Esto lo hago sin ningún fin de lucro, los personajes le pertenecen a Suzanne Collins yo solo juego con ellos :$ y la historia le pertenece a Johanna Lindsey.

Tres de los hombres se adelantaron hasta los portones cerrados. Plutarch era uno de ellos. Al ver el hacha de batalla gigantesca que llevaba a la espalda, Annie sintió escalofríos. Imaginó que no necesitarían un ariete pues esa hacha sola era capaz de derribar las puertas de madera si la blandía el gigante.

Supuso que Gale sería el del centro, aunque el yelmo que usaba no le permitía verle los rasgos. Era grande y parecía curtido por la guerra, pero a Annie la alegró comprobar que su hermano era mucho más grande. Peeta podría vencerlo sin dificultades si ya se había recuperado del todo. Por desgracia, que volviera a comportarse del modo habitual no significaba que ya estuviera listo para un combate a muerte.

Los caballos se detuvieron. Dos de los hombres se quitaron los yelmos y los pusieron bajo los brazos robustos. Plutarch no llevaba yelmo ni cota de malla como los otros dos.

—Soy Gale Hawthorne.

Annie no se había equivocado: era un hombre apuesto de cabellos castaños con matices rojizos y ojos grises, como los de la hermana.

—Sabemos quién eres —gritó Annie desde lo alto—. Yo soy Annie de Odair.

—Sí, señora, nosotros también sabemos quién eres.

En ese momento sonaba un matiz de cólera en la voz de Gale, y parecía dirigido a Annie. La mujer se preguntó si tenía que agradecerle a Plutarch por eso y supuso que así debía de ser. Sin duda debió de contarle palabra por palabra lo sucedido ante las puertas de Everdeen, aunque era probable que antes de llegar Gale hubiese obtenido una versión de los que habían quedado.

—¿Mi hermana todavía está viva?

Esa pregunta hubiese sorprendido a Annie momentos antes, pero ahora no. Quizá Plutarch le hubiese hecho un favor al describirla ante Gale como una persona tan sedienta de sangre como cualquier hombre. No vendría mal que lo creyera si llegaban al punto de tener que alardear.

—Su hermana goza de buena salud... por ahora.

Gracias a Dios que Finnick no la entendía porque si hubiese entendido lo que dijo estaría sacudiéndola por haber lanzado lo que en realidad era una sutil amenaza. Gale, por su parte, no esperaba otra cosa.

No dijo más que:

—Tengo que verla.

—Si está dispuesto a entrar solo, podrá pasar. De lo contrario, tendrá que aceptar mi palabra de que no se le ha hecho daño.

A Gale no le agradó para nada esa respuesta.

—¿Dónde está su esposo? Quiero hablar con él.

—Mi señor Finnick está aquí, a mi lado. Diríjase a él sí sabe hablar en sajón. Si no, tendrá que hablar por mi intermedio.

Esa respuesta le agradó menos aún.

—Lady, usted sabe a qué vine. No tiene derecho a retener a mi hermana.

Annie alzó fuerte la voz para igualarla a la del hombre.

—¿Derechos? ¿Quiere hablar de derechos? En primer lugar, mi hermano iba en misión encargada por el rey Caesar, que lo es también de usted. En el camino fue herido de gravedad y llegó a Everdeen en busca de ayuda. Allí lo acusaron de ser espía y cuando dijo la verdad no le creyeron. Le dieron latigazos. Ardiendo de fiebre y ya con una herida grave, le dieron latigazos. Tiene derecho a exigir una retribución, y su hermana responderá por eso.

—Según me explicó Plutarch, mi hermana ordenó los latigazos porque se encolerizó cuando su hermano la insultó. También me dijo que mi hermana iba a cancelar la orden cuando sucedió que mi hijo se quebró el brazo y eso la hizo olvidarlo. Cometió un error, pero su hermano se equivocó primero al tratarla como a una mozuela cualquiera en lugar de considerar que es la hija de un jarl. No permitiré que mi hermana sufra por ese error.

