Mis pequeños NejiHina's, ¿todavía se acuerdan de mí?... ¿o de mi historia? ¡Ay! Una disculpa sincera por no haber actualizado en tantísimo tiempo, pero es que no me pude dar un momento para retomar mis historias hasta ahorita. Espero que todavía se acuerden de lo que pasó en capítulos anteriores con nuestros queridos ojiblancos!, y sin más, sólo espero no haber perdido ese "don" para escribir y puedo prometerles que a lo largo de la siguiente semana terminaré de escribir la historia!... ah pero no les voy a subir los capítulos tan rápido ehh!

Y bueno, Naruto pertenece a Masashi Kishimoto y blablá

¡Al capítulooooo!


Ya había pasado una hora desde que Neji había entrado al consultorio y ella seguía afuera, en la sala de espera sin saber qué hacer con la preocupación que la embargaba. Se puso de pie y se acercó a la ventana del segundo piso del hospital para observar las calles vacías alumbradas por faroles amarillos. Suspiró exasperada de no tener noticias de su primo y del estado de su brazo: después del espontáneo ataque de Tatsumi y que él dijera que no sentía su brazo, ella lo hizo levantarse y lo había llevado a ese lugar lleno de doctores y enfermeras, y a pesar de ser casi las doce de la noche, hicieron pasar de inmediato a Neji.

Hinata se preguntó qué habría respondido Neji si el doctor le preguntaba cómo se había lastimado el brazo… Porque si llegaba a justificarse con el ataque de una fantasma que persigue a su prima para arrebatarle el alma, seguro lo mandaban con el psiquiatra. De pronto la puerta frente a ella se abrió y vio asomarse a un hombre de bata blanca.

–¿Hinata? –la llamó y ella se aproximó-. Entra, por favor.

La peliazul se sorprendió del trato tan casual que le daba el hombre, pero recordó que no estaban en Konoha y allí nadie la conocía. El doctor se hizo a un lado para dejarla pasar, y cuando la mujer estuvo dentro y reparó en la figura de su primo con el brazo vendado frente a un escritorio, corrió hacia él y lo abrazó, diciéndole lo preocupada que había estado. El castaño no supo cómo reaccionar al contacto de Hinata, así que el carraspeo del doctor fue su salvación.

–Tú eres su novia, ¿verdad? –Preguntó el doctor y las mejillas de los dos se tiñeron de carmín-. Bueno, no preguntaré cómo se hizo esas heridas porque sé que con ninjas y no quiero entrometerme en sus asuntos, pero ambos deben saber que esa clase de heridas son muy peligrosas –tomó un papel del escritorio y leyó en voz alta-. Quemaduras de segundo grado, coágulos de sangre y una grieta pequeña en el hueso; por separado éstas lesiones son insignificantes, pero cuando las juntas podrían implicar hasta una amputación.

Hinata buscó la mano de Neji y el castaño desvió su mirada al sentir el cálido contacto de su protegida: estaba seguro de que se desmayaría después de todas las impresiones de ese día.

–¿Pero… estará bien? –preguntó ella y el médico asintió.

–Su brazo derecho sanará completamente –miró a Neji-, pero señor Hyuuga, quiero que utilice ese brazo lo menos posible, nada de esfuerzos ni de acumulación de chakra por los siguientes cinco días, ¿entendido? –El Hyuuga bufó y el hombre se giró a ver a Hinata-. En cuanto usted, señorita, quiero que se asegure de que su novio se aplique este medicamento y se cambie los vendajes cada cuatro horas; yo lo acabo de hacer hace un momento, así que despreocúpese por ahora –Hinata asintió y tomó el frasco de ungüento con manos temblorosas-. Es todo, pero por favor no tomen este asunto a la ligera, porque contradecir mis indicaciones podría tener graves consecuencias.

Los tres se pusieron de pie y el médico acompañó al par de ojiblancos hasta la puerta después de que lo reverenciaran en señal de gracias. Antes de cerrar la puerta, el doctor retomó la palabra:

–Nada de esfuerzos –zanjó y deslizó la puerta.

Hinata sonrió y Neji entornó los ojos: como ninja en plena "misión", sería imposible dejar en reposo su brazo derecho. Sinceramente estaba preocupado por su brazo, pero el doctor había dicho que con las atenciones necesarias sanaría completamente en los próximos cinco días… Ambos salieron del hospital y caminaron por las calles vacías de la aldea en completo silencio. Al llegar a la posada Hinata se adelantó para abrirle la puerta del cuarto y él entró con un bufido, sintiéndose incómodo por las atenciones de la peliazul.

