Capitulo 10

Nijinsky subió de un salto a la cama. Era la hora de su desayuno, y se quedó mirando a Emmett por un momento. Luego se deslizó sobre sus piernas y su estómago y se detuvo sobre su pecho. Al sentir el peso, Emmett se removió ligeramente y abrió los ojos. Al encontrar al gato lo miró con fijeza y alargó un brazo para acariciarle las orejas.

—Bueno, priyatel, parece que no te molesta encontrarme aquí.

Nijinsky arqueó el lomo y se estiró perezoso, recostándose después sobre el pecho de Emmett. Él siguió acariciándole las orejas y giró la cabeza hacia Rosalie, que estaba acurrucada a su lado.

La tenía rodeada con un brazo, y su pelo se extendía sobre la almohada. Respiraba profundamente y tenía la boca semiabierta. Parecía muy joven... demasiado joven para sentir el deseo tan salvaje que le había demostrado. Más bien recordaba a la Bella Durmiente, aunque Emmett sabía que Rosalie era más parecida a Carlota que a la princesa Aurora. Era mucho más apasionada que refinada. Se inclinó hacia ella y la besó.

Ella se despertó llena de pasión y excitación. Dio un suspiro y buscó a Emmett, quien hizo lo propio con las manos. Nijinsky, que estaba atrapado entre ellos, emitió un maullido de protesta.

Rosalie se echó a reír y Emmett soltó una maldición.

—Quiere desayunar —explicó ella.

Sus ojos aún estaban medio cerrados y le sonrió. Levantó la mano y le frotó la barbilla con la palma.

— Siempre he querido hacer esto —le dijo ella—. Tocar la barba de un hombre por la mañana.

Emmett deslizó su mano hasta encontrar su pecho.

— Yo prefiero otras cosas... como tu boca —bajó la cabeza y le mordisqueó el labio—. Tan cálida y suave...

Nijinsky se movió y metió la cabeza entre ellos.

—Me preocupa este animal —dijo él—. Se está poniendo pálido.

—Le gusta cumplir su horario a rajatabla —respondió ella—. Siempre me despierta antes de que suene el despertador — justo en aquel instante se oyó el zumbido de la alarma—. ¿Lo ves? —se echó a reír mientras Emmett alargaba el brazo sobre ella para desconectar el reloj —. ¿Qué será lo primero? —le preguntó—. ¿Una ducha o un café?

—Estoy pensando en otra cosa —dijo él con una sonrisa.

—En las clases —recordó ella, y saltó veloz de la cama.

Emmett la vio caminar desnuda hacia el armario y sacar una bata. Su cuerpo parecía una varita mágica, con largas piernas y nada de caderas. Hubiera pasado por un chico de no ser por la gracia femenina de sus andares. Mientras se ponía la bata, él apreció la pequeña protuberancia de su pecho bajo el brazo estirado. Cuando se ató el cinturón, se volvió hacia él.

—¿Y bien? —le dijo, echándose hacia atrás la melena—. ¿Te apetece un café?

—Eres exquisita —murmuró él.

Rosalie se apretó el nudo del cinturón, y se preguntó si alguna vez podría acostumbrarse al tono de su voz o a sus ojos. Sabía lo que ocurriría si se acostaba de nuevo y el cuerpo empezó a temblarle de emoción. Nijinsky soltó un suave maullido.

—Ya que he sido la primera en levantarme —dijo ella mirando al gato—, iré a ducharme. Tú puedes ir preparando el café —le dijo a Emmett, y se metió en el baño—. No olvides darle de comer al gato —gritó por encima del hombro.

Abrió el grifo de la ducha y se quitó la bata. ¿Sería lo más apropiado sentirse tan bien?, Se preguntó mientras se recogía el pelo. ¿Podía pensar al despertarse a su lado que Emmett pertenecía a aquel lugar?

Rosalie no había experimentado ni timidez ni comodidad, como hubiera sido de esperar en la mañana siguiente a su primera vez. Se metió en la ducha y dejó que el agua caliente le recorriera el cuerpo. Pero, de algún modo, siempre había sabido que sería él... Sacudió la cabeza y agarró el jabón. Debía de estar volviéndose loca. ¿Cómo podía haber sabido que sería de esa manera? Se enjabonó con vigor y se abandonó a sus divagaciones. Entre clases y ensayos, Emmett y ella habían comido juntos muchas veces. Habían asistido a las mismas fiestas. Pero nunca tuvieron una cita convencional y planeada.