Finnick le había explicado a Annie acerca del supuesto enfado que fue el causante de los latigazos. Lo que no aceptaba en absoluto era que ese castigo se habría evitado si algo no hubiese distraído la atención de Katniss. ¡Si habría bastado con que pronunciara unas pocas palabras a alguno de los sirvientes que pasaban para demorar o cancelar la orden! No lo entendía.

Por otra parte, la historia de Gale no explicaba las risas de la dama, que Peeta recordaba con toda claridad, que le hubiese divertido el sufrimiento del prisionero. Para que así fuera, Katniss debió de estar presente y eso significaba que Gale estaba mal informado por Plutarch o que mentía para proteger a la hermana.

Annie no lo culpaba por ello pues en su lugar ella habría hecho lo mismo. Sin embargo, resultó inútil pues Annie conocía los hechos mejor que Gale.

En recompensa de ese esfuerzo, le dirigió una breve sonrisa y dejó que la interpretase como quisiera.

—Cuando mi hermano se considere satisfecho de que su hermana le pagó todo lo que le debe, la enviará de regreso a su casa.

—Si lo que quiere es dinero...

—No aceptará dinero.

Mientras el hombre pensaba en eso se produjo un prolongado silencio.

—¿Acaso la violó?

—Si su hermana ya no es virgen será por culpa de ella y no de nosotros.

—¿Quiere decir que no lo es?

—Lo que quiero decir es que no encontré motivos para preguntarle si lo es, de modo que, ¿cómo voy a saberlo? Con todo, Katniss no se irá de aquí hasta que mi hermano esté dispuesto a dejarla ir, y aún no lo está.

Percibiendo la furia y la frustración del jinete, el caballo de Gale retrocedió.

—Lady, esto es inaceptable. Hágalo salir. Lo desafío aquí y ahora.

—Todavía no está lo bastante recuperado como para aceptar un desafío, pero yo fui la que capturé a su hermana —le recordó Annie—. ¿Quiere luchar conmigo?

—A usted le exigiré una compensación en dinero por su temeridad. Al hombre para quien usted capturó a mi hermana le exigiré la vida.

—Si mi hermano desea luchar contra usted una vez que se recupere, que así sea. Pero para eso todavía falta cierto tiempo. Puede usted regresar a...

—Lucharé contra él ahora —dijo Peeta a espaldas de Annie.

Annie giró bruscamente para impedirle subir los últimos peldaños hasta la plataforma, maldiciendo para sus adentros al que le había informado que los daneses estaban ahí. Y no se anduvo con subterfugios.

—¿Has recuperado tus fuerzas por completo?

—Lo suficiente...

—Pero no por completo. Y no me digas que ya no sufres esos dolores de cabeza porque sé que no es así.

—Eso no está en discusión —porfió Peeta.

—Sí, te asiste ese derecho. No aceptarás el reto de este hombre salvo que acepte esperar a que te recuperes por completo.

Peeta comprendía la preocupación de la hermana y lo conmovía, pero no le permitiría intervenir.

—Ann, no tienes nada que decir en esta cuestión de modo que apártate.

Como la hermana no lo obedeció, la tomó de la mano, la alzó sobre su hombro, subió los peldaños que le faltaban y volvió a dejarla a un costado. Luego se volvió para mirar a los daneses: cuando su mirada se topó con Gale Hawthorne, comenzó a maldecir.

Gale también pudo verlo y exclamó:

—¡Tú!

Peeta les dio la espalda a los daneses y miró hacia la casa. Seguía maldiciendo por lo bajo cuando miró hacia la ventana de su cuarto y vio a Katniss ahí, desde donde podía ver al menos a la mitad del ejército que había acudido a buscarla. No había vuelto a encadenarla a la pared... aunque tendría que haberlo hecho.

—Parece que te conoce —dijo Finnick en voz baja.

La voz de Peeta desbordaba de exasperación.

—Claro que me conoce. Él es el danés que me salvó la vida al confundirme con uno de su propia horda al que vosotros, los sajones, pusisteis en fuga.

—Recuerdo que después de eso comentaste que te parecía divertido aunque no por ello estabas menos agradecido —replicó Finnick, y agregó lo que en ese momento pensaban tanto él como Annie—: Si tienes una deuda con ese hombre, puedes saldarla devolviéndole a la hermana.

