Capítulo 10-
Abro la puerta con pesadez, porque sinceramente no tengo la más mínima gana de meterme allí dentro. A veces pienso que sería mejor dormir en la calle, pero sigo viniendo aquí, como un idiota. Quizás sea porque ésto es lo más parecido a un hogar que he tenido en años. Aunque tampoco estoy de humor para hablar de sentimientos ridículos como ese.
Los hogares no existen, no cabe duda. Al igual que todo lo demás en esta vida, podemos disfrutar de un sitio durante un breve tiempo; y luego el único lugar donde se estaba tan a gusto, es el mismo del que buscamos escapar. Una jaula que juega a retenernos, aunque seamos nosotros los que nos apresamos. Como yo en este momento.
Apenas entro, me llega el fuerte olor a alcohol y a cigarro, de los cuales nunca he llegado a acostumbrarme. No entiendo cómo las demás personas no se quejan, pero allá ellas. Hoy no será el día para averiguarlo. Cierro la puerta y la peste parece aumentar, y a su vez la luz es menos intensa ahora. Atravieso el pasillo, dejando atrás varias puertas, y entro a mi cuarto.
Como me imaginaba, Robert está esperándome.
-Creí que no volverías esta noche.- dice, con la voz ahogada por la cerveza.- Pero me equivoqué. Tus noches de sexo terminan como tu futuro, ¿no es verdad?
Aprieto los puños y me obligo a calmarme. Él no sabe de lo que está hablando. Por lo menos, no ahora. Y de todas maneras, nada me importa lo que pueda llegar a pensar de mi vida.
Miro con asco mi cama, cubierta por su cuerpo de sapo que ha pasado días sin bañarse.
-Qué ironía.- respondo, y lo agarro de la manga de la remera. Levantarlo es sencillo: no opone mucha resistencia y termina en el suelo, riéndose- ¿Qué haces aquí?
No tengo idea por qué me gasto en preguntarle algo en la situación en la que se encuentra. Si este tipo no puede hacer funcionar su cabeza cuando está sobrio, menos aún estando ebrio.
-Tú sabes por qué estoy aquí.- la voz le sale pastosa, y alarga las palabras a la par que me señala de una forma que lejos está de atemorizarme. Se levanta, tambaleándose, y tose.- Me debes el dinero. Y no voy a seguir esperando.
Entonces comprendo cuál es el motivo real que lo trajo aquí. Quería rebuscar entre mis escasas pertenencias, tomando ventaja de mi ausencia, para dar con el dinero que nunca le he dado. Qué hombre más imbécil. Luego de casi diez años, todavía es incapaz de conocerme.
Agradezco la idea de dejar la mochila en el casillero del colegio.
-Vete a dormir, Robert. Ya es tarde.
Asiente con la cabeza, dócil debido a los contrarios efectos que el alcohol causa en él, y musita:
-Pero recuerda que quiero mi dinero.
Lo empujo hacia la puerta, y lo saco de mi cuarto. Cierro la puerta en sus narices de hombre perdido. Oigo que masculla algo, y que su cuerpo pesado se desploma en las baldosas del pasillo.
Improviso una traba con una silla bajo el picaporte, y me arrojo en la cama, aunque no voy a poder conciliar el sueño. De momento, me arrebujo entre las sábanas sin desvestirme, como hago todas las noches, y miro el techo.
Por más que las borracheras de Robert siempre me hayan jugado a mi favor, comienzo a pensar que va a ser hora de terminar la partida.
Cuando me puedo mover otra vez, me peino el cabello con los dedos, y me acomodo el pijama blanco y rosa. En el suelo aún han quedado esparcidos pequeños trozos de vidrio y cerámica, y termino de recogerlos.
Por mi mente desfila lo sucedido esta noche: el supuesto robo, mi desmayo, la lámpara destrozada, Noah Puckerman intentando ayudarme, y su seca despedida. Suspiro. Siempre he guardado la opinión de que los hombres son igual de cambiantes como la marea; pueden representar algo placentero y luego transformarse de pronto en un abismo peligroso que te arrastra si te arrojas en él. Tal vez sea por ese motivo que nunca he estado enamorada.
O eso creía hasta este momento.
Niego con la cabeza, procurando no pensar en nada, y subo las escaleras que me llevan a mi cuarto. En el camino, me detengo a observar mi retrato. Pintada en el óleo, tengo el mentón erguido y la mirada decidida. Las luces y sombras favorecen a mi aspecto para otorgarme seguridad, e incluso hacerme parecer mayor. Me pregunto si así me verá la gente realmente, o si es solo una ilusión causada por un pincel dedicado a exagerar los gestos.
Subo a mi cuarto y cierro la puerta. Me coloco frente al espejo, imitando lo mejor que puedo la expresión que mantengo en la pintura, y determino que definitivamente esa no soy yo. Está bien, siempre me he visto a mí misma como una chica destinada a estar sola debido a su talento, (pues es lo que sucede con los verdaderos artistas, se ven obligados a andar solos para triunfar) y como una persona fuerte. No obstante, la presencia impulsiva de Noah me ha dejado con una extraña sensación de vulnerabilidad, algo que nunca antes he sentido.
Para tranquilizarme, comienzo a cantar el estribillo de una canción de Barbra Streisand que me ha acompañado desde pequeña, luego de Don't rain on my parade: My man. Con esa canción logré pasar a la etapa de las audiciones definitivas de Nyada, por lo que el efecto es aún más poderoso, y después de un rato me descubro cantando con el cepillo a modo de micrófono, y andando por toda mi habitación como si fuera un escenario.
Cuando la última estrofa escapa de mis labios, sonrío. Los aplausos me acompañan por un instante mágico, hasta que vuelvo a guardar el cepillo en su lugar, y todo queda en silencio otra vez. Mi medicina ha funcionado y noto que el sueño me vence. Me arrebujo en las tupidas mantas con el pijama protegiendo mi cuerpo y me dispongo a dormir, hasta que recuerdo en mi piel el contacto de los dedos fuertes de Noah y mis ojos se abren de par en par.
Doy varias vueltas en la cama, intentando quitar de mi mente esa imagen, ese cálido roce. Caigo en la cuenta de que ni siquiera he comido, pero eso no funciona tampoco para desviar mis pensamientos hacia mi estómago vacío. Nada más puedo pensar en él, en sus ojos, en su tensa forma de andar y mirarme. Ignoro cuánto tiempo llevo preguntándome por qué se fue de esa manera; pero cuando mis ojos por fin logran cerrarse, y mi mente decide darme un respiro quedándose completamente vacía de recuerdos, todavía me acompaña la sensación de que hubo al menos una leve conexión entre nosotros.
