-Como siga chillando así acabara por despertar a todo el pueblo. –Comentó el pequeño Kitsune mirando sus pies, que colgaban en el aire por estar sentado en el banco de la entrada de la casita.
Inuyasha se dirigió a él con furia.
-Calma Inuyasha, -Le dijo el monje deteniéndole colocándole la mano en el hombro, el Hanyou le miró con rabia –es normal que estés nervioso. Relájate.
-¿Qué me relaje? –Chilló Inuyasha con más rabia zarandeándose -¡Como quieres que me relaje! ¡Tendría que estar ahí dentro!
-Sango no gritó tanto… -Susurró para sí misma Rin con todo de preocupación.
El medio demonio se apartó de Miroku. No podía estar quieto, se movía de un lado a otro con total nerviosismo, oliendo la sangre de la chica que impregnaba el aire acompañado de sus gritos.
Escuchó un lamento desgarrador prominente de Kagome, haciendo que se le congelara el pulso.
-Se acabó. –Bramó caminando hacia la entrada de la casita –Voy a entrar.
-No puedes Inuya-
El chico se estampó contra el suelo de golpe justo antes de poder entrar a la casita. Los ojos de los que estaban ahí fuera con él le miraron sorprendidos.
-¡Siéntate! –Gritaba Kagome con todas sus fuerzas desde dentro de la casita, repitiendo la palabra varias veces haciendo que su cuerpo se hundiera más en el suelo.
-¡Pero que hace! –Exclamó el medio demonio desde el suelo.
Miroku sonrío para sí mismo, recordando como Sango le dedicó insultos gratuitos cunado nacieron sus gemelas. Entonces, un silencio sepulcral reino el lugar de golpe.
-¡Kagome! -Gritó Inuyasha entrando en el interior de la cabaña de la anciana de un salto en cuanto el silencio fue inundado por el llanto de un bebé.
Sé quedo paralizado en medio de la habitación, observando en silencio el fondo de la estancia, donde estaba tumbada Kagome en un nuevo futón limpio con su cachorro en brazos, meciéndolo con ternura y sonriéndole con una sonrisa agotada por el esfuerzo que había hecho hace un momento mientras intentaba acallar su agudo llanto.
¿Agudo llanto?
Sango se levantó del al lado de Kagome y paso por el lado del Hanyou dedicándole una sonrisa seguida de la anciana Kaede, que salieron las dos sin decir nada dejándoles solos en la cabaña y cerrando la puerta tras ellas.
Inuyasha olisqueó el aire. Aunque el ambiente estuviera embriagado de sangre, pudo divisar una pequeña pero fuerte mota de olor ah... ¿Vainilla? No, ha flores dulces. Una aroma desconocida para él... No era una aroma desagradable, pero sí embriagante.
-Mira Inuyasha... -Susurró la chica de cabellos azabaches mirando a su marido con el rostro tranquilo. Su voz sonó por debajo del llanto de la criatura, pero sabía que el medio-demonio la escucharía.
El Hanyou le devolvió la mirada, dudando por un segundo sobre sus pies. No tenía miedo, pero si estaba preocupado y muy confundido. Él nunca había tenido un padre como referente y eso le preocupaba...
Movió sus pies con cautela acercándose a ella con lentitud y sigilo, mirando al pequeño bulto que tenía su mujer entre sus brazos. No sabía si el cachorro era macho o hembra, aunque el embriagante olor le indicaba que era...
¿Qué era?
Sé sentó a su lado con delicadeza ahora mirándola a ella preocupado.
-¿Cómo -El chico trago saliva- ...estas? -Preguntó en un susurro mientras colocaba su mano en la frente pegajosa de la muchacha.
Kagome le dedicó una sonrisa. Apoyó una de sus manos en el futón mientras que con la otra mantenía al cachorro en brazos y comenzó a levantarse para poder quedar sentada. El Hanyou la ayudó rápidamente a al ver sus intenciones, haciéndole menor el esfuerzo por sentarse.
-Toma... -Dijo mientras extendía los brazos hacía él pasándole el pequeño bulto tapado por una manta blanca.
Inuyasha extendió los brazos hasta coger a su cachorro y lo acurrucó en su pecho con un poco de torpeza, mientras Kagome observaba la escena con una sonrisa cansada.
Y en el momento en que el Hanyou cruzó los ojos con los del bebé, este dejó de llorar al instante y el medio-demonio se quedó sin respiración. Ambos se observaron con total atención, como si estuviesen estudiándose el uno al otro.
Era una pequeña cachorro, una Hanyou, como él...
Por eso no reconocía el olor... Esto... ¡Esto es imposible!
