PRIMERA PARTE
EL PORTAL DEL TIEMPO
Capítulo III - De camino a Plaza Leene
1
Cuando los muchachos salieron de la habitación, el monstruo continuaba tocando animosamente en el piano. Unos hombres bebían deprimidos. El mayor parecía maldecir a los que gastaban su dinero en la feria del milenio a la que llamaba una pérdida de tiempo.
—Será mejor que esperemos un poco, no vaya a descubrirnos Sir Dianos al salir —le advirtió Crono a Marle.
Ella continuaba observando al extraño ser en el piano.
—Es un Kilwala —mencionó una mujer que bebía del otro lado de la barra. Curiosa, había estado observando a la pareja— Tiene dos semanas de vivir aquí.
—¿Es un místico?
—No exactamente, viene de los montes del desierto de Fiona. Uno que otro monstruo le da por aparecer y convivir con los humanos, en especial los Kilwalas. Poseen un temperamento muy tranquilo.
Crono intervino escéptico de aquella información.
—Yo he cruzado constantemente el desierto de Fiona en ocasiones anteriores, y nunca había visto a ninguno de esos.
—Es porque el clima en el desierto es seco. Ellos vienen de los montes. Si hubiera agua o vegetación en tierras bajas, créelo, habitarían ahí.
A un lado de ellos, un tipo casi deja caer el vaso de licor que tomaba.
—El desierto de Fiona… —murmuró antes de levantar la voz—. ¡Eso no debería de ser un desierto, sino una pradera!
—¿A qué se refiere, señor? —preguntó Marle.
—Es el hombre, niña, y su gran talento para destruir lo que toca. Antes, mucho antes, hace siglos, ese desierto poseía algunas plantas, pero se secó. Nadie hizo nada por restaurarlo, solo una persona luchó por hacerlo florecer… pero murió sin conseguir gran cosa. Mi tri–tatarabuela, Fiona.
Fiona era considerada una mártir dentro de las costumbres religiosas de Guardia, por ser la mujer que entregó su vida luchando por restablecer la flora en el estéril desierto. El sujeto bien podría decir mentiras al estar tan pasado de copas. Su aspecto era sucio y descuidado, difícilmente se le podría relacionar con tan noble personaje.
—¿Eres descendiente de Fiona? —Preguntó alguien con mucho escepticismo.
—No quisiera serlo. Soy una deshonra para la familia. ¡Otra! —pidió al cantinero acercándole su vaso—. Se supone que yo debí de continuar el legado para levantar el desierto, pero soy un bueno para nada que no ha hecho nada.
Enseguida el tipo dejó caer su cabeza sobre la barra quedándose dormido. El cantinero lo miró fastidiado, evidentemente no era la primera vez que el pobre se pasaba por ahí haciendo ese tipo de números. Crono, Marle y la chica que también había escuchado la historia se vieron entre sí.
—No debería de sentirse culpable —opinó Marle—, aunque hubiera hecho el esfuerzo quizá no hubiera servido. En el castillo muchos sabios dicen que por el estado de la tierra, es imposible hacer crecer algo en la zona.
Se acercaban más a la barra cuando la puerta se abrió. Sir Dianos hizo gala de su presencia llamando de inmediato la atención del encargado apresurándose a atenderle, mientras Crono y Marle aterrados, corrieron hacia la puerta trasera sin llegar a ser vistos por el capitán de los caballeros de Guardia. Los muchachos apreciaron en silencio la ayuda del maleducado posadero por sacarlos del aprieto sin saberlo.
—Tenemos que darnos prisa —advirtió el pelirrojo—, Sir Dianos puede vernos en cualquier momento mientras permanezcamos en Porre.
—Entonces vámonos, supongo que no podremos usar el Ferry —mencionó observando desde el rincón a un grupo de caballeros comandados por Sir Dianos saliendo rumbo hacia la costa.
—No por ahora a como están las cosas, lo lamento pero ni siquiera podré comprar mi espada, no tenemos de otra más que ir cruzando a pie el desierto.
