Capítulo IX
Arnold recordaba muy bien cuando había despertado. En ese momento estaba su madre y Helga, sosteniéndose mutuamente las manos, sentadas en las sillas más cercanas a su cama, mirando fijamente un monitor que sonaba, señalando el ritmo de su pulso. Uno extremadamente lento que ellas seguían con su mirada. Ni siquiera lo miraban a él, parecían hipnotizadas por el casual sonido de la máquina. Al inicio él no comprendió lo que pasaba, para él había sido hace un segundo que estaba en la preparatoria, peleándose con Big Gino. No, había llegado Helga a rescatarlo y aunque le gustaría decir que él hubiese podido solo, pero debía ser sincero, cuando toda esa gente se preparó para atacarlo, simplemente agradeció la llegada de la caballería.
¿Y luego…? El dolor en su estómago había sido demasiado fuerte y había tenido arcadas. Y no habían parado, la sensación de asfixia fue más angustiante que el dolor de su vientre hasta que todo se esfumó.
El chico intentó hablar, pero le dolía la garganta, le ardía y tuvo que aclararse la voz, llamando la atención de las dos mujeres.
- ¡Arnold! –ambas se levantaron de golpe y se acercaron a su cama, aferrándose a las sábanas, temiendo hacerle daño con el simple tacto.
- ¿Estas bien? ¿Cómo te sientes? –preguntó su madre, tocándole la frente y bajando inmediatamente hacia su garganta, creando una ligera presión- ¿Te duele?
- Un poco… -admitió el chico- ¿Qué pasó?
- Bien, eso es bueno. Voy a llamar al doctor. –explicó Stella y se alejó de la habitación, mucho más tranquila.
En ese momento, Arnold supo que su madre había estado trabajando, llevaba su bata de doctora y todo. Realmente esperaba no haberle complicado nada.
- Eres un tonto. –acusó Helga, temblando, con sus puños cerrados- Tienes una maldita suerte de estar en cama ¡Porque te enviaría a una a golpes si no fuese así! –masculló, sin alzar la voz.
- ¿Qué pasó? –el chico instintivamente se movió a un lado y sintió algo en su antebrazo. Al regresar a ver, notó una aguja conectada a un tubo y el mismo a un suero- ¿Qué pasó? –preguntó alarmado, preguntándose porque tenía una intravenosa.
- Te dio gastritis ¡Gastritis! –acusó Helga, llevando sus manos en puño hacia sus ojos y por un segundo solo tembló de frustración e ira incalculables atrás de ese gesto- ¡Gastritis! –repitió, desde su escondite y bajó los brazos.
- No entiendo… -Arnold sabía de gastritis un poco y no recordaba que la gente que la tuviese terminase en el hospital… No así… No siempre ¿Verdad?
- A veces… -Helga comenzó a caminar en frente de él, hacia los pies de la cama, llevando sus manos a su espalda y mirando el techo. Al parecer esa acción la había hecho algunas veces mientras él había estado inconsciente- Cuando tienes gastritis y no lo sabes, sigues empeorando, se acumula el ácido de tu estómago, los malestares empeoran… Y puede ocurrir que tu estómago se sienta mal y quiera expulsar ese ácido hacia afuera pero no puede porque es parte de tu estómago. Del sistema del estómago. –aclaró, se detuvo y lo regresó a ver, como si le acusara de que su estómago decidiera enfermarse- Así que no puede hacerlo, por mucho que se esfuerce no puede expulsar algo que es parte de sí mismo. Por lo que las arcadas se intensifican y no te dejan respirar, lo cual te puede hacer desmayar por falta de oxígeno pero tu cuerpo seguirá intentando sacar el malestar. Las arcadas continuarán y seguirás sin poder respirar hasta que se detenga el mecanismo de defensa del cuerpo y se calme. Los paramédicos tuvieron que usar una jeringa con el medicamento y metértela en la boca hasta tu garganta y dejar que así el medicamento cayera sin que lo vomitaras. Inmediatamente dejaste de convulsionarte, de tener arcadas y comenzaste a respirar. Te trajeron aquí para chequeos y te hicieron una endoscopía ¿Quieres saber qué descubrieron? –acusó, levantando la voz.
- ¿Qué…? –Arnold sentía como si hubiese hecho algo mal… o su estómago.
No entendía cómo es que tenía gastritis, nunca la había tenido ¿Eso explicaba los malestares que sentía? ¿Las mariposas y quemazón que le cortaba el apetito cuando tenía nervios o estaba enojado? ¿Acaso… todo ese tiempo, cuando sentía un peso en su estómago eran síntomas de una enfermedad en lugar de algo normal?
- ¡Nada! Tu estómago esta muy sano. Muy rosado. –ella enmarcó una ceja.
- Eso es… ¿Bueno, no?
- Sí y no. No tienes daños graves, no tienes nada mal en tu estómago. Significa que tu gastritis es por estrés. –lo fulminó con la mirada- ¡Estrés!
- Sintomatización. –Stella entró, un hombre joven firmaba unos papeles afuera y saludó a Arnold desde afuera- A algunas personas les da dolor de cabeza, otros tienen tortícolis por la tensión. A ti te dio gastritis por estrés. –la mujer avanzó hacia su hijo, hasta el lado de su brazo y le retiró la aguja lentamente, mientras limpiaba su herida- Una investigación psicológica dice que este tipo de gastritis es porque literalmente te comes tus comentarios, en lugar de decirlos. –la mujer le observó con cierta resignación- Mi bueno y amable niño… algo me decía que esto te pasaría, pero nunca así.
- No entiendo… -Arnold se acarició el brazo donde había estado la intravenosa.
- Tu madre quiere decir que siempre has intentado ser bueno, amable y positivo. Un buen chico. –explicó Helga, sentándose a los pies de la cama, mucho más tranquila después de haberse desahogado- Para serlo, has escondido los enojos, la frustración y quien sabe qué más. Tiene sentido, cuando éramos niños muy rara vez te enojabas cuando te molestaba, siempre respirabas y seguías. –la chica negó suavemente- Ahora se te acumuló eso. Pero también eso explica… -le miró fijamente- porque te dio ahora.
- ¿Ahora? –consultó Arnold.
- ¿No te has dado cuenta? He querido hablar de eso contigo hace unos días, Arnold. –la chica ladeó el rostro, ligeramente sorprendida- Te he notado demasiado pasivo y tranquilo, como si no quisieras molestarnos o intervenir. Y Dios sabe que cientos de veces debiste haberlo hecho. Al inicio creí que estabas cansado o que Gretel estaba buscando callarte, como un juego. Pero fui notando que esta actitud era en general, te volviste un fantasma silencioso.
- Por años… -admitió el rubio, bajando la mirada- no te vía feliz. Hasta hace poco. No quería arruinar eso. –sonrió culpable- Me siento responsable por esos años que todo el mundo te marginó y estabas sola. Yo debí hacer algo, lo que fuese. Pero en lugar de eso… -respiró hondo, porque sintió una punzada en el vientre por ponerse tan apasionado- Pero en lugar de eso, miré hacia un lado. Me juré que te haría feliz y… pensé que mi silencio te haría feliz, permitirte hacer todo lo que por años no hiciste… Después de todo no estabas haciendo nada estrictamente malo y yo no soy nadie para decirte que no me gusta algo que haces.