-¿Verdad que es preciosa? -Preguntó Kagome totalmente feliz sin ni siquiera preguntar por qué había dejado de llorar de pronto su hija. Se tumbó de nuevo en el futón con delicadeza, vencida por el cansancio sin dejar de observar a las dos personas más importantes de su vida. De su ahora nueva vida... -Se parece muchísimo a ti. -Dijo con doble sentido mientras se le comenzaban a cerrar ojos.
Inuyasha no le prestó la mínima atención a su esposa. No podía parar de mirar esos ojos grandes y llenos de vida de color dorado que le observaban con atención. Como los suyos...
Deslizó su temblorosa mano hasta la cabecita del cachorro y con mucha delicadeza acarició el cabello negro para después acariciarle una de las orejitas que salían del cabello, provocándole una pequeñita pero cantarina risita a la Hanyou.
Inuyasha sonrió totalmente cautivado, feliz.
-Parece que tienes más sangre demoníaca de la que imaginas Inuyasha... Es una Hanyou, al igual que tu... -Le explicó Kagome mientras acariciaba la pierna de su marido.
¿Feliz?
Inuyasha apartó su mano de la cabeza de su hija y la dirigió de nuevo por debajo de la manta, sujetando con ambas manos el cuerpo de la bebé.
No. No podía estar feliz. Era una Hanyou como él. ¿Qué le pasaría a su hija? ¿Se convertiría en humana las noches de luna nueva al igual que él? ¿Se convertiría en demonio cada vez que estuviera en peligro? Y lo más detestable;tenían las mismas orejas. Los humanos le repudiarían por tener sangre de demonio… Y los Youkais por tener sangre humana, como a él le pasó cuando era pequeño… Eso sí que no. No podía soportarlo.
Nunca pensó que podría pasar eso, ya que al ser medio-demonio y Kagome una humana, pensaba que su cachorro también sería humano aunque con algo de sangre demoníaca, pero no una Hanyou completa. Había pensado muchas veces en esto, en cómo sería su cachorro con ella antes aún de hacerla su hembra y de convertiste en su esposa. Pero esto pasaba de los límites.
Aunque la verdad era que no se arrepentía de ninguna noche que había pasado al lado de Kagome... Ni siquiera cunado de tal placer, a la muchacha se le quedaron las marcas de las garras en las caderas y en los brazos. Y de esa unión había nacido su hija, su pequeña cachorro Hanyou, con los ojos dorados, el cabello negro y las orejitas de perrito. Esa era una de las muchas razones por las cuales Kagome había sido elegida como su hembra por el hilo rojo, para formar una familia, y vivir juntos y felices para siempre.
La pequeñita Hanyou sonrió con ganas a su padre.
Es mi hija... Mi hija...Pensaba Inuyasha aún sin poder creérselo.
-¿Cómo quieres que la llamemos? -La voz de Kagome sonó bajito, aunque con un tono alegre.
El medio-demonio no se había parado a pensar en los nombres.
-Pues no losé... -Admitió sincero mirando de nuevo a su esposa mientras la bebé comenzaba a dormirse en sus brazos. -No lo había pensado... -Observó como en el rostro de Kagome podía verse alegría emoción.
Kagome miró a los brazos de Inuyasha donde estaba su hija.
-Parece que le gustas, se ha callado...
El medio-demonio bajó la mirada. Estaba con el rostro tranquilo y media dormida ya. Su hija. El primer cachorro que había tenido entre sus brazos medio dormido, el primer cachorro que confiaba en él.
Su hija...
A lo mejor ella también ha reconocido mi olor como Hanyou y se ha relajado...
-¿Qué nombre has pensado tú? -Susurró Inuyasha sin dejar de mirar a su hija.
-Izayoi, -El Hanyou miró de inmediato a Kagome, que sonría con todas las ganas y las energías que le quedaban -como tu madre...
-¿Co...Como mi madre? -Tartamudeó con dificultad y tragando saliva.
Izayoi. Así se llamaba la madre del medio-demonio. La primera mujer que le cuidó y le amó con todo su corazón y alma, la primera mujer que lloró por el por pena, preocupada por su futuro, y la que le protegía cuando las demás personas se reían de él y le insultaban... Izayoi.
Volvió la mirada hacia su pequeña, que ya dormía profundamente entre sus brazos. Tenía los bracitos pegados al pecho, donde en las manitas se ponía ver unas pequeñitas uñas en forma de pico. Afiladas. Sus parpados estaban quietos y su respiración era muy tranquila. Inuyasha podía escuchar su rápido latido, como un tambor lleno de energía, ansioso por vivir.
-Izayoi... -Susurró confirmando que le gustaba y que ese era al fin el nombre de su pequeña sin ni siquiera escuchar otras opciones.
