The Army Goes Marching Along.

IAN:

Santo dolor de cabeza… Dios mío, era una verdadera tortura… Apreté la cara contra la almohada y que… Que olor tan familiar… ¡Vaaaya…! Estaba en casa de Mickey, ¿Me había traído aqu…? ¿Pero qué demonios…? La mujer de Mickey, la rusa con la que se había casado, me miraba desde el filo de la cama. Tenía su gran… Su gran barrigota expuesta hacia mí, y su cara… ¿Cómo no me había fijado en el miedo que daba esa mujer? Hasta yo me hubiese casado con ella en ese momento de habérmelo propuesto…

- Buenos días. – Saludé sonriendo, divertido ante mis propios pensamientos. Me traté de incorporar un poco, suspirando, no dijo nada… Quizás… Quizás no hablaba mi idioma… - Dobroye utrechko – Dije en ruso, era de las pocas cosas que conocía. Quizás así se le quitaba esa cara de uva pasa…

- Es por la tarrde. Has dorrmido todo el día. – ¡Pero anda, si hablaba inglés! No se movió, no se esforzó por ser algo simpática. Me encogí de hombros y logré ponerme en pie con ayuda de la cómoda. Necesitaba una ducha.

Entré en el cuarto de baño, me quité la camiseta, los pantalones y seguidamente los bóxers. Abrí la ducha y cerré la cortina, relajado. Qué bien sentaba el agua en la cara… Me froté el rostro con las manos, era consciente de que el maquillaje de los ojos era complicado de quitar. Dejé que el agua resbalase por mi espalda, apoyé ambas manos en la pared y busqué el calor de ésta… Pero la paz no duró demasiado. La rusa abrió la cortina, me sobresalté y la miré, con el ceño ligeramente fruncido. De pronto me di cuenta de que había alzado un martillo y lo sostenía bajo mi cuello, alcé un poco la cabeza, evitando que éste me tocase, aunque sin dejar de mirarla. Demonios… ¿Estaba loca? Lo estaba.

- Tengo un bebé prronto. No puedo trrabajar – Dijo molesta, agitando su peligrosa arma contra mi barbilla.

- Por dios… - Musité, tratando de esquivarlo de alguna manera.

- El debe cuidarrnos a mí y al bebé, así que vete. No te necesitamos. ¿Y si duerrmes en esta casa esta noche? Te mato. – Ahora sí que noté la herramienta tocando mi cuello, mi nuez. Tenía la mirada de una psicópata – Machacaré tu cabeza naranja.

- Ahá… - Asentí sin muchas ganas. En realidad la situación debía ser bastante divertida desde fuera.

- ¿ME HAS OÍDO? – Gritó. No tardé un segundo en responderla.

- Sí. – Tragué saliva cuando al fin bajó el martillo. Se retiró, despacio, no sin antes pararse a mirar mi… ¿Cuerpo desnudo?

Terminé de darme la ducha.

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Como realmente no quería morir en manos de una comunista decidí aceptar su amable propuesta y volver a casa. Además… Era hora de ver a mis hermanos. Había visto ya a Lip y a Debbie, pero se habían ido sin decir nada, y ahora tenía más ganas aún de estar con ellos. Entré, la casa estaba muy sola… Bueno, era normal teniendo en cuenta de que todos estarían en el colegio, o… bueno, o robando a algún vecino la luz. Pero Fiona no, Fiona tenía que recibirme, y allí estaba, como siempre. El ruido de la puerta la hizo alzar la vista de lo que estuviese leyendo, casi pegó un salto de la silla.

- ¿Qué? – Corrió hacia mí, ampliando cada vez más su sonrisa y dejando la cara de susto - ¡No!

- Dame un abrazo – Dije abriendo los brazos, apretando los labios, sonriendo.

- ¡Dios mío! – Me abrazó con todas sus fuerzas, yo pude devolverle el abrazo casi tan animado como lo estaba ella, pero divertido por su reacción… Ni que me hubiese ido a la guerr… Ah, pues sí… ¡Ja já! Pero ella aún no lo sabía - ¿Esto es real? ¿En serio has vuelto?

- Es real. Por ahora. – Sonreí contra su pelo, escondiendo la boca en su cuello. Era tan reconfortante… Dios, ahora me daba cuenta de que echaba de menos esas cosas.

- Dios mío… Eres un idiota… Te he echado mucho de menos. – Se separó, me miró, ahora trataba de parecer molesta. No había cambiado nada – Eres un pedazo de mierda – Me golpeó el pecho, me reí sin poder controlarme, en silencio, ¡Mucho de menos, lo había echado mucho de menos! – Me tenías muy preocupada. ¿Ni una llamada?

