Rojo y Verde.
Harry se sorprendió no de ver a Dumbledore y a Ron tratando de atraparlo, sino de que estos estuvieran rodeados de aurores.
-Que gran honor nos haces querido Dumbledore, con tu presencia.
El rostro de este se iluminó con una sonrisa.
-Harry, hacer la pelota nunca ha sido lo tuyo, mejor déjaselo a gente como los Weasley, se les da mejor.
Harry observó como la cara de la comadreja se ponía completamente roja.
-¿A sí que crees que vas a encarcelarnos? ¿Otra vez?
-No lo creo- Contestó la momia-. Lo sé.
Posner dejó escapar un bufido.
-No eres lo suficientemente fuerte como para ser una amenaza.
Toda la gente de alrededor de Dumbledore, Harry incluido, se sorprendió. El rostro de Posner se contorsionó con una ladeada sonrisa.
-Además te olvidas de algo.
Dumbledore fingió sorprenderse, incluso se llevó una mano a la boca.
-¿Qué me he olvidado de algo?- Una taimada sonrisa apareció en su arrugado rostro-¿El qué?
-Pues te olvidas- dijo lentamente Posner mientras Harry levantaba la mano derecha hasta la altura de su cara-, de un pequeño detalle de nada. Simplemente de que Lord Cair Andros nos protege.
Ante tal mención, Dumbledore se estremeció, mientras que el resto de los aurores se miraban los unos a los otros extrañados.
-Por favor- dijo Dumbledore-, ¿De verdad creías que me iba a tragar ese cuento?
Se dio la vuelta y miró uno a uno de los que le rodeaban, cuando estaba frente a Harry y a Posner llevaba su varita en la mano.
-Tienen permiso para matar.
El cielo se tornó verde.
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Harry no pudo hacer nada, más de cinco rayos verdes salieron volando desde las varitas de los aurores, dos de ellos se desviaron, los otros dos le iban directos.
En el último segundo un cuerpo se interpuso entre los rayos verdes y Harry no pudo hacer otra cosa más que ver como Posner caía al suelo con la fastuosa túnica destrozada.
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Dumbledore sonrió con sorna al ver como caía el guardaespaldas de Potter. Había sido más fácil de lo que creía. Al fin y al cabo por muy duro que fuera, un Avada Kedabra mataba cualquier cosa.
Avanzó un par de pasos, disfrutando de la sensación de triunfo, cuando una mala sensación le asaltó. Conocía a Potter y su mayor defecto era que se preocupaba demasiado de sus amigos, entonces, ¿Cómo era posible que ni siquiera hubiera movido un músculo?
Una risa baja le reveló la verdad.
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Posner estaba disfrutando mucho, tanto que al reír temblaba. Lentamente se puso de pié sin dejar de reír, claro.
Miró su destrozada túnica, mudo testamento de las maldiciones asesinas que había recibido.
Disfrutó con las miradas de terror y pánico que tenían todos los aurores. Pero sobretodo, saboreó la mirada de terror que tenía Dumbledore, su pálida cara y el levísimo temblor que agitaba su varita. Pero algo le jodía el sabor de sus víctimas, algo en el aire.
Cuando lo descubrió no pudo menos que reír más fuerte aún.
El olor a orina que emanaba Weasley era tan penetrante que no hacía más que escocerle la nariz. Una risa se unió a la suya, Harry se lo estaba pasando tan bien como él.
Decidió acabar con esto, pues ya había durado demasiado, extendió el brazo derecho, se le cayó lo que antes era su manga. El aire rieló al mismo tiempo que un bastón de madera de roble con la punta llena de nudos perfectamente pulido, aparecía en su mano.
Al verlo, Harry asintió, y sacó la varita robada. Seguía sin gustarle demasiado, pero había llegado a dominarla completamente. Si Posner sacaba su báculo, solo podía significar una cosa… que mucha gente perdería la vida, y puede que algo más.
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Al ver la varita de Harry, Dumbledore reaccionó, se volvió a los aurores y exclamó.
-¿! A que demonios esperan ?¡- los aurores le miraron como si acabasen de despertarse- ¡Atacad!
Los pobres aurores no sabían como reaccionar, los pocos que atinaron a apuntar a Posner con las varitas no lograron realizar ningún hechizo correctamente, sólo los más veteranos lograron sobreponerse a su miedo y realizar unos hechizos de ataque.
Los rayos rojos cruzaron la distancia, aproximándose rápidamente a Posner, hasta que se disiparon, por el escudo que Harry había conjurado.
El muchacho se había puesto al lado del vampiro y una ladeada sonrisa cruzaba su rostro. Se notaba lo mucho que estaba disfrutando con esto.
