Disclaimer: El Potterverso le pertenece a J. K. Rowling, yo lo utilizo sin ánimo de lucro.
Este fic participa en el reto "Long Story 2.0" del foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black"
Capítulo 10: Sacrificios rituales
«En realidad existen muchas teorías sobre la culminación. Todas pueden ser ciertas o falsas. Nadie lo sabe. Nadie que haya estado allí vive para contarlo."
Rituales fenicios de magia negra, Krane Leithold
Martes 17 de Octubre del 2000
Vaisey no había vuelto a aparecer para dormirla de nuevo, cuando había despertado a altas horas de la madrugada. Había estado tranquila un rato, pero podo después del amanecer había vuelto, esta vez con más fuerza. Se hacía daño a si misma y no reconocía a nadie cuando lo veía. Terry estaba cada vez más asustado por todo aquello, pero intentaba mantener a flote la situación cuando fuera casi imposible. No sabía cómo hacerlo. No sabía nada ya, ni si quiera porque tenían que pasar por todo eso. Había hablado a Ediciones Mágica, a donde Lisa había estado faltando esporádicamente y le habían asegurado que no había ningún problema con que volviera a faltar si estaba enferma.
Por supuesto, Terry no había especificado la enfermedad ni nada más. Le daba miedo lo que pudieran pensar si creían que Lisa estaba perdiendo la razón. Porque lo cierto es que estaba perdiendo la razón.
—Terry… —era la voz de Vaisey, en la chimenea—. Siento no haber podido ir.
Terry se dirigió hasta la chimenea, donde sobresalía el rostro de Vaisey. Le quitó importancia al asunto, cada quien tenía sus problemas y él no había oído hablar de ninguno de los otros tres todo el día anterior, así que supuso que tendrían que lidiar con algún imprevisto. Esos meses sólo se basaban en eso: lidiar con imprevistos.
—No hay ningún problema, no te preocupes —sonríe, pero la sonrisa le sale un poco floja, así que deja la cara inexpresiva.
—¿Puedes traerla?
—¿No sería contraproducente desaparecerme con ella o entrar en la red flú? —preguntó Terry, preocupado. Lisa era su ojo derecho, no podía permitirse que nada le pasara.
—Desaparecerte será más fácil si está calmada —Vaisey parecía pensar como podía hacerlo—. Quizá si la aturdes un poco —sugirió, finalmente—. Por favor.
Parecía ansioso por algo, así que Terry asintió y volvió con Lisa, que estaba más o menos tranquila. Pero eso era precisamente porque estaba sola en la habitación, hecha un ovillo. El problema fue cuando el entró y ella notó su presencia, se lanzó hacia atrás, asustada. Le dolía demasiado que no la reconociera. Así que antes de que gritara o empezara a arañarse el rostro, ya cubierto de pequeños rasguños, levantó la varita y apuntó.
«Lo siento, Lisa», se dijo.
—¡Desmaius!
El cuerpo de Lisa se vio impulsado hasta atrás, pegando contra la cabecera de la cama y quedándose inmóvil un momento. Terry se apresuró a cogerla y se apareció donde lo habían hecho otras veces, frente a la casa de las Carrow. Quizá algunos la llamaran mansión. Para él simplemente era una casa con exceso de espacio, pero casa, al fin y al cabo.
Empujo la puerta esperando que Vaisey le recibiera para ayudarle con Lisa y se encontró con una escena mucho más diferente.
Se encontró a su ex profesora de Estudios Muggles, Alecto Carrow, dirigiéndole la mirada mientras le apuntaba a una indefensa y atada Hestia con la varita. Vaisey y Flora estaban un poco más allá, ella tirada en el suelo, con un charlo de sangra a su alrededor, manchándole la ropa, las manos. Él se inclinaba ante ella. De alguna manera Terry ni tenía ni idea de lo que pasaba, pero sabía que lo que mantenía quietos a Vaisey y a Flora era el hecho de que Alecto Carrow tenía los pedazos de tres varitas en el suelo y le estaba apuntando a Hestia con otra.