Perdido en sus pensamientos, el Hyuuga se olvidó de que estaba compartiendo la habitación con una mujer y se deshizo de la parte superior de su vestimenta y se sentó entre el futón de Hinata y la pared, viendo atentamente el firmamento nocturno a través de la ventana. Cuando la heredera salió del cuarto de baño tras haberse colocado una playera realmente grande que solía usar para dormir, retrocedió, apenada por ver a Neji tan pensativo y sin camisa. La joven sacudió su cabeza: ¿cuántas veces lo había visto ya sin playera? ¿Por qué seguía aturdiéndose? Además ella ya había visto a Kiba y a Shino sin camisa, así que el torso de un hombre no era algo tan ajeno a su conocimiento.

Se sentó en su futón en silencio y se giró a ver a Neji, quien le devolvió una mirada seria, pero que aun así consiguió hacerla temblar: Neji se veía demasiado atractivo siendo iluminado por la tenue luz que se filtraba de la luna llena y con esos vendajes alrededor de su antebrazo en muestra de su valentía. Se miraron un momento que pareció eterno, y Hinata, nerviosa ante el estremecimiento que le causaba tenerlo cerca, bajó la mirada sonrojada y atinó a decir:

–D-debes descansar… A las cuatro t-te despertaré para cambiar tus vendas… -hizo círculos en la tela con su dedo índice, sin saber qué más decir-. Y… gracias p-por haberme defendido, N-Neji.

El castaño emitió un sonido como respuesta y miró de nuevo a la ventana. Hinata lo miró por última vez y se recostó en el futón dándole la espalda, pero viendo el futón vacío de él frente a sí. Se sentía terriblemente culpable por las heridas que había sufrido Neji, pero aunque le hubiera gustado llorar, él no se lo permitiría. Cerrando los ojos con fuerza, no tardó en caer profundamente dormida.

Por su parte, Neji percibió cuando la respiración de su protegida se volvió acompasada y profunda, denotando que ya estaba dormida. Él no podía decir lo mismo: estaba preocupado de que algo malo pudiera pasar y él no fuera capaz de cuidar de Hinata… Bajó el rostro ante la idea y dejó que su cabello lo cubriera: preferiría morir antes de dejar que algo malo le pasara a la mujer que tanto amaba en secreto.

Insomne, trasladó su blanca mirada hasta la figura de la mujer que descansaba a pocos centímetros de él, y sin poder evitarlo, contempló su largo cabello color noche y delineó las formas de su cuerpo perfecto: Le dolían las manos de tan sólo pensar en sus ganas de tener a Hinata. Él sabía perfectamente que estaba prohibido tener sentimientos por ella: eran familia y ella era del Souke y él del Bouke. Él estaba destinado a ser únicamente su sirviente, aunque si eso le permitía estar cerca de ella, él se prestaba sumiso a ese porvenir.

Una vez más apartó su vista de ella y la centró en la ventana, preguntándose qué haría Hinata si él le dijera que se enamoró de ella desde el momento en que la conoció, aclarándole que esa etapa llena de odio y sentimientos encontrados en que quiso matarla fue porque él mismo no se atrevía a reconocer que no era tan frío y perfecto como todos creían, porque ella era su debilidad; y porque aunque él jurara que odiaba a todos los miembros del Souke, inclusive a todo el clan, sabía a la perfección que nunca podría odiarla a ella.

Un ruido junto a él lo sacó de su ensimismamiento, sorprendiéndose al ver a Hinata incorporarse en el futón y tallarse los ojos para desperezarse. Tras bostezar con suavidad, miró a Neji con los ojos vidriosos de sueño.

–¿Pasa algo? –inquirió Neji.

–Son las cuatro –contestó ella poniéndose en pie.

Neji miró a la ventana de nuevo y vio que, efectivamente, la luna estaba en la posición de las cuatro de la mañana; ¿en serio todo ese tiempo había estado despierto? Ni siquiera lo había sentido. En un segundo tuvo a Hinata acuclillada frente a él, deshaciendo los nudos de su vendaje. Viéndola trabajar, Neji recordó que en el transcurso del último año, Hinata era la que atendía sus heridas después de un entrenamiento muy duro o una misión. Al principio él se había negado rotundamente, diciendo que él mismo podía encargarse, pero el gentil ofrecimiento de ayuda no tardó en surtir efecto, y él no pudo perdonarse darle un desaire más a la heredera, que con tanto cariño lo esperaba en el portón de la Mansión para ofrecerle sus servicios.

El Hyuuga vio a Hinata quedarse pensativa al ver la herida expuesta y negar por lo bajo mientras aplicaba el medicamento en su brazo sin decir nada. En segundos, Hinata desenrolló una venda nueva y comenzó a atarla alrededor del antebrazo herido del Hyuuga. Sus miradas se cruzaron por un instante, y Neji creyó ver una sombra bajo sus ojos: la sombra que antecedía a sus lágrimas.

