La senda escarlata

Capítulo 10 - Volver a nacer

Carlos volvió dos días después de que el médico hubiera visitado el castillo. Lo primero que hizo al regresar fue ir a visitar a su hermano. Para él traía un recuerdo de la ciudad que habían visitado con el batallón de la región, un colgante con el colmillo de un puma, que decía que traía buena suerte. No sabía ni de dónde lo habían arrancado, pero era brillante y no se veía podrido, era un adorno que seguro que le gustaba. Lo que le dejó chocado fue abrir la puerta de su habitación y no encontrarse a nadie.

Estuvo buscándole por toda la casa, sin decirle nada a nadie, pensando que seguramente se había puesto a deambular por ahí cuando no era lo que debía hacer. Si no iba acompañado, Antonio era el peor a la hora de cuidarse a sí mismo. Era el motivo por el que su padre siempre insistía en que no podía ir por ahí solo. Pasaban los minutos y no daba con su paradero, así que su preocupación empezó a ser patente. Si su padre se enfadaba, era lo que había, pero no podía esperar a que se hiciera de noche para avisar de que Antonio no estaba por ninguna parte. Agarró por banda a una de las criadas y le preguntó si había visto a su hermano.

- El señorito ha cambiado de habitación y ahora está en la torre este. Se ha remodelado todo el lugar y es el ideal para que intente recuperarse de su enfermedad.

El hispano, serio, arqueó ligeramente una ceja cuando escuchó sus palabras. ¿Otra vez estaba enfermo? Le apenaba que no pudiera recuperar su salud de una maldita vez. Carlos nunca perdía la esperanza y creía que tal vez un día podría hacer vida normal, casarse con una hermosa mujer y tener descendencia. Incluso había pensado en dejarle para él el castillo una vez su padre hubiese muerto. Vale, quizás pensar en la muerte de su padre cuando éste estaba sano era mirar hacia un futuro lejano, pero a él le gustaba ser previsor. Sin embargo, la sombra de cualquier tipo de enfermedad planeaba sobre su gemelo y no había quien le arrancara de sus brazos.

- Voy a ir a verle y a darle un regalo.

- Lo siento, señorito Carlos. El señor Fernando ha dado la expresa orden de que absolutamente nadie debe subir a esa torre sin autorización previa. De momento sólo una criada puede subir y ella no habla mucho del asunto con nadie. Su padre tiene el tema muy cubierto, ya que parece que no es una enfermedad tan trivial.

- Es mi hermano, ¿cómo no voy a poder subir a verle? -replicó frunciendo el ceño- Voy a hablar con mi padre ahora mismo.

Primero fue a la torre, mandando a la porra aquella idea inicial de ir a ver a su padre para hacerle entrar en razón. Siendo sinceros, si ellos eran tercos era porque lo habían heredado de su progenitor. Creer que podría convencerle para poder subir a la torre era ser tremendamente iluso. Lo que sin embargo le dejó atónito fue tirar de la puerta y encontrarse con que ésta estaba cerrada a cal y canto. ¿Es que se había equivocado de torre? Puede que la criada, mujer de la tierra y claramente analfabeta, no supiera a qué se refería cuando hablaba del este. Pasó por el resto de las torres, las tres que había en el gran complejo que era el castillo, y se encontró con que todas estaban abiertas y que en ninguna de ellas estaba su hermano o se hallaba un lugar acogedor en el que vivir. Cada vez estaba más enfadado, así que volvió al plan de ir a hablar con su padre. Lo encontró tras casi media hora buscando por las muchas habitaciones que había en el lugar. Estaba escribiendo una carta en un pergamino, con una pluma blanca y un pequeño recipiente cristalino en el que almacenaba la escasa y valiosa tinta que había en toda la casa.

- ¿Cuándo has llegado, hijo? ¿Todo bien por las tierras del sur? Sé que la campaña últimamente es un poco dura, pero pronto se calmarán las cosas y no tendrás que ir tanto a vigilar nuestras fronteras.

- Somos todos españoles al fin y al cabo, no entiendo por qué tenemos que tener fronteras entre nosotros. Pero bueno, este no era el tema que quería tratar con vos, padre. Me ha dicho una mujer del servicio que Antonio está ahora en una de las torres y cuando he querido ir a verle primero me ha dicho que no puedo ir. Pero me he dirigido al lugar igualmente, he intentado subir y me he encontrado la puerta cerrada. ¿Por qué tenéis a mi hermano encerrado, padre?

No sabía si es que a su progenitor se le habían apretado demasiado las tuercas y había perdido la cabeza, pero lo que estaba claro es que algo estaba ocurriendo y si tenía que salir en defensa de su gemelo, lo haría sin dudarlo ni un instante. Por muy cabeza de chorlito que fuera, era el único hermano que tenía y su vínculo era demasiado fuerte como para romperlo porque sí. Y eso que a veces deseaba agarrarle y pegarle una paliza por ser tan estúpido... Pero Antonio encima se excusaba diciendo que estaba débil y que si le pegaba podría pasarle algo peor. El tío sabía bien cómo jugar sus cartas.

- Escúchame, Carlos... -dijo Fernando acercándose a su hijo, que curiosamente le miraba con desconfianza. Entendía que a cualquiera que le contara esta historia, sin explicar el resto, seguramente le miraría como si fuese un desequilibrado mental- No me mires de esa manera, jovencito.

- ¿Qué está ocurriendo, padre? No quiero que des rodeos, quiero que me cuentes por qué Antonio está encerrado en una torre y por qué no puedo subir a verle. Quiero la llave y quiero ir a darle el regalo que le he traído.

Finalmente el mayor de los Fernández estaba delante de su niño, ahora ya no tan niño. Le puso la mano sobre los hombros y por dentro tenía una batalla épica para no desmoronarse, para contarle la verdad y expresarle la decisión tan dura que había tenido que tomar. Nada era sencillo y menos cuando se trataba de Antonio, pero era lo único que podían hacer dadas las circunstancias.

- Dios parece que odia esta casa, Carlos. Primero fue tu madre, tan joven y llena de energía, a la que le dio un parto del que no pudo pasar. Y al parecer que tu hermano lograra salir con vida de aquello tampoco fue de su agrado y nos ha ido castigando durante estos veinte años. Antonio tiene una enfermedad contagiosa, el médico dice que seguramente la ha cogido cuando fue a pasear por la ciudad, todo eso cuando le dije claramente que se quedara en casa.

- Pero se va a poner bien, ¿verdad? Entiendo que no quieras que se contagie nadie, pero de ahí a llevarlo a una torre... Un poco más y lo echas con los perros, padre. -le dijo Carlos críticamente.

- No sé si has escuchado las historias acerca de una enfermedad que está llevándose montones de vidas por Europa. Nadie sabe bien cómo se propaga y quizás por eso todo el mundo la teme. ¿Sabes de qué te estoy hablando? Seguro que lo has debido oír. Es el tema de conversación de todo el mundo, se ha llevado ya más de quince vidas en el pueblo cercano.

- La Peste Negra... -dijo el más joven con apenas un hilo de voz. Ni siquiera quiso pensar por qué su padre le estaba preguntando acerca de esa plaga terrorífica y devastadora que estaba matando indiscriminadamente a gente de todas edades y sexos. Lo que sí le ocurrió fue que su corazón empezó a latir con violencia.

- Antonio está enfermo de eso, Carlos. Ahora mismo, tu hermano está más muerto que vivo. El médico dice que intentará darle todos los remedios que se le puedan ocurrir, que hará todo lo que pueda, pero me ha dicho... -suspiró antes de poder repetir aquellas palabras que le habían dolido hasta en lo más profundo del alma- que le demos lo que necesite y que le compremos unas flores bonitas para el funeral.

- ¡Pero será estúpido! ¿¡Cómo puede decir eso de Antonio cuando él está...!? ¡Él está vivo, maldita sea! ¡No se va a morir!

- Hijo...

- No me puedes decir que esto es verdad, padre. Por favor te lo ruego, dime que es todo una broma pesada y que tiene algo que con el tiempo se curará. No puede tener la Peste Negra, padre... Mi hermano no... -

El joven se llevó la mano delante de los ojos y suspiró con pesadez. Le costaba aguantar, ocultar sus sentimientos y mantenerse sereno. ¿Cómo podría lograrlo cuando acababa de decirle su padre que pronto tendría que celebrar un funeral? Pero la verdad es que no había una manera suave de decir algo así. Fernando no quería perder la esperanza, sin embargo tras dos días en los que sólo había leído estudios sobre la enfermedad, cada vez lo veía más negro. La criada que subía y que vigilaba a Antonio iba cubierta para evitar el contagio. Le estaba pagando un sueldo generoso, un maldito sueldo que pronto la haría rica. Por suerte tenía una familia a la que mantener y no se iría. Aunque habían puesto por escrito que si se contagiaba y moría, contrataría a su hijo al menos dos años y le pagaría. Cualquier cosa con tal de poder cuidar a Antonio y no permitir que éste muriese solo y abandonado, hambriento y sucio.

- Por favor, ¿podrías decirle a la criada que le dé esto a Antonio? -dijo Carlos sacando de su bolsillo el colgante que le había comprado, el cual se balanceó por la inercia- Quiero que sepa que no nos olvidamos de él.

- No piensa en eso, te lo aseguro. -dijo Fernando agarrando aquel regalo en sus manos. La decisión con la que dijo aquello extrañó demasiado al menor, que estrechó la mirada al deducir de qué iba la cosa.

- ¿Le has dicho a Antonio qué es lo que tiene, padre? -le preguntó con un tono de voz cauteloso, como si no estuviese seguro de querer saber la respuesta.

- ¿Crees acaso que eso serviría de algo? Lo que Antonio tiene hace que los médicos le consideren ya muerto. No quiero perder la esperanza, hijo. Si a mí, que estoy sano, me cuesta no sentirme deprimido ante tales nuevas, ¿cómo crees que reaccionaría tu hermano? Si tiene opción de sobrevivir es, por supuesto, manteniéndose positivo y luchando por su vida. Respondiendo a tu pregunta sin intentar justificarme: no, no se lo he dicho.

Carlos suspiró, apenado, y miró hacia el pasillo por el que se llegaba a la entrada a la torre. Se negaba a considerar a su hermano muerto, era un hueso duro de roer y se iba a sobreponer a aquella enfermedad. Había gente que había aguantado meses y quizás su doctor encontraba mientras una cura. Rendirse era la opción que nunca iban a plantearse. Ahora, sin embargo, se arrepentía de haberle dejado ir a dar un paseo aquella vez. Seguro que había sido entonces, porque si hubiera ocurrido en casa ellos también estarían enfermos. Si le hubiera dicho que se quedara en su habitación, tal y como su padre había dicho, quizás estaría enfermo pero no sería de algo tan grave.

Cruzando los pasillos, detrás de aquella robusta puerta de madera cerrada con llave y tras subir esa escalera de caracol se encontraba Antonio. Había decidido levantarse a pesar de que la fiebre le tenía hecho una porquería y había escogido uno de los libros. Se sentó en el sillón de piel, alto, y subió los pies. Lo abrió por donde lo había dejado y se puso a leer. Levantó la axila derecha un poco, donde estaba aquella hinchazón que se había puesto de color rojizo tirando a morado y que le dolía. Con el paso de los días se había ido poniendo peor y la criada le había dicho que se le había extendido a la espalda. Por eso mismo, Antonio había pasado a dormir de lado.