—Lo siento, Terry. —Vaisey fue el primero en hablar, con una expresión de absoluta congoja—. Tenía que hacerlo.
Después todo ocurrió demasiado rápido, de la varita de Alecto, que se había movido de su posición, sobresalieron unas cuerdas que se encargaron de dejarlo inmóvil, ausente y un coletazo de la varita lo lanzó hacia atrás haciendo que se golpeara con la pared. Lisa, aun perdida, se deslizó hacia el suelo tan pronto como él la soltó.
—Así que esta es la otra —la voz de Alecto sonaba complacida mientras se acercaba a Lisa, jalando a Hestia del brazo. Al parecer, Hestia era su escudo, no podían hacerle nada a ella si no se lo hacían a Hestia. Flora estaba demasiado débil, Vaisey disuadido al ver a Hestia amenazada. Terry no sabía que había pasado allí, pero sí que el silencio del día anterior había tenido que ver con eso.
Lisa empieza a despertar y a Terry le aterra lo que pase después. La reacción de su novia. Pero Alecto fue mucho más rápida y sacó una daga del interior de la túnica, con una mano y le hizo un corte profundo en el brazo a Lisa. Terry gritó. Flora se cubrió la cara y Vaisey, tirado al lado de ella, le pasó el brazo por los hombros, lo que dejó ver a Terry que Vasiey tenía la misma herida. Probablemente Flora también.
Sin embargo, mientras Alecto vertía la sangre en un recipiente, Lisa despertó completamente y la visión de la sangre y la daga la volvieron un poco más loca.
—¡ALÉJATE! —su alarido hizo que todos volvieran a la realidad y Alecto se desconcentró. No parecía feliz por el hecho de haber tirado un poco el contenido de la botella, pero al verificar el contenido concluye que aún le queda suficiente. Se alejó, arrastrando a Hestia consigo y entonces usa la varita para apuntar a todas las puertas y ventanas del salón. Terry no sabía que estaba haciendo hasta que ve como una ventana se convierte en piedra.
«Duro. El hechizo duro», pensó Terry. «Ahora estamos confinados aquí». Con el perímetro antiaparición puesto, no saldrían vivos de allí.
Sabía que aún tenía la varita guardada en algún lugar de la túnica, pero sin la movilidad de las manos le resultará imposible alcanzarla. Además, conoce a Alecto. Sufrió alguno de sus castigos y sabe lo hábil qué es y de lo que es capaz. Realmente, si ya los había dejado fuera de batalla a todos, no tenían ninguna oportunidad contra ella.
Podía no ser extremadamente lista. Pero pensaba rápido.
Al final, cuando acabó con todas las ventanas, se concentró en Lisa. Empujó a Hestia hasta donde estaba Vaisey porque, de todos modos, ya no tenían ninguna vía de escape. Y le apuntó a Lisa. Terry reconoció la mirada en sus ojos.
—¡Crucio!
El grito de Lisa le perforó los oídos. Cerro los ojos para no verla retorcerse en el suelo durante todo el tiempo que Alecto la torturó y, finalmente, cuando los gritos cesaron. Entonces, se atrevió a abrir los ojos y vió a Lisa en el suelo, hecha un ovillo abrazándose a si misma, murmurando unas palabras que sólo ella podía oír, hablando con un interlocutor que los demás no veían.
—Entonces es cierto, el dolor te calma —comentó Alecto, con un tono impersonal. La dejó allí, sin hacerle el menor caso y se dirigió a una zona de la sala desnuda, donde no había ningún tapete o silla y empezó a verter la sangre con cuidado formando una figura.
Un pico con una línea que lo cruzaba. Con mucha imaginación, una letra A.