–Listo –murmuró la mujer haciendo un nudo en la venda. Neji miró a Hinata, sintiendo que se rompería en cualquier momento-. Yo… -dijo en un hilo de voz-. Estoy cansada de que ella te lastime, Neji. Espero que la próxima vez que la veamos, me haga daño sólo a mí.

Acto seguido la peliazul hizo amago de ponerse de pie, pero Neji la retuvo frente a él tomando una de sus manos. Hinata contempló atónita la mano que el joven había atrapado entre las suyas y luego enfrentó su mirada molesta.

–No quiero que vuelvas a decir eso.

Hinata abrió los ojos de par en par, aturdida por la grave voz del castaño, pero aun así replicó:

–¡Es la verdad! –dijo ella-. Tatsumi quiere dañarme a mí; ¡por eso no entiendo por qué te ataca siempre!... La vez anterior intentó asfixiarte, y ahora… mira lo que te hizo en el brazo -una lágrima corrió por su mejilla sin su permiso-. ¡Neji, nunca me perdonaría truncar tu carrera shinobi por una estupidez como ésta!...

Neji, sintiendo la histeria de la que Hinata empezaba a ser presa y de los insistentes temblores que tenía su cuerpo, la tomó de los hombros y la acercó a su rostro lo suficiente como para que lo mirara con atención.

–Escúchame bien, Hinata –susurró-. No digas que todo esto es una estupidez; si es importante para ti, lo es para mí. Pero no quiero oírte repetir que preferirías ser lastimada –la respiración de la heredera empezó a normalizarse por la voz serena de él-. Entiende que si me fuera preciso morir para protegerte, lo haría.

Hinata lo miró de hito en hito.

–¿Porque es tu deber? –preguntó herida.

–No –respondió él-. Porque eres de las pocas cosas que aprecio en este mundo –miró sus labios detenidamente y Hinata se estremeció-, y porque te hice un juramento.

Hinata entrecerró su mirada y sonrió. Se sentía bien tener tan cerca a la única persona que se preocupaba por ella. Y sintiendo la calidez que su rostro irradiaba, la heredera decidió dejarse llevar por sus sentimientos y cerró sus ojos. Neji sintió relajarse el cuerpo de la peliazul ante sus palabras, y aunque estaba terriblemente apenado por haberle hecho una confesión tan personal, supo que no podía desaprovechar el ambiente íntimo que habían creado: Hinata estaba a pocos centímetro de su rostro, y cuando la vio cerrar sus ojos, supo que ella deseaba tanto como él que la besara, y sin pensarlo siquiera, Neji posó sus labios en los de ella, que tanto tiempo habían estado tentándole y llevándolo a la locura.

Ambos jóvenes experimentaron un mundo de sensaciones en los labios del otro; describir lo que sentían era imposible, sólo podían limitarse a no interrumpir el contacto, y aunque Hinata tuvo miedo cuando los labios de Neji se separaron de los de ella para volver a atraparlos en una serie de movimientos acompasados y totalmente desconocidos por ella, se esforzó por seguirle el ritmo al genio del clan, sintiendo que moriría por la falta de aire, pero resistiéndose a alejarse de los labios de Neji.

Transcurridos unos instantes deliciosamente eternos, el castaño comenzó a acalorarse por el contacto y decidió que lo mejor sería detener el beso. Con sutileza, abandonó los labios de Hinata y puso su frente contra la de ella, escuchando la respiración entrecortada de los dos en su intento de recuperar el aliento.

–No debí –dijo de pronto el joven, soltando los hombros de la chica, que lo miró-. Por favor discúlpame.

Y sin darle tiempo de protestar a la Hyuuga, se puso en pie y se recostó en su futón dándole la espalda a Hinata, que contempló su fornida espalda un momento antes de sonreír avergonzada y tocarse los labios con dedos temblorosos: él la había besado.


Al día siguiente ninguno de los dos comentó nada de lo sucedido horas antes en la madrugada. De hecho tardaron bastante en mirarse directo a los ojos, y cuando por fin lo hicieron fue por accidente, cuando Neji se disponía a tirar un mapa que había comprado pero había resultado ser demasiado antiguo como para ser útil. Hinata se lo había impedido, guardándolo ella en su mochila junto con la hermosa peineta que un joven le había regalado amablemente.

Partieron después de tomar el desayuno en completo silencio, y lo habrían hecho antes, pero Hinata quiso cambiarle a Neji por última vez la medicina y las vendas dentro de la posada, así que tuvieron que esperar hasta las ocho de la mañana. Cuando salieron de la aldea no tuvieron problemas en encontrar el río que los guiaría hasta la equis marcada en el mapa para encontrar la Pirámide de Cristal, pero lo que ninguno de los dos ninjas sabía, es que estaban siendo seguidos por cuatro civiles, que aunque no tenían ninguna capacidad de pelea extraordinaria, tenían un propósito, y eso los hacía incluso más peligrosos.