- Pues eso fue una estupidez. Tú eres mi novio, tienes derecho a decirme tu opinión. –Helga ni siquiera se limitó por estar la madre del chico ahí- Necesito tus normas, tus consejos, el que me digas que hay un límite. –deslizó sus dedos, nerviosamente, por entre sus cabellos- Necesito que me digas cuando parar, porque a veces no lo hago y puedo herir a la gente. –lo señaló- Puedo herirte y no darme cuenta hasta que sea tarde. Y aquí estamos, en un ejemplo viviente. –lo miró seriamente- Deja de intentar ser bueno y dulce en todo. No quiero un novio bueno, dulce y amable. Te quiero a ti, pensé que eso lo dejamos claro hace mucho.
Arnold sonrió culpable y bajó la mirada. Cuando oía eso, solo podía recordar que Helga no era la única que le había hecho ver las veces que se había limitado, recordaba a Gretel diciéndole que marcara territorio, a Will diciéndole que la gente no sabría si algo no le gustaba si no lo decía, a Lila recordándole la importancia de los límites, a Gerald diciéndole que fuese más activo. Todos se lo habían dicho, pero cuando Helga se lo decía y señalaba las obvias causas de su silencio y sobreesfuerzo… Solo podía sentirse como un idiota.
- Lo siento. En serio…
- Más te vale comenzar a actuar más como tú. –la chica frunció el ceño, determinante- Porque si vuelvo a ver que te estas limitando, guardando tus opiniones o algo… Voy a terminar contigo. –sentenció y su voz tembló al final, por lo que se cruzó de brazos, mirando a un lado.
El chico abrió los ojos con sorpresa, pero antes de que pudiese decir algo escuchó la suave riza de su madre junto a ellos.
- No quisiera interrumpir esto, pero tiene mucho sentido que pasara todo esto. Hijo, eres adolescente, ahora tus hormonas hacen que tus emociones sean más fuertes, retenerlas en la prisión en donde las guardabas también te debió costar más. Y eso perjudicó tu cuerpo. –la mujer acarició el cabello del chico, siendo la brisa calma después del huracán- Si no hubiese sido por Gretel, la ayuda hubiese llegado tarde y te hubieses ahogado, la falta de oxígeno hubiese podido hacer daños a tu cerebro. –la mujer respiró hondo y sonrió con gratitud y tristeza al mismo tiempo- Pero no fue así… ella te salvó, actuó rápido y supo que hacer. El resto actuó como cualquier persona haría, corrió a tu ayuda, preocupados, pero ella supo lo que te pasaba y lo que necesitabas. Gracias a eso, no tuviste problemas mayores y solo te internaron para un chequeo. Por eso puedes irte, el doctor Allens ya te dio de alta.
- ¿Y dónde está ella? –Arnold miró el reloj, eran las tres de la tarde- ¿Está trabajando? –preguntó, sonriendo de lado.
La heroína de su vida seguramente prefería celebrar su victoria vendiendo localizadores y celulares.
Stella adquirió una pose profesional, pacificadora y amable, como si tratara con el familiar de una paciente y no con su hijo. Helga… había bajado la mirada y enterraba su puño contra la cama.
- ¿Mamá…?
- ¡Esa idiota! –explotó Helga, parándose- ¡Esa idiota actuó con el mismo impulso prepotente y descuidado de siempre!
- Helga… -rogó Stella, intentando acercarse a ella, pero esta dio unos pasos para alejarse.
- No… usted sabe que es verdad. –la chica regresó a ver a Arnold, respirando agitada- La atropelló un auto, por ser zona escolar, iba a poca velocidad pero la empujó con la suficiente fuerza para que atravesara un escaparate. –simplemente se giró y dio un puñetazo a la pared, el impacto fue tan fuerte que retumbó la puerta de cristal.
- Ella está bien. –se apresuró a decir Stella, notando como su hijo se ponía pálido- Ella está bien. –repitió, mirando a Helga- Su padre quería que fuese a un hospital en Washington pero debía ser atendida inmediatamente. La operación debió terminar hace poco. No hay complicaciones.
- ¿Operación? –Arnold negó por su pregunta y se sentó, agradeció que estuviese vestido, lo cual indicaba que había llegado a Urgencias simplemente- No… ¿Dónde está el resto?
- Esperando a que ella salga, lleva ya cinco horas en cirugía. –Helga se levantó- ¿Cómo te sientes?
- Perfectamente bien. –aseguró, amarrándose los zapatos y parándose. Lo cual era agradable, no había mareos y se sentía con energía.
- Arnold, deberías descansar. –le recordó Stella, aunque notaba esa mirada de terquedad en los ojos de su hijo, por lo que le pasó su chaqueta y este se la puso- Yo debo atender a otros pacientes, pero he ido entre turnos a verla. Por lo que me informaron estaban por llevarla a su habitación, yo de ustedes iría allá.
Helga asintió y apreció la mano del chico alrededor de la suya, mientras salían. El ambiente del hospital, blanquecino y limpio era agradable en esa zona, el hospital de Hillwood tenía su zona de urgencias bien cuidada y casi no tenía pacientes. Pero cuando salieron de ahí fue diferente, la recepción y sala de espera eran ligeramente más lúgubre, con personas caminando de un lado a otro, preocupados.
La chica lo guio al ascensor y aplastó el botón del sexto piso.
- No es la primera vez que la operan. –explicó ella, como si le quitara importancia- Aunque esta vez es un caos, todo el mundo está esperando por ella. En Alemania solo éramos Elizabeth, mi tío y yo. –se encogió de hombros- Y no es la primera vez que la atropellan.
- ¿Qué? –Arnold le regresó a ver con sorpresa.
- Una vez cruzó la calle sin ver y una motocicleta no alcanzó a frenar a tiempo, por suerte esa vez solo le hundieron las costillas ¿Sabes lo que hizo ella? –sonrió frustrada- Intentar patear al motociclista. –rodó los ojos- No tiene límites. No conoce los límites.
- No le importan… -corrigió Arnold y se cruzó de brazos, mirando el suelo.
- No te guardes los comentarios, cabeza de balón. No te quiero otra vez hospitalizado. Gretel y tú deben turnarse la próxima vez. –amenazó, mientras las puertas se abrían.
- Siento que es mi culpa…
Helga le dio un fuerte puñetazo en el hombro, deteniéndose abruptamente.
- No digas eso. –le advirtió- Ella sabía en lo que se metía. Gretel es responsable de sus acciones. Si te escucha lamentarte, se enfurecerá, porque fue únicamente ella quien hizo todo eso y tuvo ese resultado. –sonrió de costado- No la malcríes haciéndola pensar que puede lanzarle la culpa a otro por sus imprudencias.
- Yo… -asintió y le lanzó una mirada a la chica, esta lucía segura y fuerte, muy lejana a la chica ansiosa y enojada que vio al despertar- Te veo tranquila ahora… -comentó Arnold, avanzando entre los corredores.
- Lo estoy, solo estoy furiosa con ustedes dos. Ya sabía que lo de ambos no era grave, pero eso no quitaba mi serio enojo con ustedes. –le comentó.
Pero sorpresivamente fue cortada por un pequeño rayo negro que embistió a Arnold y se aferró al mismo, abrazándolo. Ambos chicos se extrañaron al ver a una niña ocultar su rostro contra el cuerpo del chico y frotarse contra el vientre de él, sonriendo. Helga fue la primera en reconocerla y se arrodilló a su altura.
- ¿Aura?
La niña que una vez habían visto en un amarillento camisón, completamente sucia y salvaje, parecía otra persona después de estar duchada y peinada. Aura tenía el cabello ligeramente ondulado, negro, cayendo hasta sobre sus caderas, tenía un vestido negro de tirantes con una cinta roja a la cintura que terminaba en un lazo en la parte de atrás. El rostro canela mostraba dos lunares negros debajo de su ojo derecho y unos labios color vino que pasaron de la sonrisa gratificante a una pequeña y traviesa al mirar a Helga.