—¡No! —exclamó Peeta, enfático, y comenzó a bajar las escaleras—. Mi deuda es con él, no con la hermana. Y lo compensaré negándome a luchar contra él. —Volvió a maldecir—. ¡Por los dientes de Thor! ¿Por qué tenía que ser el hermano de ella?

—Estupendo —dijo Finnick volviéndose hacia la esposa que, a su vez, observaba al hermano un tanto desconcertada por la ironía de los hechos que ninguno de ellos había esperado—. Así que ahora tenemos un empate.

—Quizá no —dijo Annie; volvió a inclinarse sobre el muro y le gritó a Gale, que aún esperaba—: Lord Gale, Peeta está tan sorprendido como debe de estarlo usted por haberse reencontrado de esta manera. Mi hermano reconoce la deuda hacia usted y por eso no luchará.

—No me debe nada pues me engañó —le replicó Gale, airado—. Nunca le habría ayudado si hubiese sabido que era un enemigo. Pero ahora, o acepta mi desafío o me devuelve a mi hermana.

Annie se sintió sobremanera incómoda por la respuesta que debía darle. Toda la familia tenía buenos motivos para estarle agradecida a este hombre, quisiera o no aceptar esa gratitud, y ésta no era manera de demostrárselo. Annie sintió grandes deseos de dar de puntapiés a su querido hermano.

—Lo siento —dijo al fin, y lo dijo en serio—. Mi hermano piensa retenerla por ahora.

—Yo no me iré de aquí sin mi hermana. Si lo que pretenden es un sitio, lo tendrán. —Con gesto brusco, hizo girar al caballo y se volvió hacia donde estaban sus hombres. La expresión de Annie era de absoluta desazón.

—Habrás advertido que se marchó antes de que yo pudiese formularle mis propias amenazas.

Finnick la miró ceñudo:

—¿Qué amenazas?

La mujer suspiró.

—Ya no importa.

—¿Y en qué consisten las amenazas de él?

—Tenías razón: estamos empatados. Gale no se irá sin Erika.

—¡De modo que estamos sitiados, y tenemos al rey de Wessex entre nuestros muros...!

—¡Dios bendito! —gimió Annie—. Me había olvidado de él.

Annie era la encargada de relatar al resto de la familia lo que sucedió junto el muro, pues Finnick no se quedó hasta el fin para oírlo todo. Por desgracia, también el rey Caesar escuchó el relato. Era casi imposible excluirlo por la sencilla razón de que él también estaba involucrado: no podría salir de Odair hasta que el conflicto se resolviera.

En general, Caesar no intervenía en la discusión de lo que debía hacerse. No quedaban muchas alternativas, ya que Peeta se opuso con tanta vehemencia a la más lógica que se enfureció y salió a zancadas del salón.

Lo último que dijo sobre el tema fue:

—Estaré de acuerdo con lo que decidáis, siempre que no implique perder a mi prisionera. Hasta estoy dispuesto a luchar contra ese gigante de Plutarch, en lugar del hermano de Katniss.

Nadie quería presentar esa opción a los daneses. Si no fuera por la presencia de Caesar confinado junto con los demás, lo más simple sería esperar a que terminara el sitio. Los hombres preferían la agresión; las mujeres, los medios pacíficos. A nadie se le ocurrió amenazar con quitarle la vida a Katniss pues sabían cómo podría reaccionar el hermano.

Por último, fue Caesar el que sugirió la solución más lógica, la que a la familia de Peeta no se le había ocurrido. La recibieron con distintos grados de escepticismo.

Finnick no hizo más que reírse.

Haymitch se aclaró la voz y dijo:

—Aunque se muestra obstinado reteniendo a la muchacha, yo no le haría eso a mi hijo.

—No importa —dijo Annie—. Peeta no lo aceptará jamás. Antes, saldría y se haría matar. Por otra parte, ¿quién se lo sugerirá?

—Yo —se ofreció Finnick.

Annie resopló con desdén.

—No podrás dejar de reír el tiempo suficiente

—No, sin duda se pondrá tan furioso que me quitará las ganas de reír... si es que no me da un puñetazo. —Y volvió a reír a carcajadas.

A esa altura, Annie lo miraba encolerizada.