Intentó muchas veces preguntarle a esa mujer si ella sabía qué era lo que le ocurría, que por qué iba tan tapada y que dónde estaba el médico. Ella, Sara, una mujer de la ciudad de unos treinta y ocho años, se hacía la tonta y le decía que no sabía nada de todo aquello, que tenía órdenes de vestirse de aquella manera. En cosa de tres días, Antonio se cansó de preguntar y decidió que lo mejor que podía hacer era centrarse en descansar y recuperarse. Suspiró con pesadez, cerró los ojos y se los frotó con una mano. Las letras se le habían tornado borrosas y hubo un momento en el que pensó que se desmayaría allí mismo. El momento de malestar remitió ligeramente y sacudió la cabeza, como si ese gesto fuera a hacer que se le pasaran todos sus males.

Se pasaba los días solo, encerrado en aquella torre, pensando en lo que le estaba ocurriendo, en por qué no venía nadie más que Sara. ¿Es que el médico no decía que iba a tratarle? ¿Por qué no había venido aún? La Nochevieja la pasó solo, mirando por la ventana y preguntándose si ya habrían entrado en el nuevo año. Esa primera semana de enero del 1349 fue terrible para él en todos los sentidos. La fiebre era muy alta y poco podían hacer para bajarla. Tenía ya tres bultos de esos: el de la axila, el que estaba hacia la espalda, a la misma altura y uno en la nuca. ¿Qué demonios era aquello? ¿Por qué dolía tanto? ¿Por qué se estaba propagando por su cuerpo?

La temperatura corporal era demasiado alta para él y su cerebro no podía aguantarlo con normalidad. Antonio empezó a sumirse en delirios, en momentos en los que vagaba entre la vigilia y el sueño, sin distinguir cuándo estaba en uno u en otro. Llamaba a su padre y a su hermano, mientras éstos estaban ajenos a todo ese sufrimiento, aunque con la mente siempre pensando en él. ¿Por qué no venían? Dios santo... necesitaba tanto verles, poder charlar de algo, salir de su mente y conversar con alguien a quien le interesara lo que tuviera que decir. ¡Ni punto de comparación con Sara! Le había intentado hablar en incontables ocasiones y ella le había ignorado.

¿Qué sentido tenía todo aquello? ¿Por qué seguía vivo? Nada... Nada en su maldita vida le había sido favorable. ¿Por qué había tenido que nacer cuando lo único que había experimentado era el dolor y la enfermedad? En ese momento no era capaz de recordar ni uno de los buenos momentos que había tenido. Se levantó de la cama, vestido con aquella especie de camisón que se había puesto tras haber sudado el pijama que llevaba antaño de tal manera que la criada le dijo que tenían que lavárselo y quitárselo para que no se constipara. Los pies descalzos sobre la piedra fría le hacían estremecerse, aunque eso podría ser porque, comparado con el ambiente, su cuerpo estaba ardiendo. De un movimiento brusco consiguió abrir la ventana, la cual golpeó contra la pared exterior de la torre. La ventolera que vino del exterior, helada, apagó la vela que había en el interior. El cabello castaño de Antonio se movía en todas direcciones y su flequillo subía y bajaba, molestándole por momentos en los ojos verdes, brillantes, que miraban hacia el exterior que tan desconocido le era.

Apoyó las manos en el marco de la ventana y echó el cuerpo hacia delante peligrosamente. Lo iba a hacer... Se dejaría caer y punto. ¿Qué tenía que perder? No tenía futuro, no tenía sentido y ya estaba cansado de luchar. Apretó dientes y labios con fuerza, dándose el coraje, dándose el valor que necesitaba. La frustración que sentía era tan enorme que se le amontonaron en los ojos lágrimas. Un par de ellas cayeron silenciosamente, perdiéndose en esa altura apabullante. En el fondo, había descubierto que era un cobarde, que no podía saltar. Por mucho que sufriera ahora, le atemorizaba saltar y que el impacto contra el suelo no le matara en el instante. No quería agonizar. Y aunque todo apuntaba a que no iba a salir muy bien parado con esa enfermedad, Antonio quería creer que no tenía que ser de esa manera.

En ese instante, con el español inclinado de esa manera en el marco de la ventana, apareció en la puerta, justo al lado de las escaleras, la figura de su hermano, el cual tapado casi de la misma manera que la criada, miró con los ojos como platos a Antonio. Toda la sangre se le bajó a los pies y se olvidó hasta de respirar por un momento. Corrió hacia allí al mismo tiempo que su voz se alzaba por encima del ruido del viento que rugía con violencia.

- ¡No! ¡Ni se te ocurra! -exclamó pasando sus brazos por debajo de sus axilas y asiendo a su hermano a la altura del esternón.

Una vez lo tuvo asegurado, tiró de Antonio hacia detrás y no le importó trastabillar y caer con él aún sujeto. El otro joven estaba helado, pensando que había alucinado la voz de su hermano pero que era demasiado real. Sin embargo, sentir su abrazo fue la prueba definitiva de que no. Carlos empujó a Antonio, al cual asía a la altura de los hombros y le miró con enfado. No le importaba que éste tuviera lágrimas en su rostro, él mismo estaba aguantándose las ganas de hacer eso mismo.

- ¿¡Se puede saber qué demonios estabas haciendo, idiota!? ¡Esa no es la salida! ¡No es la manera! -le reprochó.

- Hermano... -murmuró su gemelo entrecerrando los ojos. Su gesto de pena, de tristeza, se hizo insoportable. Estaba a punto de estallar en un llanto que no podría controlar- Tenía ganas de verte; a ti y a padre. Esto es horrible. Estar solo es horrible...

- Lo siento, Antonio. -murmuró Carlos tras abrazarle. Él, que había sido hasta ahora el hombre de hielo, firme ante cualquier cosa que ocurriera, se encontraba llorando igual que ese hermano suyo al que tanto aprecio le tenía- Tienes una enfermedad complicada y que creemos que es contagiosa. Padre no me dejaba subir, pero le convencí. Te pido que nos perdones. En ningún momento hemos dejado de pensar en que estás aquí.

Había sido una batalla interminable con su padre y constantes visitas al médico. Éste le dijo que no sabían de dónde salía esa enfermedad ni cómo se transmitía. Temían que pudiera contagiarse, ya que en algunos casos en los que el paciente tosía sangre y al que le costaba respirar, luego los que habían estado con él habían experimentado la misma enfermedad. En cambio, como bien apuntó él, Antonio no había tosido. Todo ese conocimiento lo había extraído de la criada que cuidaba a su hermano y del resto del servicio, que había visto de primera mano los síntomas que había presentado. Su padre le dejó subir, un rato no demasiado largo, siempre que se pusiera toda esa protección que Sara usaba. Le había costado, pero al fin había podido subir a ver a Antonio y claro que no había sido para nada agradable encontrarle a punto de cometer la mayor locura de su existencia.

Le apretó contra su pecho y estuvieron un rato abrazados, sin decir nada. No le pasó desapercibida la temperatura corporal de su hermano y enseguida le instó a ir a la cama a descansar. Las palabras de ánimo tenían una seguridad que ni él mismo supo de dónde había salido. Antonio no aguantó demasiado tiempo despierto, pero Carlos se quedó de todos modos, velándole y pasando un rato en su compañía. Cuando se puso de lado pudo ver aquella inflamación en su nuca, de un color rojo extraño y preocupante.

A pesar de que cuando despertó Carlos no estaba, la visita de su hermano gemelo le había levantado el ánimo. Bueno, tenía algo que podía contagiarse y no quería que subieran y se expusieran al riesgo. Tenía que mejorar y entonces él iría a buscarles y les abrazaría. De repente, las dos últimas semanas de enero, Antonio empezó a encontrarse mejor. Fue algo que sorprendió a la criada, la cual le miró casi como si fuera un fantasma. No comprendió aquel cambio, pero le agradó ver que de repente el médico aparecía en aquella torre.

- Me alegra ver que estás mejor, Antonio. ¿Puedes contarme qué rutina has seguido estos días? -preguntó el doctor.

El joven empezó entonces a explicar una rutina aburrida que no hacía más que confundir al médico. Los bubones no habían desaparecido, pero sí que era cierto que la fiebre era irrisoria comparada con la que había tenido antes. No habían escuchado de ningún caso que, tras un malestar tan intenso, hubiese presentado una mejoría. Además, en Antonio, la enfermedad se estaba prolongando muchísimo. Había pacientes de la Peste que no duraban más de dos semanas. En algunos casos, incluso morían en siete días, por no haberles podido diagnosticar a tiempo.

No sabía por qué Dios había decidido castigar a ese muchacho con semejante enfermedad, ya que el pobre no es que hubiese sido demasiado afortunado en su vida, pero la verdad era que de repente mejoraba, así que quizás había considerado que el precio a pagar ya estaba más que cubierto. A mitad de la semana vinieron Carlos y Fernando y estuvieron charlando. Su padre les miraba, más contento y animado que las semanas anteriores.

El siete de febrero de 1349 la esperanza se disipó entre gritos desgarradores y sangre. Los bubones que Antonio tenía por el cuello y la espalda se habían inflamado hasta el punto de ulcerarse y empezaron a sangrar mientras el hispano chillaba y se retorcía ante cualquier roce que sufriera aquella zona tan adolorida. Notó otra de esas durezas cerca de la ingle. ¿Desde cuándo demonios tenía eso ahí? El médico y Sara se encargaban de intentar detener la sangre como podían. Le quitaron la camisa y descubrieron que, además, el que había cerca de la axila se había necrosado.

El doctor negó con la cabeza, con un gesto resignado, sabiendo que aquella mejoría que habían visto no había sido más que un engaño del cuerpo de Antonio y que la enfermedad no sólo seguía en su cuerpo, además estaba cada vez ganando más fuerza. Por la noche, el chico miraba hacia un lado en la habitación únicamente iluminada por la vela. Se sentía atontado, febril y adolorido. Ni escuchó el ruido de la ventana abrirse, aunque sí que pudo sentir la brisa colarse en su habitación, empezando a enfriar el ambiente.

- Vaya, no pensaba que realmente fuese a haber alguien aquí. -dijo repentinamente una voz, interrumpiendo aquel silencio sepulcral en el que había estado sumido.

Sus ojos verdes se abrieron más, con sorpresa, y repentinamente ladeó el rostro para mirar hacia el lugar del que había venido aquella inesperada frase. En el marco de la ventana, allí sentado, había un hombre de cabellos castaños cortos, ligeramente ondulados y patillas largas. Sus ojos eran de color dorado y en su rostro había una sonrisa vivaracha, ni punto de comparación con la expresión facial de Antonio, que de no ser por la sorpresa que ahora expresaba, estaría muerta. La piel del hombre era blanquecina e iba vestido con un traje chaqueta de acorde a la época.

- ¿¡S-se puede saber de dónde ha salido usted!? -se movió bruscamente y eso hizo que le sacudiera un dolor fuerte, del que no pudo más que quejarse.

- Lo siento, no debería haber hablado tan de repente. -empezó ese desconocido.

- ¿Por dónde ha entrado? Si le ha hecho a mi familia algo juro que... -amenazó Antonio con la escasa fuerza que tenía. La idea de que un ladrón pudiese haber entrado le inquietaba. Pero él estaba mirando en dirección a la puerta y no le había visto entrar.