- Mamá. –canturreó la niña, inclinándose hacia la rubia, logrando sorprenderla y luego observó a Arnold, abriendo sus grandes ojos negros- Papá.
- ¿Qué? –ambos se miraron entre sí, confundidos, mientras la pequeña sonreía.
- Mamá y papá. –repitió, señalándolos- Buenos. –recalcó, abrazando otra vez a Arnold y respirando hondo, enterrando su rostro contra el vientre de él- Papá huele bien…
- ¡Aura! –los dos chicos, petrificados, regresaron a ver a la dueña de la voz.
Elizabeth, con su ejecutivo traje de pantalón, llegó a ellos, desde una habitación y se sorprendió ante la imagen.
La niña se escabulló atrás de Arnold y le sacó la lengua.
- Bruja. –acusó- ¡Bruja! –repitió.
- Silencio. –regañó Helga, instintivamente y en el acto Aura se mordió el labio inferior, apenada- ¿Podrías explicarme qué hace Aura aquí?
- El señor von Bismarck estaba visitando a Aura cuando todo ocurrió y ella escuchó parte de la conversación. Casi demandó venir con él y se lo permitieron. –explicó- Después de todo… era la primera vez que pedía algo. –mirando a la niña, extendió su mano- Ven, Aura.
- ¡No! –agarró la tela de la chaqueta de Arnold y enterró sus dedos, hablando desde ahí- El abuelo y tú quédense con la tía. –pidió- Yo quiero estar aquí.
Helga enmarcó una ceja ¿Abuelo? ¿Tía?
El Almirante y Gretel…
- ¿Me podrías explicar qué ocurre…? –pidió Arnold, observando a Elizabeth, pero esta clavó su mirada con total fríamente sobre él.
- Espero que haya valido la pena que la señorita Gretel se arriesgara por usted. –respondió en cambio, casi escupiendo las palabras.
- ¡Valió la pena! –chilló Aura, sacándole la lengua.
- ¡Silencio! –ordenó Helga, a ambas.
- Lo lamento, señorita. –Elizabeth hizo una reverencia, sintiendo sus mejillas sonrojadas- Por favor, cuide de la niña mientras llamo a su tío. –pidió y regresó sobre sus pasos.
- No te enojes, Helga. –pidió Arnold y extendió su mano para que Aura la tomara y se aferrara a esta, parándose junto a él.
- ¡Ella no debería tratar así! Elizabeth no es así.
- Pero es comprensible su actitud. Cuando estábamos en San Lorenzo yo solo podía pensar en algo similar. Solo esperaba que la Gente de los Ojos Verdes valiera la pena para que yo hubiese perdido a mis padres todos esos años. Creo que es un sentimiento normal atacar a otros cuando se siente dolor.
- Supongo que tienes razón… -admitió Helga y regresó a ver a Aura, con extrañeza.
- Supongo que luego podremos aclarar esto. –intervino Arnold, señalando la habitación- Ahí debe estar Gretel ¿Verdad?
- Si… Ven, Aura.
- Si, mamá. –respondió educadamente, sin soltar la mano del rubio.
Los tres ingresaron en la habitación y se sorprendieron al encontrar lo aglomerado que estaba el lugar. Helga se preguntó si era posible que tanta gente fuese permitida en una habitación, por muy grande que esta fuera.
Ahí estaba su tío, Elizabeth, por supuesto, Lila, Gerald, Phoebe, los padres de Will y el chico, además de Miles y los abuelos de Arnold.
- Ellos… -susurró Helga, refiriéndose a la familia del chico y su mejor amigo- estuvieron contigo hasta que te estabilizaste, dijeron que iban a ver cómo iba Gretel y parece que justo salía del quirófano. Si te hubiese despertado minutos antes los hubieses visto… –explicó y Arnold asintió.
- Les rogaría que solo los familiares se quedaran. –pidió la enfermera que estaba acomodando a Gretel y tapaba la vista del rubio hacia la chica.
Poco a poco fueron saliendo personas, muchas se detuvieron a saludar y abrazar a Arnold. Al final se quedó el Almirante, Elizabeth, Lila, Will, los dos rubios y Aura. La enfermera se sorprendió y miró a los dos pelirrojos que destacaban en el cuadro.
- Ellos también son de la familia. –respondió secamente el Almirante, enmarcando su ceja.
La enfermera asintió y se retiró en silencio. Pero Arnold no estaba listo para lo que observó. Gretel estaba en cama, con vendajes en sus brazos, tenía un yeso en la pierna izquierda, que estaba elevada. La chica tenía un parche en el lado derecho de la frente y su rostro, milagrosamente, no lucía con moretones, pero sus manos estaban envueltas en vendajes. A su lado había varias bolsas junto al suero, que entraban a la mano de la chica por una intravenosa y otros tubos parecían meterse por las sábanas. Gretel tenía los ojos cerrados pero lentamente se formó una sonrisa en sus labios.
- ¿Ya se fue…? –murmuró y se aclaró la garganta.
- Si… la enfermera ya se fue. –respondió Helga, avanzando hacia su prima- Esta vez la hiciste en grande.
La alemana abrió los ojos y se observó, apretando sus labios, como si en lugar de yesos y vendaje, hubiese querido ver partes de robot.
- Cuatro extremidades, un torso, todos los sentidos… Creo que estoy estupenda. –sonrió encantada, su mirada se fue hacia su padre- ¿Reporte de daños? Y dime que son fracturas todas, nada de esguinces.
- Fracturas. –aceptó el hombre- En pierna izquierda y tres costillas se te hundieron. Cortes menores en piernas y brazos, cicatriz en…
- ¿Ceja derecha? –preguntó Gretel, sonriendo- ¿Por eso el parche? –el hombre asintió- ¿Otro lugar?
- Tu vientre bajo… -y el almirante se calló, mirando a Aura.
Elizabeth notó el gesto y en silencio se acercó a la niña y extendió la mano. Aura observó a Helga y esta asintió, por lo que aceptó el gesto y salió de la habitación con la mujer.
- Tu útero fue comprometido, un cristal atravesó tu vientre y perforó la parte superior de tu útero. –explicó el hombre cuando notó que la niña salía- La cicatriz fue limpiada y cerrada, pero tuvieron que hacerte una histerectomía laparascópica…
- ¿Parcial, total o radical? –preguntó rápidamente Gretel y regresó a ver a Arnold, por alguna razón no miraba a Will ni a Lila, mejor dicho, ellos miraban el suelo, sin hablarle- Elizabeth, hace unos años…
- Cuatro. –le recordó su padre.
- Hace cuatro años tuvo un problema con su menstruación y tuvieron que hacerle una histerectomía, es decir, una extracción del útero, por eso sé qué es… y cómo se pasa por eso. –respondió frustrada la alemana, cerrando los ojos.
- Parcial y gracias a que fue laparascópica, la intervención fue menor. Solo debes quedarte un día en el hospital, la enfermera vendrá pronto para darte indicaciones.
- Las conozco. –acusó la chica, frustrada- No moverme por semanas… Solo caminar y caminar, pero nada más. Y debo estar sinceramente bien anestesiada como para que no me duela. –se frustró y abrió los ojos- Pero no voy a poder caminar… -se miró la pierna fracturada.
- Ya tengo eso arreglado. –respondió Klaus, sentándose en el sillón frente a ella.
