Capítulo 10. entrenarse para matar: días típicos.
Alabaster Faraday está solo en la mesa del desayuno, en el primer piso del centro de entrenamiento. El enorme perro de Madara Greyarm intentó, en vano, buscar cariño en él, pero su indiferencia fue tan descomunal que el pobre terminó lloriqueando y restregándose contra un caro sillón. No está acostumbrado a ser ignorado, pero el joven le prestó la misma atención que a la mayoría de las personas, que se reduce a muy poca o ninguna. Come con calma y abundantemente, necesita reservas energéticas, y si bien nunca fue dado a la glotonería, requiere ganar unos kilos extra por si en algún momento el hambre aprieta en la arena. Es demasiado letal, considera, para que algo tan nimio como el hambre fuese a vencerlo. De manera que el té verde, los redondos panes con manteca frita que probó el día anterior en el comedor, y una deliciosa mermelada de grosellas, sumado a huevos y otras delicias, es lo que come, con calma, siendo muy temprano. Tampoco tiene ganas de vomitar en frente de todos, como sucedió con cierto tributo. El patetismo llevado a lo extremo.
Estuvo bastante tentado de no levantarse hoy para entrenar. ¿Qué necesitaba? El día anterior había estado tirando durante las nueve horas, casi sin descanso, por su obcecación de no acercarse a las espadas pues no lo consideraba necesario. Sin embargo, no tenía idea de qué se quedaría haciendo en su piso, solo, o peor aún, con el insecto de Christian Stark intentando captar una pizca de su entusiasmo. En la academia había sido más bien autodidacta, mirando para aprender y practicando por su cuenta, bastantes halagos había recibido por parte de los profesores sin que esto mejorase ni empeorase su autoconcepto. Nada más necesitaba saber respecto a lo que hay en el gran sótano, pero peor le parece la inactividad, al menos si está abajo podrá indagar más sobre los profesionales, si lo que quiere es matarlos más vale que lo conozcan y sobre todo lo contrario.
Al terminar su comida, mira la hora en el pesado reloj de oro que se constituye en su recuerdo, que perteneció a su padre en algún momento. Son las 7.30, apenas. Bufando con fastidio, con un sonido parecido a "tsk…", se levanta de la mesa, sin prestar atención a los avoxes que pululan a su alrededor, y se sienta en el sofá de la sala cuadrada, tomando una revista capitolina, en cuya portada aparecen Christian Stark, sonriendo, con un brazo alrededor de los hombros del palurdo del distrito 10, Lev Abercowney.
"Christian y Lev: unas inolvidables vacaciones en el distrito 10", reza el encabezado. Parece haber sido tomada en un matadero, por lo que Alabaster aprecia. Le parece tan estúpido que malgasten el papel de esa manera tan asquerosa e indigna, con una relación romántica y encima tan patética como lo es aquella, que pasa las páginas con furia, buscando los crucigramas, no quiere pensar en los avoxes todavía, ni en la injusticia. Cuando lo hace, un sentimiento parecido a la desesperación le invade, la urgencia y la impaciencia, siendo perjudicial para su estado. Todavía nada puede hacer, piensa, a fin de no perder el control.
No está allí por la gloria de su distrito, como Clarissa y Connor, ni por gloria personal, como Dahlia Fey, ni tan siquiera por castigo o mala suerte, tal es el caso del resto de palurdos insectos sin importancia. Él está allí para ser el primer escalón a una segunda rebelión, así tenga que dar su vida, pero espera que todavía no suceda.
Resuelve los crucigramas tan rápido que casi considera un insulto que los hubiesen puesto allí. eso le hace volver a enfadarse, así que deja la revista a un lado y se queda solo allí, sumergido en su rico mundo interior, hasta que el ruido externo le hace ver que la gente ya se está levantando. Poco después, Clarissa Carmichael, con el buzo de deporte puesto y el cabello negro y rizado en una coleta alta, se persona en el comedor. No le saluda, ni él a ella; al fin la chica aprendió a ignorarle por la fuerza.
Christian Stark y Pyra Summerplatte, mentores de Alabaster y Clarissa respectivamente, también salen de sus habitaciones rumbo al desayuno. El mentor de los ojos color hielo y el pelo rizado se inclina, para que Tobi, perro de Madara, lama su cara y sus orejas. el hombre suelta unas risitas roncas, bastante alegres, que hacen que Alabaster se lo imagine en los infectos mataderos del distrito 10, sirviendo de esclavo sexual del grandote con el que sale. Siente asco de tales vínculos humanos, especialmente cuando la diferencia es tan enorme. Los extremos de tal tipo no deberían funcionar, piensa Faraday, es antinatura. En lugar de que los extremos se obvien, deberían fundirse, dejar de existir. Los gobernantes han permitido que exista la diferencia entre el distrito 1 y el 10, entre el 2 y el 12, y entre todos y el Capitolio. Pero ¡ah! Alabaster acabará con eso, así le cueste la vida. Nadie más puede, ya se ha demostrado; sin mentir, o exagerar, el resto del mundo es demasiado inepto para encargarse por su cuenta.