- ¿Yo? Por la ventana. ¿No ves que estoy aquí? -contestó mirándole con curiosidad, como si aquella fuese la cosa más obvia del mundo, lo cual confundió a Antonio incluso más- No esperaba que hubiese nadie en la torre, pero a medida que me he ido acercando he descubierto que sí. ¿Qué haces viviendo en un sitio así?

- Estoy enfermo. -dijo el hispano a regañadientes. Ese hombre era raro. Además hablaba español de una manera diferente a lo normal - ¿Quién eres? No había oído que nadie se dedique a escalar torres. Es peligroso y muchos han muerto de esta manera.

- Me llamo Romario Vargas. Soy de Italia y estoy por aquí de viaje, conociendo mundo. -le dijo sonriendo con jovialidad, como si no le importara que le observara con desconfianza.

- Eres un tío muy sospechoso y quiero que me digas cómo has entrado...

El hombre mayor se quedó mirando a ese joven humano, débil, claramente enfermo. No hacía falta examinarle demasiado, el olor a la sangre que le había atraído ya era más que suficiente para saber que a ese chico no es que le quedara mucho tiempo. ¿Qué daño haría decirle la verdad? Total, nadie le creería y pensarían que eran delirios de su enfermedad. Suspiró.

- ¿Sabes lo que es un chupasangre? -le preguntó con tono calmado.

- No, no sé lo que es un chupasangre. ¿Una sanguijuela? -le preguntó Antonio sin saber bien por qué de repente empezaba a hablar de eso.

- Hay gente que conoce de nuestra existencia. No sé cómo se originaron los que son como yo, pero el caso es que hay unos seres que sólo viven durante la noche. Lo irónico del asunto es que todos murieron hace tiempo, pero volvieron a la vida porque uno de los malditos les dio de beber su sangre. Son personas cuyos colmillos son más afilados y se alimentan de la sangre de cualquier ser vivo. Eso es lo que soy yo, un chupasangre.

Antonio se tensó e intentó echarse hacia atrás. En aquella época, llena de supersticiones, por supuesto que creyó en esa historia a la primera. ¿Qué clase de ser del diablo era aquel hombre de apariencia afable? Le dolía cada movimiento que realizaba, pero la otra opción era quedarse cerca de aquella cosa y eso le aterraba enormemente.

- ¡Socorro! ¡Padre! ¡Hay un chupasangre aquí! -gritó el hispano con toda la fuerza que pudo, que realmente no fue demasiada. Aún así, Romario pegó un respingo, arrugó el entrecejo y extendió las manos.

- Venga, chico, no chilles... No voy a hacerte nada, no tienes que despertar a todos.

- ¡Que alguien me ayude!

- Chico... -dijo estirando una de las manos, para intentar rozar su pie. Al ver aquello, Antonio abrió los ojos como platos y lanzó una coz, tratando de disuadirle. Romario no tuvo muchas dificultades para esquivarle a tiempo-¡Woah! ¡Eso es peligroso!

- ¡Que alguien me ayude! -chilló Antonio.

De repente sintió que le asían el pie, le arrastraban hasta tumbarle del todo en la cama y una mano se puso encima de su boca. Podría haberse resistido más, pero en ese momento se había quedado paralizado por la sorpresa. Aquella mano que le impedía continuar gritando estaba fría, demasiado. Estaba claro que aquel hombre que tenía delante, que se movía y que le hablaba, era sin duda un muerto. En la comisura de sus ojos, abiertos a más no poder, se encontraban unas pequeñas lágrimas que no se atrevían a deslizarse por su tez. No tenía intención de ser tan bruto, pero es que se estaba poniendo nervioso con tanto grito.

- Escúchame un poco, chiquillo, no he venido aquí a beberme tu sangre tampoco. No quiero que te pienses que sólo te veo como un bocado al que hincarle el diente en cualquier momento. ¿Ahora dejarás de gritar para que pueda quitarte la mano de la boca?

El de ojos verdes asintió lentamente y Romario retiró su mano para dejar libre sus labios. No se atrevió a volver a gritar, aunque visto lo visto tampoco le había servido de mucho. Aquella torre era un lugar aislado, ni aunque se retorciera de dolor alguien vendría porque hubiera escuchado su voz. Si lo pensaba seriamente, era bastante triste. Ladeó el rostro hacia el lado contrario, con una expresión afectada. Al italiano le dio pena ese chico, así que le puso la mano sobre la cabeza y le revolvió el cabello un poco.

- No tienes que poner esa cara de pena tampoco... -le dijo- Soy un chupasangre amistoso, te lo prometo. ¿Cómo te llamas?

Le miró de reojo, con desconfianza. ¿Por qué le estaba tocando tanto? Le daba hasta cosa sentir lo frío que estaba... Claro que seguramente él no era nada agradable al tacto, tan caliente y sudado por culpa de la fiebre, que ya ni tan siquiera le daba descanso. Si no fuera porque notaba esa caricia sobre su cabello, que intentaba hacer que se calmara, el hispano hubiera pensado que ese hombre que tenía delante era un delirio de la fiebre. Tras un minuto intentando pensar un motivo por el que negarse fervientemente, se dio cuenta de que no había encontrado nada.

- Me llamo Antonio Fernández. ¿Así que cuánto tiempo hace que te moriste? -le preguntó sin dar rodeos. Era irremediable, le parecía extraño sin duda y quería saber. ¿Estaba mal? Romario le sonrió, apartó la mano de su cabeza y se sentó sobre la cama, a los pies del hispano para no molestarle mientras reposaba.

- Pues hace ya casi cien años. Tenía treinta y dos cuando me alcanzó una flecha y me morí. -dijo Romario- ¿Y tú cuántos años tienes?

- La semana que viene cumplo veintiún años. -contestó el hispano. Sabía que confiar en ese hombre era mala idea y más sabiendo que era algo así como un humano maldito, un cadáver andante. Pero también era normal... Desde que había recaído, Antonio no había podido entablar una conversación decente con nadie, así que necesitaba relacionarse.

- ¡Vaya! ¡Eres bastante joven! No sé por qué, te echaba más edad. Supongo que es porque estás muy serio y me pareces una persona racional que te he echado más años de los que tenías. ¿Vas a hacer una fiesta de cumpleaños?

- No digas ridiculeces... -murmuró entre dientes, desanimado- Estoy enfermo, no creo que pueda celebrar nada. Será otro cumpleaños más enfermo, ninguna novedad.

- Uhm... ¿Te pones mal muy a menudo? -le preguntó Romario cruzándose de brazos e inclinando la cabeza hacia la derecha.

- Nunca he gozado de un cuerpo resistente. Mi padre dice que es porque cuando nací fue complicado y casi me muero. Aunque he escuchado al médico decir que es porque Dios tiene algo en contra nuestra. -sonrió un poco, resignado- Sea cual sea el motivo, la verdad es que no puedo imaginarme cómo debe ser el sentirse sano siempre.

- Eso es bastante triste, Antonio... -contestó el italiano con cierta pena.

- No pasa nada, estoy bien. Supongo que me repondré y que saldré adelante, como otras veces. -mintió con una sonrisa.

Era extraño, pero se le daba bien hacerse el fuerte delante de desconocidos. Era más sencillo esforzarse en mentir y pretender que estaba bien que empezar a contarle intimidades a alguien en quien no sabía si podía confiar. Sin embargo, Romario tampoco es que fuera tonto y se dio cuenta de que eso que le había dicho, ni él mismo se lo creía. La prueba era que por mucho que había gritado, nadie había acudido en su ayuda. ¿Dónde estaba su familia? Romario tenía debilidad por la gente que estaba tan sola; despertaba en él un sentimiento de compasión que no podía controlar.

- Haremos algo: yo no tengo que irme próximamente. Por aquí, de camino, he visto un cementerio en el que puedo quedarme a dormir sin ningún problema cuando salga el sol. ¿Te gustaría que te viniera a visitar por las noches? Puedo contarte muchas historias del mundo exterior. Después de convertirme, me pasé años viajando por todo el globo y encontré cosas que sorprenderían a cualquiera. De paso, cuando llegue el día, celebraremos tu cumpleaños.

La desconfianza que pudiera sentir, se iba ahogando ante aquellas palabras. No podía creer que un completo desconocido se ofreciera a hacerle compañía y además a celebrar su cumpleaños. Aunque quisiera decirle que no, para protegerse de cualquier posible acción nociva contra su integridad, su corazón, falto de contacto con cualquier humano, le instaba a que le dijera que sí. Por mucho que él no fuera una persona, estrictamente hablando, se comportaba como una y eso le valía.

- De acuerdo. -le dijo con una suave sonrisa- Me gustaría mucho escuchar cómo es el mundo, ya que no puedo salir a visitarlo.

- Tenemos un trato entonces. -replicó Romario, tendiéndole la mano para que la estrechara y así sellar su acuerdo.

La mano del italiano, aunque fría, al mismo tiempo era firme y reconfortante. Cuando ya se marchó, desapareciendo casi con la misma velocidad con la que había aparecido en el marco de su ventana, Antonio se preguntó si todo aquello había sido un sueño. Durmió hasta bien entrada la mañana, momento en el que la criada le llamó, mientras murmuraba por lo bajo que se había muerto. Antonio quiso gritarle que no le matara antes de tiempo, pero ni le quedaban fuerzas para eso. El día fue aburrido y nada fuera de lo normal. El médico no se presentó de nuevo y no quiso ni pensar a qué se debía aquello. Cuando el sol empezó a caer, él se puso a pensar en ese hombre, en el chupasangre. ¿Vendría?

Su optimismo no estaba en el mejor de sus momentos, así que su mente fue divagando entre diferentes escenarios en los que no se presentaba, en los que todo había sido una burda mentira para tranquilizarle y por fin alejarse de él. No obstante, cuando la oscuridad era la dueña de las tierras y ya sólo se escuchaba el ulular de los búhos, la ventana se abrió y apareció Romario. Tras un saludo y preguntarle cómo se encontraba, el italiano empezó a contarle cosas sobre su tierra natal y luego fue narrando las maravillas que había encontrado en la noche europea. Estuvieron toda la velada charlando y cuando quedaba poco para que el sol se levantara, se marchó.

Fue sorprendente que en tan poco tiempo Antonio pudiera entablar una relación con alguien que ni tan siquiera estaba vivo. Romario Vargas era un hombre divertido que sabía cómo entretener al espectador. Además, se preocupaba por él y era un cambio bastante agradable. No tenía que preocuparse por enfermarle, ya que él estaba muerto y no podía volver a hacerlo, o eso creía. Además, le dijo que lo único que sentía era el dolor extremo y ya está. La noche siguiente fue otra llena de relatos de tierras que desearía ver, de sueños que nunca llegaría a cumplir pero que deseaba tener.

Tras dos días repletos de aventuras, de historias que desearía que se prolongaran durante todas esas horas aburridas que pasaba sin compañía -pero que no podía llenar ya que Romario desaparecería si el sol le daba- esperando a que regresara la oscuridad, vinieron dos días en los que su agonía se incrementó. A veces le daban bajones de tensión que le hacían perder la consciencia y que preocupaban a la criada, que poco podía hacer hasta que veía que se recuperaba. Intentaba atender a las cosas que Romario contaba lentamente, dejándole el tiempo que necesitara para entenderlo, pero le costaba demasiado.