Con el cuidado correspondiente para no llegar a ser vistos, fueron por el camino del pueblo a paso rápido, llegando en media hora a un terreno arenoso donde las casas, comercios y granjas terminaban. Era el límite hacia el famoso desierto de Fiona; nombrado así en honor a la mártir que intentó restaurar el bosque aún después de la muerte de su esposo Marco.
Cuando comenzaron su recorrido por el desierto, Crono en un inicio se imaginó que Marle, siendo antes una criada del castillo, o al menos antes de haber robado en él, sería una joven quisquillosa la cual no podría soportar tanto tiempo bajo el sol, pero demostró para su sorpresa, poseer una resistencia mayor, igualada o hasta superada incluso a la de él. Por su parte, estaba comenzando a sentir los estragos del sol, y al cumplir casi dos horas de andar en la arena, sentía los mareos de la insolación, pensando a la vez lo tonto que fue por no llevar agua para el camino desde antes. Marle no parecía necesitar agua o descanso, se veía igual de fresca como cuando la encontró en la plaza por la mañana.
—¿No estás cansada? —Le preguntó con la lengua reseca.
—No te preocupes por mí, puedo caminar por horas sin parar. Bueno, quizá no tanto. ¿Cómo estás tú?
—Muerto de sed. Esta temporada de sequía ha pegado más duro en el desierto. Comprendo que esos Kilwalas vayan a los pueblos a buscar un descanso. —Lo decía secándose el sudor de su frente.
—Detente un momento.
Al escuchar la suave orden de su acompañante, le hizo caso. Marle se le acercó para quedar frente a frente con él. Para sorpresa de Crono, ella sostuvo suavemente su cansado rostro entre sus manos y cerró los ojos mientras se acercaba a él muy despacio. No supo cómo reaccionar, de pronto estaba helado. ¡Qué descarada, iba a besarle!
El primer pensamiento que le vino fue el de Lucca recargándole la cabeza contra su vientre el día de ayer. Intentó decirle que se detuviera, pero las palabras enmudecieron en su garganta. Marle era tan bella por lo que el deseo de corresponder ese beso se volvió muy fuerte. Intentando no sentirse mal, deseó por un instante que se tratara de Lucca, pero irremediablemente todos sus pensamientos se concentraron en Marle. Era difícil resistirse. Terminó dándose por vencido cerrando los ojos también y preparándose para el contacto ¡Pero Marle se detuvo! Más no soltó su rostro. ¡Crono abrió los ojos quedando sorprendido por el destello que sus manos emitían! Por el miedo iba a intentar zafarse esta vez en serio, pero se dio cuenta que aunque el calor y la sed continuaban torturándolo, las fuerzas perdidas de su cuerpo iban regresando. Cuando se sintió con la energía renovada para continuar sin dificultades, Marle le soltó con ternura dedicándole una de sus inocentes y coquetas sonrisas.
—¿Te sientes mejor?
—¿Qué fue lo que me has hecho? —Preguntó acelerado sintiendo un repentino temor hacia ella.
—Te apliqué un poco más de energía para que no te sintieras tan cansado.
—¿Cómo?
—Hace mucho tiempo, cuando era una niña, mi madre me había enseñado a usar mis manos como instrumentos de curación. Mi abuela se lo enseñó a ella, a su vez su madre se lo enseñó; es un conocimiento que se ha transmitido por generaciones a las mujeres de mi familia. Si un día llego a tener una hija, supongo se lo enseñaré también.
—¿Pero qué es exactamente? ¿Un hechizo?
—No lo creo. Se supone que cualquiera puede aprenderlo con esfuerzo, pero el linaje en las mujeres de mi familia ha facilitado el método. Lo llamaban "curación por medio del Aura"
Estaba fascinado por el don de Marle. Forzando su memoria, recuerda haber escuchado a voces sobre gente con la capacidad de curar con sus manos transmitiendo la energía del aura. Tenía entendido: el aura, era uno de los tantos nombres por los que se conocía al alma de los seres vivos, o por lo menos la constitución de la misma. No le hizo ninguna pregunta sobre el método, pues supuso el secreto no se lo revelaría por mucha confianza que le hubiese tomado. Se sintió como un tonto al haber pensado por un momento que deseaba besarlo.
