las mejillas como un chorro de agua. Saqué la otra mano del bolsillo y tomé su cara logrando que sus ojos se fijaran en los míos.

-No…no quiero que te vayas…enojado. – apenas puede distinguir las palabras de sus labios.

-Me voy, porque no quiero discutir contigo – dije con sinceridad

-Pero estás enojado…y…y yo no quiero que te vayas así.

Llené los pulmones con fervor, tratando de que el aire me diera palabras para tranquilizarla, podía soportarlo todo, menos verla llorar y mucho menos si yo tenía gran parte de culpa.

Aunque aun no terminaba de entenderla, el hecho que estuviera enojado no era una razón válida para sus lágrimas, al menos para mí. Sin saber que hacer la atraje hacía mi y la abracé con protección, ella me abrazó por la cintura con fuerza, y fue en ese instante que comprendí porque lloraba, fue en ese instante que me sentí miserable y a la vez amado, como nunca me había sentido antes.

-El hecho que esté enojado, no quiere decir que te haya dejado de querer Candy.

Un suspiro fuerte la estremeció y poco a poco sentí como se iba calmando en mis brazos, ahora ya no tenía tanto sentido mi enojo, ni nada, solo sabía que la amaba y que podía pasar todo por alto, todo si ella me amaba como lo hacía.

Luego de permanecer así por un rato, la separé despacio para cerciorarme que sus lágrimas habían cesado. Saqué del bolsillo un pañuelo y se lo di para que terminara de secarse por completo el rostro, aunque la mayoría de sus lágrimas ahora reposaban en mi chaqueta.

-Es el segundo pañuelo que me das, desde que te conocí. – dijo en medio de un suspiro

-¿Así?

-¿Recuerdas cuando me lastimé, el brazo?

Claro que me acordaba de eso, fue aquella vez que yo la obligué a montar para que perdiera el miedo a los caballos, y sobre todo para que dejara a un lado el recuerdo de él y abrirme el camino hacia su corazón.

-¿Aun lo conservas? – pregunté

-Claro, es algo así como mi tesoro

Sonreí ligeramente y la miré con ternura, ella respondió con una sonrisa apenada.

-No me gusta verte llorar – aseguré con la voz más suave de lo normal

-Lo siento – se disculpó

-Soy yo quien debería pedirte disculpas, por hacerte llorar.

-…- ella sonrió un poco más.

-¿Eso quiere decir que estoy perdonado?

-No hay nada que perdonar….es solo que tenía miedo de perderte

-Tonta – le di una caricia con la base de la mano en la mejilla. - Soy yo el que tiene miedo de perderte, es a ti a la que mandan flores.

-A ti también te mandan flores, chocolates, cartas de amor, y…

-Shhhh – puse el dedo en sus labios - Es a ti a quien amo – aseguré con fervor. – Y no quiero que pienses en nadie más, que no sea yo – era un pedido que tenía un ligero tono de orden.

Nos habíamos parado bajo el portal de la entrada lateral del hospital, quería aprovechar ese lugar para besarla aprovechando que un árbol nos ayudaba a ocultarnos mejor, pero justo cuando mi cerebro dio la orden a mis brazos para atraerla a mis labios, me di cuenta que alguien nos observaba, me quedé quieto. Con el rabillo del ojo pude ver al auto azul de la tarde frente a nosotros.

-¿Pasa algo, Terry?

-Parece que alguien nos está siguiendo – contesté sin estar seguro de mi respuesta.

-¿Crees que sea algún reportero?

-Tal vez. – su pregunta fue un alivio, porque no me importaba si era un reportero, pero sospechaba que iba más allá, tal vez…el duque

-¿Por qué crees que nos están siguiendo?

-No lo sé, pero hay un auto azul que está parado en la otra acera. ¿Lo ves?

Ella miró con cautela, y luego me miró con la respuesta en su rostro.

-He visto ese auto desde hace unos días merodear el hospital.

-¿En serio?

-Si. ¿Crees que alguien sabe que tú eres Terruce Grandchester?

-No lo sé – sabía que le ocultaba mis verdaderas sospechas. Pero de repente me invadió un miedo mayor, tenía que cuidar de ella. - ¿Desde hace cuanto has visto ese auto?

Unos tres días más o menos. Siempre que regreso del almuerzo está ahí – contestó luego de hacer un poco de memoria, su respuesta me dejó ligeramente confundido, el duque no podía ser, porque él había llegado el día anterior

-Candy, es mejor que entres ahora.

