Disclaimer: Los personajes de Los Juegos del Hambre son propiedad de Suzanne Collins.


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10

TRES

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Gale se retuerce durante un rato mientras intenta recobrar el aire de sus pulmones.

—Corre…— repite mientras intenta recomponerse, pero no hago caso y me quedo a su lado, ayudándolo a levantarse— ¡Debemos irnos!— grita.

Asiento y me pongo las gafas; puedo oír a las rastrevíspulas sobre nosotros, así que intento darme prisa. Noto que me lastimé la rodilla en la caída, pero no hago caso y paso una de los brazos de Gale sobre mis hombros. Su cojera regresa y se nos hace muy difícil movernos.

— ¡Al bosque; al bosque!— me ordena, dejándome ayudarlo. Una rastrevíspula pasa junto a mi oído, luego otra y otra. Gale saca su arco y comienza a intentar espantarlas, pero son demasiadas. Noto una puñalada de dolor en el brazo, y sé que una de ellas me ha encontrado y que las otras se le unirán— ¡El lago…!

Cambio nuestra trayectoria hacia la dirección que Gale me indica e intento llevarnos lo más rápido posible hasta allí. Lo oigo quejarse mientras sigue espantando a esos insectos, así que corro tan rápido como mis maltrechos pies me lo permiten.

Ni siquiera lo pienso. Primero arrojo a Gale y luego me lanzo de cabeza al lago.

Los zumbidos cesan de inmediato. Quiero emerger a la superficie, pero la mano de Gale me detiene, logro verlo bajo el agua cristalina. Señala hacia la superficie y me indica que las rastrevíspulas siguen allí, así que no me muevo. Diez, veinte, treinta segundos y aún puedo distinguir sus pequeños cuerpos dorados volando sobre nosotros. El aire se me acaba y miro a Gale para hacérselo saber. Él niega con la cabeza; sabe lo que pienso.

Unas pocas burbujas de aire escapan de mis labios; cierro los ojos con fuerza. Duele. Necesito respirar, y necesito hacerlo ahora.

Vuelvo a mirar a Gale y se lo digo con mis ojos, le digo que necesito aire. Él niega de nuevo, pero no hago caso e intento sacar la cabeza. Entonces pasa lo inesperado; Gale me sujeta con tal fuerza que me impide cumplir mi cometido, y no me da tiempo a luchar, porque antes de que pudiera hacer algo está uniendo sus labios a los míos.

Aún bajo el agua abro los ojos, aturdida. Mi primer pensamiento es que Gale esta besándome, que esta dándome mi primer beso… sin embargo, apenas sella nuestras bocas, puedo sentir el aire de sus pulmones llenando los míos.

Esta impidiendo que muera.

Me sostiene con fuerza por los brazos mientras sigue compartiendo nuestro aire, y yo sólo me dejo hacer, demasiado consternada aún como para hacer algo. Siento que algo da un vuelco en mi interior, aunque intento con todas mis fuerzas acallar los pensamientos que empiezan a arremolinarse en mi cabeza. Intento convencerme a mí misma de que Gale no está besándome; sólo intercambiamos oxígeno.

No sé por cuanto tiempo estamos así, pero de pronto él se separa, preguntándome con una seña si estoy bien. Respondo afirmativamente con la cabeza y me ordena esperar mientras saca la cabeza. Después siento su mano tomándome por la chaqueta y sacándome del agua también. Doy una gran bocanada de aire y parpadeo varias veces antes de poder ver con claridad.

—Se fueron— dice Gale entre jadeos; yo asiento.

Él es el primero en salir, y me ayuda a hacerlo también.

—Los aguijones— jadea, pasando una mano detrás de su cuello— ¿Te picaron?

Como respuesta alzo el brazo, en donde se ha formado un bulto del tamaño de una naranja. Gale observa la picadura y me saca el aguijón dentado. De pronto me doy cuenta de lo mareada que me siento, y él no parece estar mucho mejor que yo.

—Debemos…— comienza a decir, pero se desploma casi de inmediato frente a mis ojos.

— ¡Gale!— grito, lanzándome hacia él. Solo entonces me doy cuenta de las picaduras que tiene detrás del cuello, en las manos y en la barbilla, y los agujeros dejados por los aguijones expulsan un horrendo líquido verde y apestoso.