- Escribí un mensaje. – Dije mientras dejaba la mochila en el suelo, distraído.

- Sí, con muchos detalles… "Os echo de menos, chicos, divertíos." – Dijo irónica.

- No quería preocuparos.

- Bueno, pues me preocupé más, gilipollas. ¿Dónde demonios has estado?

- En el ejército, me alisté. – Dije con tranquilidad… Dios, qué hambre… ¿Habría algo qué comer…?

- ¿El ejército?

- ¡Sssssssí! – Dije animado, buscando algo que llevarme a la boca. Mmmm… ¿Habría pizza? ¿Qué importaba que fuese por la mañana? Seguramente que en algún lugar del mundo desayunaban… - Quería encontrarme a mí mismo, ya sabes. No creí poder hacerlo aquí. – O atún, más sano… ¿Pizza de atún?

- ¿No tienes que tener dieciocho?

- Mmm, sí. No lo saben, no les importa. – El gorro me estaba presionando el cerebro. Me lo quité, buscando aún con la vista algo que lograse hacer desaparecer el agujero que había en mi estómago. – Lo dejé, las cosas se volvieron completamente locas.

- ¿Qué cosas?

- Ah, pues los militares tratando de controlarme.

- Bueno… ¿No es lo que los militares hacen?

- Me harté – Dios, ¿Era yo, o en esta casa hacía un calor tremendo? Necesitaba quitarme el abrig… - Pero oye, conocí a una gente maaaaravillosa. Con todas esas enormes ideas… Sí. Soy… soy una persona diferente. – Las tripas me rugieron – Oye, ¿Podemos hablar de esto un poco más tarde?

- Eh… claro. – Dijo sonriendo.

Me quedé en silencio, apoyando ambas manos sobre el mueble de la cocina, mirándola. ¿Dónde estaría Mickey…?

- Eh… Oye, ¿Quieres un sándwich? - ¡Bendita hermana! Como lograba entenderme. ¡Telepatía! ¡Telepatía o algo así, que tuviese que ver con la sangre!

- ¡Sí! Estoy hambriento. – Confesé. No tardó en ponerle el pan a un par de lonchas de pavo y al fin, el gran manjar de los dioses, bajó por mi garganta… Mmmmmmmm… Delicioso. Aprovechó para abrir la nevera y coger el zumo de naranja. Mierda… ¿Qué tenía en el tobillo? ¡Já! ¿Era un cacharro de la libertad provisional…? Mierda, mi hermana era una auténtica malota.

- Bonito cacharro. – Dije divertido. Se rió, al parecer estaba acostumbrada a hablar de ello.

- Sí, ya ves. No me caben las botas de invierno, todo lo que puedo ponerme son los puñeteros zapatos y las zapatillas de tenis.

¿Zapatos? ¿Zapatillas de tenis? ¡Jaaaaaaaaa, era increíble! ¡En invierno! ¡Tendría que tener los pies en forma de garras de águila! Oh, mierda, ¿En un lío tan grande se había metido?

- ¿Estás bien? – Se rió conmigo, pero yo no podía parar de carcajearme. ¡Qué putada!

- ¡Claro! Sí, claro, ¿Por qué? – Dije aún divertido. Terminé lo que quedaba del sándwitch.

- Pareces un poco… agitado.

- Dejé de fumar.

- Ah… Bueno, entonces, ¿Qué vas a hacer ahora?

- Mmm, pues mira, he pensado… En… en aprender con ese electricista que conocí. Ya sabes, aprender todo ese tema sobre los cables y eso.

- ¿Y el instituto?

- Ah, bueno, Frank no acabó el instituto y le fue muy bien sin él – Tenía una vida de rey el señor, yo también quería eso, joder que si lo quería.

- Pero tienes que terminarlo.

- ¡No tengo nada que terminar! – Dije animado, sin borrar la sonrisa - ¡He terminado de vivir como todos quieren que viva! Pero… Oye, muchas gracias por el sándwich. En serio, delicioso.

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MICKEY:

- ¿Qué mierda es esto? ¿La terraza del puto hotel Flamingo? Ya estaban las zorras rusas vagueando otra vez. ¿Qué coño se les pasaba por la cabeza? ¿Querían tocarme las pelotas? Bien, lo estaban haciendo genial así como lo hacían. – Tenemos una cola de clientes arriba con las manos dentro de los pantalones. Id a trabajar. – Svetlana, mi puta mujer, otra vez. Otra vez con el puto ruso en la boca. Si al menos eso fuese una forma de llamar a una mamada estaría mucho más conforme… - Eh, y tú. No te creas que te vas a salvar solo porque estés a punto de soltar una empanadilla por el puto felpudo.