El par Hyuuga corría y saltaba entre las ramas de los árboles a ratos, pero a veces decidían aminorar el paso y caminar con calma junto al río, escuchando el sonido del caudal al avanzar. Hinata nunca recibió una sola mirada de Neji, pero por ella mejor, de cualquier manera no dejaba de estremecerse ante el recuerdo del beso que Neji le había dado en la madrugada.

Sonriendo sin parar y acatando el paso de Neji tanto en los árboles como bordeando el río, dieron las doce del día y tomaron un descanso para recuperar energía. Hinata tomó asiento a la sombra de un árbol y Neji no tardó en estar junto a ella, pero posando la mirada lo más lejos posible, dejando a la mujer desamarrarle las vendas y darle tratamiento a sus heridas. Ante el recuerdo de una escena parecida, pero con un final muy diferente, los ojiblancos se quedaron callados, los dos con un sonrojo parecido. Tras consumir agua y un poco de pan, Neji se dispuso a acostarse, pero al ver a Hinata jugar con sus dedos frente a él, habló.

–¿Pasa algo?

La mujer exhaló con suavidad antes de responder.

–Yo… -dudó-. M-me gustaría enjuagarme en el río. Hace mucho calor y llevamos buen tiempo.

Neji se incorporó y se sacudió el polvo del pantalón.

–Adelante, pero no tardes. Estaré en aquel árbol.

Hinata esperó a ver a Neji trepar al dichoso árbol antes de pasear la mirada a su alrededor y comprobar que nadie la vería. Se acercó a un árbol cuyas ramas se torcían sobre el río y ahí se desnudó, colgando rápidamente la ropa en las ramas y sumergiéndose en el río. El agua le llegaba a la cintura y la corriente era muy sutil, así que se sintió tranquila para tallarse el cuerpo y desenredar su cabello con calma.

A unos metros de ahí, Neji observaba las hojas del árbol estremecerse sobre él, y aunque el ambiente lo incitaba a dormir, el Hyuuga sentía que algo no estaba bien. Quiso activar su Byakugan para barrer el terreno y cerciorarse de que no se estaban dirigiendo a una trampa, pero Hinata lo percibiría y se haría la idea equivocada. Resoplando, se colocó el brazo sobre los ojos para intentar relajarse y dejar de pensar tanto, pero la oscuridad sólo lo hizo reflexionar más, especialmente sobre la madrugada de ese día, cuando se había atrevido a besar a la heredera del clan.

Ahora todo sonaba muy lejano, más que nada porque ninguno de los dos había mencionado el beso, si era por pudor o por arrepentimiento, no lo sabía, pero él se sonreía con autosuficiencia al pensar en lo fácil que había resultado adueñarse del primer beso de Hinata, y que muchos años de anhelo en secreto pudieron haberse evitado de haberlo sabido. A su vez, conforme más pensaba en el beso robado, más perdido se sentía. Hinata había correspondido su beso, de manera que era muy probable que correspondiera sus sentimientos… Pero, ¿cuál era el siguiente paso? ¿Cómo darle seguimiento a su amor?

El movimiento cercano de cuatro figuras lo hicieron incorporarse de súbito y trepó hasta la cima del árbol. Fijando la vista en los árboles que se extendían del lado contrario del río, creyó ver a una persona avanzando entre las ramas. De un salto llegó al suelo y corrió hacia el río, dispuesto a investigar qué era lo que se movía en una dirección tan parecida a la de ellos; y una vez junto al río, brincó a una de las rocas que formaban una fila que permitía cruzar al otro lado, pero un grito agudo lo detuvo en el acto y por poco lo hace perder el equilibrio. Buscando el origen del grito, encontró a una mujer de espaldas a él, sumergida hasta los hombros en el agua escondiéndose de él.

Abriendo los ojos de par en par, Neji pidió disculpas y saltó de vuelta a tierra, alejándose lo más posible de la orilla del río. Recargándose en el tronco de un árbol se recriminó el haber olvidado que su protegida se encontraba bañándose en ese momento, y todo por querer investigar a las personas que se movían cerca de ellos. Subió nuevamente a la copa del árbol, pero ya no pudo apreciar ninguna clase de movimiento. Maldiciendo, bajó al suelo y tomó asiento con los brazos cruzados, teniendo después de unos instantes a una Hinata vestida y con el cabello mojado frente a él.

–No es lo que crees –se adelantó él-. Sentí a un grupo de personas moviéndose cerca y decidí ir a investigar.

Hinata no lo miró, pero asintió con lentitud.