—¿Podrías decirme qué es lo que te parece tan divertido?

—La ironía de la situación —dijo Finnick entre risas—. La increíble ironía de esta situación.

Hasta ese momento, Effie no había dicho nada. Haymitch lo advirtió y le preguntó con suavidad:

—¿Por qué no te mesas los cabellos y gritas contra esta idea?

Effie se encogió de hombros.

—Porque estoy segura de que no le molestará demasiado... al final.

Haymitch la miró con aire interrogativo.

—¿Acaso me ocultas algo de lo que tendría que saber?

Effie le dirigió una mirada de la inocencia más pura.

—Tú sabes lo mismo que yo. Peeta asegura que la odia y, sin embargo, lo atrae. Recuerdo perfectamente que nuestra hija y nuestro yerno en otra época tuvieron la misma dificultad.

—Amor mío, las circunstancias eran por completo diferentes. Finnick no buscaba venganza.

—Y Peeta tiene una manera extraña de buscarla —replicó Effie.

Haymitch meneó la cabeza.

—Eres demasiado romántica si crees que el comportamiento insólito de nuestro hijo tiene un significado diferente del que parece.

—¿Tú crees? No dudo de que Peeta se pondría furioso ante la sola sugerencia. Pero veamos cuánto tiempo protesta antes de aceptar.

—¿Crees que eso lo obligaría a soltarla?

—Digamos que me sorprendería si lo hiciera.

Haymitch no estaba tan seguro pero recomendó que buscaran a Peeta y le dijeran lo que habían decidido pues era necesario que se presentaran en grupo para vencer la obstinación del hijo en uno u otro sentido.

Todavía le quedaban dos opciones. La ironía que tanto divirtió a Finnick era que si bien Peeta se negaba a devolver a la danesa podía terminar ligado a ella para siempre.

Lo encontraron en la herrería, dando indicaciones concretas para que le hicieran una espada en reemplazo de la que había perdido durante el ataque de los ladrones. Al ver que venían todos juntos, imaginó que no le agradaría el motivo de que lo buscaran. Tenía razón.

—¿Que me case con ella? ¡Debéis de haber perdido la razón!

En última instancia, Finnick resultó ser el más razonable.

—Caesar quiere formar alianzas a través del matrimonio. Tú lo sabías pues estabas involucrado en ese plan. No es extraño que lo sugiera.

—Y tampoco lo es que yo me niegue —replicó Peeta sin sutileza.

—Dime que no te parece atractiva en absoluto —dijo Effie.

Entonces Peeta comprendió sin lugar a dudas que la madre había visto a Katniss debajo de él, desnuda, en el corredor, y se guardó esa parte de los hechos para sí. Le respondió con aire rígido:

—Eso no tiene nada que ver. ¿Acaso tengo que casarme con una mujer que me odia? ¿Eso es lo que quieres?

Fue Annie la que respondió, indignada:

—Por cierto que no. Esperábamos que recuperaras el sentido común y se la devolvieses al hermano, pues al parecer la disyuntiva consiste en que hagas una cosa o la otra.

Haymitch dijo con voz serena:

—No podemos ser responsables de retener aquí al rey sajón. Tenía que marcharse mañana. Y si nos limitamos a dejar que continúe el asedio, el hermano de la muchacha puede cansarse y atacar, sin saber que estaría atacando al rey de Wessex. Hijo, ¿quieres asumir la responsabilidad de iniciar una nueva guerra entre los sajones y los daneses?

¿Cómo era posible que el padre fuese capaz de acumular tanta culpa sobre él que ya no lograba librarse de ella? ¡Y todos estaban del lado de Haymitch! Podría dejar de lado el honor y luchar de todos modos contra Gake Hawthorne... pero no, no podía. Tendría que entregar a la dama. No se casaría con una mujer que despreciaba.

En ese preciso momento apareció en la entrada la figura alta de Caesar, con expresión ecuánime y regia al mismo tiempo.

—Veo que lo encontraron —dijo, sin dirigirse a nadie en particular para clavar luego los ojos cafés sobre Peeta—. ¿Cuál es tu respuesta?