- ¿Felpudo? – Preguntó Verónica que pasaba cerca.

- No se depila. – Le expliqué molesto. Era jodidamente asqueroso…

- Me gusta el modo en el que Dios me hizo - ¿Era gilipollas?

- Qué bonito – Dije irónico, alzando las cejas – Si llegas tarde otra vez te quitaré el cincuenta.

- El chico zanahoria se ha ido – Joder. Joder con la puta… Como sabía donde dar. Me quedé en silencio, pero al parecer, a los putos marujas del Alibi no les pareció buena respuesta. De nuevo Verónica metió sus negras y grandes narices en mis putos asuntos.

- ¿Quién es el chico zanahoria?

- Él sabe quién es.

- ¿Dónde ha ido? – Las ganas de bromear se fueron a paseo, ya estaban junto a la puta virginidad de la zorra que tenía delante, a la cual tenía que llamar "mujer".

- No lo sé, he hecho que se vaya. No hay sitio para él cuando el bebé venga.

Zorra. Era una puta zorra mala. Agarraría sus pezones y los retorcería hasta que el dolor se convirtiese en placer, entonces los soltaría.

- ¿Y a mí qué coño me importa? – Apreté los labios, guardé silencio y miré a la barra. Todas las putas miradas estaban sobre mí - ¡Y aféitate el coño!

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Otra vez no, joder. Otra puta vez no podía largarse. No iba a volver a hacer esa mierda de irse y tener que recorrerme todos los bares de maricas de Chicago para encontrarle. Ni de coña. Ni de puta coña. Tenía que hablar con él antes de que algo volviese a incitarle a desaparecer e ir por ahí ofreciendo su polla a cualquier viejo sin dentadura.

- ¿Está aquí Ian?

- Está arriba. – Respondió Fiona. Según lo que me había contado Ian antes de desaparecer, ella era la "madre" de la familia. La puta criada.

- ¿IAN ESTÁ AQUÍ? – Preguntaron todos a la vez; la niña pelirroja, el cabrón que antes se follaba a mi hermana y el niño loco que tenía un mechero y un bote de laca en las manos. Si el niño negro que estaba en la silla de niños hubiese podido hablar… Un momento, ¿por qué coño era negro…?

Abrí la puerta de su cuarto. Allí estaba. Estaba sentado sobre la cama dibujando, o escribiendo, o alguna de esas mierdas. Solo me miró de reojo. Joder, un puto "gracias por salvarme de una jodida pulmonía" no hubiese estado nada mal. Cerré la puerta.

- Veo que te has largado… Recogiste todas tus mierdas.

- Tu novia me amenazó con un martillo. – Se quejó. Jodida Svetlana… Era un puto tío con tetas.

Todos entraron de pronto. Abrazaron al puto pelirrojo, le dijeron cuanto le habían echado de menos. Me sentí tan jodidamente fuera de lugar…

- ¿Disparaste a alguien? – Joder, el crío hablaba como un puto psicópata.

- Nunca pasé de lo básico… - Respondió el pelirrojo.

- ¿No puedes disparar a alguien ahí?

- Puedes… Yo no lo hice.

- No disparaste a nadie, no volaste nada… ¿Para qué te fuiste entonces?

- Problemas sentimentales.

Era un jodido cabrón… Un capullo… La mirada del de los ojos de sapo me tocó las pelotas. Apreté los labios, miré a cualquier otro lado que no fuesen sus putas caras porque ya me las estaba imaginando llenas de sangre. Al menos fue el que hizo que los malditos críos se largasen y nos dejasen a solas. Esperé a que cerrasen la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho.

- ¿Has vuelto? – Pregunté sin mirarle.

- Depende. ¿Me la chuparás cuando yo quiera? – Puto arrogante. Era un puto chulo arrogante. Puto gen Gallagher.

- Vete a la mierda.

Se encogió de hombros y continuó con ese puto cuaderno y lápiz. Le miré de reojo.

- ¿Qué escribes?

- Cosas. Notas, ideas.

Joder. Otra vez. Pasaba de mi puta cara, me estaba volviendo loco. El puto pecoso me estaba matando. Necesitaba que me hiciese caso fuese como fuese.

- Lo haré. - ¿Qué cojones…? ¿Qué coño había dicho? Lo solté sin pensar. Alzó la cabeza y me miró, casi sorprendido. Joder, yo mismo lo estaba.

- ¿Harás qué? – Engreído de mierda…

- No me hagas decirlo, cabrón… - Me quejé, no podía mirarle. Apreté los labios, molesto, picado. Joder.