–T-te creo. Yo también los sentí –contestó-. Pero… Ahm… Ya deberíamos irnos.

Neji suspiró aliviado y se levantó. Hinata ya tenía su mochila a la espalda, así que él fue por la suya y retomaron su camino, aunque más alertas que antes. Tras varias horas de camino avanzando por los árboles a una velocidad considerable y sin señal de acechadores, el par Hyuuga concluyó que el grupo de personas que habían detectado había sido un equipo ninja en su camino a una misión, tal como ellos, así que el largo tramo que recorrieron hasta decidir acampar, lo hicieron con más tranquilidad.

El crepúsculo ya casi cedía su paso a la noche cuando la tienda de acampar estuvo lista. Cenaron sin prender una fogata y después Neji se ofreció a ser el primero en montar guardia. Hinata, sin replicar, se sentó frente a él y empezó a cambiar los vendajes de su brazo.

–¿Cómo te sientes? –preguntó con suavidad.

Neji se encogió de hombros.

–Mejor –contestó-. Puedo moverlo sin problema y las quemaduras ya casi sanan –explicó-. Es el dolor de los músculos el que siento que se cura muy lento.

–¿Te duele? –inquirió Hinata apretando el brazo del ojiblanco.

–No. Sólo me duele si lo fuerzo demasiado… Si intentara cargar una roca, el dolor me mataría.

Hinata sonrió y remató los vendajes de Neji con un nudo antes de sentarse a su lado. El Hyuuga la miró extrañado pero no dijo nada, sólo miró atentamente el firmamento repleto de estrellas, que junto con el sonido del agua corriendo con libertad a unos metros de ellos y la imagen de las luciérnagas envolviéndolos, hacían de esa noche una memorable. Neji miró de reojo a Hinata, preguntándose si debería hablar, intentar abrazarla… o sólo morir en el intento.

–¿Te preocupa algo?

La súbita voz de Hinata rompiendo el silencio le extrañó, causándole mirarla con la confusión evidente en sus ojos. La Hyuuga interpretó su mirada desconcertada como una señal de que no se había dado entender con su pregunta.

–Es decir, ¿hay algo que te preocupe en esta vida? ¿Algo que te dé miedo? –inquirió reformulando su pregunta.

Neji dudó un segundo y desvió su mirada a la oscuridad del bosque, reflexionando e intentando responder a la duda de su protegida. Sin embargo, por más que pensaba, no encontraba una manera de contestarle sin decir "tú me preocupas, perderte me da pavor".

–Yo… -carraspeó-. Me preocupa que las personas que aprecio sufran.

Hinata se giró a verlo y lo contempló con una sonrisa cálida en sus labios. Neji sintió el sonrojo intentar adueñarse de sus mejillas y tosió para despejarse. Sintiendo la mirada de la heredera aún sobre él, bajó el rostro y miró sus manos.

–¿Y a ti? –atinó a preguntar-. ¿Algo que te preocupe?

Hinata deshizo su sonrisa y exhaló con pesadez dejando de verlo.

–El destino –zanjó.

Neji la miró de hito en hito, recordando con mucha vergüenza la obsesión que él mismo había tenido con el destino años atrás, afirmando sin lugar a dudas que el destino de cada persona estaba sellado desde que nacían, y que sin importar qué tanto se intentara luchar contra él, resultaba tan imposible como nadar contra corriente. Con una sonrisa amarga, la imagen del rubio que le había demostrado su rotundo error surgió en su mente.

–¿Qué tiene el destino de malo? –presionó él y Hinata lo miró.

–No es que tenga algo de malo –respondió ella-. Es sólo que… es tan incierto y cambiante…

Sus miradas se profundizaron y el sonido del río amortiguó el silencio que se estableció entre ambos. Hinata miró por un instante los labios de Neji y después se puso de pie, agitando la cabeza y sonriendo.

–Por ejemplo, toda tu vida crees amar a alguien, y de pronto… -guardó silencio -. O un sentimiento de odio se convierte en otra cosa en sólo un día.

Neji buscó su mirada al escuchar sus últimas palabras y la vio de pie junto a él, con una media sonrisa y mirándolo de manera indescifrable… con inocencia y sugestión a la vez. El corazón del joven empezó a latir violentamente ante la imagen, pero no podía apartar su mirada. Quiso ponerse en pie para tomarla entre sus brazos, pero ella suspiró con tranquilidad y dijo:

–Avísame cuando sea mi turno, ¿de acuerdo?

Poco después se escuchó el sonido del cierre de la tienda de campaña siendo descorrido y él se quedó solo con la nada, ignorando completamente que a varios kilómetros de allí, cuatro personas contemplaban aburridos el caudal del río mientras hacían los últimos ajustes al plan que Aya, la mujer del grupo con habilidades adivinatorias, les había planteado. Llevaban apenas un día siguiendo al par de ninjas de la hoja y el shinobi estuvo a punto de descubrirlos por un descuido del hermano menor de la mujer, pero afortunadamente supieron escabullirse a tiempo.