–¿Todo bien, Alabaster? –Pregunta Christian–: no es necesario que respondas… con asentir o negar con la cabeza está bien.
Siempre ha pensado que tales preguntas son absurdas, estúpidas, inservibles. ¿Acaso si alguien está mal lo va a responder ante un desconocido? Alabaster recuerda los días posteriores a la desaparición de sus padres, ¿acaso alguno de esos imbéciles que prodigaban dicha pregunta esperaban que les fuese sincero? Idiotas…
No hace ningún gesto que amerite que escuchó la pregunta, a no ser una ligera mueca de desprecio. Christian Stark no le es útil, le parece un perrito peor que el chucho de Madara Greyarm, farandulero, moviendo la cola al son del Capitolio.
–El chico es difícil, ¿eh? –Pregunta la bella y letal Pyra Summerplatte–: Madara ha tenido más éxito con él, al menos consigue hacerle hablar.
–Sí, no hay caso… conmigo al menos –Christian se encoge de hombros–: este chico olvida que seré yo quien tenga que salvarle el trasero cuando esté en la arena, enviándole regalitos y todo el paripé.
Si Alabaster tiene que depender de los regalos del Capitolio, se clava una flecha en la rodilla, ha dicho. Levanta los ojos, solo para dirigirle a Christian Stark una mirada de desprecio superlativo, y se concentra en inventar su propio crucigrama. No lo podrá resolver, claro está, pero al menos es más divertido que prestar atención a esa charla.
–Todavía no las tengo todas conmigo respecto a dejarle voluntariar –Sigue Pyra–: no me gustan sus ojos, no me gusta nada su apellido, no me gusta él…
Alabaster sigue a lo suyo, sin prestar atención a nada más. A él tampoco le gusta el pelo rubio de Pyra, no le gusta que su especialidad sean los venenos, o que no sepa hablar como la gente. Odia que parlotee demasiado y que moleste su preciado silencio. Obviamente no se lo dirá, qué pérdida de tiempo y de saliva.
Clarissa Carmichael y él no llegan juntos, mientras más pueda evitar su estupidez mejor, no vaya a ser contagiosa. Cuando dan las 8.40, él se levanta y baja el ascensor, solo, rumbo al sótano. Hay algunos vigilantes, el entrenador jefe y la chica del distrito 8, según su camiseta.
–¿Quién anda ahí? –Pregunta, con voz fuerte y clara.
Alabaster no contesta, se acomoda bastante separado de ella y solo deja oír su respiración, mientras sus ojos azules tras las gafas observan la hora. Cada vez queda menos.
–¿Eres un tributo? –pregunta ella de nuevo.
Sigue sin contestar, pero esta vez la mira por un segundo, es la chica ciega, claro está. Clarissa había hablado sobre ser piadosa con ella y matarla de un espadazo en el pecho durante el baño de sangre, para que no sufriese ni ella ni su familia. Alabaster no sabe qué clase de piedad es esa, la única forma en que su familia no sufra es que la chica viva. De todos modos ni ganas de responderle. Ella se va acercando cada vez más a él, con paso un poco inseguro, pero bastante recto considerando su situación. Dentro de poco, se sitúa junto a él y extiende la mano para tocarlo a la altura del hombro. Alabaster le da un manotazo rabioso. Odia que lo toquen los desconocidos, odia que le toquen en absoluto y lleva años sin que lo hagan más que en los entrenamientos. Ella se queja de dolor.
–¡Idiota! Solo quería saber quién eras –le dice, sosteniéndose la mano–: seguro eres uno de esos asquerosos profesionales.
–Tsk… –Alabaster ni pierde el tiempo en mirarla de nuevo, se limpia el sector donde ella le había tocado, con un estremecimiento.
El ascensor se abre, dejando salir a la chica baja del distrito 10, igual de sola que ellos. La chica ciega vuelve a repetir su pregunta, pero con el aliciente:
–Si eres un profesional pesado, más vale que no respondas.
–Buenos días, chica del 8 –dice, cortés–: soy Sunny Tyson, del 10. Junto a nosotras está Alabaster Faraday del distrito 1. Que tengas gratos días, Alabaster.
–Hey –responde, instantáneamente.
No hay expresión alguna en el rostro de la chica, ni un "has hablado", ni alguna estupidez semejante. Menos mal, porque ya bastante tuvo con haberla saludado, que lo agradezca que es un lujo que ni siquiera habría pretendido darle.
–Yo me llamo Lanna –dice la del 8–: Lanna Peters. Ese Alabaster fue un grosero, ¡Me golpeó! Yo solo intentaba tocarlo…
La expresión seria de la del 10 muda a una de sorpresa al instante.
–Lo siento por ti –manifiesta con rectitud–: no obstante, no te aconsejo que vuelvas a tocarle o mantengas un acercamiento con él…
Hablan algo más, o más bien la chica del 8 habla mientras la del 10 da rimbombantes respuestas de asentimiento, pero a Alabaster le parece tan insustancial y estúpido que deja de prestar atención en el acto. Por fin, la chica del distrito 8 se calla, lo que hace que la otra permanezca en silencio también, con los brazos extendidos a los lados de su cuerpo.