Aleph. La letra fenicia para la letra A, la letra que identificaba a Astarté. Vaisey, derrotado, miró todo comprendiendo que todo estaba por acabar. Que pronto no habría cura para Lisa, que el moriría, que Flora sería sólo el recipiente. Todo estaba pasando tan rápido, cuando el mes anterior se le había hecho tan lento y deprimente. Le estaban aventando la desgracia a la cara y él la estaba recibiendo sin quejarse, quizá porque ya llevaba asumiéndolo unas cuantas horas. Pero cuando volvió a tener a Hestia al lado, recordó por qué estaba haciendo todo eso.
Había aceptado las condiciones de Alecto simplemente para salvar a Hestia, pero en ese momento parecía que ya no iba a salvar a nadie. La única vez que había intentado comportarse como un héroe y la realidad le había aventado a la cara, de sopetón, que para ser el héroe de alguien no hacía falta sólo desearlo, sino también tener suerte. Y a él toda la vida le había demostrado que no tenía ni pizca de buena suerte.
La buena suerte lo había evitado tanto que simplemente había dejado de creer en ella, aun cuando Astoria le aseguraba que sí existía. Claro, Astoria era Astoria. Sabía conseguir lo que deseaba chasqueando los dedos, o al menos había aprendido con el paso de los años. Vaisey no, él era harina de otro costal, siempre a su ritmo, a su paso, sin prisas. Con una personalidad aparentemente tranquila que poco a poco se fue de llenando de rencores para el mundo y de indiferencia hacia casi todo. Un día se había dado cuenta de que las cosas que le importaban eran muy pocas y se tatuó los brazos con ellas, en un patrón que sólo él entendía. Y luego sacrificó el croquis de los recuerdos para conseguir salvarse y salvar a otros.
Eso y un ojo. ¿Realmente había valido la pena?
—Hestia —murmuró cuando la tuvo cerca. Tenía una venda mugrienta en un brazo, justo de donde él estaba sangrando. Después de tantos minutos ignoraba el dolor. No comprendía del todo que estaba pasando pero Alecto se lo había dejado más o menos claro: si no realizaba el último ritual con su sangre, Astarté nunca volvería y ellos solo morirían—. Hestia. Te quiero.
—Vaisey… —murmuró ella—. Dímelo cuando no estemos a punto de morir.
No sabía qué hacer. Terry había perdido toda movilidad en el otro extremo del salón, Flora tenía la mirada perdida y la misma herida sangrante que él. Vaisey no había perdido demasiada sangre, pero Flora sí. Llevaba todo el día vomitándola y ya había vomitado sobre sí misma desde que llegó Alecto. Vaisey suspiró, comprendiendo lo que debió de haber hecho desde un principio y se sacó la camiseta blanca por la cabeza, consciente de que Alecto los estaba ignorando en ese momento, trazando la figura en el suelo, murmurando algunas palabras. Cortó la camiseta en tiras, quedando medio desnudo, y le hizo un torniquete a Flora. Después hizo uno para él y finalmente, con uno de los últimos pedazos, decidió acercarse a Lisa.
—¡Quédate dónde estás! —bramó Alecto, al verlo moverse.
Vaisey alzó los brazos.
—Sólo iba a ponerle un torniquete a Lisa —se quedó estático, esperando una respuesta—. Lo juro.
Alecto movió la cabeza, ya que seguramente no le ayudaría en nada que ellos murieran por pérdida de sangre y se quedó vigilándolo. Vaisey se arrodilló junto a Lisa, que aún estaba hecha un ovillo. Le ató el torniquete improvisado y la hizo levantarse para llevarla de vuelta a donde estaban las gemelas. Lisa estaba dócil, pero Vaisey sabía que en dos segundos podía volver a tener un ataque.
—Vete, vete, vete…. —murmuraba—, vete, vete, vete…
Vaisey no sentía demasiadas ganas de averiguar con quien estaba hablando. Aunque tenía una idea muy aproximada: Astarté.
«Hola, chico», oyó una voz en su cabeza. Una voz que reconoció al momento. Baal.