- ¿Chuparme la polla? – Le miré, casi avergonzado. Dios, qué jodida de sensación… Pero si no se iba otra vez… No podía pasar por esa mierda – Cuando yo quiera.

No respondí precisamente con putas palabras.

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LIP:

Era bueno volver a estar todos juntos, ¿no? Hubiese sido mejor de no haber empezado a darme cuenta de que algo malo estaba pasando con mi hermano Ian… Algo que me resultaba muy familiar y realmente… bastante extraño.

- … Y entonces mi supervisor entra agitado y atraviesa mi puerta, ¿vale? Y me persigue. Estaba muy asustado. Lo agarré y lo lancé contra una fuente… ¡Se estampó contra la pared!

- ¿QUÉ? – Preguntó Debbie, alucinando. Estaba alucinando, como yo. No era yo el segundo loco del sitio al parecer.

- Sí, lo sé. – Siguió mi hermano pequeño – El agua salpicó por todas partes y despertó a todo el mundo a las dos de la mañana. El tío obligó a todos a mirarme hacer flexiones en el agua helada, mientras cantaba.

- ¿Cantabas?

- "Then it's Hi! Hi! Hey!
The Army's on its way.
Count off the cadence loud and strong,
TWO, THREE, FOUR…
For where e'er we go,
You will always know
That The Army Goes Marching Along"

Definitivamente el bailecito lo dejó más que claro. O Ian estaba drogándose, o... Algo muy familiar estaba dejándose ver en él.

Mandy entró y vio mitad del espectáculo, quizás por eso me perdí un poco los últimos pasos finales del futuro ganador del concurso de baile de Chicago… Debía apuntarle, sí.

- Hey. – Me saludó.

- Hey.

- ¿Va todo bien? ¿Sigues en la universidad? – Seguí haciendo el huevo en la sartén, mirándola de vez en cuando. Parecía estar muy bien, estaba muy guapa. Aunque siempre había estado guapa… Y sexy.

- Sí, sí, todo bajo control. – Asentí un par de veces. Y sexy. ¿Por qué Mandy estaba tan sexy?

- ¿Está Mickey aquí?

- Sí, arriba, ¿Por qué? – Contestó Ian entusiasmado. Parecía querer dejar claro a Mandy que Mickey al fin había aceptado todo eso que tenía con él… O… Algo así. El rey de roma bajó por las escaleras frotándose la cara.

- ¿Siempre sois tan jodidamente ruidosos por las mañanas? - ¿Ian tendría que aguantar toda su vida que cada dos palabras añadiese un taco? - ¿Qué? – Dijo cuando se dio cuenta de que Mandy estaba allí. Quizás… Estaba algo ocupado mirando sus piernas. Casi se me había olvidado que tenía unas piernas preciosas, de esas que nunca se olvidan. Mandy era una chica imposible de olvidar, sobre todo si te habías metido con ella en la cama.

- Tu mujer ha roto aguas, vámonos.

- ¿Qué? ¿A dónde?

- ¿Al hospital? – La verdad es que no se le veía muy animado por tener un hijo… Miré a Ian, que habló.

- ¿Está teniendo al bebé?

- Dile que le deseo buena suerte. – El noviete de mi hermano me pasó un plato y pude cambiar el huevo frito de la sartén a éste.

- ¿Qué? ¿No vas a estar con ella?

- No. Tengo trabajo.

- No es culpa del bebé que los dos seáis un puto espectáculo. – Paré de hacer todo para mirarla cuando dijo eso. Estaba seria, entregada… Tenía razón. No era culpa de nadie que sus padres fuesen… Como iban a ser. Quizás del capullo de Terry Milkovich, por lo que Ian me había contado, si podía tener algo de culpa.

- Sí, no es culpa mía de que la puta se quedase embarazada. – Traté de no meterme, comencé a guardar cosas en los cajones - ¿Quién coño dice que ese bebé sea mío?

- Eres un imbécil… - Volví a mirarla. Quizás sí que tenía ganas de volver a pasar el rato con ella… Puede que incluso la echase un poco de menos. Malditos Milkovichs, eran la heroína de los Gallagher.

- ¡Felicidades! – Dijo Ian. Tuve que apretar los labios para no reírme. Mickey le enseñó el dedo corazón como respuesta. Eran un maldito show…

[…]

Tenía que llevarme a Liam conmigo a la universidad, no me fiaba de Fiona.

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IAN Y MICKEY:

- Tengo turno doble esta noche en el club, ¿Te pasarás por ahí?

- Sí, claro. No tengo nada mejor que hacer que ver a un puñado de reinas con arrugas refregándose los huevos contra los cachetes de tu culo.