En ese momento, el ascensor se abre y Ryan, Mikah, Connor y Dahlia bajan de él, los profesionales del 4 y del 2 respectivamente. Mikah saluda a Alabaster con una tímida sonrisa, a la que él ni se digna contestar, Connor le hace un gesto de cabeza que él responde y Dahlia se sitúa junto a él sin hablarle ni mirarlo. De estas actitudes, prefiere la de ella. es más sincera. La chica del 2 tiene los ojos enrojecidos, si Alabaster fuese más curioso por el resto de su entorno se preguntaría por qué, considerando que, aunque fue cosechada, no aceptó a la voluntaria que se presentaría por ella. pero a Alabaster le importa rayano en la nada así que ni siquiera lo piensa.
Poco después, llegan el resto de tributos. Alabaster, con los brazos cruzados, se deja envolver por la masa, y cuando mira a los veintitrés se da cuenta de que puede quererlos, amarlos incluso. Allí están ellos, quizá el último sacrificio, los últimos juegos que tal vez se celebren si todo le sale estupendo, y parte de su tumba, si no es así. Dedica una leve sonrisa a la multitud, mientras el entrenador jefe les advierte que tienen hasta la hora de comer, y que aprovechen bien el tiempo. Él solo tiene tiempo para perder, pero algo hará, supone.
Decide pasarse en primer lugar por la pequeña biblioteca, el día anterior, empecinado con el arco, ni siquiera la miró dos veces. Hoy, no obstante, el arco es cosa vieja, y duda que haya algo tan interesante pero Madara Greyarm comentó, en la cena de la noche, que en las bibliotecas suelen poner libros que dan pistas sobre la arena. Es la estación menos concurrida, y con razón, considerando que la mayoría de los chicos son ignorantes que nada saben sobre el noble manejo de las armas, ¿quién se dedicaría a leer cuando hay tanto que aprender?
El pequeño sector está junto a la corredora, que por hoy está vacía, al parecer nadie quiere correr hasta vomitar y perder así la dignidad. Alabaster, con los labios apretados, examina por encima los títulos de los volúmenes, y llega a la conclusión de que al parecer su arena no solo será en entorno natural, sino que habrá un clima cambiante. Lo sabe porque hay libros sobre flora y fauna de extremo calor y también de extremo frío, además de otros libros que enseñan a hacer refugios y demasiadas pieles de animal, eso ve, mucha piel de animal. Se sienta en una butaca, con varios libros a sus pies y un bolígrafo y papel sobre las piernas, para tomar notas sobre aquellas conclusiones a las que está llegando. Aprende sobre pingüinos, las enormes lagartijas del desierto y el gran gusano, cuánto tarda alguien en congelarse, lo perjudicial que es mirar la nieve cuando además hay sol para los ojos, entre otros datos interesantes. A su lado se sienta la chica del distrito 10, con un solo libro en las manos, y sin notas que tomar, pero no le dice nada, lo cual agradece.
"¿qué será la arena?" se pregunta el joven, observando la guía del viajero. ¿un páramo helado? ¿Y por qué un libro sobre el Gran Gusano, rey de los desiertos infectos? Se muerde el labio inferior, meditando sobre todo aquello, quizá el paisaje cambie cada doce horas, como cambiaba la arena en donde ganó Christian Stark, aunque esa era de interior y lo que cambiaba era la configuración de los sectores, las paredes, las puertas y habitaciones. Es el trigésimo aniversario, seguramente harían algo bombástico, o eso haría él de estar al mando. Pero si él estuviese al mando, por supuesto, no habría juegos, ni distritos, ni Capitolio, ni ricos, o pobres.
Dos horas se la pasa allí, leyendo libros por encima, recabando información del papel, a ver qué le dice. Tiene las cosas tan poco claras como al principio, pero al menos sabe algo, debe aprender a despellejar. No es algo que maneje, de entrada los profesionales se deben quedar con las provisiones de la cornucopia o eso dice la tradición, pero no puede defenderla él solo.
Guarda los libros que había sacado en el mismo lugar donde los encontró, y sale de allí, dejando sola a la chica del 10. Connor Edgeworth, el líder, se halla en la estación de espadas, combatiendo con uno de los entrenadores, mientras Dahlia Fey hace lo mismo con otro entrenador. Él es contundente y pesado, ella, ligera y rápida, pero con una sola mirada Alabaster sabe que ambos son excelentes en lo que hacen. Espera que, en el momento de la verdad, él sea mejor que los dos, aunque prefiere no arriesgarse.
Mikah Odair está entrenando con cuchillos, Alabaster se da cuenta de que es bastante buena y, aunque no sea voluntaria, es una verdadera profesional. Ryan Connolly está en la sección de trampas, riéndose con los entrenadores y manteniendo atemorizado al niño de 12 años del distrito 8, que seguramente había intentado aprender algo para hacer más soportable su miserable e inminente muerte. Alabaster tuerce los labios, se supone que no habría intimidaciones, o eso había dicho Connor, ¿no? espera unos segundos, sin dejar de mirar a Ryan, fijamente con sus ojos azules escudados tras las gafas, hasta que el chico se percata de su mirada, y se encoge de hombros como diciendo "¿y tú qué me cuentas?" y nada, no tiene nada que contar ni qué decir, le importa poco que él no siga las normas.