-Pero… ¿y tú? – estaba preocupada

-Me iré a casa. Pero quiero asegurarme que entres al hospital. – soné despreocupado

-¿Y si llamamos a algún policía o al guardia del hospital para que investigue?

Tranquilízate, a lo mejor es solo un reportero. Mejor entra al hospital y yo me quedo aquí camuflándome bien con el gorro, seguro no me reconoce.

-Está bien, pero ve con cuidado, eh.

-Lo haré.

-Terry – dijo cuando había dado un paso para alejarse de mi

-¿Si?

-¿Me vas a contar que es lo que te tiene preocupado?

-Mañana, ahora es mejor que entres. – no era el momento. Me miró por un momento y asintió con la cabeza para girar y alejarse.

Esperé a que entrara al hospital, y vi, que en cuanto ella entró al hospital el auto arrancó, se paró frente a la entrada por donde Candy había entrado. Sentí un frío recorrerme el cuerpo. El auto no me estaba siguiendo a mí, sino a ella. Salí corriendo al instante de confirmar mis sospechas para enfrentar a quien quiera que estuviera dentro de ese auto, pero éste aceleró sin darme tiempo de alcanzarlo.

Me quedé parado sintiéndome impotente, si hubiera estado en mi auto no se me hubiera escapado, pero no podía hacer nada. Tal vez la persona del coche era quien le había mandado las flores. Por lo visto era alguien de dinero, porque el coche era de marca y tenía un escudo que no alcancé a distinguir con claridad, pero no era de los Barns, de eso estaba seguro.

Mientras caminaba de regreso al departamento miles de cosas cruzaban por mi mente, y a la vez me atormentaban, había ido con la firme intención de contarle todo a Candy y no había podido hacerlo. Esto se me estaba saliendo de las manos.

Al doblar la esquina de mi calle, me di cuenta que dos autos demasiado lujosos para el lugar estaban parados al pie de la casa. Un golpe seco en el corazón fue la respuesta de todos mis presentimientos.

Era el auto del duque en el que había estado la noche anterior y el auto de los Barns, maldita sea.

Me detuve un instante debatiéndome ligeramente en dar la vuelta y huir o seguir y enfrentarlos.

Seguramente Albert estaba ahí con ellos porque pude ver solo a los chóferes en cada auto. Las palabras de Albert volvieron a resonar en mi mente como si fuera mi conciencia.

"No te des por vencido ni aun vencido, no te sientas esclavo ni aun esclavo, trémulo de pavor, piénsate bravo y acomete feroz ya mal herido. Ten el tesón del clavo enmohecido, que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo; no la cobarde intrepidez del pavo que amaina su plumaje al primer ruido…" (1)

Tomé una bocanada de aire y continué caminando hasta llegar al portal, enfrentaría lo que fuera.

-¿Parece que hoy tiene visitas importantes? – dijo la dueña de casa en mis espaldas. – Es que usted ya es toda una celebridad. – dijo con orgullo, si supiera que estas visitas no tenían nada que ver con mi carrera. Pensé para mis adentros

-¿Llegaron hace mucho? - pregunté tratando de darme tiempo para enfrentarme a lo que me esperaba arriba

-Una media hora más o menos.

-Gracias

Me saqué el gorro y la bufanda, los doble con demasiada lentitud y empecé a subir las gradas. Afiné el oído para escuchar algo, pero todo estaba en silencio. Cuando estuve frente a la puerta escuché un ligero murmullo pero no pude distinguir ni voces ni palabras.

Tomé otra bocanada de aire mientras empuñaba el picaporte y abrí la puerta. Había demasiadas personas en un lugar tan pequeño. Me pregunté donde estaba Puppet, reí en mi fuero interno, que momento tan propicio para pensar en la mofeta.

Al primero que distinguí al fondo era al Duque de Grandchester parado tocando su barbilla y mirando a la puerta con un impecable traje gris. A la izquierda estaba Albert con una mirada más amable y contrastando notablemente con su vestimenta informal, tal como yo. Al lado derecho del duque, igual de pie estaba el duque de Barns con un tono de superioridad y de irritación en su mirada, a su lado estaba Julián, quien en cuanto mis ojos se posaron en él me hizo una ligera venia. Pero lo que no me esperaba era a Bárbara, quien no me dio tiempo de reaccionar, salió corriendo hacia a mí y se agarró de mi cuello como si fuera algo muy natural entre nosotros.