-Me temo que debo pediros que desistáis- dijo sin perder la sonrisa en ningún momento- Tenemos prisa, y este combate solo tiene un resultado, cuatro supervivientes.
El mundo volvió a congelarse, incluso los asistentes a la fiesta que se estaban acercando para ver lo que sucedía, se habían detenido.
-¿Cua…tro su…pervi…vientes?- La comadreja apenas podía articular palabra, tragó saliba- ¿Quienes?
Harry sonrió.
-Posner, yo, Dumbledore… y tienes suerte tu también comadreja. Cambiando de tema, creo que ya que les hemos aguado la fiesta a los novios, lo mínimo es darles nuestros regalos ¿Posner?
Este muy serio golpeó el suelo con su bastón, el grupo de Dumbledore retrocedió con presteza, rodeando a este.
Una fina capa de luz dorada rodeó al grupo de los aurores, quienes trataron en vano de romperlo lanzando maldiciones y contra conjuros, todo en vano.
No os molestéis, no cederá- dijo Posner-. Y ahora los regalos.
Miró al cielo y lanzó un penetrante silbido. Del cielo cayeron dos seres envueltos en tinieblas. Se arrodillaron delante de Posner y Harry. Un hombre y una mujer muy hermosos, de tez muy pálida y trajes elegantes y oscuros, muy anticuados. Ambos portaban una pequeña caja de madera de ébano cada uno.
Harry llamó a los novios, quienes se acercaron lentamente sin dejar de mirar a Harry y a Posner alternativamente.
-Para la novia -dijo este con voz cálida.
La vampira se acercó con paso lento a Luna, se inclinó ante ella y levantó la tapa de la caja.
Luna abrió mucho los ojos y se puso muy pálida. En el bello estuche había entre telas oscuras un collar de perlas, con un motivo central de plata con un diamante engarzado en él.
-El colgante de Eladonna- dijo la vampira con voz aterciopelada-, reina de los vampiros del norte, recuperado en el 1889 por mano de Heinrich Posner tras la toma del castillo de Nurengard, dos supervivientes.
Luna tomó el estuche entre las manos, sendas lágrimas cruzaron su hermoso rostro.
-Es… demasiado…- miró a Harry.
Este simplemente asintió. Luna se volvió a Posner.
-Muchas gracias… Posner.
-Espero lo lleves puesto cuando nos veamos otra vez.
-Tras los barrotes de una celda…- dijo una voz en bajo.
Posner se giró con el rostro desencajado de furia. Apuntó con el báculo a los aurores.
-Shirak.
Un auror salió despedido del resto, cayó despeñado por la ladera. Antes de tocar el suelo ya estaba muerto.
Posner se giró a los novios ante la atónita mirada de los presentes y dijo.
- Para el novio.
El vampiro se acercó y se inclinó respetuosamente. El estuche de este era rectangular y más alargado que el anterior. Al abrirlo reveló una varita de endrino, corta y oscura, como el alma de su antigua portadora.
-La varita de Bellatrix Lestrange- Neville se puso blanco-. Obtenida como botín de triunfo por el joven Harry Potter. Dos supervivientes.
-Entonces ella…esta ¿Viva?
-Si, no me pareció adecuado acabar con su vida, teniendo tú la cuenta pendiente.
Neville simplemente asintió.
-Me temo- dijo Posner volviéndose a los aurores- que su presencia nos ha retrasado en sobremanera- miró a Harry, y los vampiros a su alrededor. Todos ellos asintieron-, por ello han de pagar con sus vidas este agravio- Se volvió a los novios-. Lamento que tengan que ver esto en el día de su boda. Mi más sincero pésame.
Alzó su bastón, con el que empezó a golpear el suelo rítmicamente, mientras pronunciaba palabras de poder en la antigua lengua del Nigrorium.
El dorado escudo cayó, poniendo fín al encarcelamiento de los aurores, pero la mayoría estaban demasiado aterrados como para mover un músculo siquiera.
Posner sonreía mostrando todos los dientes, luciendo dos enormes incisivos. Negras hebras de energía pura surgieron a su alrededor, retorciéndose, libres ahora de su confinamiento, mientras se alargaban y se contraían rítmicamente al son de las palabras de Posner.
El primero en caer fue un joven auror, con uno de los tentáculos atravesándole el cuerpo por la altura del esternón. Luego cayó otro, con la cabeza seccionada, la sangre salió despedida a varios metros de distancia. Luego cayó otro y otro y otro más.
Ese día el suelo se tiñó de rojo, por la sangre derramada tras el brutal ataque de Posner.