La estación para desollar, por desgracia, no está vacía. La chica rubia del distrito 12, que en el desfile fue condenada a ir desnuda y cubierta de polvo negro, tiene un gato muerto en su mano, ya sin extremidades, un cuchillo curvo en la otra, apoyado en la parte trasera de la bestia, y con la técnica aprendida hace una incisión y comienza a tirar, desprendiendo la piel casi sin dificultad. Alabaster se queda un segundo mirándola, tanto a ella como oyendo las indicaciones de la instructora, acerca de cortar la cabeza porque es inservible, de cómo debe hacerse el corte, y después del método para abrirlo y sacarle las vísceras, como estaba llevando a cabo la chica en aquel momento, y considera que está listo para tener su propio gato muerto y cometer la menor cantidad de errores posibles, la cual es ninguno. Del bote de los gatos muertos, toma a uno de la cola y lo levanta, está pesado y tiene la lengua fuera, igual que los ojos salidos de sus órbitas; a saber cómo habrá muerto el animal. Sabe que puede hacer cuchillos con huesos rotos, con lo que no le sería difícil desarrollar aquel trabajo, según dice la entrenadora.
–Ay, odio hacer esto, lo odio –la chica del 12, con las manos manchadas de sangre, tira la piel a un lado, dejando ver la estructura muscular–: es… es como si yo los matara…
–¡Lo haces bastante bien! No te desanimes –la entrenadora le sonríe, tranquilizadora–: si hay animales pequeños, solo te bastaría cazarlos para poder comerlos.
–¡Pero no sé cazar! –la chica dice, con voz dulce y quejumbrosa–: tengo que ir abajo, a la estación de caza… ni siquiera sé tirar con nada, ¿es muy difícil usar el arco?
Interpela directamente a Alabaster, que despellejaba al gato muerto con suma concentración, sintiendo la piel desprendiéndose con un ruido viscoso y las manos sucias. Él la ignora, por descontado, hasta que tiene todo el torso del animal despellejado, la piel de una pieza, según el corte que había visto hacer a la entrenadora.
–¡Oye! Contesta, no seas grosero –la chica del distrito 12, con su voz chillona que hiere los tímpanos, le interpela.
–Tsk –Alabaster sacude la cabeza, si será molesta. Sostiene el pellejo del animal. No huele bien ni le agrada, y cree que al menos tendrá que entrenar con varios más antes de conseguir los cortes perfectos, pero algo sabe, al menos.
–¡Argh! Te lanzaría este pellejo de gato recién extraído, si no fuese ilegal –masculla la chica, furiosa. Su vocecilla está retumbándole en la cabeza. ¿es que la gente no se puede callar?
Ama a la gente en su conjunto. Una masa humana, perdida, oprimida, sola, llorando, sufriendo. Siente ganas de proteger, de ayudar, de gobernar, más aún porque se da cuenta de que nadie puede hacerlo, viendo como están las cosas. los problemas vienen cuando se acercan, cuando parlotean y siguen parloteando, cuando le exigen que salude, que sonría. Los veintitrés tributos le son dignos de lástima. A la chica del 12 le quiere clavar una flecha en el corazón o como poco, que le deje tranquilo, lo que sea más fácil para los dos. Al final hace lo segundo, le deja en paz ya que la mujer le aconseja que vaya a practicar con una onda, o algo de ese estilo, relativamente simple de aprender a usar y con materiales sencillos. Ella le agradece y, con su camiseta perdida de sangre, se marcha. Alabaster sigue por allí un rato más, hasta que siente que domina el truco, la mujer le felicita sin que cause en él ninguna mella, y se marcha de allí. la niña del distrito 9, sola, también ha llegado un poco asustada, y pretende aprender, Alabaster piensa que no le será necesario pues seguramente no pase del baño de sangre, pero no la culpa por intentarlo.
Junto a aquel puesto de desollar, hay uno donde enseñan a tallar una piedra, con paciencia, para que tenga un borde afilado, así como usar huesos de animales que podrían servir como armas. El sujeto del 10 y el del 9 están allí, conversando mientras trabajan. Alabaster piensa que le podría ser útil saber tallar una piedra, la paciencia no le falta con los trabajos mecánicos y debe ponerse en la posición de que no haya armas en la cornucopia. Aquello nunca ha pasado, según sabe, siempre ha habido más armas que tributos en los Juegos del Hambre, ¿pero quién sabe?
–¡Oh, un profesional en mi humilde puesto! –el entrenador capitolino tiene los brazos tatuados con enormes arañas, nada más de destacar en él–: Creo que esto no había pasado desde… ¿te enseño a tallar la piedra para que quede como arma? ¿O preferirías un hueso? ¿qué tal un bastón hecho de una rama con espinas? ¡qué emoción!
El hombre le iba presentando diversos instrumentos, piedras de distintos tamaños, ramas, troncos pequeños… Alabaster les echó una mirada desinteresada a los implementos, pensando en trabajar con todos al menos por un par de pequeños señores Momentos sin importancia.