Con las justas pude esquivar mi cara de sus labios y su beso fue a parar creo que en mi oreja.

-¡Terry, mi amor! – gritó al mismo tiempo que se lanzaba sobre mí.

Mis ojos de terror se enfocaron en Albert que al igual que yo estaba sorprendido ante el arranque de Bárbara. Ni siquiera me tomé la molestia de ver a los demás, estaba demasiado exasperado como para fijarme en ellos.

Automáticamente mis manos fueron hacia los brazos de Bárbara para deshacerme del abrazo forzado en el que estaba envuelto, no tenía porque aguantarle nada ni a ella, ni a nadie de los que estaban ahí. Tuve que hacer una ligera presión para alejarla de mí, estaba seguro que la molestia y el desagrado de este gesto se podía ver en mi rostro. Puse sus manos a los costados y me acerqué automáticamente hacia Albert donde me sentía a salvo.

Pude ver el rostro de desilusión en Bárbara, casi al borde del llanto pero no me importaba, también me di cuenta del rostro sorprendido de mi padre y el de ira del duque de Barns y de su hijo, ante mi rechazo.

-¿A que debemos el honor? – pregunté en tono sarcástico

Albert se aclaró la garganta ligeramente y mi padre se puso a la defensiva. El Duque de Barns se enervó y Julián abrazó protectoramente a Bárbara quien no paraba de mirarme con ojos de fascinación, como si yo fuera la cosa más hermosa que estuviera en ese lugar, que incomodo.

-Terruce, por lo visto, olvidaste que hoy teníamos una cita en la casa de Eliot para finiquitar los últimos detalles del enlace. – habló el Duque de Grandchester en un tono conciliador.

Él me había informado que teníamos que ir a la casa de los Barns, pero eso no me importaba, entre Candy y Bárbara no tenía ni si quiera que pensar; es más, entre Candy y el mundo siempre sería Candy, mi corazón no tenía otra opción, así de fácil.

-¿Y quién se casa? – pregunté en el mismo tono sarcástico

Albert contuvo una sonrisa. Era obvia la tensión que tenía en las comisuras de la boca; para mí era un alivio tenerlo a mi lado, era mi apoyo; el Duque de Barns apretó los puños y su ceño se frunció más de lo que ya estaba, Julián me miró con indignación y Bárbara abrió sus ojos mientras se ruborizaba ligeramente. El duque de Grandchester me retaba con su mirada, sabía lo que venía.

-Obviamente Terruce, quieres hacer las cosas más difíciles, pero deja que te recuerde que tú aun eres menor de edad y aun estás bajo mi tutela y se hará lo que yo digo. – esto último lo dijo casi en un grito.

-Jajajajaja – me reí más sarcásticamente.

Albert se aclaró la garganta suavemente en un gesto que me indicaba cautela, sus ojos me decían que me tranquilizara.

Giré levemente y vi la puerta del baño cerrada, seguro Puppet estaba encerrada. Me debatía entre sacarla y darles un buen escarmiento o dejar que el duque se explayara.

-Eliot y yo hemos acordado que el enlace se realizará una semana antes del estreno de la obra de Romeo y Julieta. Para que Bárbara asista ese día como tu esposa, es su deseo. – la miró y ella respondió con una sonrisa

No podía creer las palabras del duque. Sin saber qué hacer, mis ojos llenos de furia se enfocaron en la cara de Bárbara quien esbozaba una sonrisa de triunfo, pero el odio que emanaba de mis ojos la hizo bajar la mirada y esconderse en su hermano.

Lo único que me vino a la mente es que simplemente no asistiría al estreno, no con ella y mucho menos como mi esposa, antes muerto, pensé para mis adentros

-Creo que tu hijo debería cambiar de residencia, este no es lugar para el futuro esposo de mi hija.

-Arreglaré eso.

Esto me irritaba, ahí estaban el par de duques decidiendo mi vida como si yo estuviera pintado, abrí la boca para enfrentarlos, pero Albert toco mi hombro, adelantándose a mis pensamientos.

-Tranquilo – dijo en voz muy baja

-Pero – dije algo molesto por su pasivo comportamiento.

-Nos vamos. Bárbara ya viste a tu prometido, ahora debes de estar contenta – dijo Eliot.