¿Tendrían que haberla tenido?, se preguntó. La noche anterior no había sido precisamente la típica culminación de una relación normal. Emmett la había visto sudar, enfadarse y llorar, pero ella solo lo conocía en la medida que él deseaba mostrarse.

Cerró el grifo. Era muy pronto para analizar los sentimientos. Rosalie comprendía el dolor, ya que había vivido siempre con él, pero no lo buscaba de manera deliberada. Y él podía causarle mucho daño. Eso también lo había sabido desde siempre.

Después de secarse, volvió a ponerse la bata y salió al dormitorio. Podía oír cómo él le hablaba a Nijinsky en la cocina. Sonrió y se puso unas mallas que sacó del cajón. Había algo tranquilizador en la voz de Emmett. Sabía que el gato estaba demasiado ocupado con su desayuno para prestarle atención pero, aun así, el murmullo de sus palabras agradó a Rosalie. ¿Cuántas mañanas había conversado ella con su gato?

Emmett volvió al dormitorio con dos tazas de café humeante en las manos. Estaba desnudo, mostrando en todo su esplendor los músculos tan duramente esculpidos por su profesión. Cualquier otro hombre se hubiera puesto los vaqueros, pensó Rosalie, cualquier hombre menos McCarty.

—Está muy caliente —le advirtió él al tiempo que dejaba las tazas sobre la cómoda. Luego abrazó a Rosalie—. Hueles muy bien —le susurró contra el cuello—. Tu olor me sigue a todas partes.

Ella rió al sentir en la piel el rasposo tacto de la barba incipiente.

—Tengo que afeitarme, ¿verdad?

—Sí —respondió ella antes de besarlo en los labios—. Sería muy duro para Emmett presentarse en clase sin afeitar —se besaron de nuevo y él le apretó las caderas con las manos.

—¿Tienes alguna cuchilla?

—Mmm... Sí, en el botiquín del baño— dejó que le recorriera la espalda con los dedos, y soltó un gritito cuando le mordió el lóbulo de la oreja.

—El afeitado puede esperar —decidió él. Agarro su taza y tomó un pequeño sorbo.

—¿No tendrías que ir a tu casa por ropa? —le preguntó ella, ensimismada al ver el movimiento de sus músculos mientras entraba en el baño.

—Tengo cosas en mi despacho —dijo desde la ducha—. Y también cuchillas.

Mientras se duchaba, se puso a cantar en ruso. La música era una parte inherente a él, y Rosalie se sorprendió a sí misma tatareando cuando fue a cepillarse los dientes.

—¿Qué significa la letra? —le preguntó con la boca llena de pasta.

—Es una canción antigua y triste — respondió él—. Las mejores canciones rusas son antiguas y tristes.

—Una vez estuve en Moscú con mis padres —dijo ella enjuagándose la boca—. Me encantó... Los viejos edificios, la nieve... Supongo que lo echarás de menos.

No tuvo tiempo de gritar cuando la agarró y la metió en la ducha con él.

— ¡Emmett! —protestó. La ropa se le empapó por completo—. ¿Te has vuelto loco?

—Necesito que me frotes la espalda — explicó él—. Pero se me acaba de ocurrir una idea mejor.

—¿Frotarte la espalda? ¿Pero es que no ves que estoy vestida?

—¿Ah, sí? —Preguntó con una sonrisa—. Muy bien, eso tiene fácil arreglo — le deslizó los tirantes de las mallas hacia abajo, de modo que sus brazos quedaron sujetos.

—Ya me he duchado —dijo ella riendo.

—Puedes compartir mi ducha también. Soy un hombre generoso.

Empezó a besarla en los labios mientras el chorro seguía empapándolos.

—Emmett... tenemos que ir a clase... — dijo con voz vacilante, pero no ofreció resistencia a las tentadoras manos que la desnudaban.

—Hay tiempo —susurró él, suspirando profundamente cuando su mano encontró un pecho.

Terminó de quitarle las mallas por las caderas.