–Ah vaya, ojalá nos hubiese atendido así a nosotros –comenta el tipo del 9, mirando al entrenador con desprecio–: límpiate la baba, tío.
El entrenador le mira, un poco sorprendido, pero después vuelve a sonreír.
–¡Es un profesional! Es que yo… habitualmente ellos no vienen, nunca tengo ocasión de hablarles –comenta, con ilusión–: toma, chico del 1, ahora mismo te enseño… ¡Yo, enseñarles a ustedes…!
–Yo me voy de aquí –la piedra afilada del sujeto del distrito 10 parece bastante peligrosa–: no soporto a los lameculos. Prefiero aprender por mi cuenta.
–¡Oh, oh, violencia contra el entrenador es una falta de nivel c y merece ser castigada! –el hombre mira al rey monocromo, de hito en hito–: por ahora es solo un aviso, después…
–Lameculos y bastardo de mierda –repite el sujeto, Alabaster solo le mira un segundo y ve sus ojos azules destellando con furia.
El entrenador hace una seña a los vigilantes, y en seguida uno se persona. El joven Julio Jansen, con severidad, toma al tipo del 10 del brazo y se lo lleva, Alabaster no sabe ni le importa dónde. Se quedan solos, pues, el chico del distrito 9 y él. Hay una sonrisa ladina en sus labios.
–Ay, que ese sujeto no sepa cuándo callarse –dice el chico, trabajando en la confección de su bastón con pinchos–: no sé cómo modelarlo… de todos modos es fuerte, supongo que me servirá. Me pregunto si algún profesional querrá matarlo heroicamente para que sirva como valor al resto de mi alianza, o algo así…
Alabaster le ignora, el sonido de piedra contra piedra comienza a relajarle.
–Por cierto, el sujeto del distrito 3 estuvo aquí toda la mañana –sigue comentando–: no he visto a nadie mejor trabajando con las manos. Pudo haber vomitado ayer, pero es ingenioso y talentoso, sin dudas. Le ofrecí alianza pero dice que prefiere ir solo, si no lo matas en el baño de sangre será un incordio para ustedes, profesionales.
Le parecen tan patéticos sus intentos de manipulación, que una risa pugna por escapar de sus labios. Quien, o quienes, hayan caído en aquellas infantiles muestras de control no solo merece que les maten, sino que les introduzcan un aparato reproductor masculino en todos los agujeros posibles. Alabaster lo mira despectivamente y sigue a lo suyo, es un trabajo complicado que le estropeará las manos.
–Robert, el tipo al que se acaban de llevar, me dijo que su compañera es una traga libros y que ayer estuvieron entrenando cuerpo a cuerpo con el mentor. Ni sé si eso es legal –sigue hablando, mientras talla y talla sin descanso–: a la chica le golpearon duro, pero no se dejará coger. Atrapar, quiero decir. No coger de follar –sonríe–: también ataca a distancia, otra relativamente peligrosa. Y la chica del distrito 5, Lisa Thunder, es…
–Cállate –la voz del joven suena exasperada, más que furiosa.
Los ojos negros de Milaryon Lestrange se fijan en los azules de Alabaster. No hay expresión alguna en ellos, piensa el profesional. Absolutamente ninguna expresión, aunque sus labios sonrían.
–¿quién es el más capaz de tu alianza, profesional? –pregunta.
Alabaster sabe por qué lo hace, y otra vez siente ganas de reír. No responde, pero mira a Clarissa Carmichael, que entrena en las simulaciones cuerpo a cuerpo. Milaryon sonríe.
–Ella, y el profesional del distrito 2, ¿no? –pregunta. Alabaster le ignora para siempre, se ha cansado de su juego tan obvio. Si se las quería dar de manipulador nato, había fallado estrepitosa, estúpida, patética y horriblemente que se merece desengañarse o sufrir. Él no sería su ejecutor, claro, pero…
Ahora sabe cómo arreglárselas si no cuenta con armas, incluso aprendió a confeccionar un arco. Tendría que contar con la cuerda, claro, pero duda que le falten patrocinios aunque no sea capaz de hablarles por desinterés o desidia. Intentará tirar con una onda también, es un arma de menor clase pero podría serle igual de útil que cualquier otra arma a distancia. Eso, sin embargo, será después de la comida, ya le está dando hambre y por fin ha llegado dicha hora. Primero en casa de sus padres y después en el orfanato, nunca se ha visto obligado a saltarse ninguna y comer le gusta mucho, la gente está reunida y tienen las bocas demasiado llenas como para hablar.
–Alabaster –Connor Edgeworth se le acerca, en la fila. Su cabeza rapada está brillante por sudor o agua, y su rostro colorado de tanto esfuerzo–: sé que no me vas a contestar porque Clarissa me contó tu situación, y lo lamento, pero… Alexander Rheon se sentará con nosotros en la mesa. Espero no te moleste.
¿Su situación? Alabaster enarca las cejas, curioso por esa situación de la que había hablado Clarissa. Connor, mejor psicólogo que ese charlatán que aparecía por la televisión, entiende su sentir.