Peeta podía discutir todo lo que quisiera con la familia pero, como la mayoría de los hombres, le resultaba en extremo difícil discutir con un rey, aunque fuese un rey sajón y no le debiera particular lealtad.

—Me casaré con ella.

Caesar no esperaba otra respuesta.

—Excelente. Entonces, lo único que hay que decidir es si invitarás al hermano de la dama a la ceremonia o le informarás cuando el hecho esté consumado.

Finnick sugirió:

—Si queremos evitar un asalto inminente, tenemos que informarle después.

Annie salió de su estupor y dijo:

—De todos modos es probable que ataque. ¿Creen que no se enterará de que se la ha obligado a ello?

Eso hirió a Peeta en lo vivo. Cualquier otra de las mujeres que conocía estaría extasiada ante la posibilidad de casarse con él. Cualquiera, salvo ésta.

—No será obligada —dijo, tenso, y se corrigió sabiendo que era mentira—. Al menos se casará por propia voluntad y convencerá al hermano de ello.

Effie fue la que lo miró alzando una ceja:

—¿Cómo te las arreglarás para producir semejante milagro, si es cierto que te odia, como tú dices?

El hijo la miró enfadado. La madre no parecía compadecerlo, más bien, se la veía divertida con la situación. El que se veía obligado a hacer algo que no deseaba era Peeta, y lo menos que podría hacer la madre era apenarse por él...

—Yo lo lograré —se limitó a decir.

—En ese caso, será mejor que empieces de inmediato —dijo Effie—. Si eso es lo que piensas hacer, tendrás que hacerlo este atardecer: así lo exigió el hermano esta mañana. Es necesario que sepa que pasaron una noche de bodas, para que se convenza de que no puede deshacer esta unión.

¿Una noche de bodas? Era una idea excitante... y escalofriante. Una noche de bodas con ella... no, no habría tal noche de bodas. A menos que lo tentara de modo desvergonzado, no la quería. Sólo quería vengarse de esa mujer, lo único que había querido... y lo único que aún quería.

Cuando llegó a la recámara, Peeta estaba tan furioso que casi no podía contenerse. Cada línea de ese bello rostro masculino expresaba una furia sin dirección precisa. Quiso culpar a Katniss, al destino, hasta a sí mismo, pero la furia no se dirigía a una persona o a un objeto específico: simplemente allí estaba. Y al mismo tiempo, la euforia más extraña que hubiese sentido jamás. Si no supiese que era imposible, creería que era puro regocijo, pero no...

Vestida con la prenda interior, Katniss estaba de pie frente a la ventana desde la que veía casi a la mitad del ejército que acampaba delante de las puertas de la fortaleza. Peeta imaginó que había estado ahí desde la llegada de los daneses. Ni se preocupó en ver quién entraba, aunque Peeta advirtió que lo había escuchado: vio que se ponía tensa y luego, con un esfuerzo, se relajaba.

El hombre cruzó la habitación, se detuvo detrás de la joven y él también vio a los daneses a la luz de las hogueras: eran impresionantes. Los semblantes exhibían una gravedad mortal, en especial el de Gale, que era el que los dirigía.

Katniss volvió a ponerse tensa ante la cercanía de Peeta pero esta vez no se aflojó. Aunque no se volvió para ver quién era, no fue necesario que Peeta dijese una palabra para que lo supiera. Pero al permanecer de espaldas no percibió la furia del hombre y si lo hubiera hecho tal vez no habría dicho lo que dijo, en voz suave y fatigada:

—Se acabó. Ahora, hasta estoy dispuesta a pedir perdón.

Peeta se sorprendió de la moderación de su propio tono de voz:

—¿Por no tener corazón?

—Por dejar que sus insultos me provocasen y me impulsaran a ordenar los latigazos.

Ahora, la voz de Peeta fue más aguda y también más curiosa:

—¿Cómo que te insulté?

Katniss demoró en responder.

—Se invitó a mi cama.

Peeta no lo recordaba, aunque no le sorprendía que fuese verdad. Era propio del carácter de Peeta cortejar a todas las mujeres, y Katniss era una de las más encantadoras. Tenía que tener un problema para no tratar de seducirla... y, en efecto, tenía un problema en aquel momento. No pudo menos que maldecir esa fiebre que le había confundido los recuerdos.