Hinchazón, dolor, líquido verde; Gale inconsciente en el suelo, temblando de pies a cabeza; son muchas cosas para asimilar y ni siquiera ha amanecido aún. Me arrastro de regreso al estanque y recupero las gafas, cayendo al suelo. Estoy muy mareada y la picadura duele terriblemente. ¿Qué he hecho para merecer esto? Sin darme cuenta, estoy llorando; pero no me permito ser débil. No esta vez.

El inerte cuerpo de Gale pesa como una tonelada, pero no puedo dejarlo. Tampoco podemos quedarnos aquí, tan cerca de esos insectos, y tan expuestos a otros tributos. Muevo su cuerpo como puedo (o más bien, lo arrastro por el bosque). El mundo empieza a doblarse de forma alarmante, y el suelo se llena de unos montículos que aparecen de la nada. ¿Es esto real? ¿O han empezado las alucinaciones provocadas por el veneno de las rastrevíspulas? Aprieto los ojos con fuerza, intento respirar por la boca y me ordeno no vomitar. Sigo arrastrando el cuerpo de Gale hasta que caigo en un pozo poco profundo y rodeado de follaje. No sé por cuánto tiempo ni por cuántos metros he arrastrado su inconsciente humanidad entre los árboles, sólo sé que estoy exhausta.

Cabeceo varias veces, pero no me permito dormir. Si lo hiciera, los dos quedaríamos completamente desprotegidos. Sujeto mi cerbatana y me hago un bollo mientras intento dejar de llorar, pero no lo logro de inmediato. Me aterra pensar que Gale puede morir; que fuera una de esas personas que no soportan más de una picadura de rastrevíspula. Me digo que no, que él es fuerte y puede sobrevivir a cualquier cosa, pero las horas pasan, su temperatura aumenta y él no abre los ojos.

—Gale… despierta, por favor…— digo en su oído, él sólo gruñe y se retuerce entre sueños; está sufriendo, lo sé— ¡Por favor! ¡Despierta!— grito entre lágrimas; angustiada, me quito las gafas y me lanzo sobre él. Quizá parezca una chica enamorada rogando al amor de su vida que no la deje, otra tonta muestra de debilidad, pero no me importa. Me siento débil sin Gale. No quiero que muera; me aterra que me deje sola de nuevo— Gale…— Casi sin darme cuenta, me acomodo a su lado y lo abrazo, aferrándome a él como si fuera lo más preciado en el mundo. Y en parte lo es; Gale es lo único que tengo de casa. Lo único que me queda del Distrito 12; lloro en su hombro, y, casi sin darme cuenta, me quedo dormida.

oOo

¡Crac, crac!

Me despierto al escuchar un suave crujido; no de ramas, sino, más bien, parecen ser hojas quebrándose. A penas abro los ojos, creo distinguir una sombra cerca de nosotros.

¡Crac! ¡Crac! Me asusto y me levanto de un salto, buscando algún arma. Encuentro uno de los cuchillos de Cato y lo empuño, pero no veo a nadie. Eso me desconcierta, sin embargo, puedo percibir un ligero movimiento en los arbustos que se encuentran tras nosotros. Decidida, alzo el cuchillo y espero. Nada pasa.

Al cabo de unos segundos, Gale gruñe algo y me distrae. Sigue inconsciente, pero está vivo. ¿Cuántas horas han pasado? El sol parece brillar en lo más alto, pero no estoy segura. Me doy cuenta de que me duele todo el cuerpo, así que intento estirarme un poco. Tras hacerlo, decido revisar su herida y abro mucho los ojos. ¡Alguien había cubierto las picaduras con hojas! Algo confundida y, asustada al principio, intento quitárselas, pero una voz suave y tranquila me detiene.

—No lo hagas. Eso le ayudará a expulsar el veneno.

Me sobresalto de inmediato y vuelvo a alzar al cuchillo mientras me pongo frente al cuerpo de Gale. Me vuelvo hacia el sonido, y pongo el arma frente a mí. No hay nadie; al menos, que yo vea. Entonces distingo la punta de una bota de niña asomando por detrás del tronco de un árbol; me relajo y sonrío. Esta niña puede moverse por los bosques como una sombra, hay que reconocerlo. Si no, ¿cómo podría habernos encontrado? Las palabras surgen antes de poder detenerlas.