«¿Qué haces aquí?», se esforzó en pensar, supuso que Baal lo captaría.
«Reuní la fuerza necesaria para volver, así como el ritual haré con Astarté. Mi… querida… esposa», las últimas palabras le salieron a fuerzas, o Vaisey, que se sentía estúpido hablando con un ente que parecía sólo estar en su cabeza. «Después de todo, entre ser un fantasma y continuar el camino existe el limbo. Y todo aquel que permanece en el limbo tiene la capacidad de volver… en un tiempo reducido, por supuesto, porque pronto su cuerpo pierde la atadura con el alma y después de eso se requiere de una energía extraordinaria para volver… además de un cuerpo. Un recipiente.»
«Quieres que sea el tuyo».
«No. Nunca. Planeo deshacerme de mi esposa, si puedo… antes. No hay mucho tiempo».
«¿Entonces?»
No hubo respuesta, al menos, no en ese suspiró y entonces recordó algo que había pasado por alto. La chimenea.
—Hestia, Flora… —murmuró, cuidando que Alecto no los oyera—. La chimenea…
—No tenemos conexión, Vaisey… —se quejó Hestia. No usaban casi la red flú, y, por lo tanto, no tenían conexión a demasiados lugares. Además de que casi siempre estaba atascada.
—No, no, Zabini dejó abierta la conexión, dijo que lo haría —murmuró, rápidamente—. Tenemos una vía de escape.
Sin embargo, no era una vía de escape precisamente sencilla. La chimenea estaba al lado de Terry. Y el pobre joven estaba del otro lado del salón. No conseguirían llegar hasta allá tan débiles y sin ninguna varita. Alecto ya había demostrado ser de reacción rápida cuando Vaisey se había movido. Él estaba nervioso, viendo como el dibujo en el piso empezaba a iluminarse.
—Vete, vete, vete… —seguía Lisa con la letanía, abrazándose las rodillas, aparentemente cada vez más ajena a todo. Cualquiera desearía librarla de aquellas visiones y aquella tortura.
—Está muy lejos… Vaisey…
—Lo sé… lo sé… —intentó pensar en algo, alguna distracción que no involucrara daño para ninguno de los cuatro. Pero no se le ocurría nada, todo eran planes suicidas y esos los dejaría hasta el final, hasta que ya no hubiera ninguna esperanza.
«Astarté está reuniendo fuerzas…», volvió a oir la voz, esta vez un poco más fuerte. Se sorprendió al notar que Hestia y Flora también levantaban la mirada al oír la voz. Así que no sólo él podía oírla en aquel momento.
—¿De qué las junta? —preguntó Hestia, con curiosidad.
«Entrañas de la madre, sangre del hijo… de su sufrimiento», respondió, refiriéndose a los tres involucrados en el ritual. «El sufrimiento le da la fuerza necesaria y a menudo la hace más fuerte que yo».
Vaisey sintió ganas de reír en ese momento. Por lo absurdo de la situación, lo poco realista. En Hogwarts nadie había mencionado el detalle del limbo, quizá porque nadie había investigado lo suficiente. Él ni siquiera tenía idea de por que había muertos que intentaban resucitar por todos los medios aun cuando fuera prácticamente imposible. Pero la nigromancia no era un mito, era una pérfida realidad, mucho más extraña de lo que consideraba la mayoría. Sintió ganas de reír porque no quería llorar, mucho menos sentirse tan débil como realmente era al afrontar esa situación.
Cuando Alecto les había quitado las varitas y los había amenazado con la vida de Hestia para que entregaran su sangre, él y Flora habían obedecido sin rechistar. Los dos darían su vida por Hestia y eso a Alecto le había quedado demasiado claro. Conocía sus puntos débiles, no a fuerza de vigilarlos, sino simplemente tras verlos una sola vez. Alecto Carrow no parecía de esas personas que planificaban. Quizá había realizado el ritual en un impulso, sin saber si podría completarlo. Se había encontrado con la oportunidad de lograrlo al ver a Hestia sola y había apostado por eso.