Al final decidió que lo mejor era que reposara un poco, a ver si su cuerpo conseguía reponerse. El día doce, cuando llegó, Antonio llevaba un pijama que no le había visto antes. El chico estaba pálido, ojeroso, con un brazo colocado sobre su estómago de manera antinatural. Ni siquiera levantó la vista para recibirle como las otras noches, se quedó mirando hacia el mismo punto, sin voluntad alguna. Romario arqueó una ceja, con preocupación, y se aproximó a la cama como hacía siempre. Aunque se sentó a su vera, el español no reaccionó de ninguna manera.

- ¿Qué es lo que ocurre, Antonio? -le preguntó apoyando los dedos índice y pulgar en su mentón y usando esa postura para hacerle ladear el rostro, para que le mirara- Hoy es tu cumpleaños, ¿verdad?

- No me importa. -le contestó.

- ¿Cómo que no te importa? ¿Pero qué clase de actitud es esa? ¿No fuiste tú el que dijiste que ibas a derrotar esta enfermedad?

- Soy un bocazas, debería aprender a callarme de vez en cuando. -dijo Antonio.

- ¿Qué es lo que ha pasado? -insistió. Estaba claro que algo le había sucedido cuando se comportaba de esa manera. Aunque, viviendo de la forma en la que vivía, ¿cómo demonios podía ocurrir cualquier cosa?

- Nada, eso es lo que ha pasado. No ha sido un día diferente a los demás. Nadie ha subido, nadie me ha felicitado y esta maldita cosa que tengo en la ingle ha empezado a doler como si me estuviesen arrancando la piel con un cuchillo de cortar el pan. Ha empezado a sangrar y he tenido a la criada intentando parar la hemorragia como buenamente podía. Me duele todo. Estoy harto, Romario... -dijo el joven y acto seguido apretó las manos contra la sábana, a la altura de sus muslos- Soy una carga para todo el mundo ahora mismo y no puedo más que sentirme repugnado por lo que soy. ¿No has visto todos estos bultos negros y sangrantes, supurando el mismo veneno del Diablo. Soy asqueroso, un trasto al que han tirado a un lado.

- Eso no es verdad, Antonio. Si no han subido hoy, es porque estás en un momento delicado y seguramente su presencia sería peligrosa tanto para ti como para ellos. -dijo Romario intentando suavizar aquel momento de debilidad del más joven.

- Claro que es verdad. Ni siquiera tú beberías de alguien como yo. En mi estado, soy repugnante y aquí está mi lugar: en una torre, alejado, donde nadie me pueda ver.

- Te equivocas: yo bebería de ti. Si no lo hago es porque estás débil y esa no sería una buena opción para ti. No quiero quitarte las pocas fuerzas que tienes.

- Mientes. -le dijo Antonio mirándole fijamente con sus ojos verdes, que aunque más apagados de lo que habían sido antaño, le miraban con furia, enfadados por lo que él consideraba falacias.

Le estaba retando... Romario no era tonto y podía notarlo; Antonio le desafiaba mirándole de esa manera, diciéndole con los ojos que no tenía el valor suficiente para hacerlo y que esas eran excusas. Y aunque en su interior algo le decía que no debía hacerlo, por dentro también podía comprender la desesperación que ese chiquillo sentía. Era el día de su cumpleaños, estaba hecho un Cristo y además no recibía ni la visita de sus padres. Esa enfermedad no siempre era contagiosa por aire, ¿es que no sabían eso? Le daban ganas de hablar directamente con ellos, pero si no lo hacía era porque estaba seguro de que Antonio ya no volvería a confiar en él. No quería que ese pobre chico perdiera la única persona con la que podía estar más tranquilo y no desmoronarse por completo. Vale, puede que pensar de esa manera sonara egocéntrico, como si creyese que Antonio sin él no podía vivir. Nada más lejos de la realidad.

Chasqueó la lengua y se acercó más a él. El español pudo sentir su corazón palpitar, pero esa sensación pulsante se había trasladado a sus muñecas. Con el brazo derecho, Romario rodeó la cintura de Antonio, más delgada desde que había enfermado. Le susurró que no se asustara, que eso era lo que él quería y que le iba a demostrar que no le repugnaba. El joven trató de no tensarse al sentir que cada vez le tenía más sujeto. El otro brazo de Romario le rodeó a la altura de los hombros prácticamente y su mano se apoyó debajo de la nuca. Por suerte no rozaría aquel bubón horrendo que ya estaba necrosado. ¿Es que no le daba asco tocarle cuando a él mismo le horrorizaba verse de esa manera? Sintió el aliento del vampiro sobre su cuello, pausado aunque firme, esperando el momento para beber de aquella vena que repartía la sangre. Le iba el corazón a mil y al mismo tiempo tenía miedo, pero llevaba tanto tiempo sintiéndose tremendamente inútil que pensar que pudiera hacer algo por alguien le motivaba a seguir adelante. No iba a doler más que aquellas úlceras sangrantes, eso seguro. Apretó los puños, sobresaltado, cuando sintió los labios y pensó por un momento que ya iba a morderle.

Romario no era ese tipo de vampiros que clavaba los colmillos en una víctima sin compasión, con el único objetivo de drenar su sangre y hacerse más fuerte. Después de ese gesto íntimo, de una manera de suavizar aquella tensión, abrió los labios y de forma gentil clavó los dientes en aquella piel pálida y enferma. Un jadeo por lo bajo se escapó de entre los labios de Antonio y sus ojos se cerraron. El pinchazo fue extraño y enseguida notó como su sangre salía por la herida. Podía escuchar la forma en que Romario chupaba, de hecho eso y su latido propio era lo único que podía oír. Al contrario de lo que imaginó, no fue el dolor lo que podía percibir. En su cuerpo se amontonaba una sensación de éxtasis, de placer que no podía comprender y que le atontaba cada rincón de su ser. En ese momento, el chico se entregó a ese vampiro y permitió que hiciera con él lo que gustara. Si deseaba beber hasta la última gota de sangre que le quedara en el cuerpo, él no iba a patalear y gritar para intentar detenerle.

Pero aquella no era la intención que tenía el vampiro de Italia, el cual tomó un poco de sangre y se apresuró a poner freno a su propia sed, que nunca desaparecía y que se había convertido en su compañera desde hacía bastante tiempo. Comprobó que Antonio se había quedado bastante flojo tras aquello, pero en su rostro había dibujada una sonrisa complacida. Ver aquello le hizo fruncir el ceño y negar con la cabeza lentamente un par de veces. ¿Es que no entendía lo que acababa de pasar? Aquello no era algo por lo que estar feliz. ¿Acaso todo ese poder, ese encanto irresistible que los vampiros tenían para los humanos, le había dejado como si hubiese estado tomando opio?

- Me parece que no comprendes que esto no es nada divertido, nada que debiese hacerte feliz... -murmuró Romario con pena.

Estiró una mano y acarició con un pulgar la mejilla. No le agradaba demasiado ver el sufrimiento de ese chico. Le recordaba demasiado a su más que difunta madre, siempre con una sonrisa en el rostro y padeciendo lo indecible. Nunca le decía nada a nadie, siempre parecía feliz aunque por dentro estuviera en la miseria. Se le partía el alma al verle porque podía verla a ella. Le gustaría poder hacerle feliz, pero estaba seguro de que le estaba trayendo desgracia. Antonio cada vez parecía más interesado en él y eso podía significar algo que sería su perdición. Romario no tenía ese tipo de interés en el joven, no podía complacer aquella falta de cariño.

- Me da igual... -le dijo Antonio finalmente- He podido serle útil a alguien por fin. El resto me importa un pimiento.

No sabía qué iba a hacer con ese muchacho, que estaba tan orgulloso por haber podido ser de utilidad a alguien. Romario, por mucho que lo pensó mientras velaba a Antonio, no encontró un motivo por el que debería estar sonriendo. De hecho, no debería haber estado bebiendo de él de aquella manera. ¿Pero cómo resistirse cuando le había visto tan hundido? Le dejó en la cama, adormilado, y ahí mismo le encontró al día siguiente.

- Si alguna vez necesitas beber y no te importa, a mí me da igual ofrecerte mi sangre, ¿sabes? -le dijo el español de repente. Romario no pudo evitar aquella mueca de desagrado al escucharle decir tal cosa.

- Antonio, no pienso volver a beber de ti. ¿Has visto cómo estás después de lo de ayer? No te has recuperado, de eso estoy completamente seguro. Estás enfermo, no deberías hacer locuras como esas.

- Me recuperaré, no te pongas de repente como si fueses mi padre. -le dijo el español ligeramente enfurruñado al ver aquella reacción del vampiro. Esperaba, de alguna manera, que fuese condescendiente con él y le concediese cualquier capricho, pero en el fondo se estaba transformando en otro más que se preocupaba por él y que le impedía hacer lo que quisiera.

- ¿Realmente eres consciente de la enfermedad que tienes? ¿Sabes que te mueres? -preguntó serio. Ahora que lo pensaba, el chico nunca había mencionado el nombre de la dolencia, ¿es que no lo sabía? Podría ser. Entendería que se lo hubieran ocultado para que luchara, pero ahora no tenía demasiado sentido.

- Nadie me ha dicho realmente lo que es, pero tampoco soy tonto. Sé que estoy cada vez peor y que seguramente no voy a salir de esta habitación, pero no quiero aceptarlo hasta que ya vea el final del callejón.

- ¿Sabes lo que es la Peste Negra?

Los ojos verdes de Antonio se clavaron en el italiano y negó con la cabeza, dándole a entender que nunca había escuchado acerca de eso. Con la vida que había llevado, siempre en casa huyendo de las enfermedades, se había perdido todo lo que había estado ocurriendo en el mundo exterior. Contarle aquello era un poco cruel, pero debía conocer al detalle qué era lo que le estaba ocurriendo a su cuerpo para que viese que no podía jugar de esa manera y poner en peligro su ya más que tocada salud. Antonio escuchó con atención las historias de pueblos siendo asolados por la enfermedad, de aquellos síntomas que encajaban a la perfección con los suyos. Su rostro permaneció sereno, pero por dentro fue como si alguien le estuviese apretando el corazón. Cuando terminó de hablar, Romario observó al chico, que miraba hacia sus propias piernas ido. Otra vez le parecía ver a su madre, tratando de guardarse para ella sus sentimientos. Se sentó en la cama y abrazó a Antonio contra su pecho. El chico suspiró contra la camisa del italiano. Por muy aterrado que estuviera, en ese momento no le salieron las lágrimas.

El día siguiente, la enfermedad se puso peor para él. Si un médico le hubiese visto, hubiera sabido que aquel alto que los síntomas habían dado, dejó paso al acelerón final. Ya nada se podía hacer por él realmente, el virus estaba demasiado cómodo en su organismo, dueño y señor de aquellos órganos que ya empezaban a molestarle. Todo el día se estuvo quejando por lo bajo y no dejaba de vagar entre el frío y el calor por culpa de la fiebre. Tiritaba, encogido de lado sobre la cama, y aunque la criada le intentaba dar conversación para calmarle, Antonio no pudo decir ni una sola palabra, porque si lo hubiera hecho seguramente la hubiese mandado a tomar viento fresco.