El hermano de Aya todavía no estaba muy seguro de lo que iban a hacer, porque sabía que estaba mal hacerle daño a las personas con tal de salirse con la suya; pero su hermana no lo dejaba dudar, porque en cuanto notaba la contradicción en sus ojos, empezaba a narrarle la vida de miseria que podrían superar con sólo un trabajo sucio. El muchacho miró el arco que su hermana le había hecho empacar y recibió las flechas que su hermana le tendía.

–¿Qué es la cosa verde que tienen en las puntas? –preguntó.

–Es un somnífero –respondió ella-. Es muy potente y difícil de fabricar, así que no desperdicies las flechas; debes darle a la mujer con todas las que puedas, para neutralizarla.

–¿Y qué hay del ninja que la acompaña?

La mujer bufó.

–Diferentes factores hacen que mañana sea el día preciso para atacarlos, así que confía en mí y por ahora encárgate de dormir. Tú eres pieza clave, hermanito –dijo sonriéndole con malicia-. Tú la neutralizas y nuestros primos se encargan de desaparecerla. Simple.


El día siguiente parecía estar destinado a ser un día normal de travesía para el par de ninjas de la Hoja, porque no se toparon con ninguna persona en toda la mañana y parte de la tarde, y aunque en su mayoría caminaron en silencio junto al río con una tranquilidad que empezaba a adormecerlos, el aturdimiento que provocaba la cercanía del otro los hacía mirarse mutuamente por el rabillo del ojo sin cesar. Hinata dio gracias a los Kamis cuando para las cinco de la tarde se toparon con una familia que pedía ayuda a unos metros del río.

Los dos ninjas se acercaron y tras ser informados sobre que el problema era la carreta en la que se transportaban y el mareo de una de las mujeres que viajaba, intercambiaron una mirada desconcertada y aun así ayudaron. El dueño de la carreta les dio las gracias por su ayuda y les dijo amablemente que había lugar para ellos también si es que se dirigían en la misma dirección que ellos: había una aldea a poco más de un kilómetro y se trasladaban hacia allá para mercar algunas cosas y conseguir comida. Los Hyuuga rechazaron su ayuda con gentileza y tras verlos alejarse sin problema, retomaron su camino en la ribera del río.

Llenos de lodo por haber ayudado a liberar una de las ruedas del fango, se lavaron las manos y la cara con el agua del río y consumieron lo último que les quedaba de provisiones. Como iban a buen paso y les faltaba menos de un día de camino para llegar al lugar donde creían que estaría la Pirámide de Cristal, Hinata fue a recostarse bajo la sombra de un árbol un tanto alejado del río y Neji aprovechó la oportunidad para enjuagarse el cuerpo por primera vez desde que habían partido de la posada.

Cuando ya se había vuelto a vestir y se encontraba sentado en la orilla escurriendo su cabello castaño, Hinata apareció a su lado, y recargando una mano en su hombro se sentó junto a él y se mojó los pies suspirando con pesar. Neji bufó y rompió el silencio.

–Anda, no hay problema –dijo refiriéndose a que ella también se enjuagara el fango del cuerpo, pero Hinata lo miró y negó sonrojándose, haciéndolo llevarse una mano a la frente-. Eso fue un accidente y te lo expliqué –ella guardó silencio encogiéndose en su lugar-. Mira, ya no tenemos comida, así que iré a ver qué consigo en los alrededores o incluso en la aldea que mencionó ese hombre, pero no tardaré mucho, así que tú aprovecha para… eh… asearte.

Hinata asintió con una sonrisa tímida y él se puso de pie, recogió su mochila y puso fuera de vista la de Hinata; y tras despedirse con un movimiento de mano, se alejó de allí, sin saber que al interponer una distancia prudente entre él y su protegida, una mujer a algunos kilómetros de distancia daba la señal para que todo el grupo se moviera y pusieran en práctica el plan tan discutido la noche anterior.

Por su parte, Hinata se despojó de toda su ropa menos de la interior, no estando dispuesta a estar tan vulnerable a una escena como la del día anterior. Sumergió la ropa manchada de lodo para quitarle las manchas, y tras conseguirlo, ella misma empezó a restregarse el cuerpo para librarse del sudor y el polvo del viaje. De pronto se quedó totalmente quieta y volvió su rostro, sintiendo objetos aproximarse a ella, y moviéndose de prisa fuera del agua, destruyó con un Juuken tres flechas, pero antes de llegar a la orilla había esquivado cuatro flechas más. Aturdida por el ataque, comenzó a vestirse a toda prisa, pero las flechas no daban tregua y seguían lloviendo sobre ella.