Vuelta, pirueta, vuelta... Rosalie giraba, saltaba y se inclinaba siguiendo las órdenes. El entrenamiento era muy duro, igual que siempre. Tenía el cuerpo empapado de sudor, como todos los demás. Cada día, durante toda la semana, repetían una y otra vez los mismos movimientos. Eran profesionales y las clases formaban parte de ellos, al igual que las zapatillas y las mallas.

Los pequeños e insignificantes detalles habían sido plantados en sus cerebros a una edad muy temprana. ¿Quién podía apreciar la ligera inclinación de un jetél Solo un bailarín.

Los músculos debían estar en continuo movimiento, para que el cuerpo se mantuviera siempre en disposición de interpretar los imposibles movimientos de la danza. Quinta posición, plié... Un simple día de descanso podía provocar que el cuerpo se resistiera. Port de bras... Las manos, brazos y piernas no podían olvidar lo que tenían que hacer. Un gesto equivocado podía echarlo todo a perder. Mantener la expresión... uno, dos, tres, cuatro...

—Gracias.

La clase había acabado. Rosalie fue a secarse la cara con una toalla y pensó en tomar una ducha enseguida.

—Rose.

Alzó la vista y vio a Emmett. Él también estaba empapado de sudor y el pelo le caía sobre la cinta de la frente.

—Quiero verte abajo en cinco minutos.

—¿Cinco minutos? —preguntó sorprendida—. ¿Pasa algo malo?

—¿Malo? —Sonrió y se inclinó para besarla, ignorando a los demás miembros de la compañía—. ¿Qué podría ser malo?

—Bueno, no sé... —frunció el ceño, confusa—. ¿Por qué, entonces?

—No tienes ningún plan para hoy — más que una pregunta era una afirmación, pero ella respondió negando con la cabeza—. Y yo tampoco —se acercó todavía más—. Vamos a salir a divertirnos.

— ¿Cómo has dicho?

—Nueva York es una ciudad muy entretenida, ¿no?

—Eso he oído.

—Cinco minutos —repitió él, y se dio vuelta.

—Quince.

—Diez —sentenció él sin detenerse. Rosalie recogió su bolsa y corrió a la ducha.

En menos de diez minutos estaba bajando las escaleras, recién duchada y con unos vaqueros y un jersey holgado de color malva. Emmett ya la estaba esperando, impaciente, mientras eludía las preguntas de dos solistas masculinos.

—Hablaré con él mañana —dijo, y se aparto de ellos cuando vio a Rosalie—. Llegas tarde —la acusó mientras la llevaba hacia la puerta.

—De eso nada. He llegado puntual.

El ruido de la calle era ensordecedor. Una multitud caminaba por la acera y, de alguna parte, llegaba el ruido de un martillo neumático. Dos taxis estuvieron a punto de chocarse de frente. Los dos taxistas se asomaron por la ventanilla y empezaron a lanzarse insultos el uno al otro. Mientras, los peatones seguían caminando sin prestar la menor atención. De una ventana al otro lado de la calle, salía el metálico sonido de un grupo de heavy metal.

—Una ciudad entretenida, ¿verdad? — dijo Emmett mientras la agarraba por el brazo—. Y hoy es nuestra.

Rosalie se quedó sin respiración. Por muchos años que pasaran juntos haciendo el amor, nada podría causarle el impacto que tuvo aquella mirada.

— ¿Dónde... dónde vamos? —consiguió preguntar. Era casi imposible permanecer tranquila con todo lo que pasaba dentro de ella.

—A cualquier sitio —la atrajo hacia él y la besó con pasión—. Tú eliges —la mantuvo abrazada un momento y ella se echó a reír.

— ¡Por aquí! —decidió y señaló con el brazo hacia la derecha.

El verano había llegado a su fin y el fresco aire otoñal hacía el paseo agradable. Estuvieron caminando mucho rato. Entraron en galerías de arte y librerías, viendo todo pero sin comprar nada. Se sentaron al borde de una fuente y contemplaron la incesante marea humana mientras tomaban un té caliente con miel.

En Central Park vieron a mucha gente haciendo footing y a otros echando migas a las palomas. Había todo un mundo por contemplar.

En Sanks, Rosalie se probó toda una colección de abrigos de pieles mientras Emmett la observaba sentado.