Gretel por fin observó a ambos pelirrojos, parados en un rincón, Lila abrazaba a Will, conteniendo un llanto silencioso, mientras este la abrazaba y se le notaba destrozado.
- ¿Y a ustedes qué les pasa? –preguntó extrañada- ¿No creen que merezco un poco de amor azucarado, meloso y patéticamente exagerado por mi lamentable situación?
Arnold notó que los chicos no respondieron, Lila contuvo un ligero hipido y Will la abrazó más fuerte. Lentamente… el chico comprendió.
- Se sienten culpables. –respondió el rubio, mirando a Gretel- Pero no entiendo porque… -y quiso agregar que él era el culpable, pero Helga cerró su mano en su codo, como una advertencia.
- Espera… más importante aún. -la alemana estuvo a punto de sentarse, pero sintió el tirón interno en su vientre y se quedó recostada- ¡Will! –demandó, haciéndole gestos para que se acercara- ¿Qué te pasó en el ojo?
Nadie se había dado cuenta, porque era apenas perceptible por el cabello del chico, pero este tenía un moretón en todo el costado del ojo derecho. El chico se sorprendió y soltó a Lila, acercándose a Gretel, pero al llegar a su lado, se dejó caer sobre sus rodillas, a los pies de la cama de la chica y apoyó su cabeza contra la cama.
- ¿Podría alguien explicarme qué ocurre? –preguntó algo asustada la alemana- ¿Alguien? Este excesivo drama silencioso me está molestando.
- Es nuestra culpa. –explicó Lila, avanzando hasta la cama y apoyando su mano en el hombro del silencioso pelirrojo- El guardia te agarró de las extensiones y por eso no esquivaste el auto.
- Yo te pedí que te las pusieras, -susurró el chico, aun con el rostro oculto- fue una estupidez…
- Y yo te animé a hacerlo, yo te escogí específicamente esas, así de largas, que te las pudieras poner y sacar diariamente… -Lila pareció estar a punto de llorar.
Pero Gretel se rio por lo bajo gracias a la herida que tenía y desordenó el cabello del pelirrojo, estirando con eso la intravenosa y conteniendo un gruñido, por lo que lo soltó.
- Pudo haber pasado de cualquier forma, agarrado mi leotardo o mi chaqueta. Ustedes son unos llorones. –acusó- Estoy bien. –recordó, mirando a Arnold- Diles que estoy bien.
- ¿Por qué yo…? –preguntó extrañado.
- Porque a ti te van a creer. –explicó la chica, guiñándole un ojo.
- Pero… -Will levantó el rostro- Gretel…
- Si, Will, tú me pediste que me pusiera las extensiones y si, Lila, tú escogiste estas largas pero olvidan algo. –su mirada brilló un momento- Yo decidí usarlas. Si yo no hubiese querido suavizar mi apariencia y probar algo diferente, no lo hubiese hecho. No importa si se trata de mi mejor amigo y mi novia, si no quiero hacer algo, no lo haré. –regresó a ver a Helga- ¿Verdad?
- Terca como nadie. –aceptó la chica, encogiéndose de hombros.
- Así que dejen de lamentarse, me van a deprimir. –ordenó, sonriendo- Y si me deprimo no me curaré rápido. Lo que necesito es mucha adulación y cariño. –comentó divertida- Por ejemplo, admitir que me veo extremadamente bien -bromeó.
Ambos pelirrojos cruzaron miradas y asintieron, sonriendo levemente. Por el bien de Gretel no admitirían que por dentro sentían que le debían todo a la chica. Pero Arnold notó como
El celular de Will sonó sorpresivamente pero fue Lila quien lo sacó del bolsillo de su uniforme y colgó, mirando al pelirrojo.
- ¿Me perdí de algo? –murmuró Gretel, extrañada.
- No te enojes por esto. –rogó Will- Pero… tenía una cita con Charity y le dije que no iría. Desde entonces no deja de llamar a pesar de que le expliqué la situación.
- Vaya… creo que tengo maneras muy extremas de arruinar tus citas. –bromeó Gretel y luego se encogió de hombros- No lo lamento. Ni un poquito ¿Sabes?
- Así veo… -el chico le acarició la mejilla- Mi chica imposible. –se inclinó y besó su frente- Me agrada que no lo lamentes.
- Ahorita te agradaría cualquier cosa que hiciera…-comentó la chica, apartando el rostro para mirarle fijamente- Ambos. –miró a su novia- En este momento podría decir que me quiero casar con Will pero que quiero que tengan hijos entre ustedes y ponerles Primaria, Secundaria, Terciaria… y ambos aceptarían. –los dos se miraron por un momento y no contestaron- La culpa los vuelve mis esclavos… -les acusó, rodando los ojos y apartó la mirada de ellos, para mirar a Arnold- Así que… ¿Estás bien?
- Muy bien, tengo gastritis. –sintió que le debía un reporte de daños como ella decía- Gracias por salvarme. –el chico no podía simplemente quedarse sin decir nada. Ya era mucho el quedarse varios pasos lejos de Gretel, porque en ese momento quería abrazarla, pero al verla tan herida, temía dañarla.
- Hey… eres parte de la manada y la manada se cuida. A toda costa. –le recordó la alemana- Oh… estoy muy drogada… me siento tan tranquila como una gata bajo el sol… -se quejó, sonriendo- Me quiero desintoxicar… prefiero el dolor a esta sensación de mareo y deseos de unicornios en arcoíris de dulce…
- Es para que no te duela. –le recordó su padre, frunciendo el ceño- Necesitas esos medicamentos.
- Necesito salir de aquí. –corrigió ella, entrecerrando los ojos- Necesito hacer algo de mi vida además de ser objeto de pena y dolor. En este momento montaría la espalda del señor lobito y me iría hacia donde apunta el sol.
Arnold sonrió, definitivamente la cargaría en su espalda cuando pudiese.
La puerta se abrió sorpresivamente, entrando una joven enfermera que observó a todos los presentes y luego a la paciente.
- ¿Cómo te sientes?
- Como una gata bajo el sol. –repitió ella.
- Que bueno… -la mujer sonrió sin entender, pero continuó- ¿Te explicaron lo que ocurrió? –Gretel asintió- ¿Tienes alguna duda? ¿Quieres que te lo vuelva a explicar?
- Tengo una duda vital. –dijo la chica- ¿Esto afectará a mi vida sexual? –soltó.
Y Klaus se levantó, completamente serio, negó en silencio y salió de la habitación, murmurando algo en alemán que hizo reír a Helga.
- "Imprudente, malcriada" –tradujo la rubia.
La enfermera abrió los ojos y luego sonrió, observando a Will.
- Lamentablemente tendrás que esperar ocho semanas para retomar tu vida sexual normal, aunque puedes tener estimulación externa ya en dos semanas. –la mujer observó al pelirrojo- Tampoco puede hacer mucho esfuerzo, ni moverse mucho. Y al menor dolor deben detenerse y acordar una cita con el ginecólogo de cabecera.
- Eh… -Lila levantó ligeramente la mano, sonrojada- Yo soy su novia. –la alemana soltó una risa pequeña y luego se quejó por el dolor.
- Oh… perdón. –la mujer abrió los ojos con sorpresa- Yo… bueno…
- Gracias por la información. –admitió Will, riéndose libremente.
- Bueno… lo mismo que le dije al joven. –se apresuró a decir la enfermera- Debe estar en total reposo dos semanas, pero cada hora debe levantarse y dadas sus heridas, subir y bajar el cuerpo, apoyándose en la punta de su pie bueno. Obviamente, no podrá caminar hasta que su pierna sane. –la mujer se acercó a la cama y regresó a ver a los presentes- Voy a prepararla para que los ejercicios que deberá hacer de ahora en adelante… agradecería un poco de privacidad.