–¡Neji! –gritó-. ¡Neji!

Se hizo un nudo con sus pies mientras se ponía el pantalón y sintió una flecha clavarse en su hombro izquierdo. Haciendo una mueca amarga por el dolor, pero empezando a correr, logró sacarla y la examinó detenidamente, notando una sustancia verdosa en la punta. Dudosa, la acercó a su nariz para intentar reconocerla.

–¿Pero qué…? –atinó a decir antes de que otra flecha le diera en el tobillo, haciéndola caer.

Se puso de pie e intentó activar su Byakugan, pero su línea sucesoria no respondió ante los sellos que se apresuró a hacer; y a decir verdad, todo su cuerpo empezaba a hacerse pesado y no obedecía sus órdenes de alejarse lo más posible de ese lugar y ponerse a salvo. Una flecha en su espalda la derribó de nuevo y la peliazul sintió las fuerzas abandonando su cuerpo y los pasos de varias personas acercándosele antes de sumirse en la inconsciencia.


Cuando Neji volvió la ribera del río media hora después, no encontró a Hinata por ninguna parte, pero sí se topó con los despojos de muchas flechas. Atando cabos, activó su línea sucesoria en busca de su protegida, pero no había nada en varios kilómetros a la redonda. Empezando a ceder a la sensación de pánico, fue a buscar la mochila de Hinata: quizás sólo había decidido marcharse; pero la encontró tirada y abierta a pocos pasos del lugar donde él mismo la había dejado. Caminando en círculos, inspeccionó las flechas que encontró esparcidas por el suelo y adivinó una emboscada con esos proyectiles mojados en una sustancia que inducía al sueño.

Cuando fue a ver el último lugar en que la había visto, encontró una nota clavada en el suelo con una más de esas flechas y con un jirón de la sudadera que usaba Hinata: se la habían llevado, no había duda. Regresando a donde había dejado las mochilas, leyó: "En la laguna a doce kilómetros de aquí en dos horas. Solo. Sin trucos."

Neji asestó un golpe al aire: ¿qué se proponían estas personas? Dudaba seriamente que fueran a intentar traficar con el Byakugan de la heredera, porque entonces ni siquiera se la hubieran llevado, sólo habrían tomado lo que querían y se hubieran ido. No… estas personas buscaban otra cosa, pero no pudo pensar en nada, porque ni él ni Hinata viajaban con nada valioso.

–Excepto…

El genio Hyuuga tomó la mochila de Hinata y buscó la peineta que le habían obsequiado, porque eso era lo único valioso que tenían en sus manos en ese momento; pero no la encontró.

–Así que ya se la llevaron… -pensó-. ¡¿Pero entonces qué rayos quieren?!

Aventó la mochila al suelo y un rollo de papel antiguo se salió. Neji lo recogió sin creer haberlo visto antes, pero en cuanto lo extendió reconoció el viejo mapa que él había comprado en la aldea y Hinata le había hecho conservar. Alzó una de sus cejas.

–¿Y si éstas personas también están buscando la Pirámide de Cristal?

Eso era lo único razonable, porque no se habrían llevado a Hinata si hubieran encontrado lo que buscaban; pero el mapa lo había tenido él desde que salieron de Konoha. Liberando un largo suspiro, Neji sacó un bolígrafo y dibujó una equis en el punto más difícil de alcanzar que vio, en el valle que era el centro de una cadena montañosa prácticamente impenetrable. Se aseguró de poner cada mapa en una mochila diferente y se sentó a esperar a que el lapso de dos horas pasara.


Horas después, el ojiblanco saltaba entre los árboles con su Byakugan activado, soltando un gruñido cuando pasó junto al punto del río en que se había separado de Hinata.

La hora de encuentro que los secuestradores habían establecido había quedado atrás desde hacía tiempo y la noche ya había caído, pero él sí había estado puntual a la cita, el incumplimiento había sido de parte de ellos, porque al parecer habían cambiado el lugar en que se verían sin tomarse la molestia de avisarle, sino que tuvo que enterarse porque percibió el Byakugan de Hinata activarse durante unos segundos, por lo que comenzó a correr en la dirección opuesta a la de la laguna cuando sintió apagarse la línea sucesoria de su protegida, temiendo que algo malo le hubiera pasado.

Después de avanzar tres kilómetros entre las copas de los árboles a su máxima velocidad, el chakra de cinco personas apareció en su campo de visión. Sabiendo de antemano que esas eran las personas que buscaba, se dirigió hacia ellos a pie y dejó tras un árbol su mochila, llevando consigo sólo la de Hinata y donde llevaba el mapa falso.