Las orejitas de Izayoi se movieron al momento de escuchar el nombre y Kagome sonrió antes de quedarse dormida acurrucada a la manta del futón.
Y aunque le cabaña quedó en silencio, Inuyasha podía sentir las respiraciones de su hija y de Kagome acompañados de sus latidos. Suspiró con tranquilidad aunque con algo de temor por lo que podría pasar en un futuro por su hija. Pero era así, era una Hanyou... Inspiró profundamente y de inmediato el olor dulce de su hija llegó a su nariz, inundando sus pulmones de esa esencia.
-Izayoi... -Susurró de nuevo. Las orejitas de la pequeña se movieron de nuevo y el medio-demonio volvió a sonreír. Definitivamente no se arrepentía de nada de lo que había hecho para llegar hasta este punto de su vida. Una vida con su familia que solo había hecho nada más que comenzar...
-Hoy hay eclipse de Luna. -Comentó el monje mirando al cielo, he inmediatamente su mirada fue seguida por los presentes.
-Hoy parece una noche... -Kaede buscó la palabra apropiada mientras acababa de encender la hoguera -rara...
Inuyasha zurció el ceño mirando hacia arriba con las manos escondidas en las mangas de su hitoe. El cielo estaba casi todo cubierto por unas nubes muy esponjosas, dejando ver solo el eclipse en forma de media luna con una brisa un poco más fría de lo normal.
Sango dejó dormidos a sus tres pequeños dentro de su cabaña y salió hasta la entrada para sentarse junto al fuego seguida de Kagome, quien llevaba a su hija de diez días entre los brazos.
Había pasado diez días des de que Izayoi, la hija de Inuyasha y Kagome había nacido. Con tan corta edad ya mostraba su personalidad muy parecida a la de su padre, y lo más "extraño" si se le podía llamar así, era que cuando la pequeña lloraba solo se calmaba cunado el Hanyou la cogía en brazos. Solo con él.
El medio-demonio miró a su esposa mientras esta se sentaba al lado de Sango y con algo de orgulloso, intentó esconder la sonrisa que se formó en su rostro ante esa imagen. Su Kagome y su pequeña cachorro. Pero aún quedaban dudas por resolver, temas relacionados con la Luna Nueva y su sangre demoníaca que corría por sus venas.
-¿Se ha dormido ya? -Preguntó el Hanyou sentándose al lado de la muchacha de cabello azabache.
-No, aún no... -La chica zurció el ceño -es como si estuviera inquieta por algo. -Kagome miró a Inuyasha con preocupación mientras los demás, -Kaede, Sango, Miroku y el viejo Myoga -prestaban atención a los peces que se estaban cocinando.
El cachorro medio-demonio se removió otra vez entre sus brazos.
-Ten. -El monje le tendió un pescado a Inuyasha y este lo cogió sin muchas ganas mientras se lo comía mirando de nuevo al extraño cielo.
-¡Está realmente bueno! -Exclamó Sango mientras comía con rapidez.
-Dale las gracias a tu marido, los pescó esta misma tarde. -Kaede miró a Miroku con una sonrisa.
-A mí lo que lo que realmente me gusta es la sangre del Amo Inuyasha! -La pequeña pulga saltó a la nariz del Hanyou con rapidez y chupo con energía la sangre que le dio tiempo antes de ser aplastado por una de las manos del chico de cabellos plateados.
Una fría brisa movió los cabellos de los presentes y Kagome sintió como se le erizaba el bello. Una brisa fuera de lo normal.
-Siento una presencia demoníaca. -Anunció levantándose mirando a la nada.
Inuyasha miró de inmediato a Kagome al igual que los demás dejando de hacer lo que estuviera haciendo.
-Es una presencia muy fuerte. Y se está acercando.
Inuyasha tiró al suelo el palo donde estaba puesto el pez y se puso de pie delante de la muchacha.
-Pero yo no presiento nada. -Protestó Miroku extrañado mientras seguía la mirada de Kagome.
-Ni yo tampoco, -admitió el Hanyou mientras desenvainaba a Tessaiga -pero no me voy a quedar de brazos cruzados.
Kaede se acercó a Kagome con rapidez y la hizo levantar para poder meterla dentro de la cabaña. Miroku hizo lo mismo con Sango pero Kagome no se movió del sitio. Sé quedó de pie detrás del medio-demonio con su hija en brazos.
-Este olor... -Susurró para sí la pulga Myoga desde el hombro de Sango desde la puerta de la entrada.
Una luz blanca y brillante surgió del Eclipse y se estampó contra el suelo, dejando entre sí un túnel de luz muy potente y deslumbrando al grupo de amigos.
-¡Vamos todos a dentro, tú también Kagome! -Exclamó el Monje mientras metía dentro de la cabaña a la anciana Kaede y a Sango poniéndolas a salvo.