Alecto Carrow se basaba en el impulso, sí, pero había sido lo suficientemente inteligente como para dar rienda suelta a su impulso en el momento apropiado.
—Podríamos distraerla… —empezó Vaisey, elaborando una estupidez en su mente, pero no tuvo tiempo de completar la idea.
Alecto se acercó a grandes zancadas hasta ellos y levantó a Flora de un jalón, para llevársela hasta donde estaba la figura pintada con sangre en el suelo.
—Será mejor que comencemos… —dijo Alecto.
Vaisey se aferró a la desesperación. En esos momentos, era lo último que le quedaba.
—¡Ayúdanos! —suplicó.
«Si gasto mi energía en ustedes no podré luchar contra Astarté», le respondió la voz de Baal. Vaisey comprendió que era cierto, pero aun no podía darlo todo por perdido, así que señaló a Terry.
—¡Al menos libéralo! —Alecto estaba tan sumida en la letanía que estaba pronunciando en ese momento, con Flora sujeta del brazo,
«Será un desperdicio inútil», le respondió la voz, quizá un poco irritada, de Baal. «Pero no será demasiado».
Vaisey se volvió hacia Hestia y hacia Lisa mientras Baal, o la conciencia de Baal, o lo que fuera de Baal —realmente no entendía casi nada de magia negra aunque se esforzara en creer que sí después de haber leído un montón de libros—, liberaba a Terry. La única esperanza que tenían, según Vaisey, que se esforzaba en pensar lo más rápido que podía, era que Terry Boot aun conservara su varita, lo cual era bastante probable.
—Tenemos que sacar a Flora de allí, distraer a Alecto… —Lisa en realidad sólo significaba pero muerto, por lo que cuando Terry estuvo a su lado se alegró y, mirándolo, añadió—: ¿Tienes varita? —Terry buscó entre los bolsillos de su túnica hasta que finalmente sacó la varita. Vaisey extendió la mano—. Préstamela.
—No te responderá bien…
—No importa. Ya me las arreglé con Amycus, no importa… —Vaisey movió la mano, apremiante y Terry le tendió la varita sin más quejas. Después, Vaisey señaló a la chimenea—: Llévate a Lisa. Se activará si quieren ir a la Mansión Zabini…
No sabía si Blaise estaría esperando del otro lado, pero no le importaba. Sacarlos de allí era prioridad. Su mente estaba trabajando a toda velocidad cuando se oyó un tronido en la casa.
—Hestia, yo voy a distraer a Alecto, tú ayuda a Flora a llegar hasta la chimenea en cuando puedas acercarte… —Tomó a la chica por los hombros, regalándole la mirada más dura que le había regalado jamás—. No mires atrás, ¿entendido?
—¿Por qué…? —parecía desconcertada. Tanto, que Vaisey en vez de prometerle que iría detrás de ella le dijo la verdad.
—Porque si me vez caer te quedarás atrás, y Flora también —era lo más difícil que había dicho nunca, pero siguió—; y si te quedas atrás me habré sacrificado por nada.
¿Para qué prometerle que la iba a seguir cuando podía no ser cierto? No tenía ninguna necesidad, y necesitaba que Hestia entendiera que tenía que salvarse, porque él odiaría sacrificarse en vano. Si iba a perder la vida, que fuera por algo que tuviera sentido. Vio a Terry desaparecer con Lisa en la chimenea y vio a Alecto, siguiendo sus movimientos. En ese momento estaba tan concentrada que no se le había pasado por la cabeza que hubieran podido llegar a la única varita que les quedaba: la de Terry.
—Hazlo rápido… —le dijo a Hestia y alzó la varita. Al menos de algo le servía tener aptitudes para el duelo—. ¡Depulso!