Me comía cemento ante la palabra "prometido" encadenada con Bárbara, si hubiera tenido la oportunidad, la ahorcaría con mis propias manos.

-Pero papá, ni siquiera hemos conversado. – hizo algo parecido a un puchero, era obvio que era la consentida del duque.

-Ya habrá tiempo para eso – se dirigió a ella y luego puso la vista en mi padre – Richard, espero que tú y tu hijo estén el próximo sábado para el anuncio del compromiso.

-Ahí estaremos.

Era una locura, Bárbara quiso acercarse a mí pero la miré con tanto odio que se limitó solo a despedirse de Albert.

-Nos vemos el sábado, Terry. – estaba cohibida pero no dejaba de mirarme con fervor.

-Primero muerto. – no podía haber más odio en mi voz. Bárbara se alejó al escucharme

-Ya lo veremos - me amenazó su padre.

Le sonreí lo más sarcástico que pude, todos se despidieron de Albert y le agradecieron por su hospitalidad mientras me giraba contra la pared, esperando a que todos terminaran de largarse. Cuando salieron enfoqué mi mirada de fuego en el Duque de Grandchester esperando que él hiciera lo mismo.

-¿Piensa llevarme arrastrando? – pregunté luego de un breve momento de silencio

-Si tengo que hacerlo, lo haré. – respondió el duque

-¡Maldición! ¡¿Por qué se empeña en hacer mi vida miserable? – grité ya sin control- ¡¿Es que acaso no le basta con haberme hecho infeliz toda la vida?

-Tranquilízate Terry – Albert trató de apaciguarme pero yo estaba fuera de mis cabales, estaba desesperado por la manera que quería manejar mi vida.

-No Albert, estoy harto de él.

-¿Hacer tu vida infeliz dices? ¿Y todo lo que te he dado? ¿El dinero? ¿La educación? Nunca te faltó nada. – me increpó

-Le faltó lo más importante. – grité

-¿Qué fue lo que te faltó Terruce? – me desafió

-Mi madre, el amor de mi madre. – exclamé desesperado al ver que no se daba cuenta de la falta que Eleonor me había hecho.

-Pero te di un familia – me retó

-¿Familia? ¿A eso, usted llama familia? Una madrastra que me gritó desde el primer momento que era un ¡bastardo! ¿Un padre al que nunca le importé?, unos hermanastros que solo buscaban la manera de que usted me castigara. ¿A eso llama una ¡familia! ¿Qué le hice yo, para que me hiciera tanto daño?

Él me miró impresionado y descompuesto, pero ahora le diría todo lo que tenía atravesado en la garganta.

-Yo no le pedí venir a este mundo. Si tanto le estorbaba porque simplemente no me dejó con mi madre, en lugar de ponerme en las manos de esa mujer desalmada a la que usted llama su esposa, que me enseñó desde chico lo que era ser despreciado, pero no, su odio iba más allá, quería hacerme sentir todo lo que yo le provocaba en cada uno de sus gestos y de sus desprecios. Odio por mí, por el simple hecho de no ser concebido con amor. – exploté - ¿Sabe? Siempre me pregunte porque si tanto me odiaba como para alejarme de mi madre, entonces porque simplemente no se limitó a dejarme en un orfanato, estoy seguro que ahí hubiera sido más feliz, que con usted.

-Terry, por favor cálmate - me pidió Albert.

-No. Ahora me va oír.

El duque estaba pálido y su mano temblaba ligeramente.

-Seguro que mi madre, me hubiera dado más amor que usted, aunque me hubiera escondido, ella si hubiera tenido una palabra de cariño un gesto de amor para mí, una caricia. Pero no solo le bastó con haberme hecho el niño más infeliz del mundo, sino que ahora quiere arruinar el resto de mi vida. ¿Por qué duque? – le miré con las lágrimas a punto de salir, pero no lo haría, él no me vería llorar, respiré hondo y continué - Mi único pecado fue haber nacido… - sentí como mis palabras pegaban al duque como si fueran puños

Albert estaba igual de mudo que el duque. Me pasé las manos por el cabello y lo miré con más odio. Pude ver que sus ojos se cristalizaban ligeramente.