— ¿Fuiste tú quien le puso las hojas?

No obtengo respuesta durante un momento, pero entonces uno de los ojos de Rue sale del cobijo del árbol.

— ¿Por qué lo hiciste?

— Vi que necesitaban ayuda…

Miro mi brazo; alguien había alzado la manga de mi chaqueta y me había colocado un vendaje de hojas también. Suspiro y bajo el cuchillo.

— ¿Sabes? Los profesionales no son los únicos que pueden aliarse…— suelto sin pensar. Su ayuda tan desinteresada me conmueve por completo.

— ¿Quieres que seamos aliados?

— ¿Por qué no? Nos salvaste de esas rastrevíspulas, eres lo bastante lista para seguir viva y, de todos modos, ahora estamos en deuda contigo— Ella parpadea, intentando decidirse.

—Pero… ¿y si él…?

—No te preocupes por Gale— la interrumpo, haciendo un esfuerzo por levantarme— ¿Tienes hambre?— Veo que traga saliva de forma visible y baja la mirada—. Pues ven, tenemos bastante comida que debemos ingerir antes de que se eche a perder…

—Puedo curar las picaduras de tu amigodice la niña, dando un paso vacilante hacia mí.

— ¿De verdad? ¿Cómo?— Ella mete la mano en su mochila y saca un puñado de hojas. Estoy casi segura de que son las mismas que Gale y yo tenemos puestas— ¿Dónde las encontraste?

—Por ahí. Todos las llevamos cuando trabajamos en los huertos; allí dejaron muchos nidos. Aquí también hay muchos.

—Es verdad, eres del Distrito 11. Agricultura. Huertos, ¿eh? Por eso eres capaz de volar por los árboles como si tuvieses alas— Rue sonríe— Bueno, cúralo, por favor.

Me hago a un lado y descubro el cuello y las manos de Gale. Rue me sorprende metiéndose un puñado de hojas en la boca y masticándolas. Nunca he visto nada así; me resulta muy curioso. Al cabo de un minuto, comprime un buen montón de hojas masticadas y se lo escupe en las picaduras.

Él suspira con alivio, entre sueños.

—Menos mal que tuviste la sensatez de sacarle los aguijonescomenta Rue, después de soltar unas risillas. Si no, estaría mucho peor.

Parpadeo.

—No fui yo. En realidad no tengo ni la menor idea de cómo tratar esta clase de heridas… o ninguna otra. Supongo que él lo habrá hecho antes de quedar inconsciente— suspiro y veo que Rue tiene una larga quemadura en el brazo— Oh, tengo algo para eso— busco en mi mochila y le extiendo la pomada en el brazo.

—Tienes buenos patrocinadores— dice ella, anhelante. ¿Por qué todos insisten con lo mismo?

—Supongo… ¿Te enviaron algo a ti?— pregunto, y ella sacude la cabeza. Pues lo harán, ya verás. Cuanto más cerca estemos del final, más gente se dará cuenta de lo lista que eres.

Rue me cambia las hojas de mi brazo; luego volteo para buscar mis provisiones y saco mis restos de pan y de la presa que Gale sacó ayer.

—No estabas bromeando, ¿verdad? Sobre lo de aliarnos.

—No, lo decía en serio. Por cierto, mi nombre es Madge.

Casi oigo los gruñidos de Gale cuando se entere de que nos alié a ambos con esta niña menuda, pero la quiero la mi lado porque ha demostrado que es de confianza, porque no quiero dejarla sola e indefensa y, por qué no admitirlo, porque me recuerda a Katniss por ser una luchadora; y a Prim, por su tamaño.

—Lo sé. Bueno— responde, y me ofrece la mano. Le doy la mía. Trato hecho. Soy Rue.

—Lo sé.

Por supuesto, este tipo de trato sólo puede ser temporal, pero ninguna de las dos lo menciona, tal y como hice con Gale.

Rue aporta a la comida un buen puñado de una especie de raíces con aspecto de tener almidón. Reconoce el pájaro que mató Gale, un ave silvestre a la que llaman «granso» en su distrito. Dice que a veces una bandada llega al huerto y ése día todos comen bien. La conversación se detiene un momento mientras nos llenamos el estómago. Gale no despierta aún.

—Oh— dice Rue, suspirando. Nunca había tenido un muslo para mí sola.