El hechizo, dirigido a Alecto, no reaccionó demasiado bien. La varita se le resistía, pero era lo mejor que podía hacer, tendría que contar con un permanente margen de error que sería mucho más grande de lo que le hubiera gustado. Alecto no tardó en reaccionar. Le devolvió el ataque y él se tiro hacia un lado, sin atreverse a lanzar un protego que no fuera eficiente. Además, no se atrevía a usar hechizos no verbales en ese momento, pues podían no resultar tal como esperaba. En ese sentido, Alecto contaba con la ventaja.
—¡Desmaius! —volvió a gritar Vaisey sin detenerse a ver si Hestia se aproximaba a Flora, que había intentado correr hacia su hermana en cuanto se había visto libro del brazo de Alecto, pero que se había derrumbado a la mitad del camino.
Alecto rechazó el ataque, pero siguió haciéndose hacia atrás. Vaisey decidió que lo único que podía hacer era atacar sin cuartel, así se quedara sin energías.
—¡Desmaius! ¡Expelliarmus! —gritó varias veces los dos hechizos, pues eran tan básicos que probablemente no resultarían tan catastróficos con una varita ajena.
«¡Ella es más fuerte!», la voz tronó por todo el lugar y Vaisey se dio cuenta de cómo las paredes retumbaban y se tambaleaban. ¿Qué demonios estaba teniendo lugar allí? No hizo demasiado caso a la voz, pero ésta volvió a la carga. «¡Astarté es más fuerte!»
—¡Aguanta! —pidió Vaisey antes de seguir atacando. Estaba perdiendo las fuerzas demasiado rápido, sospechando que no sólo por el uso indiscriminado de energía que estaba usando para atacar a Alecto, sino también porque en el ritual debía entregar su fuerza vital—. ¡Expelliarmus!
Y esa vez… la varita de Alecto salió disparada, quedando sólo a dos centímetros de Flora.
Hestia, que había conseguido llegar hasta su hermana la tomó del brazo y la instó a levantarse. Flora volteó la mirada: tenía los ojos vueltos al revés, completamente blancos. Ignoró a Hestia.
«¡No, no, NO!», la voz tronó. De pronto todas las paredes se estaban tambaleando, como si los cimientos de la casa no fueran a aguantar mucho más. «¡Ella ha ganado! ¡Nooooo!». El último grito fue demasiado largo y se fue desvaneciendo poco a poco. Vaisey atacó por última vez a Alecto, estampándola contra la pared con un depulso de a mayor fuerza que pudo.
Flora recogió la varita de Alecto.
De un momento a otro se sentía invadida. «¿Se puede sentir una invadida sin que la toquen?», ese era el momento de preguntárselo… sí. Lo sentía, sentía como de repente parecía haber más de una persona en su mente. Una persona que no tenía demasiado poder aun sobre su cuerpo, pero conforme fuera pasando el tiempo, Flora suponía que el intruso —Astarté—, poco a poco se apoderaría de ella de su cuerpo y de su movimiento. Pero no podría ser tan poderosa como ella, ¿cierto? Después de todo sólo era un ritual, sólo era un cuerpo prestado, un receptáculo para un alma enferma que se negaba a morir.
O no a morir, porque ya estaba muerta, a seguir avanzando.
Astarté se había condenado a quedarse en el limbo y a pudrirse allí, después de que su pueblo la hubiera proclamado diosa y hubiera pasado de adorarla como la fertilidad a rendirle sacrificios para que les fuera bien en la guerra. Se había vuelto la patrona de los soldados y los guerreros y Flora sospechaba que también había desarrollado un gusto malsano por el sufrimiento.
«Estoy aquí, no tengo mucho tiempo»
La voz en su mente sonó amable, así que decidió ayudarla. Quizá un poco apurada, o desesperada, Flora no distinguió. Nunca había sido buena leyendo a la gente, menos a una voz que estaba sólo en su cabeza.
«¿Qué quieres?»