Acortó la distancia en unos segundos y tuvo un mal presentimiento: Estaban en un precipicio, y el grupo de personas que al parecer habían estado esperándolo, estaban en la parte más peligrosa del precipicio, sólo a unos pasos del abismo. Estoico, el joven desactivó su Byakugan. Dos hombres mantenían a Hinata contra el piso con cuerdas que centellaban en la oscuridad: Debían estar humedecidas en chakra o alguna sustancia extraña, porque aunque Hinata no fuera destacablemente poderosa, era completamente capaz de librarse de unas ataduras.

–Qué bueno que nos encontraste –dijo la mujer del grupo, ganándose la atención del Hyuuga-. Perdón por cambiar el lugar de encuentro, pero… -y haciéndose a un lado, dejó de obstruirle para ver a Hinata.

El castaño dio un paso hacia el frente, pero se detuvo cuando vio a los dos hombres poner en pie a Hinata, que seguía removiéndose y lo miró con desesperación. Uno de los hombres le quitó el pedazo de tela que tenía dentro de la boca.

–¡Neji! –gritó, pero después el hombre le reacomodó la mordaza.

Neji convirtió sus manos en dos puños furiosos.

–No la toquen –sentenció-. ¿Qué es lo que quieren?

La mujer desconocida sonrió y caminó hasta estar a un lado de la alterada peliazul, que la miró con resentimiento. La mujer ni se inmutó, siempre estuvo viendo a Neji.

–Es sencillo. Sabemos que ustedes están en busca de la Pirámide de Cristal, y pues… Sorprendentemente, nosotros también –dijo con sorna-. Sé que no tienes la Pirámide, pero sí tienes un mapa.

De la nada, la mujer se giró a ver a Hinata, y mientras los hombres soltaban las cuerdas de la ojiblanca y le quitaban la mordaza, chasqueó los dedos frente a los ojos de la peliazul, que acto seguido relajó su cuerpo; y aunque se quedó parada, no se movió, sus ojos se entrecerraron y su rostro perdió expresión, como si estuviera en medio de un trance.

–¡Bruja! –dijo Neji dando un paso hacia ella.

–Alto ahí –espetó la mujer, poniendo su mano en el hombro de Hinata-. Si haces algo raro, la empujaré al vacío -La mandíbula de Neji se tensó, pero deshizo el paso que había hecho por instinto-. Evítanos todo esto y dame el mapa.

Neji le dedicó una mirada gélida antes de quitarse la mochila de la espalda y sacar el pliego de papel amarillento que tanto codiciaba la mujer desconocida, cuyos ojos se iluminaron ante la visión del objeto.

–Hermano, recógelo –ordenó la mujer, y un joven que se había mantenido al margen caminó hasta Neji y tomó el mapa.

Los tres hombres se reunieron en torno al mapa a dos metros de distancia del Hyuuga, que mantenía su mirada fija en la pérfida mujer. El hermano de la mujer hizo un movimiento con la mano indicándole que todo estaba en orden y que era hora de irse. Neji empezó a acercarse con lentitud, y al ver que la mujer no hacía ningún movimiento brusco, siguió caminando hacia ella con las manos levantadas, demostrándole que lo único que quería era tomar a la peliazul y llevársela.

Cuando estuvo a escasos tres metros del borde del precipicio, la desconocida mujer, sintiendo una oleada de adrenalina en la sangre que no era nada propia de ella, extendió el brazo hacia el hombro de Hinata.

–Gracias –murmuró burlona antes de empujar del precipicio a la mujer con ojos de luna.

Neji aceleró el paso al ver la figura de Hinata balancearse y luego desaparecer de su vista. Sin pensarlo, el Hyuuga se lanzó al suelo con el brazo derecho estirado, logrando tomar la mano de Hinata con la suya.

Neji no pudo creer lo cerca que había estado de perderla, pero al tiempo que escuchaba a los cuatro delincuentes huir del lugar, gruñó por su impulsiva reacción: fácilmente pudo haber saltado al vacío con Hinata, tomarla en sus brazos y aterrizar sin problema; pero en cambio, estaba contra el suelo sosteniendo el peso de la mujer con sólo un brazo, y la fuerza con la que la gravedad jalaba el cuerpo pendiente de Hinata, empezaba a desgarrarle el brazo. Maldijo por lo bajo: ¿por qué había extendido su brazo malherido?

El brazo de Neji todavía no había sanado y el ojiblanco supo de inmediato que no podría hacer subir a Hinata solo: necesitaría que ella pusiera de su parte también. El Hyuuga ladeó el rostro y vio a Hinata a poca distancia de él, pendiendo sobre el vacío. La llamó por su nombre una y otra vez para que intentara subir, pero la mujer continuaba con la mirada perdida, sumida en la profundidad de su trance sin poder escucharlo.

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