Ese comentario me estruja el corazón; nunca he pasado hambre, así que no sé lo que es, pero estoy segura de que, en su casa, Rue apenas consigue comer carne.

—Toma otro.

— ¿En serio?

—Sí, toma todo lo que quieras, Gale no se enfadará. Además, él puede cazar más con su arco y flechas. Y colocar trampas. Puede enseñarte a ponerlas— Rue sigue mirando el muslo con incertidumbre. Vamos, tómalo— insisto, poniéndole la pata en las manos. De todos modos, se pondrá malo en cualquier momento, y tenemos cecinas, galletas, conservas y muchas manzanas— Una vez le pone la mano encima al muslo, su apetito gana la batalla y le pega un buen mordisco— Creía que en el Distrito 11 tendrían un poco más para comer que los mineros en casa. Ya sabes, como cultivan la comida... casi todo lo que papá recibe viene del Distrito 11.

—Oh, no, no se nos permite alimentarnos de los cultivos— responde Rue, con los ojos muy abiertos. Eso sí que me sorprende.

— ¿Te detienen o algo?

—Te azotan delante de todo el mundo. El alcalde es muy estricto con eso.

Sus palabras me impactan, pero, por su expresión deduzco que no es algo poco común. En el Distrito 12 no suele haber flagelaciones públicas, a mi padre no le agradan, aunque suceden de vez en cuando. En teoría, a Gale y a Katniss podrían azotarlos todos los días por ser cazadores furtivos (bueno, en teoría podrían hacerles algo mucho peor), pero he oído que todos los funcionarios compran de su carne. Además, como ya dije, a mi padre no le gustan mucho ese tipo de acontecimientos. Tal vez ser el distrito más desprestigiado, pobre y ridiculizado del país tiene sus ventajas, como, por ejemplo, que el Capitolio casi no nos haga caso, siempre que produzcamos nuestro cupo de carbón.

— ¿Ustedes tienen todo el carbón que quieren?— me pregunta Rue—. Es decir, seguro que tú si, porque oí que eres la hija del alcalde de tu distrito.

—Lo soy, pero aun así debemos comprar el carbón que necesitamos para calentarnos.

—A nosotros nos dan un poco más de comida en tiempo de cosecha, para que resistamos más.

— ¿No tienes que ir a la escuela?

—Durante la cosecha, no, todos trabajamos— me explica, luego hace una pequeña pausa. Es interesante oír cosas sobre su vida. Tenemos muy poca comunicación con los que viven fuera de nuestro distrito; ni siquiera en los viajes que he hecho con papá pude interactuar con gente de otros distritos. Sólo los alcaldes pueden recibir información de fuera, y mi padre jamás comparte esas cosas conmigo. De hecho, me pregunto si los Vigilantes estarán bloqueando nuestra conversación, porque, aunque la información parece inofensiva, no quieren que la gente de un distrito sepa lo que pasa en los otros— Debe ser grandioso ser hija de un alcalde— añade con una sonrisa.

Sus palabras me turban un poco. Nunca me había sentido especialmente afortunada por ser hija de mi padre, a pesar de haber nacido en un distrito donde todos los días las personas mueren de hambre; pero desde que estoy en los juegos me he dado cuenta de que en verdad he sido muy favorecida en esta vida. Y que eso no es justo.

—No lo es tanto… Tengo que hacer muchas cosas aburridas. Aprender muchas cosas que no me interesan y asistir a fiestas a las que no quiero ir por obligación…— admito mientras me trenzo el cabello, pero me arrepiento de inmediato al pensar en lo banal que habrá sonado. Sé que no debería decir eso con tantas cámaras sobre mí, pero ni modo, esa es la verdad y no me creo capaz de mentirle a Rue.

— ¿En serio?— se encoge de hombros— Eso no es bueno; pero, al menos, nunca tienes hambre… y no tienes que trabajar— contesta con inocencia.

Eso me desarma por completo, y me quedo callada. ¿Qué puedo objetar?

Tal vez, muchas personas en los distritos estén odiándome ahora. No sólo a mí, sino a todo lo que represento en un mundo donde muchos no tienen qué llevarse a la boca todos los días. Soy como el Capitolio; rodeada de pobreza y hambruna, y siendo completamente indiferente a ello; sólo quejándome de mi aburrida y tediosa vida porque tengo todo lo que a ellos les falta. Porque nunca tengo que esforzarme por nada.