-No, esta aura no es peligrosa. -Kagome se quedó estática mirando fijamente la luz brillante.
-¿Se puede saber qué es esto? -Bramó el Hanyou. Él, al igual que Kaede y Miroku no sentía el aura demoniaca de lo que fuera eso aunque la muchacha de pelo negro hubiera dicho que no era peligrosa, él no se iba a quedar con los brazos cruzados. Lasdefendería con su propia vida si hiciera falta.
La luz brillo aún más que antes y todos se vieron obligados a taparse los ojos. Cuando recuperaron de nuevo la vista el Hanyou se quedó sin respiración, al igual que Myoga y todos los demás.
-Pa-Padre...
Sango, Miroku, y Kaede se quedaron quietos en la entrada de la cabaña sin poder moverse ni un milímetro. El viejo Myoga saltó al hombro de Kagome y se quedó allí en silencio mientras observaba a su Señor.
El gran Jefe Perro, el padre de Inuyasha.
La sombra iluminada por la luz cuadró los hombros y se quedó mirando fijamente al Hanyou con una mirada llena de orgullo y de satisfacción. Las piernas de Inuyasha flaquearon por un momento y Tessaiga se le resbaló de las manos, cayendo al suelo e hincándose en la tierra con un sonido sordo.
Pero...
-¡Padre! -Exclamó el medio-demonio mientras daba un paso hacia él, pero El Gran demonio-perro dirigió la mirada a los brazos de Kagome, donde estaba la pequeña cachorro e Inuyasha se quedó quieto, giró el rostro con rapidez siguiendo la mirada de su padre.
¡Mi hija!Pensó sorprendido.
Giró de nuevo el rostro hacia su padre. ¿Qué debía decirle? Ni siquiera él lo sabía.
Miroku agarró de la cintura a Sango acercándola e él con preocupación. Ninguno de ellos sabía lo que quería el Gran Demonio-perro y porque estaba aquí.
-Inuyasha. - Llamó InuTaisho dirigiendo la mirada de nuevo a su hijo.
Todos los presentes se quedaron sin respiración al escuchar la voz del Gran demonio-perro menos Izayoi, que movía sus bracitos con los ojos abiertos dejando ver su color dorado.
-Tienes más sangre demoníaca de lo que piensas Inuyasha, -Prosiguió el hombre de pelo blanco y franjas moradas en el rostro. Todos esperaron en silencio a que continuara - por eso tu hijaes una Hanyou, como tú.
Inuyasha esperó con el ceño zurcido.
El Gran demonio-perro extendió la mano hacia él, y aunque les separaban unos veinte metros o más, Inuyasha pudo ver como en la mano de su padre había un pequeño colmillo. Uno de sus colmillos.
-Este es uno de mis colmillos bañado en plata. Evitará que tu hija se convierta en una Youkai en situaciones extremas como a ti te pasa.
La respiración de Kagome se paró en seco al escuchar al Gran InuTaisho.
Por eso ha venido, para proteger a mi bebé. Para evitar que se convierta en Youkai.La muchacha abrazó con fuerza a su hija y la mantuvo contra su pecho mientras intentaba recuperar de nuevo la respiración.
-Vuestras almas estaban conectadas desde hace mucho. Cuida de ellas. -Dijo refiriéndose a Kagome y a su hija Izayoi -Estoy orgulloso de ti.
La luz desapareció poco a poco ante las atentas y sorprendidas miradas de los presentes, que se obligaron a taparse los ojos de nuevo por el gran resplandor. Todo quedo en silencio.
El Hanyou guardó a Tessaiga, y mientras se la colocaba en su cinturón se dirigió a donde unos segundos antes había estado su padre dejando atrás a Kagome, Sango y a los demás atrás. Miró hacia el suelo, el pequeño colmillo plateado brillaba con muchísima intensidad, más que la plata normal. Se agachó y lo sostuvo entre sus garras, observándolo.
Su padre, había venido para darle el colmillo para proteger a su pequeña, un colmillo que un día se convertiría en una espada, la espada de su hija. Levantó el rostro y mantuvo sus ojos dorados puestos en el Eclipse.
Padre...
Los demás esperaron en silencio. El chico miró a su pequeña con atención desde lo lejos, los ojos dorados, las orejitas encima de la cabeza, y el cabello negro. Estaba orgulloso de su família, de su cahorro. Y por una extraña razón sonrió lleno de orgullo, sabiendo que algún día se convertiría en una Hanyou muy poderosa.
De la unión de una humana sacerdotisa y un Hanyou.
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El proximo capi será el ultimo... muchas gracias por vuestros comentarios! Lo subiere lo antes posible, gracias por leerme y seguirme! besos