- Yo igual. El atractivo de mi juvenil cuerpo está algo maltrecho. –Gretel rodó los ojos, al notar que todos le observaban preocupados cuando la enfermera quitó la sábana y se notó sobre el camisón de enferma manchas de yodo y sangre- Oh… por favor… hasta yo sé que no son frescas…
- Vengan… -ordenó Helga, porque ni ella podía superar ver a su prima así. Casi tuvo que arrastrar a Lila fuera de la habitación y cerró la puerta a sus espaldas- Dejen esas caras ¡Ahora! –ordenó, fulminándoles con la mirada.
En ese mismo momento Aura corrió a ellos y se volvió a abrazar a la pierna de Arnold, mirándoles fijamente.
- Sigan… yo no estoy. –cerró los ojos, como si eso la hiciera invisible, con una sonrisa traviesa.
- ¿Qué hace Aura aquí? –preguntó Lila, reconociendo a la pequeña del orfanato.
- Mi tío la estaba visitando y la trajo. –Helga se encogió de hombros, quitándole importancia- Aura… -la niña levantó la mirada inmediatamente, preparada- Vuelve con Elizabeth y espera ahí.
- Está bien. –asintió y se alejó sin la menor duda, volviendo a tomar la mano de la mujer, que parecía estarse acostumbrando a que la niña se moviera sin su consentimiento pero siempre volviese.
- Te hace caso en todo. –comentó Arnold, sorprendido.
- Natural. –la rubia sonrió de lado, con cierta prepotencia.
- Tal vez para ti que estás acostumbrada a Gretel y su padre. –intervino Lila- Pero los niños no suelen seguir las órdenes de nadie así de fácil. Menos con tanta tranquilidad y sin protestar. Casi parece que Aura hubiese sido entrenada para eso. Pero en un curso acelerado, para tener Seis años.
- ¿Seis? –Will observó a la pequeña niña, con su rostro redondo, ligeramente más grande que el resto de su cuerpo, su tan delicado cuerpo, con brazos y piernas muy delgadas a la vista del vestido y los grandes ojos negros- Parece de tres…
- Pero eso explica su vocabulario… -Helga observó a Lila y a Arnold, los únicos que con su única presencia podían detener su razonamiento lógico en voz alta. Si la niña tenía seis años y lucía así, significaba que no había sido alimentada correctamente, posiblemente no había estado al sol demasiado tiempo y ¿Quién sabía que más había ocurrido para que la niña no recordara nada? –…Concentrémonos en Gretel. –propuso, retomando el tema- Van a enfurecerla si la siguen mirando de esa manera. –observó a ambos pelirrojos con tal seriedad que Lila dio un paso hacia atrás.
- Creo que no entiendes. –apuntó Will, completamente serio.
- Si, si entiendo. Ustedes dos se sienten culpables por lo que ocurrió. Ella les cumplió un estúpido capricho que no tenía nada de malo y para su mala suerte fue ese cabello el que la tiene en el hospital. Claro, según ustedes. –Helga rodó los ojos y se cruzó de brazos- Pero ustedes no saben lo que hubiese pasado. Si, tal vez sin esas extensiones no le hubiese pasado nada o tal vez no ¿Y qué? Ella los necesita. Y no por las heridas. –puntualizó.
- Lo que viene después es la peor parte… -concluyó Arnold, llevándose una mano al mentón, meditando la situación, leyendo entre líneas, lo que se le hacía bien excepto cuando la situación se trataba sobre él- El aburrimiento. –miró a Helga y esta asintió, animándole a continuar- Lo peor que puede pasarle a Gretel es aburrirse y ahora esta temporalmente inmovilizada. Cuando esta aburrida hace tonterías, es como una niña. Si quieren sentirse bien con ustedes mismos, deben mantenerla distraída, activa. No la dejen sola, porque eso no le gusta. Y estoy seguro que intentará alguna locura por su cuenta si se encuentra sola.
- Me sorprendes, novato. –admitió Will, apoyando su mano sobre el hombro del chico- A pesar de tantas cosas… te has dedicado a observar a Gretel bien.
- A todos. –admitió Helga, mientras negaba- Parte de su habilidad es meterse en tu piel sin que te des cuenta ¿Recuerdas?
- Aun así, gracias. –Lila sonrió mucho más tranquila, aunque su mirada lucía ligeramente triste, estaba empujando sus sentimientos negativos a un lugar que nadie pudiese ver- Tienes razón, ella nos necesita.
La puerta se abrió ligeramente, dejando entrever el rostro de la enfermera.
- Chicos… -miró a Arnold y a Will- ¿Podrían ayudarme? –abrió la puerta- Ya pueden entrar.
Gretel estaba sentada, manteniendo su pierna enyesada elevada. Por unos segundos lucía sinceramente concentrada pero al segundo pareció aburrirse y observó el techo, abriendo y cerrando la boca, como un pez fuera del agua.
- Alguien… haga algo… todo es… tan… silencioso… -levantó la mirada hacia Arnold- Canta para mí.
- ¿Qué? –el chico se señaló, extrañado.
- Estuviste en un musical ¿No? Significa que cantas medianamente bien… -aprestó sus labios entre sí- ¿Sabes qué? Mejor no… eso no es entretenido ¡Actúen para mí!
- Señorita… lo que debe hacer ahora es levantarse.-se apresuró a decir la enfermera.
- Tengo la pierna enyesada. –le recordó la alemana.
- Y por eso traje a la caballería. –señaló la enfermera a Arnold y Will, pero el pelirrojo se adelantó y con facilidad tomó a la chica de sus antebrazos y la levantó, haciéndola apoyar sobre él- …o se lo dejamos a él.
- Si se trata de levantarla, se podría decir que soy un experto. –bromeó Will.
La alemana rodeó con sus brazos el cuello del chico y comenzó a ejercitarse, apoyándose sobre la punta de su pie, elevándose y dejándose caer.
- ¡Aura! –una voz fuera los distrajo y por puro instinto Helga se giró, lista para levantar su voz con una orden.
- Yo voy. –se ofreció Arnold, notando que cuando la chica hizo eso, Gretel había lucido algo frustrada. Al rubio no le extrañaba ese acto, de seguro quería pasar también tiempo con Helga.
La vieja loba celosa de una niña ¿Eh?
Así que el chico no dejó que hiciera nada y salió de la habitación, cerrando la puerta a sus espaldas. Casi de inmediato escuchó la voz de Gretel muy animada y a Helga exasperada. Arnold aun recordaba que la alemana le había advertido que necesitaba pasar tiempo con su prima diariamente y él había accedido. Por lo que, de esa manera, mantenía su promesa.
Al salir, esperó encontrarse con la niña correteando por el lugar, pero para su sorpresa el grito de Elizabeth había sido una llamada de atención… algo peculiar. Arnold tuvo que disimular la sonrisa, cuando encontró a la pequeña, subida en el regazo del Almirante y él fruncía la mirada, observándola fijamente… La niña usaba un marcador negro para seguir la línea de las arrugas de su frente y dejarlas rayadas. Elizabeth estaba parada al costado, con las manos en las caderas y muy seria. Pero Aura seguía tranquila, siguiendo con fascinación las líneas.