–Clarissa me ha dicho… lo de tu trauma, la muerte de tus padres y que desde ese entonces apenas puedes hablar por el dolor –dice Connor–: obviamente no le creí, claro, pero si esa va a ser la versión pues adelante.
Alabaster siente que las carcajadas le cosquillean en la garganta y las deja salir. Se liberan, saliendo de la cárcel de sus labios, expresándose en un ruido sonoro y peculiar. Ríe, hasta doblarse por la mitad, el pelo rubio se le desordena y las gafas se le deslizan por la nariz.
–El terrible trauma… no poder… –está mascullando, entre carcajadas. Connor está serio.
–Siempre he sido malo para los chistes –el gigantón se encoge de hombros, confuso–: pero de verdad que no entiendo este.
–Tsk…
Connor sonríe, inseguro, pero sacude la cabeza.
–No hay trauma, lo que me imaginaba –dice, serio–: de todos modos no importa si no hablas ni te relacionas, siempre y cuando sigas mis instrucciones, o bien las de Dahlia. ¿prefieres hablar con Dahlia?
Alabaster asiente, Dahlia Fey le cae bien. Es seria, centrada, apenas habla y nunca la ha escuchado decir una sola tontería. Preferiría no hablar en absoluto, por supuesto, pero si es indispensable…
Se sirven la comida, en silencio por parte de Alabaster, los demás hablando de lo que han hecho durante el entrenamiento y, especialmente, de todo cuanto han averiguado. Él tiene muchas calorías en el plato, todo parece apetitoso, con un enorme vaso de jugo de granada, su favorito por lejos. En la mesa para seis de los profesionales hay siete personas, Mikah Odair, Ryan Connolly y Alexander Rheon están apretujados en un solo lado. El sujeto del distrito 7 sonríe, ufano, mientras extiende su brazo para mostrarle sus enormes músculos de leñador a la profesional del distrito 4. Ella, tímida, los toca con las puntas de los dedos, murmurando para sí misma cosas como "ay, qué grandes", sonrojada. El chico cree que aquello es tan estúpido que se centra en su trozo de carne, ignorándoles.
–Alexander, Ryan –Connor Edgeworth habla con severidad–: no sé si recuerdan lo que dije sobre intimidar a los demás… pues bien, ustedes no han cumplido.
Hay un silencio en la mesa. Mikah borra la sonrisa tonta, Alexander se pone serio y Ryan, nervioso, pasa su mano por su cabello verde. Serán profesionales y el otro un bruto, pero Connor Edgeworth, enorme y con ojos tranquilos, les produce una evidente inquietud.
–Ese mocoso se lo estaba buscando, ahí interponiéndose en mi camino –Ryan se justifica, encogiéndose de hombros–: yo solo le dije que le iba a meter un cuchillo en el vientre como no se apartara… ah, además le dije que me encantaría cortarle las orejas y hacerme un collar con ellas, pero era obvio que mentía.
Connor frunce el ceño, enojado, y deja con brusquedad el vaso en la mesa, un poco de agua le salpica en sus nudillos.
–Si sigues con esas mierdas, Ryan, no respondo de mí –dice el chico, con sus descomunales puños apretados–: es un juego a muerte, sí, pero no quiero que asustes a los pobres chamacos de distrito. Este juego es solo divertido para nosotros.
–Yo al principio peloteé un poco a la campesina del 10, pero cuando dijiste que no nos podíamos meter con nadie, ya no lo hice más –acota Clarissa. Muy líder quiso ser hace dos días, pero si iba a ser una seguidora, por supuesto que sería la mejor de todas, así de competitiva es.
–Alexander se estaba metiendo con la chica ciega del distrito 8 –Dahlia Fey, seria, tiene los ojos verdes fulgurantes–: no quiero saber qué le dijiste, pero ella parecía asustada.
Alexander solo sonríe, pero parece incómodo.
–tú no me digas nada, yo solo acepto órdenes del líder –dice el del 7.
–Pues ya te digo, no te metas con la ciega, ni con nadie –Regaña Connor–: recuerden, la estrategia es cantidad. En el baño de sangre, hay que matar a la mayor cantidad de personas posibles, para hacer más divertido el juego. Los inútiles, o los incapaces de jugar, que caigan primero, pues así no sufren y nos dejan desarrollar el juego de manera óptima.
–¡Entendido! –Exclama Clarissa.
–Yo… sí, aunque… me da pena pensar en matar –Mikah baja la mirada, a su pan de algas.
–¡No puedes pensar así si quieres ser una digna jugadora! –Regaña Connor, alzando la voz con fuerza. Mikah se aferra a la mesa, asustada por su vehemencia–: ustedes, mis actuales aliados y futuros rivales, ¡deben valorar el jugar! Es lo mínimo que espero de los profesionales que lideraré.
–Para la mano –Ryan, preocupado por su compañera, fulmina a Connor con la vista–: no te pongas loco con el rollo ese.
–No, loco no –Connor solo sonríe–: pero es eso, sabemos en qué consiste el juego. Tanto los voluntarios como los cosechados, tenemos que saber que vamos a matar, son las reglas.