«Soy la contraparte de ella… de… Astarté» y pareció titubear al comentar el nombre de la bruja que se había creído diosa e inmortal y no había sido nada de eso. Como si el nombre no le gustara, como si fuera una personalidad diferente. «Tanit», aclaró. «Quiero evitarlo».
Flora no era consiente de nada a su alrededor, pero entonces se dio cuenta de cómo Vaisey le apuntaba con la varita sin saber cómo reaccionar y como Alecto yacía inconsciente un poco más allá. Y la mirada de Hestia. Una especie de miedo mezclado con tristeza. Flora, en ese momento, se dio cuenta de que estaban dispuestos a todo si Astarté invadía su cuerpo, pero en ese momento aún no lo hacía. No dijo nada. Le devolvió la mirada a Vaisey, que poco a poco, pareció bajar la varita.
«Dime cómo», decidió Flora.
«Es fácil», resumió ella. «Sin recipiente, no puede volver».
Las paredes retumbaban, demostrando que se había acumulado demasiada energía en el lugar.
—¿Qué…? —no fue consciente de que lo había dicho en voz alta hasta que se dio cuenta de que Vaisey parecía haberla oído, y su hermana, a más pocos metros, también.
Las paredes se tambaleaban. El piso temblaba y ahora extraño retumbaba en el lugar. Era toda la energía mágica liberada y si no acababan pronto todo se derrumbaría sobre sus cabezas.
«Sin recipiente, no puede volver», le repitió Tanit.
Flora lo pensó. Se dio cuenta de lo sencillo que había sido todo desde el principio y las cosas que podían haberse evitado. Cerró los ojos y repitió las palabras de Tanit en voz más alta.
—Sin recipiente, no puede volver.
«¡Apúrate, tomará el control pronto!», la apremió la voz. Al final, sólo era una pelea entre dos personalidades y un marido que quería a una y quería evitar que la otra volviera a vivir. Una pelea en la que ellos —Hestia, Lisa, Terry, Vaisey y ella misma— no tenían cabida, pero se habían vuelto envueltos de todas maneras.
—Sin recipiente, no puede volver —repitió, más segura—. Yo soy el recipiente.
Vaisey comprendió más rápido que Hestia.
—¡No lo hagas! ¡No! —bramó pero Flora alzó la varita y aprovechando la cantidad de energía que se acumulaba dentro de ella, lo lanzó con un depulso hacia Hestia. En ese momento su hermana comprendió también.
—¡Llévatela! —le gritó—. ¡Por favor!
—No, Flora, podemos…
—¡No podemos! ¡Sólo puedo hacerlo yo! ¡Llévatela! —imploró. Literalmente, sentía como iba perdiendo movimiento poco a poco y no quería que esa sensación llevara a sus manos.
Vaisey la entendió, le dirigió una mirada de despedida y entonces arrastró a Hestia hasta la chimenea, mientras los muros se cuarteaban cada vez más y la casa se estaba derrumbando justo en sus narices.
—¡NO, FLORA, NO!
Los gritos de Hestia le destrozaron los oídos. Cerró los ojos para no ver como Vaisey la arrastraba hasta la chimenea. Apuntó con la varita hacia sí misma, al cuello. «Tienes que sentirlo», se dijo. Así que buscó dentro de sí su parte más oscura, la que guardaba odios y remordimientos y la sacó a flote cuando ya sentía entumido el vientre.
Se sentía invadida. Violada. Oscura.
Dispuesta a acabar con eso de una vez por todas. Abrió los ojos y vio como Hestia era arrastrada por Vaisey hasta la chimenea. Lo último que oyó, fue su grito, mientras el fuego verde se los tragaba
—Avada Kedavra.
La casa se derrumbó con ella.
Sí, este es el final… *se esconde en un búnker por si acaso alguien la quiere matar* Aun falta un epílogo, porque tanta oscuridad merece un poco de optimismo, para variar.
Andrea Poulain
a 6 de agosto de 2014