—La mayoría de las mujeres lo considerarían un cumplido —dijo.

No era engreimiento sino una afirmación basada en su propia experiencia.

—En ese caso, tal vez yo sea diferente de la mayoría de las mujeres.

Peeta estaba por completo de acuerdo: ninguna mujer había causado tantos estragos en sus emociones. En un instante dado la despreciaba, y al siguiente ansiaba hundir las manos en los cabellos de Katniss y devorarle la boca. Se despreciaba a sí mismo por la debilidad de su carne, que la joven provocaba casi sin proponérselo.

De no ser Katniss sino cualquier otra mujer, se habría echado sobre ella, posándole la boca sobre el cuello para saborearla y las manos sobre los pechos para despertarlos a la vida.

El hábito de sensualidad de toda la vida estaba tan arraigado que necesitó un gran esfuerzo para no ponerle las manos encima, teniéndola tan cerca. Y tampoco se alejó para que le resultara más fácil contenerse.

Tendría que haberlo hecho pero no lo hizo.

—Moza, podrías haberte ahorrado la disculpa —dijo—. Todavía no te irás de aquí.

Katniss se volvió con brusquedad.

—Pero mi hermano...

—Como no logró convencer a mi hermana, decidió sitiarnos. Nosotros tuvimos tiempo suficiente para prepararnos, de modo que, ¿quién crees que perderá primero la paciencia y atacará?

Katniss no podía creerlo.

—¿Está dispuesto a llegar al punto de desatar una guerra?

—Yo no.

—¡Sí, usted! —le espetó la muchacha—. Déjeme ir, ya sufrí bastante.

—¿De qué modo? ¿Tienes marcas de latigazos? ¿Te duelen los músculos a causa del trabajo?

Katniss estaba tan exasperada que respondió gritando:

—¡Sufro con la presencia de usted!

Peeta se sonrojó y, por fin, Katniss advirtió esa furia latente que había manifestado desde que entró a la habitación, y que ella terminó de provocar. Se estremeció de temor. Retrocedió hasta toparse con el borde de la ventana abierta y por un instante fugaz pensó en saltar. Pero esa posibilidad quedó anulada, pues Peeta la sujetó envolviendo en el puño la cadena que le rodeaba el cuello.

—¿Así que mi presencia te revuelve el estómago? —Katniss no pensaba responder en ese momento—. Entonces, eres desafortunada pues el rey Caesar, aquí presente, sugirió varios modos de resolver este conflicto, y el que prefiere en especial es que nos casemos.

Katniss estuvo a punto de ahogarse. Peeta le palmeó la espalda, pero la joven se apresuró a apartarle la mano temerosa de que le quebrara algo. Lo miró con aire hostil.

—Eso no es divertido —dijo.

—¿Acaso estoy riéndome?

No, no se reía. Por el contrario, hervía de cólera y ya no hacía el menor esfuerzo por ocultarlo. Katniss gritó en tono desesperado:

—¡No hablará en serio!

—¿Por qué no? No es nada prudente ignorar los deseos del rey.

—¿Eso significa que tiene dificultades por haberlos ignorado?

—¿Crees que me negué? —Lanzó una carcajada dura y amarga—. No, moza, no soy tan tonto.

Los ojos de Katniss lanzaron chispas y habló casi jadeando de sorpresa:

—¿Se casaría conmigo?

—Sí.

La joven sacudió la cabeza.

—Prefiero que me dé latigazos. Hágalo de una vez y déjeme ir.

—¿A fin de cuentas, estás suplicándome?

—¡No! —dijo Katniss entre dientes—. Es evidente que no le basta la venganza que ya obtuvo, pues en caso contrario me dejaría libre. Le ofrezco una alternativa para esta locura.

—¿Locura? No, no lo creo, pues acabo de comprender que el matrimonio te deja a mi merced para siempre en lugar de un breve lapso. ¿Qué mejor venganza?

—¡Pero de ese modo también arruina su propia vida!

—¿Por qué? Mi vida no cambiará por el hecho de tener una esposa. Seguiré viviendo como hasta ahora.