Por supuesto, un niño promedio se daría cuenta del alto contenido de significados que había ahí y dejaría de hacer lo que estaba haciendo. Pero Aura no entraba en un grupo promedio. Y el Almirante, en su terquedad, no salía de su clásica actitud de regaño silencioso pero letal. Muy seguramente, el hombre había logrado mantener a raya a Gretel con solo la mirada y a lo mucho, con una llamada de atención de alguna niñera. Pero Aura, desentendida de esas normas, creía que era un juego, pues nadie le decía que no hiciera nada, ni la alejaba de su marcador. La terquedad de Klaus para no moverse era admirable, llegaba a un nivel tan alto, que solo se podría comparar con la mismísima Helga.
- ¿Aura…? –preguntó el chico amablemente.
La niña se detuvo sorpresivamente y regresó a ver tan rápido, que su cabello negro golpeó como un látigo el rostro del Almirante. Y aun así, este ni parpadeó, manteniendo la mirada seria y la actitud estoica.
- ¡Papá! –la niña regresó a ver a Klaus, sin darse cuenta que su cabello volvía a golpearlo. Elizabeth dio un paso hacia ella, extendiendo su mano en su dirección y sin saber correctamente cómo evitar sus imprudentes y poco predecibles movimientos- Ya vuelvo. –anunció la niña, dejando el marcador entre los brazos cruzados del Almirante.
Aura se bajó del regazo del hombre, sacudió su falda un par de veces y corrió a Arnold hasta abrazarse a sus piernas. El chico deslizó sus manos por el cabello de la niña, sorprendiéndose en el acto de la suavidad que sentía. Arnold aún tenía en la mente grabada la escena de la pequeña niña, completamente sucia, despeinada, escondida atrás de unos basureros. Le costaba identificar a la fierecilla de ese entonces con la cálida niña que se aferraba a él con fuerza.
- No te vayas ¿Si? Quédate. –pidió la niña, levantando el rostro.
Pero Arnold logró ver el monstruoso dolor que asechaba en los ojos negros de la pequeña, amenazando con salir, como una fiera herida.
- Pensaba que podríamos pasar juntos. –ofreció el rubio, extendiendo su mano a ella.
Aura asintió, sonriendo, pero no se movió, simplemente entrecerró los ojos y respiró hondo, hundiendo el rostro en el vientre del chico.
- Papá bueno. –aseguró la pequeña- No te vayas ¿Si? Quédate para siempre, papá bueno. –pidió, sin intención de soltarlo.
Arnold pudo sentir algo en su corazón, una sensación cálida que le hizo sonreír inevitablemente a pesar de la extraña sensación de melancolía.
¿Qué había pasado con ella para haberla encontrado en tan lamentable estado?
- No me voy a ir. –prometió y solo entonces, Aura tomó su mano y comenzó a guiarlo hacia el Almirante- Me tienes que prometer algo muy importante. –recordó el chico.
- ¿Qué? –la niña levantó la mirada y jaló de la mano de Arnold, justo en dirección del Almirante, quien se tocaba la frente, como si no creyese que un niño pudiese hacerle algo así.
- No vas a volver a dibujarle cosas en la cara a la gente. Por lo menos, no sin su autorización. –le dijo el chico, logrando sorprender a Klaus en el acto.
- ¿Eso es una orden? –susurró la niña, meditabunda.
- Creo que se podría decir.
- Entonces dilo como tal. –concluyó ella, encogiéndose de hombros.
Arnold le observó con extrañeza, sin entender. Por un momento deseó que Helga estuviese ahí, porque parecía que solo ella podía entenderse con Aura cuando se trataba de límites.
- Se encuentra completamente prohibido dibujar, rayar, escribir o garabatear en el rostro de las personas. Eso es una orden. –la voz de Elizabeth sonó con más seguridad. Y el efecto fue inmediato, Aura le regresó a ver con un movimiento de su rostro, similar al de una serpiente y ladeó el rostro, midiendo las facciones de la mujer.
- Entendido. –acordó, tranquila y regresó a ver al Almirante, entrecerrando los ojos, como en un ligero trance- Me voy con papá.
No fue de extrañarse que Klaus enmarcara una ceja, buscando respuestas en Arnold, pero este se encogió de hombros, anotando en su lista de cosas por hacer, el explicarle a Aura que él no era su padre. En cuestión de prioridad, puso esa idea debajo de "Explicarle a Helga que mi madre en verdad quiere llamar a la bebé Geraldine si es que es niña", aunque para esa idea necesitaba subir al techo de la casa de huéspedes y gritárselo a la chica mientras esta estaba en la calle. Entre más tierra pudiese poner entre ambos, mejor. No quería estar cuando la chica explotara.
- Te estaré esperando. –acordó el hombre, asintiendo y luego miró a Arnold- Cuídala.
- Con la vida. –prometió el chico, notando la torpeza del señor von Bismarck para tratar con una pequeña niña.
- Mejor con otra cosa, ya tengo suficientes visitas al hospital por el mes. –comentó el hombre, negando con seriedad- Y quisiera evitar más charlas con tu madre, con todo respeto.
- ¿Mi madre ha hablado con usted? –la voz de Arnold sonó ligeramente aguda y se aclaró la voz, avergonzado.
- ¿La doctora? –consultó Aura y el Almirante asintió- Ella preguntaba mucho por mamá, luego me comenzó a hacer preguntas raras. –acusó.
- Vacunas, alimentación, recreación al aire libre, tiempo de sueño diario. –enumeró Klaus- Lo regular. Ahora veo que tu madre y tú tienen un fuerte instinto maternal. –señaló el hombre.
Arnold no quiso recordarle que en su caso sería instinto paternal. Simplemente porque de seguro el hombre diría que no, que en serio se refería al maternal.
- Entonces la llevaré a dar una vuelta. –el chico se despidió con un gesto y guio por los pasillos a Aura, quien saltaba junto a él, sin soltarlo de la mano y manteniéndose siempre junto a su costado- ¿Estas feliz?
- Vi a mamá y a papa buenos. –ella le regresó a ver- Eso es maravilloso.
- A nosotros también nos alegra verte. –acordó el chico y notó como la niña se sonrojaba de pura emoción y parecía vibrar de alegría.
La guio hasta la terraza, dejándola corretear por el amplio lugar de altas rejas, sabiendo que era el lugar más seguro en ese edificio. La niña se distrajo mirando las nubes y por un momento pareció sumirse en su mente, pues su sonrisa fue desapareciendo hasta perder toda emoción.
- ¿Aura…? –el chico se acercó y la niña parpadeó un par de veces, como si despertara- ¿Estás bien?
- ¿Está bien ser egoísta? –consultó Aura, regresándolo a ver.
- ¿En qué sentido?
- Si algo te separara de mamá ¿Aceptarías cualquier opción para estar cerca de ella? –reformuló la pregunta la niña y se acercó a él, con curiosidad.
- ¿Por qué lo preguntas? –el chico observó a un lado y a otro, intentando comprender cómo habían llegado a ese tema.
- Porque yo solo recuerdo que toda mi vida tuve miedo. –explicó- Pero también recuerdo la sensación que me dan mamá y tú. –la niña comenzó a mecerse en sus pies, sonriendo suavemente- Entonces, aceptaría cualquier cosa que me deje cerca de esa sensación, de ustedes, aun si el miedo volviese ¿Eso es malo?
- No, claro que no. –Arnold abrió los ojos con sorpresa y se arrodilló frente a la niña.