-Estoy seguro que usted sería más feliz si yo no hubiera nacido. ¿Niéguemelo? – sentí mis ojos nublados, y un nudo en mi garganta

-Estás equivocado – dijo casi en un susurro mientras se apoyaba en la pared, derrotado ante mis palabras

-No me voy a casar con Bárbara - afirmé en tono seco y continué - Quédese con su apellido, con su título, con su riqueza, olvídese de su hijo "bastardo" – estas palabras me dolieron pero continué - … Eso a mí no me interesa, pero si no le basta con eso, entonces debería también acabar con mi carrera y de paso con mi vida…

-Terruce – dijo con la voz ¿quebrada? mientras yo salía sin si quiera regresar a ver.

-¡Terry! – gritó Albert

Salí dando un portazo, sin saber a dónde ir, corrí hacia la calle, ojalá y pasara el tren por el camino y terminara con mi vida.

Sin darme cuenta las lágrimas que había contenido frente al duque empezaron a aflorarme por los ojos, ya no las pude retener.

No sé cómo, pero estaba de pronto en el Central Park, me encaminé sin rumbo y ahí me apoye a un árbol, no había ni una sola estrella, ni la luna, era una noche tan oscura como mi alma, todo estaba desolado.

Ahí lloré como si fuera un niño, como siempre lo hacía en la soledad, sin que nadie me viera llorar, sin que nadie se enterase de lo frágil que a veces era. El frió de la noche me despeinaba, había dejado el gorro y la bufanda en el departamento, pero casi no sentía el frío, solo el dolor de haber sido un hijo no deseado.

Luego de repasar cada palabra que le había dicho al duque, me sentí aliviado. Ahora tenía que hablar con Candy. Ni siquiera sabía qué hora era, pero necesitaba hablarle, verla. Ella debía saber la verdad y no había tiempo que perder. Me encaminé al hospital mientras me secaba las lágrimas con el dorso de la manga.

Cuando llegué pude ver a Albert que estaba por entrar.

-¡Albert! – le llamé antes de que entrara.

-Terry – dijo con alivio. – Supuse que estarías por aquí.

-Me conoces bien….- dije llevando mis pensamientos a terrenos menos duros. – No podía quedarme más, me estaba asfixiando – admití con sinceridad.

-Te entiendo. ¿Cómo te sientes?

-Me creerías si te digo que aliviado.- respondí con sinceridad.

Me miró por un momento como tratando de ver si le decía la verdad.

-¿Oye y que haces aquí, a estas horas? – me preguntó

-Vine hablar con Candy, sobre el duque.

-Porqué mejor no esperas para mañana. No creo que sea una hora oportuna para hacerlo.

-Tal vez tengas razón.

Empezamos a regresar a la casa, con tranquilidad.

-Creo que me excedí, ¿verdad? – dije con un poco de cargo de conciencia.

Generalmente las discusiones con mi padre eran entre los dos, pero ahora Albert había sido testigo, ahora más que nunca sentía a Albert como si fuera mi hermano mayor. El que nunca tuve, el que siempre soñé tener.

-Pienso que hiciste bien en decirle al duque todo lo que sentías, tal vez te exaltaste un poco, pero era mejor que él lo supiera y que sobre todo que tú te desahogaras. Luego que te marchaste, él se quedó apesadumbrado y salió totalmente perturbado al conocer tus sentimientos. No se lo esperaba.

A diferencia de las noches anteriores caí en un sueño profundo casi al poner la cabeza sobre la almohada, no tuve ninguna clase de sueños. Me levanté muy temprano, apenas estaban cantando los gallos a lo lejos cuando entré a darme un buen baño.

-Albert me voy al hospital, necesito hablar con Candy, antes de los ensayos.

-Suerte.

Me sentía descansado pero con cierta incertidumbre muy parecida a la depresión que me solía acompañar en el colegio.

Bajé las gradas con lentitud pensando en cómo iba a contarle todo a Candy, en cada detalle e imaginando sus posibles reacciones.

Al salir de la puerta me quedé frío al ver que el auto del duque se parqueaba en ese mismo momento. Que mala suerte pensé para mis adentros, y ahora qué querrá.

No tuve tiempo ni de pensar en qué hacer, porque el duque me abordó de inmediato, estaba recién bañado y se había cambiado de traje, pero era obvio que casi no había dormido, tenía unas ojeras que le marcaban los ojos levemente enrojecidos.

No tenía ganas de tener otra discusión con él, y no quería perder mi valioso tiempo en otra charla sin sentido.

-Terruce, quiero hablar contigo – su tono me tomó desprevenido, la melancolía de su voz se podía tocar.