–Lo son –Dahlia Fey bebe un poco de su sopa–: entiendo que pueda dar más o menos pena, pero como dice Connor… es lo que se espera de nosotros, y lo que, independientemente a nuestros sentimientos, acabaremos haciendo.
Hay una expresión determinada en su rostro, que Connor Edgeworth corresponde con una sonrisa, y Mikah solo baja la cabeza, quizá avergonzada de sentirse débil ante los demás, a Alabaster no le importa. Por supuesto, los sujetos del distrito 2 tienen parte de razón, aunque por los motivos equivocados
El mero aburrimiento le hace dirigirse nuevamente a la biblioteca, después de haber ido a entrenar en un duelo a muerte con cuchillos en contra de una simulación de su mentor, Christian Stark, al que venció con mucho esfuerzo, aunque no lo admitiría ni ante él ni ante nadie. Nunca se le dio del todo mal, si bien las espadas, cimitarras y floretes son su especialidad secreta que ninguno de esos idiotas merecen verle ejecutando. Tenía el cabello fino y rubio pegado a la frente por el sudor, los músculos de los brazos le dolían por el rápido movimiento al que se vio forzado y la garganta le ardía de sed, pero ya no. ahora, la biblioteca le acoge de nuevo, más que nada por la falta de cosas que hacer que por verdadera ansia de leer. Por pura curiosidad, lee un libro sobre sacrificios por desollamiento, así habían ejecutado a Andrew Lastra, el rebelde del distrito 7, cuando la presidenta aún era Minerva Rossi, aún antes de los días oscuros. No es una lectura del todo agradable, al joven se le retuerce algo en el estómago, las palabras son bastante vívidas, pero prosigue con su lectura, imperturbable.
Siente un roce en el brazo, que le hace tensarse al instante. Sus ojos azules miran instantáneamente, esperando algo tocándole y así es, se trata de una hoja de papel, doblada en cuatro partes, una pequeña mano morena la sostiene. Reconoce esa hoja, claro está. Es la suya, en la que había tomado notas por la mañana. ¿qué hace en la mano de ella? Se la quita sin miramientos y la relee, dándose cuenta de que ha sido adulterada. Algunas frases suyas, de hecho, están tachadas.
"supongo que habrá una arena cambiante, por la cantidad de cosas que hay en la biblioteca_"
En el reverso de la hoja es que hay información nueva, que parece contradecir lo que él había consignado.
"Lev dice que las arenas cambiantes han pasado de moda. O estará dividida en sectores, o de lo que te has percatado es azar. ¡buen razonamiento!"
¿Qué? ¿Quién demonios se cree esa… esa? La chica le mira atentamente, con sus enormes ojos oscuros concentrados y la expresión seria. Él le chasquea la lengua con infinito desprecio, ¿Cómo se atreve a adulterar sus notas de campo? ¡Y encima a contradecirle!
La chica, al parecer, no espera respuesta alguna, porque deja de mirarle y se concentra en su libro, no sin antes, eso sí, mostrárselo. Él habría dejado de mirar, de hecho a punto estuvo, pero al ver el título su mente comienza a trabajar a toda velocidad. "flora de clima templado", reza el encabezado. ¿esa vaquera tendrá razón? ¿Es, acaso, azar? ¡Imposible! ¿Cómo se le pudo pasar un detalle así? ¿Y por qué demonios se lo dice? Menuda estúpida, él no le habría compartido jamás sus conocimientos… a no ser que…
"¡Ah! –piensa, divertido–: la chica pensó que le había dejado la hoja a propósito ¡estúpida y patética ilusa!" se dice, sonriendo. Jamás habría hecho algo tan insensato, pero ahora… ahora, él sabía que no solo había climas de extremo calor y extremo frío, también información sobre climas templados, gracias a cómo le había mostrado el libro. ¿No tenía que pagarle él con su resto de información? sí, supone. No le gusta estar en deuda con nadie, ni con el orfanato, ni con los maestros, por lo que prefiere mirar cómo enseñan a otros antes de aprender porque ellos se crean lo suficientemente listos como para enseñarle.
Arranca un trocito de papel, y con el lápiz que aún lleva, escribe: "Madara Greyarm dice que no ponen nada en la biblioteca por azar", mientras su lengua se chasquea sola ante las palabras de desprecio que quiere propinarle a esa niña flaca de los ojos grandes. ¿Qué clase de vaquera es que se la pasa ahí leyendo? ¿no debería estar en las cuerdas haciendo lo que sea que hacen los vaqueros con ellas? Quizá se la comen, piensa Alabaster, con desprecio. Prácticamente le tira al regazo el trozo de información, ya sintiéndose saldado, y se levanta. Lejos de experimentar desprecio, se siente furioso. ¿qué clase de idiota es? el compañerismo, el compartir, las alianzas, no son más que tonterías, paparruchas inventadas para los débiles que temen jugar en solitario. ¿no conocen el significado de la traición¿ él, sin ir más lejos, se la piensa jugar a su alianza, matándolos ni bien pueda. ¡Y ella dándole información recabada! ¡Insensata!