Ahí estaba, su pequeña muestra de cruda realidad. Y Arnold supo que tenía un corazón muy delicado que no resistía como el de tantas personas. En su interior, notaba que la niña no exageraba, que en verdad había pasado toda su vida con miedo. Arnold podía asegurarlo por la manera en que los ojos de la pequeña parecían desviarse constantemente a un lado y otro, como si observara disimuladamente a sus espaldas, siempre en búsqueda de algo o de alguien que fuese a atacarla. Aura era feliz en ese momento, pero la pequeña niña que había dicho tantos insultos que coherentemente tenían sentido y que lamentablemente implicaba que ella sabía de lo que hablaba… esa niña seguía ahí, atrapada en sus ojos negros o tal vez, encerrada, hasta que apareciera el peligro y tuviese que salir a defenderse.
Y Arnold se sintió incapaz. Sin poder evitarlo, tomó a la niña entre sus brazos y la estrechó con fuerza contra él, mientras la pequeña se aferraba a su cuerpo y le daba ligeras palmaditas en la espalda, lo cual le dio gracia.
- ¿Me estás consolando? –preguntó, sonriendo ligeramente.
- Si estás triste, papá, yo te consuelo. –prometió ella, separando su rostro del de él.
La niña lo tomó de las mejillas y se las apretó hasta que la boca del chico pareció la de un pez, luego se las estiró y movió de arriba abajo, haciendo que Arnold hiciera muecas hasta que sonriera.
- Dios… tienes una cabeza muy rara, papá. –acusó Aura, riendo y él se unió a su risa.
- Me lo han dicho. –admitió- ¿No te gusta?
- Me gusta. –corrigió y llevó sus manos al cabello masculino, haciendo que este bajara hasta que casi le cubriese el rostro al chico- Me hace pensar en un cojín muy cómodo.
Arnold sintió un ligero dolor en el pecho, pues las manos de Aura eran ásperas y tenían durezas, como si hubiese trabajado toda la vida con herramientas o algo así. Por eso la atrajo más a si y la besó en la mejilla, logrando que riera abiertamente.
- No has respondido mi pregunta. –le recordó la niña- ¿Esta bien ser egoísta? ¿Tú lo serías? –consultó.
- Creo que no deberías preguntarme a mí eso. –concluyó el chico, observando el cielo y notando una nube en forma de un gran barco pirata- Si soy sincero contigo, Aura, yo suelo tener escasos momentos de egoísmo.
- No entiendo. –la niña bajó sus manos hacia el rostro del chico y volvió a aprestar las mejillas de él- Explícame. Soy inteligente.
- Claro que lo eres. –Arnold sonrió y se terminó sentado en el suelo, haciendo que la niña se arrodillara entre sus piernas- Por ejemplo, si quiero… -el chico se sonrojó repentinamente, rascándose la nuca- Si quiero… -desvió la mirada, pensando rápidamente- Abrazar a Helga. –concluyó y asintió con solemnidad, aunque una sonrisa culposa apareció en sus labios. No podía decirle a una niña tan pequeña lo que realmente querría él…- Si, abrazar. Si yo la quisiera abrazar, lo hago egoístamente cuando estamos solos. Pero cuando hay gente… No puedo. –admitió.
- Entonces, papá, eres cobarde. –la niña habló sinceramente, sin intención de lastimarlo, pero sus palabras le sorprendieron al chico- Si están solos, eso no es ser egoísta. Yo te abrazo aquí y te abrazo en frente de gente, aun con la bruja regañándome. –le recordó- ¡Y soy más pequeña que tú!
- Tal vez eres más valiente que yo. –concluyó el chico, recordando que no era la primera vez que alguien le decía exactamente lo mismo. Ya días atrás se lo había mencionado Gretel y a su vez, lo había hecho Will. Todo el mundo parecía detectar su problema ¿Acaso era sumiso? ¿Cobarde, como señalaba Aura?
Además, había terminado en el hospital por su falta de valor, por no decir lo que deseaba y guardarse sus comentarios.
- Soy cobarde… -concluyó, ni siquiera podía decirle a su novia las cosas que le preocupaban. Como toda la vida, parecía que Helga iba un paso por delante, solucionando todo sin que él se lo pidiese o hiciera algo al respecto.
- Pues obviamente eso está mal. –a pesar de su pequeña estatura, Aura tenía una mirada excesivamente… dolorosa. Y cuando un par de ojos oscuros como esos miraban a alguien y le señalaban claramente lo errado que estaba, esa persona no se sentía en derecho de refutar- Los cobardes no duran demasiado en las calles. –la niña se cruzó de brazos, aunque una pequeña sonrisa se formó en sus labios- ¡Se valiente!
- ¿Así de simple? –consultó el chico, ligeramente divertido.
- Claro ¿Por qué no? –Aura ladeó el rostro, con cierta curiosidad y entrecerró los ojos- Si quieres abrazar a mamá, deberías hacerlo siempre ¿O ella no te ama? –la pequeña apretó sus labios entre sí, fulminándolo con la mirada- ¡Ella te ama! –declaró.
- ¿Cómo lo sabes? –Arnold se sorprendió, pues la última vez que había visto a la niña, ella no parecía excesivamente… receptiva a su alrededor, sino dispuesta a defenderse a sí misma.
Aura extendió su mano hacia él y presionó la nariz de él, mirándolo sin poder creerlo.
- Todo el mundo puede notarlo. –pero repentinamente la niña se enderezó y saltó lejos de Arnold, defensiva.
El chico no tuvo oportunidad de preguntar qué ocurría, pues la puerta de la azotea se abrió y Aura soltó un gruñido, mientras daba varios pasos hacia atrás.
Pero repentinamente se relajó y su cuerpo dejó de estar tenso. Una pequeña sonrisa se formó en sus labios y sus manos cayeron a sus costados.
- ¡Mamá! –luego reparó que no solo Helga había subido- Bruja… -saludó, cruzándose de brazos.
- El señor von Bismarck está esperando para llevarte de vuelta. Vamos. –ordenó Elizabeth, señalando el camino.
La niña no dijo más, asintió y salió del lugar, escoltada por la mujer, que cerró la puerta atrás de sí. Arnold confirmó de esa manera que la única manera de tratar con Aura, para que hiciera caso, era ordenándole. La pequeña ni siquiera se veía afectada ni le molestaba eso.
- ¿Qué hacían aquí arriba, cabeza de balón? –consultó la rubia, avanzando hasta él y sentándose en el suelo, junto al chico.
- Teníamos una conversación. –el chico recogió sus piernas y se las abrazó, mirándola fijamente- ¿La oíste, verdad?
- Si, "mamá" y "papá" –ella sonrió burlona- Parece que les llevas ventaja a tus padres ¡Una niña de cinco años!
Arnold se rio de manera relajada y estiró su mano hacia ella, deslizando sus dedos lentamente por el perfil de su rostro. Helga cerró los ojos inconscientemente y sonrió bajo la caricia. El chico recorrió sus delicados pómulos, su suave mentón y la manera en que su pequeña oreja se exponía gracias a su cabello recogido. Al tenerla tan cerca, tranquila y dócil bajo su tacto, se sorprendió de todo lo que se había hecho a sí mismo ¿Acaso no confiaba en ella? ¿Acaso no tenía derecho Helga de saber todo lo que él pensaba? Porque notaba constantemente que ella se esforzaba por ser sincera y no ocultarle nada. Y él se había estado escondiendo por miedo a perderla. Le parecía irónico, porque en ese momento, sintiendo su corazón latiendo con fuerza solo por poder recorrer con la yema de sus dedos la suave mejilla femenina, se sintió completo, como si él la amase más a ella de lo que Helga lo hacía a él.
- No me molestaría. –admitió el rubio.
- ¿Qué…?
- Tener hijos contigo. En realidad, me encantaría.