—No —dijo cuando Rosalie posó con una piel de zorro—. No está bien.

— ¿Cómo que no —ella se frotó la barbilla contra la lujosa prenda, con una inconsciente expresión de placer—. A mí me gusta.

—No me refiero a la piel —dijo Emmett—. Me refiero a ti —se echó a reír cuando Rosalie frunció el ceño—. ¿Qué modelo caminaría con los pies hacia fuera?

Rosalie se miró los pies y sonrió.

—Supongo que estoy más cómoda con mallas que con pieles —realizó una rápida pirueta que dejó perplejas a las vendedoras—. Me daría mucho calor en clase.

—¿Quieres que te lo compre?

Ella soltó una carcajada, pero vio que lo decía en serio.

—No seas tonto.

—¿Tonto? — Emmett se levantó mientras Rosalie devolvía la piel a la vendedora—. ¿Te parezco tonto? ¿No te gustan los regalos, pequeña?

Ella sabía que siempre que la llamaba «pequeña» era para provocarla, pero se limitó a devolverle la mirada.

—Me encantan, pero... ¿cómo puedo aceptarlo si nos acabamos de conocer? — le preguntó acariciándole la mejilla—. ¿Qué le dirías a tu mujer? —dijo lo bastante alto para que la vendedora pudiera oírla.

—Hay cosas que una esposa no tiene por qué saber —respondió él, mareando su acento ruso—. En mi país, las mujeres saben cuál es el lugar que les corresponde.

—Mmm... —Ella se enganchó de su brazo—. En ese caso, tal vez debas enseñarme cuál es el mío.

—Será un placer —dijo Emmett, y sonrió a la asombrada vendedora—. Buenos días, señorita —sacó a Rosalie de la tienda haciendo gala del más puro estilo cosaco.

—Me encanta cuando te comportas como un ruso, Emmett.

—Siempre soy ruso.

—Algunas veces más que otras. Cuando quieres, puedes ser más americano que un granjero de Nebraska.

—¿En serio? —Pareció cobrar un repentino interés—. Nunca lo había pensado

—Por eso eres tan fascinante —le dijo ella—. Nunca piensas en lo que eres; tan solo lo eres —entrelazó la mano con la suya—. Pero me pregunto una cosa, siempre piensas en ruso y luego lo traduces al inglés?

— Pienso en ruso cuando... —pensó unos segundos—, cuando estoy enfadado.

—Casi siempre estás enfadado —le dijo con una sonrisa.

—Soy un artista —replicó él encogiéndose de hombros —. Tenemos derecho a estarlo. Además, es mucho más fácil soltar maldiciones en ruso. Tienen más fuerza que las americanas.

—Siempre he querido saber lo que dices cuando estás furioso —lo miró esperanzada y él negó con la cabeza, riendo—. Anoche me hablaste en ruso.

—¿Lo hice? —La miró de un modo que a Rosalie le dio un vuelco el corazón—. Entonces es que estaba enfadado.

—No parecía que me estuvieras insultando — susurró ella.

Emmett la agarró por la nuca y la atrajo hacia él.

—¿Quieres que te lo traduzca?

—Ahora no —Rosalie calculó la distancia que había entre la Quinta Avenida y su apartamento. Demasiado lejos, pensó—. Vamos a la parada del autobús —dijo riendo.

—Mejor un taxi —respondió él con una sonrisa, y levantó el brazo para parar a uno.

El sol llenaba el dormitorio. No habían tenido tiempo para bajar las persianas. Estaban los dos desnudos y abrazados en la cama, después de haber desatado los fuegos de la pasión.

Rosalie se debatía entre el sueño y la vigilia sintiendo bajo su mano el pecho de Emmett. Subía y bajaba de forma rítmica, y supo que estaba dormido. Podría quedarse así toda la vida, pensó henchida de felicidad. Se apretó más contra él y, sin darse cuenta, le acarició la pantorrilla con el pie.

—El pie de una bailarina —murmuró él, ella se dio cuenta de que lo había despertado—. Fuerte y feo.

—Muchas gracias —dijo ella, y le dio un mordisco en el hombro.

—Es un cumplido —replicó él mirándola con los ojos entrecerrados —. Las grandes bailarinas tienen los pies feos.