El quince de febrero, cuando llegó a verle, Antonio estaba preso de una fiebre que ni le dejaba despertar. Le llamó y le zarandeó con suavidad, procurando no hacerle daño, pero el chico no reaccionaba. Le escuchó llamar a su madre y otras más cosas que ni siquiera pudo entender. Saltó de la silla cuando se dejó de escuchar la respiración de Antonio. Miró y vio que su torso que había estado subiendo y bajando lentamente, de repente se había detenido. Con dos grandes zancadas se acercó y empezó a practicarle un masaje cardíaco. Fue un largo minuto en el que maldecía por lo bajo en italiano mientras le insuflaba el aire y presionaba sobre su pecho, tratando de reanimar su corazón.

Estaba a punto de desistir cuando el chico tomó una bocanada de aire y se aferró a él. Le asustó en un principio, eso era innegable, pero luego el alivio fue mucho mayor. Antonio seguía agarrando su camisa como si la vida le fuera en ello, respirando agitadamente y con los ojos verdes abiertos.

- ¿Qué ha pasado, Romario...? -le preguntó con voz tenue. Le daba la sensación de que había pasado algo grave, pero ni siquiera sabía lo que había sido. Por un momento no sintió dolor, ni fiebre, ni nada. Pero algo le había arrancado de esa paz que había salido de la nada.

- Te ha bajado demasiado el ritmo cardíaco y me he asustado un montón. Pero estás bien, ¿de acuerdo? Te vas a poner bien.

Falacias. Mentiras viles que ninguno de los dos se creía. No podía decirle que por un momento había estado muerto. ¿Quién en su sano juicio se relajaría al escuchar algo así? Ahora estaba bien, seguía vivo y todo aquello era lo que importaba. Pero por supuesto que su estado de salud era el peor que había tenido hasta el momento. Antonio vagó toda la noche entre el sueño y la vigilia febril, que le provocaba delirios y alucinaciones.

Al día siguiente fue peor que eso. El dolor era insoportable, le hacía gritar y retorcerse. Sara no sabía qué hacer para intentar calmar a Antonio, que no dejaba que le tocara. Parecía que cualquier contacto, incluso con el mismo aire, le producía un sufrimiento tan intenso que no podía dejar de quejarse. Las lágrimas se le saltaron y podía sentir el sudor por su sien. Parecía que alguien estaba rompiendo todo su cuerpo desde dentro, destrozando a placer lo que le mantenía vivo. El médico vino finalmente, le dio un mejunje que le dejó atontadísimo. No es que no sintiera el dolor, es que el cuerpo no le reaccionaba y no le dejaba gritar.

La noche llegó y Antonio estaba bajo una presión que era demasiado para su cordura. Romario le observó con pena y se sentó a su lado. Le acarició la cabeza un poco y le tomó la mano. Las hierbas dejaron de hacer efecto y volvieron las quejas, volvieron los gritos, incluso algunos de los bubones empezaron a sangrar de nuevo. Los ojos verdes miraban hacia el techo, hacia la decoración de las paredes, aunque en realidad no llegaba a ver nada. Lo único que quería era encontrar algo que le hiciera distraerse de todo aquel padecer. Apretó la mano de Romario con tanta fuerza que incluso el vampiro sintió dolor, que por supuesto no exteriorizó en ningún momento. Quejarse sería ridículo con lo que ese chiquillo estaba pasando. Puso la otra mano sobre la suya, envolviendo con un manto frío aquella mano ardiente.

En ese momento el español fue consciente de que Romario estaba allí. Ladeó el rostro y en su mirada pudo ver el desespero, el terror y el sufrimiento. No quedaba ya ni una pizca del orgullo propio que le hubiera hecho aguantar las lágrimas, todo le dolía demasiado y no sabía qué hacer para que parara.

- No quiero morir... No quiero morirme, Romario. Tengo miedo. Tengo mucho miedo... -le dijo Antonio llorando y quejándose a ratos- Estoy demasiado asustado. No he podido vivir nada hasta ahora... ¡Ni siquiera he besado a nadie! ¿Por qué me ha tenido que pasar esto a mí? ¡Yo no he hecho nada a nadie! -paró y tuvo hasta que cerrar los ojos porque el dolor había sido insoportable- Solo quería vivir mi vida, ver el mundo... ¿Para qué he nacido? Ayúdame, Romario. No quiero morirme. Ayúdame...

La vida de Antonio se extinguía delante de sus narices y él tenía que tomar una decisión rápido. En ningún momento había tenido otra intención aparte de hacerle compañía y dejar que descansara en paz por fin. ¿Pero qué había de paz en la situación actual? Aquello era grotesco y lo único que podía era sentir compasión hacia él. Sí, la vida que quizás le iba a dar no era mucho mejor. Beber la sangre de sus semejantes, no era algo que uno pudiera aceptar con tanta facilidad. ¿Pero cómo podía decirle que se resignara a morir cuando realmente ni siquiera había vivido? ¿Cómo podía decirle a ese chiquillo que lo que le quedaba era sufrir hasta que se apagara por completo? Suspiró con fuerza, odiándose por lo que le iba a decir.

- ¿Quieres ser como yo? Puedo convertirte en un chupasangre, pero esta es una vida maldita, Antonio. Por eso, aunque sé que no es el mejor momento, quiero que pienses con claridad y tomes una decisión de la que no te arrepientas. Ser como yo no es ningún chollo, te arrepentirás en algún momento. Hay muchos que no aguantan. ¿Quieres vivir maldito?

Y Antonio no tardó apenas un segundo en asentir. Le aterraba hasta lo más hondo de su ser perder la vida. Había tantas cosas que deseaba hacer, que no podía rendirse. Romario le estaba lanzando un brazo para sacarle de toda esa oscuridad y llevarle a algo que seguro que iba a ser mejor que desaparecer sin dejar rastro.

- No quiero morir... ¿Qué tengo que hacer?

- Voy a beber tu sangre hasta que te sientas muy débil. Cuando estés casi muerto, no puedes dejarte vencer por el cansancio, tendrás que beber de la mía. Yo controlaré lo que bebes, porque podrías acabar conmigo en el proceso y no dejaré que eso pase.

- ¿Y si hago eso viviré? -le preguntó con esperanza en su voz.

- No, morirás. -le dijo serio- Pero luego volverás a levantarte como uno de los nuestros.

- ¿Moriré? Pero... ¿No hay otra manera en la que no tenga que morirme? ¡Romario, no puedo morirme!

- Antonio, calma. Creo que ya te dije que nosotros hemos muerto hace tiempo. No hay otra manera que no sea esta. Lo que tienes que hacer es creer en que todo irá bien. Te prometo que no estarás enfermo cuando vuelvas a levantarte y que lo único que te atormentará, que ya es más que suficiente, será la sed de sangre. Además, para no levantar sospechas con tu cadáver, tendría que morder en el cuello, cerca de esa marca que tienes herniada. Te dolerá, no podré evitarlo. ¿Sigues decidido a convertirte?

El español se detuvo por un momento a pensar, pero ese instante fue interrumpido por un dolor agónico que le hizo aferrarse a lo que pilló, como si eso fuese a calmar su sufrimiento. Su respiración tras aquello fue agitada y Antonio jadeó con tanta fuerza, que parecía un lamento. Le miró, con desesperación y asintió.

- Por favor... Ayúdame. No aguanto más. No puedo luchar más de esta manera.

No podía perder más tiempo. Si él lo tenía claro, entonces ya no había nada más que discutir. Cuanto antes lo hicieran, más posibilidades había de que Antonio tuviera las fuerzas para beber y no dejarse llevar por ese abismo de oscuridad que siempre les esperaba cuando estaban casi sin sangre. Se inclinó sobre Antonio, poniendo las piernas cada una a un lado de su cuerpo. Una de las manos le hizo ladear el rostro. El joven humano se dejó hacer, tratando de mantenerse quieto a pesar de que el sufrimiento no le dejaba tregua en ningún momento. Le aguantó las muñecas con sus manos, apretándolas sobre la cama, y entonces hincó los dientes sobre la herida. Fue más brusco porque sabía que, en cuanto le tocara, el dolor le sería insoportable, se movería para evitarlo y él no podría clavar bien los colmillos. Antonio pegó un alarido y se convulsionó intentando sacárselo de encima. No era porque se arrepintiese de la decisión, era porque todos los rincones de su cuerpo le habían empezado a doler incluso más ante aquel mordisco. La sangre le fue abandonando a medida que Romario succionaba. No se andaba con chiquitas, el proceso debía ser rápido o se le moriría en el proceso del estrés mental al que estaba siendo sometido. La poca fuerza de Antonio se marchó y dejó a un joven de veintiún años, tirado como si fuese un muñeco de paja.

Le soltó las manos, se incorporó y con sus propios dientes rajó su brazo, provocando que de éste su sangre manara. Se lo acercó a Antonio a la boca y le instó a que bebiera. Los ojos verdes, ausentes, se fijaron en el líquido escarlata que salpicaba aquella pálida y fría piel. Se lo acercó y le obligó a que sus labios entraran en contacto con la sangre y entonces, como si una necesidad que él no sabía que hubiera tenido se adueñara de él, se aferró a aquel brazo y empezó a beber de él. Romario entrecerró los ojos, sintiendo la molestia normal ya que tenía unos dientes sin colmillos hurgando en una herida abierta.

Cuando empezaba a notarse incluso atontado, apartó a Antonio con firmeza y se cubrió el brazo con un pañuelo que tenía en el bolsillo. El español se quedó tumbado sobre la cama, mirando hacia el techo. Se produjo un momento de silencio hasta que de nuevo volvió a gritar, aferrándose el pecho con las dos manos. Su corazón latía rápido y cada vez parecía acelerarse más. Notaba el calor dentro de su cuerpo, como si fuese a entrar en erupción en cualquier momento. Cerró los ojos, intentando buscar la calma y mientras Romario le observaba. Lamentaba que no pudiese tener un final tranquilo, sin dolor, pero esa enfermedad no le iba a abandonar sólo por haber bebido sangre de vampiro. Y de repente cesó todo. Antonio aguantó el aliento y se hizo un momento eterno hasta que expulsó el aire de sus pulmones lentamente. Después de eso, el más intenso y profundo de los silencios. Ya no respiraba y su corazón se había detenido por completo. A él se le hacía ya el día casi y debía huir a buscar un sitio en el que protegerse del sol. Se inclinó sobre la cama y dejó un beso sobre la frente del chico.

- Descansa en paz, Antonio.

A la mañana siguiente, Carlos se levantó temprano ya que tenía que prepararse para ir a una cacería con su mentor. No es que le entusiasmase, incluso menos sabiendo que su hermano no se estaba recuperando. Había tratado de hacer entrar en razón a su padre, a través de un diálogo calmado e intelectual, pero Fernando estaba cegado por el miedo a que se contagiaran. Otro de sus temores era subir y ver a Antonio en tan mal estado que no le quedara otra más que admitir que su hijo se estaba muriendo. Se puso un chaleco de piel y cuando ya se dirigía hacia la puerta, se topó de morros con Sara. La mujer estaba nerviosa, le temblaban las manos y diría que estaba hasta pálida. Iba a preguntarle, pero ella habló primero e impidió que iniciara la conversación.

- Señorito, ¿dónde está su padre? Es urgente que hable con él. -le dijo evitando su mirada, cosa que le puso de los nervios.