«Porque tú representas todo lo que odio»

Las palabras de Gale retumban en mi cabeza. ¿Cuántos más estarán pensando como él ahora? Si yo saliera con vida de éste estadio, ¿podría enfrentarme a sus miradas acusadoras el resto de mi vida?

Mi corazón se estruja dentro de mi pecho. Quisiera poder decir algo; decirle a todo el país que no soy la persona horrible que creen, pero, ¿de qué serviría? Al cabo de unos minutos me pongo en pie y tomo las dos botellas de agua que Rue y yo vaciamos.

—Rue, iré a buscar agua— digo— ¿Te importaría cuidar de Gale? No creo que despierte, pero…

—Está bien.

Asiento y camino hacia el bosque. En realidad, no tengo ni la menor idea de adónde me dirijo, sólo intento alejarme de Rue y de lo miserable que me siento junto a ella, una pequeña gran luchadora. Me abro paso entre unos arbustos y avanzo como puedo. No quiero alejarme mucho porque temo perderme, así que no camino demasiado. Sólo quiero estar sola, como salía estarlo en casa.

Quisiera poder volver a encerrarme en mi pequeña burbuja y aislarme del mundo. Sin embargo, antes de que pudiera seguir ahogándome en mi propia miseria, oigo un grito de terror:

— ¡Madge!

Corro tan rápido como puedo, abriéndome paso torpemente entre los arbustos. Gracias al Cielo no me he alejado demasiado, porque Gale ha despertado, y apunta a Rue con una de sus flechas.

— ¡Gale, no!— grito, interponiéndome en su tiro.

— ¡Quítate!— me grita— ¡Se comió nuestra comida!

Rue, aterrada, se esconde detrás de mí. Extiendo las manos hacia Gale e intento calmarlo.

—Gale, no… Rue es nuestra aliada.

— ¿Qué?— pregunta, pero no baja la guardia. Paso saliva y repito:

—Nos alié con ella mientras estabas inconsciente.

Él baja su arma y suelta un bufido, molesto.

— ¿Por qué hiciste eso? ¡¿Quién te autorizó a aliarnos con ella?!

Me acerco a él y susurro:

—Ella ayudó a que te aliviaras.

Gale me mira, conmocionado.

— ¿Qué?

— ¿Ya viste las hojas que tienes tras en las picaduras?— se lleva una mano al cuello y saca una hoja, observándola con atención.

—Son las mismas que usa la mamá de Katniss…— murmura, con la mirada perdida en las curvas de la pequeña hoja; terminado su escrutinio me mira, molesto, y se acerca a mi rostro para hablarme con susurros:— Aun así, no debiste permitirle quedarse con nosotros.

— ¿Por qué?

—Porque en algún momento tendremos que matarla.

Abro los ojos con impacto. Lo que dice es lo más lógico del mundo, por más que quisiera evitar pensar en ello. Bajo la mirada hacia mis pies y esquivo los ojos acusadores de Gale.

—Madge, no es bueno para nadie que se quede con nosotros… no puedes ni debes encariñarte con ella.

—Pero, si la dejamos, la matarán.

—Morirá de todos modos— murmura, para que sólo yo pueda oírlo— Mírala, ella no puede ganar. Sólo será una carga para nosotros. Debes…

— ¡No!— lo corto, alzando la voz. Sé lo que va a decirme, y no quiero oírlo ni aceptarlo—. No vamos a dejarla— señalo a Rue, intentando no alzar demasiado la voz. Gale me observa, furioso— Por favor, Gale…— suplico, bajando una décima el tono de mi voz— Por favor, deja que se quede… te lo ruego— Gale sólo me fulmina con la mirada, pero no me dejo amedrentar— Deja que se quede, o…, o si no, ¡yo me iré con ella!— no sé de dónde sale tanta convicción, pero no quise detenerme a averiguarlo. Estoy haciendo demasiado drama de todo esto, y tal vez me arrepienta, pero ya no hay vuelta atrás. Atrapada en mi propio dramatismo, hago el intento de ir hacia el pozo y tomar mi mochila, pero la fuerte mano de Gale alrededor de mi brazo me detiene.