Ella sonrió ante su lógica.

—¿Es eso lo que te atrae de mí?

—No, es la parte posterior de tus rodillas.

Rosalie se echó a reír.

—¿En serio? ¿Por qué?

—Cuando bailo contigo, tus brazos son tan suaves que me pregunto cómo sería el tacto de tus rodillas por detrás —se apoyó en el codo para mirarla—. ¿Cuántas veces te he mantenido en brazos por las piernas? Muchísimas. Y me preguntaba, ¿cómo sería tocar aquí?

Emmett le agarró la pantorrilla con la mano y deslizó los dedos hasta la parte posterior de las rodillas.

—Me volvía loco queriendo saber si la suavidad de tus brazos llegaba a todas partes. Una voz suave, unos ojos suaves, un pelo suave... —bajó la voz—. Y cada vez que te levantaba, mis manos chocaban contra la tela de las mallas o de los trajes. ¿Cómo sería la piel que escondían?

El bailarín pasó la mano por el muslo de Rosalie y por su estómago. Con los dedos trazó el contorno de la caja torácica hasta alcanzar el pecho.

—Pechos pequeños —murmuró él con la mirada clavada en sus ojos—. Demasiadas veces los he sentido presionados contra mí, y los he visto subir y bajar con tu respiración. ¿Cómo sería tocarlos con la mano? ¿Qué sabor encontraría en ellos? — empezó a pasarle la lengua por la piel.

Rosalie sintió que las extremidades le pesaban una tonelada, como si estuviera drogada. Se quedó inmóvil mientras él la exploraba con las manos y la boca. Emmett se movía con insoportable lentitud, excitándola con su tacto y sus murmullos.

—En el escenario, con todas las luces y la música, siempre pienso en tocarte... aquí —deslizó los dedos hacia su entre pierna—. Y saborearte con los labios... — su boca siguió la dirección de su mano—. Tú me mirabas con tus grandes ojos, como una lechuza, y casi podía leer tus pensamientos. Me preguntaba si alguna vez, podrías ser mía —presionó los labios contra los músculos del estómago y sintió como ella se estremecía—. ¿Qué harías, milaya, si supieras cuánto he sufrido por ti?

Le pasó la lengua por el ombligo, y ella gimió y se retorció. Nunca había experimentado un placer semejante... tan fuerte e intenso que le provocaba un zumbido por todo el cuerpo, y que convertía todos sus pensamientos en sensaciones increíblemente maravillosas.

—Demasiado tiempo he pasado preguntándome lo mismo... —murmuró él—. Y esperando.

Sus manos se movieron con más rapidez e insistencia, y traspasaron el velo de oscuridad que la envolvía. De pronto Rosalie sintió que su cuerpo volvía a estar lleno de una vitalidad salvaje. Era consciente de todo lo que la rodeaba: la textura de la sábana contra su espalda, las motas de polvo que brillaban a la luz del sol, el murmullo del tráfico exterior... Todo lo percibía con una claridad asombrosa. Y, de repente, todo se redujo a las manos y los labios que le calentaban la piel.

Podría haber estado en cualquier parte. En el escenario, en el desierto... y solo hubiera sentido a Emmett. Oía su respiración, más agitada que si hubiera estado bailando durante horas, y la suya propia también se aceleró. Entonces, con una pasión desmesurada, él tomó posesión de su boca y ella separó los labios para recibirlo.

El beso se intensificó mientras las manos de Emmett la llevaban al límite de su resistencia. Rosalie se aferró a él, perdida en el placer más absoluto. Entonces lo sintió en su interior, y fue como si la hubieran catapultado más allá de la razón... hasta el éxtasis.

—Lyubovnitsa —la voz de Emmett le llegó desde muy lejos—. Mírame.

Los párpados le pesaban, pero consiguió abrirlos mientras su cuerpo recibía las continuas sacudidas de placer y anhelo.

—Te tengo —dijo él, casi sin poder hablar —. Y aún te deseo.

Rosalie llegó a la cima de sus sensaciones, mientras él escondía el rostro entre sus cabellos.


ay ke lindo ke sten juntoz no.. jejeje

espero ke les siga gustando cm hasta ahora jeje

review review review?

bye