- No sé, supongo que estará en su despacho. ¿Qué es lo que ocurre? ¿A estas horas no se supone que deberías estar dándole el desayuno a mi hermano?

Los ojos de la mujer se abrieron con sorpresa ante la mención de su gemelo. A continuación se formó en su rostro una expresión angustiada y empezó a negar con la cabeza de una manera que le transmitió un mensaje devastador. Lo único que en ese momento sentía Carlos era un gran vacío en su cuerpo a excepción de su pecho, en el que se aglutinaban un cúmulo de tensión, dolor y negación.

- No... -murmuró casi sin aliento.

- Me acerqué para despertarle y me di cuenta de que estaba muy pálido. Ya estaba frío, seguramente pasó por la noche... -dijo ella en voz baja, respetuosa con lo que acababa de ocurrir.

Empezó a correr en dirección a la torre, sin importarle que la criada corriese detrás de él gritándole que debían esperar a su padre, que antes de ir lo mejor fuera que le avisara. Quería subir allí arriba y ver a su hermano sonriéndole, preguntándole qué le ocurría. Aunque normalmente él fuese calmado y serio, había momentos en que no podía más con esa fachada y uno se podía dar cuenta de que era un cúmulo de sentimientos que esperaba el momento oportuno para salir como un torrente, con fuerza. Por el camino se cruzaron con su padre, pero ni pudo mirarle. Lo único que estaba en su mente era Antonio y cuando se encontró frente a los escalones, los fue subiendo de dos en dos, llamándole.

A cierta distancia subían Fernando y la criada. Al llegar arriba, el joven iba bufando por ese esfuerzo que había realizado para subir los escalones tan rápidamente. En la cama estaba su hermano, como si estuviera durmiendo, la diferencia es que estaba más pálido de lo normal. Negó débilmente con la cabeza, mientras su rostro era dominado por una pena horrorosa contra la que no podía combatir. Lentamente se acercó a aquella cama, puso las manos sobre el pijama, a la altura del esternón y le zarandeó suavemente.

- Antonio... Por favor, despierta.

Sentía en su garganta un nudo tan fuerte que no sabía ni cómo lo aguantaba. Los ojos se le pusieron brillantes y sabía que no iba a durar mucho más de esa manera, que en cualquier momento las lágrimas saldrían y ya no habría manera de pararlas. Su mano se alzó y rozó la mejilla de Antonio, la cual estaba fría y eso fue como un impacto demasiado fuerte. Era real, su hermano no iba a abrir los ojos de nuevo, no iba a sonreírle y a decirle que todo era una broma pesada. No respiraba, su corazón no latía y su calor corporal ya hacía tiempo que se había marchado. No quedaba ya nada de su hermano gemelo y él lo único que se encontró fue con un pozo de tristeza y arrepentimiento.

- ¿Cómo se te ocurre marcharte y dejarme solo...? Perdóname. Por favor, perdóname por haberte dejado solo mientras sufrías todo esto.

Fernando no derramó ni una sola lágrima, claro que el dolor iba por dentro. No se creía capaz de volver a sonreír en su vida. En aquel momento sólo deseaba que se lo llevaran a él también, para poder estar con su mujer y su hijo. Si no aceptaba aquella salida era porque Carlos aún estaba allí, delante, y ahora necesitaban estar unidos. Durante todo el día, no se movieron de aquella torre, velando el cuerpo de su familiar. Ni siquiera hablaron, incapaces de encontrar algo coherente que decir en ese momento. Sara fue la encargada de decirle al cura que hiciera la misa y avisó al cementerio de que enterrarían a Antonio al lado de su madre.

La noche se hizo eterna, pero ninguno de los dos consiguió dormirse. Fernando había cogido la mano de su hijo, fría, y se había negado a dejarla ir en todo el rato que había pasado desde que se había sentado en una silla al lado de la cama. Su gemelo pasaba de estar quieto como una estatua, mirando el cuerpo de su hermano, como si se negara a creerlo y estar de esa manera fuese a devolverle a la vida, a caminar por la habitación, farfullando por lo bajo cosas que ni su padre entendía. La dolorosa mañana llegó y lo peor fue ver que llegaban con un ataúd y con un cuidado escrupuloso, lo cargaban y lo metían dentro. Sara lloraba en una esquina, aunque para Carlos sonaba a falsedad. Sabía que siempre que había estado con su hermano había temido contagiarse y que aquello no era más que un alivio.

Por un momento incluso deseó que aquella mujer desarrollara la enfermedad para que pudiese entender un poco el verdadero sufrimiento de su hermano. Claro que luego se reprochó a sí mismo que ella había estado más a su lado que él. ¿De qué la culpaba? Cerró los ojos y desvió la mirada cuando vio que tapaban aquella caja. No pudo aguantarlo, al contrario que Fernando, que no apartaba los ojos de aquella caja de madera en la que habían metido a uno de sus niños, por el que su mujer había dado la vida. Tuvo que mantenerse firme y le dijo a Carlos que debían cambiarse para el funeral.

Era extraño, pero en esos momentos de pena tan extrema, se habían quedado tan atontados por el duro golpe que a ratos ni siquiera eran conscientes de lo que estaban haciendo. ¿De verdad aquella era la realidad? Parecía más un sueño, del que deseaban despertar lo antes posible. Había gente que ni siquiera conocía en la iglesia del cementerio, pequeña. Curiosos de los alrededores se habían aglutinado ante la noticia de otro muerto por culpa de la Peste Negra. Los murmullos hablaban sobre esa terrible enfermedad que no discriminaba entre jóvenes y ancianos, entre pobres y ricos. Esa era la prueba de aquello. La voz del cura se le metió en el cerebro y le atormentó, parecía un canto que venía del más allá, que le hacía incluso sentirse mareado. Su hermano no estaba a su lado y pensar que estaba metido en esa caja de madera le hacía sentir ganas hasta de vomitar. No había comido nada, así que sería un esfuerzo inútil.

Una voz en su interior le gritaba que corriese a la caja, que la abriese, que le gritara y suplicara hasta que Antonio despertara. Por supuesto aquello era una estupidez, algo que le devastaría por completo. No podía hacerle eso a su hermano, que ahora ya estaba descansando en paz tras una agonía demasiado larga. Después de rezar en conjunto, empezó a venir la gente hacia ellos para darles el pésame. Carlos se sentía desfallecer; aquel día había sido demasiado largo y eso que ni llegaba al mediodía. Su respuesta al pésame era un simple asentimiento con la cabeza y poco más. Tenía la mirada perdida y estaba serio. No podía dejar de pensar en Antonio, en cómo habrían sido sus últimos momentos, en que quizás había gritado y ellos ni tan siquiera se habían enterado. Eso le hacía sentirse fatal, pero tenía que mantener la fachada.

La iglesia se vació, dejándole tiempo a la familia para poder despedirse. Entre Carlos y Fernando abrieron el ataúd y descubrieron a Antonio, que descansaba en tela blanca de seda. La impresión fue tan fuerte que se le saltaron las lágrimas. Se llevó la mano a la frente, para ocultar su expresión y ladeó el rostro. No quería que su padre le viera así y se desmoronara también. Su progenitor, con los ojos brillantes, extendió una mano y la posó sobre su hombro, dándole ánimos, recordándole que no estaba solo. Él fue el primero en inclinarse y besar la frente de su hijo, en aquel silencio tan denso que sólo lo rompía el sollozo de Carlos, que a veces era imposible de acallar.

- Descansa, mi niño... Siento no haberte podido dar una vida mejor. Saluda a tu madre cuando la veas. Te quiero.

Se incorporó y se secó las lágrimas que se le habían saltado. A toda costa quería aguantar, porque aquello no se había terminado y ahora les quedaba la peor parte del asunto. Carlos intentó decir unas palabras, como su padre, pero no pudo. Al final lo que hizo fue inclinarse sobre su pecho y ahí lloró. Abrió la boca en diversas ocasiones pero no logró decir nada, sólo hipar, hasta que finalmente le salió una frase estrangulada.

- Te voy a echar de menos, hermano...

Le costó separarse, a sabiendas que esa era una despedida hasta que se volviesen a encontrar en la próxima vida. Su padre tiró de él y ya se resignó a ello. Entre los dos lo taparon y avisaron a los encargados del cementerio. Cuatro hombres más y ellos dos, a la cabeza, cargaron el ataúd hacia la salida de la iglesia y posteriormente por aquellos jardines cubiertos de lápidas. Juana estaba enterrada en la parte cercana a una pequeña plazoleta. En el centro había una fuente en la que los pájaros se amontonaban cuando hacía buen tiempo. Le había parecido el mejor lugar de todo el cementerio y por eso se había asegurado que podrían descansar ahí algún día. Fernando nunca había tenido la intención de enterrar a nadie, según su punto de vista él debería haber sido el siguiente en recorrer ese camino en un ataúd. Y sin embargo ahí se encontraba, llevando a su hijo de veintiún años al foso.

Había de nuevo gente en la zona, dispuesta a ver cómo bajaban el ataúd en aquel hoyo que habían estado cavando el día anterior los empleados. Ataron cuerdas en los extremos de la caja, rodeándola, y entonces empezaron a bajarla. La familia estaba de pie, delante del hoyo, viendo como cada vez aquel contenedor se metía más adentro, hasta ser engullido por las sombras. De alguna manera, Carlos logró aguantar las lágrimas, pero se hizo imposible cuando empezaron a echar la tierra sobre la caja. Esa era la última oportunidad de engañarles y vivir. ¿No podían dejarle sin tapar? ¿Y si no se había muerto, revivía y se encontraba en ese ataúd, con kilos y kilos de tierra encima. Le producía una angustia tremenda el imaginarlo. De repente notó un brazo rodear su cuerpo a la altura del hombro. No era otro que su padre, que le daba el apoyo necesario.

Romario llegó al cementerio cerca de las diez de la noche. Llevaba un rato lloviendo y el suelo empezaba a estar enfangado. Ni tan siquiera había sido capaz de encontrar una pala y sabía que llegaba bastante tarde. Se agachó y con las manos desnudas empezó a apartar la tierra. Lo que nadie había descubierto era que dentro de ese ataúd que estaba a metros bajo tierra, se había escuchado un jadeo ahogado a las ocho y Antonio había abierto los ojos en la más profunda de las oscuridades. La sensación de claustrofobia fue tan intensa que empezó a hiperventilar, en busca de un oxígeno que estaba terminando. No se daba cuenta de que ya podía prescindir de aquello, de que si se relajara se sentiría bien. Con las manos intentó abrir esa tapadera que le cubría, pero no se movía ni un centímetro. Desesperado clavó las uñas y ya, cuando no sabía qué más hacer, pegó tal puñetazo que la madera se resquebrajó y empezó a entrarle tierra.

Aquella fue la experiencia más confusa que había vivido hasta la fecha. Empezó a prácticamente nadar en un mar de arena que le chafaba el cuerpo y que le hacía daño. Pero, aunque cualquier persona normal hubiese muerto, Antonio seguía luchando. Tragaba tierra y se le metía incluso por la nariz, pero él estaba dispuesto a salir de ahí como fuese y lo antes posible. Romario también cavaba todo lo rápido que podía, que no es que fuese poco. Y entonces, por fin, una mano manchada de barro sobresalió. Los dedos de ésta se estremecían, como buscando a lo que aferrarse para poder salir de ese infierno. El italiano tiró de ella y desenterró a Antonio, que empezó a toser y además temblaba.