Ella abrió los ojos con sorpresa y se hizo ligeramente hacia atrás, sonrojada. Helga pareció boquear un par de veces, abriendo y cerrando sus labios, sin encontrar palabras que decir. Arnold se sonrojó ligeramente y se rascó la nuca, avergonzado.
- Claro… no ahora. Ya… adultos. –se apresuró a explicar, regresándola a ver- Podemos hacerlo… de manera organizada. No me metería en medio de tu carrera literaria, por ejemplo. –el chico sentía que estaba metiendo más la pata, al notar como ella abría más los ojos- ¡No digo que solo por eso no tenemos hijos ahora! –Helga abrió más los ojos y se apartó de él más- Nunca arruinaría tu carrera literaria. Aunque tener hijos no es arruinar algo ¡Pero! ¡Somos muy jóvenes para eso! ¡Lo sé! ¡No hemos hablado de esto, lo sé! –el chico se cubrió el rostro, frustrado y negó con fuerza- Esto es tan vergonzoso.
Le sorprendió escuchar la risa de Helga, no excesivamente burlona, sino callada y divertida. Lentamente, Arnold bajó sus manos y la observó fijamente, mientras ella se acercaba a él y le bajaba del todo las manos.
- Creo que estás pasando demasiado tiempo conmigo. –susurró ella- Acabas de decir algo completamente romántico, atrevido y algo apresurado. –se encogió de hombros- Pero entiendo tu punto y no me enoja. –se acercó un poco más a él, hasta que tuvo que ladear su rostro para que sus narices no chocaran entre sí- ¿Recuerdas…? Hay que darlo todo para que sea un para siempre. –frunció el ceño- Y hay que trabajar en ello… con chicas escribiéndote cartas románticas y decorando tu casillero… obviamente quieren ser obstáculos.
Arnold se rio por lo bajo y la acercó hasta él, tomándola de la cintura. Le parecía increíble que ella se fijara en una simple admiradora cuando acaban de lidiar con Big Gino y su despliegue de poder. Pero Helga no lucía preocupada, desde el inicio había aclarado que sabía de las emociones del chico y que el pobre se estaba dando contra las paredes.
- No lo culpo… -susurró Arnold, sin darse cuenta.
- ¿A quién?
- A Big Gino… No solo se encaprichó con una cara bonita como la tuya… -notó como ella parpadeaba extrañada y él estuvo a punto de maldecir por la manera en que su corazón se aceleró.
¿Acaso Helga no se daba cuenta de eso? ¿De la manera en que sus largas pestañas se batían lentamente cuando parpadeaba despacio y resaltaban su mirada añil? Lucía tan inocente… tan curiosa… excesivamente apetecible. Arnold se aclaró la garganta, pues había recordado cuando el auto que los llevaba a la editorial se había dañado y ella había manchado su ropa y cara con aceite, luciendo excesivamente atractiva y nublándole los sentidos… excesivamente hermosa, de una manera completamente diferente a como se veía en ese momento.
- Vas a matarme… -murmuró.
- Oficialmente estoy perdida… -la chica le observó con extrañeza y se alejó un poco.
Al inicio hablaban de Big Gino y al parecer ahora hablaban de que ella iba a matarlo.
- ¡Helga! –acusó el chico, recordándose que no debía guardarse nada… el haberse desmayado de dolor era una buena lección de lo que le pasaba por guardarse los comentarios. Aunque era mucho más fácil si estaban solos- ¡Eres hermosa!
- ¿Disculpa…?
Arnold se dejó caer hacia atrás, recostándose en el suelo y se tapó el rostro. Eso necesitaba, algo de distancia o simplemente dejaría de hablar e iría directo a esos labios para que dejaran de moverse tan provocativamente.
- Eres hermosa. –bajó las manos y la observó, sentada ahí- Eres hermosa. –repitió- Tenemos que hablar sobre eso.
- ¿Sobre… que soy hermosa? –preguntó, volviendo a alejarse un poco y él se rio.
- No, de las medidas que debemos tomar porque eres hermosa. –estiró su mano y la jaló hacia él, tan repentinamente, que ella perdió el equilibrio y cayó sobre su torso. Arnold la abrazó con fuerza contra su cuerpo- Debemos hablar tanto… -concordó.
- Si, debemos hablar… pero ¿Aquí? Solo subí a verte porque la hora de visitas se acabó y debemos irnos.
- ¿Quién se quedará con Gretel? –preguntó el chico.
- En este momento Lila, pero cuando anochezca se quedará Will a dormir. Mi tío quería quedarse, pero Gretel fue muy específica en las cosas en que ella necesitaría ayuda y se negaba a que fuese su padre el que lo hiciera. Así que él llevará de vuelta a Aura y regresará en la mañana, para llevar a Gretel a la casa de huéspedes. –Helga suspiró ligeramente- ¿Puedo quedarme contigo esta noche?
- Por supuesto. –Arnold le observó con una sonrisa algo infantil, sinceramente emocionado de tenerla toda la noche y ella simplemente rodó los ojos.
- Voy a lamentar esto… En serio, lo haré, pero ¿Puedo quedarme contigo estas… semanas?
- ¡Por supuesto! –el chico parecía estar a punto de vibrar de felicidad, pero se contuvo por la manera en que ella le miraba. Así que simplemente se aclaró la garganta y observó a un lado- ¿Por qué?
- Alguien debe cuidar a Gretel en la noche. Lo lógico sería suponer que lo haría yo, pero Lila y Will discutieron entre sí y dado que Lila debe vigilar que su padre cene y desayune, concluyeron que el chico debería quedarse. Y él planeaba dormir en las colchonetas de entrenamiento. Pero pensé… Si se va a quedar ¿Por qué no en mi cama? –Helga enmarcó una ceja, sonriendo de lado- Después de todo, tengo un lugar mejor donde dormir… -repentinamente apartó la mirada, sonrojándose y su voz bajó suavemente- Claro… si… no te parece algo aprovechado de mi parte…
Arnold la sostuvo de la cintura y subió su otra mano hasta la nuca de la chica. Así, asegurándola, giró hasta quedar sobre ella, sin ocasionarle daño contra el suelo de cemento.
- Muy atrevido de tu parte. Pero me gusta eso de ti. –Arnold entrecerró los ojos y sonrió de esa maldita manera, de costado, sabelotodo y relajado… de la manera en que Helga sentía que perdía el equilibrio y la piel se le erizaba.
La maldita sonrisa de lado, los endemoniados ojos traviesos…
- Tonto… -susurró ella, rodeándolo con sus brazos.
- Lo que tú digas, Helga… -murmuró, antes de besarla, sintiendo que desde ese momento, debía ser su obligación moral besar a Helga G. Pataki al atardecer… porque sabía a sol, a cerezas y mucho picante.
¡Saludos Manada! Esta historia está dividida en dos temporadas ¿Temporadas, se preguntan? Imaginen una serie de televisión, tiene varias temporadas ¿Verdad? En la segunda temporada se verá esos nuevos propósitos de Arnold y la manera en que este resurgirá con más fuerza, vendrán nuevos entornos y Aura participará de cierta manera.
Me alegra que muchos se dieran cuenta que algo le ocurría a Arnold y ahora pueden ver a dónde íbamos con eso.
Reglas de la Manada: Aquel que solo se queja de su debilidad no podrá cambiar nada. Aunque el camino sea lento o doloroso, un lobo siempre será un cazador. Sin importar los tropiezos, los llantos y la sensación de pérdida. Al final se levantará y seguirá.
¡Nos leemos!
Nocturna4