—Madge, no seas tonta…— lo miro, atenta. Gale suspira y me suelta. Da unos cuantos pasos, se toma la cabeza con las manos y deja escapar un gruñido, como si estuviera haciendo una pequeña rabieta. Cuando termina, vuelve a acercarse a mí y me apunta con un dedo— Eres exasperante— dice, enojado. Pero, por algún motivo, eso me causa gracia— Está bien. Que se quede— gruñe con resignación. Sonrío con triunfo y volteo hacia Rue, quien había vuelto a esconderse entre los arbustos.

— ¡Rue!— la llamo, y vuelve a aparecer; sonrío— Gale, ella es Rue. Rue, él es Gale. Saluda— le digo, codeándolo; un excelente humor me invade de pronto. Él me gruñe y frunce el ceño, pero obedece.

—Sí, claro. Hola.

—Hola— responde ella, saliendo por completo de su escondite, dándose valor— ¿Te sientes mejor? ¿Necesitas más hojas?

Gale suspira y se sienta en el suelo. Sólo ahora me doy cuenta de lo cansado que luce. Estoy temiendo que conteste con alguna grosería, pero él solamente se encoge de hombros.

—Tú eres la experta, ¿no?

Rue sonríe y, con más confianza, se acerca a él poco a poco.

Puede que Gale parezca molesto, pero yo sé que en el fondo se alegra de que ahora tengamos una aliada más, aunque sea una tan pequeña como Rue. Debe saber mejor que yo que ella es una sobreviviente, al igual que él.

Le doy a Gale las últimas tiras de cecinas que nos quedan y pan para que coma; después de dormir por horas en verdad está hambriento y muerto de sed. Come y toma en silencio y muy serio; sé que de seguro debe estar planeando nuestro siguiente movimiento… o lamentándose por haber aceptado a Rue. Ella y yo nos sentamos a unos pocos metros de distancia; no quisiera que cambiara de opinión, así que intento no estorbarle.

Siguiendo la sugerencia de Rue, luego de que Gale terminara su almuerzo sacamos toda la comida que tenemos, para organizamos. Ella ya ha visto casi toda la nuestra, pero añado las latas de conservas, las galletas saladas que le quedaban a Gale y las nueces de Cato. Ella ha recogido una buena colección de raíces, nueces, vegetales y hasta algunas bayas.

Tomo una baya que no me resulta familiar.

— ¿Estás segura de que es inofensiva?— le pregunta Gale.

—Oh, sí, en casa tenemos. Llevo varios días comiéndolas— responde ella, metiéndose un puñado en la boca.

Él le da un mordisco de prueba. Yo sonrío. Cada vez estoy más segura de que piensa que aliarnos con Rue ha sido buena idea. Dividimos la comida; así, si nos separamos, estaremos todos abastecidos durante unos días. Aparte de la comida, ella tiene una pequeña bota con agua, una honda casera y un par de calcetines de recambio. También lleva un trozo de roca afilada que utiliza como cuchillo.

—Sé que no es gran cosa— dice, como si se avergonzara, pero tenía que salir de la Cornucopia a toda prisa.

—Hiciste bien— responde Gale, siendo extrañamente simpático.

Cuando saco todo mi equipo, ella ahoga un grito al ver las gafas de sol.

— ¿Cómo las has conseguido?— pregunta, curiosa.

— Podría usarlas para que el sol no dañe mis ojos mientras cazo— dice Gale, tomándolas para mirar a través de ellas.

Abro la boca para responder que no son gafas de sol, pero la voz de Rue me interrumpe:

—No son para el sol, son para la oscuridad— exclama—. A veces, cuando cosechamos de noche, nos dan unos cuantos pares a los que estamos en la parte más alta de los árboles, donde no llega la luz de las antorchas. Una vez, un chico, Martin, intentó quedarse las suyas; se las escondió en los pantalones. Lo mataron en el acto.

— ¿Mataron a un chico por llevarse una cosa de éstas?— pregunto, horrorizada. Gale sólo escucha en silencio, pero sé que está mordiéndose la lengua para no dar su opinión.

—Sí— dice Rue—, y todos sabían que Martin no era peligroso. No estaba bien de la cabeza, es decir, seguía comportándose como un niño de tres años. Sólo quería las gafas para jugar.

No puedo creer que algo tan horroroso pueda ser real.

— ¿Y para qué sirven?— le pregunto Gale a Rue, tomando las gafas.