No era sólo toda aquella experiencia traumática, además sentía frío y algo en su garganta, como si alguien estuviese con un serrucho frotando con insistencia esa zona. Tenía una sed tan intensa que por un momento creía que se iba a volver loco. Pero Romario le asió con fuerza y le atrajo contra él, intentando que se calmara. Nadie dijo que volver a la vida fuese una experiencia agradable, era casi como nacer desde un vientre materno, igual de confuso, igual de impactante para la persona.

- Está bien, Antonio. Calma. Ya estás fuera. Ya estás fuera, ya no hay tierra, ya puedes respirar aunque no lo necesites. Soy yo, soy Romario, así que tranquilízate un poco.

- ¿Dónde estamos? ¿Dónde...? Dios santo, me duele la garganta tanto... Tengo sed, Romario. ¿Qué es este dolor?

- Esa es la cruz con la que tenemos que vivir, chico. Estamos en el cementerio. Esta mañana te han enterrado. Hace dos días que moriste.

Se hizo demasiado extraño escuchar aquello de los labios de Romario. A él le daba la sensación de estar más vivo que nunca. De no ser por esa sed horrible, se hubiera sentido mejor de lo que se había sentido en meses. El italiano le ayudó a levantarse. De no haber sido por su asistencia, quizás se hubiese caído al suelo ya que en el primer paso que dió su pierna no respondió.

- Te proporcionaré sangre por hoy. El primer día siempre es complicado. -le dijo Vargas, mirando alrededor, como si buscara algo.

- Tengo frío... -murmuró Antonio. Estaba empapado de pies a cabeza y manchado de tierra.

- Son imaginaciones, no eres capaz de sentir esas cosas ahora. Es como tu instinto de respirar, tics que quedan de humanos y que podríamos vivir sin ellos. Piénsalo realmente, ¿a que no sientes nada?

- Siento frío... -respondió el español tras estar un rato en silencio, pensándolo tal y como le había pedido.

Romario se detuvo por completo y entornó el rostro para mirar a Antonio. Se dio cuenta de que no estaba bromeando, que había hecho lo que le había dicho y que sentía igualmente frío. No podía ser, no había ningún vampiro que pudiera experimentar sensaciones en su cuerpo como el cambio de temperaturas.

- Vamos a hacer una prueba. Quiero que cierres los ojos y que estés muy quieto hasta que yo te diga.

El hispano, dócil, hizo lo que le pedía y se quedó estático. Ser un vampiro le proporcionaba un dominio sobre su cuerpo tan fuerte que podía permanecerse parado y parecer una estatua. Ninguna persona normal podría hacerlo de aquella manera en que ellos lo hacían, pétreos y hermosos hasta el fin de los días. Romario se movió, silencioso, y se puso a su espalda. Se fijó en que los bubones de la enfermedad ya se habían marchado y habían dejado lugar a una piel tersa y pálida. Con la yema de los dedos, de manera tan suave que nadie a excepción de un humano podría notarlo, acarició la nuca. Le sorprendió el hecho de que Antonio se encogió hacia delante, evitando el roce. Aún así, no abrió los ojos.

- ¿Qué estás haciendo, Romario? ¿Es esto alguna broma extraña italiana que no voy a entender? -le preguntó.

- Puedes abrir los ojos. -murmuró aún atónito- Sientes de verdad... Así que cuando me dices lo del frío, no te estás quedando conmigo ni estás teniendo actos reflejos, además del de respirar.

- Te lo he dicho. -le replicó Antonio dándose la vuelta y observándole con una ceja arqueada- ¿Por qué habría de mentirte con algo así? Tengo frío. Creo que la lluvia me ha calado un montón. ¿Piensas que me pondré enfermo? Si hubiese hecho esto en vida, mi padre me hubiese matado.

- Escúchame atentamente antes de prosigamos con nuestro camino. Quiero que nunca, absolutamente nunca, olvides mis palabras. ¿Está claro? -le dijo firmemente, sujetando sus brazos a la altura de los codos para que no se distrajera con cualquier cosa- Nunca, jamás, le digas a nadie que puedes sentir como si fueses un humano. Como te dije anteriormente, los vampiros no sentimos más que dolor y éste debe ser mucho más intenso que lo que un humano necesita para gritar o intentar apartarse. Eso nos hace máquinas de matar, capaces de hacer cosas increíbles para cualquier persona normal y corriente. Pero tú... Veo que eres especial.

Bueno, no podía negar que él también lo era, pero ese era un secreto que se iba a llevar a la tumba, cuando fuese que llegara su momento. No era un idealista, no creía que fuese a vivir para siempre. En algún momento los humanos se darían cuenta de su engaño y para ellos no iba a ser nada fácil sobrevivir. ¿Cómo podrían luchar, a pesar de su fuerza, contra seres más numerosos que ellos y que podían moverse tanto de día como de noche? Ellos, mientras hubiese luz del sol en el firmamento, no eran más que meras cucarachas esperando ser pisadas. Romario podía saber cuándo le mentían, cuando alguien le estaba ocultando algo. Era como si la persona que le mintiera encendiese una vela y que ésta guiara sus pensamientos hacia la mente del italiano. Era complicado de explicar, puesto que la telepatía era demasiado misteriosa, pero había escuchado la verdad en su mente, mientras quien fuera estaba delante de él, contando una falacia tras otra.

Nunca hubiera pensado que su habilidad podría transmitirse a Antonio, pero en caso de que así fuese, pensó que sería la habilidad al completo, inalterable. Sin embargo, el hispano a su misma vez ya parecía especial, así que su cuerpo había cogido aquella característica única de Romario y la había convertido en suya propia. Esa era la teoría que el italiano había formado en su mente. Aunque no fuera humano, el cuerpo de Antonio había deseado mantenerse lo más humano posible para poder experimentar muchas de las cosas que no puso experimentar cuando era un ser vivo.

Hubiese explicado eso a Antonio de no ser porque significaría que le tocaría a él explicarle que también era especial. Sabía que eso supondría más problemas para él. Por muy amistoso que fuera, Romario era receloso con sus secretos.

- ¿Por qué no puedo contarle a nadie esto? No entiendo por qué parece algo tan terrible que deba esconder.

- Entiéndeme... No quiero decir que sea algo horrible. De hecho me pregunto qué debe ser poder sentir de nuevo cualquier roce, el viento, todas esas cosas que cuando eres humano irremediablemente te fascinan. Pero eso es peligroso... Hay gente que desea nuestra muerte, no es nada irracional. Por eso mismo debes protegerte de que ellos sepan tu secreto. Si encuentran tus puntos débiles, los usarán en tu contra. Además, no son los únicos que tendrían que preocuparte. Los vampiros tampoco son tus amigos, Antonio. No confíes a nadie lo que eres de verdad, o lo usarán en tu contra.

Se hizo un silencio extraño tras aquella declaración. Aunque sediento, el chico había estado ilusionado por poder empezar de algún modo de nuevo. Pero ahora, de repente, Romario había declarado que cualquier ser, persona o vampiro, era su enemigo y que no debería confiar en nadie. ¿Significaba eso que no podía confiar en él? Alejó ese tipo de pensamientos de su mente, pero aún así no dijo ni mú.

- Vamos. Es tarde, cazaré algo para ti y ya otro día si eso pruebas de beber de una persona. La sangre no se puede comparar, pero tampoco podemos abusar de los humanos. Dejamos un irremediable rastro que nos pone en peligro.

- No dejas de mirar a los lados, Romario... ¿Va todo bien? -dijo Antonio cambiando de tema. Se había fijado en eso, pero hasta ahora no había dicho nada.

- Todo va bien. Espérame aquí.

Desapareció rápidamente entre los árboles y Antonio se quedó solo. Arqueó una ceja, se cruzó de brazos y se apoyó contra el tronco. Por suerte ahí no le llegaba el agua y estaba empezando a escampar, así que pronto no tendría que preocuparse por la dichosa lluvia. Ojalá la ropa se secara rápido, pero eso aún tardaría un buen rato en suceder. No pasó demasiado tiempo hasta que Romario regresó y se plantó a su lado, cargando un zorro grandecito que dejó sobre las manos del joven vampiro. Éste lo sujetó como pudo y su rostro expresó el asco que le producía. Tenía el cuello roto y su cabeza se balanceaba de una manera extraña que le hacía poner la piel de gallina.

Si hubiese querido comentar aquello de alguna manera, el mayor se lo hubiera impedido de todas maneras. Le sujetó de la muñeca y tiró de él a paso ligero, como si de repente tuviera mucha prisa. La verdad era que la tenía desde hacía bastante rato, pero Antonio, demasiado concentrado en todo lo que podía percibir y en la sed, no se había dado cuenta de esa urgencia. Se sorprendió cuando en cosa de minutos se plantaron delante del castillo de su padre. Balbuceó durante un buen rato, diciéndole que aquella no era una buena idea y que deberían esconderse en otro sitio, pero Romario no atendía a razones, le agarró en volandas y de una manera que no llegó a ver trepó por el edificio. Antonio sólo pudo sentir sus piernas colgando sobre el vacío e hizo un esfuerzo sobrehumano para mantenerse firmemente agarrado a su cuello.

Cuando sus pies tocaron tierra firme, abrió los ojos verdes para ver a dónde habían ido. Se quedó en silencio, con los ojos un poco más abiertos de lo normal, cuando se dio cuenta de que estaban de nuevo en aquella torre.

- Primero: cámbiate de ropa, sécate. Por suerte tienes lo que necesitas aquí porque es donde has estado viviendo los últimos dos meses. Después agarras al zorro y bebes lo suficiente para calmar la sed y poder pasar la mañana sin problema alguno. Tercero: no te da tiempo a preparar una cubierta para la ventana, así que vas a tener que dormir en el armario. El sol te mata. El sol es tu mayor enemigo, así que lo evitarás a toda costa. Te provocará un sueño terrible que no debes combatir, pues te dejaría hecho una porquería. Cuando despiertes mañana, tienes que agarrar maderas y tapiarla para que no entre ni un poco de sol y estar más seguro. Deberías conseguirte un ataúd también. En el cementerio hay un montón. Sé que no es agradable asaltar tumbas, pero no te queda otra opción. Si te ven por el pueblo, saltarán las alarmas.

- ¿Por qué estás hablando como si no fueses a estar por aquí...? -le preguntó siguiéndole de un lado a otro con la mirada.

- Antonio, hace dos días me llegó una carta de Italia y tengo que marcharme de aquí lo antes posible. Soy un vampiro anciano y bastante famoso, así que hay otros vampiros que me siguen para intentar terminar conmigo. Me han encontrado y si me quedo cerca de ti va a ser peligroso. Eres aún joven y no estás preparado para una batalla entre bestias, ¿de acuerdo? Te he dado instrucciones, con eso pasarás la primera noche sin problemas. Yo tengo que volver a mi casa y buscar a un vampiro que conozco, Germán, que es algo así como mi guardaespaldas y él podrá proporcionarme asistencia en la batalla. Cuando todo esto haya pasado, entonces volveré y te ayudaré con lo que necesites.

- No puedes dejarme solo ahora, Romario. ¿No puedo ir contigo?