—Creo que no estás bien todavía —mencionó la joven observándolo preocupada—. Tu cara se ha vuelto roja, ¿has enfermado?
—¡No, claro que no! Es que… ¡Mira! —la sorprendió apuntando detrás de ella— Hemos llegado a Truce.
En efecto se encontraban a poca distancia del puente Zenan; una estructura de piedra y madera sólida de diez metros de ancho, que unía las dos masas continentales a lo largo de medio kilómetro.
—¿Pero qué pasará con tu espada?
—Darla por perdida, supongo, o comprar una de latón al mercader ese, Melchor. Aunque esas según he escuchado tienden a oxidarse muy rápido.
—¡Mira, Crono! ¡Es una caravana!
Conforme se acercaban al puente observaron a un grupo numeroso de personas entrando y saliendo. Unos lucían las indumentarias de Choras, otras las de Truce, también de Porre, quienes llamaban la atención eran aquellos que vestían ropas de místicos, solo comerciables en pocos establecimientos de Choras, pero principalmente en Medina, aunque más pocos eran los que se atrevían a pisar esas tierras.
No tardaron en unirse al grupo para ir a la Feria del Milenio como todos los demás. Había comerciantes discutiendo entre sí, sobre quién daría los precios más rebajados y más altos, así como los artículos puestos en venta; también andaban familias enteras dirigidas por entusiasmados padres por llevar a sus hijos a la plaza Leene. La pareja comprendió mejor el resentimiento del pequeño Edgar hacia su padre, el alcalde Mento. Había ancianos sacando todas sus energías para aprovecharlas en el camino, gustosos porque la vida les hubiese permitido presenciar el milésimo aniversario del reino. Pasaban un grupo de muchachos donde Crono reconoció al recién formado matrimonio de Kara y Will, bastante acaramelados además. Sintió recelo al pensar que estaría en las mismas que ellos, pero con Lucca de no haber roto su compromiso.
Un grupo de niños pasó corriendo entre la multitud, siendo perseguidos por algunas niñas cargando globos llenos de agua, haciendo tropezar por poco a Marle que pudo caer al suelo de no haberse agarrado del brazo de Crono a tiempo. La miró y ella sonriéndole le explicó lo sucedido, pero aunque el incidente había pasado, no se soltó de su brazo al no recibir ninguna protesta. Crono se sintió nuevamente culpable por pensar, que si bien ella no era Lucca, la compañía era igual de agradable, quizá hasta mejor.
Por la tarde habían llegado finalmente a Truce después de recorrer todo el puente, y estaban agotados. Marle podía usar su habilidad curativa para restaurar parte de sus propias fuerzas y las de él, pero eso no les quitaría el hambre y la sed. Acompañaron todavía más tiempo a la caravana, dirigiéndose a una de las posadas donde se instalaría parte de ella. Probablemente mucha gente se hospedaría las dos semanas que iba a durar la feria, los dueños de la posada principal sin duda recibirían bastantes retribuciones aquella temporada.
Adentro, todos apresurados trataban de instalarse donde podían sin haber ya vacantes. Una mucama muy malhumorada pasó cerca de ellos maldiciendo el no poder ir a la feria del milenio por todo el trabajo por hacer. La mayoría de las personas discutían sobre el programa a organizar para sacar el mayor provecho a la festividad. Algunos hablaban animosos de las actividades y los premios obtenidos al juntar los puntos plata. Estos puntos se entregaban al ganar en las atracciones de las tantas que se montarían, más adelante la gente podía elegir cambiarlos por piezas plata genuinas o bellos premios.