—Te permiten ver a oscuras. ¿Tú ya las usaste?— me pregunta.

—Sí. Mi padre una vez recibió un par para los agentes de paz del distrito, así que supe lo que eran cuando las vi.

—Quisiera probarlas— añade Gale, con una sonrisa traviesa— El gigante del dos también tenía unas— resuelve, buscando dentro de la mochila que le había quitado a Cato.

Curo las heridas de Gale y luego los tres caminamos hasta dar con un arroyo. Cargamos nuestras botellas y nos aseamos un poco. Gale es quien más lo necesita; todavía tiene la ropa llena de sangre seca y mucha tierra en las manos y el rostro; luego, se pone el cambio de pantalones y chaqueta que tomó de la mochila de Cato y limpia lo mejor que puede el resto de la ropa. Rue y yo lo esperamos. Para cuando acaba, ya está anocheciendo.

— ¿Dónde duermes?— le pregunto a Rue— ¿En los árboles?— Ella asiente ¿Abrigada con la chaqueta, nada más?

—Tuvimos noches muy frías— acota Gale, interesado en su respuesta.

—Tengo esto para las manos— responde Rue, enseñándonos los calcetines de repuesto.

Él sonríe.

—Lo has hecho bien, Rue.

—Puedes compartir el saco de dormir conmigo, si quieres— le ofrezco; también me acuerdo de lo frías que han sido las noches.

— Las dos cabrán de sobra— dice Gale. A Rue se le ilumina la cara y sé que es más de lo que se atrevía a desear.

Elegimos una rama de la parte alta de un árbol y nos acomodamos para pasar la noche justo cuando empieza a sonar el himno. Hoy no ha muerto nadie.

—Madge— me llama Gale desde el otro lado del árbol— ¿Cuántos días me perdí?

—No estoy muy segura…

—Dos. Pero no ha habido muertes tampoco— dice Rue.

— ¿Nos cuidaste por dos días?— le pregunto, pasmada. Ella asiente.

— ¿Y que hay de los profesionales?— pregunta Gale— ¿No se han movilizado?

—No desde que mataron a su líder— dice— Los he espiado en su campamento, junto al lago. No han hecho mucho hasta ahora.

—Deben estar perdidos sin el grandulón— murmura él— Mejor así. Deberíamos planear una emboscada mientras aún estén aturdidos.

— ¿En qué estás pensando, Gale?— pregunto, pero él no responde. Solo espero que no esté planeando nada que pueda matarnos.

El himno acaba y el cielo se oscurece.

— Vamos a probar esas gafas— dice al fin. Lo veo sacarlas y ponérselas— No estabas bromeando, lo veo todo. Podría matar a cualquiera desde aquí si me lo propusiera— ríe— Me pregunto quién más tendrá unas de éstas.

—Los profesionales tienen dos, o bueno, tenían; pero lo guardan todo en el lago. Y son muy fuertes. Fue una verdadera sorpresa que mataran a ese chico tan enorme. Con lo fuerte que era…

Siento un nudo en la garganta, pero no digo nada.

—Él también lo sabía— dice Gale— Tal vez seguiría vivo si su ego no hubiera sido tan grande.

— ¿Por qué?— pregunta ella, curiosa.

—No importa. No debes preocuparte por ellos. Nosotros también somos fuertes—. Afirma Gale— Y además somos más listos.

—Tú eres fuerte. Eres capaz de disparar. Madge es muy lista. ¿Qué puedo hacer yo?

—Puedes alimentarte. ¿Y ellos?— responde él.

—No les hace falta, tienen un montón de suministros.

—Supón que no los tuvieran. Supón que los suministros desapareciesen. ¿Cuánto durarían? Es decir, estamos en los Juegos del Hambre, ¿no?

—Pero ellos no tienen hambre.

Gale guarda silencio durante un rato. No puedo verlo, pero asumo que está pensando en algo.

—No, es verdad, ése es el problema— dice después de un rato, y, por primera vez desde que lo conozco, lo veo sonreír con satisfacción— Creo que vamos a tener que solucionar eso nosotros tres.

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Continuará...

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Gracias por leer!

Aun así, quiero agradecer a todas las personas que siguen esta historia y que son mi verdadera inspiración.

Bien, se me agotan las palabras...

Nos vemos!

Saludos,

H.S.