Él, Alabaster Faraday, es el ganador unívoco de aquel certamen sangriento, sin ayuda ni recursos externos, únicamente él, solo él y nadie más que él, o perecerán todos en el intento. Se ha dejado arrastrar por su alianza, pero juega solo, por supuesto. Le alegra haber conocido el detalle del clima templado, claro, pero…
Había entrenado con la ballesta el tiempo que le quedaba hasta el fin del entrenamiento, y después simplemente volvió a su piso, se dio una ducha porque odiaba la sensación del sudor enfriándose en su cuerpo, comió y haraganeó pues nada más había que hacer hasta la mañana siguiente, el día de las sesiones privadas. Y ahora está allí, acostado de espaldas, con las manos tras la cabeza y solo la sábana cubriendo su cuerpo delgado y desnudo, y mientras tanto se halla sumido en cavilaciones.
Ya, demasiado había dicho que era una estupidez, que no tenía sentido, cerrándose en banda a una sola salida, pero ¿Y si se aliara?
No para siempre, por supuesto. Lejos está de esos vínculos enfermizos, desgastantes y estúpidos de la gente débil, ha estado solo desde que sus padres desaparecieron y así seguirá estando, hasta que sea el gobernador supremo de Panem, entonces estará con el trozo de humanidad que todavía queda en el mundo, y le adorarán porque por fin, por fin, tendrán la paz que merecen, por la que han clamado durante décadas. ¿No se había presentado voluntario por lo mismo? Su nulo apego a los vínculos le eran una ventaja absoluta, ¿no?
¿Pero si le compartiera a alguien sus planes? Una de sus estrategias, claro, o al menos la mitad de ella. Piensa en el chico del 9 y su desastroso intento de manipulación, personas tan ineptas le vendrían bien si siguen sus órdenes. La chica del 7 y la del 5, parecen duras pero que no se cuestionarían mucho ciertas cosas, para qué decir el grandote del distrito 10, tenía escrita en la cara su extrema imbecilidad, en cuanto al reservado chico del distrito 6, se la había pasado mucho tiempo entrenando con cuchillos y hablaba casi tan poco como el propio Alabaster. ¿le servirían aquellos?
No, se dice, con la piel desnuda hormigueándole, aún viva, como él. ¿para qué salir de una alianza y entrar en otra? Es absurdo, contraproducente y estúpido. Una alianza no, un aliado.
Baraja a los solitarios, casi todos excepto diez u once de los dos núcleos principales. Curiosamente, después de descartar posibles escalones hacia la victoria de la humanidad, solo tiene dos opciones, el chico del distrito 3 y la del 10, ambos competentes, ambos lo suficientemente avispados para entender que él quiera que salten y lo suficientemente imbéciles para preguntarle hasta dónde, por lo que pudo ver. Alguien que le cuide las espaldas luego de su acto de traición, la alianza que le quiere hacer frente a los profesionales le es más un inconveniente que una ventaja. El hecho de querer tener escudos o cómplices en su plan, le deja ver que en el fondo está nervioso por ellos. Bajo la dirección del sujeto del 9 ¿Qué puede hacer? ¿No le será mejor quedarse con sus antiguos aliados? No, claro que no, se ha hecho odiar lo suficiente. Sería el primero al que enviarían a casa en el tren de la muerte. Además, no está seguro de poderlos soportar sin matarlos a flechazos para que por favor se callen.
Pensaría en ese posible aliado, se dice, bostezando. Sería un error fundamental por su parte elegirlo aquí y ahora, y que cualquier cosa lo asesine en el baño de sangre. Primero, estudiarlos más de cerca, y si alguno pasa aquella crítica situación, buscarles para que le sirvan. Sí, es definitivo, eso hará,Por hoy, ya se entrenó lo suficiente para matar, algo nada distinto a lo que hizo desde los siete años en la academia de profesionales, y se dispondrá a dormir.
Pero antes…
Quizá sea el roce de las sábanas, la tranquilidad, la inminencia de la muerte, de su victoria, o el solo hecho de que sus hormonas están y existen, pero tiene una erección. Antes de dormir, y con la meticulosidad que le caracteriza, se ocupa de ella, suavemente, con movimientos mecánicos, rítmicos y asépticos, hasta que al final se tornan deliciosos, frenéticos, desesperados, como él no ha sido nunca, excepto a la hora de entrenar. El clímax le alcanza y es mudo, tal y como es él, no suspira ningún nombre, no piensa en nadie, es solo una descarga corporal, la cadera proyectada hacia arriba y los dientes apretados, mientras un silvido escapa entre ellos, la mano quieta al recibir el fruto de aquel trabajo.
Hoy es eso, en la arena… en la arena hará sangrar, aunque no sea agradable.
Nota:
Ñiñiñiñi eres complicado, Alabaster. Cuando te escribo, extraño a Sunny que, aunque impávida, como dijo Gaspar, está llena de sentimientos.
Gracias a las que leen y comentan, a las que leen desde las sombras, a Fabi y Gato que me hacen sus comentarios, a la personita que me favoriteó, a todas.
tengo ganas de escribir algo así como... tres líneas de información sobre cada tributo, pero no lo sé todavía.
Adiosin, reyes y reinas.