En otras palabras, la fidelidad no tenía ninguna relación con esto, Katniss sabía que no podía esperarla de ningún esposo. Lo que sí esperaba era respeto, discreción, cierto grado de bondad, pero nada de eso obtendría de Peeta. Si la vida de Peeta no cambiaba la de Katniss se convertiría en un infierno peor aún, pues las humillaciones ya no serían temporales sino permanentes.

Para poder palmearle la espalda, Peeta la había soltado y Katniss se alejó todavía más y dijo:

—Seguirá como hasta ahora, pero sin esposa..., al menos sin mí como esposa.

—En este mismo momento nos espera abajo el obispo del rey.

—No soy subdita del rey sajón —le recordó Katniss—. No me asusta que se disguste.

—Ahora te encuentras en sus dominios.

—No por mi voluntad.

Peeta rechinó los dientes. Al parecer, se había apresurado al afirmar que la joven accedería al matrimonio; la confianza en sí mismo fue un error. Katniss no aceptaría de buen grado. Era necesario convencerla, empleando algo que fuese desagradable, hasta repugnante para Katniss, algo que al mismo Peeta lo consternara. Por fortuna, estaba tan enfadado que se lo haría creer.

—¿Prefieres sufrir dolor antes que casarte conmigo? —Se acercó a ella y, por una vez, la tomó del brazo en lugar de la cadena—. Muy bien, ven conmigo.

Mientras la arrastraba fuera de la habitación, Katniss sintió que el corazón se le subía a la garganta.

—¿Adónde vamos?

No se detuvo a explicárselo, y cada paso que daba evidenciaba su decisión. La voz de Peeta le provocó escalofríos.

—Te llevo al establo y te estaquearé sobre el piso, desnuda, para que abuse de ti cualquier hombre que te encuentre allí. Creo que pronto se reunirá una multitud que crecerá en lugar de disminuir.

Acababan de llegar a la cima de las escaleras cuando Katniss dijo:

—¡Acepto!

Peeta la soltó al instante y la joven corrió hacia la habitación deseando ocultarse, aunque sabía que no podría. Peeta lo había logrado. La idea no se apartaba de su cabeza y Katniss se estremeció.

—¿Y bien?

La muchacha se volvió y lo enfrentó. Peeta apoyó una mano en cada costado del marco de la puerta y la contempló con los ojos del color de un mar tormentoso. ¿Cómo era posible que un hombre tan apuesto tuviese un alma tan endemoniada?

Katniss se atrevió a negociar:

—Me casaré con usted a condición de que después de la boda no me toque.

Peeta estaba tan furioso que dijo:

—Acepto con gusto, pero yo también tengo una condición: nadie debe saber que no te tocaré..., en particular tu hermano.

Katniss hizo un breve gesto de asentimiento. El malicioso Loki no podía haber concertado un acuerdo mejor para los dos. Pero Peeta no había terminado. Lo enfermaba que la joven estuviera tan dispuesta a creer lo contrario. Por fortuna no había mencionado la deuda que tenía con Gale, pues de lo contrario no le creería lo que estaba por decir.

Se acercó otra vez a Katniss, metió un dedo en el anillo del grillete del cuello y con el puño le alzó la barbilla.

—Moza, ya recuperé las fuerzas. Si no quieres ver a tu hermano muerto a causa de esto, no romperás el compromiso delante de él cuando te permita verlo. En realidad, le dirás que estás feliz de casarte conmigo.

La perspectiva de una tarea tan imposible la hizo gemir.

—No me creerá.

—Tendrás que imaginar alguna manera de convencerlo.

—Loki debe de haber puesto a alguno de sus hijos en la cuna de usted cuando nació —dijo Katniss con un deje de amargura.

Todos los hijos de Loki tenían una reputación de monstruos, y el comentario de Katniss constituía una grave ofensa, pero Peeta se limitó a reír pues ya había obtenido de ella lo que deseaba.

Katniss imaginó que más tarde tendría tiempo para pensar qué le diría al hermano, pero en ese mismo instante Peeta la sacó otra vez de la habitación... Para casarse. Para casarse con él, todavía prisionera de esas malditas cadenas. Esperaba poder contener el llanto.