- Es demasiado peligroso para ti. No desearía haberte devuelto a la vida para que sufras otra trágica muerte. Por eso mismo debes quedarte aquí y salir lo menos posible. Si tienes dificultad con la gente, los animales del bosque te darán sustento y podrás seguir adelante. Volveré lo antes posible.

Antonio abrió la boca, deseando decir algo, pero entonces se dio cuenta de que sonaba demasiado egoísta. Le había dado una segunda oportunidad, ¿es que acaso podía pedirle algo más? Bajó la mirada un segundo y cuando la volvió a levantar le sonrió.

- Está bien... Te esperaré aquí. -le contestó- ¿Pero dónde tengo que morder?

- Aquí, es donde hay más sangre. Si te da asco, arráncale el pelo. Puedo entender que no es la experiencia más agradable del mundo, pero ahora mismo no tenemos donde elegir. -se aproximo, le dio un breve abrazo y le sonrió, intentando darle el coraje suficiente. Sabía que era como pegarle una patada después de traerle a una existencia demasiado complicada- Intentaré que sean escasos días, lo prometo.

El chico asintió con la cabeza, sonriendo con timidez. Estar con Romario le hacía sentir una cálida sensación en su corazón, algo que se parecía incluso al amor. Le avergonzaba tener sentimientos de ese tipo hacia un hombre, cosa que las enseñanzas de los curas tachaban de pecaminosa e inmoral. Pero podía notar aquel calor en su pecho y sabía lo que era. Romario, que tanto le había cuidado, tanto le había enseñado y que luego le había hecho el favor más grande de su vida, era demasiado importante para él. Ahora se iba, era el peor momento que había para confesar sus sentimientos humanos, que aún permanecían en su cuerpo.

Perdió esa cercanía que había entre ellos, estiró la mano para alcanzarle para que no se fuera, pero tan rápido como subió, salió y se perdió en la noche. Antonio se quedó un rato parado, dubitativo, pero después corrió hacia la ventana y la cerró. Puso un baúl pequeño en la entrada, para asegurarse de que oiría el ruido si a alguien le diera por subir. Se quitó la ropa y la tiró bajo la cama, para dejar el menor rastro de su presencia posible. Se puso algo seco, cosa que agradeció y que le provocó unos cuantos escalofríos que le sacudieron de pies a cabeza.

Lo más complicado fue el dichoso zorro. Se puso a arrancarle el pelaje con dificultad, casi uno a uno, ya que de puñado en puñado no lograba absolutamente nada. No tenía ni un pequeño redondel cuando ya se había cansado. El tiempo apremiaba y si no bebía pronto, se le haría de día. Tenía que meterse en el armario lo antes posible. Lo bueno del emplazamiento del armario era que estaba situada en la pared contraria por la que daba el sol de buena mañana, así que de eso no tendría que preocuparse.

Clavó los dientes, tuvo la suerte del principiante y dio con la vena a la primera. Fue consciente también por primera vez de que sus colmillos eran largos y tan afilados que habían perforado sin problema la piel. Aunque casi le dieron arcadas al sentir el pelaje contra su lengua, al saborear la sangre, todo eso se le olvidó. Aquel líquido rojizo le producía tal alivio en la garganta, que necesitaba más y más. Incluso le sabía agradable, eso era lo más sorprendente. Chupó con ansia hasta que no quedaba ni una sola gota dentro del organismo del animal. Jadeó y se pasó el dorso de la mano sobre los labios para limpiarlo de cualquier resto.

Los ojos le empezaban a picar y dedujo que eso era culpa del sol. Lo había expuesto de tal manera que le aterrorizaba ver un poquito de claridad. Se metió en el armario, aseguró la puerta y se envolvió entre ropas y algunas mantas, deseando sentir calorcito y protegerse de cualquier cosa. Con una sonrisa en sus labios y al mismo tiempo una expresión apenada, Antonio miraba hacia una esquina de ese oscuro armario.

Aunque esta vez no había un sufrimiento desgarrador, volvía a estar de nuevo solo en aquella torre.


¡Hola~!

Agh... Este capítulo siempre es duro para mí u_u

Fue una de las cosas que más me dolió escribir y eso que sabía que Antonio iba a estar bien, que iba a ser un vampiro y todas esas cosas, pero escribir que moría fue realmente doloroso ;_; Además todo el funeral y eso, lo pasé mal xDU Lo siento ouo' No sé mucho que contar, no me parecía que esta parte mereciese ser cortada y así que tenéis un capítulo más largo que de costumbre y sin parte del "presente". En el siguiente (si no me falla la memoria) ya volveremos al ritmo habitual owo

Paso a comentar los review~

GusGuschan, cansada por la semana de trabajo pero bien, vamos haciendo ovo. Tenía ganas de cambiar, de hacer algo más inesperado y lamentablemente cruel. Porque realmente el mundo es así a veces y además me parecía que aún le daba más motivo a su personaje. Además considero que Antonio en ese aspecto es muy fuerte y, a pesar de todo lo que le llueva, era capaz de pensar con optimismo acerca del futuro uwu Pero es diferente XD nosotras solemos salir poco porque queremos, él quería salir pero no podía por la presión de su padre y su salud. Como has podido ver, le "mataron" de alguna manera él quiso transformarse. Su padre le encerró porque la enfermedad lo requería, no porque quisiera. Para mí, esa torre no fue donde nació owo Pero si a ti te gusta más, te dejo que lo interpretes así xD. Tenía ganas de ponerles en un contexto más relajado y qué mejor que columpiarse ouo M-me haces feliz diciendo que soy grandiosa, no sé si merezco eso *avergonzada * Bueno, hay que ir con cuidado, sí puedes atragantarte XDDD El capítulo era más o menos como el anterior, este de hoy sí es más largo.

Elwym, bueno, no fuiste nada desencaminada con lo de la calle y confieso que me arrancas siempre sonrisas cuando entrevés cosas :D En serio que me hace feliz ver que lo intuyes XD Al menos la duda que tenías sobre su enfermedad en este capítulo ya se resuelve uvu ¿Cómo no estar abatido cuando le dicen que su hijo está más muerto que vivo? Sí entró atraído por la sangre, pero fue de las úlceras. El pobre Antonio nunca tuvo infancia así que las cosas más básicas tampoco las ha hecho, por eso siempre se volcó en Francis, para darle lo que él no tuvo. Me alegra que te haya gustado tanto esa escena =u= Me perdí bastante imaginándola en su momento. Antonio es especial, desde un principio se lo han dicho y lejos de tomárselo como algo de lo que estar orgulloso, lo ha tratado con recelo y le ha permitido ser humilde, no cambiar tanto. Eso también creo que refleja que pueda estar preocupado por cambiar. Aunque hay más motivos, no lo voy a negar xD Pero todo a su debido tiempo. Antonio se preocupa mucho por Francis, eso no se puede negar. Espero que te guste el capítulo ouo

Iscar, jajajaja Antonio Banderas XD Ahora sí me has matado. ¿No será por Entrevista con el Vampiro, pillina? o7o XD Pues no te he hecho esperar tanto con lo de cómo murió Antonio y cómo se convirtió en vampiro. Lo de Carlos llegará, la historia de Antonio claro que no va a terminar tan rápidamente. No voy a dar expectación en ese tema para luego terminarla en un par de capítulos XD Sí, a medida que vayáis leyendo su pasado entenderéis más su comportamiento en el futuro y espero que todo os cuadre bien cuando termine uvu. Pues, en concreto, este fic lo empecé... El 15/11/2011 y lo terminé el... Holy shit. 08/04/2013 xD Así que te puedes hacer una idea de lo mucho que tardé y lo largo que puede ser. Si, casi inmediatamente empiezo otro nuevo, a no ser que esté espesa. Tengo un correo de estos guardados con un esquema de las cosas que se me ocurren. No te preocupes, me hace ilusión que a alguien le interese. Si quieres o tienes intriga por algo en concreto, dime y te explicaré cómo lo hago yo. Gracias por leer ouo

Fujisaki Vargas, Hola ouo cansada por trabajar pero bien .Espero que tú también estés bien. Juana tenía que morir, estaba cantado. Además de esa manera justificaba más que Antonio pudiera tener un cuerpo más débil uwu. Bueno en ese entonces las criadas tenían muchos problemas si desobedecían, piensa que perder el favor de un señor feudal era prácticamente verse en la miseria o directamente en la cárcel. Así que mejor acatar XD. Yo a Antonio le regalaba de todo ;v; ay cosita... Bueno pues los tipos ojerosos de esa calle mugrienta ya sabes qué tenían, lo que le pegaron a Antonio y de lo que murió. Tu duda sobre si lo encerró ya está resuelta, pero no podía arriesgarse a que se propagara u.u Ya se sabe que a veces la gente con pasado triste sonríe deslumbrantemente y este es el caso de Antonio, que le dio la mejor infancia a Francis. Al menos la mejor que pudo. Gracias, los Reyes se portaron y espero que a ti también te hayan traído muchas cosas. Ay, no te repites, a mi me gustan tus review ;3; así que no te preocupes por esas cosas. Espero que te guste ouo

Guest, awww... merci Guest ;v; no puedo dejar de escribir de estos dos. Lo mío empieza a ser clasificable dentro de enfermedades patológicas XDDD Gracias a ti por dedicar un minuto para dejarme un comentario, porque me ha hecho muy feliz *hugs * Si sigues leyendo, ojalá pudiera seguir leyendo tus comentarios y si no puede ser, espero que disfrutes del fic ovo

XX22, feliz año nuevooo. Uoh, has vuelto xD Pensaba que estabas desaparecida ya para siempre XD que no sería la primera vez que pasa uvu' Espero que los exámenes te vayan bien ovo Ánimo~ O si ya acabaste, que te vayan bien las notas ;) Awww a veces no es tanto comentar el tipo de escritura, a mi con que me digas qué partes te gustaron más, ya me haces feliz ouo. Pues he pensado que el padre de Antonio fuera de Extremadura porque tengo familia de allí y son más serios, así como un poco más rígidos y pensé que sería fiel a la imagen que tenía en mente. No por nada más XD No es una pregunta tonta ovo Espero que te hayan traído los reyes muchas cosas a ti también y que te guste el capítulo ovo

Yuyies, lo sé, el pobre no tuvo una infancia ideal, pero quizás eso le daba incluso más significado a todo el tiempo que pasó cuidando de Francis y me pareció que encajaba bien. Era una época difícil, así que el padre no podía permitirse perder al hijo por el que su mujer sacrificó su vida. Si él no se preocupaba y velaba por él, ¿entonces qué opinión tendría su mujer, en paz descanse, de él como padre? Supongo que eso es lo que el hombre tenía en mente. Antonio quería colmarle a cosas que él no pudo tener por desgracia y hacerle feliz. Por eso tampoco podía abandonarle sin más. Claro que sí, Francis tiene buen corazón y Antonio le quiere, aunque no sea capaz de recordarlo. Ahora se ha convertido en todo un hombrecito, ahora seguro que le atraerá incluso más. Tengo esa cosa de que se complementan bastante bien y que con cierta facilidad pueden hacerse amigos cercanos =u= Francis los atesora un montón, tienes razón. Porque bueno, realmente, Francis está empezando a descubrir cómo es realmente Antonio. Espero que te guste el capítulo ouo Saludos~

Y eso es todo por esta vez.

Nos leemos la semana que viene~

Saludos.

Miruru.