-Estoy retrasado – dije con frialdad

-No me tomará mucho tiempo.

Lo vi por un momento sin esa máscara de frialdad que siempre llevaba, creo que eso me conmovió y accedí a hablar con él, en el departamento. Él me siguió sin decir ninguna palabra.

Albert se sorprendió al verme regresar y sus ojos se abrieron con incredulidad al ver al duque entrar detrás de mí.

-Los dejo solos – dijo Albert educadamente luego de saludar con un apretón de manos al duque.

-No Albert, no se vaya. No me demoraré. – me sorprendió el duque, tal vez tenía miedo de quedarse a solas conmigo.

Albert y yo nos miramos cautos el uno al otro y dentro de mí me pregunté qué era lo que se tramaba.

-Bien, estoy aquí, porque quiero hacerte una propuesta.

-… - alcé la ceja en señal de desconfianza.

-Si amas a esa chica, Candy creo que es su nombre – me miró, pero yo estaba atónito ante el rumbo que había tomado sus palabras - Entonces te doy hasta el próximo sábado, para que te contactes con su familia y arregles todo para tu boda, si ellos aceptan, entonces te dejaré casarte con ella.

-¿Y qué pasa con el Duque de Barns? – pregunté incrédulo

-Eso déjamelo a mí.

Albert y yo nos miramos incrédulos ante sus palabras. El duque se despidió y antes de salir con la mano en la cerradura me miró con una amargura que jamás pensé descubrir en su fría mirada a la que me tenía acostumbrado.

-Terruce, mi intención nunca fue hacerte daño.

Me miró por unos segundos esperando que algo saliera de mi boca, pero yo estaba tan asombrado con sus palabras que mi mente se quedó en blanco, abrió la puerta y se marchó.

-Albert, ¿estoy soñando? – pregunté aún incrédulo

-No. – dijo igual de sorprendido que yo – Y si estás soñando, creo que los dos estamos en el mismo sueño

-¿Ese era el duque, verdad?

-Si, parecía él. Un poco ojeroso, pero era él.

-¿Qué le habrá pasado?

-Creo que tus palabras removieron su conciencia, ayer cuando se fue estaba como en shock, creo que le quitaste la venda de los ojos.

-De haber sabido que mis palabras lo harían cambiar, lo hubiera hecho hace tiempo.

Una ligera sonrisa curvó nuestros labios.

-Maldición – dije

-¿Y ahora qué te pasa?

-Ese viejo desgraciado del tío abuelo, no da señales de vida.

-Terry vamos a tener que ir a Chicago para hablar con él directamente y si él no está, entonces debes hablar con la tía de Candy. No hay otra solución.

-¿Tú me acompañarías a Chicago? – pregunté esperanzado

-Claro, Terry. Si pudiera me fuera solo a Chicago para ayudarte, pero necesitas ir tu, en persona para hablar con el señor Andley. Sabes, estuve pensando, en el motivo por el cual aun te ha contestado, y creo saber la razón – me miró con la verdad en sus ojos y continuó – Creo que él no te ha respondido es porque quiere conocerte. Una propuesta de matrimonio no se hace con cartas sino en persona, creo que él debe de pensar que tú estás jugando con Candy, y no toma en serio tu propuesta. Por eso creo que debes ir en persona para hablar con él.

-¿Tú crees? – era como si mirara todo desde otro punto de vista. Era algo lógico lo que Albert decía.

-No hay otra explicación, a su silencio.

-Tienes razón. ¿Cómo no me di cuenta antes? Voy a pedir permiso en el teatro.

De pronto sentí como si una puerta se abriera en medio de un pasillo sin fin. No podía creer las palabras del duque, era algo que me había dejado atónito, pero también el razonamiento de Albert en el comportamiento del tío abuelo era muy lógico. Él era un hombre mayor y seguro no le había caído en gracia mi carta. Pero ahora le daría la cara y le pediría personalmente la mano de Candy. No podía desperdiciar la oportunidad que se me había presentado, era como mi tabla de salvación en medio del océano…

Continuará...


Notas de la autora:

(1) Extracto del poema "La voluntad de vencer"

Y aquí está el capítulo 10 totalmente re-editato, remasterizado, tuneado y recargado ya en fanfiction.

Si éste capítulo te gustó, enviame un Review.

Gracias por leer.

Tita Calderón.