Aunque Crono estaba fastidiado por toda la muchedumbre apretándose en el lugar, Marle en una actitud ya natural para ella, estaba fascinada por ser la primera vez que entraba en una posada tan amplia, incluso le dio una moneda a la joven del piano al fondo para que tocara una melodía como lo hizo el Kilwala en Porre. La relajante tonada al menos calmó el ánimo de quienes estaban malhumorados por el bullicio. Continuaron explorando el lugar hasta encontrarse a alguien conocido, se trataba del sujeto que por la mañana vieron en el muelle: el anciano de la bata azul y los pergaminos.
—¡Hola señor! ¿Se acuerda de nosotros? —Le saludó Marle.
—La pareja del muelle. No sabía que también estaban instalándose en la posada.
—Solo venimos a buscar comida. —Aclaró el chico ruborizándose.
—Pues den el caso por perdido. Los posaderos dieron el aviso de sólo atender a quienes vayan a hospedarse. Si no se da un anticipo para quedarse al menos una noche, no le darán nada a nadie.
Los muchachos intercambiaron una mirada de desaire. Agradecieron al anciano por la información, pero antes de retirarse, Marle observó los planos del sabio desplegados en la mesa.
—¿Qué es eso, señor?
—¿Esto? Son mis investigaciones. He querido contactarme con el Rey Guardia para advertirle.
—¿Advertirle qué cosa? —Preguntó preocupada sosteniéndose del brazo de Crono.
¡No hubo tiempo de contestar! ¡El suelo se sacudió y todos en la posada cayeron al suelo! Los papeles del geólogo cayeron con él. La gente de la posada y el personal estaban agazapados en el suelo quejándose y preguntándose lo que sucedió. El incidente había durado apenas un par de segundos.
A unos les cayeron encima diversas cosas de los estantes, y otras personas cayeron sobre otras, como Crono quien tenía encima a Marle abrazada a su pecho. Dándose su tiempo, se levantó ayudándola a ponerse de pie. Entre los dos levantaron al viejo y después le ayudaron a recoger sus apuntes.
—Sobre esto —respondió.
—Un nuevo temblor —entendió el pelirrojo—. Agradezcamos que no fue muy fuerte y al menos fue breve.
—No todavía. Durante más de un año se mantuvieron inactivos, ya había calculado que el primero desde entonces vendría por estos días, aunque el próximo tardará por lo menos cinco meses y no será muy diferente de este. Mi temor es la llegada algún día del grande. En teoría podría producirse un temblor de proporciones titánicas capaz de sacudir todo el planeta.
Esa noticia resultaba alarmante. Los temblores y terremotos habían sido parte de la vida común desde hacía muchos milenios, siempre cada tantos años o meses, algunos más moderados que otros; era aterrador pensar en la existencia de uno capaz de causar estragos a niveles tan catastróficos. Cuando el hombre recobró su compostura y observó el rostro horrorizado de los muchachos, y de otros inquilinos quienes alcanzaron a escucharle, añadió rápidamente tratando de no cundir el pánico.
—Descuiden, el grande no ocurrirá hoy. Si mis cálculos son correctos, faltarán por lo menos nueve o doce siglos para entonces, si es que sucede. La geología no es una ciencia muy precisa.
Más tranquilos por aquella corrección, los inquilinos intentaron reorganizarse de nuevo tratando de restablecer el orden tras comprobar que nadie resultó herido. La pareja se despidió del anciano todavía con la sensación del susto por el temblor. Desanimados, la pareja se retiró de la posada aún con hambre y cansancio.
—¿Adónde iremos? ¿A la feria? —preguntó Marle.
Crono lo meditó un momento.
—Hay que descansar un poco. ¿No te importaría que fuéramos a mi casa para dejar las cosas que cargamos?
—¡Para nada! Me gustaría conocer dónde vives.
—No es la gran cosa, debo de advertirte que mi casa es bastante humilde. Lo digo para que no te lleves la impresión de golpe.
—Deja de decir esas cosas, ya te he hecho saber que no me importa eso.
